Revista OIDLES - Vol 7, Nº 13 (Enero 2013)

¿HISTORIA MÍTICA O HISTORIA NACIONAL? UN ADEUDO DE LA EDUCACIÓN AMBIENTAL EN MÉXICO

Por José David Lara González (CV)

 

INTRODUCCIÓN
México es un país con una de las economías macro más importantes del mundo. Es una de las 10-20 economías más poderosas del orbe, sin embargo es un país pobre. Tal contraposición es debida a la desigual repartición de la riqueza: unos cuantos ricos, millonarios-multimillonarios en contraparte a millones y millones de pobres acompañados de otros tantos seres humanos en la miseria, principalmente indígenas y campesinos.  
Aunque la educación escolar en México alcanza ya a cubrir a gran parte de la población mexicana, la calidad de la educación deja mucho que desear: elementalmente es de baja calidad. El analfabetismo no es tanto un problema nacional pero el analfabetismo funcional sí lo es y muy grave: la mayoría de la población no entiende lo que lee (la lectura no es una costumbre entre los mexicanos) y apenas logra más o menos escribir, para escribir en contadas ocasiones.
El aprendizaje memorístico sigue dominando el espacio escolar. La educación fuera de la escuela está dominada por las empresas televisoras (monopólicas) que a la vez tienen en sus manos a la radio y una parte de la prensa escrita. Los poderosos capitalistas son dueños de los medios masivos de información-comunicación e imponen el “conocimiento” de acuerdo con sus intereses, coludidos a la vez con los gobiernos de turno y con los partidos políticos que eternamente se disputan el poder para hacerse llegar mayores enriquecimientos económicos y generar una rígida hegemonía en el poder, haciendo de la democracia tan solo una declarativa/discursiva.  
El resultado es una población mexicana depauperada pero no nada más en lo económico sino en diversos ítems, lo que conlleva a que México sea un país debilitado y sumamente dependiente del exterior. Los gobernantes se han dado a la tarea de elaborar una mexicanidad que dé soporte a su propio proyecto dominador y explotador para lo que han recurrido una y otra vez, a todo tipo de estrategias y tácticas entre ellas las inmorales, ilegales y hasta criminales.
La mexicanidad inventada por el sistema del poder en México es una mexicanidad forzada, amañada, instalada incluso con derramamiento de sangre, desde hace siglos pero también ahora.
Manipulando maniqueamente la información, los poderes en el país (y asimismo del extranjero) han creado las condiciones para enseñar a la población una concepción bajo un proceso pseudo-educativo, hasta incoherente, de lo que ser mexicano significa. Simultáneamente se adoctrina a la gente para que sean ciudadanos contentos con lo que son y no exijan más o no pidan cambios importantes en el “orden nacional” que tanta desigualdad e injusticia ha producido en todo el territorio nacional.
Se acude a variados métodos para contener a millones de personas que no están satisfechas, o muy satisfechas con el estado de las cosas pero se prosigue con la labor de adoctrinamiento que no se detiene jamás. Así, debido a que la historia es una fuente de conocimiento y de saber, los poderes se han adueñado de ella para operarla y ponerla a funcionar según sus necesidades e intereses de dominación hegemónica. Crean una historia adecuada para cada etapa de gobierno y lugar. La historia no es respetada sino que se la hace depender de los deseos y ansias del poder.
Se utiliza a la educación en todas sus formas para maniobrar a la historia, no solo la nacional sino igual a la mundial, pero por supuesto mucho más a la primera. Se nos educa en una historia irracional y grosera que llega a atentar contra la inteligencia de la gente. En este sentido esta educación es mucho más un proceso de des-educación: una educación oficializada, oficialista.
Aparece la Educación Ambiental en México y de inmediato es acosada por los intereses del poder y se le somete a oficialización. Pero la Educación Ambiental cuando lo es, no acepta manipulaciones, es opuesta a ello y lucha contra ello, contra todo tipo de imposiciones.
Ahora tenemos en México una Educación Ambiental oficialista que entiende mucho más al ambiente como asunto de “plantitas-arbolitos y animalitos” (sobre todo en el nivel básico escolar) pero se desentiende de la raigambre nutrida que soporta la historia y la historicidad del fraguado de una nación y/o país como el mexicano. De aquí viene y proviene nuestra razón para presentar este escrito, que intenta (con humildad) mostrar una pequeña parte de otra cara de la historia nacional mexicana (desconocida para muchos, mexicanos o no) así como la necesidad de evidenciar los manejos negativos de la historia para hacernos creer que México es un Edén donde todos podemos ser gentes “de éxito”, “empresarios”, “líderes” y “emprendedores”, cuando lo que impera es la iniquidad y la impunidad de repetidos y muy numerosos actos delincuenciales y criminales, cometidos desde hace mucho pero lo mismo en el presente. 
Los errores cometidos por nosotros en nuestro escrito son involuntarios y pedimos disculpas de antemano si esto ocurre, dadas nuestras propias limitaciones personales y profesionales.

La Educación Ambiental (EA) ha surgido en el mundo hace unas décadas y prontamente ha cobrado una importancia mayor. Es una forma de educación en construcción y por lo tanto en revisión. Hay muchas maneras de concebirla y se han fraguado múltiples modos de (o intentos de) definirla de acuerdo a distintas orientaciones que se le brindan y de las que se parte para ello.
Para nosotros la EA es una forma de educación que atiende y tiende a formar personas humanas sensibilizadas que mediante estrategias diferentes de enseñanza-aprendizaje, no solamente adquieren facultades positivas para su intervención en los colectivos y sociedades, sino que son transformadas en individuos nuevos, en otras personas (que antes no eran o no existían, en el caso más general), digamos: hoy ciudadanos conscientes y responsables individualmente preparados y socialmente dignos para participar en la tareas del presente y, preocupados/ocupados en los quehaceres del futuro partiendo de una base sólida del pasado, tanto local como global, esto es, glocal.
Nuestra formulación de la EA va más allá (o quiere ir más allá) de su concepción “más de moda” y/o más conocida o “famosa” de asumirla linealmente adosada a los asuntos y problemas ecológicos, primero, y después ya ambientales, aunque por supuesto que para nada y en ningún momento negamos sus vínculos (necesarios) con ambas esferas (lo ecológico y lo ambiental), desvinculación que además sería considerablemente forzada y muy probablemente inconducente, de despropósito. En realidad para nosotros una buena o muy buena educación es EA independientemente de la forma de su denominación: una persona con buena o muy buena educación será para nosotros una persona educada ambientalmente.
Asumimos que la EA es una educación que rompe con las inercias impuestas por el sistema oligárquico de dominio glocal (en todas sus formas, dimensiones y niveles). Es una educación nueva, renovada, liberadora y esperanzadora, revolucionaria. Quizás su primordial característica sea su cualidad de revolucionaria lo que impele a su ruptura toral con los principios y valores que han mantenido y soportan el status quo, mismo que ha procreado, creado, criado y recreado el mundo actual en el que la vida y su calidad han sido sometidas a las tensiones más amplias de tal modo que las grandes mayorías humanas en lugar de llevar vidas dignas, solamente vamos sobreviviendo en medio de situaciones cada vez más violentas e insoportables y, donde el Estado de Derecho es más declarativo que real: un mundo injusto/impune, intolerante, explotador, corrupto/corruptor, individualista, cruel, inhumano, competitivista, consumista, elitista, triunfalista, exacerbado, irreverente, indolente, exhibicionista, maquinizado/robotizado, devastador. Devastador no nada más del ser humano mismo sino de los ecosistemas glocales.
La EA a la que hacemos referencia, es así, una educación holística por su propia naturaleza y necesidad, pero tenemos que aceptar que es igualmente una educación utópica pero no por utópica desechable y/o irrealizable; según nuestra posición es utópica pero tanto valedera, como legítima y realizable; sí, factible. Desde luego que nuestra EA indica un proceso de humanización crítica de los individuos y por extensión de las sociedades. Mismamente, “significa” un proceso de socialización de la humanidad en cada uno de nosotros y de la mera humanidad que integramos todos los seres humanos en conjunto: “el conjunto universo humano”. Estamos pactando sobre una educación para la vida así como a lo largo de la vida lo que la lleva a ser también una educación para la paz, paz tan demandada y base de todo proyecto humano.
No nos apartamos de las aplicaciones e implicaciones más de corte ecológico-ambiental de la EA manejadas regularmente como las más “conocidas/reconocidas”, de ahí emana (exacta y precisamente) nuestra particular visión perspectiva de EA; pero sí busca y propone el rebase de tales visiones por sesgadas y parciales que inclusive alcanzan a limitar el campo de la EA a la temática del desarrollo, del desarrollo sustentable o sostenible y a la búsqueda “imperecedera” del múltiplemente anunciado y publicitado “progreso”, mucho más referido a las cuestiones materiales, de lo económico, haciendo a la misma EA un precursor (importante) de los modelos de desarrollo impuestos uno tras otro en todo el orbe. Modelos que hasta hoy han sido desarrollistas y economicistas forzados glocalmente y, de resultados lejanos y hasta contrarios al del progreso que se antojaría como el deseable para las mayorías humanas y el resto de las partes bióticas y abióticas de los ecosistemas.
La EA se formalizó, se institucionalizó al lado del desarrollo en general y más en lo particular, yuxtapuesta al desarrollo sustentable que del mismo modo ha sido formalizado/institucionalizado y hasta legalizado: ahora se habla del derecho al desarrollo pero también del derecho al desarrollo sustentable en una “maroma estilística” del sistema dominador glocal que tiene, tal vez, más de retórica que de verificabilidad, ya que cuando menos “se nos dice por ahí” que el derecho es o debe ser realizable, efectuable para que sea un derecho “verdadero”, pero hasta hoy en la mayor parte del mundo no existen las condiciones para hacerlo tal; el derecho al desarrollo sustentable (o sostenible, según el término que prefiramos) entonces quedaría como derecho vigente pero no aplicado.
De la institucionalización del desarrollo sustentable junto con la de la EA surgió primero como propuesta y segundo como “obligación”, lo que en el presente conocemos como Educación para el Desarrollo Sostenible, esto es, la educación que haría una realidad el desarrollo sostenible en el orbe. La ONU abrió un espacio para la EA por el desarrollo sustentable, el cual se traslapó con la actual década de la educación para el desarrollo sustentable (Resolución 57/254 de la ONU; periodo 2005-2014) que se supone en vigencia mundial aunque parecería que el mundo no se ha enterado mucho de esto.
En la práctica lo que se tiene es tanto la labor de la EA en su acepción general a la vez que la propia de la educación para el desarrollo sustentable. En algunas ocasiones compiten entre sí y en otras se complementan. De hecho hay una controversia en observar si una desplaza o sustituye a la otra. También hay un cierto movimiento que defiende a la EA por encima de la educación para el desarrollo sustentable pero tal conflicto permanece sin solución, al menos aparente. Algunos comentan que la segunda desaparecerá cuando lo mismo haga el modelo de desarrollo sustentable al ser remplazado por el siguiente, de tal modo que igualmente aseguran que la EA que viene desde antes de la imposición del desarrollo sustentable como el modelo actual (modelo que en realidad hasta el presente ha sido otro modelo desarrollista/economicista) seguirá su curso histórico mientras que la educación para el desarrollo sustentable pasará a ser parte del pasado. Esto no lo sabemos bien, no sabemos lo que ocurrirá, sin embargo, las cosas han sido así hasta el momento.
Sin poder (ni querer) entrar nosotros a la brega entre ambos tipos de educación puesto que no es el motivo de nuestro escrito, mostramos nuestra mayor empatía por la EA que se ha venido elaborando más consciente y responsablemente, esto es, aquella que si bien no se aparta del modelo de desarrollo sustentable tampoco depende de él; sin que consideremos que la educación para el desarrollo sustentable y su década sean material carente de importancia, la cual en realidad reconocemos y respetamos “en tiempos y formas”.
Aclarado un poco lo anterior pasamos a considerar que si bien la educación para el desarrollo sustentable contiene y merece un índice suficientemente vasto, la EA a la que nos adherimos más de la misma manera o tal vez más, merece y debe contener un ancho y largo índice. Entre todos los componentes de nuestra EA queremos observar un poco el que se refiere al nexo (o nexos) entre EA y la Historia (pongámosla con mayúscula, por el momento).
Cualquier tipo de educación, de ser cuando menos una buena educación es una que presenta determinado grado de contextualización, la EA que nos interesa no es la excepción, es más, la EA sea la que sea requiere ser contextualizada: sin contextualización pertinente no hay EA, llanamente.
Parte de la necesaria contextualización de la EA es su contenido histórico, la coligación entre los diferentes componentes de esta con el apartado o rubro de la Historia. Aquí la historia es la mundial en combinación con la más local, digamos regional o nacional, ajustándonos nosotros a lo nacional como lo relativo a un estado-nación o nación-estado. La historia ha adquirido tanta importancia en nuestro ámbito de trabajo/estudio/interés/responsabilidad que ahora existe toda una nueva línea de la misma que se conoce como historia ambiental. Esto nos da una idea bastante oportuna de la importancia que la historia tiene para las cuestiones ambientales en lo general y, para la EA en lo particular.
No obstante, en el presente escrito no acudiremos a este nuevo rubro de la historia, la historia ambiental. Nuestro punto es el de la significancia que la historia nacional tiene por sí misma así como lo que implica su manejo no comprometido por las tendencias, ideológicas u otras. Intentamos entender y dar a entender que cualquier ejercicio teórico y/o práctico de EA para su debida contextualización, tiene que ver con referentes históricos glocales.
El tiempo presente es la conjugación de los elementos del pasado reconsiderados para enfrentar los retos del futuro, mediato/inmediato. La EA dada sobre una plataforma espacio temporal, coadyuva a retomar la historia pasada y presente para re-conjugar la futura. El individuo, los colectivos y las sociedades para acceder o generar y practicar EA necesitan conocer y reconocer, de preferencia saber su pasado para activar su presente e incluir el futuro. Así se establece un complejo y complicado entramado entre EA e Historia (con mayúscula o minúscula), entramado que además es necesario, como ya lo mencionamos, o no sería EA (según nuestra perspectiva particular, insistimos).
Ahora nuestro interés es plantear, sucintamente, el caso mexicano, lo que queremos decir es que sostendremos la hipótesis central de que sin un buen conocimiento de la historia nacional mexicana, ningún cuerpo de conocimiento, ninguna EA funcionará debidamente. Mientras el mexicano común o todo mexicano no sepa lo que nuestro país es, ha sido y puede ser, México no caminará bien y no podrá romper con los lastres que lo han obstaculizado históricamente, seguiremos siendo un país “tercermundista” sumamente dependiente, debilitado, frágil, sin sentido y dolido; con un futuro incierto y amenazante/amenazado y un presente punzante que se debate entre la pobreza y la miseria de más de la mitad de su población humana, siendo que otro porcentaje nada desdeñable de nuestra población se encuentra en vidas de precariedad y solamente unos cuantos mexicanos “privilegiados” sostienen riquezas materiales hasta insultantes con el punto extremo de ser un supuesto mexicano, la persona más rica del mundo.
Un país con muy serios problemas ecológicos donde se han dispendiado y se van consumiendo y degradando los recursos naturales y se van atacando los ecosistemas reduciéndolos en su calidad hasta niveles irrecuperables en muchas situaciones. País nuestro signado como uno de los más corruptos del mundo así como uno de los más violentos al grado de que no dista mucho de ser una territorio en guerra civil (muchas personas, nacionales y extranjeras indican que nos encontramos en guerra civil). La situación nacional llega a tan alta violencia que se habla de víctimas mortales por la declarada guerra del gobierno contra el narco/crimen organizado, en cantidad de entre 50 mil y 70 mil tan solo en el último periodo de gobierno sexenal de la república, esto sin contar a los heridos, desaparecidos e injuriados de un modo u otro. Guerra sin tregua y hasta hoy sin salida con un gobierno impávido, necio, irreflexivo y arrogante que no sabe qué hacer, en tanto las víctimas mortales y no mortales aumentan día a día y en toda la extensión del territorio nacional, con víctimas mortales hasta dentro del propio gobierno y partidos políticos: situación angustiante para la mayoría de la población, o definitivamente para toda ella.
Todavía más, a nuestro país se le señala como uno de mediocres o peor. Uno cuya población (en lo general) limita y “milita” en los niveles de ignorancia, no de analfabetos pero sí de analfabetos funcionales justo junto a una población de no lectores, o sea, un país que lee poco, lee mal, escribe peor y tiende a lecturas insulsas, con una población crédula dominada por las televisoras que se han adueñado del tiempo y de la vida de muchos millones de personas, tornándolas en una clase de zombis indolentes, adoctrinados, despersonalizados y atomizados. Fenómeno acompañado de los otros medios masivos de “comunicación/información” que ha resultado en un proceso duro de estupidización contrario a la cultura más valiosa y que nos va aculturizando simultáneamente a la adopción invasiva de la cultura estadunidense (principalmente) para crear una cultura que de tan híbrida y perniciosa da más bien para subcultura o anti-cultura.
Un país plurinacional, multiétnico, que no se conoce a sí mismo, que desconoce su propia historia y solamente conoce rudimentaria y fragmentariamente su historia y más que otra su historia oficial, su historia oficializada misma que dista considerablemente de la historia real, digamos “verdadera” (si existe tal “cosa”). En lo siguiente esto es lo que intentaremos plantear aquí, para recalcar la necesidad legítima que tenemos los mexicanos de conocer y saber nuestra historia y a partir de ella, pensar una senda nueva y distinta de las cursadas para ir como individuos y sociedad mexicana detrás de un presente más digno y un futuro que permita una vida humanizada y en cordial armonía con los procesos de evolución planetaria: un derecho positivo y vigente, quizás hasta “natural”.  
Desafortunada y posiblemente al igual que sucede en muchos otros países, en México la historia nacional oficial es prácticamente la única con la que alguna vez la persona común ha tenido contacto, una historia que muchos llegan a rechazar de sus vidas en parte por el modo en que se les ha “enseñado” que recurre mucho a la imposición pero también por ser una historia prediseñada y edulcorada (hasta empalagosa). El caso se agudiza cuando por la mala calidad de la educación administrada a los grandes grupos poblacionales, ni tan solo la mera historia oficializada es conocida por los educandos ni por la gente en general: hay una gran ignorancia de nuestra historia y de la del mundo entre los mexicanos, y esto ha sido corroborado muchas veces en diferentes estudios e investigaciones.
La historia oficial obedece a los intereses del momento de los grupos en el poder. La historia no se respeta ni se le asume como una ciencia o al modo de una de las llamadas humanidades, como algunos la indican. Se la manipula y diseña para pasarla ya tamizada/censurada a la gran población, al gran público mexicano.
La historia nacional se acondiciona no para enseñarla sino para adoctrinar a la población. Así más que una historia de lo acontecido en el país y de sus relaciones con el resto del globo, se la presenta a la gente regular como una historia mítica. Una historia fraguada no en hombres/mujeres sino en mitos, hecha a base de crear mitos y luego explotar hasta el cansancio dichos mitos. Donde las personas ya no son de carne y hueso sino entes de extraordinaria naturaleza y los sucesos no lo son más sino que se los representa como actos heroicos y demás fórmulas “llamativas” (que llegan a la teatralización) que están dadas para guardar apariencias. Las personas ya no lo son sino que son personajes, desde buenos hasta los malos. No son actores de su tiempo sino factores del mismo y para la posteridad ampliada/resaltada. Los sujetos dejan de ser y estar sujetos y operan como modelos, emblemas y símbolos, símbolos que se corresponden con ciertos códigos más o menos ocultos, abiertos para los miembros del clan de los poderes, de los elegidos y diseñadores del “paradigma” de país que quieren construir (pero que asimismo han destruido desde hace muchos ayeres).
Las personas que aparecen en la historia oficial han sido despojadas su carácter más natural de sujetos y han pasado a ser héroes, caudillos, próceres, paladines, ídolos, ejemplos a seguir o en el extremo contrario nefastos villanos, ruines e imperdonables. Este es el caso de la historia oficial mexicana, sí: una especie de concurso de mitos, leyendas, creencias, deseos, verdades ocultadas, verdades a medias, mentiras, engaños, idealizaciones, elegías, salmos, apologías, epopeyas, himnos, deformaciones, desinformaciones, mala información, información, inventos y otros contenidos o componentes que lo mismo entran que salen de los medios/instituciones en general y de los medios/instituciones oficiales.
Oficializada la historia mexicana es el campo “fértil” para la imaginación y en lugar de estar constituida por todo lo acontecido se la presenta y representa como una obra de la imaginería del momento, una obra de ficción, quizás de ciencia ficción pero con menos ciencia que ficción por el desapego a las realidades. Cierto es que la mera historia en muchos momentos es inexplicable/inentendible hasta inefable y alcanza lo surrealista pero ello es muy distinto de hacer de la historia una ficción; ficción que trata de atraer y atrapar la mentalidad abierta de los infantes de tal modo que lleguen a verla y sentirla como un relato más que interesante, divertido y emocionante con “grandiosas batallas” y luchas muy “dignas” de ser representadas en la televisión y en el cine para disfrutar de los actos tan épicos y patrióticos de nuestros antepasados “los mexicanos de verdad” y donde las personas regulares, nosotros no tenemos un lugar sino como meros admiradores entusiastas que aplauden a cada escena donde los “buenos” vencen a las fuerzas malignas y demonios que violan nuestro “sacro” suelo mexicano y/o sus instituciones o su “alma nacional” y sus “sentimientos”.  
Pero del mismo modo, una historia tan maquillada que logre impactar a los jóvenes y adultos para convencerlos de que ser mexicano es bueno y es preferible a ser de otro país ya que los mexicanos somos “gentes de bien y trabajadora”, somos buenos y religiosos y somos democráticos, no lo que se ve en otros países en los que la gente se ha dejado llevar por la maldad y los vicios y son personas degeneradas, malos ejemplos para los mexicanos. Por y para ello contamos con todo un enorme ejercito de héroes y caudillos, “hasta” mujeres ejemplares tenemos en nuestro “firmamento histórico patrio mexicano” o “panteón patrio” como le han denominado algunos, pese a que oficialmente solo se mencionen unas cuantas de ellas. Mujeres y hombres que han sido manipulados en sus presentaciones/representaciones en la historia oficializada para fabricar una mexicanidad extraña que entraña un despojo de la propia historia nacional, para asentar el imperio dominante de la ignorancia que alimenta y retroalimenta al sistema del poder que hace de México no una nación en marcha sino un negocio capitalista y consumista, hoy ubicado en el reino del otro sistema glocal impuesto, el sistema de mercado que nos presenta ahora a la sociedad de consumistas como la sociedad, la nueva “sociedad del conocimiento”.

“La patria es primero” sentencia una de las frases célebres de nuestra mexicanidad, aportada por el independentista Vicente Guerrero. También existe la versión: “mi patria es primero”. La primera versión orla y preside el recinto de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión en la ciudad capital mexicana y se le encuentra debajo de otra más larga: “Entre los individuos como entre las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz”. Ambas frases en bronce dorado para dar vida activa a lo que se ha llamado “historia de bronce”. La última frase proveniente de Benito Juárez uno de los más encumbrados héroes patrios mexicanos que llegó a ser presidente de la república. Ésta frase se ha escrito de diferentes maneras, no hay una versión única.
Aparentemente nada que decir, solamente dos grandes pensamientos hechos frases históricas que dibujan o permiten hacer una semblanza del arrojo, valentía, pundonor y acertado pensamiento de que los mexicanos somos capaces (nosotros mismos somos mexicanos, que no quede duda). Si bien las circunstancias imponen o pueden imponer su mandato, si seguimos tal cual, letra por letra este “doctrinario” patrio o patriótico, nos veremos envueltos en una cierta batahola; no podemos dudar que la patria sea un valor importante para la gente y para un país pero la patria es una construcción mental, es una obra de la abstracción y como tales tienen su origen en la mente y el espíritu humanos, así es que no puede ser primero la patria y después todo lo demás ya que lo primero para que exista la patria son las personas, los individuos, ignorantes o conocedores y sabios; en realidad como tema/lema patrio es muy bueno pero no es muy certero: lo primero es la gente, lo primero son las personas, tal es la fuente de que puede emerger la patria y no hay otra. Se nos puede acusar de antropocentristas y lo aceptaremos, pero la patria es una elaboración del ser humano. Así, primero es el ser humano y después podrá aparecer la patria y no al revés. “La patria es primero” no dista tanto de aquella frase del fascismo nazi “Alemania por encima de todo” de consecuencias históricas tan negativas.
La segunda frase, la de Benito Juárez, es excelente y resguarda una estética singular. Seguramente es una de las frases mexicanas más universales. Es múltiplemente usada en nuestro medio nacional. Parece “inmortal” o atemporal, eterna. Nosotros mismos la hemos empleado. La frase nos parece de lo más atinado, no le vemos problema alguno pero con su emisor la historia es distinta.
A Juárez se le otorgó el título de “Benemérito de las Américas”. Es uno de los tres o cinco héroes patrios mayores mexicanos, algunos lo entienden como el primero de nuestros héroes. Quizás solo le compitan en importancia/fama patriótica Miguel Hidalgo y Costilla “el padre de la patria” y José María Morelos y Pavón “el siervo de la nación”, los dos del periodo de la Independencia (1810-1821).
Habrá también los que lo hagan competir en importancia y/o fama histórica con Emiliano Zapata “el caudillo del sur” y tal vez con Francisco I. Madero “el mártir de la democracia”, ambos pertenecientes al episodio de la Revolución mexicana (iniciado en 1910). De quienes señalaremos solo lo siguiente. A éste Madero pronto lo consumieron las llamas revolucionarias siendo en poco tiempo traicionado por un allegado que había dado muestras de visible capacidad de traidor pero un anodino presidente, como lo fue Madero no se dio cuenta hasta demasiado tarde: los rivales asesinaron a su hermano, a su vicepresidente Pino Suárez y al mero Francisco y, el mismo asesino tomó para sí la presidencia de este castigado país: el “chacal” Victoriano Huerta, uno de los villanos de nuestra historia (y un alcohólico).
Por su lado, Zapata para no pocos mexicanos es nuestro mayúsculo/oficializado héroe revolucionario y su ícono es semejante al del “Che” Guevara. Cuando se quiere dar la impresión de que alguien es revolucionario se recurre a la imagen de Zapata. También cuando se desea vender la idea de la justicia y más todavía, de justicia con los indios y/o campesinos. Es el héroe agrarista por excelencia, sin parangón en México, en el “cosmos” más bien patriotero. Empero, cuando se revisan mejor las cosas, se ve que Zapata es el revolucionario que no sabía de revoluciones ni le interesaban mucho, más bien deseaba que las cosas no cambiaran para así mantener sus prerrogativas personales.
Él mismo era un terrateniente acomodado (bien vestido), muy atractivo ante las mujeres (y para algunos hombres). Elegante delante de numerosos seguidores que andaban semidesnudos y hambrientos. A “la hora de la verdad” tal ícono, incluso del machismo viril mexicano, solo pedía que la lucha devolviera sus privilegios a la “gente de bien”: exige al poder establecido el reconocimiento para la gente del campo, de sus títulos de posesión virreinales, esto es, devolución de sus pertenencias, mientras que los que nada tenían, precisamente seguirían tal cual. Así sus famosas frases: “tierra y libertad” y, “la tierra es de quien la trabaja”, quedan perfectas para los discursos y nada más… Zapata es igualmente traicionado/acribillado por órdenes de otro de nuestros héroes nacionales, Venustiano Carranza, al que a su vez lo asesinan después de otra traición para beneficiar a otro héroe nacional, Álvaro Obregón para cuya carrera estorbaba la existencia de Carranza. Asesinato organizado por otra figura de la historia nacional, Plutarco Elías Calles (“el jefe máximo de la revolución”) que después fue presidente y fundó el partido político que posteriormente gobernó a México por espacio de siete décadas consecutivas para volver a ocupar (en la actualidad) la “silla del águila” (o sea, la presidencia) ahora para el periodo 2012-2018.
Obregón junto a Calles y Adolfo de la Huerta perpetraron el crimen sobre Carranza. Obregón terminó asesinado, pero antes sostuvo una guerra contra su anterior aliado criminal De la Huerta, que también fue nuestro presidente. Mientras, Calles todavía gestó otro crimen político más sobre el que probablemente sea la figura más popular de la revolución, Pancho Villa (otro representante ejemplar del machismo mexicano “más puro” y un bebedor), impactante sujeto que causó destrozos doquiera y ya metido a líder de “la bola” (forma coloquial para designar la lucha revolucionaria) tuvo a bien ejercitarse como justiciero para lo cual se apoderó de todas las mujeres que pudo y dejó hijos en número grande pero desconocido. Villa no ocupó la presidencia pero pasó de ser un bandido pobretón antes de la revolución a un dueño de su propio banco cuando el movimiento revolucionario parecía haber terminado. Fue asesinado a balazos en su automóvil. Obregón y Calles, ambos ex-presidentes mexicanos e integrantes de la larga lista de héroes nacionales, en contubernio aplicaron purgas que cobraron la vida de cientos de personas. Calles se adueña del poder por años e impone presidentes, entre ellos impone a Lázaro Cárdenas el cual le paga el favor expulsándolo del país al que retorna solo para morir por enfermedad.
Todo esto nos habla crudamente de una “interminable secuencia espiralada de violencia” muy difícil de plantear y sostener ante, digamos, los educandos ya que no hay tan grandes ni tantos argumentos para hacer de estos matones unos “héroes” patrios nacionales y los enormes prototipos a seguir por todo mexicano (pero cuentan con monumentos y demás múltiple y profusa parafernalia patriotera por todo el territorio nacional para su “memoria y reconocimiento”: “Los Héroes que nos dieron Patria y Libertad”, aunque visto de otra manera estuvieron a punto de quitárnosla) y menos para ensalzarlos como ejemplos a seguir por los jóvenes e infantes, a menos que el nuestro no sea otra cosa que un país de dementes o habitado por espíritus fantasmales como en la tremenda mexicana novela “Pedro Páramo”, del mexicano (e indigenista) Juan Rulfo.   
Dejaremos a éste revolucionario, Zapata (y a los demás) no sin antes anotar que se levantó en armas contra Francisco I. Madero apenas unos 20 días después de que Madero había accedido a la presidencia del país y, no sin que nos permitamos apuntar que la revolución que tanto costó al país y otro de nuestros “orgullos” nacionalistas, no coadyuvó al desenvolvimiento del empobrecido y abatido país mexicano sino que lo obstaculizó, “punto de vista” que difiere vastamente del oficializado por la historia.
Tuvimos, “La Primera Revolución del siglo XX” pero mismamente una revolución no terminada y exterminadora, acoplada al “guadalupanismo” (“México siempre fiel”) y a la moderna/modernista “plaga futbolera mexicana” (“la segunda religión nacional”) y a la muy reciente “pandemia” del uso enfebrecido/enfermizo de la telefonía celular, que tanto contribuyen y han contribuido para hacer de nuestro país uno de pobres e ignorantes de tal manera que nuestra otra denominación oficial Estados Unidos Mexicanos queda emparentada con la que algunos han manejado como Estamos Sumidos Mexicanos, homofonía que a la vez, en la denominación oficial, pone de manifiesto los deseos de muchos mexicanos de cíclicas oportunidades (todavía vigentes), de pasar a ser parte o colonia de EUA, “el país que sí sabe y que sí vale”, pues no son pocos los mexicanos que suspiran y han suspirado por ser estadunidenses (aunque fueran de segunda clase).
Después de este paréntesis sangriento, retomaremos nuestro asunto con el propio Benito Juárez.
Juárez corresponde al tramo de nuestra historia conocido como La Reforma, intermedio entre la guerra de Independencia y la Revolución y envuelto él mismo en el escenario principal de la Guerra de Reforma. Nuestro personaje con estudios de abogacía tenía dotes de orador y podía lanzar bastantes frases pero no todas tan afortunadas como la anotada. Era capaz de lanzar frases como: “a los amigos, justicia y gracia, a los enemigos justicia a secas”, que tiene sus variantes. También: “los hombres no son nada, los principios lo son todo”, donde tenemos un caso similar al de la frase de Guerrero y le podemos aplicar la misma lógica: sin hombres los principios no existen, una cosa es la exaltación del momento o circunstancia, otra es la realidad regular, la cotidiana.
Al ser Juárez una de las personalidades más importantes de la historia nacional, que para muchos adeptos suyos va más allá de nuestro país, se le desnuda de su natural corporeidad y se le sostiene como un ser sobredotado que algunos asemejan a una suerte de semidiós, se le eleva a lo extraordinario y se le descarna para plasmarlo oficial y popularmente como el “ejemplo ejemplar” que todo mexicano que se diga serlo debe ser o procurar ser. Se da una especie de idolatría adoratoria alrededor de su figura y su reconocimiento por glorificación jamás termina ni es suficiente.
Sin embargo, Juárez el hombre distaba de ser “perfecto” y de ser el mejor ejemplo a seguir por toda la población mexicana. No era un gobernante ni una persona democrática pese a otra de sus frases: “la democracia es el destino de la humanidad; la libertad su brazo indestructible” (muy bien dicho, asumimos nosotros). Fue una persona intransigente, llegó a gobernar despótica o dictatorialmente, era un “enamorado” del poder (otro más). Siendo “hombre de leyes y letras” las usó sin miramientos morales ni éticos. Forzó las leyes para sus propios intereses y “guardó en sus cajones” la Constitución Política del país para mejores tiempos mientras actuaba según le convenía. Pasados sus peores momentos se auto otorgó un excelente sueldo como presidente que le permitió llevar un holgada vida en lo económico mientras millones de paisanos carecían de lo más elemental y el país en abrumadora crisis.
De tan convencido de las leyes y de la democracia resultó que ocupó la presidencia del país por espacio de 14-15 años valiéndose de toda clase de maniobras y triquiñuelas, traicionando y realizando asociaciones altamente riesgosas para la nación mexicana en su orden e independencia. Ocupó tantos años la presidencia nacional sin dejar de recurrir al fraude electoral. Solo dejó la presidencia cuando la muerte le llegó, de no ser así, su gobierno habría sido factiblemente más largo. De hecho su gobierno presidencial es el segundo más largo de la historia de México solo superado por el Porfiriato que duró 30 años con el gobierno dictatorial de Porfirio Díaz, sucedido en momentos posteriores al de Juárez. Por su lado Porfirio Díaz forma parte de nuestro “firmamento patriótico nacional” pero del lado de los villanos y pocos “bellacos” podrían competirle en sus descalabros sobre México, pero los hay, como es el narcisista Antonio López de Santa Anna (que ocupó la presidencia nacional en once ocasiones: una marca nacional) y Agustín de Iturbide, el realista (servidor virreinal) que culminó la independencia mexicana contra España, un militar que soñaba ser de “sangre azul” y se hizo ungir Emperador de México (pobre México).
Juárez era el “hombre práctico” que decía una cosa y hacía otra. Le cantaba a la democracia pero no la aplicaba. Le cantaba a la libertad y estuvo dispuesto a causarle un daño enorme al país, mediante un entreguismo fuera de control hacia los EUA para conseguir su apoyo contra sus numerosos enemigos de dentro y fuera del territorio. Durante el II Imperio Mexicano, el de Maximiliano de Habsburgo y Carlota cometió el crimen político de matar al emperador Maximiliano haciéndolo fusilar. Fuera de las implicaciones ético-morales, las leyes mexicanas de tales momentos prohibían la pena de muerte por razones políticas, al violar la ley cometió un crimen político para deshacerse de éste famoso y prestigiado rival.
Llamaba a la libertad pero al mismo tiempo luchaba por sostenerse en la presidencia de la república el mayor lapso temporal posible y casi logró que México pasara a ser parte o un “protectorado” de EUA, abiertamente y por escrito. Entre tantos enemigos tuvo muchos de la Iglesia católica. Le restó muchos bienes a la Iglesia pero no los repartió entre la población sino que pasaron a manos de la gente adinerada/poderosa. Entre sus preocupaciones primordiales no se encontraba atender al pueblo más bien se desentendió y se sirvió de él.
La historia oficial registra su lucha por el laicismo en la sociedad, su confrontación contra el clero, pero Juárez era muy religioso, un creyente y simultáneamente al ejercicio que dio a la luz una Constitución Política, de rodillas todos los Constitucionalistas juraron ante la Divinidad católica (representada por un crucifijo) a la propia Constitución, misma que contenía tantas citas a Dios que no resulta fácil entenderla como un documento político oficial de gobierno sino que parece una declaración religiosa: iniciaba con referencia a Dios y terminaba del mismo modo.   
Se le alaba a Juárez como el presidente de extracción indígena que siendo de niño un pastor pobre en su natal pueblecillo de Guelatao, Edo. de Oaxaca, fue capaz de superar la adversidad y llegar a ser el mexicano en el puesto más alto de la nación. Lo que no se dice mucho y poca gente sabe y menos gente lo cree, es que ya en el poder presidencial no se ocupó de los indios del país. No se interesó por ellos para subsanar aunque fuera levemente los niveles infrahumanos de subsistencia que soportaban incluso en grados de servidumbre humana, esclavitud (desafortunadamente, ello persiste ahora). Si algo hizo por ellos fue arrebatarles sus tierras expropiándoselas. Los desposeyó de sus dotes y las traspasó a terratenientes latifundistas. El presidente indígena obró contra los indígenas y según la información histórica, Juárez ha sido el mayor hostigador de los indios en el país: como negra “anécdota” está la ocasión en que por intervención suya una sublevación indígena fue reprimida, cientos de indígenas mayos y yaquis que luchaban por sus tierras fueron sometidos y encerrados para ser de inmediato cañoneado el lugar con la muerte de todos aquellos indígenas, de lo cual Juárez se preocupó pero no del sanguinario hecho en sí sino de cómo iba a pagar el “servicio” aportado por el comandante-verdugo de turno, deshaciendo sus propias palabras emitidas públicamente al ser encomiado por indígenas: “Hijo del pueblo, no lo olvidaré”. Podríamos preguntar ¿y dónde quedó aquello del respeto al derecho ajeno y lo de la paz, enunciados en su más famosa frase?
Finalmente para dejar en paz a este personaje anotaremos que de comportarnos como él, de seguir su “ejemplar ejemplo” sin el debido razonamiento justo, si ahora tenemos un crecimiento poblacional propasado de tal modo que los mexicanos ya franqueamos los 110 millones de habitantes, el país estaría todavía en peores condiciones ya que nuestro benemérito presidente tuvo por bien concebir más de una docena de hijos, de ellos varias hijas a las que tuvo el cuidado de casar con alguien que no fuera de sangre india.
El otro autor de las frases que hemos anotado primero, Vicente Guerrero, es otro de nuestros cardinales y famosos héroes nacionales, es muy probable que pertenezca al grupo de los diez caudillos más relevantes de nuestra historia patria. Se le asume como uno de los consumadores de la independencia de México del imperio español. Formó parte del Ejército Trigarante que desfiló “triunfalmente” en la capital mexicana dando por “terminada” la guerra de independencia. Siendo independentista y libertario marchó en tal desfile al lado de Agustín de Iturbide y le apoyó para ocupar el puesto más importante del país. Iturbide fue enemigo de la independencia, luchó del lado del poder virreinal y fue implacable contra sus enemigos. Combatió directamente contra los líderes independentistas, entre ellos Guerrero. Observando las cosas, encontró que era mejor y el momento de independizarse de España y que era muy bueno que él fuera el primer gobernante del México independiente. Lo logró pero en su ilusión mesiánica se auto declaró el Primer Emperador de México, no el presidente y, Guerrero a su lado siendo premiado con un título militar secundario. Iturbide al igual que muchos de los que desfilan por nuestra historia patria terminó mal (junto a su Imperio), fue fusilado.
Pasado un tiempo Guerrero llegó a la presidencia del país. Para hacerlo se dio una revuelta tremenda en la cual si bien no intervino directamente tampoco hizo nada por detenerla. Una vez en la silla presidencial, resultó que nuestro prócer nacional no sabía leer ni escribir, era analfabeto. Había sido “burrero”, maniobraba una recua y no había tenido oportunidad de alfabetizarse. Si esto puede no ser importante, el punto cobra resalte cuando se vio que podía firmar documentos que ni tan solo sabía lo que decían y en momentos históricos tan significativos para el país. También fue contrabandista consiguiendo “buen” dinero con ello. Guerrero, al parecer fue un buen guerrero pero no un buen presidente. Era débil, carecía de carácter para tomar decisiones trascedentes, era dependiente y hasta torpe: fue entregado por un pago en efectivo al traidor y murió fusilado, solo duró en la presidencia unos pocos meses.  
Aunque no hay un consenso pleno sobre la figura máxima de nuestra historia nacional, el debate más fuerte está entre Juárez e Hidalgo y quizás también en José María Morelos. Veamos escuetamente a los dos últimos que comparten glorias en la Independencia nacional.
Miguel Hidalgo y Costilla puede ser nuestro prócer/caudillo número uno. Se le asigna el título elevado de “Padre de la Patria”. El fue el primer líder del movimiento independentista y es al que se le adjudica el tan famoso y tradicional en México “Grito de Dolores o Grito de Independencia” (la fiesta nacional más importante de México, que aunque no se lo pueda uno creer a la primera, no sucedió tal “Grito”, no gritó este cura y menos el 15 de septiembre a las once de la noche, como se estila a cada año oficialmente). De “Dolores” por la población del Edo. de Guanajuato donde aconteció el “no grito”, pero donde sí, Hidalgo arengó a la gente para tomar las armas (que en general la gente no tenía con no ser machetes, palas, palos y piedras) y luchar por la emancipación del país. Sin duda fue toda una gran personalidad con estudios y el dominio de varias lenguas. Se ordenó sacerdote, de ahí que igual se le conoce como “el cura de Dolores”. De inteligencia abierta y dominio de la escena. Al arranque de la guerra tuvo sus victorias contra los rivales realistas hasta que cae en manos de ellos y termina fusilado, otorgándosele la tarea de cortarle la cabeza por un tajo de machete para escarmiento y humillación por exhibición pública, a un indio que fue “recompensado” con unos pocos pesos.
De carácter muy jovial, era dado a las fiestas, a las competencias, al juego y a las mujeres. Ya en la guerra no mostró grandes destrezas para la misma no obstante haber obtenido varias victorias que no dejaron de ser, de algún modo, pírricas puesto que fueron conseguidas a un alto costo tanto en muertes y dolor como en destrucción. Fue considerablemente necio y no aceptaba las opiniones de sus lugartenientes, los cuales llegaron a la desesperación y hasta a pensar en la forma de quitarle el liderazgo del movimiento bélico cosa que no llegó a tener ocasión ya que iniciada la guerra en 1810, apenas para 1811 es apresado y castigado con la muerte. Pese a su sacerdocio cristiano católico no mostró gran piedad contra sus enemigos: al ser interrogado (ya preso) por no haber brindado un juicio a sus prisioneros su respuesta fue “no era necesario, sabía que eran inocentes”, lo que da un buen margen para preguntarnos sobre si el matar/asesinar inocentes es una conducta digna de ser emulada por todos los mexicanos, acaso un eco no escuchado de aquello de “el fin no justifica los medios”.  
Así, permitió y quizás alentó a una violencia extrema por lo que las muertes y laceraciones fueron masivas y la destrucción fue muy amplia quedando varios lugares devastados por las huestes en combate. Prefería combatir con grandes ejércitos casi desarmados y carentes de todo entrenamiento para ello, en lugar de hacerlo con menos personas pero mejor armadas y capacitadas, que era una de las cuestiones que le hacían ver sus segundos. 
Parece ser que su mayor equivocación fue su falta de decisión que le impidió entrar a la Ciudad de México y tomarla cuando las condiciones le eran favorables y eran sus tiempos de victoria. No lo hizo y no se le ha encontrado una satisfactoria explicación a ello pero esto significó un mayor costo de la guerra (en todos los sentidos) que pasó a alargarse demasiado, hasta 1821 con un desastre socioambiental muy severo en gran parte del territorio mexicano. Hasta aquí con nuestro “padre de la patria”.
J. M. Morelos y Pavón también fue sacerdote católico. De extracción más humilde que Hidalgo y con menor formación digamos, cultural. A la caída de los primeros y principales líderes de la independencia, él entra a tomar las riendas de la lucha armada en la cual ya se encontraba participando desde el liderazgo de Hidalgo. Tuvo una idea distinta a la de Hidalgo y prefirió mantener tropas menos numerosas y más alistadas para las contiendas mostrando a la vez mayor ingenio militar a la hora de las acciones que Hidalgo. Muere en 1815 fusilado, hincado y de espaldas, como se eliminaba a los traidores.
Posiblemente su peor error fue querer separar la lucha armada de la lucha política para buscar el reconocimiento jurídico legitimador de lo que había logrado, pero en medio de circunstancias cruciales pues el enemigo estaba sumamente “vivo” y activo, lo que le resultó ser traicionado y su ejecución. Si bien fue más piadoso, menos cruel que Hidalgo con sus enemigos, también aplicó la violencia quizás más allá de, digamos, la moral/ética más o menos convencional y también la cristiana: mandó liquidar a mucha gente y fue seducido por afanes vengativos, ejemplo de esto último es a la ejecución del independentista Mariano Matamoros para lo que cobró la vida de 200 prisioneros que hizo degollar. Siendo que nos dejó huella franca de un fanatismo religioso a ultranza cuando en su documento “Sentimientos de la Nación” (1813) no tuvo tapujos para clamar “que la religión católica sea la única sin tolerancia de otra”, articulado con “que el dogma sea sostenido por la jerarquía de la Iglesia, que son el Papa, los Obispos y los Curas, porque se debe arrancar toda planta que Dios no plantó”, enunciados que se entornan directamente con modos fascistas del pensar y, sin embargo se le califica “oficialmente” a tal documento como uno de los principales “cuerpos” políticos de la historia de México.   
Al final su “hercúleo” perfil se desdibujó. Sin que se pueda entender de manera fácil su proceder, ya apresado dio de sí y se traicionó a sí mismo, a su gente y al movimiento por el que había hecho tanto. Ofreció muy valiosa información a los realistas lo que vino a causar serios trastornos a la contienda bélica, incluso, a cambio de nada, parecería que por mero arrepentimiento y/o por cobardía. Esto último generalmente es obviado u ocultado por las versiones oficializadas de nuestra historia y es desconocido por el grueso de la población o se le minimiza: se intenta no lastimar u opacar la “luz” que emite su demás trayectoria independentista, queriendo eliminar sus limitaciones como todo ser humano para trastocarlo hacia el firmamento de lo inmaterial y lo extra natural. El denominado románticamente “siervo de la nación” terminó sirviendo a sus reales/realistas enemigos. Sin importar su sacerdocio católico, Juan Nepomuceno Almonte fue hijo suyo y pasados los años al contrario de su padre que intentó darle independencia a nuestro país, Almonte efectuó todo lo que pudo para hacer de México uno más dependiente del extranjero trabajando a modo para entronizar al austriaco Maximiliano de Habsburgo como Emperador de México.
Pero los baldones/“resbalones” históricos mexicanos de la oficialización/“sacralización” son más y aparecen en todas las épocas y prácticamente en todos los ramales del curso/decurso nacional, pero igualmente han sido usados para crear una dominante mexicanidad artificial y ciega que se “reconforta” en la re-creación de un patrioterismo no de un patriotismo, digamos socialmente benéfico, en todo caso.  
Tal vez el mundo nos conozca como el país de los aztecas y es un “sentimiento” nacional muy asentado y aceptado, “naturalizado” el que nosotros mismos nos “definamos” como sucesores de los aztecas. La realidad a nosotros nos parece un tanto diferente por cuestionable.
Los aztecas eran el principal reino mesoamericano a la llegada de los conquistadores españoles con Hernán Cortés a la cabeza pero para nada eran los únicos pobladores de la zona. Muchos otros grupos nahuas, incluso rivales de los aztecas como los tlaxcaltecas, estaban presentes y tenían culturas elaboradas. También moraban el territorio mesoamericano otros grupos como los purépechas, otros enemigos de los aztecas, así como huastecos, totonacos, mixes, zapotecos, mixtecos y mayas aunque ya (tal vez) sin el esplendor de sus mejores tiempos culturales varios de ellos y, de entre otras culturas. Asumir que somos descendientes de los aztecas es un reduccionismo histórico gordo/absurdo, en todo caso seríamos descendientes de todos estos grupos: no somos aztecas (ni tan solo hablamos la lengua de ellos, el náhuatl, misma en peligro de desaparecer). Somos de origen multiétnico, nuestro origen cultural es ampliamente diverso: por supuesto también está la sangre española (y otras más). Además, la conquista no fue conseguida por los españoles (unos cientos) sino más que nada por miles de indios que detestaban el “imperio” mexica que los explotaba sin descanso ni compasión.
“Os prenderemos y comeremos haciendo de vosotros sacrificio” dijo Cuauhtémoc, el último “emperador” azteca (entrecomillamos emperador ya que los imperios no provienen de América y la figura de emperador es importada lingüísticamente: la denominación náhuatl para el caso es tlatoani y también huey tlatoani, que significan el que habla, el que tiene el poder del habla y, el grande que habla) a los tlaxcaltecas para amedrentarlos durante el sitio de Tenochtitlan al que se vio sometida la capital del “imperio” azteca. Lo que para un mexicano “distraído” pudiera darle la impresión de una expresión exagerada, es un “detalle” que pocos mexicanos conocen. Sí, los aztecas fueron caníbales (o antropófagos), esto es, comían carne humana sin complicaciones morales, digamos. Incluso la carne humana les parecía excelente, les gustaba mucho. Los españoles se horrorizaban al observar cómo daban cuenta de sus víctimas devorándolos placenteramente después de ser asadas/guisadas. Esto se terminó con el dominio español. Sus “reses humanas” regulares eran los prisioneros que hacían en su común vida de cultura guerrera, así como parte de los tributos que los pueblos vencidos/dominados por ellos les debían rendir (entre tales “reses humanas” se encontraban muchos tlaxcaltecas). Como el canibalismo moralmente no es bien visto, aceptar la historia oficializada que “nuestros” aztecas lo practicaban con fruición, no es precisamente motivo de orgullo nacional y tiende a ser ignorado. Por cierto, lo augurado por Cuauhtémoc ocurrió al revés, vencidos los aztecas, fueron los tlaxcaltecas los que saciaron su paladar comiendo la carne de los cuerpos aztecas, habiendo gran cantidad disponible. Pero es más, el canibalismo operaba normalmente por todos lados en el continente, no eran los aztecas los únicos practicantes de esto ni los otros grupos mesoamericanos solamente. La antropofagia, como sabemos se ha dado alrededor del mundo y todavía ahora hay “gente que come gente”.  
Los aztecas, se nos ha enseñado oficialmente, eran un pueblo guerrero de bravos guerreros y de ahí una parte del orgullo de sentirnos aztecas hoy, la presunción de haber nosotros heredado la bravura de ellos. Otro detalle que no se conoce mucho es que la bravura de tales guerreros aztecas en buena porción, era de índole “natural” pero otra era inducida por el consumo de drogas, lo que dice, muchos de ellos peleaban drogados. El uso de drogas era para darse mayor ferocidad en las batallas que no terminaban ni terminaron hasta que fueron dominados por los españoles acompañados de miles de nativos americanos que detestaban a “nuestros” aztecas por someterles a explotación masiva y al terror permanentes. Nuestro “orgullo azteca” se ve empañado por el hecho de que ellos ordenaron la quema de la información existente para re-escribir la historia, una en la que ellos figuraban con una grandeza impresionante, pero falseada: la primera de nuestras “historias oficializadas”, digamos.
Cuauhtémoc es uno de nuestros héroes “nacionales” indios (mejor dicho aborígenes toda vez que solo por error, como lo sabemos, los naturales del “nuevo continente” fueron confundidos con los “verdaderos” indios, es decir, con habitantes de las “indias”). Cuando Cortés (apellido un tanto paradójico ya que no fue muy cortés con los indios de la época de la conquista matando a miles, a muchos de mano propia, y esclavizándolos) acaba con el hasta hoy incomprendido Moctezuma, el tlatoani azteca a la hora de llegada del conquistador. Le siguió en el puesto Cuitláhuac pero éste fue una de las muchísimas víctimas del otro azote del “descubrimiento de América”, las enfermedades que eran aquí desconocidas y que mataron y/o perjudicaron a muchísimos nativos americanos. Muere de viruela sin poder hacer algo importante por su pueblo. Así llega a ser tlatoani Cuauhtémoc, bastante joven, un veinteañero, y toma la defensa de la ciudad tenochca. Hay en nuestro haber demasiadas apologías del último tlatoani azteca. Se le alza a la estatura de algo más que los seres naturales que habitamos el planeta: es el defensor más primigenio del suelo supuestamente patrio nacional, un guerrero sin mácula y un mártir, tal vez el primer gran mártir de la historia nacional.
Organiza la lucha contra los invasores españoles y sus numerosos aliados nativos pero cambia la tradición de hacer la guerra que consistía en marchar el líder al frente de las huestes. Él no lo hace así, el mandata y vigila en lontananza el acontecer de los enfrentamientos. Quizás sometido a tensiones que no son fáciles de imaginar y puesto en condiciones que lo acorralan, usa a mujeres (cuestión poco común) para ir al combate directo contra los poderosos y cuantiosos enemigos, son vestidas como hombres para dar la apariencia de no ser lo que en verdad eran: mujeres. Si los hombres sufrían terriblemente en el campo de batalla, ya podemos imaginar lo que pasaron estas damas aztecas siendo que físicamente es tan difícil empatar ambos sexos/géneros y todavía menos en una lucha encarnecida y brutal. Sin embargo, puede calificarse esto de medida extrema en momentos desesperados. Tan desesperados que llegó a darse el ataque de jóvenes y niños aztecas que usando sus cuerpos como única arma, se lanzaban desde las alturas para intentar aplastar con el peso de su cuerpo a los oponentes, con muy pobres resultados y quedando ellos en lugar de los otros destruidos. Verdaderas carnicerías se dieron por la sed de dominio y el hambre extrema por el oro y en su defecto la plata del continente.
(El águila que cae o que desciende, o bien el águila que se posa o se posó, tal es el significado de) Cuauhtémoc, no pudo sustraerse de plantearse detener la atroz lid y entrar en sociedad con los invasores, dudaba y dudó al respecto pero los demás jerarcas mexicas no se lo permitieron. No obstante, puede ser que su mayor equivocación haya estado en no matar a Cortés, dando la orden de tomarlo vivo. En su “defensa” asimismo puede argumentarse que tal era una táctica general en los combates aztecas: tomar vivos a los enemigos más que generar muertos, así se hacían de una fracción de posteriores víctimas para sus sacrificios humanos a las deidades aztecas. Cortés fue hecho preso varias veces pero por no matarlo en el acto o poco después, logró escapar y finalmente consiguió la victoria sobre los aztecas. Al poco tiempo se fundó el Virreinato de la Nueva España, el mayor del continente.
Cuauhtémoc fue hecho prisionero, se le maltrata y somete a tortura y finalmente se le asesina colgándolo de un árbol por órdenes de Cortés. Antes de esto lo bautizan dándole el nombre español de Hernán de Alvarado.
Otra cuestión se da sobre la muy famosa figura, al menos en México, de malinche, palabra que da origen a otras muy usadas en el país: malinchismo, malinchista de sentido negativo: designan el desprecio/menosprecio de lo nacional o propio por preferencia de lo extranjero. Todos o casi todos los mexicanos entendemos por malinche a aquella mujer nativa que fue obsequiada a Cortés, entre otras más, para complacerle a modo de esclava(s). Mujer muy inteligente y valiente además de hermosa físicamente. Los servicios que le prestó al conquistador fueron invaluables. Fue su amante y tuvo un hijo con él. Jamás de casó con Cortés, sí lo hizo pero con otro español cercano a Cortés a manera de recompensa para él. Se le conoce como doña Marina. Actualmente uno de los principales volcanes de México lleva su nombre: La Malinche.
Pero resulta que el término malinche y esto pocos mexicanos lo saben y la oficialización de la educación no lo toma en cuenta, es que lo que significa malinche (náhuatl) es “el dueño de Mallinalli” y Mallinalli es el nombre de tal mujer, regalada como objeto al conquistador. Entonces originalmente quien recibió la denominación de malinche no fue ella, como ahora suponen millones de mexicanos, sino la verdadera malinche fue Cortés ya que él era el dueño de Mallinalli. La malinche original y verdadera fue Cortés que no fue muy cortés como lo dijimos antes, cuando menos con los nativos y tampoco con doña Marina cuando mejor optó por deshacerse de ella (junto con el hijo de ambos) una vez “usada” hasta como satisfactor sexual. Es difícil que esto sea pasado a los libros de nuestra historia patria oficial sin ruborizar a más de uno-a.
Como hemos visto hasta aquí, la historia de México es una historia calada por la sangre, tal vez así sea la de muchos países pero si de sangre se trata, ahí está como “modelo” el Himno Nacional Mexicano que todos o en su defecto casi todos los mexicanos sabemos de memoria ya que es impuesto por todos lados y por todos los medios como si la vida de un mexicano-a dependiera de ello. En las escuelas de educación básica se hace repetir el himno hasta que el alumnado no tiene más escapatoria que aprenderlo, en algunas escuelas obligan a memorizarlo y repetirlo sin error alguno.
El Himno Nacional de México es uno de nuestros tres símbolos patrios superiores, postulados y presentados/representados como entes irrenunciables y sacros. Los otro dos son el escudo nacional y la bandera nacional. Desde niños se nos agobia para hacernos creer en tales símbolos patrios a la manera de una religión (dizque) laica. Se nos obliga a jurar lealtad y amor por ellos, como si tuvieran vida y alma, como si de unos dioses cívicos se tratara. Se nos exige adoración por ellos y entrega absoluta. El valor que se les atribuye a estos tres símbolos patrios solo compite con el que la religión mayormente practicada en México le exige a su feligresía para adorar a Dios, sea Cristo, sea Dios Padre o El Espíritu Santo, ya que el catolicismo que domina ampliamente al país, posee un dios trinitario dado mediante la compleja figura conocida como “Santísima o Santa Trinidad”. El cristianismo en lo general y el catolicismo en lo particular (acompañados de la mucho menor presencia de otras religiones/Iglesias) tienen una muy extensa participación en el fraguado de la historia mexicana y en la oficialización de la misma, pero en demasiados casos funcionando no muy positivamente sino para la manutención del status quo impuesto a lo largo del devenir mexicano, para actuar como uno de los poderes existentes y uno de los más fuertes y reacios que en tantas ocasiones ha contribuido o directamente ha conducido a enfrentamientos que llegan a las violencias físicas y psicológicas y a la ejecución de hechos de sangre: ejemplo de ello es la “Guerra Cristera” que tuvo lugar en la segunda mitad de los años 20 del siglo XX, sí, en México.     
Independientemente de la edad de la gente, el himno es cantado por todos y es muy mal visto y hasta sancionado el que alguien se atreva a no cantarlo y a no hacerlo “debidamente”, o sea, con todo el respeto del mundo. Se le entona en todo momento y lugar y la gente llega hasta a derramar lágrimas de emoción al cantar nuestro himno. Pero si observamos el himno, miraremos un poema (que lo es) permeado por la sangre. A lo que se le añade dolor, violencia extrema, destrucción, impiedad, venganza, “valores” no acordes con el catolicismo/religiosidad que avasalla México, tampoco no muy propicios para el civismo más sano y menos para la civilidad.
Los escolares niños y jóvenes recitan y cantan el himno pero desconocen en buena medida el significado de muchas palabras y hasta frases completas. Lo mismo sucede con muchos adultos que no lograron superar su somero conocimiento de la letra del himno. Entonces se le canta frecuente y vehementemente pero no se le razona, no se sabe bien a bien lo que se está diciendo. Tampoco se conoce bien la historia que está detrás de él. Esto es común. La educación oficializada no se ocupa de ello y la ignorancia generalizada se establece alrededor de éste símbolo patrio (lo mismo pasa con los otros dos).
“En sangrientos combates los viste…”, “ya no más de tus hijos la sangre…”, “…los patrios pendones en las olas de sangre empapad”, “tus campiñas de sangre se rieguen, sobre sangre se estampe su pie”, “tornáranse sus lauros sangrientos…”, “…a su espada sangrienta enlazada”. Estos son fragmentos extraídos de las estrofas del Himno Nacional Mexicano y vemos la exageración del apetito por la sangre. ¿Acaso el sistema educativo mexicano sigue considerando que es educar el hecho de hacer meterse en la cabeza a los niños, incluso desde muy pequeños tal pasión sanguinaria?
Anotaremos el coro completo, que se repite después de las estrofas cantadas: “Mexicanos al grito de guerra/ el acero aprestad y el bridón/ y retiemble en sus centros la tierra/ al sonoro rugir del cañón”. Por supuesto resalta su carácter bélico indiscutible yuxtapuesto a la exageración. Muchos de los entonantes del himno no saben qué cosa es aprestar el acero y el bridón, no saben a qué se refiere el acero mencionado y muchos niños (y otras personas) no están enterados de lo que es el bridón. Tampoco se entiende de modo fácil a qué centros de la tierra se refiere el anhelante verso ya que el planeta solo tiene uno.
Si se es ateo, el himno nos obliga a “reconocer” a Dios y así se rompe la laicidad que hasta hoy por ley nacional se establece sobre la educación: “…por el dedo de Dios se escribió”. “…Formará de su fosa la cruz”, es decir, que aparte de que hay que entrar a relación con Dios, también debe uno ser cristiano pues de ahí proviene la imagen/símbolo/ícono de la cruz y, esto da al traste con otra parte de las leyes mexicanas vigentes puesto que se declara en ellas la libertad de culto y por supuesto que hay otras religiones sin cruz, es más, cada quien puede “inventar” su propia religión al modo que lo realizan muchos.
Los gobernantes y, altos funcionarios de la educación en México no se han preocupado y menos ocupado, de entender que la letra del himno mexicano cae en una locura destructora y absolutamente belicista, y que esto no puede ser bueno supuestamente para educar a todos los mexicanos: “…un soldado en cada hijo te dio”, o lo que dice que todos somos soldados, pero habemos muchos que no queremos ser soldados y que incluso no nos agrada la milicia y estamos en contra de la guerra, somos pacifistas y no queremos que nuestros hijos sean belicosos ni menos que sean soldados. “…Solo encuentre el acero en tus manos/ quien tu nombre sagrado insultó”, lo que implica que tenemos que pelear por fuerza y se nos impone un destino de venganzas. Esto no puede ser educar y menos educación ambiental: “Guerra, guerra sin tregua al que intente…”, “guerra, guerra en el monte en el valle…”. “Y tus templos, palacios y torres/ se derrumben con hórrido estruendo…”, esto último realmente ocurrió en un movimiento telúrico que azoló la capital mexicana y otras áreas con varios miles de víctimas mortales y otras heridas y desaparecidas (19 y 20 de septiembre de 1985) y fue una muy dolorosa catástrofe nacional, nada deseable en ningún momento, pero el himno nacional recurre a esta bruta “figura retórica” evocativa de pavor.
En la última de 10 estrofas se canta: “Patria, Patria tus hijos te juran/ exhalar en tus aras su aliento/ si el clarín con su bélico acento/ los convoca a lidiar con valor”. Pero los pacifistas ambientalistas/ecologistas no juramos este tipo de cosas, como si no existiera en el universo una forma distinta de resolver los problemas más que por medio del derramar la sangre. La violencia es sustrato de más violencia, bien lo sabemos y conocemos.  
Termina el himno con: “un sepulcro para ellos de honor”, lo cual no deja alternativa al destino de cada mexicano más que morir por las “ceremonias patrias”, lo cual parece que viene siendo un honor pero igual parecería ser un horror. Esta obra poética de tanta importancia para el país es una oda al sufrimiento, una apuesta al dolor para reivindicarnos del dolor mismo, de nuestra historia/visión de “vencidos”, como si la vida no valiera nada y como si no existieran en la vida y mundo otros valores que morir por honor y por honor. Mucho mejor que morir con y por honor es vivir con y por honor, no tenemos la más mínima duda de esto, por eso somos ambientalistas, por eso nos preocupamos y ocupamos del ambiente y de la educación ambiental y, no estamos de acuerdo con el hecho de que se siga obligando a la población mexicana a meterse debajo de la piel semejantes ideas e imágenes de violencia.
Sin embargo la cuestión con el himno nacional va más lejos. Los autores son, de la música Jaime Nunó (músico de origen español, lo que dice que el himno mexicano no fue musicalizado por un mexicano) y de la letra Francisco González Bocanegra (poeta) Conservador miembro del Partido Conservador mexicano. Ambos artistas no son reconocidos como de la mejor calidad en lo suyo sino más bien de segunda. Se lanzó un concurso para que el país tuviera su Himno Nacional ya que no se contaba con uno, durante uno de los repetidos “gobiernos” del dictador Antonio López de Santa Anna. Posiblemente al ser adulado tal dictador en la propia letra del himno por parte del compositor Bocanegra (modo de actuar frecuente de éste poetastro), se eligió y elogió el que estamos revisando un poco. El concurso iba acompañado de premios para los ganadores pero en medio del desorden que imperaba en México entonces (y ahora también), no fueron entregados jamás. Bocanegra murió a la corta edad acosado por las mesnadas juaristas: Juárez denostó al himno por su origen “Conservador” siendo él un “liberal”.
Nunó tenía problemas económicos serios y batalló mucho para subsistir. Él pagó la impresión de los originales con su propio dinero y nunca lo recuperó. Vivió en EUA y metido en sus precariedades de subsistencia que no se le terminaron, vendió los originales del himno como pudo. El resultado es que los derechos sobre el Himno Nacional Mexicano no pertenecen a los mexicanos, quizás una especie de colmo para el nacionalismo oficialista de ultranza. Nunó murió en la pobreza. Esto puede verse como algo intrascendente o bien dramático en la propia historia mexicana y su exagerada pasión por nuestro sangriento/sanguinario Himno Nacional, que nos parece muy poco educativo y menos para la educación ambiental de toda una población actual de más de cien millones de personas, insistimos en ello.
Desde luego lo que hemos anotado solo es una pequeña fracción de todo el historial de México. No abundaremos más pues pensamos que con lo mencionado basta para darse una idea de la necesidad de romper el oficialismo de nuestra historia y, llevar la información con mucho menor pasión y mayor veracidad a la población que desconoce mucho de todo esto y todavía peor es el caso de la historia nacional más reciente ya que al estar vivos muchos de los participantes e incluso formar parte de los acontecimientos actuales hasta como funcionarios y “autoridades” oficiales, por no ser “políticamente correcto” y por evitar las represalias que pueden presentarse, mejor se opta por no tocarlo y dejar pasar las cosas, pese a que volvemos a vernos sometidos a un tren de vida en un panorama nacional de elevada violencia y alta injusticia e impunidad socioambientales, mismas que terminan por despojarnos de las posibilidades de una existencia digna reduciendo y distanciando la probabilidad de llegar a sostener una vida de calidad, humanizada y en conjunción sana, alegre y satisfactoria con el resto del ambiente, natural u otros.
De nueva cuenta nos permitimos recordar que educar no consiste en aprender cosas que no conocíamos sino en volvernos personas que antes no éramos, haciéndonos acompañar de algún modo del pensamiento de John Ruskin.

La mexicanidad es mucho más que un complicado entramado de héroes, caudillos, villanos, mitos y símbolos. Es mucho más que un riguroso calendario patrio. Es más que escolaridades memoristas/ritualistas de hechos que incluso han sido manipulados o deliberadamente falseados de modos distintos o, hasta inventados meramente.
La mexicanidad radica en la conciencia humana de los mexicanos, de cada mexicano y para tener conciencia y pensamiento se requiere conocer y saber. La ignorancia no puede abastecer a la mexicanidad legítima. La educación, escolar o no, es un puntal muy poderoso para echar abajo el imperio manipulador y adoctrinante dado por el gobiernismo del Estado mexicano y los otros poderes asociados (económico, político, religioso, ideológico, mediático, etc.).
La Educación Ambiental tiene una oportunidad excelente para entrar a modificar el estado de pasiva indiferencia en el que se encuentra la población mexicana sojuzgada por el conformismo social, población que no bien conoce ni menos sabe lo que México es y puede ser, lo que ser mexicano implica. La Educación toda y la Educación Ambiental en lo específico son estupendas herramientas para que nosotros, los mexicanos, entremos en contacto más íntimo con nuestro pasado histórico/cultural y asumamos una responsable y juiciosa posición crítica constructiva y reconstructora de nuestro país y de nuestra mexicanidad, ambos tan dañados ahora. Siendo que en México lo que existe es una Educación Ambiental oficialista es que sostenemos que todavía tenemos un adeudo con la historia nacional mexicana.
La historia brinda oportunidades a los pueblos, es momento de brindarle nosotros una oportunidad a la historia, la real, no la oficializada, para romper definitivamente con la “historia mítica” que tan cara nos ha costado e implantar individual y socialmente a la Historia: puerta de acceso a uno mismo.

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