Revista OIDLES - Vol 2, Nº 5 (diciembre 2008)

ESPACIO Y MEDIO AMBIENTE: TRANSFORMACIÓN EN CURSO

Por Feliciano García Aguirre

 

 

Al decir que el modelo económico, político y cultural que se impone por todos los medios se basa en el ciclo del etano, es decir, que tiene como base energética fundamental a los derivados del petróleo y gas natural, remarcamos que todo él se relaciona con el uso y apropiación de recursos naturales no renovables, en cuyo honor se han llevado a cabo robos, anexiones e invasiones, entre las más recientes se encontraría a Irak en el Golfo Pérsico. Al llegar a este punto nos preguntamos como muchos lo han hecho antes, si el camino privilegiado ha sido el correcto, si no había otras alternativas, si dicha ruta es o no reversible.

El desarrollo capitalista tal y como lo conocemos fue producto de la expansión imperialista inglesa con asideros trascontinentales: Asia, África y América. El desarrollo de dicho imperio tuvo su base energética en el carbón mineral, que movió calderas a vapor de numerosas maquinarias, desde telares mecánicos, poleas y malacates, hasta ferrocarriles. Con estos dos principios industriales, fuertemente apuntalados por la siderurgia, se fraguó una sólida organización imperial que consideraba a la naturaleza de manera instrumental: fuente inagotable de materias primas para numerosos procesos industriales y fabriles. Provisión de agua, alimentos y combustibles para diferenciadas poblaciones metropolitanas y coloniales.

La extensión del imperio británico nos ha legado una rica variedad de experiencias en todos los continentes. Con las que es posible ilustrar las relaciones características de su estilo de desarrollo con el medio ambiente, así como los efectos que tuvo en los pisos ecológicos en donde se asentó la Commonwealth. Pero sólo mencionaremos dos casos paradigmáticos: el de la capital industrial del FFCC con que se tapizó buena parte de los caminos del imperio y la mayor parte de las colonias británicas: La India.

Los inicios del expansionismo marítimo inglés pudiéramos fecharlos en los inicios del siglo XVII, con el establecimiento de las Colonias en Norteamérica, en Jamestown, Virginia. Posteriormente se colonizaron algunas islas caribeñas como Jamaica y Barbados, donde se explotaron con grandes beneficios azúcar, algodón, tabaco y arroz. En Australia la fundación de colonias penales inició en 1788.

Si en este primer momento el imperio creció hasta América, el segundo impulso se dirigió hacia Asia y África; el último tercio del siglo XVIII consolidó su dominio sobre la India. El papel central jugado por Gran Bretaña alcanzó su auge entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera década del siglo XX. Llegó a dominar el destino de 500 millones de personas asentadas en los cuatro continentes. Produjo el 30% de la producción mundial de todo el mundo, pero la expansión del capitalismo industrial en el centro de Europa y Norteamérica, fueron reduciendo su protagónico papel. Primero modificó sus exportaciones, de estar basadas en el acero y textiles pasó a los servicios financieros —bancos y seguros— y transportación general. Al reacomodo y transformación económicas de la metrópoli siguieron los efectos en las colonias. Se acentuaron las luchas nacionalistas de liberación colonial y las grandes modificaciones que arrastraron las dos Guerras Mundiales.

Los acontecimientos que siguieron a las dos guerras mundiales, crearon coyunturas históricas que permitieron a Estados Unidos (EU) posesionarse a la cabeza del acontecer mundial. Una acumulación original basada en el expansionismo , exterminio y usura, sirvieron de impulso para preparar el asalto como proveedor de alimentos de Europa usando las fértiles tierras de la parte atlántica de su país, mano de obra esclava y un desarrollo industrial ávido de fuentes energéticas distintas del carbón.

La búsqueda de fuentes energéticas alternativas pronto dio con los yacimientos petrolíferos en su territorio y en estados nacionales vecinos como México. Con lo cual se inició la frenética exploración en todo el mundo que condujo a la formación de compañías petroleras como las Siete hermanas y a identificar nombres —como el John D. Rockefeller— que llegaron a ser emblemáticos de una nación que imponía su estilo de desarrollo. La extensa búsqueda alimentó la evolución de la industria automotriz organizada de acuerdo con los procesos de trabajo en cadena ideados por Henry Ford. No obstante, bien pronto a la organización del trabajo se le adicionaría el taylorismo, sistema que concentraba su atención en los tiempos y movimientos de los trabajadores durante la jornada laboral para incrementar la productividad al personalizar el rendimiento. Ambas formas acelerarían grandemente la extracción de plusvalías absolutas, relativas y extraordinarias del capital norteamericano durante décadas en diversas regiones del planeta.

Este tipo de organización del trabajo típicamente norteamericano empezaría a modelar al mundo a su imagen y semejanza desde inicios del siglo XX, pero sería después de la Segunda Guerra Mundial que su presencia se tornaría decisiva. El estilo de desarrollo difundido por las élites empresariales, gubernamentales, intelectuales y científicas norteamericanas tendían a privilegiar las ganancias en todas sus estrategias de desarrollo corporativo, para incentivar la demanda de sus mercancías. EU ha desplegado una estrategia dilatada que involucra a tecnócratas, polítólogos, psicólogos, sociólogos, historiadores, economistas, abogados, etc., que han puesto sus capacidades al servicio de un régimen, así diseñar sistemas publicitarios, penetrar culturas ancestrales, luchas sociales y concretar cambios de regímenes políticos. Ellos contribuyeron a fomentar promociones mercantiles que se convertirían después en una auténtica guerra, rasgo distintivo de esa sociedad. Estas formas emblemáticas de la organización capitalista, sólo serían superadas por sus más cercanos competidores —los japoneses—, al innovar con lo que se conocería en el mundo del trabajo con el nombre de toyotismo, una vez sometida la nación que vivió en carne propia el lanzamiento de dos bombas atómicas.

La crisis de 1929 enseñó a las élites pragmáticamente que la producción de mercancías se realizaba garantizando la demanda, incentivarla por todos los medios a su alcance, se convertiría desde entonces, en parte esencial de sus políticas anticrisis. El manejo publicitario para crear necesidades nuevas adquiría la importancia que ahora nos parece usual en el ámbito de los negocios. Algunos de los productos emblemáticos representativos de dicha estrategia son: los automóviles, la bebidas carbonatadas, los jeans, las hamburguesas, el teléfono, la radio y televisión, el cine, etc., al lado de algunas armas famosas como el Winchester, las colt o los vehículos jeep. Toda esa producción tuvo antes su base material energética en el carbón, ahora la tiene en el ciclo del etano: petróleo, gas y sus derivados.

Las aportaciones norteamericanas al mundo de los negocios han sido: la imposición del ciclo del etano —del cual no estuvieron exentos los países socialistas—, y el darwinismo social practicado por sus corporativos empresariales: el crecimiento de un gran negocio es simplemente la supervivencia del más apto afirmaba el creador de la Sstandar Oil. La importancia y urgencia por controlar las zonas de abastecimiento acentuó las prioridades estratégicas. Los efectos colaterales del consumo de los derivados del petróleo habrían de acumularse en la atmósfera terrestre —con signos de alta peligrosidad—, hasta bien entrado el siglo XX. El adelgazamiento de la capa de ozono, el derretimiento de glaciares, los daños ocasionados por los cambios climáticos, etc., son percibidos como señales alarmantes reflejadas ya en importantes retrocesos de los indicadores de desarrollo en todo el mundo, todos los cuales cuestionan el estilo de desarrollo basado en el ciclo del etano.

El siglo americano —como correctamente han caracterizado diversos estudiosos— no sólo tuvo su sustento en la fabricación de mercancías que impulsaban la demanda creada y motivada a voluntad, sino ante todo lo que ahora identificamos como Complejo Militar Industrial. Ambos procesos se aceleraron en Occidente después de los acuerdos de Breton Woods (BW) en 1944 al dejar en manos norteamericanas el control de los flujos financieros internacionales.

Dicho sistema inició su quiebra prácticamente desde el final de los años sesenta del siglo pasado, al no poder cumplir con las funciones que le fueron asignadas: la total convertibilidad del dólar estadounidense en oro y el control de la inflación. No obstante, se logró a través del FMI otorgar créditos a diversas naciones para resolver problemas transitorios de la balanza de pagos e intervenir a escala planetaria al imponer las medidas de ajuste neoliberal. La injusta guerra de Vietnam aunada a la política inflacionaria condujeron al gobierno de EU a terminar con dicho sistema monetario en 1971.

El tipo de cambio fijo funcionó como un medio de transmisión de la inflación norteamericana al resto de los países del sistema BW. Este fue el inicio de la dominación financiera norteamericana, sus antecedentes se hunden en la historia económica de una nación que hizo del despojo y la expansión geográfica fragua de su inmensa riqueza. Sin embargo, las diferencias históricas de dos estilos de desarrollo emblemáticos de la modernidad capitalista —el inglés y norteamericano— gestaron dos de los momentos de mayor acumulación del capital mundial: el derivado de la instalación de ferrocarriles en todo el mundo y el nacimiento del complejo militar industrial: el primero basado en el carbón como fuente energética principal y el segundo en el mencionado ciclo del etano.

Los dos estilos de desarrollo se impusieron al mundo como formas de explotación acelerada de recursos naturales no renovables. Pero el estilo de vida americano alimentó la economía del desperdicio y la cultura de la violencia. El úsese y tírese, esencia del consumo desechable, pasaría a afectar todas las esferas de la existencia de quienes veían en ese estilo de vida el futuro, la modernidad materializada, el progreso y las ganancias sin fin. Los recursos naturales se consideran utilitariamente, como si se tratase de objetos inagotables, en tanto que los procesos de trabajo de cada una de las actividades empresariales geo—grafiaban territorios y vidas en extensas regiones del planeta. Los desechos generados por dicho estilo de desarrollo aceleraron su acumulación intensamente en toda la biosfera: ríos, lagos, lagunas, aire, etc.. Por ejemplo las dioxinas saltaban de las zonas más contaminadas a las menos contaminadas de manera silenciosa, impulsadas por los diversos tipos de combustión.

El estilo de desarrollo capitalista referido y todavía dominante se abrogó algunas características, resaltadas las consideradas positivas, sin las consabidas negativas, como los efectos medioambientales. Una de las primeras es su pretendido carácter civilizatorio, otra su perfil moderno sustentado en el progreso del desarrollo científico y tecnológico. Pero todas ellas decantadas por el complejo militar industrial—emergido de la Segunda Guerra Mundial—, y el incuestionable imperialismo con soporte geopolítico en tres áreas geográficas: Estados Unidos, Europa y Japón. Estos sustentos le permitieron adecuar el sistema financiero mundial a sus particulares intereses diseminados por todo el mundo, con especial fuerza después de la desmembración del bloque socialista.

Si mirásemos con detenimiento el estilo de desarrollo norteamericano apreciaríamos que no tiene parangón en la historia humana. Lo cual no significa que sea el mejor, el más sustentable, ni el más deseable para la humanidad. El propio avance del conocimiento científico ha logrado demostrar reiteradamente que es insostenible dado un hecho incontrovertible: el 5 % de la población mundial detenta y consume más del 30% de los recursos energéticos del planeta con daños ambientales a gran escala que pueden ser irreversibles, afectando la supervivencia de especies vegetales, animales y amenazando la de los humanos.

Este es el sustento del complejo militar industrial geopolítico y finanzas globalizadas norteamericanas. Las alternativas energéticas no llegan en racimo como sus shocks geoestratégicos orientados a remodelar regímenes políticos y geo—grafiar territorios en diversas zonas del planeta, con los cuales ajustan sus rentas y obtienen máximos beneficios como sucede ahora con el petróleo y gas. Las alternativas tecnológicas y organizativas no están listas para el consumo masivo a bajo costo. La fusión nuclear en su fase más avanzada y experimental sólo China la ha puesto en marcha.

Espacialidad sociohistórica

Privilegiar la espacialidad sobre el espacio es un medio provechoso para el análisis sociohistórico que puede dotarnos de miradas alternativas a los estilos de desarrollo predominantes. La espacialidad como extensión de la praxis humana sobre la corteza terrestre y el medioambiente, revela sus transformaciones históricas a cada paso del devenir social, en cada momento histórico. Identificamos por eso espacialidad con la extensión sociohistórica del desarrollo humano sobre la corteza terrestre y el medioambiente. Con el geo—grafíar de los territorios como consecuencia de los modos de producción, su organización material y sus políticas de población. A cada modo de producción, organización material y políticas de población le corresponden formas de geo—grafíar territorios, sitios y lugares. Dichas espacialidades pueden rastrearse desde los lugares concretos en los cuales se manifiestan, con lo cual es posible valorar in situ los efectos medioambientales en el cuales actuamos, vivimos y soñamos las sociedades contemporáneas, como parte de la naturaleza viva, no como algo ajeno a ella. Esta afirmación se convertirá en hilo conductor de nuestra exposición, debido a que tratamos de establecer una especie de contrapunto con el pensamiento económico y no económico, dominantes en la Ciencias Sociales y normalizadas en los centros de enseñanza superior, que lograron expulsar a los humanos de la naturaleza y creer que ésta podría manipularse sin consecuencias, como si se tratara de una exterioridad, un no-yo, ajeno y distante.

Hemos adoptado un enfoque que privilegia el concepto de espacialidad sociohistórica sustituyendo al de espacio ontológico y abstracto. Éste cifra sus construcciones epistémicas en las tres dimensiones cartesianas características de amplio uso en las Ciencias Sociales. Aquel trata de describir analizando las formas en que se espacializan y geo—grafían los territorios mediante los procesos de trabajo. Éste ha sido usado extensamente en la elaboración de planes, programas y proyectos de desarrollo y para justificar el diseño de políticas públicas que han conducido los despojos sistemáticos de extensas zonas del planeta. La espacialidad, en cambio, puede recorrer las sendas abiertas por las resistencias sociales y la conducción de proyectos de desarrollo alternativo sin fijaciones estereotipadas.

Todas esas formas de espacialización de los actos humanos han sido advertidas por viajeros, intelectuales, activistas políticos y poblaciones enteras en diversas zonas del planeta, han estado entre nosotros testimoniando las maneras en que geo—grafiamos la existencia individual y colectiva. Las experiencias de los desarrollos humanos han traído consigo sus propios medios de intervención en la naturaleza, desarrollos tecnológicos descubiertos y usados por la humanidad para obtener medios de subsistencia de los ecosistemas que forma parte.

Si así fuese tendríamos sin duda un periodo precolonial situando antes de la expansión europea, otro claramente colonial y uno más postcolonial con sus ramificaciones hasta el presente. Esta idea tendría que desarrollarse para añadirle sus correspondientes espaciotemporalidades. Digamos de los siglos XVI al XVIII hasta la Revolución Francesa, XIX y XX hasta más allá de la Segunda Guerra Mundial digamos hasta 1970 y de ahí hasta el presente momento en el cual la fusión nuclear se manifiesta como un cambio tecnológico cualitativo.

De ese modo medioambiente, ecosistemas y actividades humanas describen espacialidades que corresponden a cada forma de intervención tecnológica, en las cuales es posible identificar sujetos sociales concretos, consecuencias medioambientales, ecosistemas funcionando y actitudes biopolíticas concretas. Este es uno de los principales retos cognitivos a superar cuando de analizar las espacialidad sociohistórica se trata.

Con las precisiones anteriores nuestra exposición está dedicada a exponer las huellas del depredador sistema impuesto por el imperialismo actual, a dar curso a la reflexión dedicada a explorar las posibilidades que ofrece el concepto de espacialidad y sus relaciones con el medio ambiente.

Expulsión del paraíso

El mundo se convierte en caos y la síntesis en salvación. No hay ninguna diferencia entre animal totémico, los sueños del visionario y la idea absoluta. En su itinerario hacia la nueva ciencia los hombres renuncian al significado.

¿Si los científicos sociales prescindiésemos de las nociones de espacio heredadas de la Física y Mecánica celeste lograríamos mejorar la interpretación de los fenómenos sociales y medioambientales? Cuando mencionamos la posibilidad epistémica de prescindir de las nociones del espacio herederas de la mecánica celeste no tratamos de desconocer, ni menospreciar los trascendentales aportes de quienes fraguaron las bases del iluminismo. Tampoco tratamos de sustituir una noción vieja por una nueva. Reconocemos que su contribución alentó la separación necesaria del pensamiento mitológico como medio de explicación general de cuanto ocurría en la vida. Dicho pensamiento abrió la posibilidad de intervención humana sobre de las contingencias del devenir natural y social, no obstante los riesgos imprevistos de los cuales fuimos ignorantes. Pese a los enormes beneficios prestados a la humanidad por dichas nociones ¿es necesario substituirlas? Su erosión ha llegado a tal punto que resultan inapropiadas para penetrar las densas y complejas tramas de las sociedades contemporáneas. Los excedentes de realidad que han dejado fuera, son mucho mayor que los que presumiblemente estaban en capacidad de conceptualizar, analizar y transformar.

Avanzar por este camino las intrincadas relaciones espacioambientales puede incorporar ángulos de mirada inadvertidos. La complejidad de las temáticas evocadas nos obliga a proceder de manera concisa teniendo presentes las siguientes cuestiones:

a). La noción de espacio ontológico —usufructuaria de las nociones de la mecánica celeste— pretendió homogeneizar el espacio como categoría para identificar regiones del planeta susceptibles de explotación y por ende intervención institucional mediante políticas públicas e institucionales.

b). Las nociones ontológicas del espacio engendraron a su par la noción del tiempo homogéneo —medido desde los centros mundiales de poder, recordemos que durante el imperio inglés la hora se fijaba a partir de Greenwich, en la actualidad con el imperio norteamericano se hace desde Atlanta—.

c). Ambas nociones fueron utilizadas extensamente para garantizar el control de los intercambios mercantiles, el rediseño urbano, la extracción de recursos naturales, etcétera.

d). Los pueblos de Nuestra América hemos padecido las consecuencias de varios sistemas imperialistas depredadores –como el español, inglés y norteamericano— que trajeron aparejadas sus políticas de población, extracción de riquezas e inclusive la explotación de extensas tierras dedicadas a cultivos mercantiles emblemáticos de la modernidad: café, caña de azúcar, cacao, algodón, hule, etc., así como el uso y abuso de recursos naturales: maderables, minerales, acuíferos, etcétera.

e). Los sistemas imperiales de dominación describieron cada uno a su manera y en función de sus intereses —no un espacio de tres dimensiones abstractas, cosificadas—, espacialidades que geo-grafiaron la vida de las naciones y sus pueblos. Muchas de ellas han mantenido conflictos históricos derivados de la exclusión y el racismo, así como prácticas coloniales, neocoloniales de dominación y menosprecio que han llegado a formar parte de los registro socioculturales, incidiendo en la profunda psicología de los pueblos, reflejados en sus movimientos políticos, resistencias civiles y no pocas revueltas: lo topológico quedaría de manera indisoluble ligado a lo utópístico.

f). Las nociones de espacio ontológico permiten describir pero no analizar a profundidad los efectos causados por la organización material basada en la explotación de recursos naturales y vidas. Las espacialidades en cambio, al seguir las sendas descritas por las actividades humanas, pueden no sólo describir los efectos causados por estas, sino analizar el sentido de las mismas en el curso de las experiencias humanas en los ecosistemas, con lo cual es posible responder preguntas tales como: ¿Quiénes —qué sujetos o clases sociales— se benefician con la explotación y depredación del medio ambiente? ¿Por qué el criterio de máxima ganancia —en el menor tiempo posible— debe ser la norma que guíe la explotación de los recursos y no la previsión como sensatamente aconseja el conocimiento científico? ¿Cómo se ha transformado en cultura, a través de qué medio y cómo se expresa actualmente?

g). Pensamos e imaginamos el mundo desde los lugares concretos en donde vivimos; empero, ¿constituyen los lugares medios idóneos para lograr una reconceptualización de las diversas espacialidades? Éstas son las cotas de una discusión en ciernes que deja ver cierta fruición entre especialistas, al aumentar las publicaciones especializadas, los análisis estratégicos y evaluaciones de políticas públicas desde esa perspectiva.

Fijadas nuestras ideas podemos pensar en las consecuencias derivadas del espacio ontológico, de dónde llegaron a nosotros y cuales han sido las consecuencias de su uso. El antecedente más lejano se sitúa en el nacimiento mismo de científicos sociales en Occidente quienes al pretender imprimir cientificidad a sus construcciones hicieron suyos los avances de la física. Eran los tiempos de la llamada física social de mediados del siglo XIX. Augusto Comte (1798-1857) estuvo a la cabeza de ese movimiento empeñado en dar a los conocimientos sociales el estatuto de ciencia como el que poseían cualesquiera de las llamadas naturales. Si bien este lejano antecedente estuvo precedido de otros no menos importantes, con Comte situamos un momento de inflexión histórica de importancia trascendental, porque bien entrado el siglo XX —en las escuelas de regionalistas norteamericanas— todavía se trabajaba con el concepto de física social e incluso se usaban algunas de las leyes de la gravitación universal descubiertas por Newton para analizar comportamientos sociales, económicos y políticos que interactuaban en los sistemas y estructuras regionales.

La densa red de saberes que expresaban preocupación por las distancias y la fricción sobre la corteza terrestre se manifestó mucho antes entre los geógrafos. Johan H. Von Thünen (1772-1823), se constituyó en el antecedente más claro del sistema de ciudades que posteriormente desarrollaría por Walter Christaller (1893-1969), con base en su teoría de los lugares centrales. Thünen pensaba de manera simplista tratando de explicar cómo era posible obtener mayores rentas considerando los efectos del transporte. Claro él nunca imaginó que la velocidad de extracción de las rentas varias podría aumentarse exponencialmente. Su simpática fórmula ahora puede parecernos ingenua:

U=r(p-c)-rtd

La renta (U) es igual al rendimiento (r) multiplicado por el precio (p) menos el coste (c), menos el rendimiento por la tasa de embarque (t) y la distancia(d).

La distancia como puede apreciarse jugaba un papel crucial en la solución de su ecuación garante de la obtención de la renta. Esto debemos subrayarlo: era la distancia la variable crucial y no el capital a través de la inversión la que otorgaba coherencia a su ecuación como sucedería más tarde después de los aportes keynesianos o con los flujos monetarios con el monetarismo. No obstante, su mirada no era singular, los antecedentes de dicha reflexión los había aportado David Ricardo (1830-1842), en sus Principios de economía política y tributación, dedicada a explicar las leyes de la distribución, de donde derivó su afamada teoría de las ventajas comparativas. Fue en la parte dedicada al estudio de la fertilidad de las tierras y la extracción de rentas de las mismas que derivó su explicación de los rendimientos decrecientes. Aspectos posteriormente analizados por Carlos Marx en El Capital. Crítica de la economía política, al describir los procesos de trabajo, los intercambios del hombre con la naturaleza y la centralidad del trabajo humano como formas de creación de valor.

Los avances científicotécnicos sortearon los obstáculos que imponían los ritmos de la acumulación y las necesidades —reales o ficticias— de poblaciones ávidas de novedades mercantiles. Las nuevas se fraguaron al paso de las revoluciones científicas y tecnológicas creando epistemologías conducidas por el pensamiento filosófico que todavía conservaba un lugar preeminente. En un contexto de agitados cambios sociales las reflexiones filosóficas sobre la naturaleza influenciaron todo el pensamiento científico, técnico, estético, humanístico y religioso, especial relevancia adquirieron las llamadas filosofías de la naturaleza.

Las explicaciones de las formas asumidas por las actividades humanas sobre naturaleza derivaron en concepciones frecuentemente antagónicas. Algunas la cosificaron —al separar a los hombres y mujeres de ésta—, presentándola como si se tratara de una despensa repleta de inagotables recursos disponibles los cuales podían ser vencidos/utilizados por el trabajo, ingenio humano y conocimientos cientificotécnicos. Otras más consecuentes, pretendían que el trabajo humano no violentase las leyes naturales para poder convivir con la naturaleza. Las primeras de ellas facilitaron el camino al pensamiento económico dominante y jurídico garante de la apropiación privada de los recursos naturales. La segunda le vino bien a todo el pensamiento que ahora identificamos como ecologista, ambientalista y racionalizador del uso de la naturaleza. El lugar, los lugares y la distancia, las distancias jugarían un rol definitivo para todas las formas de explotación agresivas del capitalismo del siglo XX en medio de la pugna conservacionista.

Estas auténticas madejas de saberes —científicos, religiosos, filosóficos, tecnológicos, económicos, geográficos, antropológicos, arquitectónicos-, a pesar de sus radicales diferencias mantienen como soporte común -en sus construcciones y recomendaciones—, al espacio ontológico, que sirve bien a las nociones cosificadas de la naturaleza, en el cual es posible ubicar “racionalmente” objetos y actividades humanas por lo menos imaginariamente. En estas nociones y representaciones no tienen cabida las espacialidades derivadas de las relaciones hombre—naturaleza, de sus procesos de trabajo e intencionalidad de los mismos. Lo dominante son todas aquellas recomendaciones prácticas —que no cuestionan ni afectan el estado de cosas imperante— que se expresan en formas de dominación y procesos de trabajo impuestos por el capital.

Las nociones ontológicas del espacio adecuadas a la explotación capitalista pretenden sin lograrlo ignorar las consecuencias ocasionadas en los procesos, sistemas y ciclos naturales. Las regiones homogéneas, plan, como campo de fuerzas, abiertas, dendríticas, red, etc., derivadas de aquellas concepciones se ubican generalmente en planos bidimensionales cartesianos, en los que la naturaleza cosificada está destinada al uso rentable de los recursos que contiene: agua, minerales, gas, maderas, etc. Por eso los lugares son valorados en función de la cercanía o lejanía de los centros de mando o de procesamiento, en donde lo vacío o lleno redime la excusa generalizada -garante de la enajenación privada- de la apropiación de recursos.

A tono con dichas conceptualizaciones las teorías de la localización por ejemplo, analizan la pérdida de propiedades de las materias primas con el transporte, tiempo y distancias, de donde derivan recomendaciones para la ubicación de las empresas. Así puede ser recomendable procesar las materias primas cerca de lo centros de consumo o directamente en los lugares de su extracción. Igualmente son valoradas las posibilidades ofrecidas por el desarrollo tecnológico con la finalidad de garantizar la ubicuidad de las actividades empresariales. La variable determinante en todos los casos es el precio de la fuerza de trabajo cuando se trata de reducir los costos para hacer frente a la competencia, etc.. El término que refiere a la competitividad de las empresas ahora de moda, es un cuento largo que no podemos desplegar aquí porque se relaciona directamente con la organización material del tejido social. La historia económica mundial nos tiene reservadas invaluables experiencias en este sentido por eso su estudio es indispensable.

La espacialidad, en cambio decíamos antes, puede permitirnos apreciar aspectos perniciosos y posibilidades de desarrollo que opaca el espacio ontologado. Parafraseando a Vidal de la Blanche las actividades humanas no se han desparramado como una mancha de aceite en el globo terráqueo, sino que se han concentrado como inmensos hormigueros.

Hormigueos

La mayor parte de la población humana se encuentra concentrada en la cintura del globo entre los trópicos, ligada al uso de los recursos naturales y las fuentes abundantes de agua dulce. Si nos dejásemos guiar por la manera en que cada uno de los imperios avanzó la modernidad de la mano del progreso, o por las experiencias históricas de la formación de los estados nacionales o el uso de diferentes fuentes de energía por el sistema capitalista, podríamos testimoniar para cada época, formas características de geo-grafíar territorios y esculpir el globo, siempre en pos de recursos geoestratégicos para su funcionamiento. Cada época tendría sin duda su propia forma de testimoniar un estilo de desarrollo, que es posible constatar en sus respectivos mapas, censos y museos. Todos ellos describirían una espacialidad digna de explicar. Tendríamos sin duda una percepción de las experiencias humanas muy distinta a la narrada por las historias de los llamados éxitos modernos, las historia de bronce o las de los vencedores exitosos.

Con los antecedentes evocados trataremos de centrar nuestra mirada ahora en las espacialidades creadas por un sistema —como el capitalista actual— que en algunas ocasiones parecen superpuestas a otras, generando la impresión de estar frente a capas de espacios ontologados, como si se tratase de hojas de papel superpuestas, cada una conteniendo una información particular: una fuente de agua allá, un caserío acá, una fabrica más allá, una carretera o ferrocarril, etc. De esa forma se mantiene la impresión de que todo está colocado en el espacio como si se tratase de un continente vacío, sin relación dialéctica con el medio ambiente. Algunas veces las coincidencias no se deben a la superposición de planos sino a la invariable ubicación de los recursos naturales, los asentamientos humanos históricos, los medios de transporte y sus rutas o las necesidades históricas de defensa de los intereses expresados en territorios concretos. El caso que mejor ejemplifica la situación son las excavaciones de sitios arqueológicos que dan cuenta de asentamientos sucesivos estratificados en centros urbanos, como las ciudades medievales o la prehispánicas en del continente americano.

La modernidad se constituyó desde sus inicios en un pasillo en el cual no todos teníamos cabida, excluyente sin más. Pero ¿en dónde se han quedado los sueños, las utopías? —o mejor dicho las utopísticas parafraseando a Wallerstein—, ¿Cuál es el espacio que le corresponde a la intimidad, a las constelaciones familiares, a las luchas de clases, a las actividades emblemáticas de la modernidad?, debemos preguntarnos. ¿Cuál es la espacialidad del ciclo del etano y cuál la del complejo militar industrial o de los circuitos financieros? ¿Cuando, cómo y quién decidió sacar a los humanos de la biología? ¿Cuáles son las espacialidades descritas por la venta de órganos, la manipulación genética o el control satelital? Ninguna de ellas es virtual, son materiales y se extienden en el mundo, tienen asiento en lugares específicos y usan recursos naturales también concretos. ¿Cómo iniciar su descripción y análisis? Parece ser la cuestión relevante de nuestros días para saber quién controla qué, quién se beneficia y quién o quienes son despojados sin más, por un sistema fundamentalmente depredador. Un sistema compuesto por sujetos y clases sociales, que despojan y se apropian de recursos naturales, que genera extensos problemas ambientales y sociales.

Si esas son características definitorias de la espacialidad de la modernidad entonces es posible recuperar sus lecciones pues muchas de ellas podrían contribuir a tornar reversibles procesos socioambientales. Varios ejemplos a la mano pueden ilustrar nuestra percepción; uno de los más llamativos —por su extensión en todo el continente americano— que puede resultar afortunado para comprender la espacialidad de manera práctica e identificar sus contenidos sin renunciar a sus significados, son las plantaciones de cañaverales. Este tipo de plantación —así como las explotaciones ganaderas— requirió de la tala y desmonte de extensas zonas de selva y bosques, junto a la expulsión de población indígena.

La caña de azúcar fue y es un monocultivo en extensas y compactas regiones que surten de materia prima a los ingenios azucareros. El complejo cañero-azucarero como se le conoce demanda uso intensivo de los campos productores y de la fuerza de trabajo indispensable para su funcionamiento. Parte del proceso supone quemazones en los campos para eliminar maleza, facilitar el corte y las labores de transportación, lo que se considera el método menos costoso para levantar la caña rumbo a su procesamiento. En el mismo, la combustión genera dioxinas altamente contaminantes, junto a otras afectaciones de los desechos de procedencia industrial, como son el vertido de las vinazas a los ríos adyacentes a los ingenios, que dañan la flora y faunas acuáticas sistemáticamente. En todos los casos el medio ambiente no se considera una variable de importancia, si no es para abaratar costos o incrementar beneficios. El conjunto de dichas prácticas extensamente repetidas generaron prácticas culturales diversas cerrando un circuito perverso que todavía ahora va de la necesidad de obtener ganancias pasando por la organización de trabajo en campo y fábricas hasta la creación de culturas. Todos esos procesos se basan en el medioambiente, geografían territorios y vidas. Cada actividad describe sendas, rutas repetibles, describibles, transformables.

El ingenio azucarero es uno de los emblemas de la modernidad capitalista que tuvo y tiene efectos en la alimentación y las tradiciones culturales de los pueblos en donde todavía se preservan. Si bien el ingenio azucarero generó la extracción de plusvalías impensadas también reinauguró y actualizó una práctica social que se creía extinta: la esclavitud. Las luchas por la liberación y la fundación de los estados nacionales parecían haber sumergido en la desmemoria y el olvido esas deleznables y genocidas prácticas. Sin embargo, el esclavismo —que fue perseguido incluso por quienes lo revivieron— no ha desaparecido de la faz de la tierra en el siglo XXI, ¿Qué espacialidad ha descrito y describe el esclavismo en la actualidad? Descubrir las redes, los puntos nodales y troncales de cada actividad habrá de conducirnos a analizar y transformar cada acto humano que daña persistentemente al medioambiente desde los centros urbanos hasta las aparentemente inhóspitas zonas del planeta, tanto como al humano mismo.

Pensemos ahora en otras dos actividades representativas que nacieron con el desarrollo industrial. El ferrocarril movido a vapor primero y después con derivados del petróleo. El nacimiento de los ferrocarriles y el tendido de rieles generaron uno de los momentos históricos de más altas ganancias en la historia del capitalismo mundial. Las proezas técnicas desarrolladas durante el tendido de vías férreas en todo el mundo fueron acontecimientos apoteósicos en los anales históricos del capitalismo en general, pero especialmente para el imperio británico y los amantes del liberalismo económico.

Todo el sistema ferrocarrilero condujo a la depredación de bosques primero, la extracción de carbón como materia energética, después de los derivados del petróleo y la energía eléctrica generada por gas o mediante la fisión nuclear en épocas más recientes. Para percibir el sentido de nuestra propuesta —de sustituir las nociones de espacio ontologado por la de espacialidad—, intentemos ir a la inversa con la finalidad de percibir algunos equívocos y poder contestar la pregunta obvia: cual es el espacio de las vías de ferrocarril. La respuesta igualmente obvia sería: las vías de ferrocarril no están en el espacio, describen espacialidades distintas inscritas en una serie de redes con sus nodos y sus lugares privilegiados por el poder económico y político. No podríamos señalar el espacio ontologado simplemente porque lo que han descrito las vías de ferrocarril con su tendido son espacialidades distintas para conectar fuentes de recursos naturales con las concentraciones de población preexistentes y los centros de poder. La red ferroviaria norteamericana de la parte atlántica de ese país, es el ejemplo fiel de lo referido. Cada nación del continente americano y los archipiélagos en el Caribe tienen su propia historia que contar al respecto.

Las tareas enormes asociadas al tendido de rieles y durmientes afectaron los drenajes y escurrimientos naturales de amplias zonas, así como los bosques y sus contenidos de fauna y flora silvestre —con lo cual sin duda perdimos recursos invaluables para la vida del planeta entero—. No solamente fue necesario el uso intensivo de fuerza de trabajo en condiciones a veces inimaginables —que funcionaron en formas parecidas a la esclavitud—, sino la potenciación de capacidades tecnológicas inéditas. Diseñadores y proyectistas ocuparían desde entonces lugares relevantes en la trama del sistema, en sus planes y programas de desarrollo. La necesidad de sistematizar sus respectivas formaciones profesionales sería percibida desde mediados del siglo XIX, como necesidad ineluctable para el sistema. Los centros universitarios con programas de experimentación se tornaron funcionales difundiéndose percepciones de la naturaleza y sociedad de mucho influjo: si la naturaleza es concebida como un obstáculo para la obtención de ganancias el problema es cómo superarla o eliminarla.

Las espacialidades someramente descritas se servirían de las ingenierías y la arquitectura como herramientas poderosas, con lo cual se engendraba y alimentaba el desarrollo capitalista geo-grafiando las vidas de pueblos y naciones enteras de manera implacable. Las bases energéticas de los ferrocarriles se ampliaron en la medida en que se avanzaba con fuerza en la extracción de petróleo y gas en todo el mundo. Sin embargo, las áreas privilegiadas no se localizan distribuidas homogéneamente, con lo cual la geopolítica pasaría cada vez más a ocupar un lugar central en el rediseño de regímenes a voluntad de los poderes monopólicos imperialistas desde el inicio del siglo XX hasta el presente. ¿Cuál es la espacialidad del petróleo o por lo menos cuáles son las rutas que sigue de ordinario su transporte?

Si la espacialidad es tan importante —como ha podido apreciarse para la toma de decisiones—, ¿Por qué no se alienta su análisis? Dos obvias razones saltan a la vista: porque no interesa o porque es sumamente importante como para dejarla en manos de cualquiera. Si lo pensásemos un poco, veríamos que su estudio se ha dejado a instituciones emblemáticas de la modernidad como son los ejércitos y ciertos centros de investigación especializados, controlados por la atenta mirada de los gobernantes. Descubrir las espacialidades significa poner en manos del público informaciones que podrían poner en riesgo el real funcionamiento del sistema, las contradicciones, mitos e insostenibilidad del desarrollo que impulsan y al que someten a sus pueblos.

Entre los asesores más importantes de las potencias mundiales están justamente analistas geopolíticos dotados de información privilegiada. Se deja en cambio al fácil acceso todo aquel conocimiento interesado en desentrañar los meandros del espacio homogéneo ontologado, feliz conclusión de todo ejercicio intelectual que sustituye fácilmente la descripción por el análisis, el sentido del desarrollo humano por lo que debiera ser, la realidad por los sueños, el pensamiento científico por el tecnocrático, la lucha de clases por el fin de la historia, etcétera.

Otro de los ejemplos significativo nos lo proporciona la producción en serie de los automóviles de combustión interna. Henry Ford continúa siendo la figura empresarial señalada por la mano visible del capitalismo, iconográfica y heroica de los anales norteamericanos. Inventor del trabajo en línea o la línea de montaje en serie, que tuvo sus momentos de esplendor y paroxismo. Las consecuencias del abaratamiento de sus automóviles condujo a la construcción de carreteras y con ello a geografiar todo el territorio americano desde Alaska hasta la Patagonia mediante la Carretera Panamericana solo obstruida en el llamado tapón del Darien.

Las carreteras se multiplican a lo largo y ancho y con ello se violentan persistentemente ecosistemas como nunca antes lo había visto la humanidad. Este proceso de la transportación individualizada de la población se ha practicado en todo el mundo, traspasando el costo del transporte a los individuos y con ello los riesgos implícitos. Las crisis recurrentes y estrecha frontera de los combustibles fósiles han agudizado la situación, pues ahora no sólo son los automóviles sino las motocicletas que pululan por todas partes, las que se suman a la generación de las emisiones de dióxido de carbono. No es difícil para nosotros imaginar la espacialidad de las densas redes causadas por las cintas asfálticas, basta mirar los mapas nacionales para percatarnos de su existencia y sentidos. Sin embargo, las espacialidades generadas por la extracción, distribución y consumo de combustibles fósiles engendra una basta red marítima, terrestre y aérea que va de los centros productores a los de consumo principalmente generando conexiones imprescindibles para el estilo de desarrollo dominante: cualquier intento de obstrucción es previsto por las fuerzas armadas del sistema.

Las descripciones de espacialidades distintas que funcionan a contrapelo y se manifiestan en lugares tan disímiles del globo terráqueo muestran algo de reflejo; digámoslo de otro modo. Cierto tipo de espacialidades son tan influyentes que pueden estar induciendo otras en lugares insospechados y distantes, del mismo modo en que algunos sitios la población tiende a congregarse en otros es expulsada. El estado norteamericano de Texas lanza más CO2 a la atmósfera que todos los países al sur del Sáhara ¿es posible establecer alguna conexión explicativa a partir del calentamiento global? Una nota ampliada nos ofrece la siguiente imagen:

El estado de Tejas, con 23 millones de personas, emite más CO2 que los 720 millones de residentes en el África subsahariana, reza el informe sobre África del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático de las Naciones Unidas. "Si los pobres del mundo consumieran la misma energía que Estados Unidos o Canadá, se necesitarían nueve planetas para lidiar con la contaminación". Mientras, los pescadores de Ngomeni, un pueblo a cien kilómetros al norte de Mombasa, Kenia, han reconstruido sus casas dos veces en un año porque los niveles del mar siguen subiendo. Poniendo puertas al viento, construyen diques con basura, ya que no disponen de nada mejor.

Las espacialidades aludidas y sus descripciones pueden resultar inocentes frente a fenómenos contemporáneos como la ingeniería genética, el calentamiento global y los empeños norteamericanos por colocar sistemas antimisiles en la atmósfera terrestre. Cuales serían los espacios de tales hechos, podríamos preguntarnos. Nuevamente no los vamos a encontrar. Biopolíticamente las espacialidades se tornan más complejas que antes, ya no resultan tan útiles los viejos esquemas. Ahora estamos obligados pensar lo dentro y fuera o inter y trans de las relaciones hombre-naturaleza. ¿Tendríamos que acudir acaso a las nociones de la segunda naturaleza para hacer comprensible las espacialidades descritas –siempre desde los lugares concretos- por las llamadas prótesis alimenticias?

La extracción y venta clandestina de ciertos trozos de naturaleza —órganos humanos, especies vegetales y animales protegidas, niños para adopción, esclavos y esclavas sexuales, etc.— describen una ruta indeleble de las periferias subdesarrolladas a los centros desarrollados del norte. Los efectos y daños al medio ambiente superan a los que se perciben cotidianamente en la naturaleza, esa segunda naturaleza de la que hablamos se enfrenta a una tercera que tiene que ver con los sistemas jurídicos internacionales y sus relaciones con los estados nacionales. Esta situación se roza con claridad con otros dos fenómenos sociales complejos, norteados del mismo modo como son el tráfico de estupefacientes y el de armamentos que del mismo modo someten al Sur a los dictados e intereses del Norte. En un sentido ampliado, Malcom Bull nos ofrece una mirada sugerente:

No parece haber un rumbo único hacia lo biopolítico, sino sólo vectores convergentes de privatización, naturalización, aculturación y socialización. Ahora bien ¿cuál es la región desconocida a la que los exiliados políticos, los hombres lobo, los pastores alemanes en silla de ruedas y las mujeres trabajadoras se dirigen fatigosamente en la actualidad?

Esta reflexión que cruza lo cotidiano y drena las bases mismas de la modernidad capitalista, nos remite de nueva cuenta al inicio de nuestras reflexiones, relacionadas con la expulsión del Paraíso, la salida de hombres y mujeres de la naturaleza, la cosificación de la misma y a la ontologización del espacio que soliviantaron las perversiones del sistema con un discurso embrollador ahora superado por el regreso de la cultura a la naturaleza. Bull es nuevamente certero:

La vida humana, en la medida en que es constructora del mundo, está comprometida en la reificación, pero la duda científica y la secularización socavan la percepción de la permanencia y el valor de la cultura, de tal suerte que los humanos quedan separados del mundo que han creado. En la alienación del mundo sucede como si hubiéramos forzado los límites distintivos que protegían al mundo, el artefacto humano, de la naturaleza hasta el punto que lo único que quedan son apetitos y deseos, los impulsos absurdos del cuerpo (del hombre).

Las constantes que podemos percibir de la construcción-destrucción del mundo bajo los estandartes de la modernidad, el progreso y el desarrollo, han alimentado la exclusión y el despojo de grandes conglomerados humanos en todos los continentes. El calentamiento global confirmado en todos los puntos cardinales del planeta no se presenta como crisis ocasional de meteoros esporádicos, sino como metástasis de un sistema depredador que puede ser revertido. A pesar de ello los poderosos maniobran arduamente para deslegitimar las demandas mundiales de la reducción de las emisiones de Co2 a la atmósfera terrestre. ¿Cual es ese espacio posible de la lucha por imponer un estilo desarrollo insostenible económica, social, política y humanamente? Es la espacialidad de la praxis con capacidad para humanizar el uso de los recursos naturales en favor de la humanidad toda.

Los desastres sociales son naturalizados y los naturales son causados por el hombre, pero no son susceptibles de intervención; la sociedad se percibe a su vez como algo sometido a una fatalidad casi natural. En ese contexto la temporalidad de la modernidad capitalista se despliega como dialéctica de repeticiones catastróficas y una linealidad cuya aparente inevitalidad es en sí mítica…Si las repeticiones de la industria de la cultura puede registrar y sugerir el cambio, el propio cambio se convierte en otra forma de destino mítico, que distribuye la riqueza y la salud a unos, y el desastre a otros.

Pero el estilo de desarrollo dominante ha fraguado otras desgracias. El crecimiento del turismo como atractivo renglón económico, va modificando física, biológica, geológicamente sitios de atractivo marítimo, montuno, tropical, exótico o arqueológico, amén de transformaciones sociohistóricas de las comunidades nativas.

Las rentas de lo pintoresco y del paisaje generan una extracción de riquezas en dirección del Norte. Podemos observar en muchas zonas litorales la refuncionalización económica derivada de los resorts, empresas trasnacionales que operan bajo el concepto de all-inclusive, el cual encierra a los turistas en circuitos de gozo —consumo y entertainment—, sin salir de cada establecimiento. Sitios de algún valor ambiental —ríos caudalosos, selvas húmedas, umbríos bosques— pueden tornarse especie de locaciones o ambientaciones del reciente turismo ecológico, turismo de aventuras o spas de relajación en-contacto-con-la-naturaleza todo ello a precios elevados diseñados para los turistas del Norte desarrollado. El saldo: salarios míseros a campesinos devenidos en sirvientes de hotel y afectación de los delicados equilibrios biológicos.

Si en tierra sucede así, en el mar suceden otras situaciones que acentúan la necesidad de pensar la espacialidad que describen los procesos sociales. El tránsito de cruceros de lujo —por ejemplo por el mar Caribe— deja una estela de desechos de todo tipo, que los enormes hoteles flotantes van diseminando a su paso. En aguas internacionales no aplican hipotéticas reglamentaciones sanitarias o ambientales, que incluso a veces carecen los entornos nacionales.

El patrón constructivo—destructivo está relacionado con los deseos de ganancias sin fin pero también con la transferencias de cierto tipo de tecnologías del Norte hacia el Sur, pero sobre todo con los flujos financieros que son las guías de todos estos procesos en conjunto y todos y cada uno de ellos describe su propia espacialidad.

Estamos aquí bregando con la anticipación marxista de naturalización del hombre y la humanización de la naturaleza que acepta la posible reversibilidad de aquellos procesos sociales que han alimentado fenómenos tan extendidos como el efecto invernadero y las espacialidades descritas a contrapelo del espacio cosificado, ontologado con el cual se rediseñan áreas rurales y urbanas, zonas industriales y estaciones de servicios, procesos de trabajo y agresiones a la naturaleza.

En curso

La espacialidad socioambiental está estrechamente ajustada a los cambios de régimen y a las reconfiguraciones regionales causadas por la organización material de las sociedades contemporáneas y los estados nacionales que le sirven de sustento. Dos interesantes experiencias intelectuales que consideramos imprescindibles habrán de servirnos para ampliar el sentido de la afirmación anterior. Uno de ellos es de Alfred Schmidt relacionados con la conceptualización de la naturaleza en Marx y otro es de Göran Therbor relacionado con la situación de los pueblos del Cáucaso.

Con el primero recuperamos las certezas de Federico Engels en el siglo XIX de actualidad en nuestros días:

En el futuro no podrá cesar el usufructo de la naturaleza, pero las intervenciones humanas en ella tendrán que racionalizarse de modo que también sus efectos a distancia sean controlables. De este modo la naturaleza debe ser privada poco a poco de la posibilidad de vengarse de los hombres para la victoria de éstos sobre ella.

Si bien resulta sorprendente la anticipación de Engels no menos resultan los descubrimientos y logros de Schmidt con sus estudios sobre el legado de Carlos Marx en su importancia epistemológica. Citando a Benjamín dice:

Hoy, cuando las posibilidades técnicas de los hombres superan en muchos aspectos los sueños de los viejos utopistas, parece más bien probable que estas posibilidades, si se les realiza negativamente, se transformen en fuerzas destructivas y, así, en lugar de salvación por más humanamente limitada que sea, traigan consigo la total perdición: quizás la siniestra parodia de la transformación en que pensaba Marx, pues sujeto y objeto no se reconciliaban sino se destruyen.

El materialismo dialéctico tampoco ha errado aquí. Un análisis consecuente de la historia del capitalismo sin engaños nos permitiría apreciar que —como sucede en toda lucha de contrarios— para que uno de los dos polos pueda subsistir el otro tiene que sucumbir sin remedio. El sujeto atrapado por la modernidad capitalista parece encaminarse a la destrucción de la naturaleza, su objeto externamente construido. El calentamiento global así parece confirmárnoslo si nos atenemos al análisis de las tendencias del estilo de desarrollo dominante. En éste panorama, ¿no hay alternativas?

Desde el punto de vista del materialismo histórico la perspectiva se modifica; siguiendo a Marx en una de las reflexiones elegidas por nuestro autor apreciamos que: los individuos universalmente desarrollados, cuyas relaciones sociales, así como sus propias vinculaciones comunitarias, están también sometidas a su propio control comunitario, no son un producto de la naturaleza sino de la historia. ¿Cuántas sugerentes interpretaciones podemos hacer de una afirmación como éstas? ¿La solución está en el futuro desarrollo de la humanidad? ¿Acaso no tenemos experiencias anteriores reveladoras de que es posible la humanización de la naturaleza?

Las otras perspectivas que conviene tener presente antes de nuestras palabras finales son las que nos ofrece el politólogo sueco Göran Therbor en su Tríptico trascaucásico. En él revela los efectos catastróficos que tuvo la desaparición de la URSS en las relaciones políticas, económicas y de infraestructura en las repúblicas del Cáucaso, así como en las de Asia Central.

El territorio postsoviético de la región nos recuerda que la franja de algo más de 670 kms. que se extiende entre el mar Negro y el mar Caspio no es una unidad cultural, sino una región muy fragmentada que cuenta con la plétora de lenguas, tres alfabetos y cleros diferentes. Armenios y georgianos pertenecen a distintas iglesias cristianas. Queda mucho por ver como podrán reconstruir las relaciones y qué ciudades surgirán como núcleos regionales. Las crecientes rentas del petróleo y del gas en Bakú parecen apuntar a que ésta ciudad se convierta en floreciente núcleo que fue hace cien años.

Con este comentario destacamos las transformaciones ocasionadas por los cambios de régimen y las modificaciones realmente ocurridas al modificarse el estilo de desarrollo y con ellos las espacialidades anteriores. No obstante, nuestro autor esta convencido de la permanencia de ciertas espacialidades socioculturales de larga duración que persisten en periodos que van de la época de los zares hasta la postsovietización, no sin incertidumbres derivadas de su posición geoestratégica. El pequeño tamaño de Georgia, así como su ubicación en un istmo estratégico rodeado de grandes potencias rivales, lo ha convertido en la favorita de Occidente en este ‘gran juego’, ya que posee una importancia capital para el acceso de Estados Unidos y de la UE al mar Caspio y a Asia Central, el petróleo y el gas asiáticos; así mismo constituye una excelente base de operaciones contra Irak y una pieza importante del cerco a Rusia.

Las consecuencias internas de dichas transformaciones juegan con las incertidumbres regeografiando sus territorios y reapropiándose de sus lugares, paisajes y sitios históricos de elevada plusvalía. La capital de Georgia está sufriendo transformaciones inmobiliarias importantes con lo cual también sus pobladores son expulsados y reacomodados. Veamos el último testimonio:

Mientras tanto, los viejos barrios de Tibilisi están siendo desalojados para dar paso a la nueva élite. La ciudad georgiana, situada en la orilla derecha del río Kunar, se ha convertido en un objetivo comercial a pesar de las protestas de buena parte de la población. El distrito conserva aún sus cúpulas cónicas de plomo azulado y sus balcones y logias góticas de fina carpintería.

Estos fenómenos sociales contemporáneos son dignos de escándalos en diversos lugares del mundo. La acumulación por despojo no es una novedad histórica, sólo que ahora la velocidad con que sucede es mucho más alarmante por los procesos de apropiación y legitimación que lleva aparejados. Así vemos que indígenas y habitantes primigenios son expulsados de zonas poseedoras de recursos estratégicos para el sistema en donde es posible la obtención de rentas elevadas, de eso tenemos incontadas experiencias en América entera. Las espacialidades que ante nuestros ojos desfilan son enormes y muchas de ellas son fenómenos de larga duración, la cuestión ahora es cómo emprender su rescate para de ellas obtener lecciones imprescindibles para la construcción de futuros alternativos.

Reflexiones finales

La espacialidad puede contribuir a revelar experiencias diversas a las que podríamos acceder. Unas de ellas son las formas empleadas por culturas precolombinas aztecas, mayas, tayronas, chibchas y muchas otras que habitaron desiertos, selvas, manglares, etc., sin agotarlos, lugares en donde los sujetos no acabaron con sus objetos, sujetos que humanizaron el uso de la naturaleza gracias a mantener una observación cuidadosa y paciente de los ciclos naturales. Toda una serie de lecciones permanecen entre nosotros como ejemplos vivos de lo que es posible hacer.

Conceptos como el de espacio, herederos de la física y mecánica celeste se están erosionando sistemáticamente frente a la realidad y las prácticas socioambientales de un sistema de acumulación depredador. Los procesos de trabajo y la velocidad con que se implementan —gracias al uso de nuevas tecnologías y materiales—, invadiendo ecosistemas impúdicamente, agravando el deterioro ambiental y haciendo fallar las previsiones de que somos capaces los humanos del siglo XXI. Modificar nuestras percepciones conceptuales es ahora más urgente que nunca, lo que no logremos nombrar seguirá sin existir para cualquier fin práctico, por eso es posible analizar las extensión de las actividades humanas dando seguimiento a la espacialidad de los fenómenos sociales en su comportamiento histórico, teniendo presente la emancipación humana y de la naturaleza —de la cual formamos parte indudablemente—, como si se tratase de sociotopos históricamente estructurados y no de fenómenos artificialmente separados.

El otro ámbito que está en vías de transformación es sin duda el referido al pensamiento económico y a todo aquel pensamiento humanista entre el que destaca la teoría del derecho, para reinsertar a los humanos en la naturaleza. Las viejas nociones keynesianas y el monetarismo no logran aprehender las complejas gamas de fenómenos contemporáneos que se manifiestan generalmente mezclados: inflación, déficits fiscales, endeudamientos sistémicos, crisis por sobre producción, especulación financiera, rentas diversas, cambios de régimen e intervención gubernamental privatizadora, descontrol de la naturaleza, pérdida de especies animales y vegetales, apropiación de las mismas, etcétera.

Las ganancias no pueden ser por sí solas el medio orientador de las actividades humanas, como no ha podido ser el mercado a pesar de los denotados esfuerzos de los políticos neoliberales. La sociedad-red tan difundida en la actualidad no se extiende como mancha de aceite en todo el planeta, los efectos o reacciones en cadena de las espacialiadades gestadas por el capitalismo realmente existente por el contrario, relacionan justicia con explotación desmedida de los recursos naturales y humanos.

Las espacialidades medioambientales revelan la Caja de Pandora que ahora tratamos de cerrar por todos los medios. Pero lo solución no parecer ir por ese camino como tampoco tiene que ver exactamente y de manera aislada con los daños medioambientales ocasionados por un estilo de desarrollo depredador encabezado por trasnacionales con fijación en las ganancias, sino ahora más claramente con salvar a la sociedades humanas y sobretodo, a las más desprotegidas.

Lo que está en riesgo no son sólo los ecosistemas del planeta sino las sociedades del mismo. Una vez más aquí es necesario hacer frente a la manía de exteriorizar las responsabilidades y los análisis como si se tratara de un algo que no nos compete a las generaciones actuales responsablemente. Se exacerba la situación del calentamiento global a través de las imágenes frecuentemente manipuladas, otorgándoles tratamiento de entelequia absolutista casi religiosa, en la cual las responsabilidades sociales, gubernamentales, estatales, empresariales pueden quedar a salvo y diluirse en aras de la salvación mesiánica del planeta en abstracto, como otrora se hiciera usando el concepto de humanidad en abstracto, durante las luchas de los estados aliados contra del fascismo alemán.

La espacialidad sociohistórica descubre y describe sociotopos, geo-grafías, con sus características biopolíticas, señalando niveles de responsabilidad diferenciada. No contamina lo mismo un subsahariano que un neoyorkino, un campesino latinoamericano que un industrial japonés, un palestino que un israelita, una empresa norteamericana que un campesino boliviano o una fábrica china que una comunidad salvadoreña.

En este contexto habría que seguirle la pista a los desechos industriales y sus formas de reciclaje con la finalidad de apreciar el carácter de las espacialidades en curso. Ejemplos importantes son: las contaminaciones engendradas por la obsolescencia de lo equipos de cómputo y las ocasionadas por los desechos nucleares. Ambas están dejando efectos nocivos en pueblos africanos y forman parte de los ciclos productivos de empresas norteamericanas y europeas. Apreciar el carácter de dichas espacialidades puede contribuir a develar las nuevas tendencias en las relaciones Norte-Sur y en cierta forma contribuir a comprender las espacialidades sociohistóricas que están teniendo lugar en Nuestra América instancias de los estilos de desarrollo dominantes.

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