Revista OIDLES - Vol 1, Nº 0 (junio 2007)

EMPRENDIMIENTOS ASOCIATIVOS TRAS LA CRISIS ARGENTINA DE 2001. EL CASO DE LAS COOPERATIVAS DE RECUPERADORES DE BUENOS AIRES (1999-2006)·

 Por Verónica Paiva§

 

 Introducción

La crisis económica, social y política que estalló en Argentina en diciembre de 2001, fue el punto álgido de una serie de sucesos que se fueron gestando durante toda la década de 1990, entre ellos, los altos niveles de desocupación y pobreza que afectaron a buena parte de la población, en especial la asentada en localidades urbanas.

Dos de las consecuencias de dicha crisis fueron, por un lado, el surgimiento de una serie de actores sociales nuevos que salen a escena para reclamar derechos o para poner en práctica estrategias de supervivencia para paliar la emergencia, tal como los caceroleros, los asambleistas, los piqueteros o los cartoneros, y por otro lado, la gran cantidad de emprendimientos productivo - laborales que comenzaron a autogestionarse en dicha época.

Respecto de este tema, la cantidad de cooperativas que se conformaron durante la década de 1990 es un buen indicador del crecimiento de los proyectos autogestivos generados en dicha etapa. En este sentido, los datos que brinda Gabriel Fajn son incontrastables. Mientras que durante los años ’70 la cantidad de cooperativas y mutuales era de 629 y de 1147 durante los ’80, durante la década de 1990 se conformaron 2121.[1]

Dentro del conjunto de cooperativas creadas en esa etapa las dedicadas al acopio, clasificación y venta de residuos ocupan un lugar especial, porque casi no existían antecedentes de organizaciones dedicadas a este rubro en la historia del cooperativismo argentino, exceptuando algún caso aislado.[2]

De acuerdo con ello, el objetivo de esta ponencia será reseñar las características de algunas de las cooperativas que hoy actúan en el Área Metropolitana, la historia de su formación, los objetivos inicialmente propuestos, las dificultades y logros obtenidos.

Antes de cerrar este punto, vale aclarar que las fuentes sobre las que se edificó esta ponencia fueron la entrevista y la observación en las sedes de las cooperativas. La serie de entrevistas y observaciones se realizaron entre los años 2002 y 2006 con el objetivo de seguir el despliegue de las distintas organizaciones y actualizar la información referida a cada entidad. Pasados siete años desde la formación de las primeras cooperativas, es posible realizar un balance sobre los logros y limitaciones que ha tenido el desarrollo cooperativo, por lo menos, dentro grupo acotado de organizaciones.

 

¿Qué es una cooperativa? El resurgimiento del cooperativismo durante la década de 1990.

Una cooperativa puede ser definida como “una asociación de adhesión libre y voluntaria, entre personas que teniendo necesidades comunes – económicas, educativas, asistenciales y culturales – se unen para satisfacerlas a través de la ayuda mutua y el esfuerzo propio. Presta servicios a sus asociados y a la comunidad y es gobernada democráticamente. Como entidad de bien público, debe coordinar la defensa de los asociados con la promoción del desarrollo económico, social y cultural en su área de actuación” [3]

Una cooperativa es una entidad de “doble carácter”, ya que por un lado es una empresa y de acuerdo con ello debe ser eficiente, correctamente gerenciada y perseguir fines de lucro pero a la vez “sus excedentes deben ser distribuidos equitativamente entre todos los socios”, lo cual marca una diferencia fundamental con la empresa estrictamente comercial.

Los principios que rigen la organización cooperativa a nivel internacional, son fijados la Alianza Cooperativa Internacional (ACI), un organismo formado en Londres en 1895, que agrupa a todas las cooperativas y cooperativistas del mundo. Es el organismo más antiguo reconocido por las Naciones Unidas, cuyos principales objetivos son: la representación, defensa, promoción, información, educación y estímulo de la organización cooperativa a nivel internacional.

La definición de cooperativa que establece la ACI, es la siguiente:

            “Una cooperativa es una asociación autónoma de personas que se unen voluntariamente para satisfacer sus necesidades y aspiraciones económicas, sociales, culturales comunes, por medio de una empresa de propiedad conjunta democráticamente gestionada” [4]

De acuerdo con esta definición, en el año 1995 la ACI estableció los fundamentos centrales de la organización cooperativa para el siglo XXI. Estos son:

-          Asociación Voluntaria y Abierta: Es decir, abierta a todas las personas capaces de utilizar sus servicios y dispuestas a aceptar la responsabilidad de asociarse, sin discrimación racial, política, social o de género.

-          Control Democrático de los Socios: Lo cual implica que las cooperativas deben ser autogestionadas por sus socios, quiénes participan de la fijación de las políticas y de la toma de decisiones. Dicha administración democrática, se plasma en el lema “un socio, un voto”.

-          Participación económica de los socios: Todos los socios contribuyen en la formación del capital, y de la misma forma, todos participan equitativamente de los excedentes obtenidos, de manera  proporcional a las acciones realizadas para la cooperativa.

-          Autonomía e Independencia: Las cooperativas son organismos de ayuda mutua, gestionadas por sus socios. Pueden establecer convenios con otras organizaciones, pero siempre con acuerdo de la totalidad de los miembros.

-          Educación, capacitación e información: Las cooperativas brindan educación y capacitación a sus socios, representantes elegidos, administradores y empleados para promover el desarrollo personal y según las necesidades de la cooperativa.

-          Cooperación entre cooperativas: Alude a la integración de las distintas cooperativa entre sí, sea con carácter local, regional o incluso internacional a fin de potenciar las actividades de cada cooperativa.

En nuestro país la organización cooperativa está regida por la Ley 20.337/73[5] cuyos objetivos y formas de funcionamiento están sostenidos en los principios establecidos por la ACI.  Respecto de la forma de gobierno, la ley citada establece que estos son: el Consejo de Administración, que es el órgano que tiene a su cargo el gerenciamiento de la cooperativa, y la Asamblea, que es la reunión de todos los miembros para elegir a los miembros del consejo, fiscalizar las memorias y balances y resolver sobre los asuntos centrales de la organización.

De acuerdo con lo dicho, hacia el final de la ponencia evaluaré en qué medida las cooperativas de recuperadores formadas en esta década, pudieron sostener los principios cooperativos dentro de su organización.

 

Cooperativa de recuperadores. Causas que motivaron su surgimiento.

Las cooperativas de recuperadores se autodefinen como organizaciones cuyo objetivo es recolectar, acopiar y vender residuos recuperables (cartón, vidrio, papel, plásticos, etc), con la intención de eliminar a los intermediarios que actúan en el mercado (depósitos de compraventa de residuos) e interactuar directamente con las empresas finales compradoras de material de postdesecho. Siguiendo lo que marca la ley, lo que distinguiría su forma organizativa y operativa es que el lucro obtenido debe repartirse proporcionalmente entre todos los miembros de la organización, y por otro lado, que deben poner en marcha proyectos paralelos destinados tanto al bienestar de la comunidad, como a los socios de la entidad.

Hacia diciembre de 2005 existían alrededor de catorce cooperativas de recuperadores en todo el Área Metropolitana de Buenos Aires, muchas de las cuales están o estuvieron asociadas al Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

El surgimiento de la actual red de cooperativas de recuperadores debe buscarse en la iniciativa de algunas agrupaciones de carreros2 que hacia mediados de 1990 comenzaron a trabajar alrededor de modalidades asociativas que les permitieran mejorar la calidad de su labor y dignificar la actividad del recolector informal, sea bajo la sindicalización de la actividad o por vía de la cooperativización.

Las primeras cooperativas se formalizaron entre 1999 y 2000 y fueron El Ceibo (Palermo), La Reconquista (Tres de Febrero), El Orejano (San Martín) y RENASER - Recuperar, Naturalmente y Servir – (La Matanza). Posteriormente, se fueron consolidando nuevas instituciones tales como Nuevos Rumbos (Lomas de Zamora), Alicia Moreau de Justo (Lavallol), Reciclado Sur (Lanús), Villa Malaver (Moreno), Caminito (La Boca), Orgullo Cartonero (Avellaneda), CARPAMET (Villa 31), Cooperativa Del Oeste (Liniers) o Sur (Quilmes), entre otras tantas, pertenecientes tanto a Capital como al Conurbano.

En términos amplios, su emergencia puede ubicarse en el contexto general de expansión del cooperativismo que se produjo durante la década de los ’90, y esencialmente, como una respuesta al desempleo que comenzó a agudizarse hacia el año 1995.  Sin embargo, otra serie de factores impulsaron el crecimiento de las organizaciones dedicadas específicamente a este rubro. Entre ellos, la devaluación de la moneda nacional hacia principios de 2002, al provocar que las empresas que adquirían insumos importados comenzaran a comprar material de postdesecho en el mercado interno, y además, una serie de falencias de la normativa que regula la Gestión de RSU (Residuos Sólidos Urbanos) en todo el AMBA. Concretamente, las limitaciones del Pliego 14/97[6] que regulaba la recolección en la Ciudad de Buenos Aires hasta el año 1997 y que sólo permitía recuperar hasta un 10% del total de los residuos[7]o las más duras exigencias del Decreto N° 9911/78 que rige en el resto del Área Metropolitana y que prohíbe la recuperación y / o reciclaje de residuos en todos los partidos del Conurbano Bonaerense. Dadas las limitaciones impuestas por las normativas quedaron disponibles en las calles gran cantidad de residuos reutilizables que no eran recolectados por la vía oficial y que tenían valor comercial. En un contexto de desempleo y pobreza, se convirtieron en un recurso productivo para buena parte de la población del AMBA.

Fueron estas tres causas: la desocupación, las falencias en la gestión pública de los residuos y el cambio en la paridad cambiaria las principales razones que promovieron la formación de cooperativas orientadas a este rubro específico.

A continuación detallo la historia y el desarrollo de algunas de las cooperativas formadas hacia fines de 1990.

 

Breve reseña de casos

Cooperativa CARPAMET (Cartón, Papel y Metal) – Villa 31- Ciudad de Buenos Aires.

La Cooperativa CARPAMET se formó hacia mediados del año 2001. Inicialmente sus miembros comenzaron sus actividades conjuntamente con otra cooperativa de la Ciudad de Buenos Aires, pero se independizaron por una serie de desaveniencias y se formaron como grupo autónomo. De esta forma, hacia fines de 2001 se conformó la entidad CARPAMET, matriculada como cooperativa de “servicios”, dado que es la figura jurídica que les permite disminuir la carga impositiva.

En sus orígenes, la Cooperativa estaba formada por tres personas, dos hermanos que se dedicaban a la tarea desde toda la vida - cirujas tradicionales - y un portero de la zona que  los impulsó a formar la organización y los conectó con el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos. Posteriormente se unieron al grupo otros cartoneros de la Villa 31, que se fueron integrando lentamente.

Hacia mediados del año 2003 CARPAMET contaba con doce socios, casi todos de la Villa 31, algunos de los cuales fueron cartoneros de toda la vida y otros tantos que ingresaron al oficio por desempleo. Sin embargo no todos los miembros participaban activamente, ya que antiguas experiencias ligadas a proyectos frustrados – y en ocasiones cruzadas por el clientelismo político – los volvieron escépticos a nuevas propuestas asociativas.

Como en todos los casos en donde el grupo original estaba formado por personas provenientes de sectores socioeconómicos bajos[8] y por “cirujas tradicionales”,[9] el objetivo prioritario que los llevó a formalizar la cooperativa fue la esperanza de obviar a los intermediarios, es decir a los dueños de los depósitos en donde habitualmente venden su recolección. La larga experiencia en la tarea les demostró que alteran el peso y el precio de lo que entregan y que – dicho “depositero” – es el obstáculo que les impide obtener una mejor ganacia y una mejor calidad de vida.  En este tipo de cooperativas, el puntapié inicial que los impulsa a agruparse es esta larga experiencia con los intermediarios, y alguna trayectoria militante previa (no necesariamente atada a un partido político) que les permitió conocer que el asociativismo puede dar mejores frutos que el trabajo individual.

Hacia mediados del año 2003, cuando se tomó la primera entrevista, el objetivo “laboral” de CARPAMET era constituir una asociación en la cual los miembros no sólo pudieran recolectar en mejores condiciones, sino formalizar un centro de acopio dedicado a la compra de materiales revendibles. La meta  era asociarse y constituirse en “dueños” para obviar a los intermediarios, obteniendo un mayor excedente que se repartiría en forma equitativa y proporcional a la cantidad entregada.  Paralelamente, y siguiendo lo que marca la ley de cooperativas, la futura organización no se limitaría a las funciones estrictamente “laborales” sino que desarrollaría otros proyectos ligados al bienestar de la comunidad y de los socios. En este sentido, pretendían abrir una guardería de niños, un taller de elaboración de prendas y una huerta comunitaria, que se llevaría a cabo con el apoyo del Gobierno de la Ciudad.

Pero para poner en marcha las actividades, la cooperativa necesitaba un capital inicial que destinaría a alquilar el galpón para realizar el acopio, comprar la balanza y un matafuego (necesario por cuestiones de seguridad).  En este sentido, tanto el espacio adecuado, como el capital, son dos elementos “claves” para comenzar la tarea. Ello es así, porque la ganancia central consiste en acopiar en escala y vender en cantidad a las empresas, o cuando menos, a intermediarios de mayor envergadura. Sin embargo, los magros ingresos que reciben los cartoneros por su labor, no les permite superar la supervivencia diaria y no pueden destinar parte del dinero - o de los residuos recolectados- para ahorrar en vistas a capitalizarse. De esta forma, necesitan el dinero centralmente para alquilar el local y comenzar a comprar a otros cartoneros, para lo cual precisan crédito. De contar con dichos fondos, la cooperativa comenzaría comprando y acopiando cartón, papel y metal (de allí el nombre de la organización) y luego ampliará su labor a otros materiales como plásticos, chatarra y otros tantos residuos que hoy cuentan con espacio en el mercado de reventa.

El problema del crédito inicial para el galpón y el acopio era un tema central para la mayoría de las cooperativas de recuperadores, ya que ninguna cuenta con los fondos necesarios. En este sentido, una de las pocas instituciones – si bien no la única - que apoyó el crecimiento y fortalecimiento de las cooperativas de este rubro fue el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, que entre otras cosas, ideó un plan de fondos blandos destinados a las necesidades puntuales de estas asociaciones. ¿Cuál era el trámite que debían realizar las cooperativas para lograr los fondos que necesitan?

En principio obtener su matrícula y personería jurídica, asociarse al Instituto y presentar un proyecto en dónde desplegaran sus objetivos y señalaran los fondos que necesitaban para iniciar la actividad. A partir de allí el Instituto otorgaba los créditos en función del orden de inscripción. 

Como dije anteriormente, la mayoría de los créditos se destinarían a alquilar el galpón e iniciar la compra y el acopio en escala. Para ello, la operatoria crediticia ideada por el Instituto fue la siguiente.  Una vez aprobado el préstamo, se realizaría un “giro” diario para que la cooperativa pueda comprar el producto de sus propios recolectores o de otros cartoneros que quisieran vender a la entidad. Efectuada la compraventa, se devolvería el monto prestado y se realizaría un nuevo “giro comercial”.  De este modo, las cooperativas podrían comenzar la actividad e ir capitalizándose lentamente hasta independizarse de los préstamos del Instituto.

Con esta modalidad, hacia mediados de 2003 sólo dos cooperativas habían  puesto en marcha la labor de compraventa. Se trataba de El Orejano y RENASER, dos de las primeras organizaciones inscriptas. Para principios del 2005 El Orejano ya no trabajaba junto al Instituto Movilizador, mientras que RENASER se disolvió y su galpón comenzó a ser operado por otra cooperativa llamada Del Oeste.

En el caso de CARPAMET aún no había recibido el préstamo hacia mitad del año 2003, por lo cual los cartoneros seguían acopiando y vendiendo en forma individual.  Por lo pronto, sólo se habían matriculado y asistían a los encuentros generales de los cooperativistas, pero no mantenían reuniones internas con sus propios socios y cada cual seguía con la actividad tradicional de recolectar, acopiar en pequeños espacios, y vender en los depósitos de la zona tal como lo hacen los cirujas no organizados o informalizados.

Dado que el problema del espacio, la falta de capital y la lentitud para acceder al préstamo constituía un problema de todas las cooperativas, se ideó un nuevo plan entre el Instituto y las entidades destinado a paliar esta dificultad, y otorgar mayor envergadura a la actividad general de la compraventa de residuos. Concretamente, se trataba de alquilar un galpón en donde todas las cooperativas llevaran su producto, se acopiara con mayor escala y se mejorara la rentabilidad al tratar directamente con las empresas.

Dicho galpón general –ubicado en la zona de Munro – comenzó a funcionar en octubre de 2003  con resultados dispares según la evaluación de las distintas entidades y del propio Instituto Movilizador, como se verá en un apartado específico en donde trato el tema.

En cuanto a CARPAMET, hacia principios del año 2005 había dejado de funcionar por el fallecimiento de unos de sus miembros, la falta de capital y la ausencia de participación y motivación suficiente de parte de los integrantes. Para esa época,  sólo quedaba el proyecto de volver a armar la cooperativa en el futuro, sin tener reuniones o movimientos conjuntos en la actualidad.

 

Cooperativa Alicia Moreau de Justo  (“Las Chicas de Lavallol”)

Un caso totalmente diferente a CARPAMET  era la cooperativa Alicia Moreau de Justo de Lavallol. Diferían por su historia, la composición de los integrantes, los motivos que dieron origen a la cooperativa y por las formas operativas que implementaban para llevar adelante la actividad.

Una de las características particulares y distintivas de la cooperativa Alicia Moreau de Justo es que estaba compuesta totalmente por mujeres. Se conocieron porque formaban parte de la cooperadora del colegio al que asistían sus hijos y fue a partir de ese núcleo primitivo que se conformó la organización.

Las unió la crisis económica y social que se desató a partir de diciembre de 2001, pero no tanto porque dicha crisis las afectara personalmente - ya que en su mayoría no pertenecían a hogares con fuertes necesidades económicas o en situación de desempleo - si no por la situación de carencia y empobrecimiento que veían a su alrededor.  Las reunió dicha mirada social sobre la realidad y otro elemento esencial: la necesidad de articularse detrás de un proyecto que les permitiera dejar ser solamente “amas de casa, esposas y madres” para convertirse en mujeres, que además, podían desarrollar un proyecto laboral autónomo.

Nacieron ligadas a la cooperadora de la Escuela, y aunque nunca tuvieron un nexo concreto con la institución, existía  una relación de ayuda mutua ya que el colegio les guardaba los papeles y diarios, y la cooperativa los papeles blancos que pudieran reutilizarse en la fotocopiadora. El proyecto y el grupo original, partió de allí.

Si bien la cooperativa comenzó a funcionar en mayo 2002, hacia mediados de 2003 aún estaba en proceso de matriculación. Empezaron en un local que les cedieron en comodato, trabajando a partir del acopio de residuos que traían los asociados. Pero en enero de 2003 debieron devolver el galpón en donde operaban y tuvieron una pausa importante hasta que, con el apoyo del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos y del Banco Credicoop de la zona, lograron que algunas empresas del lugar donaran diez pesos para sostener el proyecto, con lo cual pudieron empezar nuevamente.

En enero de 2003 comenzaron a operar en el nuevo local, pero ya enroladas con el resto de cooperativas asociadas al Instituto Movilizador. Para esa época, la cooperativa estaba formada por seis mujeres, de la cuales cinco se dedicaban a las tareas dentro de la sede, y una trabaja directamente en el galpón general de Munro (administrado por la red de cooperativas del Instituto Movilizador), con otros miembros de las distintas cooperativas que se desempeñan allí.

La cooperativa Alicia Moreau de Justo se constituyó desde sus inicios como un centro de acopio, compra y venta de residuos. Nunca incluyeron la fase de recolección como parte de las actividades de los miembros de la entidad, y tampoco estuvo dentro de sus objetivos. Desde el comienzo, la meta fue comprar los residuos que traen los recolectores de la zona, abonando según el “precio justo y peso exacto”, que una de las consignas de todas las cooperativas.

El proyecto laboral de la entidad era llegar a producir un excedente que les permita autosostenerse, y para ello, la meta es operar como el resto de las organizaciones: comprar a los recolectores, acopiar, separar y clasificar y vender en mayor escala a través del nuevo mecanismo que ideó el Instituto, que consistía en entregar el total generado por cada cooperativa al galpón general de Munro. Pero, esencialmente, persiguía la esperanza de lograrlo sin frustar los principios fundamentales del cooperativismo.  Es decir, no reproducir las prácticas de los depósitos de mercado, ni los de una empresa puramente comercial, sino articularse alrededor de un proyecto en donde el lazo común sea tanto el trabajo conjunto, como la división igualitaria de los réditos y de los esfuerzos. Se trataba de lograr que la cooperativa pueda brindar un excedente que permita la subsistencia de los miembros y también las de los recolectores que venden allí, pero centralmente, sustentada sobre los principios cooperativos, para formalizar una verdadera empresa social.

Dado que las mujeres de la cooperativa no tenían un pasado atado al cirujeo, debieron aprender todas las particularidades de la labor: el tipo de residuos reutilizables, sus características, los momentos oportunos para comprar y vender y la manera de reconocer las diferencias de algunos materiales – que como el plástico – tienen muchas especificidades que es necesario distinguir correctamente.

Hasta fines del año 2005, la Cooperativa Alicia Moreau de Justo operaba en un local alquilado en donde las mujeres trabajaban ochos horas divididas en turnos de cuatro. Hasta ese momento realizaban una entrega semanal de cartón, papel y plásticos al galpón general de Munro, mientras que vendían el vidrio a un depósito de la zona porque el Instituto no compra dicho material.

A través de esta operatoria los miembros de Alicia Moreau de Justo lograban obtener una suma mensual de $ 200 para cada socia, por cuatro horas de trabajo diarias y una vez deducidos los gastos operativos relativos a luz, gas, alquiler, y el flete semanal que trasladaba la mercadería a Munro. Esta cooperativa tenía dos tipos de gastos, los internos específicos de la entidad y un 30% más que corresponde a los gastos de funcionamiento del galpón general de Munro que se sostenía con un porcentaje que aporta cada una de las cooperativas. Deducidos estos montos, hacia febrero 2005 la cooperativa estaba rindiendo la suma mensual de $ 200 para cada miembro, es decir apróximadamente un 30% de lo estipulaba el INDEC para la canasta básica “familiar”.[10] Esta suma se incrementaba si recibían donaciones de comercios u oficinas de la zona o que pudieran vender mayor cantidad de vidrio en los depósitos del barrio.

En relación al vínculo de la cooperativa con el Municipio local, habían tenido algunas reuniones con las autoridades referidas a la situación de las cooperativas, aunque en ningún momento se vislumbraron proyectos destinados a incorporarlas como parte de la gestión de residuos sólidos urbanos de la zona. De todos modos, tampoco era una meta prioritaria de esta entidad.

Hacia principios del año 2006 la cooperativa había cerrado sus puertas. Es que a pesar del enorme esfuerzo y las esperanzas comunes que los miembros depositaron en el proyecto cooperativo,  los miembros de “Alicia Moreau de Justo” nunca pudieron lograr que la cooperativa dejará el rédito suficiente para mantener la organización y una cantidad de ingresos suficientes para sostener a sus miembros. De allí que hacia enero de 2006 decidieron conjuntamente disolver la cooperativa sin pensar en reabrir el proyecto en el futuro.

 

Cooperativa El Ceibo

Una de las primeras organizaciones matriculadas como cooperativa de recicladores fue El Ceibo. Se trata de una organización que nació hace catorce años a partir de la labor de siete mujeres pertenecientes de casas ocupadas del barrio de Palermo (Ciudad de Buenos Aires), que buscaban soluciones a la problemática de la vivienda y a otros temas comunes vinculados a la procreación responsable. Dado que la mayoría de los miembros de las casas ocupadas se dedicaban al cirujeo, surgió la idea de constituir una cooperativa relacionada con esa actividad. Recién en el año 1999 se constituyeron como cooperativa de recicladores.

En la actualidad la cooperativa El CEIBO se encuentra llevando a cabo un plan de recolección diferenciada en el barrio de Palermo, que nació a partir de un convenio marco firmado con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires hacia fines de 2002, que avala la actividad de los cartoneros en la zona.

Se trata de un emprendimiento que llevan a cabo 104 recolectores de la cooperativa por el cual retiran los residuos reutilizables como papel, cartón, vidrios, plásticos, botellas y todo otro tipo de material inorgánico que pueda ser vendido en el mercado a los vecinos que hayan adherido al programa. Los ingresos de los recolectores provienen de la venta de los residuos recuperados.

Por ahora, el programa, que cuenta con el apoyo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, se aplica en 53 manzanas de Palermo, ubicadas entre las calles Santa Fe, Córdoba, Godoy Cruz y Julián Álvarez, aunque la idea es  extenderlo a todo Palermo. El plan incluye a los vecinos que quieran participar voluntariamente y los recuperadores pactan con el vecino, el día y el horario en que se retiran los residuos. Para proceder a retirarlos, los recolectores pasan por los hogares con su carro de mano y  vestidos con pecheras que los identifican como miembros de la cooperativa.

Para lograr la adhesión de los vecinos, El Ceibo trabaja a través de la concientización vecinal que realizan sus propios hijos en calidad de “promotores ambientales”, es decir, como encargados de conversar sobre la importancia ambiental de la recolección diferenciada y sobre la labor que realizarán los recolectores en la zona. Para ello, se capacitan a través de un programa de la Fundación Octubre (ligada al Sindicato Unico de Edificios de Renta y Horizontal – SUTERH) orientado a la capacitación de los promotores.

La separación comienza en cada una de las viviendas adheridas, y luego los miembros de la cooperativa trasladan los residuos a un centro de acopio ubicado en Retiro, donde se hace la separación final antes de su venta.

Si bien durante varios años el problema central de la cooperativa era no contar con la planta en donde realizar el acopio y separación de los residuos, hacia fines de 2003 accedieron a la posesión de un galpón de 1400 metros cuadrados que les otorgó el Organismo Nacional de Administración de bienes del Estado (ONABE) que se los dio en forma precaria, pero gratuita.

 

Cooperativa Reciclado Sur

Otro de los casos de cooperativas formadas a fines de los ’90, es la Cooperativa Reciclado Sur, de Lanús, Pcia. de Buenos Aires. Se trata de una organización que nació en el año 1995 a partir de un problema surgido entre los carreros[11] y la Intendencia. Concretamente, les prohibieron el cirujeo en la zona porque creaban basurales en el momento de la separación de los residuos dado que no clasificaban en sus viviendas si no en las aceras públicas. El conflicto se resolvió a través de un pacto con la Municipalidad, por el cual todos los carros fueron registrados con un número –una suerte de patente – a través del cual el recolector estaba identificado. Esto les permitió circular libremente por la zona, siempre y cuando cumplan con el pacto de no separar en áreas públicas.

A partir de este primer conflicto entre los carreros y la Municipalidad, surgió la idea de asociarse para mejorar las condiciones de la tarea. Esta fue la génesis de la actual cooperativa Reciclado Sur que está compuesta por alrededor de 80 carreros de la zona, cuya relación se inició a partir del conflicto suscitado y porque eran vecinos del barrio y se conocían entre sí.  Los miembros de la cooperativa trabajan con carro tirado a caballo y limitan su área de recolección a la zona de Lanús, sin pasar a la Ciudad de Buenos Aires.

Dado que el problema central que dió inicio a la formación de la cooperativa fue la carencia de terrenos en donde acopiar y no formar basurales, la búsqueda del espacio en donde volcar los residuos fue el eje movilizador de la organización.

Para ello, la intendencia de Lanús les fue otorgando distintos lugares en donde realizar la separación. Durante los primeros cinco años la cooperativa funcionó en cuatro sitios diferentes, mayoritariamente en fábricas desocupadas que debieron abandonar por reclamo de los dueños o de la Intendencia, ya que se trata de espacios otorgados en préstamo y no de locales propios o alquilados. Actualmente funcionan en un terreno de grandes dimensiones, cedido por el municipio.

Hacia el año 2002 la labor que realizaban los carreros de Reciclado Sur y el lugar que ocupaba el centro de acopio para los recolectores era diferente al del resto de las cooperativas.

Por empezar, los carreros no trabajaban a partir de la recolección de la basura domiciliaria, es decir que no abrían ni extraíen residuos de las bolsas de las aceras, si no que recolectaban los residuos generados por los “clientes” conectados en el barrio o los residuos conseguidos por limpiar algún terreno, negocio u otro local del estilo.

De acuerdo con ello, algunos carreros se mantenían a partir de los residuos reservados por algún “cliente” que les guardaba la basura, y en su gran mayoría por los desechos conseguidos por limpiar algún local o negocio. La mayor parte de los recolectores de Reciclado Sur se mantenía a partir de la realización de “changas” vinculadas a la limpieza de escombros o ramas, por las cuales recibían una pequeña paga y la posibilidad de retirar la basura existente en el lugar.  De este modo, ¿de qué le servía al carrero la cooperativa, hasta ese momento?

Básicamente, era el sitio en donde podían descargar la totalidad de los residuos (los reutilizables y los no reutilizables), y separar aquellos que puedan ser vendidos, sin generar basurales en la vía pública.

Los carreros descargaban todos los residuos en los terrenos de la cooperativa y vendían aquellos que les aceptan en los depósitos. Si bien cada cual vendía en forma particular, los desechos no utilizados quedaban para uso común de los miembros. De este modo se acopiaba todo, y aquellos sobrantes no vendidos podían ser utilizados por otro socio al que le surgiera una demanda particular de ese material.

Hasta el año 2002, este era el servicio principal que le brinda la cooperativa al socio, lo cual no implicaba que no tuvieran otras metas reservadas para un momento aún lejano. Dichos objetivos eran similares al del resto de las cooperativas: mejorar la fase de recolección, constituirse en centro de acopio, manejarse en forma directa con las empresas compradoras e incluirse dentro del sistema de Gestión de Residuos Sólidos Urbanos de sus localidades, regularizando la actividad.

Respecto a la fase de recolección, hacia el año 2002 el Consejo Deliberante de Lanús tenía pendiente la aprobación de una ley por la cual delegaría a los miembros de Reciclado Sur la recolección de los residuos inorgánicos del partido.

Hacia el año 2002 los problemas principales de la cooperativa se relacionaban con la ausencia de financiamiento para seguir avanzando en aspectos como la construcción de los cubículos necesarios para separar y clasificar los residuos, la compra de maquinarias o el techado del lugar. Por otro lado, también necesitaban fondos para iniciar el acopio inicial que les permitiría operar con las empresas. Respecto de este asunto, estaban a la espera de un crédito del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos que les permitiría avanzar sobre esta fase.

Más allá de estos aspectos ligados a las facetas financieras, hacia el año 2002 otro  punto central pendiente por resolver, era la necesidad de reforzar la conciencia cooperativa y el sentido de solidaridad y responsabilidad mutua que debía reinar entre los miembros para llevar a cabo un emprendimiento de este tipo. En este sentido, si bien la cooperativa tenía 80 miembros, no todos habían asumido el mismo nivel de compromiso con la organización y seguían operando según sus pautas tradicionales de trabajo individual. Este problema fue señalado como uno de miembros del Consejo de Administración como especialmente problemático.

Hacia fines del 2005, cuando se tomó la última entrevista, varios de estos problemas seguían pendientes y otros habían mejorado significativamente.

En cuanto a las formas operativas, la organización no había cambiando sustancialmente su forma de trabajar, es decir, no se sostenían a partir de la recolección de los residuos depositados en la vereda si no a partir de los clientes que encontrara cada miembro.

Otro de los avances significativos fue la adquisición de diversas maquinarias que les permiten mejorar el material acopiado o transportar con mayor celeridad los residuos. Entre otras, adquirieron una prensa para condensar y reducir el papel y el cartón que les entregan, una máquina de picar escombros que les permite vender este material reelaborado, y otra serie de máquinas como palas o camiones grandes, que si bien no son de su propiedad, son prestados por el municipio cada vez que la cooperativa lo necesita.

En relación al vínculo con el Municipio, sigue pendiente de aprobación el proyecto de ley por el cual se les atribuiría una zona de recolección dentro del partido de Lanús. Si bien se trata de un proyecto que lleva años en carpeta sin concretarse, los miembros no tienen una visión absolutamente negativa del poder municipal, en tanto, como dije, es la comuna la que les ha cedido el terreno para poder trabajar y la que presta las maquinarias que necesitan. De esta manera, si bien el apoyo municipal no es total, tampoco es totalmente inexistente.

Con dichas máquinas, y esencialmente a partir del esfuerzo de muchos de los cooperativistas, el galpón en donde operan ha logrado mejoras significativas en sus aspectos edilicios. Lograron techarlo, construyeron los cubículos para realizar la separación de los residuos y lograron mejoras tales como los baños y el comedor para los miembros.

La cooperativa no recibió apoyo financiero por parte de ninguna institución, aunque sí aportes desde la municipalidad en lo referido a la cesión de un terreno para acopiar y el préstamo de algunas maquinarias.

Sin embargo, los logros y avances que ha tenido la organización, son atribuidos por uno de los miembros esencialmente a la forma operativa implementada. Concretamente, no se focalizaron esencialmente en la recolección de residuos, sino que abrieron la actividad hacia otros rubros tales como la limpieza de locales y fábricas (a cambio de los residuos), la limpieza de parques, la realización de trabajos de pintura, la venta de escombro picado para la realización de la base de los pisos o cualquier otra actividad que surja y que la cooperativa pueda emprender. No se centraron solamente en los residuos domiciliarios, si no en los industriales, tal como el rezago de cuero que les entrega una fábrica y que ellos venden a los artesanos que trabajan con ese material.

Una de las formas operativas que rescatan como particularmente beneficiosa para llegar a estos logros, es haber operado mediante el método de intercambios de servicios, es decir, no cobrar por algunas tareas de limpieza pero quedar en buenos términos con las fábricas o las empresas, que en retribución, les entregan sus desechos útiles.

En la actualidad la cooperativa está vendiendo a algunas empresas o a intermediarios de mayor envergadura. Los residuos domésticos o industriales que recolecta cada miembro se entregan en la cooperativa, en donde se pesa y se abona el precio pertinente.

Todos los miembros de la entidad son socios de la cooperativa, aunque las ganancias se reparten según el material entregado y según el compromiso y horas de trabajo que cada miembro entregue a la organización. De este modo, el socio no recibe un excedente proporcional a la cantidad de residuos que entregó, si no el precio que corresponde según peso. De acuerdo a este mecanismo, hacia mediados de 2006 obtenían ingresos que oscilaban entre los $25 y los $150 diarios, en función de lo que hubieran podido recolectar a partir del “cliente” que individualmente conectaron. ¿Cuáles son los beneficios de la cooperativa entonces? Esencialmente, en que tienen acceso a otros servicios que no brinda un depósito común, es decir, la posibilidad de curar sus caballos si se enferman o se lastiman, préstamos de dinero rápido ante una emergencia y remedios en caso de ver afectada su propia salud. Por lo demás, más allá de que son socios de la cooperativa, el pago que se realiza en función del compromiso y las horas trabajadas y del peso del material que entregan a la organización.

 

El Instituto Movilizador y las cooperativas

Como se pudo observar a lo largo de estas páginas, el Instituto Movilizador jugó un rol importante en la consolidación de las cooperativas de recuperadores. Si bien hubo otras organizaciones que les dieron algún apoyo, lo cierto es que el Instituto Movilizador fue el de mayor importancia dada la cantidad de organizaciones que se adhirieron al proyecto.

El Instituto brindó su experiencia en cooperativismo tanto para fortalecer las entidades, como para encontrar los mecanismos a través de los cuales pudieran mejorar su situación económica y diseñar un proyecto dirigido al autosostenimiento y la apertura de fuentes laborales.

Dada la especificidad de este tipo de cooperativas - un rubro absolutamente nuevo sobre el que no existían experiencias previas - tuvieron que idear modalidades operativas también novedosas y que se ajustaran a las particularidades de la actividad y a las características de los grupos que – a pesar de su fuerte heterogeneidad – comparten la situación de no poseer capacidad de ahorro para comenzar una tarea comercial.

Inicialmente se creó un sistema de créditos blandos orientados al alquiler de los galpones para acopio que llamaron “giro comercial”, es decir un sistema de préstamo con una rotación de no más de 48 horas a través del cual: el instituto depositaba el dinero, la cooperativa compraba a los recolectores, vendía a los intermediarios y devolvía el monto original, ahorrando la rentabilidad obtenida por la venta del día, y volviendo a cobrar nuevamente el “giro” para realizar una nueva compra.

Posteriormente se ideó una nueva estrategia para mejorar la rentabilidad de las cooperativas. En el mes de octubre de 2003 se abrió un galpón general en la zona de Munro en donde comenzó a concentrarse el acopio general de todas las entidades. Dicho plan tenía varios objetivos: compensar el problema de falta de espacio que tienen todas las cooperativas, alcanzar un volumen de residuos mucho mayor y negociar la venta en forma conjunta con las empresas finales compradoras de material de postdesecho, alcanzado obviamente, mayor rentabilidad.

Hacia el inicio del año 2005 el galpón de Munro compraba papel, cartón y plásticos a todas las cooperativas asociadas al proyecto. Se trataba de un proyecto innovador cuya eficiencia variaba según la mirada del propio Instituto y de las cooperativas asociadas.

Para muchas entidades, los frutos que ha tenido este plan fueron más escasos, ya que los precios que el Instituto pagaba a las cooperativas eran muy bajos. Por esta razón varias cooperativas se  separaron del proyecto porque encontraron que operar individualmente otorgaba mayor rentabilidad que la venta conjunta. En la mirada del Instituto, el aumento de los precios sólo será posible con el incremento tecnológico ya que, cuánto mayor es la mejora producida sobre cada material, más alto es el precio que pagan las empresas y mayor el excedente a repartir entre las cooperativas.

Analizando los testimonios y las distintas posiciones de los entrevistados, es posible sintetizar algunos de los problemas que rodeaban a fines de 2005 la marcha de este plan, las que describo siguiendo mi perspectiva y no necesariamente la opinión general.

Por un lado, la obligación explícita o implícita de las cooperativas de vender únicamente al Instituto frenaba la autonomía de cada entidad para buscar clientes propios y mejorar la rentabilidad individual. Por otro, el proyecto general sólo se sostenía en la medida en que hubiera una mayor cantidad de material acumulado y pudiera venderse en escala, y de este modo, cada cooperativa que se separaba del proyecto bajaba la rentabilidad general.

Por otro lado, ninguna de las cooperativas hubiera podido comenzar la actividad de compraventa de no haber mediado el crédito del Instituto Movilizador, pero en algunos casos las entidades no lograban la rentabilidad necesaria para devolver los fondos, y en ocasiones, tampoco estaban al tanto de los montos e impuestos que devenían de este tipo de obligaciones comerciales. La falta de comunicación adecuada en torno a los gravámenes que deben abonarse por la actividad, los costos del transporte y la carencia de conocimiento sobre las particularidades de este negocio específico de compraventa de residuos por parte del Instituto y de las cooperativas, llevaron al eclipse del proyecto. Hacia principios de 2005 la mayoría de las cooperativas que estaban asociadas se habían retirado de la red general que integraba el plan.

Se trata de un conjunto de problemas que se expresan en lo económico, pero que también reflejan lo arduo y difícil que es sostener un proyecto cooperativo: desaveniencias, enfrentamientos, ausencia de lazos fuertes son parte de los problemas que aquejan a este grupo de cooperativas, que reflejan un sector del cooperativismo de la década del ’90.

 

Concluyendo:

Como se pudo ver en estas páginas, hacia fines de la década de 1990 se formalizaron una gran cantidad de cooperativas de recuperadores de residuos con la meta de comprar, acopiar, clasificar y vender los residuos inorgánicos reutilizables a las empresas compradoras de ese material, en forma directa y sin intermediarios. El objetivo esencial era obviar la actuación de los depósitos intermedios, que no sólo tienden a bajar el peso y el precio de los residuos que venden los cartoneros, si no que obstaculizan la mejora de la rentabilidad individual.

Dentro de las causas que motivaron la expansión de este tipo de cooperativas existen centralmente tres: el aumento de la desocupación que vivió buena parte de la población durante dicha década, la necesidad de generar proyectos laborales alternativos, las falencias de las leyes que rigen la gestión pública en todo el Área Metropolitana de Buenos Aires, que limitan la capacidad de recuperar los desechos reutilizables dejando la brecha para que la tarea la efectúen otros actores sociales, y el cambio en la paridad cambiaria producida a principios del 2002, que al encarecer el costo de los insumos importados provocó que las empresas comenzaran adquirir mayor cantidad de material reciclable proveniente del desecho domiciliario y comercial.

Actualmente las cooperativas de recuperadores presentan un perfil de composición heterogéneo, ya que algunas agrupan a ex carreros o ex cirujas que se organizaron para mejorar la calidad de la actividad y otras se formaron por sectores de clase media empobrecida – los habitualmente conocidos como “nuevos pobres”– que encontraron en el cooperativismo un proyecto con el cual paliar la desocupación.

Pero más allá de las diferentes extracciones socioeconómicas de las que provenían, a todos los unía la necesidad de generar proyectos que sustituyeran el empleo perdido o mejorar la rentabilidad en el caso de los cartoneros tradicionales que venden al por menor.

Cuando las cooperativas comenzaron sus actividades buscaban poner en marcha proyectos que mejoraran la calidad de vida a través de emprendimientos productivos que ofrecieran alternativas laborales, pero también aspiraban a lograrlo bajo los principios igualitarios y democráticos que marca el rumbo cooperativo.

Pasados siete años de la generación de las primeras organizaciones es posible evaluar que no todas estas metas pudieron ser cumplidas, ni siquiera en aquellas cooperativas  que siguen funcionando con resultados exitosos.

Entre las razones que llevaron al eclipse de estos ideales, pueden nombrarse la falta de fondos, la ausencia de asesoramiento adecuado por parte de diferentes instituciones intermedias que podrían haber acompañado el desarrollo de los emprendimientos pero se abstuvieron de participar (entre ellas, varios municipios de los partidos del Conurbano), la situación de partida de muchos cooperativistas que por su extracción social y educativa no estaban en condiciones de llevar adelante un negocio comercial que supone conocimientos contables y comerciales específicos como el manejo de cheques, cuentas bancarias, balances e impuestos, y la falta de profesionales pertenecientes a organismos sin fines de lucro que apuntalaran  a los cooperativistas en estas tareas. Respecto de este asunto, es necesario remarcar la ausencia casi absoluta de instituciones intermedias – entre ellas las universidades-  que sirvieran de enlace entre las necesidades de estos grupos y las demandas de la actividad comercial y burocrática.

En la misma línea, es preciso decir que en aquellos casos en que existió respaldo municipal hacia las cooperativas, los resultados fueron mejores que en aquellos en donde reinó la indiferencia. De este modo, si bien los acercamientos de los municipios locales fueron parciales y en ocasiones de tipo “clientelístico”, coadyuvaron a reforzar los emprendimientos cooperativos.

El desacuerdo permanente entre los miembros y la incapacidad de superar los conflictos internos mediante estrategias que permitieran dirimir la disconformidad sin llegar a la disolución del grupo constituyeron otra de las dificultades permanentes y en la mayoría de los casos insuperables.

Por otro lado, en el caso de las cooperativas que aún siguen funcionando,  ninguna ha podido cumplir estrictamente con las bases que idealmente marca el rumbo cooperativo, es decir, ninguna funciona bajo el paraguas de la distribución proporcional de los excedentes, ni tampoco bajo el principio de administración conjunta y democrática y con plena participación de los miembros en la toma de decisiones. Al interior de cada cooperativa, los miembros del consejo de administración son los que deciden por el conjunto y fijan el rumbo operativo de la entidad, y al mismo tiempo, cada una de las cooperativas que hasta hoy siguen abiertas fue encontrando el punto exacto de lo que entiende por “proporcionalidad” en función de lo que la experiencia diaria en la gestión cooperativa les fue señalando como alternativa posible.

De acuerdo con esta breve evaluación sobre el desarrollo de este grupo de cooperativas en estos siete años, vale preguntarse ¿los escasos frutos alcanzados por las entidades invalidan la propuesta cooperativa per se o habrá que plantearse qué herramientas fortalecer para hacerlas viables?

Sin tener una respuesta definitiva, opto por la segunda opción, dado que resulta imposible que los proyectos autogestivos y cooperativos provenientes de personas sin recursos económicos y/o educativos logren fortalecerse y crecer sin contar con apoyo de otros organismos de mayor envergadura que sostengan a los cooperativistas en aquellas necesidades que no pueden autosatisfacer. Esencialmente los préstamos para capital y compra de maquinarias, los terrenos para desarrollar las tareas, la capacitación en aspectos contables y financieros, y esencialmente, el entrenamiento referido a la resolución de los conflictos internos mediante estrategias que permitan la supervivencia y fortalecimiento de los grupos, sin llegar a la disolución de los mismos.

 


Bibliografía citada:

COOPERATIVAS, Ley 20.337/73 - ASOCIACIONES MUTUALES, Ley N° 20321-FUNDACIONES, Ley 19836/72, Buenos Aires, ediciones Bregna, agosto 2002.

FAJN, Juan Gabriel; “Exclusión Social y Autogestión. Cooperativas de Recicladores de Residuos” en Revista Idelcoop N° 139 (2002), pp. 164-191

IDELCOOP. 1998. “Qué...Quién...Cuándo... en el cooperativismo?, Buenos Aires, Idelcoop-Instituto de la Cooperación.

Ley N° 992, publicada en el Boletín Oficial N° 1619, 29/1/2003

Pliego de Bases y Condiciones de la Licitación Pública Nacioanl e Internacional N° 14/97, aprobado por Ordenanza N° 51.453

 

Bibliografía consultada:

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NETICOOP. “Cooperativismo y Tercer Sector. El Tercer Sector continúa ganando espacio” en NETICOOP, Prensa Cooperativa, Uruguay, Confederación Uruguaya de Entidades Cooperativas (CUDECOOP), 2002

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· Una versión de este trabajo fue publicada en Actas de las XX Jornadas de Historia Económica, desarrolladas en la Universidad Nacional de Mar del Plata en octubre de 2006 (ISBN: 10-987-544-201-1).

§ Es Socióloga y Magíster en Gestión Ambiental del Desarrollo Urbano. Docente e Investigadora de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), Argentina. Sus líneas de investigación desarrolladas han sido “Higienismo y Ciudad” (1993-1997) y “Medio Ambiente y Ciudad” (1997 y 2000). Desde el año 2002 se dedica al estudio de la recolección informal de residuos (en Argentina, denominado “cirujeo”) y al surgimiento de cooperativas de recuperadores de residuos. Contacto: paivav@yahoo.com.ar

[1] Visto en Fajn, Juan Gabriel; “Exclusión Social y Augestión. Cooperativas de Recicladores de Residuos”, pág.166.

[2] Durante los años ’80 existió una cooperativa formada por los habitantes del Albergue Warnes de la Ciudad de Buenos Aires pero sobre la que no existen registros y hubo casos de cooperativas de recicladores formadas en algunas provincias de la Argentina.

[3] IDELCOOP. 1998. “Qué...Quién...Cuándo... en el cooperativismo?, pág 43

[4] Ibídem, pág. 37

[5] Ley 20.337, publicada en el Boletín Oficial  15/5/ 1973

[6] Pliego de Bases y Condiciones de la licitación pública nacional e internacional N°14/97, aprobado por la Ordenanza N°51.453/97                                                                                                                                                                                                                                              

[7]  1. Si bien las nuevas disposiciones de la Ley N° 992 amplió la gama de actores que pueden recuperar residuos dentro del radio de la Capital, hasta el momento dichas medidas sólo alcanzan a validar los canales informales de recuperación prexistentes, es decir el cirujeo precario e informalizado. Ley 992 publicada en el Boletín Oficial N° 1619, el 29/1/2003.

[8]   Personas de baja calificación educativa y laboral (construcción, albañiles, pintores, cirujas o sostenidos por “changas”) y habitantes de Villas de Emergencia o Barrios Marginales.

[9] Llamo “cirujas tradicionales” a aquellos que han realizado la tarea durante toda la vida.

[10]  Para Febrero de 2005 el INDEC estipulaba la suma de $ 720 para calcular la Canasta Básica Total (CBT) que incluye canasta alimentaria y servicios como vestimenta, transporte, educación, salud, etc, necesarios para la vida de una “familia” durante un mes. [www.indec.gov.ar]

[11] Se llama “carrero” al recolector que realiza la tarea con carro tirado a caballo. Su presencia es más frecuente en los partidos del Area Metropolitana y no tanto en la Ciudad de Buenos Aires.


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