Revista: Observatorio Iberoamericano de la Economía y la Sociedad del Japón
ISSN: 1988-5229


EL CONFLICTO CHINA-JAPÓN

Autores e infomación del artículo

Xulio Ríos

Director del Observatorio de la Política China

xulio.rios@hotmail.com

Resumen: En efecto, estamos relativamente habituados a las quejas chinas en relación a las visitas de mandatarios japoneses al santuario Yasukuni donde se veneran, entre otros, a jefes militares considerados por Beijing criminales de guerra. Tampoco nos resultan extrañas las críticas a las relecturas históricas que proponen algunos manuales escolares en Japón a propósito de sus responsabilidades en las contiendas bélicas con los países vecinos, donde no se olvida el sufrimiento causado. O las exigencias de limpieza de los restos de armas químicas que aun pueden encontrarse en algunas zonas de las provincias del norte de China y que con frecuencia provocan lamentables accidentes. O las demandas a propósito de las esclavas sexuales que aun esperan recibir de Tokio una reparación e indemnización adecuad

Palabras claves: Japón, China, Santuario, Yasukuni, Conflicto, Militar



Para citar este artículo puede uitlizar el siguiente formato:

Xulio Ríos (2016): “El conflicto China-Japón”, Revista Observatorio Iberoamericano de la Economía y la Sociedad del Japón (enero 2016). En línea: http://eumed.net/rev/japon/25/china-japon.html


En las últimas décadas, y especialmente tras el establecimiento de vínculos diplomáticos (1972) y el inicio de la política de reforma y apertura en China (1978), las relaciones entre China y Japón han estado marcadas por una ascendente ambivalencia, con numerosos altos y bajos. De una parte, las heridas mal cerradas de las guerras de finales del siglo XIX y XX dejaban su impronta en el siempre complejo entendimento bilateral, lastrando las posibilidades de alcanzar una plena normalización.

De otra, la intensificación de los intercambios económicos y comerciales, con un dinamismo a prueba de desacuerdos, parecía apuntar en otra dirección, más constructiva y potencialmente diluyente de aquellas reservas y capaz de domesticar cualquier crispación. Ambos caminos confluían en una Asia en auge pero aun incapaz de traducir en lo político a nivel global el apogeo logrado en el orden económico. Solo el entendimiento y la cooperación estratégica entre ambos países, basada en el respeto mutuo y la cooperación, podría operar dicha transformación, dificultada igualmente por el interés contradictorio de países terceros y las dificultades niponas para asiatizar su
política.

En efecto, estamos relativamente habituados a las quejas chinas en relación a las visitas de mandatarios japoneses al santuario Yasukuni donde se veneran, entre otros, a jefes militares considerados por Beijing criminales de guerra. Tampoco nos resultan extrañas las críticas a las relecturas históricas que proponen algunos manuales escolares en Japón a propósito de sus responsabilidades en las contiendas bélicas con los países vecinos, donde no se olvida el sufrimiento causado. O las exigencias de limpieza de los restos de armas químicas que aun pueden encontrarse en algunas zonas de las provincias del norte de China y que con frecuencia provocan lamentables accidentes. O las demandas a propósito de las esclavas sexuales que aun esperan recibir de Tokio una reparación e indemnización adecuada…

 El catálogo no es baladí y forma parte de un bagaje políticosentimental que enturbia la comprensión sino-japonesa. La sociedad china conserva, en una dimensión importante, amplios recelos hacia el país vecino, aflorando con virulencia a la mínima oportunidad. Hasta ahora, por lo general, las autoridades de ambos países han procurado mitigar las pasiones en aras de no perjudicar la intensidad de los vínculos comerciales.

Las relaciones económicas entre ambos países han alcanzado un nivel caracterizado por su solidez y dinamismo. China, Japón –ambas segunda y tercera economía del mundo respectivamente - y Corea del Sur han perseverado en su empeño, incluso en estos momentos de gran controversia, por impulsar las negociaciones para la creación de una zona de libre comercio entre los tres países, cuya primera ronda de encuentros, tras varias sesiones preparatorias, se realizó en enero de 2013. No parece resentirse, al menos por el momento, la voluntad política general para impulsar vínculos comerciales y económicos más estrechos, aunque es decididamente pronto para aventurar diagnósticos. Todo pudiera complicarse de persistir las tendencias negativas en las relaciones bilaterales.

China es el mayor socio comercial de Japón. En 2011 fue su mayor mercado de exportaciones, mientras Japón es el cuarto mercado de las exportaciones de China y el segundo inversor em este país. El comercio bilateral en 2011 aumentó en un 14,3 por ciento. El intercambio comercial se eleva a unos 264.000 millones de euros. Hasta 23.000 empresas japonesas están implantadas en China proporcionando empleo a más de 10 millones de personas. Tan elevada dimensión de las relaciones económicas aconsejaría moderación en el tratamiento de aquellas diferencias tradicionales, procurando en cualquier caso su mitigación y no su agravamiento, estableciendo mecanismos –como los ya creados para abordar las interpretaciones históricas
conflictivas- que faciliten la progresiva superación de los factores de desencuentro. Pero las sombras de una extensión de las diferencias histórico-culturales y de otro signo al ámbito económico parecen agrandarse a cada paso, favorecidas por el repunte de los ideários nacionalistas a ambos lados y la intensificación de la rivalidad.

A primera vista, las consecuencias económicas del incremento de la tensión pueden tener secuelas mucho más serias para Japón que para China. Japón tiene una presencia económica mucho más importante en el mercado doméstico chino que a la inversa. Por ello, Tokio podría ser más vulnerable a una interrupción del comercio o a un boicot instrumentado desde Beijing.

No obstante, China también acabaría perdiendo –la mayoría de esos bienes son producidos por compañías radicadas en su territorio con trabajadores y materias primas locales- por lo que los efectos secundarios también se cobrarían su tributo sobre los intereses chinos. En tanto que economía madura, el crecimiento de Japón depende menos de los recursos que el de China. Pero su vulnerabilidad no es menor, si consideramos factores especiales como la
posición cuasi-monopolística de China en la producción de tierras raras, las cuales son vitales para las más sofisticadas líneas de producción de Japón.

Conviene tener presente que este es el mercado principal de venta de la producción japonesa y en condiciones de conflicto no solo es difícil desarrollar de forma normal las relaciones económicas sino que aumentan con claridad las posibilidades de retroceso. Es verdad que China difícilmente renunciará a los automóviles japoneses. Sin embargo, las empresas japonesas hacen ya balance de las pérdidas sufridas como consecuencia de los pogromos desatados y la paralización de la producción.

Blanco predilecto de las manifestaciones llevadas a cabo en el último trimestre de 2012 fueron una serie de empresas niponas que trabajan en territorio chino. Algunas como Panasonic o Canon se vieron obligadas a suspender temporalmente las labores después de los ataques a sus fábricas.

Aumento de las disputas territoriales

Aquel escenario “común” definido por una agenda de inventariadas diferencias, tan conocidas como por lo general gestionables, se vio alterado recientemente por el aumento de las disputas territoriales. El inicio de la escalada se produjo en septiembre tras el anuncio del político derechista nipón Shintaro Ishihara de la intención de “comprar” tres de las islas Senkaku (que China denomina Diaoyu) a sus supuestos propietarios privados. El gobierno japonés, inmerso en una enésima crisis política que le abocaba sin remedio a la anticipación de las elecciones, se vio en la obligación de emularle para evitar que las islas fueran a parar a manos del gobierno metropolitano y para afirmarse en una estrategia preelectoral que no podía rehuir la tentación nacionalista, en boga en las demás fuerzas.

La operación fue denunciada por China como un intento de “nacionalizar” las islas y una acción unilateral inadmisible, producto esencialmente del inapelable deseo de alentar una crisis para distracción interna a la vista de las dificultades domésticas de Japón y su incapacidad para superar la creciente inestabilidad política del país. Inmersos en dicha espiral, las protestas de Beijing no lograron impedir que un miembro del gabinete japonés se personara en las propias islas en disputa, un hecho sin precedentes, enervando con ello a amplios segmentos de la sociedad china y motivando manifestaciones contra dicho país en varias ciudades, algunas violentas, y un boicot contra los productos nipones.

Los factores de tensión abarcaron otras áreas sensibles que afectan a los propios problemas territoriales internos de China. La autorización para la celebración en Japón del Congreso Mundial Uigur, que reúne a los defensores de la independencia del Turquestán oriental a quienes China califica de terroristas, motivó las airadas quejas de Beijing. Como también la concesión de visado al Dalai Lama, aunque fuera para desarrollar actividades de signo predominantemente religioso.

Otro tanto podríamos decir del nuevo rumbo de las relaciones nipo-taiwanesas. China llamó al orden a Tokio tras conocerse que los taiwaneses residentes en Japón podrían registrarse como tales, operando por la vía de facto el reconocimiento de una identidad particular asociada a la soberanía de la isla rebelde que China rechaza. El turismo entre Japón y Taiwán alcanzó un récord en 2012, favorecido por el establecimiento de vuelos directos entre Tokio y Taipéi (2010). A pesar de que en Taiwán también existe un alto nivel de contestación frente a Japón por las islas Diaoyu, reclamadas como parte inherente de la República de China, más de millón y medio de taiwaneses visitaron Japón en 2012 y 1,31 millones de japoneses visitaron Taiwán. Las autoridades de Taipéi y Tokio negocian un acuerdo pesquero que incluye la explotación de los recursos de dichas aguas.

China, con el horizonte del XVIII Congreso del PCCh en la agenda y las secuelas del caso Bo Xilai con rumores añadidos de división interna en la cúpula, amenazó com represalias económicas, ejercicios conjuntos de combate de su Armada, fuerza aérea y misiles estratégicos, suspendiendo su asistencia a las reuniones anuales del FMI y del BM organizadas por Tokio en octubre de 2012.

En paralelo, dispuso medidas para demarcar formalmente sus aguas territoriales enviando barcos de patrulla a las zonas en disputa en un contexto de incremento de la presión ciudadana contra Japón y exigiendo
de las autoridades una lección proporcional a la ofensa, incluyendo el recurso a la fuerza. En dichas manifestaciones, las mayores desde 2005, podía advertirse la presencia de numerosos retratos de Mao, interpretada por algunos como expresión de simpatía con aquellos neomaoístas que defendían la honestidad de Bo Xilai frente a las acusaciones de corrupción, nepotismo y abuso de poder. La tensión con Japón ofrecía aquí también una oportunidad para desviar la atención sobre los entresijos internos de una de las transiciones más delicadas de los últimos tiempos.

La reacción de Japón tras la contundente victoria del Partido Liberal Democrático (PLD) en las elecciones de diciembre de 2012 ha estado marcada por un endurecimento de su posición. El nuevo gobierno de Shinzo Abe conminó a las fuerzas de autodefensa a efectuar disparos de advertencia si detectaban la presencia de aviones de vigilância chinos sobre las Islas Dioyu. Tokio no dudó en enviar a la zona hasta ocho aviones de combate F-15 ante la presencia de un avión chino sobrevolando las islas Diaoyu, calificando esta acción china como la primera intrusión en su espacio aéreo desde 1958.

El conflicto sirve de justificación además para que Japón anuncie un aumento del presupuesto militar para 2013, por primera vez en más de una década. El incremento podría ascender a 1.150 millones de dólares. El PLD anunció en su campaña electoral la intención de ampliar los efectivos de las fuerzas de autodefensa y mejorar sus dotaciones. El presupuesto militar de Japón rondó en 2012 los 40.000 millones de dólares.

Beijing, por su parte, está reforzando las patrullas marítimas en la zona con el propósito de desafiar el control de facto que lleva a cabo Japón. Lo hace en el marco de un proceso de modernización de sus fuerzas armadas que ha vivido recentemente episodios simbólicos de relativo impacto como la botadura de su primer portaaviones, el Liaoning, o la presentación de su avión invisible. Dichos progresos tienen el objetivo de convertir la marina china en 2020 en la segunda más importante de la zona, tras EEUU.

Si el 90% de la construcción naval del mundo se concentra en Asia, el 85% lo hace en Asia oriental, con China, Japón y Corea del Sur como referentes principales. Dicho apogeo le ha permitido experimentar saltos cualitativos en materia de submarinos, aeronaves, etc., incluyendo el diseño y construcción de un portaviones de doble casco que pronto podría entrar en funcionamiento potenciando su capacidad de despliegue oceánico.

Para desempeñar un papel relevante en la construcción naval, un Estado debe disponer de varios activos: una siderurgia local capaz de fabricar chapas consistentes y medios de propulsión, arsenales, savoir-faire, mano de obra barata y una clase política con una visión económica y una estrategia de largo alcance. A día de hoy, solo China responde cabalmente a dichos criterios frente a sus otros dos competidores.

La posición tradicional de China, formulada en su día por Deng Xiaoping, ha consistido en aplazar la disputa por la soberanía y colaborar en la explotación conjunta de los recursos. Para Beijing, el contencioso es inseparable de las humillaciones históricas padecidas por el país y fruto de su debilidad, lo que inflama el nacionalismo chino con mucha facilidad. No obstante, la apuesta por una explotación conjunta podría facilitar el aplazamiento sine die de la controversia más delicada, la relativa a la pertenencia, reduciendo su importancia a medida que pueda lograrse un equilibrio satisfactorio en la
explotación de los recursos, hoy dificultada por la persistencia del conflicto.

¿Diaoyu o Senkaku?

En este contencioso, Taiwán (República de China) y China (República Popular China) mantienen posiciones similares. Para Beijing y Taipéi, tanto desde el punto de vista geológico como histórico, las islas Diaoyu son chinas. Al parecer, la existencia de una fosa marina de varios miles de metros que separa estas islas del archipiélago de Okinawa evidenciaría su vinculación geológica a Taiwán.

Desde el punto de vista histórico, se argumenta que en documentos pertenecientes a la dinastía Ming (1368-1644) estas islas aparecen incluidas en los mapas que indican el ámbito territorial de la nación china y de ellos se deduce que en 1372 las islas habían sido ya descubiertas por sus navegantes que las utilizaban para ayudarse en las travesías.

También que en un libro del reinado de Yong Le (1403-1424) titulado “Un viaje
tranquilo con las velas al viento” también se alude a ellas como chinas. Durante todo ese periodo las islas Diaoyu estuvieron bajo la administración de la provincia primero de Fujian y más tarde de Taiwán. En 1556 se habrían incorporado a la defensa marítima de China. Durante más de cien años fueron frecuentadas por los aborígenes de Taiwán y otros tanto para pescar como, sobre todo, para recoger varias especies de hierbas utilizadas en la medicina tradicional china.

Beijing, por otra parte, afirma poseer documentación fidedigna (mapas publicados en Japón en 1783 y 1785) que acreditan sin lugar a dudas que las islas formaban parte territorialmente de China y ello explicaría el por qué Japón nunca cuestionó esta soberanía hasta la guerra de 1894-95. Este conflicto y su penoso resultado para China dieron un vuelco a la situación. En el Tratado de Shimonoseki (también conocido como Ma Guan) China cedía a Japón el dominio sobre Taiwán y las islas de los alrededores que administraba, entre otras las Diaoyu. Esto sirve a la posición china para argumentar que el destino de las islas Diaoyu debe ir parejo a la devolución de Taiwán, cosa que niega Japón.

En la Conferencia de El Cairo (1943), con la participación de EEUU, Inglaterra y la China de Chiang Kai-shek, se adoptó la decisión de restituir a China todos los territorios que le fueron usurpados en el pasado por Japón, incluidas las islãs del Pacífico. Más tarde, en el Tratado de Paz de San Francisco (1951) firmado entre Japón y los Aliados, las islas Diaoyu se asignaron a Japón, si bien temporalmente y con
otros territorios la administración sería ejercida por Washington. Los gobiernos chinos, tanto de Taipéi como de Beijing, nunca reconocieron oficialmente este tratado. Japón fundamenta sus derechos a la propiedad de estas islas en el orden estrictamente legal derivado del ejercicio de la ocupación de una “tierra de nadie”. También en el control ejercido en la zona por la Armada japonesa desde hace más de 100 años. La posición nipona señala que la dinastía Qing (1664-1911) nunca llegó a administrar efectivamente este territorio. Por otra parte, después de 1885 se reconoció abiertamente que las islas objeto de disputa eran totalmente inhabitables dado su carácter volcánico.

Diez años más tarde, el gobierno japonés las situó bajo la dependencia administrativa del distrito de Okinawa. En el Tratado de Shimonoseki, China no pudo ceder estas islãs pues no eran suyas (al contrario que Taiwán o las islas Penghu). En consecuencia, en el Tratado de San Francisco no se incluyen estas islas como parte del territorio que Japón debe devolver a China, quedando temporalmente bajo la autoridad de la administración estadounidense.

No cabe pues vincular la problemática de Taiwán y la de las islas Diaoyu, afirman las autoridades japonesas. Pero resulta innegable que cuando Tokio se decide a ocupar estas islas sus relaciones con China son altamente conflictivas (abiertamente bélicas) y además administrativamente las sitúa en dependencia no de Okinawa sino de Formosa mientras duró la anexión de la actual República de China. Conviene tener presente que la anexión del archipiélago Ryukyu se produce en 1879, apenas unos años antes. Para Taiwán y China, la permanencia de la ocupación japonesa de las islas Diaoyu es consecuencia de un arreglo entre Tokio y Washington. Cuando el 17 de junio de 1971 se
firma el acuerdo de reversión a Japón de Okinawa, las islas Daito y el archipiélago de Ryukyu, territorios que Estados Unidos venía administrando desde el final de la II Guerra Mundial, las islas Diaoyu se incluyen también en el acuerdo.

En el Tratado de Paz firmado por Taiwán y Japón en 1952 nada se dice acerca de las islas Diaoyu. Como en él se recoge básicamente la abolición de las cláusulas del Tratado de Shimonoseki, aseguran que debe entenderse admitida también, implícitamente, la devolución de estas islas ya que ambos territorios y su liberación están indisolublemente asociados. El gobierno de Beijing asegura que en 1958 el primer ministro Zhou Enlai se pronunció concretamente a favor de la devolución de las islãs Diaoyu.

Durante los años sesenta la presencia estadounidense congeló el problema. En 1968 se desvela la existencia de importantes reservas energéticas en las inmediaciones de las islas y desde entonces se suceden las crisis.

El papel de Washington Pese a insistir en que no tomaría partido en la disputa, EEUU ha dejado claro que las islas se incluyen en el perímetro definido por el tratado de seguridad de 1960 que obliga a Washington a salir en defensa de Japón en caso de ser atacado. Por otra parte, admite que el control de facto de dicho enclave es ejercido por Japón, hecho que algunos interpretan como un reconocimiento de su soberanía efectiva.

La influencia de EEUU se deja sentir igualmente en otras disputas territoriales de China con sus vecinos y que también han ganado intensidad el pasado año, especialmente en el Mar de China meridional. Después que Washington anunciara su política de “giro hacia Asia”, el gobierno filipino se mostró más agresivo en su confrontación con China respecto a la isla Huangyan. Más contemporizadora parece la actitud de Vietnam, si bien no por ello debe deducirse la existencia de conformidad o anuencia con las exigencias chinas.
El giro hacia Asia de EEUU tiene un doble objetivo. De una parte, beneficiarse del rápido crecimiento económico de la región. De otra, contener la influencia de China. La desconfianza entre ambos países condiciona la evolución de su cooperación. La competencia mutua y los conflictos de intereses parecen inevitables, solo moderados por la intensa interrelación de sus economías. Dicha tensión pugna por confluir en la plasmación de un equilibrio aceptable para ambos, a medio camino entre la cooperación y la rivalidad.

Uno de los pilares sustanciales del regreso de EEUU a la región lo constituye Japón. Ya en 1996, tras hacer pública la Declaración Conjunta sobre Cooperación Defensiva, ambos países empezaron a modificar la «Directrices de la cooperación en defensa» formuladas en 1978; en septiembre de 1997, Japón y EE.UU. determinaron formalmente las nuevas orientaciones de su cooperación en este campo; y el 24 de mayo del 2004, el parlamento japonés debatió y aprobó un proyecto de ley sobre la cooperación defensiva entre Japón y EE.UU., hecho que se tradujo en un fortalecimiento de la cooperación bilateral en este terreno. En enero de 2013, Tokio y Washington iniciaron negociaciones para revisar la arquitectura de su cooperación y defensa con el objeto de redefinir para la próxima década el papel de las fuerzas de
autodefensa y del ejército estadounidense.

La convergencia de acciones y estrategias está forjando el caldo de cultivo para uma nueva guerra fría en Asia-Pacifico. Además de fortalecer aun más sus antiguas alianzas militares, los esfuerzos de Washington se han orientado a establecer nuevas alianzas para contrarrestar la influencia de China. En esa línea, ha fortalecido las relaciones con Vietnam en el orden económico, político y especialmente militar; ha mejorado las relaciones con Myanmar y ha comenzado a descongelar las relaciones con Laos. Por otra parte, persevera en su intento de construir una red estratégica en la que desempeñar un papel central. Asimismo, busca fortalecer el despliegue militar en el Sudeste asiático,
contemplando ahí el papel de Japón a través de un mayor desarrollo de sus fuerzas armadas, pero igualmente desplegando buques de combate en Singapur o retomando la base militar en la bahía de Subic, en Filipinas. Tampoco es ajena a esta situación la anunciada base de marines en Australia o el impulso a la cooperación con India.

Cabe señalar que el 60% de la flota de los EE.UU. y no menos de seis portaaviones estadounidenses del Pentágono se posicionarán en Asia-Pacífico en fechas próximas. El nuevo dispositivo anunciado evoca inevitablemente una estrategia de "cerco" cuyo objetivo no puede ser otro que contrarrestar el ascenso de la influencia de China en el entorno de la ASEAN, contrariando su estrategia de configuración del llamado "colar de perlas" para asegurar las líneas de navegación más importantes en relación al suministro de energéticos. Tal desarrollo de los acontecimientos revela una actitud que sin duda contribuirá a alimentar la confrontación estratégica entre China y EEUU en el
sudeste de Asia, involucrando en ella a todos y cada uno de los países afectados por las tensiones marítimo-territoriales con el gigante asiático.

Con todo, conviene tener presente que la fuerza naval estadounidense evoluciona a la baja. Si en los años cincuenta del siglo pasado disponía de un millar de barcos de primera línea, en 2012 no superaban los trescientos. Vistas las restricciones de sus gastos en defensa y las dificultades de la economía estadounidense para remontar la crisis, es difícil que pueda mantener su capacidad de influencia a nivel global, a no ser que logre establecer un marco de colaboración activa con sus aliados. Esta circunstancia abre una oportunidad para que Japón pueda liberarse del lastre de las condiciones
impuestas por la derrota en la II Guerra Mundial, restableciendo cierto equilibrio en los contenidos y capacidades de su Armada e impulsando una estrategia de defensa mucho más ambiciosa y normalizada, una circunstancia que también preocupa en Beijing.

Japón, superado por China en 2009 como segunda potencia económica del mundo, coincide con EEUU en el objetivo de contener a China. El resto de los países de la zona probablemente preferirían no tener que optar por bando alguno, conformándose con un equilibrio estratégico entre las grandes potencias que proporcione un marco de seguridad estable sin perjudicar las oportunidades económicas y comerciales que brinda China, para todos el mayor referente del progreso experimentado en la región en las últimas décadas.

La ambivalencia se reduce El primer ministro nipón, Shinzo Abe, nada más asumir su cargo tras las elecciones anticipadas de diciembre de 2012, acusó a China de convertir deliberadamente a las empresas japonesas en blanco de su ira. Por ejemplo, en noviembre, la exportación de automóviles japoneses a China se redujo un 68,6% y la exportación total a China se redujo un 14,5%, en comparación con el año anterior. Los turistas chinos a Japón también se redujeron en un 44% en noviembre de 2012 en comparación con el año
precedente. El comercio bilateral en 2012 descendió un 3,9% en relación al ejercicio anterior.

La posibilidad de establecer compartimentos estancos parece reducirse a medida que se desbordan las tensiones. China no parece dudar en recurrir a las represalias económicas para responder a Tokio. Para Japón, enfrentado al deterioro de un mercado emergente
tan importante, esto supone mayores dificultades para lograr la revitalización de la debilitada economía del país. Pero Beijing es consciente de que la economía es su mejor arma en esta disputa y el ariete esencial para doblegar el comportamiento nipón y retrotraer las relaciones bilaterales a su estado natural.
En tal contexto de incremento significativo de las tensiones, el reto para ambas partes radica no solo en evitar su desbordamiento incontrolado sino en garantizar que la cooperación, y de manera especial la integración económica, preserve su condición de tendencia preponderante en la región. En esa dirección, el entendimiento sino-japonés es clave, aunque conviva con escenarios singulares de competencia por el aumento de la influencia geopolítica. Y en paralelo, debe enriquecer los contenidos de las relaciones
con otros socios de la región, fomentando la confianza a través de la materialización de iniciativas conjuntas. Urge ultrapasar la omnipresencia del comercio y la inversión, utilizándola para fortalecer otros dominios de la cooperación.

De lo bilateral a lo regional y mundial

El progresivo enturbiamiento de las relaciones con China impone a Japón la necesidad de privilegiar una orientación de su acción exterior al sudeste asiático. En la agenda de la primera visita de Shinzo Abe al extranjero no figura China, ni Corea del Sur o EEUU, sino Indonesia, Tailandia y Vietnam. Tokio quiere intensificar la cooperación económica con los países de la ASEAN, pero sobre todo recabar el apoyo de estos países, muchos de ellos también enfrentados a China por las disputas en el Mar de China meridional, de
forma que pueda establecer un cerco de contención en torno a China.

No es anecdótico igualmente el llamamiento efectuado por el ministro de asuntos exteriores de Japón, Fumio Kishida, a las autoridades de Manila para sumar esfuerzos frente a China para garantizar la paz regional. Filipinas fue el destino de su primer viaje al exterior. Manila se halla inmersa en un proceso de modernización militar que incluye el reforzamiento de sus capacidades marítimas con compras a Japón y EEUU.

Nos hallamos, por tanto, ante un gran cambio en la orientación de los parámetros de la seguridad regional, que probablemente reforzará los vínculos estratégicos, políticos y de seguridad, afectando muy especialmente a las relaciones internacionales de Japón, que pretende erigirse en uno de los principales propulsores de dicho cambio.

En paralelo a dicha evolución, cabe mencionar la multiplicación de los procesos de integración regional, situando Asia-Pacífico a las puertas de un salto cualitativo con efectos y repercusiones globales. Ambos procesos representan las dos caras de una misma moneda. La ASEAN (integrada por Brunei, Birmania, Camboya, Filipinas,Indonesia, Laos, Malasia, Singapur, Tailandia y Vietnam) aspira a convertirse en una Comunidad Económica en 2015. Por su parte, la Asociación de Asia Meridional para la Cooperación Económica (SAARC, siglas en inglés), que integra a Afganistán,
Bangladesh, Bután, India, Maldivas, Nepal, Pakistán y Sri Lanka, se plantea la
construcción de una unión económica para 2020.

En enero de 2010 entró parcialmente en vigor la zona de libre comercio China -
ASEAN, que se completará en 2015. EEUU impulsa el Acuerdo de Asociación
Transpacífico (TPP, siglas en inglés), excluyendo a China pero incluyendo a toda su periferia y una red de socios con varios países del Pacífico y de las dos Américas. La maniobra se interpreta como una respuesta a las ambiciosas estrategias comerciales chinas. Está por ver no obstante que EEUU sea capaz de aglutinar tras de sí una comunidad de países cultural, política y económicamente tan dispares. Conviene tener presente que en toda la región China cuenta con la presencia tradicional de las redes de chinos de ultramar, con gran influencia a todos los niveles, además de una proximidad cultural nada desdeñable que se suma a la amplia heterogeneidad que caracteriza la región y que dificulta las posibilidades de asentar una cohesión aceptable y duradera.

En suma, la potencialidad de la relación sino-japonesa es tal que de ella pudiera depender el signo de la articulación final de las relaciones en la región asiática, determinando el predominio de fórmulas de entendimiento y asociación con fundamento en las claves de integración regional o, por el contrario, la primacía de los temores frente a China que explicarían el establecimiento de nuevas líneas divisórias que ofrecen a EEUU la oportunidad de preservar su liderazgo e influencia.

Si el avance de las estrategias de integración económica regional refleja en buena medida una apuesta común por una prosperidad sostenida y compartida, pareciera difícil su consolidación en tanto una dinámica paralela pero de signo contrario evoca el fantasma de la fragmentación y el enfrentamiento. En una sociedad global, la solución a los problemas del comercio, del transporte, del agua, de la energía, reclaman espacios para compartir experiencias y aprender de los logros respectivos. El marco de la cooperación Sur-Sur podría aportar aquí estándares, políticas y objetivos que apunten a la satisfacción de metas centradas en la solución de los problemas endémicos de la región, so pena de verse postergados en aras de privilegiar las ambiciones estratégicas individuales y ajenas.

Imposibilitada de facto para evitar el entrismo estratégico de EEUU en la región, a China le convendría impulsar una presencia más diversificada en la zona, capaz de yugular la desconfianza que sugiere su oferta de negociar directamente evitando toda internacionalización de los litigios.

La profunda implicación china, la proximidad geográfica, la suma de proyectos
industriales y de infraestructura o el desarrollo de los intercambios comerciales, no contribuyen por si solos a acrecentar la percepción colectiva de mayor estabilidad o seguridad. El hecho de hallarnos en un proceso inacabado de transición, la diversidad de los actores y la divergencia de sus intereses es causa de tensiones cuya mayor expresión es el rearme que experimenta la región. La transformación de China modifica la ecuación estratégica tradicional alentada por un renacer de su interés por el espacio marítimo que antaño despreció, expresión de un error que hoy se identifica como una de las claves de su decadencia y que por lo tanto procura subsanar.

Conclusión

El nuevo brote de tensión entre China y Japón en torno a las islas Diaoyu/Senkaku es fiel reflejo de los cambios en la significación económica y en la balanza de poder de los países de la zona. La tendencia de Japón es a la baja, mientras que China sigue en alza a pesar de la crisis y sus hipotecas internas, pudiendo afirmarse en los próximos años como la primera potencia económica del planeta. Así las cosas, Beijing dificilmente puede aceptar la renuncia a la defensa de aquello que considera sus derechos históricos contestando la ocupación de facto que realiza Japón desde hace varias décadas.

Además, su proyecto de afirmarse como potencia marítima y el aumento de las tensiones en el Mar de China meridional marcan los temores de los países ribereños que no advierten suficientes garantías de racionalidad frente a una China con un poderío creciente y que a medida que aumente verá multiplicadas sus capacidades de presión. Nadie en la zona parece estar en disposición de aceptar el mero retorno a los reinos tributarios de otro
tiempo, basados en vínculos de lealtad confirmados por la satisfacción de tributos y no en el detallado trazado de fronteras.

En toda la región está en marcha un proceso de reorganización de las relaciones internacionales aguijoneado por el brusco crecimiento de China. La República de Corea está conquistando cada vez más y más posiciones influyentes. De ahí que, el incremento de los ánimos nacionalistas se manifieste tanto en Beijing como en Seúl facilitados por la herencia de un pasado colonial nipón mal digerido que se complementa con la confusión que rodea el atisbo de excusa planteada por Tokio en alguna ocasión en relación a su comportamiento pasado. Por una parte se observa el desarrollo de China y
de Corea del Sur, y por otra, la debilidad de Japón, perjudicado por el reequilibrio que experimenta el poder regional.

China da a entender a Japón que se propone capitanear sin mesianismos, pero asumiendo las consecuencias de las dimensiones de su territorialidad y el éxito de su proceso. Terminó el período cuando Japón era visto como el líder de la región y tomado como ejemplo a seguir por los demás. De esta manera, el litigio territorial es tan solo la punta visible de otros procesos más profundos.

Si las razones de ambas partes respecto a la titularidad de las islas Diaoyu/Senkaku presentan fisuras, el derecho internacional tiende a favorecer a aquel país que há ocupado o tomado medidas de diverso tipo para mostrar y ejercer su soberanía. Eso explica el interés de China en nombrar las islas, delimitar su perímetro, confeccionar mapas idóneos, plantear demandas de reconocimiento ante Naciones Unidas, etc. Con todo, no parece probable que China llegue a admitir un arbitrio internacional, aunque pueda trasladar a organismos internacionales sus puntos de vista.

Una gestión de las diferencias por ambas partes que excluya la posición tradicional de aparcar la reclamación y centrarse en la obtención de beneficios tangibles a través de la explotación de los recursos no es aconsejable. Pero tampoco es fácil de materializar. Al parecer, estuvo a punto de lograrse en 2008, frustrándose por algunas reacciones internas de signo nacionalista que siempre encuentran en este asunto un filón electoral que perjudica seriamente la posibilidad de garantizar que los acuerdos lleguen a buen puerto.

Ambos países necesitan con urgencia construir las bases de otro discurso, basado en el fomento de la confianza mutua y la cooperación frente a retos comunes, empezando por las materias de orden humanitario como la respuesta conjunta a los acidentes marítimos o la piratería. Ello hubiera sido posible en tiempos no muy lejanos. Hoy, el cambio de la ecuación estratégica en la región lo aventura difícil, pero no del todo imposible. Valga de ejemplo la experiencia de patrulla conjunta de China, Laos, Myanmar y Tailandia en el rio Mekong, en marcha desde diciembre de 2011, y que há servido para garantizar la protección del transporte de mercancías en una ruta plagada de piratas.

A nadie le conviene un conflicto militar, pero la paz no se garantiza sola. Shinzo Abe, durante su primer periodo de gobierno, visitó China en 2006 para “romper el hielo” que petrificaba las relaciones bilaterales. Frente a los pesimismos que tanto abundan, ahora podría tener una segunda oportunidad. Sea como fuere, los litigios fronterizos no deben tomarse a la ligera, aunque afecten a territorios ciertamente minúsculos.

Por último, cabe señalar que el impacto de estas tensiones en la relación sinoestadounidense es cardinal y los riesgos estratégicos que supone son claros. China pide a EEUU extrema prudencia a la hora de abordar las cuestiones sensibles que afectan a los intereses vitales respectivos, pero el eco de sus peticiones parece débil. Dicha circunstancia explica también el renovado interés de China por aumentar sus lazos con Rusia ante la preocupación por el despliegue del escudo antimisiles de EEUU en Asia-Pacífico. También con India, acelerando la resolución de los litigios fronterizos pendientes y facilitando su acercamiento a la Organización de Cooperación de Shanghái.

Asia-Pacífico se ha convertido en la zona de mayor vitalidad económica del mundo. Según el Banco de Desarrollo de Asia, a mediados del presente siglo, la región representará la mitad de la economía global. El PIB total del continente aumentará de los $16 billones en 2010 a los $148 billones en 2050. La importancia de los vínculos
que China y EEUU puedan establecer en Asia-Pacífico es tal que condicionará el tono general de su relación. Según prime un equilibrio basado en el compromiso con el desarrollo de la región o el antagonismo militar, así crecerán las posibilidades o no de un conflicto abierto entre China y EEUU. Japón y los demás países de la zona debieran terciar para impedirlo.
Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China y autor de “China pide paso. De Hu Jintao a Xi Jinping” (Icaria, 2012).

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Recibido: Diciembre de 2015 Aceptado: Enero de 2016 Publicado: Enero de 2016

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