Observatorio Iberoamericano de la Economía y la Sociedad del Japón
Vol 7, Nº 23 (julio 2015)

FESTIVALES EN JAPON: Una Excéntrica Procesión

Luis Ernesto Diaz Oyakawa (CV)
Instituto de Ciencias de la Comunicación del Perú


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Resumen: Si bien el Japón moderno es eminentemente industrial, los festivales continúan celebrándose. Los sociólogos explican que al congregarse toda la comunidad tras una festividad común, se logra integrar los corazones y mentes de la gente otorgándole un sentido espiritual de unidad.

Sin embargo, lo que más llama la atención es que a pesar de ser un festival religioso, donde la procesión transporta un mikoshi o altar donde moran los dioses Shinto en forma temporal, con el correr de las horas, la religiosidad y formalidad va dando lugar a la irreverencia y el desenfreno.

Palabras claves: Japón, Festival, Religión, Dioses, Procesión, Sociedad, Cultura.

Detrás de la apariencia ultramoderna de Japón con sus computadores de última generación, cámaras digitales y trenes balas se encuentra un pueblo que todavía practica sus tradiciones milenarias. El matsuri o festival es una de esas expresiones culturales, una de las más llamativas del pueblo japonés, que incluso incluye a la mafia japonesa.

Desde sus inicios, Japón fue un país eminentemente agrario. Toda la sociedad giraba en torno al ritmo de las estaciones, donde los cultivos de arroz y otras cosechas marcaban hitos claves en el correr del año. Las familias, como una forma de agradecer y, a la vez, de pedir a los dioses por la próxima cosecha, se tomaban el tiempo para orar y celebrar.

Desenfreno

Si bien el Japón moderno es eminentemente industrial, los festivales continúan celebrándose. Los sociólogos explican que al congregarse toda la comunidad tras una festividad común, se logra integrar los corazones y mentes de la gente otorgándole un sentido espiritual de unidad.

Uno de los festivales más importantes de Tokio es el de Sanya, que se realiza frente al santuario de Asakusa, el tercer fin de semana de mayo. Para los extranjeros que visitan Japón es una buena forma de entender cómo los antepasados nipones celebraban sus ritos religiosos, ya que este festival mantiene sus tradiciones casi intactas desde el período Edo (1603-1868).

Sin embargo, lo que más llama la atención es que a pesar de ser un festival religioso, donde la procesión transporta un mikoshi o altar donde moran los dioses Shinto en forma temporal, con el correr de las horas, la religiosidad y formalidad va dando lugar a la irreverencia y el desenfreno.

Un verdadero trance

Temprano en la mañana, tanto hombres como mujeres vestidos con un cinto en la cabeza, zapatillas y calzoncillos japoneses típicos, se juntan frente a los altares, donde el sacerdote Shinto realiza una ceremonia solemne y estricta. El fuerte olor a sake y el licor de arroz son lo único que presagia lo que ocurrirá, una vez que comience la marcha.

Los encargados de guiar a la procesión por las calles comienzan a caminar lentamente después que el sacerdote bendice el traspaso del espíritu sagrado al mikoshi. La procesión se detiene al frente de la casa de los vecinos más pudientes y de las intersecciones, donde se realiza una breve ceremonia.

El trayecto por donde circulará el mikoshi es purificado por los vecinos, quienes para este fin, con anterioridad a su pasada arrojan sal a la calle. Además dejan ofrendas en dinero o arroz en bandejas.

Por lo general, delante de la procesión va una danza del león para alejar a los malos espíritus y, a medida que el mikoshi se detiene para realizar ritos frente a una otra casa, con frecuencia, los moradores se unen a la procesión.

Como regla general, nunca se debe mirar la procesión que transporta el mikoshi desde la altura. Por lo tanto, los vecinos evitarán instalarse en un segundo piso o en la azotea de sus casas. Tampoco se debe cruzar la calle donde transita la procesión.

Ya al cabo de unas horas la formalidad ha desaparecido por completo. Los que transportan el altar gritan frenéticamente wasshoi, wasshoi. La conducta de los más jóvenes es especialmente agitada. En una sociedad como la japonesa, que está regida por un estricto sistema jerárquico, el caos característico de la procesión disuelve momentáneamente el orden impuesto por la norma social, lo que le permite a los jóvenes saltarse la jerarquía y convertirse en adultos.

Además, el ritmo del lento caminar, el grito en común y unos cuantos grados etílicos de más, hacen posible que se produzca un verdadero trance, donde los que llevan el altar en sus hombros actúan casi sin pensar, con la mente vacía, lo que en japonés llaman “mushin”.

La mafia en la procesión

Todo el ambiente, que al observador inexperimentado más le parecería una bacanal que un festival religioso, conjuga a la perfección la solemnidad del rito con una explosión de los sentidos. A este hecho se le ha denominado “transgresión sagrada”, donde participan no sólo los que transportan el mikoshi, sino que también los miembros de la procesión y el resto de la comunidad.

Y en toda comunidad existen también los malos de la película. En el caso de Japón son los Yakuza, que corresponde a la versión japonesa de la mafia. Algunos dicen que su origen se remonta a samuráis pobres que al igual que Robin Hood, robaban para luego ayudar a los desposeídos. Estos aventureros solían jugar un juego de naipes donde la peor mano que a uno le podía tocar era la secuencia 8-9-3, que se puede pronunciar ya-ku-za.

Se autodenominaron los inservibles. Ellos, al igual que los comerciantes honestos, piden a los dioses por sus turbios negocios y participan con su propio mikoshi, con un calzoncillo diminuto y con el cuerpo tatuado. Además, la policía los tolera, puesto que en medio de las grandes aglomeraciones, los yakuza se encargan de mantener el orden impidiendo que actúen los rateros menores.

Así, en medio de la procesión, donde danzan de la mano lo religioso y formal junto con lo irreverente y lo salvaje, una de las tradiciones más importantes de Japón se encamina lentamente por las calles, pidiendo por una buena cosecha, por un buen negocio y por un buen año.


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