Observatorio Iberoamericano de la Economía y la Sociedad del Japón
Vol 1, Nº 5 (mayo 2009)

 

LA JAPONESA QUE FASCINÓ A OCCIDENTE

 

Javier Memba (CV)


A excepción de Umberto Eco, cuyo 'En nombre de la rosa' fue uno de los grandes éxitos editoriales de la casa, y Juan José Millás, que acaba de publicar en ella sus 'Cuentos de adúlteros desconocidos', pocos son los autores que constan en el catálogo de Lumen. Siendo ésta una editorial básicamente femenina, diríase que no podía ser otra la que diera a la estampa 'Madame Sadayakko', la biografía que la periodista inglesa Leslye Downer ha dedicado a la primera japonesa que fascinó a Occidente.

Siendo ésta una editorial básicamente femenina, diríase que no podía ser otra la que diera a la estampa 'Madame Sadayakko', la biografía que la periodista inglesa Leslye Downer ha dedicado a la primera japonesa que fascinó a Occidente.

Mito del feminismo

Son éstas unas páginas que sintonizan plenamente con varias sensibilidades de nuestro tiempo pues, además de presentarnos a la que sin duda no tardará en convertirse en un mito del feminismo tan exquisito como pueda serlo Hipatia de Alejandría, contacta igualmente con ese interés por las culturas de nuestras más remotas latitudes que tanta bibliografía viene suscitando de un tiempo a esta parte.

Nacida en el Japón de los “sogún” –los caudillos militares que tiranizaron aquel archipiélago entre 1192 y 1867-, su primera suerte fue la misma que se les reservaba a tantas mujeres de su país y de su tiempo. A diferencia de todas ellas, Madame Sadayakko supo cambiarla y convertirse en todo un símbolo nipón de la liberación femenina. Uno de los pocos –sino el único que conoció el nuevo Japón puesto en marcha por el emperador Meiji Tenno (1867-1912)- Siendo la suya una familia de samuráis venida a menos, apenas contaba tres años cuando se decidió que la pequeña Sada Koyama –tal era su verdadero nombre- habría de ser vendida como geisha.

Pero estaba escrito que la muchacha hiciera de su primera derrota una futura victoria. Los días que fue geisha, los días entre la flor y el sauce de la joven –hallazgo con el que la retórica japonesa que se refiere a esta ocupación- constituyeron una auténtica escuela de sumisión. En ellos aprendió a encandilar a un hombre con una mirada de soslayo, a ser lánguida y elegante, a charlar con coquetería y a caminar con aire seductor. Los secretos del maquillaje y los peinados de estas mujeres habrían de serle dados conjuntamente con las reglas de la etiqueta al uso. Pero también, y eso habría de ser determinante para su futuro, aprendió música e interpretación.

La desfloración

El 'mizuague' de una geisha –su desfloración- era el principal medio por el que su propietaria recuperaba lo invertido en ella. El de la pequeña Ko-yakoo –su nombre en la flor y el sauce- le fue reservado a uno de los paladines del nuevo Japón, el conde Hirobumi Ito. Acaudalado ministro del emperador, Ito fue para Ko-yakoo todo un amigo además de un amante. Aunque el verdadero amor de muchacha era inspirado por un joven estudiante que respondía al nombre de Momosuké Iwasaki, Ko-yakoo, olvidando su antigua rebeldía, se entregó al conde como era su obligación.

Bajo los auspicios de su primer protector medró en la alta sociedad del Tokio de su tiempo. Así, cuando Ito dejó de ser su amante, en el lecho de la geisha los campeones de sumo sucedieron a los más altos dignatarios del nuevo Japón. La 'madame Sadayakko' que habría de aplaudir Occidente se puso en marcha cuando la antigua geisha empezó a ser mayor para ejercer.

Con un alias resultante de la mezcla de su nombre artístico con su apodo en los días en la flor y el sauce, 'madame' debutó como actriz profesional en la compañía de su primer marido, Otojiro Kawakami, un intérprete tan fascinado con Occidente como este lado del mundo lo estaba entonces con Japón.

Destino: Noerteamérica

Así pues, tras esos primeros fracasos que se dirían comunes a toda actividad artística, la compañía de Kawakami Otojiro parte del puerto de Kobe el 28 de abril de 1899. Su destino era San Francisco. Los comienzos de la compañía en Estados Unidos Fue el Washington Post el primero en comparar a madame con Sarah Bernhardt, Ellen Terry, Eleonora Duse, Gabrielle Réju y el resto de las grandes intérpretes de su tiempo. Recuérdese que la de Sadayakko fue la época de las grandes actrices teatrales.

La diva japonesa bailó para el presidente McKinley coincidiendo con el centenario de las celebraciones de la fundación de Washington. El verdadero destino de Otojiro era París. El 28 de abril de 1900 –cumpliéndose doce meses del comienzo de su experiencia occidental- iniciaron la travesía del Atlántico. En mayo de ese mismo año la historia volvió a repetirse en Londres. A la tibia acogida próxima al fracaso inicial le sucedió el más clamoroso aplauso. Ya con la capital del mayor imperio del mundo rendida a sus pies, madame Sadayakko, que siempre destacaba por encima de su marido, bailó para el príncipe de Gales el 27 de junio.

Apunta Leslie Downer que, tras verla actuar, “el príncipe playboy acarició los hermosos cabellos la bailarina con sus rollizos y enjoyados dedos y le comentó lo encantadora que era”. A ese París que Otojiro siempre quiso visitar llegaron el 29 de junio. La Belle Époque conocía entonces su apogeo y los actores japoneses tenían el mismo atractivo para sus protagonistas que el opio.

Pintada por Picasso

André Gide fue 6 veces a ver bailar madame Sadayakko; Auguste Rodin califico de 'perfecto' el arte de la actriz. Tal vez fuera Picasso, que la pintó como una mujer dotada con muchos brazos, quien mostró menos entusiasmo puesto a hablar de la diva nipona. En sus siguientes visitas a ciudades europeas, el zar Nicolás II y los bohemios barceloneses del Quatre Gats contaron entre los espectadores más entusiastas de la actriz. Sostiene Leslie Downer que Puccini, que hasta entonces no había visto a ninguna japonesa, encontró en ella la inspiración necesaria para ciertas notas de su Madame Butterfly.

Tras volver a Kobe el 1 de enero de 1901, madame Sadayakko inició una segunda gira europea que se prolongó desde el 10 de abril de ese mismo año hasta el 19 de agosto del siguiente. Después de fundar un teatro en Tokio con las ganancias obtenidas en sus periplos occidentales, Sadayakko y Otojiro se separaron. Ella se unió entonces a Momosuké Iwasaki, aquel amor de juventud al que se no pudo entregar.

Sus primeras interpretaciones norteamericanas no fueron mejores que sus últimas experiencias en Japón. Tres meses después de su llegada California, alcanzaron su primer aplauso en Seattle. Tras interpretar piezas del repertorio clásico japonés con más pena que gloria, comprendieron que el público estadounidense no las entendía y decidieron refundir varias de aquellas obras en La geisha y el caballero. Entonces sí: el éxito no se hizo esperar.


Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:

Memba, J.:  “La japonesa que fascinó a Occidente" en Observatorio de la Economía y la Sociedad del Japón, mayo 2009. Texto completo en http://www.eumed.net/rev/japon/

 

 

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