Observatorio Iberoamericano de la Economía y la Sociedad del Japón
Vol 1, Nº 2 (mayo 2008)

Japón en los noventa: soluciones para una crisis; validez y efectos fundamentales

Yanet Jimenez Rojas
Universidad de La Habana, Cuba
 

No es noticia, Japón se estableció como paradigma mundial a partir del despliegue de una novedosa estrategia de desarrollo que posibilitó al país acceder con gran rapidez al crecimiento y la eficiencia económica, poniendo distancia entre la nación derrotada y desbastada de finales de la II Guerra Mundial y el país próspero y pujante que emergió en la segunda mitad de los años cincuenta del pasado siglo XX.

Conforme a esta condición, la experiencia japonesa demostró durante varias décadas su efectividad y potencial al prodigar beneficios y afianzar la posición internacional del país. A ello se debe añadir el que fuera capaz de solventar las dificultades que fueron surgiendo a partir de la introducción de variaciones y ajustes que mantuvieran en lo esencial las directrices y pilares del modelo a fin de garantizar la conservación de su status global.

Con todo, las modalidades de desarrollo no son construcciones eternas; los agentes que favorecieron el progreso son los sostenes fundamentales de ese edificio y una vez que cambian radicalmente estas condiciones asoma el peligro de derrumbe. Ni siquiera Japón, tan dado a veces a ser la excepción, puede escapar a la materialización de esa certeza.

Así, desde principios de los noventa el nuevo ordenamiento mundial, la recesión económica interna, la discapacidad política y las dificultades sociales produjeron un daño irreversible en las estructuras y la dinámica del sistema establecido tras 1945. La imposibilidad de superar estas circunstancias y las afectaciones sufridas por aquellas variables que habían devenido atributos de la experiencia ubicaron a la nación frente a la disyuntiva de cuál dirección tomar.

El deterioro progresivo de la experiencia de posguerra condujo a una revisión de las principales directrices exteriores y domésticas de la sociedad y su sistema desarrollista. Sería demasiado ambicioso pretender analizar a cabalidad este período y los matices que se escondieron tras las iniciativas, proyecciones y respuestas; a sabiendas de ello las intenciones quedan reducidas de antemano a examinar sucintamente cuáles fueron las tácticas y conductas asumidas para juzgar -al mismo tiempo- la capacidad de estas para subvertir o no la situación, influir potencialmente en la recuperación económica y readecuar el país a las nuevas circunstancias globales.

Naturalmente se trata de abordar un proceso complejo y se deben tener en cuenta las disímiles dimensiones de los cambios, vicisitudes y medidas que tuvieron lugar. Todo ello sin desestimar, además, que en su implementación no hubo uniformidad ya que las distintas áreas o sectores fueron atendidas desigualmente; según los órdenes de prioridad definidos por las políticas gubernamentales o conforme se presentaran implicaciones de la crisis que se hacía necesario resolver con mayor urgencia.

Valdría la pena comenzar por realizar un balance de las principales líneas de comportamiento externo asumidas por Japón respecto a cuestiones claves como las relaciones bilaterales con los Estados Unidos. Atender un aspecto como este es primordial una vez que se asume como uno de los factores más relevantes -sino el principal- en el desarrollo la política exterior de la nación (1). El derrumbe del socialismo real llevó a un primer plano el cuestionamiento de las relaciones entre Estados Unidos y Japón y el papel que este último debería asumir, a tono con los nuevos tiempos, dentro y fuera de su espacio geográfico natural (2).

Dentro de este contexto, la validez y permanencia de los convenios de seguridad entre ambos países preocupó especialmente a los círculos políticos japoneses. Los Acuerdos de San Francisco (1951) (3) habían sido un resultado extensivo de la Guerra Fría y si ella se daba por concluida quedaba por ver el rumbo que tomarían las relaciones ahora que los arreglos no conservaban su carácter fundacional. Las dudas acerca de cuál era la posición más factible y beneficiosa para la nación ocupó un espacio privilegiado en los espacios de debate (4).

A inicios de los noventa la preocupación fundamental fue una posible eliminación del Tratado de Cooperación y Seguridad Mutua (5) aunque en la práctica no se produjo ninguna disolución. El fin de la bipolaridad lejos de mutilar la continuidad de los acuerdos implicó más bien un redimensionamiento de los mismos. Probablemente las razones que acompañaron este hecho están supeditadas a la materialización de la supremacía mundial norteamericana, el determinismo económico y geoestratégico del área asiática del Pacífico y la permanencia de la región como importante foco de conflictos (6).

Desde esta óptica se explicaría perfectamente la voluntad estadounidense y japonesa de no prolongar únicamente el tratado sino robustecerlo en función de los disímiles intereses de ambos. En consonancia durante este período se evidenció una tendencia orientada a aumentar las responsabilidades de Japón y sus compromisos. Esta propensión encontró un claro respaldo de los sectores políticos japoneses aunque con independencia de esto Estados Unidos no se mostró del todo satisfecho con este “progreso” y continuó abogando por una profundización de las obligaciones del archipiélago (7) a tenor, de las fisuras comerciales que se perpetuaron toda la etapa.

Es válido subrayar que la política oficial estadounidense en el área asiática del Pacífico buscó por estos años involucrar cada vez más a sus aliados regionales en los programas y acciones defensivas. Tomar en consideración esta proyección ayuda a entender el estrechamiento de los lazos formales de seguridad nipo-norteamericano dentro de un proceso que incluía -en su versión más amplia- otras naciones como Corea del Sur y Australia.

De cualquier forma, en 1996 la Declaración Conjunta Norteamericana - Japonesa sobre Seguridad confirmó la alianza de EE.UU. y Japón como la piedra angular de la seguridad en el Asia-Pacífico y promovió al mismo tiempo una revisión de las líneas de cooperación defensiva vigentes desde 1978 (8). Esta declaración sería completada en 1997 estableciendo nuevas directrices que atendían la coordinación de las relaciones en tiempo de paz, respuestas a un ataque contra Japón así como a las situaciones que pudieran afectar la paz y seguridad regional (9).

Para entonces gran parte de la atención se concentró en fijar el cometido de las Fuerzas de Auto-Defensa (FAD) (10). La Ley de Cooperación con las Operaciones de Mantenimiento de la Paz -emitida por la Organización de Naciones Unidas en 1992- había allanado el camino a las FAD en la obtención de una mayor libertad de acción y una participación más activa a favor de la armonía internacional; a fin de completar este proceso se iniciarían una serie de legislaciones que se extenderían al nuevo milenio (11).

No obstante, a lo largo del decenio las nuevas disposiciones no variaron los postulados japoneses relacionados con la no proliferación nuclear (12) y conservaron una inclinación casi exclusiva a los temas de defensa. Del mismo modo, los límites impuestos por la constitución fueron ratificados oficialmente por el gobierno nipón y reconocidos debidamente por los Estados Unidos. Aún así, es indiscutible que dentro de la población y los círculos de poder ganaron protagonismo los temas relativos a la seguridad y una participación política menos pasiva en los asuntos globales (13).

De hecho, defendiendo esta aspiración se trabajó sostenidamente para robustecer los vínculos con las naciones vecinas (14). La intervención del país en los procesos económicos regionales era indiscutible pero existía la necesidad de profundizarla y crear las condiciones para ejercer un liderazgo auspiciado por la ampliación de los lazos de cooperación con su entorno. Para lograrlo era forzoso afanarse en borrar desavenencias heredadas de la época del militarismo y apartar la desconfianza que, en general, se había mantenido desde la posguerra.

Siguiendo ese propósito, la diplomacia y ayuda financiera -dos criterios explotados con anterioridad- fueron reutilizados y esgrimidos como mecanismos disuasorios. Asimismo, se promovió abiertamente el acercamiento a organizaciones de la zona; abogando por una inserción práctica en entidades regionales como la Cooperación Económica del Área Asia-Pacífico (APEC) y la aproximación a la Asociación de Países del Sudeste-Asiático mediante el aprovechamiento de los espacios de discusión establecidos en las reuniones de ASEAN + 3 (15).

De cualquier forma las relaciones sustentadas en la inversión directa de capital, los intercambios comerciales y la asistencia al desarrollo no pudieron evitar que los vínculos sociales y políticos de Japón con el área continuaran siendo relativamente débiles. Las tradicionales barreras impuestas por el archipiélago en relación a la aceptación de inmigrantes, estudiantes o refugiados -más los conocidos diferendos históricos -(16) impidieron que pudieran robustecerse estos lazos y mantuvieron alejada la posibilidad real de un proceso de integración formal (17).

Haciendo un balance general de las proyecciones y perspectivas exteriores de los noventa se puede observar que se inició una remodelación de los enfoques hasta entonces asumidos y se trabajó intensivamente en construir y materializar una nueva imagen del país. En esa dirección se introdujo el propósito de incrementar el liderazgo y la representatividad regional e internacional, apuntalando la participación económica pero sobre todo buscando incrementar la intervención en la toma de decisiones diplomáticas y de seguridad. De tal forma, el rechazo a la clásica representación de Japón como “gigante económico y enano político” se complementó perfectamente con esta nueva disposición de los intereses nipones.

Con independencia de haberse tomado conciencia de la pertinencia del cambio de rol y su importancia en la adaptación al contexto globalizador; los avances obtenidos pueden considerarse parciales e insuficientes. Una explicación que permite entender que no se hayan completado las aspiraciones japonesas estriba en que las más veces se separaron las relaciones con Estados Unidos –principalmente en lo que a competencia económica y tecnológica se refiere- de los lazos de Japón con la región, ignorando que las fisuras entre ambas potencias alcanzaban de múltiples formas los países del área y era imposible mantener a distancia ambos asuntos.

Asimismo, la sociedad japonesa de los noventa merece ser observada con mucha atención y analizada como un complejo universo donde convivieron, por solo mencionar ejemplos, la influencia de las transformaciones globales; la urgencia de dar respuestas a una situación crítica interna; el apego a los métodos utilizados desde la posguerra y el cuestionamiento extremo de las posiciones anteriores (18). Durante todo el período, negar o aceptar, destruir o defender, se mantuvieron como alternativas rivales y posibles respuestas a los problemas.

Uno de los escenarios donde se acumularon las dificultades más apremiantes a resolver fue el económico. Los orígenes mismos de la crisis sistémica estuvieron justamente muy relacionados a la aparición de la burbuja especulativa, su explosión y la consecuente quiebra de bancos y compañías. No es de sorprender, entonces, que esta área fuera atendida con mucho interés y que buena parte de los esfuerzos se concentraran en solucionar sus apuros.

Desde principios de la década la inmovilización del sistema financiero había arrastrado al caos todo el ordenamiento económico, afectando especialmente las compañías. Precisamente hacia la regeneración de las finanzas se orientaron algunas de las primeras disposiciones ubicando la liberalización del sector como uno de los aspectos a priorizar. Desde 1992 y hasta 1994 se trabajó en esa dirección mediante la desreglamentación de las tasas de ahorro postal y de los depósitos bancarios; instituyendo en 1993 una ley que rediseñó los espacios y líneas de acción a fin de solventar la competencia en algunas áreas específicas (19).

Estas medidas fueron complementadas con una serie de legislaciones dirigidas a supervisar y reforzar los mecanismos de gestión de las instituciones financieras. Con ese propósito en 1993 se incluyó una disposición legal que forzaba a los bancos a difundir el monto de algunos de sus créditos que buscaba, entre otras cosas, alterar los hábitos empresariales y combatir la clásica postura de ocultamiento de dificultades para sostener una imagen favorable y positiva de si mismas (20).

Sin embargo, estas transformaciones no rindieron lo suficiente como para dar un impulso definitivo a la liberalización en tanto perduraron trabas que limitaban el alcance de los mecanismos implementados para desarrollar y ampliar los mercados y sus posibilidades. La flexibilización no fue alcanzada y la segmentación en las especializaciones y servicios financieros persistió como un obstáculo pendiente a ser eliminado. Atendiendo las múltiples demandas internas y externas, así como las críticas en cuanto a la lentitud y poca efectividad de los cambios, en 1997 debió lanzarse un nuevo plan de reformas destinado a completar este proceso (21).

A la larga todas las iniciativas terminaron siendo insuficientes e incapaces de revertir un proceso de degradación económica general, aún cuando sentaran las bases para que se produjera y se alentara la tan necesaria dinamización. El macro-contexto, marcado por el bajo crecimiento, el aumento del desempleo o la disminución general de precios, influyó en el poco alcance de los resultados alcanzados y en que no fuese posible afirmar una mejoría radical. Habría que unir, además, las secuelas de la Crisis del Sudeste Asiático y el nuevo tropiezo que representó para la superación de las dificultades (22).

De igual manera, el universo empresarial japonés estuvo sometido a otra serie de cambios que – con independencia de sus vínculos con las transformaciones financieras- emanaron muchas veces como soluciones propias a la especificidad de las circunstancias. El recorte de plantilla y la no aceptación de nuevos empleados fueron, precisamente, dos de las expresiones fundamentales del manifiesto proyecto de alcanzar a toda costa una mayor rentabilidad de las compañías (23).

Lo más interesante de todo es que por primera vez se apeló a fórmulas individuales y se quebró en buena medida el esquema centralista emanado desde la posguerra a través del MITI (24) y las diversas formas de coordinación gubernamentales que proponía el Estado. En ese tránsito no pocas veces fueron evaluados para su adaptación en Japón los modelos industriales y financieros occidentales que apenas unos años antes habían sido ampliamente cuestionados desde dentro y fuera del archipiélago al calor del impresionante éxito de la gestión japonesa.

Los cuestionamientos que recibió el sistema empresarial japonés pasaron por considerar que la efectividad de su estilo estaba relacionada directamente con la fase de producción a gran escala del capitalismo industrial y no se correspondía con las necesidades de la nueva era global y nacional. La imperiosa introducción de nuevas tecnologías y apertura comercial inclinó la balanza a favor de la introducción de patrones empresariales estadounidenses más ajustados a un mejor aprovechamiento del mercado y un redimensionamiento del papel de los accionistas (25).

Estos métodos de reestructuración tampoco consiguieron salvar las críticas circunstancias y especialmente a finales de los noventa se registró un alza considerable en el número de empresas que llegaron a la quiebra (26). Una vez más intervino sustancialmente la tardanza con que en muchos casos fueron emprendidas las modificaciones así como el retardamiento típico en la toma de decisiones. Aún así no todas las compañías fueron afectadas de igual forma, si algunas vieron reducidos sus beneficios o sencillamente se disolvieron en la competitiva escena no se puede desconocer que otras donde prevalecía o se introdujo la colocación temporal de empleados se beneficiaron al menos parcialmente.

Un elemento muy vinculado a la trascendencia y extensión de las alternativas económicas fue el papel que desempeñó el Estado dentro de este cambiante proceso. Habría que empezar por señalar que las posibilidades de acción del gobierno estuvieron limitadas desde el principio por el gran déficit financiero al que se ha hecho referencia y que su misión frente a los problemas laborales y la quiebra de compañías tenía no sólo un matiz económico sino también social.

Una de las batallas más importantes de la conducción estatal fue librada hacia su interior al tener que arbitrar la manifiesta querella entre los que apostaban todavía por el ya desacreditado sistema de posguerra y los que defendían la necesidad de una renovación capital. Este desacuerdo, precisamente, provocó los constantes devaneos en la dirección gubernamental y que las más veces el rendimiento práctico de las alternativas fuera comprometido de antemano por la búsqueda constante del consenso.

La materialización de estas divergencias tuvo varias aristas: se reveló en el compromiso del Estado con las pequeñas y medianas empresas frente a la obligatoriedad de variar los fundamentos proteccionistas y también en la confrontación entre los postulados neoliberales y el clásico patrocinio estatal japonés, por solo citar dos ejemplos. Factores como estos contribuyeron a que muchos de los problemas permanecieran o que las soluciones aplicadas fueran mediáticas e incompletas.

Realmente la imagen del Estado que predominó en el período estuvo marcada por la debilidad que se reconoció en la institución ante su pérdida de capacidad para formular estrategias adecuadas y su manifiesta lentitud en la toma de decisiones. Sin olvidar, por demás, las críticas que recibió el aparato burocrático, cuyas funciones estaban pendiente también a ser reconstruidas y reformuladas dentro del ordenamiento de la sociedad japonesa (27).

Durante el período la inutilidad de la alta dirección para encaminar el sistema por el camino de la eficiencia estuvo acompañada del descrédito y la falta de confianza en las instituciones políticas. En 1993 la no materialización de logros que compensaran las expectativas terminó dándole el tiro de gracia al partido gobernante, el Partido Liberal-Demócrata (PLD) (28) y a sus aspiraciones de perpetuarse en el poder. Aunque en 1996 el PLD volvió a ocupar la dirección prominentemente su retorno no significó un fortalecimiento o consolidación como tal sino que contribuyó a demostrar todavía más la impotencia de la oposición y la imposibilidad de obtener respuestas a la crisis apelando a fuerzas políticas contrarias.

La ausencia de opciones alternativas con posibilidades reales de alcanzar o disputar el poder conservó al Partido Liberal-Demócrata como una fuerza en activo, brindándole la posibilidad de reeditarse y canalizar a través de su gestión las propuestas que las nuevas alineaciones generaban desde su interior. La importancia de lograr cohesión apegándose no sólo a la arbitrariedad del consenso sino recurriendo cada vez más a la utilización del liderazgo positivo se perfiló, entonces, como uno de los aspectos que podía contribuir a dirimir la crisis (29).

Ahora bien, si las consecuencias económicas y políticas de la crisis y decadencia del paradigma japonés evidencian sobremanera el caos general al que estuvo sujeto el sistema; las repercusiones y efectos sociales de estos fenómenos no son menos impresionantes. Durante toda la década del noventa afloraron al calor de la recesión numerosos problemas que fue imposible evitar y que pesaron enormemente sobre la evolución de la nación.

Como ya se ha dicho, la quiebra de grandes asociaciones aumentó considerablemente la tasa de desempleo y condujo a una rápida caída en la demanda de bienes y servicios. El agotamiento de los pilares de oro del sistema gerencial y de gran parte de los privilegios que concedían las grandes empresas en cuanto a salud y jubilación vino a completar el confuso escenario y a desorientar –sobradamente- al grueso de la población, impotente ante el radical cambio de circunstancias.

Cuando a finales del decenio se terminó aprobando una elevación de los costos al sistema nacional de salud se agravó aún más la situación. Aunque medidas como estas fueron realizadas por el gobierno con el claro propósito de ingresar los recursos que necesitaba a través de la elevación de los impuestos esto no disminuye el peso real que tuvo sobre los individuos (30).

A la par, el desempleo creció significativamente para en 1998 alcanzar a un 4.1% de la población laboral activa (31). A ello habría que añadir la adopción por parte de las compañías de la contratación temporal de empleados para contribuir al recorte de gastos; esta modalidad si bien podía brindar beneficios a los propietarios era incapaz de resolver los problemas de las personas sujetas a este tipo de contrato. Aunque ellas no engrosaran las cifras oficiales de desempleados su posición laboral no era ni mucho menos sólida.

De igual manera existían al interior de Japón otras esferas ampliamente afectadas por la crisis. En ese contexto, la educación, uno de los pilares fundamentales en el desarrollo de la experiencia paradigmática japonesa y benefactor del crecimiento económico de posguerra, se vio precisada a iniciar un proceso de reorganización. El sector educacional, por ejemplo, fue uno de los más perturbados por la reducción presupuestal operada a partir de 1993; semejante situación llevó a las escuelas públicas a disminuir su relevancia frente al sector privado y enfrentar cada vez cuestionamientos relativos a su eficacia y métodos de creación de conocimiento.

A la par de este proceso marchó la extensión de principios neoliberales relativos a introducir principios de mercado dentro del sistema y controlar intensivamente la distribución de los recursos fiscales destinados al sector, sugiriendo radicalmente la extensión de la educación privada. En octubre de 1997, por ejemplo, se formuló oficialmente un proyecto de reorganización radical de las universidades estatales con el expreso objeto de reducir el número de personas en las nóminas del Estado a partir de su inscripción como unidades jurídico-administrativas independientes (32).

En general, más allá de las afectaciones mencionadas, la crisis inquietó extraordinariamente el funcionamiento normal de las relaciones sociales al interior de la nación, haciendo aflorar manifestaciones de inconformidad o decadencia general que con anterioridad eran prácticamente desconocidas en el archipiélago. Estas expresiones de la recesión finisecular se hicieron más evidentes sobre todo en la juventud, uno de los sectores más susceptibles a los cambios y sus repercusiones.

Se extendió en este sector una apatía casi generalizada ante el trabajo a tiempo completo que mermó sustancialmente las posibilidades de desarrollo del mercado laboral al tiempo que se extendió el número de jóvenes solteros que permanecían viviendo con sus padres. Factores como este alteraron las dinámicas sociales japonesas y fueron ahondados al calor de otras expresiones como la delincuencia juvenil, el aumento de la prostitución o de la violencia; problemas todos que pese a ser reconocidos y cuestionados ampliamente no encontraron una efectiva solución a pesar de los esfuerzos de la dirección del país (33).

Conjuntamente se produjo una elevación en los índices de suicidio, tanto entre los adolescentes como entre las personas de mediana edad, lo que constituyó un indicador no sólo de la asfixia económica sino de la incertidumbre reinante. No ubicar remedios efectivos a esta y otras situaciones impidió que se atendiera eficazmente cuestiones de más largo plazo como la reducción del mercado laboral a expensas del envejecimiento poblacional (34). De tal suerte, cabría afirmar que la sociedad japonesa finisecular se encontró ante la situación más desventajosa que había atravesado el país desde el fin de la II Guerra Mundial.

Conclusiones

Si consideramos todos los factores expuestos se hace evidente que a lo largo de los noventa las posibilidades de Japón para consolidar un proyecto de desarrollo y mantenerse como una nación próspera estuvieron sometidas al contexto internacional, las implicaciones de la recesión interna y al mediano alcance de la mayor parte de las transformaciones asumidas para combatirla. Bajo estas condiciones se fueron perfilando poco a poco nuevos horizontes que debían ser completados y enriquecidos de camino ya hacia el nuevo milenio.

Las circunstancias heredadas de la crisis sistémica en Japón colocaron la obligatoriedad del cambio como alternativa fundamental. Sin embargo, no obstante ser evidente la voluntad renovadora se hizo patente, también, la defensa del viejo orden y los pilares del paradigma por parte de importantes núcleos de la nación. De ahí que, haciendo un balance general de la sociedad japonesa finisecular, sea posible hablar de ella como de un campo de batalla donde compitieron las nuevas opciones y los antiguos preceptos por obtener la primacía del uno sobre el otro.

Aún así, no se debe ignorar que bajo esta apariencia caótica comenzó a delinearse un Nuevo Japón en construcción, a medio hacer todavía. Esta convicción se deriva de que a finales del siglo XX -con todo y conservarse numerosos rasgos del sistema de posguerra- comenzó a apelarse cada vez con más frecuencia a soluciones que ignoraban y hasta contradecían el ordenamiento precedente.

Este proyecto requirió la consolidación y extensión de esta idea al interior y al exterior. Atender los imperativos políticos y económicos creados por la recesión fue tan determinante como maniobrar un cambio de rol internacional que pasara por la revitalización de las relaciones con Estados Unidos, el acercamiento a las naciones del Asia Pacífico y la participación activa en la toma de decisiones a partir de una integración efectiva a los organismos internacionales.

Dependió de varios factores que estos objetivos no pudieran ser completados cabalmente. Para empezar, la convergencia de complicaciones domésticas con problemas externos obligó a que los esfuerzos se bifurcaran, limitando las posibilidades de atender a cabalidad cada uno de ellos. Del mismo modo, la lentitud en la toma de decisiones y el parcialismo favorecieron las dificultades sociales generadas por los múltiples compromisos económicos y políticos de los diferentes grupos y generaciones ante la imposibilidad de conciliar intereses.

Mientras no se robustezcan definitivamente las nuevas alternativas desarrollistas cabe esperar que perseveren muchos de estos inconvenientes. La preeminencia de un Nuevo Japón depende de la capacidad de ofrecer soluciones, de afianzar sus lineamientos y lograr la confianza de la comunidad nacional y mundial. La contemporaneidad de este proceso determina que no pueda considerársele como un ciclo cerrado absolutamente y que sea preciso continuar atendiendo la evolución histórica de comienzos del milenio. No es fácil ni breve el camino que aún debe recorrer el archipiélago y es imposible conocer anticipadamente si nos reserva la asunción de un nuevo paradigma o si los empeños japoneses no lograrán superar el declive finisecular.

En cualquier caso, tratándose de una sociedad acostumbrada a apelar a su legado histórico y reformularse a partir de si misma, no es de extrañar que la correlación entre lo nuevo y lo tradicional pueda cambiar de forma y sentido sin que ello suponga, desaparecer del entramado social. El Japón que se está conformando deberá aprovechar y evaluar sus precedentes para asegurar y fortalecer el espacio que ha adquirido, perpetuando con ello la naturaleza e identidad avalada por los pilares fundacionales de la nación.

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NOTAS Y REFERENCIAS

1. Las relaciones entre Japón y Estados Unidos han sido un factor inalienable de la evolución histórica del universo japonés de posguerra. Su estudio, seguido por numerosos especialistas de las ciencias sociales, ha prestado atención básicamente a dos aristas: el plano económico y los vínculos políticos y de seguridad. En ese sentido, uno de los debates fundamentales ha estado centrado en torno a quién corresponde el rol principal; la división existente en los criterios ha estado determinada por la relación de dependencia japonesa en cuestiones de seguridad mientras que económicamente se produce lo contrario. Ver: Tanaka, Hitoshi. Las disposiciones de seguridad entre Japón y EUA en una nueva era. Cuadernos de Japón. (Tokio)10 (2): 40-46, 1997; Aguirre Rojas, Carlos Antonio. La obra de Inmanuel Wallerstein y la crítica del sistema-mundo capitalista. La Habana: Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2005. , pp. 73-75.

2. La magnitud que tuvo este cambio para Japón se evidencia en el seguimiento que se le dio a este tema en las publicaciones científicas de la nación desde los mismos inicios del derrumbe del modelo eurosoviético. Ver: Sakaiya, Taichi. El reto del nuevo orden mundial. Cuadernos de Japón. (Tokio)3(1): 70-74, 1990; Kuriyama, Takakasu. Nuevas directrices en la política exterior de Japón en el mundo cambiante de la década de los años noventa. Ibídem, pp. 32-39.

3. A principios de los años cincuenta el establecimiento oficial de la paz con Japón aún estaba pendiente; el contexto general de la Guerra Fría determinó en gran medida la voluntad estadounidense de llegar rápidamente a este acuerdo al respecto. En 1951 Estados Unidos, finalmente, convocó una conferencia que provocó importantes divergencias internacionales al punto de que la India, China y la URSS se negaron a firmarlo no obstante hacerlo otros 49 países. La rúbrica del tratado no impuso reparaciones de guerra, aunque con él el archipiélago vio reducidas sus fronteras a los límites de 1854; renunciando a todos los territorios que había ocupado durante la II Guerra Mundial y que, en definitiva, ya había perdido. Por otra parte, al tiempo que se firmaba la paz, se mantenían en territorio japonés tropas americanas no ya como ocupantes sino por la conclusión de acuerdos entre ambos países.

4. Realmente era imposible desconocer la significativa disminución de las tensiones Este-Oeste y las repercusiones que esto podía tener en las relaciones bilaterales con Estados Unidos; ya de por si bastante delicadas al calor de las múltiples fricciones económicas heredadas de la década precedente en virtud del desbalance comercial favorable a Japón.

5. Apenas tres horas después de firmar la paz, a través del establecimiento del Tratado de Cooperación y Seguridad Mutua Japón transitó directamente de la condición de vencido a la de aliado natural de los Estados Unidos en la región asiática. Si el Tratado de Paz fue muy magnánimo con Japón el acuerdo de seguridad concedió a los estadounidenses importantes prerrogativas en tanto defendió la permanencia de numerosas bases militares en territorio japonés, con plena libertad de acción y derechos a introducir armamentos. La firma del tratado fue muy cuestionada al interior de Japón, incitando manifestaciones públicas de descontento que, en gran parte, condicionaron la voluntad política nipona de llegar a una renegociación de sus aspectos más álgidos; proyecto concretado a la altura de 1960. Desde su firma, este acuerdo ha sido considerado una piedra angular en las relaciones nipo-norteamericanas y, en general, de todo el sistema de seguridad del Extremo Oriente.

6. Baste mencionar en favor de esta afirmación la vigencia de la Península de Corea como un polo de tensión fundamental o la persistencia de la tirantez entre la República Popular China y Taiwán.

7. De hecho uno de los momentos más críticos fue la Guerra del Golfo a principios de los noventa. En esa ocasión Estados Unidos y gran parte de la comunidad internacional intensificaron sus presiones sobre Japón poniendo al descubierto las limitaciones constitucionales y generando al interior de la sociedad un fuerte debate acerca de la obligatoriedad o no de revisar la carta magna.

8. Bristow, Damon. Políticas de Seguridad entre Estados Unidos y Japón: veinte años después. http://www.cesim.cl/p3_otras_publicaciones/site/pags/20020610131240.html

9. El tópico relativo a la cooperación bilateral en respuesta a situaciones en áreas circundantes a Japón fue muy cuestionado debido a que no especificaba los límites geográficos del acuerdo.

10.En 1952, aprovechando la coyuntura de los acuerdos de San Francisco, fue fundado el Cuerpo de Mantenimiento del Orden Público que devino antecedente directo de las actuales Fuerzas de Autodefensa de Japón (FAD). No obstante, las limitaciones constitucionales impuestas por el artículo noveno de la constitución tradicionalmente bloquearon el accionar de estas fuerzas y el que pudieran ser consideradas un ejército con todas las de la ley. Si en alguna medida, en los setenta y durante el mandato de Nakasone asomó el problema del rearme, a lo largo de los años noventa alcanzó más fuerza al calor de la presión foránea – especialmente la ejercida por los Estados Unidos - para que el país asumiera una posición más comprometida en cuestiones de defensa y seguridad regional; a lo que habría que sumar la voluntad de ciertos grupos y figuras de la política nipona que empezaron a abogar por un estrechamiento de las relaciones EE.UU. – Japón.

11.Chiba, Hitoshi. Una nueva sensación de seguridad. Look Japan. (Tokio)14 (163): 2-6, 2003.

12.Estos principios habían sido formulados oficialmente por el Primer Ministro E. Sato en 1971.

13.En 1991, por ejemplo, un 45.5% de personas en Japón apoyaban la participación de las FAD en acciones de mantenimiento de la paz dirigidas por la ONU mientras en el 2003 se alcanzó un 70.1% según cifras manejadas por una encuesta realizada por la Secretaría del Gabinete.

14.Hay que tener muy presente, también, las aspiraciones japonesas a un puesto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y lo que podía significar contar con el respaldo de sus vecinos.

15.Chiba, Hitoshi. Japón y ASEAN “actuando juntos, avanzando juntos”. Look Japan (Tokio)14 (162): 2-7, 2003

16.Valdría la pena añadir que a lo largo de los noventa hubo importante fisuras en las relaciones entre Japón y Corea del Norte, que arribaron a su punto más álgido tras el lanzamiento norcoreano el 31 de agosto de 1998 de un cohete de alcance medio Taepodong-1 que sobrevoló el espacio aéreo del archipiélago para caer al otro lado del océano. Este hecho no solo alarmó profundamente al gobierno de Tokio, sino que dio nuevos bríos a la necesidad del rearme y, una vez más, puso en tensión las relaciones con el área.

17.Ampliar en: Shoji, Nishijima. Japón, la integración regional y la cuenca del Pacífico. http://www.cidac.org/vnm/libroscidac/coop-rivalidad/Cap-10.PDF

18.Al tema de la crisis económica y política de Japón se han dedicado gran cantidad de artículos, libros e investigaciones, por esa razón me limito a referir el contexto y no extenderme en comentarios. Al respecto se recomienda consultar: Rodríguez Asien, Ernesché. La economía de burbuja en Japón. La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 1999; Uekusa, Kazuhide. La formación y el estallido de la burbuja económica. Cuadernos de Japón. (Tokio)4(2): 30-35, 1992.

19.Ampliar en: Marchini, Geneviéve. El sistema financiero japonés: de la liberalización a la crisis, 1970-2002. México y la cuenca del Pacífico. México, D.F: 8 (18): 59-86, 2003.

20.Este proyección empresarial había sido particularmente nefasta en la coyuntura de explosión de la burbuja especulativa al condicionar sobremanera que el sistema bancario encubriera la magnitud de los préstamos impagados y con ello contribuyera a extender y ahondar las múltiples quiebras que se sucedieron en este sector.

21.Marchini, Geneviéve. Ob. cit

22.Respecto a la Crisis del Sureste Asiático y sus efectos en Japón se recomienda consultar: Villafañe López, Víctor. La crisis de Asia. http://www.mty.ites.x/dch/deptos/ri/articulos/Asia.html

23.Muchas veces uno de los recursos más utilizado para ganar en cohesión y competitividad fue apelar a la fusión de compañías. Esta práctica fue muy utilizada desde finales de la década para contribuir a sanear el sistema de capital. Así, muchos de los bancos terminaron fundiéndose como fue el caso del Industrial Bank of Japan, el Dai – Ichi Kangyo Bank y el Fuji Bank en su momento se convirtieron en uno de los centros bancarios más grandes del mundo.

24.El Ministerio de Tecnología e Inversión (MITI), originalmente fundado en 1949, personificó desde la posguerra la necesidad japonesa de concentración de capital y dirección de las inversiones. En los inicios de la década del ochenta fue disminuyendo paulatinamente su liderazgo, en tanto la sociedad japonesa y en específico los sectores burgueses fueron capaces de asumir por si solos las riendas de la economía y hacerse responsables de ella

25.Iwai, Katsuhito y Yohano Kobayashi. Análisis del estado de la empresa japonesa. Cuadernos de Japón. (Tokio) 14 (4): 16-22, 2003.

26.Entre 1997 y 1999 se registró un gran número de quiebras, con un promedio anual de 17.200 empresas en bancarrota. Ver: (S.A.). La reinvención de la empresa japonesa. (http://www.nakamachi.com/economia/99062503.htm)

27.Muramatsu, Michio. El peso de la burocracia. Look Japan (Tokio)11 (130): 9-11, 2001.

28.El Partido Liberal Demócrata surgió en 1955 de la fusión de los partidos liberal y demócrata y desde ese momento se convirtió en la principal fuerza política de Japón, inaugurando en fecha similar más de tres décadas de ejercicio continuo del poder, de ahí que muchas veces se haga referencia al “sistema de 1955”. Dentro de los demás partidos japoneses de posguerra se debe contemplar la importancia del Partido Socialista, principal rival del PLD. Este partido, con todo nunca representó una amenaza grave al monopolio del poder de los liberal-demócratas, y casi podría decirse que constituyó ni más ni menos que una oposición formal.

29.Rojas Bazail, Yunier. Japón: del mito al cisma del paradigma. Tesis de licenciatura. Facultad Filosofía e Historia, Universidad de La Habana, 2004, (inédita)., p. 89.

30.El asunto sanitario se fue agravando a lo largo de la década hasta llegar a su punto extremo en junio de 2000 cuando las estadísticas demostraron que más de 2,5 millones de familias no podían pagar su seguro médico. Ver: Cobo, Juana. El final del modelo japonés. http://www.elmilitante.org/149japonmodel.htm .

31.En el 2002 terminaría alcanzando una cifra record del 5.2%.

32.Sato Mannabu .La reforma educativa en Japón. http://www.embajapon.com.mx/noticias/28ene2000.htm

33.Escandón, Arturo. La política japonesa se esfuerza por frenar la prostitución infantil. http://www.nakamachi.com/escandon/prostinf.htm

34.Ninguna de las soluciones propuestas ha sido lo suficientemente sólida o convincente. No basta con la incorporación más activa de la mujer o la utilización de la robótica. Tampoco la introducción de trabajadores extranjeros parece ser una solución toda vez que la sociedad japonesa se muestra muy reticente a la recepción de inmigrantes. Ver: Sorman, Guy. Esperando a los bárbaros. Madrid: Seix Barral, 1993.


Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:

Jimenez Rojas, Y. :  “Japón en los noventa: soluciones para una crisis; validez y efectos fundamentales" en Observatorio de la Economía y la Sociedad del Japón, mayo 2008. Texto completo en http://www.eumed.net/rev/japon/

 

 

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