DELOS: Desarrollo Local Sostenible
Vol 7, Nº 19 (Febrero 2014)


ECO-RELACIONES NATURALEZA-HUMANIDAD: AMBIENTALIZACIÓN DE LA SOCIEDAD Y LAS CRISIS

 



José David Lara González
jlaragonzlez@yahoo.com
Universidad Autónoma de Puebla


 



RESUMEN     

Desde una plataforma científica y filosófica este texto presenta algunos conceptos comúnmente empleados en el ámbito de la cuestión ecológica y ambiental. Propone una reflexión sobre la amplia actividad humana y sus nexos y consecuencias sobre la propia humanidad y el resto del mundo natural. Es también un modesto intento por abrir un modo más sustentable de observar el quehacer humano para vincularlo más responsablemente a nuestro presente y futuro planetario acudiendo para esto a los valores y principios más universales.

Palabras clave: naturaleza, humanidad, simbiosis, crisis, recursos naturales, Gaia. 

ABSTRACT

From a scientific and philosophical platform this text presents some concepts commonly used in the field of ecological and environmental issue. It proposes a reflection on the wide range of human activities and their linkages and impact on humanity itself and the rest of the natural world. It is also a modest attempt to open up a more sustainable way of observing human endeavor to link it more responsibly to our present and future planetary attending the most universal principles and values for this.
Key words: nature, humanity, symbiosis, crisis, natural resources, Gaia.

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  1. HUMANIDAD, NATURALEZA, SIMBIOSIS.           

La humanidad es parte de la naturaleza, la sociedad es un resultado del accionar de la humanidad. Las crisis son parte del entramado naturaleza-humanidad, las hay netamente naturales como las pasadas extinciones masivas de especies, y las hay también humanas pasando por las combinadas entre naturaleza y humanidad las cuales son cada vez más frecuentes, más vastas,  más complejas y más montadas entre sí, cualidades de estas crisis que las hacen más reacias a cualquier tipo de solución dando en lo general y a veces en lo particular, lugar a “soluciones” de contingencia y/o someras pero asimismo de “maquillaje”, de engaño/simulación.

El ser humano como especie biológica forma parte integrante de los ecosistemas naturales, llamándoles así y para diferenciarlos aunque un poco de los más comúnmente reconocidos como artificiales (por ejemplo, las ciudades).

Si bien en un principio la capacidad de trasformación (por el hombre) de las condiciones ambientales fueron de retorno negativo, en el sentido de no reintegrar nada o muy poco al ecosistema después de su uso-aprovechamiento, es decir, después de o durante una intervención humana, una vez desarrollada cierta tecnología el asunto cambió y se estableció un determinado nivel de equilibrio que buscaba consciente o inconscientemente la simbiosis humanidad-naturaleza incorporando o devolviendo al ecosistema una parte de lo tomado de él (o modificado en él). Una simbiosis que hasta el día presente no ha sido considerada en toda su importancia y tampoco ha sido manejada suficientemente bien con la consecuencia (vigente y grave) del alejamiento marcado de un estado equilibrado entre ambos componentes del ecosistema total o ambiente total (mal denominado “medio ambiente”, término confuso y poco “científico”): naturaleza extrahumana - naturaleza humana (en realidad todo es naturaleza; se verá más adelante).

Misma simbiosis que forma parte del metabolismo socioambiental que arrancó primero en las etapas de formación del planeta para después ser “completado” en el momento de la aparición de los seres humanos y sus distintas maneras de organización. Metabolismo que fragua ambas “bandas” de la evolución de la vida en el mundo y que se vio violentado por los variados modos de apropiación de lo natural por parte de los grupos humanos, hasta llegar hoy a la etapa capitalista última o más reciente en la que el metabolismo es asediado permanentemente para la realización del sistema ya no de su organización sino de su explotación, culminante en la operación de la acumulación por despojo, ésta misma que puede ser presentada (por fuera del purismo) como despojo por o para la acumulación capitalista. 

El intercambio simbiótico puede entenderse como la adecuación de un grupo humano a determinadas condiciones de un (también) determinado ecosistema (Palerm, 1976), pero igual se da el intercambio entre los seres humanos y varios ecosistemas y más desde el punto de vista de que en general los ecosistemas no muestran fronteras francas entre sí, sino espacios intergraduados entre un ecosistema y otro, zonas de transición o ecotonos. No obstante, en la “ecuación de balanceo” (mejor presentada y/o entendida como la distribución o equiparación del balance o equilibrio entre las partes) que re-planteada por el Sistema dominador se impone como la ecuación o relación capital-recursos naturales, anotada por Galafassi (2009), debe ser considerada la, digamos, “contraparte” u “otra cara de la misma moneda”, lo que dice, la adecuación de un ecosistema a las condiciones impuestas por uno o varios grupos humanos (condiciones que pueden ser simultáneas y/o sucesivas, intercaladas entre sí o no e igual aplicadas sostenidamente o no).

En lo común no hay ecosistemas ni vida sin la simbiosis de intercambio: la vida es un efecto del intercambio y los ecosistemas por igual y, a su vez vida y ecosistemas son por una parte fuente de más vida (también de muerte) y por otra y hasta el presente fenómenos exclusivos de nuestro mundo o planeta: fenómenos extraordinarios. La vida en el Universo es muy poco frecuente, es escasa (hasta que se demuestre lo contrario).

La simbiosis humanidad-naturaleza es medular. Márquez nos ilustra (2010): No obstante, el capitalismo neoliberal afronta en nuestros días una crisis general que interpela a la humanidad acerca de seguir otorgando primacía a los intereses del capital o poner en el centro la necesidad de mejorar sustancialmente las condiciones de vida y trabajo de la mayoría de la población y de garantizar la reproducción de la vida humana en simbiosis con su entorno planetario. (Resaltado en negritas nuestro).

El intercambio más o menos “justo” (o equilibrado) para ambas partes de un ecosistema dado en algún momento histórico fue cambiando hasta que el humano pudo transformar la fisonomía natural y generar (producir) otra, que puede llegar a ser muy distinta de la originaria (verbigracia: un ecosistema lacustre mudado a un enorme asentamiento urbano, inclusive ya sin agua). Los ecosistemas se fueron artificializando volviendo determinante la acción humana para conservar algunas características naturales de esos ecosistemas y separando las propiedades del medio de su ser netamente social; demostrando que aunque el humano guarda debilidad por naturaleza propia, posee un alto nivel de adaptación, situación que lo ha llevado a ser la especie dominante del planeta, controlando o intentando controlar a la naturaleza, pero en ciertas circunstancias y casos, en sus afanes de control de lo natural, el ser humano ha terminado por devastarlo o someterlo a un alto riesgo real de ello.

Empero, la modificación aguda de los nichos ecológicos en la mayoría de los ecosistemas es una derivación degradante en negativo de su artificialización. Entendiendo de manera sencilla al nicho ecológico como la función que una especie o individuo realiza en uno o varios ecosistemas. Se ha llegado al extremo de la intervención humana en algunas situaciones en los ecosistemas de modo tal que hay especies desaparecidas directamente por el ser humano y hay otras modificadas genéticamente por nosotros (preferentemente con fines comerciales de monopolio bajo el “auspicio” de la soberbia en añadidura). Otras han sido trasformadas a tal grado que su operación natural ya es muy distinta de la que tuvieron en otras épocas, un ejemplo es el maíz, un grano de importancia mundial e histórica y cultural, un grano que por el manejo humano ha perdido sus cualidades originales y ya es incapaz de reproducirse por sí mismo en el medio natural.

  1. TIEMPO HUMANO Y TIEMPO NATURAL.

La elevada capacidad adaptativa del ser humano es su gran ventaja pero también implica un caro nivel de riesgo y en varios sentidos y magnitudes. No obstante, la función depredadora del humano no es nueva ya que en épocas más tempranas su actividad fue esencialmente de ese tipo y así es como vemos que en los largos periodos de la Edad de Hielo, el humano se contentaba con seguir tomando del medio todo lo que podía sin reposición al mismo, en un intercambio considerablemente parcializado (Childe, 1981) y desequilibrante, intercambio desigual que ha visto a la naturaleza como fuente de materia y energía pero por fuera del ser humano y de la propia naturaleza humana, con los grupos que aplican “filosofías” acudidas para apartarnos todavía más de la naturaleza como si fuera ella un ente nocivo y nuestro enemigo: uno muy fuerte y terrible al que se le tiene que vencer y se ejecutan ciencias y tecnologías para someterlo y, esto más acendrado en nuestra era, la “del conocimiento”, era que eufemísticamente no es otra cosa que la “del desconocimiento” tanto de la naturaleza como de nosotros mismos; de aquí la pauperización vasta de los ecosistemas pero de la misma dote la de enormes contingentes de seres humanos que cada día van siendo más los Otros para quedarse uno mismo solo y en solitud (artificial elementalmente: solitud en medio de las multitudes) por el divisionismo marcado y hasta exacerbado de los tiempos corrientes (atomización de las sociedades y comunidades y, metamorfosis de las sociedades en zoociedades cada vez más agresivas, inseguras, inciertas). 

Es así que se da (cuando menos en parte) el proceso de desnaturalización de la naturaleza para irla modificando a modo para los procesos e intereses humanos, la naturaleza se humaniza pero a la vez es sacrificada en aras del “método social” (que es más el “método del capital”) forjador de ecosistemas cada vez más artificiales y menos diversos (ampliamente menos diversos). Dicha artificialización por “humanización”, tal vez mejor expresado por antropización, de la naturaleza extrahumana ha significado históricamente una tarea sostenida y constante de simplificación ecosistémica que de alguna manera (o varias) es sistematizada y ha repercutido grandemente a nivel glocal (global y local) para irnos llevando no a la “cima de la historia natural” sino a la sima de la misma o algo muy parecido o cercano a serlo. Sin duda también “vehículo perfecto” de conducción a la sima (si no la más profunda, ¿acaso?) de la propia historia humana (regresión, pero asimismo negación de lo humano o de la humanidad del ser humano; incluyendo la negación de la razón que se niega ella misma y se hace instrumento de su propio proceder, lo último señalado por Galafassi, 2009).

La dependencia del humano respecto de la naturaleza es bien profunda, por no denominarla total/absoluta, incluso en esferas más de lo económico: …el significado de económico deriva de la dependencia del hombre, para su subsistencia, de la naturaleza (Polanyi, 1976). El uso de los recursos, su dispendio y mala aplicación no son sino parte del gran problema, histórico y actual, que puede quizá, ubicarse en uno de sus orígenes en la acumulación por el capital, acumulación originaria asumida por Marx, para ir a instalarse ahora en la tristemente célebre acumulación por despojo, signo del capitalismo en curso (repetimos).

El antropocentrismo ha estado presente permanentemente en el historial humano y ha facultado con amplitud las visiones (por no llamarles alucinaciones) de dominio/sometimiento de las especies y del resto de la naturaleza y no solo de la extrahumana sino por mismo, de la de millones de seres humanos que por eras completas han estado bajo condiciones de esclavitud y hasta el día de hoy (y esto último para un colmo de la deshumanización reinante, por medio de la aplicación de leyes oficiales, por supuesto leyes inhumanas inmorales e ilegítimas pero apuntadas y apuntaladas en los mazos jurídico/normativo político-económicos de los Estados-nación, cuando menos de muchos de ellos). Vallejo y Sánchez (2011) establecen: al contrario de la visión que percibe a la naturaleza subordinada a lo social (…) los ámbitos social, económico y natural forman un todo, en el cual no es posible pensar lo natural como ámbito autónomo a lo social y a lo espiritual, y viceversa (resaltado en negritas nuestro).

En tanto, el ser humano se ha convertido en la fuerza dominante en la formación de sistemas de vida en la tierra (¿también de muerte?: pregunta tanto retórica), su “ascensión” ha ido acompañada de una reducción de las posibilidades de la naturaleza y del medio en una suerte de “suma cero” que por si fuera poco decir, resulta muy difícil de sortear, es más, sorteo que no ha tenido lugar, al menos no mayúscula ni sostenidamente. 

Si bien el espacio es el mismo para la naturaleza y para el ser humano (dentro de nuestro planeta) el tiempo no lo es. El tiempo de la naturaleza es dilatado y discurre con lentitud, la historia natural es “ancha y larga”. En tanto, el tiempo humano es recortado y ocurre velozmente, la historia humana es “corta y apurada” inclusive se llega a medir el tiempo en términos comerciales economicistas. De ahí brota el hoy tan afamado “tiempo real”, un invento muy reciente que trasforma en dinero y poder al tiempo, un “ente” que no ha podido ni tan siquiera ser definido con exactitud ni precisión por las ciencias y del que el igualmente afamado Einstein dijo que solo era una ilusión, o algo así: la distinción entre presente, pasado y futuro son solo una ilusión...

Hay una “cuestión de escala” en cuanto al tiempo cuando lo observamos en sus “componentes” humano y natural (a la vez, entendiendo que una escala puede tener diferentes acepciones; Bottaro, 2012). Esto es parte de la razón por la que las intervenciones humanas han minado las características propias de la naturaleza en vez de potenciarlas hacia mayores extensiones y realizaciones y, simultáneamente es parte de la complejidad (alta) de los ítems que estamos tratando e intentando entender primero para de ser posible, comprenderlos después.

Las ‘veleidades’ humanas (en parte) buscan sentido al tiempo y lanzan “máximas” tipo “el tiempo es oro”, la naturaleza no nos consta que lo haga; en otra posición, la naturaleza no busca un sentido, al menos no lo hemos podido mostrar ni menos demostrar: es posible que el Universo carezca de sentido. Hasta ahora el otorgarle sentido a las cosas y la búsqueda de sentido a las mismas ha sido una neta factura humana, a nuestros días no muy lograda, pero en la punta extrema, menos aceptada todavía; Nietzsche fraseó: quien tiene un por qué vivir, encontrará casi siempre cualquier cómo. Esperamos que no una hechura humana rayana en las atmosferas del mito de Sísifo: ¿esfuerzo perene pero finalmente infructífero, estéril? 

  1. CRISIS, FEMINEIDAD DE LO NATURAL.

Las crisis no son nuevas para la humanidad ni para el mundo. De hecho la humanidad nunca ha estado libre de crisis por un tiempo sustancial. La historia ha mostrado que la humanidad ha superado (de algún modo) esas crisis, aunque huellas de aquestas “luchas” están presentes y algunas muy definidamente. Véase el siguiente ejemplo señalado por Barbero (1995): el verdadero fondo de la crisis se halla ahí ¿cómo llamar progreso a un desarrollo que adquiere motricidad autónoma, independiente de las necesidades y exigencias del hombre?

Cabe el señalamiento de que coloquialmente se asocia “automáticamente” a la noción de crisis con algo malo, pero esto no es del todo cierto. Hay crisis que se resuelven bien y terminan generando algo bueno, es decir, que de una crisis puede emerger un nuevo estado más satisfactorio que el que existía. Crisis literalmente significa: momento decisivo. En tal tenor y razón, del momento decisivo lo que puede surgir es algo tanto bueno como algo malo, por decirlo así. Bonil y sus colaboradores esgrimen (2010): Etimológicamente la palabra griega crisis significa decidir. La misma palabra en oriente va asociada a fluir, al cambio y a las oportunidades que se abren ante el cambio.

Sin embargo, hoy existen amplias razones para creer que los problemas de nuestro tiempo no serán resueltos en el curso rutinario de los acontecimientos. Ahora la crisis mundial es una “suma” compleja de crisis de muy diversas índoles y no podemos suponer la solución de una de ellas aisladamente de las demás. Conjuntamente, la escala y el carácter global de las crisis actuales (o de algunas de ellas), difieren de la naturaleza de las crisis pasadas (Mesarovic y Pestel, 1993). Si bien algunas crisis son “recurrentes” y añejas como las de esencia economicista hoy se tienen “nuevas” crisis como las enfrentadas en todo el orbe por los grupos ambientalistas (se pueden dar diferentes “ópticas” sobre las últimas pero el ambientalismo es reciente, incluso posterior al ecologismo).

La naturaleza es la entidad mayor en la que conviven materiales inertes y seres vivos, aunque de acuerdo a los “procedimientos” regidos (y rígidos) por el economicismo neoliberal, semejante “convivencia” ha sido trastornada para ahora ser violentamente mucho más que ello una relación de competencia, sí, competencia “extraordinaria” entre los seres vivos (desde luego principalmente el ser humano) contra el mundo abiótico que está implicando el agotamiento de los recursos y el sobreesfuerzo de los equilibrios ecológicos y, tanto la naturaleza como la relación ser humano-naturaleza se dislocan: no son pocos los que acusan al bruto fenómeno del cambio climático-calentamiento global como de génesis antrópica no de la Natura extrahumana (Lara, 2010).

No obstante, para el humano la naturaleza no deja de ser un invento, un descubrimiento producto de su conocimiento e imaginación y se llegó a declarar que la naturaleza no tiene sentido sin el humano, no tiene movimiento, es caos y materia indiferenciada e indiferente y, por lo tanto, finalmente es la nada (Schmidt, 1989). Puntos y términos que pueden acarrear a gran debate, mismo al que nos unimos y más si intentamos introducir en el medio de este seno de la discusión, la hoy tan citada, referida y manipulada sustentabilidad (queriendo nosotros mantener cierta distancia de todo esto respecto al también hoy famoso “desarrollo sustentable” -casi una marca de patente, una marca comercial, o un derecho de picaporte-).

Aunque, de entrada, la naturaleza es en primer lugar el Cosmos y después la Tierra, la naturaleza es madre y padre a la vez, pero ante todo la Tierra es la madre, la madre Tierra o la Tierra madre: la idea más trasparente de este simbolismo sexual (que también puede envolver un componente de amor) es el de la Tierra-Madre que toma las características sexuales (muy posiblemente igual las amorosas) de la mujer como modelo “ejemplar” de la acción generadora y productiva/reproductiva de la naturaleza otorgándole a ésta atributos de la femineidad. Las piedras y rocas, las cavernas, las simas y cimas, los manantiales y los ríos, han sido comúnmente asemejados (asimilados) a los huesos, el útero, la vagina de esa Tierra-Madre (incluso con rituales históricos y cosmopolitas de adoración hacia ellos, lo que todavía en el presente se da).

Cuando durante el periodo Neolítico, se afianzó entre los humanos la conciencia de que podrían propiciar con su intervención los frutos producto de la tierra, se extendió paralelamente la idea esencialmente religiosa de la sexualidad como fuerza motriz que gobernaba los cambios operados en ella (Naredo, 1995). Imagen-idea muy sostenida y significativa, de hecho fundacional que en su momento se vio reforzada por las tesis de Freud en el psicoanálisis, en el que lo sexual se tornó fuerte eje de rotación de la experiencia humana (Rivas, 2008). 

La naturaleza es, en sentido amplio, la relación originaria de todo cuanto existe en la Tierra (Torres, 1999). De aquí se desprende la gran pregunta de qué fue lo que aconteció y cuánto tiempo pasó para que la Tierra y la naturaleza se convirtieran en una posesión y propiedad de todo tipo: privada, individual, comunitaria, social. Y preguntar también qué y cómo fue que el humano se convirtió en el demiurgo, el principio activo, el creador del cosmos, del universo que conocemos y del que desconocemos. Todavía más, se tornó en el Cristo cósmico por fuerza de su sacrificio a escala universal, ofreciendo a cambio el trabajo y el dolor del mundo (Sosa, 1995), lo que dice, el valor del sacrificio. Valor que persiste pero hoy mucho más “acomodado” ya no en lo netamente “natural” sino ido a tomar sus alientos de nuevas fuentes reformuladas por los Think Thanks del Sistema operador impuesto de la modernidad/posmodernidad-capitalismo neoliberalista (mismo que no deja de ser un neoSistema del caos; claro que con implicaciones tanto positivas como negativas y algunas hasta incomprensibles y a su vez inmanejables y caras de ser calificadas y tan solo de ser descriptas). 

Empero, la naturaleza es, antes que cualquier otra cosa (sobre todo en la sociedad moderna/posmoderna consumista y egocéntrica, demarcamos nosotros) el límite de toda la actividad humana (Torres, 1999), sin duda alguna. Límite que una vez y otra ha venido siendo rebasado pero que gracias a la resiliencia (capacidad de reajuste después de una perturbación) y otras cualidades ecosistémicas, es que el rebose de los límites naturales no ha significado todavía la extinción de la vida planetaria. Salas y colaboradores apuntan (2011): (…) la resiliencia es considerada la propiedad y el fundamento de los sistemas sostenibles. (Resaltado nuestro).  

  1. HISTORIAS DIFERENTES.

Lo que distingue a la historia humana de la historia natural, es que la primera la hacen los humanos mientras que la segunda se hace sola, expresado esto en una línea de pensamiento marxista de la naturaleza: el hombre presenta ante sí una naturaleza histórica tanto como una historia natural.

La historia humana es doble y el Sistema impuesto por siglos ha experimentado demasiado con las intervenciones humanas sobre la naturaleza mostrando su “satisfacción” e interés (incluso leonino) por dominar a la historia natural, pero esto ha tenido consecuencias muy amplias y negativas. Unas cuantas positivas pero más que nada para los grupos del poder doquiera y en la época que sea. Una “satisfacción” que se ha manejado y publicitado con excesos como la derrota de la naturaleza por el dominio humano “triunfador” soportado principalmente por los “avances” de la ciencia y de la tecnología, sin hacer mucho caso de que dichos “avances” son solo otra vuelta de tuerca de la senda histórica humana, vuelta en la que de “nueva” cuenta, el ser humano termina, como tantas otras veces, siendo esclavo de sus propias creaciones. Podemos escuchar aun el eco de Engels (1974) aduciendo: (…) no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de esas victorias la naturaleza toma su venganza. Sentencia de Engels que se antoja aplastante, lapidaria.

Entonces, la historia natural (no hecha por el humano, se insiste), es sin embargo el espacio máximo en el que se da la propia historia humana, que así es una historia menor (con el “disgusto” del Plan Rector aplicado por el Sistema de dominio glocal que considera y posiciona al hombre como el centro y finalidad del Universo y de la historia en un supra-exceso de antropocentrismo egotista).

Lo que el humano haga o deje de hacer, solo es explicable en el marco de su incapacidad puramente humana para trascender los límites de lo natural, y de la historia natural, en una inspección más ampliada a la vez que, digamos, realista que por otra parte puede ser observada con cierto grado de conformidad y, por “recomendación” (cuando menos nuestra) con mayor paciencia y conciencia planetaria y lógicamente menor indolencia y omnipresencia del Sistema arbitrario y agotador operado.

Con esto no estamos negando sino al contrario afirmando la principal cualidad del ser humano, su enorme capacidad de trasformación de la naturaleza (y de su propia naturaleza). Esta capacidad de trasformar el mundo-ambiente va más allá del ‘simple’ uso de lo natural: la diferencia esencial (en una visión muy simplificada por necesidad neta) entre la sociedad humana y las sociedades animales es que los animales recogen, mientras que el humano produce: siendo los torales “productos” del humano su civilidad (como una expresión de la cultura) y su neguentrópica inteligencia, aunque esto dependa de la perspectiva asumida ya que los autores pueden anotar otros como los medulares. 

El hombre verdaderamente se apropia de la naturaleza de la manera que puede hacerlo, que es mediante la producción (entrando a escena la tecnología y también la ciencia, luego la acumulación, después el despojo para la acumulación, o sea, el capital o modo capitalista para asumir el poder dado por la distribución para fundar su base de racionalidad, más que nada instrumental-valorativa): toda producción es apropiación de la naturaleza por el individuo o la sociedad, prescribe Marx (1974).

Es en la generación de los medios de producción donde está la clave de la diferencia con los animales que han llegado a desarrollar formas de sociedad, sin llegar a obtener su conceptualización (al menos es el “pensamiento” sobrenadante en el medio, quizás hasta que se pruebe lo contrario). Entonces, la apropiación significa usar y aprovechar, pero también poseer y, concebir, conceptuar: producción quiere decir producción material y producción inmaterial, dos esferas de lo humano que las demás especies no han desarrollado (Marx, 1975). Esto nos define como especie, nos diferencia de las demás y ha sido un bastión de las “filosofías” del dominio para “justificar” la prepotencia del hombre sobre el resto de lo natural y asimismo sobre otros hombres (y esto mucho más sobre la mujer, cuestión que no debemos olvidar: los problemas de género son sumamente importantes y ambientales).

Esto deja más claro que el humano a diferencia de los animales va sumando necesidades, socializándolas a la vez que legitimándolas, lo que dice, “naturalizándolas”. Y si bien la apropiación es la limitación en el sentido de finalidades externas auto impuestas a la naturaleza humana y también a la misma naturaleza, es igualmente una forma de percatarse de que la simbiosis mencionada y la correspondencia entre lo humano y lo natural es algo que solo puede entenderse como especialmente (y significativamente) humano.

Lo verdaderamente humano (humanista humanitario, digamos), es entonces, no hacer de la trasformación de la naturaleza la clave existencial humana, sino la trasformación de la misma naturaleza humana congruente con la naturaleza toda aunque esto suene a pura utopía pura, pero en el fondo una realizable, alcanzable y, trasformación de la que podrían derivarse todas las demás, muy difícilmente sería de otra manera.

Quesada (2004) indica: los seres humanos son los únicos seres que habitan la cultura, la noosfera; ésta contextualiza todas las tendencias nacidas de la condición natural del hombre. Lo que acuña y acuna nuestro señalado en el entendimiento pre-supuesto por nosotros de que definitivamente la relación hombre-naturaleza debe ser atendida de modo especial, incluso porque de ella devienen significantes y trascendentes efectos que por momentos a su vez son tomados como causales, mismos que en determinadas situaciones pueden jugar ambas actuaciones (efecto-causa) hasta simultáneamente (complejidades posiblemente acompañadas de complicaciones).

  1. UNIDAD HUMANIDAD-NATURALEZA, RECURSOS.

Se alcanza, entonces, la suposición (otra) de la “unidad” humanidad-naturaleza. Es decir, no la prepotencia humana ante lo natural “inconsciente” (y la erróneamente supuesta “indefensión” de la naturaleza), sino la humildad (y más en su sentido etimológico que dice: ponerse en bajo, ponerse al nivel del suelo o tierra –humus: tierra. Ser humano: el ser de tierra-) ante lo no comprendido, lo desconocido y vasto del cosmos (y la pequeñez, cortedad y brevedad nuestras aunque cueste reconocerlas y muchos las nieguen y otros tantos las oculten). El “poder humano” licenciado como posibilidad del ser y de sublimar la realidad (no creando hiper-realidad, menos “realidades virtuales facultativas”), comprender entrando por el entender, de ser factible. Entendiendo también al poder o capacidad humana como una parte de la capacidad de la naturaleza para ser más que para estar (muestra: los objetos están los seres somos). Un poder racional (somos entes de razón, cuando menos potencialmente) pero racionado no dominante ni dominador, no para doblegar a la naturaleza ni a otros humanos, lo que prefigura: ambientalizado, sustentable (tal vez o deseablemente). Pensamos que cabe aquí lo comentado por Bilbeny (2005): Ni todo tiene una razón ni el hombre es la razón de todo. El hombre es importante, pero ni siquiera por su bien debe pensar que es lo más importante. Pretendernos el centro de todo es una especie de impiedad cósmica que se vuelve al final contra nosotros.

Esto es también competencia humana, poder humano, pero es un poder que ya no puede ser en tanto es negado por los nuevos paradigmas (vueltos ya paradogmas) que gobiernan la vida actual (moderna-posmoderna y en el caber de la apostilla de Ortega y Gasset, del ser humano que va siendo al mismo tiempo que va des-siendo) y nuestro futuro, mediato e inmediato, que es también el de la propia naturaleza (la externa y la interna al ser humano), que depende de las decisiones humanas, cosa que acusamos pues cada vez se le ve más como el triunfo total e irreversible del humano sobre el entorno: pírrico triunfo al final y trágico “fin de la historia” deslucido y realmente errado del célebre Fukuyama. 

No nos estamos percatando de que detrás del supuesto triunfo del humano sobre el resto del orbe hay una falta real de poder, una carencia de imaginación, sensibilidad, afecto y comunicación (en la también llamada “era de la comunicación/información” o “época del tiempo real” o “era del conocimiento” en la tildada “sociedad del conocimiento” (¡¿?!) que es el ahora (los mexicanos pudiéramos decir “el ahorita”); donde vivimos según varios autores, un tiempo “ahorista” o “puntillista” con cada momento como “nuevo”, ausente de pasado y con un futuro inasible y apenas -o no- vislumbrado), permeados por una soberbia que enorgullece demasiadas veces al humano de sus pequeños triunfos sobre el ambiente (aplicado el término en el sentido más lato) frente a las grandes derrotas cotidianas de nuestra humanidad, derrotas, que esta vez se le son achacadas al limitado margen de los recursos naturales (Rees, 1989). Pero desdeñando “olímpicamente” el incremento de las debilidades humanas tanto las individuales como las sociocomunitarias y así tenemos el aumento de las violencias de todo tipo y nivel, el crecimiento de la farmacodependencia, el trastorno valoral, la pérdida de sentido en la vida humana y de la identidad y un muy largo etcétera.

En los últimos siglos el quehacer humano puede ser medido en términos de los triunfos mencionados sobre el ambiente (lo que incluye parte humana y no humana así como material e inmaterial). Nuestros éxitos han sido hasta ahora, la derrota de la naturaleza; pero la naturaleza no ha sido derrotada, ciertamente está en retirada (cobrándonos las cuitas), sin embargo el humano está considerando su control definitivo sobre la naturaleza como una cuestión de tiempo (Mesarovic y Pestel, 1993).

Cuando el ser humano impone su propio designio sobre el resto del mundo interfiere con el proceso de selección natural (por el darwinista concepto de evolución, ahora igualmente extendido a lo social). Las consecuencias de tal intervención no están predichas: el determinismo tiene sus limitaciones si no que ha quedado a la vera de la historia y sus procesos; el azar siempre se expresa de un modo u otro, es ineludible, para “desventura” de los modelos capitalistas.

En su búsqueda de ganancias de corto plazo la humanidad ha introducido sustancias y organismos a los ecosistemas (y otras modificaciones), no probadas adecuadamente (si es que esto puede hacerse satisfactoriamente en todos los casos, lo que no resulta nada sencillo, tampoco sin costos de consideración) y se pueden dar situaciones agudas de crisis ecosistémicas no fácilmente predecibles o, definitivamente no predictibles. En interés de su propia comodidad y a nombre del “progreso”, la humanidad puede estar degradando la calidad de su propia especie para el futuro y la selección natural puede estar viviendo sus últimos momentos por la fuerte impactación del imperio de las ambiciones humanas desmedidas e irresponsables.

Empero, al contrario, cuando se tuvo aquel mundo no limitado de recursos éstos se “abarataron” y se dio su margen a la baja. No se los conservó en medida y se descuidó la población mundial en sus dimensiones y en sus enormes diferencias de estados de “desarrollo”, visión bastante distinta de evolución (por momentos y ocasiones se le puede considerar hasta involución). Esa hoy pretendida limitación de los recursos naturales, es más una limitación humana que de la misma naturaleza, pero también parece más un problema del economicismo de la injustica socioambiental que de la producción y del intercambio hombre-naturaleza, igualmente parece más un problema de “distribución” que de la saturación de los ecosistemas glocales.

También hay que considerar nuestra actitud hacia los recursos naturales (que en realidad son recursos hasta que se recurre a ellos; antes que recursos son elementos naturales pero no son tan pocos los que llanamente ignoran esto o lo desestiman sin darle la menor importancia).

En la persecución irrefrenada del crecimiento económico y material, hemos puesto la fe en el suministro supuestamente “inagotable” de recursos por pensarlos ampliamente sustituibles, lo cual ocurre solamente en algunos casos y en determinadas condiciones: alimentos, energía, materias primas. Pero hemos “descubierto” ahora que estos recursos esenciales no están de ninguna manera en disponibilidad infinita. Aún si aceptamos como probable que se encontrarían sustitutos, todavía así no podemos tener certeza alguna de que esos sustitutos se encontrarán en las cantidades y en los momentos precisos, además del problema de su distribución (recalcamos) que suele ser sumamente sesgada, injusta si pensamos de manera más socializada-ambientalizada. Dada esta incertidumbre, no podemos asegurar el desarrollo ininterrumpido y, considerando la complejidad de los sistemas que gobiernan el curso (y concurso) actual de la sociedad, cualquier interrupción está destinada a tener graves y serias consecuencias (Mesarovic y Pestel, 1993), a menos que nos brindemos mayor licencia y nos sumerjamos plácidamente en las narcotizantes esencias necrotizantes del futurismo vacío fundado en el más irresponsable ahorismo inconducente.

Señalaba Marx (1974) que la tierra es el gran laboratorio; el arsenal que proporciona tanto el medio como el material de trabajo, el asiento base de la comuna. Así, la naturaleza no sólo es fuente de vida sino vida ella misma, por lo que, también es conservación y destrucción de materia y energía, pero finalmente un proceso donde florece la vida, donde la muerte es para generar nueva vida. La organización de la sociedad humana ha tendido a ser lo contrario, un proceso que a través de la vida procrea la muerte en un derroche que requiere de la vida para seguir alimentándose (Marx, 2002).

  1. ECONOMÍA ECOSISTÉMICA, GAIA.

Hay algo inédito en el humano actual que no existió antes (de ahí lo “inédito”), y es el hecho de que el propio ser humano se convierte en un factor de corrupción de las “coordenadas” mayores que le dan sentido a la existencia, que determinan a la especie, nuestra especie. Por lo tanto, la conservación de la materia y de la energía son la base tanto de la reproducción natural como de la social y más cuando arribamos a las playas (imaginadas-imaginarias) de los procesos materia/energía donde las leyes de la ciencia termodinámica se cumplen como tales y no pueden ser evadidas, pero asimismo cuando y donde tales normas termodinámicas traspasan el fondo netamente material para venir a impactar a los sistemas sociocomunitarios y así, la conservación de materia y energía se torna en sana conservación de la economía ecosistémica, en otras palabras: la termodinámica se vuelve la ciencia económica de la ecología (natural) y esto teje mayores entrelaces entre la naturaleza y los seres humanos y los hace menos lixiviables, menos erosionables por sí mismos y más estables (definitivamente), pero dentro de un dinamismo manifiesto que primero deberíamos ser capaces de entender y luego de extender ecosistémicamente dosificados, racionados.

Leff (2009) nos explica: Esta crisis civilizatoria impulsa un cambio de racionalidad social que conlleva una reinvención de la producción, donde más allá de la ecologización posible de la economía, se construya una nueva racionalidad productiva, una economía de la vida sustentada en los potenciales ecológicos del planeta y en la creatividad de sus culturas: un mundo global construido por las relaciones, alianzas, sinergias y solidaridades de sus diferencias.

Las funciones de conservación natural son tan importantes como la vida misma. De hecho son lo mismo. Esto queda expresado en la teoría de Gaia, que nos dice que existen condiciones de auto reproducción en la Tierra con o sin el ser humano. Entonces, la conservación supone también la existencia del humano en su caso, pues considerar a la muerte como parte de la vida es suponer a la vez a la vida como parte de la muerte y, semejante entendimiento-comprensión solo puede ser encontrada por nuestra especie biológica, sin entrar en un antropocentrismo clásico y/o procrastinante.

La Teoría de Gaia (del Amo, 1994) expresa que las condiciones ambientales de la superficie terrestre son reguladas activamente por todas las formas de vida de la Tierra y, por tanto los cambios y las perturbaciones son causa y efecto dinámicos del crecimiento y del metabolismo de los seres vivos. Los organismos no se adaptan de manera pasiva al medio sino que participan activamente en la trasformación de éste y por consecuencia, en la evolución de su ambiente y de ellos mismos. La Teoría Gaia es una forma de holismo y la evolución planetaria también, a su vez son formas dinámicas o altamente dinámicas.

  1. CONSECUENCIA.

Si vamos a tratar efectivamente esta crisis mundial desarrollo-ambiente, naturaleza-sociedad, debemos entenderla en su origen y en su naturaleza propia, en sus vínculos e interacciones, en sus causas y sus efectos, en sus instancias y en sus derivaciones, en sus co-relaciones ineludibles espacio-tiempo.

La imposición de los “proyectos” humanos sobre el medio ambiente fue la manera en que el humano “domesticó” (si se aceptara tal “logro de la humanidad”) a la naturaleza llevándonos a la grave y sostenida crisis actual, que de tan tardada es más un estado que una crisis y más de la actuación humana y sus impotencias que del resto del mundo natural (queremos refrendar).

Aun así, parece ser que los valores básicos tradicionales, hoy tan mal aplicados, y que están enraizados profundamente en la humanidad de todas las culturas, ideologías y creencias, son en última instancia responsables de buena parte de la problemática presente.

Sin embargo, son estos mismos valores (pactando y parlando sobre los más “universales”), su rescate y reajuste socioambiental los que tendrán un fuerte componente en la resolución de la crisis global, que más que una crisis del medio lo es del pensamiento, más que del resto del mundo natural, es de lo humano (poniendo el énfasis en destacar que lo humano necesariamente es de suyo y cuño, natural, insistiendo en todo ello por último) y, entonces nos compete directamente el enfrentar y resarcir tal situación, no sólo para nosotros sino para nuestros herederos del mundo, si es que queremos tener uno que a la vez sea nuestro hogar y residencia sideral: el hábitat humano para la humanidad, uno más natural, justo, compartido y perdurable, o sea, nuestro propio cosmos en el sentido etimológico de la palabra, es decir, orden, belleza, lo que daría la aplicación como: nuestro orden, nuestra belleza

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