DELOS: Desarrollo Local Sostenible
Vol 4, Nº 12 (octubre 2011)


REPENSANDO LA SOSTENIBILIDAD: DESARROLLO SOSTENIBLE, MIGRACIONES Y CODESARROLLO EN UN MUNDO GLOBAL

 

Francisco J. Calderón Vázquez
Universidad de Málaga, España
fjcalderon@uma.es


 

RESUMEN

En la presente contribución exploramos nuevos campos de aplicación para el conjunto teórico-metodológico agrupado dentro del marco del Desarrollo Sostenible. Para ello procedemos a “sacar” a la sostenibilidad de sus dominios tradicionales, acentuadamente ecológicos-medioambientales y la “llevamos” hacia fértiles campos, como puedan ser el análisis de las migraciones internacionales, la gestión de la diversidad cultural, la interculturalidad o el multiculturalismo, temáticas de enorme relevancia actual que presentan una acentuada dimensión sustentable.
Elemento fundamental en el estudio de las migraciones internacionales es la comprensión de las mismas, puesto que dependiendo de las diferentes ópticas que usemos en la contemplación del fenómeno, las visiones del mismo (y el resultado de los análisis) serán muy diferentes. Es por ello que resulta altamente sugestivo el empleo de la sostenibilidad como matriz para la comprensión del fenómeno migratorio y de sus consecuencias, tanto en los países y zonas de emisión como en los países y zonas de recepción, en términos de codesarrollo “sostenible” de unos y otros.

Palabras Claves: Desarrollo Sostenible, Sostenibilidad, Migraciones, Convivencia Multicultural, Codesarrollo


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1.- INTRODUCCIÓN
Si bien es cierto que nuestra cotidianeidad no sería la misma sin lo “sostenible” o la propia “sostenibilidad”, prueba evidente del éxito divulgativo de tales conceptos a escala mundial, no es menos cierto que las tendencias a la acentuación del deterioro medioambiental y, en particular, la evidencia del cambio climático, parecen demostrar, de facto, la No aceptación del paradigma sostenible y de sus coordenadas limitativas, en el mundo global de nuestros días. Mundo dominado, a partes iguales, tanto por la retorica del crecimiento sine qua non, principal mandamiento del actual credo economicista como por el neo mercantilismo de las grandes economías asiáticas, grandes protagonistas de la escena económica actual.
Ello, evidentemente, no significa el “fracaso” de la sostenibilidad, sino mas bien la necesidad de aceptar el reto que significa reivindicar el legado de dicha construcción teórica, haciéndola transitar, con todo su bagaje de conocimientos hacia otros campos del conocimiento.
Por otra parte, paulatinamente se hace más claro que vivimos en un tiempo de globalización asimétrica con evidentes contradicciones económicas, políticas y sociales (Sitglitz, 2003; 2008), donde la dimensión cuantitativa de los flujos migratorios, a pesar de las restricciones existentes, está alcanzando cotas muy significativas y, donde la dimensión cualitativa de tales flujos, tiene una importancia cada vez más significativa en la convivencia cotidiana de las zonas receptoras que, paulatinamente, alcanzan un mayor grado de diversidad étnica, cultural y nacional. A su vez, las vinculaciones de los migrantes con sus zonas de origen mediante el mecanismo de las remesas, provoca una clara interdependencia, rayana en la supervivencia entre unos y otros.
En el presente trabajo, tratamos de fusionar ambas temáticas: migraciones y sostenibilidad, por lo que planteamos la posible aplicación del marco conceptual y operativo de la Sostenibilidad al análisis de las migraciones internacionales y sus inferencias relativas a la gestión de la diversidad cultural, la interculturalidad o el multiculturalismo. En ese “transito”, partimos de la necesaria revisión de las nociones fundamentales agrupadas dentro del container teórico de la sostenibilidad, para pasar a adentrarnos en la comprensión de las migraciones globales y sus efectos multiculturales, revisando el proceso globalizador desde una óptica histórico-institucional. Por último, procedemos a la aplicación de los postulados básicos de la sostenibilidad a la dinámica migratoria global y a sus efectos multiculturales.
Dado lo relativamente original de dicho planteamiento, nuestra contribución tiene que ser entendida en términos exploratorios y de elemental creatividad.

2.- REVISIÓN CRÍTICA DE LOS POSTULADOS SOSTENIBLES
No parece existir actualmente, un consenso definido sobre el concepto de Desarrollo Sostenible, dada, por una parte, la abundante proliferación de definiciones existentes, sobrepasando el centenar y, por otra, la confusión en torno al objeto del dicho desarrollo sostenible, es decir, que deba ser sostenido: si los recursos naturales (Carpenter, 1991), si los niveles de consumo (Redcliff, 1987), si la continuidad de los ciclos ecológicos interrumpida por la acción humana (Shiva, 1989), si el conjunto de factores y recursos productivos que configuran los procesos socioeconómicos actuales como el capital humano y físico, los recursos ambientales, etc., tal y como propugnan Bojo, Maler y Unemo (1990) o, si de lo que se trata es de sostener los niveles de producción (Naredo, 1990), ya empleando productos renovables, ya financiando productos “sostenibles” alternativos, ya promoviendo la gestión ecológica de los residuos generados, de modo que no se perjudique al medio ambiente.
En donde sí parecen coincidir las diversas y fragmentarias interpretaciones del desarrollo sostenible es en sus contenidos temáticos básicos: la “equidad social”, el “respeto al medio ambiente” o la visión más cualitativa que cuantitativa del crecimiento económico (Artaraz, 2002). Elementos que parecen ser los denominadores comunes temáticos del Desarrollo Sostenible, que actúan como una suerte de delta común donde confluyen las diferentes corrientes de pensamiento.
En concreto, la denominada “equidad social” abarca aspectos tan relevantes como la equidad intergeneracional e intertemporal, una y otra vez reiterada en las definiciones más al uso del desarrollo sustentable (Comisión Brundtland, 1987). Asimismo, la visión intergeneracional se complementa con la “perspectiva inclusiva” del desarrollo, es decir, la necesidad de incluir, por una parte y de empoderar, por otra, a los grupos más desfavorecidos como mujeres, discapacitados, jóvenes, inmigrantes, etc., y ello tanto en los procesos decisorios respecto a medio ambiente, economía y sociedad como en la propia configuración social, promoviéndose las sociedades de no exclusión (Martínez Alier, 1991).
Una tercera dimensión de la “equidad social”, estaría en la equidad entre países, que lleva anexa una óptica Sur-Norte de las relaciones entre países desarrollados y subdesarrollados, evitando los abusos y las prácticas de poder de unos sobre otros, introduciéndose conceptos como la deuda ecológica, es decir la contabilización de las externalidades y de los costes sociales en el precio de las exportaciones de los países en vías de desarrollo o la valoración ambiental, es decir, la contabilización en términos coste-beneficio de los recursos naturales y medioambientales como tales activos reales (Aguilera Klink, 1992; Jacobs, 1992).
En la dimensión económica del Desarrollo Sostenible, la critica a la visión meramente cuantitativa del crecimiento económico y, en particular, a la perspectiva neoclásica del crecimiento (Solow, 1982) produce, desde la crítica al PNB como tal indicador único de producción, y de generación de riqueza y crecimiento económicos (Pearce, Markandya y Barbier, 1989) hasta la necesaria consideración no gratuita del factor ambiental (Pearce, 1976) y a la floración de los índices de desarrollo humano y de los indicadores del desarrollo sostenible.
En su dimensión ecológica el Desarrollo Sostenible plantea una economía “circular” que imite los ciclos y ritmos de la naturaleza. De ahí, la necesidad de emplear en los procesos productivos únicamente recursos renovables que generen pocos o nulos residuos (Daly, 1992; Daly, 1989; Cleveland, 1991) tales preocupaciones teóricas desembocan en planteamientos operativos como el del ciclo de vital de los productos que, a su vez, cristalizan en instrumentos legislativos como la denominada Políticas de Productos Integrada (Comisión de las Comunidades Europeas, 2001) orientadas a controlar y reducir, en la medida de lo posible el impacto ambiental de los diferentes productos y mercancías, desde su extracción hasta su tratamiento como tales residuos, instaurándose los principios de: integración en el precio del coste ecológico, información del consumidor (etiquetado) y diseño ecológico del producto mediante los inventarios del ciclo de vida y el análisis del ciclo de vida.
A pesar de los grandes avances observados en la difusión y aceptación mundiales del Desarrollo Sostenible como núcleo del que podríamos considerar paradigma ambiental del Desarrollo, desde sus orígenes en los planteamientos limitacionistas o entrópicos de Georgescu Roegen (1971), las visiones negativistas del crecimiento económico de Mishan (1967) o las malthusianas de explosión demográfica (Ehrlich, 1968), elementos que confluyeron dentro de las coordenadas (polémicas y populistas) de los denominados Informes sobre los límites del crecimiento (Meadows et alia, 1972; 1993) de gran impacto, en los medios de comunicación y en la opinión publica del mundo occidental.
Esta preocupación planetaria por el medio ambiente y la vulnerabilidad del ecosistema mundial frente a la creciente presión humana, genera el caldo de cultivo necesario a la aparición de una serie de ítems fundamentales, en la configuración de la sostenibilidad como paradigma de actuación en un mundo cada vez más global, interdependiente y “pequeño”, tales como el eco desarrollo (Sachs, 1981), el “otro desarrollo” (Nerfin, 1978) y, finalmente, la aparición de la primera versión de lo que más tarde sería el “sustainable development” (UICN, WWF, PNUMA, 1980).

3.- MIGRACIONES, MULTICULTURALIDAD Y SOSTENIBILIDAD: DESAFÍOS GLOBALES
Podemos entender el fenómeno globalizador como un proceso histórico, tal y como en su día fue concebido por Barán (1957,1969). Proceso iniciado con la expansión europea de los siglos XVI y XVII y reafirmado con el mercantilismo, la revolución industrial y el imperialismo, habiendo alcanzado la totalidad del planeta durante el siglo XX. En la segunda mitad de éste, se ha producido una etapa de intensificación de dicho proceso, mediante toda una serie de innovaciones y mejoras en las tecnologías, transportes y comunicaciones. Ello ha supuesto que en las postrimerías del siglo XX, el proceso globalizador haya “aproximado” física y culturalmente a las distintas áreas territoriales, culturas y comunidades humanas del planeta, como nunca se había visto o concebido con anterioridad.
Desde la perspectiva geo-espacial, la globalización opera como una suerte de mecanismo de interrelación, que tiende paulatinamente a poner en contacto y comunicación a los distintos territorios, gentes y culturas del planeta, elementos que anteriormente se encontraban aislados o precariamente relacionados. Esta circunstancia posibilita que los niveles de interdependencia, interacción e interrelación entre las distintas partes del mundo se incrementen de modo exponencial, generándose una densificación del tejido relacional internacional.
La principal consecuencia de esta interrelación progresiva y constante va a ser que el planeta Tierra, que para nuestros antepasados era prácticamente inmenso e infinito, deviene por momentos más y más pequeño. Este empequeñecimiento del globo supone que empiezan a converger en un “único mundo” las distintas piezas del puzzle mundial. Con ello se hacen cada vez más accesibles e “inmediatos” por su proximidad, los otrora “mundos lejanos” que coexistían en el planeta. Tales partes y fragmentos caracterizados por su enorme disparidad (desde lo religioso, hasta lo político o sociológico pasando por lo étnico, lo económico o lo antropológico) van siendo captados poco a poco por los procesos globalizadores que actúan como una suerte de crisol aglutinador de dichos fragmentos.
La principal consecuencia de estos procesos de aglutinación, va a ser que por vez primera en la historia de la humanidad, las diferentes comunidades del mundo sean cada vez más conscientes de la existencia, presencia y realidad de las otras. La cercanía inmediata, puede provocar toda una serie de situaciones, encuentros y desencuentros que podríamos sintetizar en dos grandes campos: a) una mayor tendencia al conocimiento y aceptación de los otros; b) por el contrario la afirmación de las identidades a partir de las diferencias y consiguientemente la intensificación de las mismas, agudizándose en paralelo las tendencias conflictuales, es decir, la negación del otro, una constante en la historia de la humanidad, que podría, en el caso que las partes no lleguen a consensos básicos, imponerse como criterio de actuación. La evidencia empírica nos muestra que en perspectiva histórica, las relaciones operadas entre las distintas partes del mundo y los diferentes grupos humanos entre sí, han sido normalmente de índole traumática, dado que la forma de relación dominante o predominante ha sido históricamente el conflicto y no la cooperación.
La minimización del espacio físico, operada en las últimas décadas por las oleadas de innovaciones globalizadoras que se han ido sucediendo en todos los campos, ha tenido como resultado la puesta en contacto directa de elementos y tradiciones culturales, tantas veces contrapuestos, antitéticos o enfrentados entre sí. Mundos culturales, que tradicionalmente habían existido como compartimentos estancos, enrocados en sus ámbitos territoriales y amparados en las distancias físicas que los separaban, ahora van a tener que coexistir en un único mundo, situación que carece prácticamente de precedentes en la historia mundial.
Ello supone, por una parte, desafíos ciertamente “históricos” e impresionantes por sus implicaciones, dados los cambios que traerán para la estructura del mundo que conocemos. Y por otra, la emergencia de numerosos conflictos, prueba de ello serían los fenómenos de resistencia a la estandarización cultural occidentalizadora (conflictos religiosos, culturales, étnicos, etc.) cuya manifestación más evidente por su actualidad es el enfrentamiento abierto o latente entre las corrientes integristas islámicas y el mundo occidental, en la perspectiva del choque de civilizaciones de Hungtinton (1996), y los fenómenos de resistencia al “pensamiento único” representados por las tesis globalizantes de Fukuyama (1992) entre los que se encuadrarían los movimientos antiglobalización, las corrientes antimundializadoras, y la cultura “non global”, entre otros.
La visibilidad del mundo en su conjunto, provoca que las desigualdades interpartes, ya notorias, resulten aun si cabe más evidentes y rotundas. Por ello tiende a acentuarse entre los grupos de población, la conciencia de las situaciones de desigualdad existente entre las distintas partes del mundo, ya sean éstas sociales, económicas o culturales, y por ende de su bienestar o de su “no bienestar”, dependiendo de cuál sea su caso en particular, en relación a otras zonas del planeta. Paradigma de lo anterior, resulta la aceleración de los procesos migratorios masivos desde las áreas subdesarrolladas hacia las desarrolladas. Puesto que la población residente en el mundo en subdesarrollo es cada vez más consciente de: a) lo desfavorable de su situación de no bienestar, en todos los órdenes, con respecto al mundo desarrollado, b) de lo legítimo de sus aspiraciones de progreso y bienestar; c) de la imposibilidad de un cambio rápido en las coordenadas de dicha situación en sus países o zonas de origen, posiblemente el detonante de la decisión migratoria en su conjunto.
Por ello, la decisión migratoria actual parece tener más que ver con condicionantes de expulsión de sus zonas de origen de los inmigrantes que con necesidades reales de recursos humanos en las regiones receptoras (Capel, 2002) por lo que la emigración se configura como estrategia personal, muchas veces de supervivencia en contextos extremadamente hostiles, favorecida por la facilidad de los transportes y las comunicaciones y el relativo bajo precio de los billetes aéreos y transporte en general. Motores de una suerte de mercado de trabajo mundial, o sucedáneo del mismo. De ahí que Capel (2002) considere la posibilidad de flujos migratorios instantáneos en función de las percepciones percibida por los inmigrantes a través de canales formales o informales y por las necesidades económicas de la zona de acogida.
Lo anterior produce que en la actualidad la tendencia a la multiculturalidad aparezca como una constante que se reitera en todo el escenario internacional. No en vano, en las décadas finales del siglo XX, el mundo ha asistido a una de las mareas migratorias más impresionantes de la historia humana. En este sentido, los flujos migratorios procedentes de Asia, África y América con destino a la zona UE registraron un fuerte incremento, alrededor del 75% en el periodo comprendido entre 1980 y 2000. Registrando Estados Unidos y Canadá aumentos aún mayores (PNUD, 2004). La magnitud de tales cifras parece indicar con claridad que la multiculturalidad y su consecuencia, la diversidad, no parecen un fenómeno coyuntural, pasajero o esporádico, sino que parecen haber arraigado con fuerza. En palabras de Sen (2004) “han venido para quedarse”, fundamentalmente, porque la situación de multiculturalidad es en gran medida el resultado de procesos migratorios sostenidos. Procesos cuyo motor a lo largo de la historia no ha sido otro que la búsqueda de mejores horizontes personales y familiares.
La aceleración de los movimientos y flujos migratorios, provocada por la globalización, está cambiando muy rápidamente el perfil étnico y cultural de muchos países en la escena internacional (Kymlicka, 1996). En particular de los estados occidentales, principales receptores de dichos flujos. Las sociedades occidentales aparecen cada vez más como una suerte de patchwork o mosaico de grupos mayoritarios y minoritarios identificados por su lengua, etnia, cultura o status económico, el resultado es una suerte de miscelánea mundial en la que es muy difícil encontrar países homogéneos.
Por otra parte, los flujos migratorios actuales presentan como característica distintiva la tendencia a mantener vinculaciones muy estrechas con las zonas de origen, gracias a los progresos tecnológicos en los trasportes y comunicaciones. Esta mutación espacial sin traslación en lo cultural, puesto que se vive en un sitio distinto pero se sigue “estando presente” en el país de origen, representa una característica absolutamente diferenciadora con los procesos migratorios de otras etapas históricas, donde la tendencia más frecuente era la asimilación y la pérdida de identidad cultural, fundiéndose en la cultura del país receptor. Esta característica acentúa las tendencias multiculturales puesto que al reforzar la identidad grupal y los perfiles identitarios, tiende a plantear la reivindicación y afirmación de los mismos en contextos distintos al del país de origen.
Dado que los caminos de la inmigración se construyen y pavimentan a partir de necesidades y sueños, el motor de los flujos migratorios parece estar dotado de una energía formidable e inagotable. Por cuanto que ése parece ser el motor de la Historia, por encima de cualquier otro. Posiblemente por eso, contradiciendo a Fukuyama, el fin de la historia es siempre su principio, la Historia vuelve siempre a sus orígenes, confirmando su esencia cíclica, consagrando el principio del eterno retorno mientras existan hombres, llenos de sueños, urgencias y necesidades, sobre la faz de la Tierra.
Al contar con tan formidable combustible, parece muy difícil que tales dinámicas puedan ser abortadas, malogradas o interrumpidas, por más que se repriman, obstaculicen o traten de impedirse. Por eso, las dinámicas migratorias y sus consecuencias multiculturales forman parte de la realidad de nuestros días y en cuanto a tal realidad, parecen ser inevitables. Por tanto, parece más coherente, siguiendo un símil hidráulico, promover su canalización antes que su represión, dado que esa energía, bien canalizada, puede ayudar, y tanto, a la dinamización socioeconómica de contextos mortecinos. Por tanto, en el tratamiento de la cuestión migratoria y multicultural, parece mucho más eficiente, desde una perspectiva de asignación de recursos, desechar lógicas de conflicto y proponer lógicas de cooperación humana.

4.- AFRONTANDO LAS MIGRACIONES GLOBALES DESDE LOS POSTULADOS DE LA SOSTENIBILIDAD
En la perspectiva de la sostenibilidad, las migraciones plantean numerosos desafíos, tanto en las zonas de origen, que muchas veces se ven abocadas a una suerte de vaciamiento poblacional, perdiendo además a sus cohortes de población joven, más y mejor formadas (brain drain). En las zonas receptoras, la llegada de nuevos grupos poblacionales también plantea desafíos desde la perspectiva puramente ecológica, mayor densificación urbana, mayores consumos energéticos; y también desde la socioeconómica, mayor presión sobre los servicios sociales, mayor demanda de empleo, mayor gasto público, etc. Si bien, el mayor reto al que se enfrentan las zonas receptoras es el cultural, es decir cómo organizar y gestionar esa diversidad creciente y cómo hacerlo de manera enriquecedora.
A su vez, las migraciones también plantean grandes complementariedades: En términos demográficos, la salida de población, vía emigración, puede aliviar la presión demográfica existente sobre los recursos naturales en las zonas emisoras. En términos económicos, a través de las remesas, las zonas emisoras pueden mejorar notoriamente su renta (Bertozzi, 2008), lo que significa nuevas e importantes posibilidades para su desarrollo (Alonso, 2008) aunque bien sea cierto que el aumento de ingresos no contribuye, necesariamente, al desarrollo sostenible, ni que exista un control que pueda garantizar mínimamente su buen uso (Santos Rego, 2009).
Para las zonas receptoras, la llegada de flujos migratorios supone una revitalización demográfica cierta, puesto que los que emigran normalmente son jóvenes o muy jóvenes, lo que en contextos demográficos mortecinos (como en el caso español) supone una contribución de savia nueva muy importante para la sostenibilidad poblacional y social de dicha sociedad. Asimismo, la llegada de nuevas cohortes supone un estímulo para el incremento de los consumos, la producción y, en definitiva, un acicate para el crecimiento que ayuda a la dinamización socioeconómica de las sociedades receptoras. La existencia de tales complementariedades, proporciona la base necesaria para la articulación de migraciones y sostenibilidad.
Como apuntábamos en el epígrafe n. 1, uno de los contenidos temáticos fundamentales de la sostenibilidad es el de la equidad social, que a su vez, planteaba un triple escenario: Equidad Intergeneracional, Equidad Inclusiva y Equidad Sur-Norte. La primera de las mismas plantea la garantía de satisfacción de las necesidades de las generaciones presentes sin perjuicio o sin detrimento de las necesidades de las generaciones venideras. En este sentido, la gestión de la diversidad y la interculturalidad constituyen una prioridad emergente en la configuración de las sociedades receptoras, precisamente de cara a la “sostenibilidad social” de las mismas, a la desactivación de los potenciales conflictos que pudieran conducirlas a la conflagración entre los diversos grupos sociales y a su consiguiente destrucción.
La segunda, la más relevante en nuestro caso, plantea la cohesión social y la No exclusión como forma de construcción del entramado social, es decir, hay que incluir en la matriz de decisiones sociales a los grupos socialmente desfavorecidos (discapacitados, desempleados, inmigrantes, mujeres, jóvenes, marginados, etc.) y, lo que es más importante, la no inclusión tiene que ser activa y empoderadora, no puede ser meramente formalista sino que hay que preparar a los grupos desfavorecidos para que puedan actuar como tales actores sociales y no puedan ser discriminados.
En este sentido, los inmigrantes constituyen a priori un grupo desfavorecido que debe ser “preparado” para su inclusión e integración social. Otra cuestión es como se lleve a cabo: si con políticas migratorias generalistas como en los 60, si con micro actuaciones y políticas focalizadas como en los 90 y siguientes, en función de lo masivo del proceso migratorio y de los resultados que pretendan obtenerse.
Lo que parece claro es la necesidad de gestionar los procesos migratorios en aras de la sostenibilidad de las sociedades receptoras, partiendo de los presupuestos operativos de la interculturalidad y de la educación intercultural (Lucas, 2006). La no gestión de los mismos podría provocar enfrentamientos de relieve dentro de dichas sociedades, conflictos que podrían poner en tela de juicio, precisamente, la “sostenibilidad” futura de las mismas.
A su vez, la tercera de las dimensiones “sociales” implica la necesidad de corrección o reorientación de las relaciones internacionales asimétricas Sur-Norte. Ello implica la adopción de una óptica de codesarrollo en la perspectiva sostenible de las migraciones, tal y como pretende la Comisión Europea en sus comunicaciones sobre inmigración y desarrollo (en donde se realzan los aspectos positivos de la denominada “migración circular”, considerada positiva tanto para zonas emisoras como para zonas receptoras, dado que al aportar mano de obra ayuda al mantenimiento de la actividad económica en estas, mientras que las remesas benefician a aquellas. Otros aspectos importantes son los de la capacitación, formación y las nuevas ideas que llegan a los países emisores cuando retornan los trabajadores (Pinyol, 2008).
Siguiendo a Santos Rego y Lorenzo Moledo (2003), el esfuerzo educativo intercultural es fundamental e inevitable en la arquitectura de la sostenibilidad y las migraciones, dado que la interacción entre autóctonos y alócatenos es imprescindible en la construcción de sociedades heterogéneas y de diversidad. Un aspecto decisivo dentro del esfuerzo educativo es del genero, puesto que las mujeres migrantes constituyen paulatinamente el segmento protagonístico de los flujos migratorios.
Si la pretensión es actuar sobre la sociedad de origen a través de la mujer, ésta puede ser el vehículo de cambio genérico en dicho contexto, ya que la emigración, por dura que sea, parece alterar significativamente los roles socio-familiares de la mujer, provocando indirectamente ganancias en autonomía femenina y en capacidad de decisión.
En el caso femenino y, dado el poder expansivo de las mujeres dentro de la familia, el esfuerzo educativo debería centrarse en el empowering del sujeto, promoviendo en este caso tanto el fortalecimiento de aptitudes como el desarrollo personal de las mujeres migrantes (Santos Rego, 2009), entendiendo que la toma de conciencia de centenares de miles de mujeres migrantes sobre su valía, aptitudes, capacidad de adaptación a las circunstancias cambiantes y capacidad de resolución, puede tener un efecto multiplicador decisivo en sus países de origen, de cara al desarrollo sostenible de dichos territorios.


 

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