DELOS: Desarrollo Local Sostenible
Vol 4, Nº 10 (febrero 2011)


DECRECIMIENTO BIOFÍSICO Y DESARROLLO

 

Gian Carlo Delgado Ramos
Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades.
Universidad Nacional Autónoma de México
giandelgado@unam.mx

 


RESUMEN

Los límites ambientales o la capacidad de carga del planeta es un asunto cada vez más presente en la agenda política internacional, y desde hace un tiempo en la social. Ciertamente tomará mayor fuerza conforme el tamaño del subsistema económico vaya acercándose a las dimensiones del sistema ecológico planetario. La tensión entre economía y límites ambientales se ha intentado resolver desde diversos puntos de vista, pero ciertamente desde dos grandes perspectivas: la de hacer compatibles y manejables el desarrollo o crecimiento económico y la variable ambiental; y la de repensar el desarrollo per se a partir de finalidades social y ambientalmente armónicas en un contexto en el que el crecimiento económico es un efecto secundario y no la variable central. El presente texto (re)plantea y discute el concepto de ecodesarrollo desde esta amplitud de propuestas de cara al contexto socio-ambiental de principios del siglo XXI y los retos que implica repensar el desarrollo de cara a la imperante necesidad de un decrecimiento biofísico.

PALABRAS CLAVE: ecodesarrollo, decrecimiento, sustentabilidad.


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1. Introducción

El decrecimiento como concepto que busca confrontar, en términos generales, la noción contemporánea de modernidad y sus implicaciones, muestra sin embargo interpretaciones diversas.

Por ejemplo, como describen Schneider et al (2010), está la interpretación denominada “culturalista” o aquella impulsada desde la antropología y que busca criticar la idea de que los países pobres deben seguir el modelo de desarrollo de Estados Unidos y Europa. También están aquellas interpretaciones de tinte puramente ecológico y que abogan por la defensa de los ecosistemas y todas las formas de vida que contienen independientemente de otras cuestiones, dígase socioeconómicas. Otras se acercan a lo que se ha denominado como el “sentido de la vida” y que, como bien advierten Schneider et al, los movimientos y actores alrededor de esta modalidad llegan inclusive a dar un peso prioritario a ciertos aspectos espirituales y de simplicidad por la vida (Ibid).

Una forma más de entender decrecimiento es desde la bio-economía o la economía ecológica, esto es desde una visión de la imperante necesidad de reducir los flujos de materiales y energía de la economía frente a los límites biogeoquímicos del planeta. Ello implica, como se revisa más adelante, dar cuenta de los patrones de consumo y desecho a lo largo de todo el proceso económico, esto es, de las esferas de la producción, circulación y consumo.

Sin desacreditar las visiones arriba mencionadas y que sin duda alguna tienen sus aspectos positivos y propositivos (aunque en efecto sus debilidades), se plantea a continuación una revisión crítica del crecimiento económico y el medio ambiente, o mejor dicho, de la tensión existente entre el entendimiento convencional de desarrollo –propio del sistema actual de producción- y otras modalidades menos agresivas socio-ambientalmente hablando.

El decrecimiento biofísico o “decrecimiento sustentable” ha sido definido en los siguientes términos: “…una reducción equitativa de la producción y consumo que incrementa el bienestar humano y mejora las condiciones ecológicas locales y globales en el corto y largo plazo…[es una tendencia en la que no obstante] un crecimiento selectivo pudiera ser aún necesario para grupos o regiones pobres, razón por la cual el decrecimiento sustentable debería ser revisado en múltiples niveles” (Schneider et al, 2010: 512).

Se precisa además que el decrecimiento biofísico no debe ser resultado de fluctuaciones negativas de la economía, léase crisis o recesiones que desincentivan relativamente el consumo de insumos, sino más bien, del establecimiento de límites y reducciones concretas, en términos absolutos, del uso de materiales y de energía. Por tanto, la propuesta significa en sí, escriben Schneider et al, “construir una alternativa de futuro sustentable” (Ibidem), esto es, como se discutirá más adelante, de genuina sustentabilidad socioambiental. De ahí que en efecto sea muy importante no desnudar el concepto de su contenido, no sólo político, sino también social pues no debe ser utilizado para justificar la imposición autoritaria (y por tanto desigual) de límites frente a contextos de crisis aguda, pero tampoco pensarse como mera reducción de los flujos energético-materiales, sino de una reducción socialmente justa que sea fundamento de un incremento en la calidad de vida de esa misma naturaleza.

A continuación se revisa críticamente entonces la cuestión del paradigma del desarrollo entendido como mero crecimiento económico. Para ello se recuperan algunas propuestas propias de la economía ecológica, del marxismo ecológico, entre otras (Baran y Sweezy, 1968; Daly, 1992; Martínez-Alier y Roca, 2000; O’Connor, 2001). En un apartado posterior se evalúa y discute la propuesta de decrecimiento en sí misma desde una lectura del decrecimiento biofísico al tiempo que se plantea normativamente un ecodesarrollo que se deslinda completamente de la noción convencional de desarrollo pero que al mismo tiempo de cuenta de la diversidad de contextos o realidades de los pueblos y sus complejidades. En tal sentido, se propone un ecodesarrollo desde el decrecimiento biofísico, recurriendo a perspectivas analíticas propias de la ecología política y la justicia socio-ambiental (Martínez Alier, 2004; Harvey, 2006; Robbins, 2004).

2. Desarrollo versus decrecimiento biofísico

Hablar de decrecimiento biofísico como conceptualización que busca permitir la construcción de una plataforma crítica sobre el paradigma del crecimiento económico, obliga primero que nada a tratar la cuestión del desarrollo como tal. Como es bien sabido, la noción contemporánea de ése se asocia y usualmente se limita al desarrollo económico. Como tal, es automáticamente asumido como algo bueno y deseable pues se coloca como plataforma generadora de empleo y riqueza, misma que por medio del mercado y en ocasiones por la vía de mecanismos de Estado, es en una u otra medida socialmente distribuida.

Desde tal apreciación, ampliamente difundida desde y entre la clase dirigente y gobernante (Domhoff, 1969), no sorprende que el grueso de agendas políticas de las naciones del orbe suelan estar cargadas de tal peculiar noción de desarrollo. Consecuentemente, todo objetivo político se vincula a la promoción del crecimiento económico y las evaluaciones sobre el bienestar de un país o las valoraciones sobre las gestiones de funcionarios tienden a hacerse en ese mismo sentido.

Al introducir en dicho contexto la variable ambiental, lo “natural” desde la perspectiva economicista es entonces encontrar la fórmula que permita seguir creciendo al tiempo que se conserva el medio ambiente. De ese modo, se asume por un lado, que el crecimiento económico llevará en un principio a un aumento en la contaminación pero ésta llegará a un máximo y luego declinará (según la teoría de la curva ambiental de Kuztnets). Por otro lado, se considera que tal tendencia de disminución de las afectaciones ambientales puede ser acelerada si los excedentes económicos, producto del crecimiento, son luego parcialmente empleados en un desarrollo verde y en la conservación de los ecosistemas.

Como antecedente de tal visión económica-ambiental, está la Conferencia de la ONU sobre el “Medio Ambiente Humano” (Estocolmo, 1972), reconocida como el primer intento del sistema capitalista para tomar medidas ante la problemática ecológica mundial y que ya desde entonces era evidente. En específico en tanto a los impactos generados por el empleo desmedido de recursos no renovables; la alteración de los ciclos del agua, del carbono y de los ciclos biológicos de otras especies; la creación exponencial de contaminantes inexistes en el mundo natural; y la alteración de los territorios y sus paisajes.

Más tarde, en 1974, se presentaría de manera informal la idea de un “ecodesarrollo” en el marco de la Declaración de Cocoyoc, misma que cuestionó la naturaleza o finalidad del desarrollo, pues ése “…no debía ser el desarrollo de las cosas sino del ser humano” (Declaración de Cocoyoc, 1974). Y si bien, la Declaración (producto de una reunión del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) incluyó criticas importantes e hizo un llamado a que la finalidad del desarrollo económico debería ser el asegurar la mejora de las condiciones de los más pobres, la propuesta sin embargo fue rápidamente funcionalizada a la lógica del sistema al reemplazarla por una noción ajustada que se denominó “desarrollo sustentable”.

El concepto apareció por vez primera en el Informe Brundtland (1984), donde se concibió como la capacidad para satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la habilidad de las futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades. No obstante, el desarrollo sustentable se contrajo formal e institucionalmente como, "…una aproximación integrada a la toma de decisiones y elaboración de políticas, en la que la protección ambiental y el crecimiento económico de largo plazo no son incompatibles, sino complementarios, y más allá, mutuamente dependientes: solucionar problemas ambientales requiere recursos que sólo el crecimiento económico puede proveer, mientras que el crecimiento económico no será posible si la salud humana y los recursos naturales se dañan por el deterioro ambiental" (Comisión para el Desarrollo Sustentable de las Naciones Unidas).

Desde entonces, se ha construido un discurso cada vez más elaborado, siendo la Cumbre de la Tierra en Río un punto temporal clave. Ése se identifica y se puede calificar hoy día como capitalismo verde puesto que, por un lado, aboga por el crecimiento económico como precondición de la “sustentabilidad”, y por el otro, coloca los instrumentos de mercado como vía de gestión de toda acción “mitigadora” (e.g. mercado de bonos de carbono). Incluso, se llega a ver la crisis ambiental global de principios de siglo como una oportunidad para consolidar nuevos nichos de realización de excedentes económicos y por tanto de negocio.

Al considerar que sólo desde el mercado se puede dar solución a la crisis medioambiental, es que la lógica productivista y la meta de cada vez un mayor crecimiento económico quedaban incólumes pues, el capitalismo, desde tal noción, puede conformar una carta de presentación verde, al tiempo que se mantiene sin cambios estructurales mayores.

Para Georgescu-Roegen (1971) el “desarrollo sustentable” es pues visto como mero “bálsamo” dado que el crecimiento económico implica necesaria e inevitablemente la transformación-afectación, en un grado u otro, del entorno natural. En tal sentido el concepto se torna, como lo ha precisado Daly, un oxímoron o antinomía , razón por la que Latouche considera que, “…poner en duda la sociedad de crecimiento implica poner en duda el capitalismo, mientras que, a la inversa, eso no es evidente” (Latouche, 2008: 169)

Y es que el crecimiento requiere no sólo del mantenimiento, sino del aumento, cuantitativo y cualitativo, de la explotación tanto de la fuerza de trabajo, como de los recursos naturales (materiales y energía). Tal situación obliga al sistema a estimular patrones de consumo crecientes, tanto individuales como de las instituciones que modelan el sistema –por ejemplo los ejércitos que estrictamente hablando no son necesarios en términos del aseguramiento de la vida aunque sí lo sean para el sistema.

Así, por todo lo antes dicho es claro que los “límites” naturales de cualquier sistema de producción se encuentran en el hecho de que ése es sólo un subsistema de la biosfera pues ésta lo hace posible concreta, material y energéticamente. Esto significa que el sistema capitalista de producción no puede crecer de modo exponencial en un sistema natural que es finito.

Se trata de una limitación que O’Connor (2001) califica como la segunda contradicción del capitalismo, siendo la primera la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, misma que a su vez obliga al sistema capitalista de producción a generar mecanismos de contratendencia como lo son una mayor explotación del trabajo y la naturaleza, la innovación tecnológica o la guerra. Por lo indicado, para O`Connor, “…las amenazas capitalistas a la reproducción de las condiciones de producción [trabajo, infraestructura, naturaleza, etcétera] no sólo son amenazas a la utilidad y la acumulación, sino también a la viabilidad del medio social y natural como medios de vida y vida en si misma” (Ibid: 30). Y es que la primera y la segunda contradicción están sinérgicamente vinculadas. Mientras la primera es factor de agudización de la segunda, ésta última es limitante de la primera.

Una lectura de este fenómeno es ofrecida por Georgescu-Roegen a partir de revisar el proceso económico desde la termodinámica y en particular desde la Ley de la Entropía (2da Ley de la Termodinámica) que establece que hay una degradación continua e irrevocable de energía libre (o de baja entropía) en energía dependiente (o de alta entropía).

El hecho lleva a Georgescu-Roegen a da cuenta de que la base material de la vida es por tanto un proceso antrópico y consecuentemente finito puesto que consumimos energía ordenada y desechamos energía desordenada. Algo similar sucede con los materiales, con la diferencia que éstos son en buena medida reciclables pero nunca de manera íntegra.

Pero, lo que caracteriza al ser humano contemporáneo es el uso energético no sólo endosomático (instrumentos del propio organismo individual), sino de modo creciente el de tipo exosomático (uso de la máquina-herramienta). El proceso económico capitalista consiste materialmente en una transformación exponencial de baja entropía, es decir, en desechos, y dado que esa transformación es irrevocable, el medio ambiente establece límites al subsistema económico. O, en palabras de Georgescu-Roegen (1996: 67), “…los recursos naturales presentan el factor limitativo por lo que se refiere a la duración de la vida […] La existencia del hombre se encuentra ahora irrevocablemente ligada al empleo de instrumentos exosomáticos y, consecuentemente, al uso de recursos naturales”. Y agrega, “… no es preciso disponer de argumentos sofisticados para ver que el máximo de cantidad de vida exige una tasa mínima de agotamiento de los recursos naturales […] Todo uso de los recursos naturales para satisfacer necesidades no vitales lleva consigo una menor cantidad de vida en el futuro” (Ibidem).

Por lo indicado, se puede afirmar que el desarrollo, entendido meramente como crecimiento económico, encuentra serios límites medioambientales pues no hay suficiente planeta para sustentar un proceso productivo exponencial que tiene como telón de fondo patrones de consumo despilfarradores. Esto es, dicho de otro modo, que la capacidad de carga del planeta está siendo superada pues la naturaleza no crece a la misma tasa o ritmo en que lo hace y pretende seguir haciendo el capitalismo.

La huella ecológica mundial, indicador que calcula -en base al actual modo de vida- el espacio territorial necesario, tanto para producir los recursos y energía empleados, como para asimilar los residuos generados por la humanidad, ya sobrepasa entre un 25% y un 39% al planeta Tierra (Delgado, 2009: 16). Ello significa que hoy día necesitamos, en el mejor de los casos, un cuarto de planeta adicional para poder mantener los ritmos de consumo y desecho de principios del siglo XXI de manera tal que no se afecte negativamente el medio ambiente (Ibid: 18). Esto evidentemente es imposible

Desde luego, tales patrones de consumo y desecho son desiguales lo que torna al asunto en una cuestión de clase dado que los índices más elevados se concentran en una fracción mínima de la población mundial; el grueso correspondiente a países metropolitanos. Ejemplificando. El consumo de energía en los países más ricos es 21 veces per capita más que en los más pobres. De modo parecido, el 85% del usufructo y consumo del agua dulce se le adjudica tan sólo al 12% de la población más rica del orbe (Delgado, 2005: 25). El esquema es insostenible en el mediano-largo plazo y las implicaciones ya comienzan a ser visibles, siendo tal vez el cambio climático y la pérdida de biodiversidad de las más notorias.

3. Crecimiento y medio ambiente

Ante la tensión existente entre crecimiento económico y medio ambiente, una situación propia de la modernidad (o desde el nacimiento del capitalismo), el debate y las propuestas alternativas han sido múltiples. Desde posiciones que abogan por un “culto” al medio ambiente, pasando por las que sugieren un enlentecimiento del crecimiento, hasta las que hablan de un ecodesarrollo o inclusive de un decrecimiento.

Mientras el culto al medioambiente es un extremo ficticio pues estrictamente implicaría no modificar nuestro entorno lo más mínimo y por tanto no hacer uso de materiales y energía, inclusive para satisfacer muchas de nuestras necesidades básicas, el enlentecimiento del crecimiento económico sólo prolongaría la inevitable crisis socio-ambiental asociada a ése.

Por su lado, el ecodesarrollo adolece, desde el punto de vista de autores como Latouche (2008) de un fuerte problema conceptual. Esto es que suele estar anclado al desarrollismo, entendido como el crecimiento económico por el crecimiento económico. Sin embargo, vale precisar que hay nociones de “ecodesarrollo” que difieren de la propuesta de un capitalismo verde y que incluso avanzan al discutir con la idea del decrecimiento o de una economía de equilibrio dinámico o de crecimiento cero (Daly, 1992).

Por ejemplo, la perspectiva de ecodesarrollo de Sachs (1981) es en general propositiva y relativamente similar a la de Daly o Latouche, no obstante, y en eso parece tener razón ese último, desde el punto de vista político-práctico, sigue estando vinculado ante los ojos de los no-conocedores, a una noción de un “buen” desarrollo sustentable con mayor contenido social.

Sin embargo, cabe argumentar a favor de Sachs que la pelea por los conceptos es necesaria. Esto, llevado al concepto de ecodesarrollo en “positivo” (por decirlo de alguna manera), implicaría desprenderse de la noción de desarrollo capitalista para desde ahí construir otra visión completamente distinta de desarrollo, una que abandone el desarrollismo y que tenga una fuerte y genuina conciencia socio-ambiental. Latouche aún así prefiere insistir en emplear el concepto de decrecimiento a modo de distanciarse totalmente del desarrollismo y marcar claramente la intensión de no-crecer.

Ahora bien, Sachs sugiere con atino partir de una noción positiva de desarrollo y llama a explorar en dicho proceso nuevas finalidades (o fines del desarrollo), al tiempo que se hagan valer los aportes culturales de los pueblos. Su preocupación, entre otras, radica en la errónea tendencia de ensayar soluciones homogéneas, inspiradas en lo que califica como “…mimetismo cultural y visión unilineal y empobrecedora del desarrollo” (Sachs, 1981: 16). La idea es por tanto fomentar soluciones endógenas y pluralistas sobre la base de la autonomía en la toma de decisiones y la autoconfianza, así como a partir de una articulación más selectiva con el mundo exterior (Ibidem).

El argumento coincide en buena medida con la propuesta de decrecimiento de Latouche (2008: 145), misma que urge la “descolonización del imaginario” y la “deconstrucción del progreso y el progresismo”. Daly de modo similar habla de la necesidad de un “crecimiento moral” como fundamento para la implementación de lo que denomina como economía de crecimiento cero, un proceso que requiere, más allá de una posible buena gestión, de un debate sobre los “fines últimos” (Daly, 1992).

Sachs, desde su perspectiva, visualiza “otro desarrollo” que se traduce en la mejora de las condiciones materiales e inmateriales de la gente (Sachs, 1981: 18). Para ello, ése debe apoyarse en cinco bases: ser endógeno y contar con sus propias fuerzas; tomar como punto de partida la lógica de las necesidades; dedicarse a promover la simbiosis entre las sociedades humanas y la naturaleza; y estar abierto al cambio institucional (Sachs, 1981: 17). Es un esquema en el que no sólo lo global, sino sobre todo lo local es clave pues para Sachs el desarrollo no se puede manifestar más que en dicha dimensión, además de que, para el autor: “…el ecodesarrollo no puede tener éxito sin la iniciativa, el compromiso y la imaginación popular necesaria para cubrir los objetivos sociales y para poner en evidencia las soluciones específicas susceptibles de realizarse, lo que nos remite una vez más al nivel local” (Ibid: 18). Por tanto, el “ecodesarrollo local”, rural y/o urbano, es un punto de partida obligatorio.

Latouche por su parte aboga por decrecer el “bien-tener” para mejorar el “bien-vivir”, de ahí que para él, la problemática central no esté en cambiar el patrón de medida sino en empezar por cambiar los valores y sacar consecuencias para los conceptos (Latouche, 2008: 82). Latouche concluye así la necesidad de “8 erres”: revaluar [nuestros valores]; reconceptualizar [la realidad para evidenciar la lógica del sistema]; reestructurar [relaciones socio-productivas al cambio de valores]; redistribuir [el acceso a los recursos naturales y a la riqueza en general]; relocalizar [la producción y el consumo a escala local en la mayor medida de lo posible]; reducir [el consumo de materiales y energía y la generación de desechos]; reutilizar [lo que implica la producción de bienes durables y promover su reparación y conservación]; y reciclar (Ibid: 143-221).

En suma, la sociedad del decrecimiento, suscribe Latouche, implica cuando menos limitar el crecimiento económico y por ende la acumulación de capital. Y eso es correcto si se piensa como un escenario de reducción en los patrones de consumo que repercutiría negativamente en la realización de excedentes, en la tasa de ganancia y en la acumulación de capital. Esto es, de decrecimiento físico de los flujos de materiales y de energía.

No obstante, la reducción de los patrones de consumo no implica la falta de satisfacción de necesidades sino sólo la limitación del despilfarro y del consumo claramente innecesario (estimulado por la publicidad y la moda, la reducción conciente de la calidad de los productos para disminuir su periodo de vida, la destrucción por la vía de las guerras, etcétera) (léase: Baran y Sweezy, 1968) .

La sociedad del decrecimiento aboga entonces por una reducción del consumo en las metrópolis y un aumento momentáneo del mismo en la periferia a modo de alcanzar la satisfacción de necesidades básicas de su población y que hoy en día al menos cerca de la mitad no las puede cubrir. Para ello, se requiere romper las ataduras o dependencias existentes entre metrópoli y periferia, al tiempo que se buscan alternativas viables de reconstrucción del espacio territorial en todas sus dimensiones, incluyendo lo social, lo político y lo cultural. Tal reconstrucción, tanto metropolitana como periférica, debe pensarse sobre todo en lo local pues es ahí donde se vive y se puede construir concretamente una “nueva geografía” como producto de “otro tipo” de interacciones entre actores sociales, entorno físico y patrimonios territoriales (Latouche, 2008: 184-192). Desde luego, lo local no figura como microcosmos cerrado, advierte Latouche, sino como un núcleo en una red de relaciones transversales virtuosas y solidarias (Ibid: 193, 228-230).

Así, rescatando la propuesta de Sachs y de Latouche, bien se podría hablar de un ecodesarrollo desde el decrecimiento. Esto es de un “otro” desarrollo, socio-ambientalmente más armónico y justo, que se piensa desde el decrecimiento en el uso de materiales y de energía –y por tanto del consumo y del crecimiento económico.

Lo anterior implica que ante la cada vez más aguda crisis medioambiental la humanidad está obligada a replantearse cómo gestionar el territorio, entendido como aquel en el que se plasma concretamente el sistema actual de producción y consumo, sus relaciones sociales y sus contradicciones.

Se trata pues de un desafío que obliga a una reflexión interdisciplinaria, específica y propia de la periferia, pero aún más, de cada región, de cada país y de cada ciudad del orbe. Las experiencias pueden ser, y de hecho deberían ser, compartidas, pero las soluciones concretas requerirán de amplios esfuerzos en la escala local a modo de implementar acciones acordes a la realidad específica de cada caso.

Ahora bien, es importante precisar que en el actual panorama el término de “desarrollo sustentable” o de “sustentabilidad”, muestra un lado perverso cuando es usado por las clases de dirigentes y gobernantes para dar un lavado verde a sus acciones y discursos. Al mismo tiempo, sin embargo, tiene su lado positivo ya que permite que actores sociales que eran incapaces de dialogar o que no tenían punto de conexión, ahora, mediante el espacio de discusión sobre “lo sustentable”, lo hagan y creen redes de discusión, de alianzas y consensos. Lo ideal sería que esas alianzas y concensos sean mucho más refinados, algo debería hacerse no sólo por la vía de la construcción de un tejido social mucho más fuerte, sino también desde un proceso de descolonialización cultural y conceptual que nos permita visualizar de modo mucho más complejo las problemáticas socioambientales de principios de siglo. Ello, por ejemplo, a través del uso de conceptos como “ecodesarrollo”, “decrecimiento”, o mejor aún, de “ecodesarrollo desde el decrecimiento biofísico”.

Por lo indicado, se puede decir entonces que la crisis ecológica es un factor más que une a las clases explotadas, sobre todo a las más pobres, ya que éstas son las primeras que se ven afectadas ante la depredación de su entorno natural inmediato. Las luchas sociales en defensa del medio ambiente y contra el despojo, tanto de aquellos actores de países metropolitanos como de los periféricos, componen el tejido social del verdadero “ecologismo de los pobres” , ya que lo que está en juego no sólo es el derecho a un medio ambiente sano, sino inclusive la existencia misma de tales sujetos y que se ve amenazada por procesos cada vez más intensos de acumulación por desposeción (Harvey, 2006). El resto, o lo que se podría denominar como el “ecologismo de los ricos” o el de las clases dirigentes, gobernantes e inclusive el de buena parte de las clases medias acomodadas, es mayormente demagogia, sólo posible gracias a la estructura de clase y poder imperante.

Pero nótese que lo central de la coyuntura actual es que lo que está en juego ya no sólo es la viabilidad ecosocial de ciertos espacios territoriales, sino que por primera vez en la historia de la humanidad también lo es el propio marco de referencia de la vida, al menos tal y como la conocemos. La ética por tanto tiene y debe ser uno de los ejes claves de cualquier proyecto alternativo de desarrollo, dígase de ecodesarrolo desde el decrecimiento.

4. Bibliografía

 Baran, Paul y Sweezy, Paul (1968). El Capital Monopolista. Siglo XXI. México.

 Daly, Herman (1992). Steady-state Economics. Erthscan. Inglaterra.

 Delgado Ramos, Gian Carlo (2005). Agua y Seguridad Nacional. Arena. Debate. México.

 Delgado Ramos, Gian Carlo (2009). Sin Energía. Cambio de paradigma, retos y resistencias . Plaza y Valdés. México.

 Flounders, Sara (2009). “Pentagon`s Role in Global Catastrophe: add climate havoc to war crimes.” Global Research. Canadá. 19 de diciembre.En: www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=16609

 Georgescu-Roegen, Nicholas (1971). The entropy law and the economic process. Harvard University Press. EUA. Publicado en Español por Fundación Argentaria en 1996.

 Harvey, David (2006). Spaces of global capitalism: a theory of uneven geographical development. Verso. Londres, Reino Unido.

 Latouche, Serge (2008). La apuesta por el decrecimiento. Icaria. España.

 Martínez-Alier, Joan y Roca J., Jordi (2000). Economía ecológica y política ambiental. FCE. México.

 Martínez-Alier, Joan (2004). El Ecologismo de los Pobres. Conflictos ambientales y lenguajes de valores. Icaria. España.

 O´Connor, James (2001). Causas naturales. Ensayos de Marxismo Ecológico. Siglo XXI. México.

 Robbins, Paul (2004). Political Ecology: a critical introduction. Blackwell. EUA/Reino Unido.

 Sachs, Ignacy (1981). “Ecodesarrollo: concepto, aplicación, beneficios y riesgos”. Agricultura y Sociedad. No. 18. España: 9-32.

 Schneider, Francois., Kallis, Giorgos., Martínez Alier, Joan (2010). “Crisis or opportunity? Economic degrowth for social equity and ecological sustainability. Introduction to this special issue.” Journal of Cleaner Production. Vol. 18. Elsevier. Reino Unido: 511-518.


 

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