DELOS: Desarrollo Local Sostenible
Vol 3, Nº 9 (octubre 2010)


CULTURA Y MEDIO AMBIENTE. UNA VISIÓN DESDE CUBA

 

Florentino Ismael Montes de Oca Ruiz
Universidad de Las Tunas, “Vladimir I. Lenin”, Cuba
mmpr@ult.edu.cu
 


 

Resumen

Las bases naturales para la existencia humana se han deteriorado al romperse el equilibrio de sus sistemas y sobrepasarse los límites de la capacidad de autorregulación de la naturaleza por los llamados problemas ambientales globales tan recurrentes en la literatura científica y política de finales del siglo XX e inicios del XXI, como son la contaminación de la atmósfera y las aguas; la degradación de los suelos; el efecto invernadero, el deterioro de la capa de ozono, el agotamiento de las fuentes de energía extractiva y la desertificación, entre otros. Ante esta realidad resulta imperativo profundizar en la relación causa – efecto y las posibles soluciones de estos graves problemas que amenazan todos los ecosistemas. Esta ponencia trata el componente cultural del medio ambiental, de su deterioro y de su conservación. La elevación de la cultura material y espiritual de todos los grupos humanos junto a la mayor equidad en la distribución de las riquezas contribuyen al saneamiento del medio ambiente y a la sostenibilidad.

Palabras claves: Cultura. Medio ambiente


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1. Introducción

Los problemas relacionados con el medio ambiente y su protección para las generaciones presentes y futuras de seres humanos, están en el centro de atención de las instituciones científicas, los políticos, los grupos ecologistas y las personas comunes en todos los países, por la estrecha interdependencia que tienen respecto a la calidad de vida de los pueblos y hasta para la supervivencia de la sociedad.

La cuestión no es tan sencilla de resolver por las estrechas implicaciones que tiene con el desarrollo humano, la explotación de los recursos de la naturaleza y los intereses de las naciones y los grupos sociales que conducen a interpretaciones contradictorias y muchas veces excluyentes.

En el deterioro ambiental, y en su conservaciones influye directamente la cultura de los pueblos reflejada en las relaciones entre las personas y entre la sociedad y la naturaleza. De manera que cultura y medio ambiente están estrechamente relacionados e interdependientes.

Cuando en la segunda mitad del siglo XIX el cubano José Martí Pérez expresó “ser culto es el único modo de ser libre” (Martí; 1975) no se refería solamente a la libertad respecto a la opresión de unas personas por otras, incluía también la libertad respecto a los inconvenientes de las relaciones con la naturaleza sin conocimiento de causa conducentes a graves errores que afectan el equilibrio del mundo.

En el presente trabajo se exponen los criterios del autor acerca de la cultura en su sentido general, basado en criterios de investigadores en diferentes épocas, se hacen consideraciones acerca del vínculo genético de las seres humanos con la naturaleza que constituye la base indispensable para su existencia y desarrollo, así como la necesidad de su conservación inaplazable.

El objetivo es aportar argumentos desde la ciencia para contribuir a formar una conciencia ambiental sobre la base de la concepción científica del mundo y a tono con las necesidades de estos tiempos.

Las relaciones de las personas con su entorno se modifican históricamente en correspondencia con la evolución de la sociedad, sobre todo de sus fuerzas productivas y de sus relaciones de producción. En ese mismo sentido han cambiado las concepciones teóricas y políticas respecto al medio ambiente en cuanto a su deterioro y conservación.

Son tantos los conflictos sociales existentes a niveles global, regional y local que indican la carencia de condiciones mínimas para alcanzar las metas trazadas por los organismos internacionales para el desarrollo sostenible a que se aspira.

2. Interacción e interdependencia del medio ambiente y la cultura.

2.1. Concepciones acerca de la cultura y su relación con la naturaleza.

El término cultura en su origen latín significa cultivo o elaboración. Son varias las definiciones y las interpretaciones que se le dan a este concepto en la literatura especializada. “En el sentido amplio, por cultura se debe entender el conjunto de valores materiales y espirituales, y los procedimientos para crearlos, aplicarlos y transmitirlos, obtenidos por el hombre en el proceso de la práctica histórico social. En un sentido más estricto se habla de cultura material (técnicas, experiencias productivas y otros valores materiales) y de cultura espiritual (resultados en el campo de las ciencias, del arte, de la literatura, de la filosofía, de la moral, de la instrucción, etc.)” (Rosental; 1981). También se utiliza el concepto cultura para designar todo el complejo mundo de la cultura artística y literaria.

La relación entre cultura material y cultura espiritual es tan estrecha y se interpenetran tanto que a penas pueden separarse en el pensamiento y no en la realidad. Cultura como concepto indica una forma particular de vida, de gente, de un período o un grupo humano y esta acepción de cultura está estrechamente vinculada con elementos tales como valores, costumbres, estilos de vida, normas, formas o implementos materiales y organizacionales. De ahí que para la antropología, la cultura consiste en pautas de comportamiento implícitas o explícitas adquiridas y trasmitidas mediante símbolos, y constituye el patrimonio singularizador de los grupos humanos, incluida su plasmación en objetivos.

La cultura como conjunto de relaciones humanas y como resultado de la interacción del hombre con la naturaleza y con la sociedad (Enoa, 2005), ha trascendido en el tiempo y le permite al hombre conservar, reproducir y crear nuevos conocimientos y valores necesarios para la transformación de su medio social y natural, y cobra cada día mayor importancia como sostén fundamental de la satisfacción de las necesidades materiales y espirituales de los humanos.

Existe relación estrecha entre la cultura de los grupos humanos – en diferentes épocas y lugares - y sus relaciones con la naturaleza, más allá del nexo genético original, así como con el deterioro ambiental, tanto a nivel global como en regiones y localidades.

El núcleo central de la cultura está en las ideas tradicionales y, especialmente, los valores vinculados a ella, de manera que los sistemas de cultura pueden ser considerados por una parte como productos de la acción y por otra como elementos condicionantes de la acción futura (Enoa, 2005:16)

“La cultura, como fenómeno social complejo, no sólo se enmarca en los productos de la actividad humana, sino fundamentalmente en la realización del hombre como autoproducto, autocreación a través de lo que expresa su desarrollo como ser social.

El criterio de desarrollo humano, y por consiguiente de cultura, lo constituyen sus relaciones sociales, que conforman la "sustancia de la cultura”. La existencia y manifestación de la cultura se encuentra pues, en y a través de relaciones sociales que establece el hombre en la actividad vital.” (Guadarrama; 2004: tomo 2, p. 374)

Algunos autores actuales al abordar la cultura en general consideran en ella tres dimensiones a tener en cuenta, tales como la separación del hombre de la naturaleza y aparición de rasgos y cualidades que revelan la condición de lo humano en su génesis y desarrollo; la formación de un sistema de opiniones, sentimientos, creencias y su cosificación, resultante de lo cual se forman los saberes y los modos de actuación humanos; y el conjunto de valores materiales y espirituales creados por la humanidad en el curso de su historia.

Edward Brunet Tylor (Inglaterra, 1832 – 1917) aportó una definición de cultura, que ha trascendido en el tiempo y es reconocido su valor por investigadores de otras generaciones. En la definición tyloriana se destaca el carácter complejo de la cultura y la integración en ella de los conocimientos, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres, y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre, así como la posibilidad de investigarla según principios generales y descubrir en ella las leyes válidas para el pensamiento y la acción del hombre.

Ya en el siglo XIX las concepciones evolucionistas consideraban a las culturas en movimiento a través de diversas etapas de desarrollo hacia lo que llamaron civilización. Los investigadores veían a la evolución cultural estrechamente relacionada con la evolución biológica. Son notables en este aspecto las teorías de Herbert Spencer, Thomas Malthus y Charles Darwin, entre otros. Hacia finales del siglo XIX apareció el social darwinismo según el cual el progreso cultural y biológico dependía de la lucha por la supervivencia y la selección natural en la cual sobreviven los más adaptados.

Esta corriente biologizante asume una posición naturalista al tratar de aplicar mecánicamente a la sociedad las leyes naturales sin percibir las diferencias cualitativas entre ambos niveles del desarrollo.

El reconocimiento del origen de la sociedad humana como un producto de la evolución de la naturaleza, a la cual pertenece inseparablemente para todos los tiempos debido a las exigencias metabólicas, reclama de la ciencia la observancia del vínculo visceral de cualquier creación humana con el medio en que se desenvuelven las personas. Esa realidad tan evidente no fue percibida en los primeros estadios del desarrollo social pero ya en la segunda mitad del siglo XVII aparecen intentos sistematizados de abordar desde posiciones científicas las diferencias culturales atribuidas a distintos niveles de conocimientos y logros racionales. No resultó fácil a estas ideas abrirse paso en medio de tantas limitaciones impuestas hasta entonces.

En oposición a las doctrinas evolucionistas darwinistas sociales y marxistas se desarrollaron en el siglo XX otras teorías entre las que se destaca la asumida por el estadounidense Franz Boas (1858 – 1942) y sus discípulos conocida como particularismo histórico.

Boas consideraba insuficiente la evidencia empírica utilizada para descubrir las leyes de la evolución cultural así como los intentos de esquematizar las etapas del progreso cultural del siglo XIX porque, según él, cada cultura tiene su propia historia, cada pueblo tiene su cultura y no comparte el criterio de unas culturas superiores a otras. (Macías: 2005:7).

Sin negar el carácter evolutivo de la cultura como un proceso constante de perfeccionamiento humano se asumió como válido este aporte de Boas para el estudio de la comunidad, ella también tiene su cultura creada y compartida durante varias décadas que puede servir como base y punto de partida para alcanzar metas superiores en cuanto a la cultura ambiental como parte de la cultura general integral en la teoría y en la práctica.

Se reconoce el valor científico del aporte de Tylor en cuanto a la existencia de regularidades y leyes generales en la sociedad y el no menos trascendente aporte de Boas referido a las particularidades y especificidades de la cultura en determinados grupos sociales y comunidades. Esos puntos de vista divergentes no se excluyen uno al otro, deben asumirse ambos dialécticamente como veremos más adelante.

Otro aporte de Boas y sus discípulos ayudó a comprender la necesidad de los trabajos de campo entre los pueblos en evitación de las conclusiones especulativas, por eso la investigación tuvo un alto componente de interacción in sito con los comunitarios no sólo como objetos, sino, y sobre todo, como sujetos activos en el proceso investigativo.

Independientemente de asumir la existencia de cultura en los diferentes pueblos y grupos humanos cada cual con sus características propias, no podemos dejar de asumir un enfoque dialéctico en el estudio de las comunidades y reconocer en ellos mismos la presencia, a la vez, de regularidades, de tendencias y leyes válidas para crear una ciencia generalizadora de la cultura con lo cual se descarta el relativismo cultural defendido por Boas. En la cultura también se manifiesta la relación dialéctica de lo relativo y lo absoluto.

En la cultura de una comunidad conviven matices propios de ella con otros generales de la región y del país formados como parte de un proceso de interacción de otras culturas nativas o forasteras a lo largo de varios siglos lo que le permitió a Don Fernando Ortiz considerar a la cultura cubana como un ajiaco.

La antropología asume este proceso como difusionismo cultural atribuido a la tendencia, asegura Macías (2005), de los seres humanos a imitarse entre sí, considerado como la fuente principal de las diferencias y similitudes culturales de los pueblos. Esta concepción surgió a inicios del siglo XX como oposición al evolucionismo predominante en el siglo XIX.

El autor de este informe investigativo reconoce la existencia de la evolución y la difusión de la cultura como complementarias en la mayoría de los pueblos. Sin la primera no hubiera avanzado la cultura en los grupos aislados durante los primeros estadios de la humanidad, la segunda es inevitable en las condiciones actuales del mundo globalizado aunque algunos pueblos mantienen resistencia ante la influencia de otras culturas.

El funcionalismo estructural británico, corriente antropológica de inicios del siglo XX , defiende el criterio de que antes de explicar las raíces de las similitudes y diferencias en la cultura de los grupos sociales la antropología cultural tiene la tarea de describir las funciones de las costumbres y de las instituciones. Esta posición es asumida, entre otros, por el polaco norteamericanizado Malinowski (1884 – 1942) por temor a la posible especulación y ausencia de cientificidad al no contar con registros escritos como garantía de la debida objetividad científica.

El francés Emile Durkheim (1858 – 1917) también hizo aportes importantes a los estudios culturales como los conceptos de solidaridad y conciencia colectiva imprescindibles para el estudio y la orientación del trabajo sociocultural comunitario en el contexto cubano actual para promover la participación y el accionar colectivo de los actores sociales y estar a tono con lo más esencial de los valores culturales del proyecto social cubano.

Para una investigación en esta temática es imprescindible hacer referencia a los representantes del neoevolucionismo cultural porque ellos enfatizaron en la influencia de los factores del medio sobre la sociedad y su cultura.

Leslie A. White: (EE.UU. 1900 – 1975), postuló que la dirección global de la evolución cultural estaba determinada, en buena medida, por las cantidades de energía que podían ser captadas y puestas en funcionamiento per cápita por año. Este punto de vista no se puede asumir mecánicamente y pensar que a más consumo de energía, mayor cultura. Pero con un enfoque dialéctico materialista se puede aplicar a la comunidad determinada teniendo en cuenta sus características propias, sus necesidades y sus posibilidades.

Julián Steward (EE UU 1902 – 1972), pionero de la ecología cultural - a mediados del siglo XX - consideró significativo el papel de los elementos del medio geográfico (tierra, lluvias y temperatura con factores culturales), la tecnología y la economía en la cultura de los pueblos. Es innegable la influencia del clima, las fuentes hídricas, la calidad del suelo y otros factores naturales y tecnológicos en las costumbres y tradiciones sociales, ya sean montañas, o valles con suelo de aluvión, o regiones muy frías, o desérticos.

Steward se oponía al enfoque unilateral y lineal del desarrollo por etapas porque, según él, existen realmente variadas trayectorias de desarrollo, en dependencia de las condiciones iniciales ambientales y tecnológicas, entre otras. Es un enfoque multilateral apreciable para analizar el sistema de influencias concurrentes en los intercambios culturales en los tiempos actuales donde las comunicaciones han avanzado tanto.

Todas las corrientes antropológicas analizadas, a pesar de sus diferencias, aportan consideraciones imprescindibles para el posicionamiento teórico en esta investigación, aunque ninguna de ellas se puede asimilar como única, porque es útil como método consultar otras en busca de distintos criterios para enriquecer las fuentes que fertilizan el sendero hacia el posicionamiento del autor.

A partir de las consideraciones anteriores acerca del carácter histórico social de la cultura se comprende la presencia en ella de lo universal y lo individual pues a través de sí se expresa la universalidad de lo humano a la vez que la sociedad existe necesariamente en los individuos que expresan material y espiritualmente su cultura y participan con su actuación en la construcción de la cultura general expresada en la esencia humana como el conjunto de relaciones sociales.

En su tesis de maestría Fidel Álvarez (2001:10), por ejemplo, discrepa con Porzecanski en cuanto al uso del término “subcultura” porque, según él “minimiza el concepto de cultura, reduciéndolo y subordinándolo”. Para esa apreciación se basa en el criterio de que sería contradecir el planteamiento de que “la cultura no es suma de subcultura”, considera que las partes no son elementos independientes del todo, ni inferiores, que los miembros de una comunidad, etnia, sexo, religión o grupo social pueden tener y tienen particularidades y singularidades que no están presentes necesariamente en otros grupos sociales de un país o región, pero tienen rasgos esenciales universales que conforman, junto a los de otras agrupaciones, la cultura de un país, como costumbres, tradiciones, creencias, conductas, idiomas, valores, principios, sentido de pertenencia, etc. que se ponen de manifiesto constantemente en una nación.

Al continuar la polémica teórica con Porzecanski, Álvarez dice que ella analiza la cultura en la comunidad como “subcultura”. Para la autora ésta se da en las etnias, religiones, ocupaciones, en los estratos sociales, en los sexos. Él concibe la realidad como una totalidad compleja integrada por conductas, costumbres, tradiciones, creencias y valores que pone en práctica constantemente el grupo social, totalidad que, por su complejidad intrínseca y por la naturaleza de su constitución, no puede escindirse en elementos aislados, entiende que el todo no es igual a la suma de sus partes y la complejidad no puede simplificarse.

Sin conocer todos los argumentos aportados por Teresa Porzecanski en este posicionamiento y a partir de los argumentos encontrados en la tesis de Álvarez, y sin pretender restarle valor a sus discrepancias, puede plantearse otro ángulo del análisis basado en la concepción dialéctica de la relación de lo universal y lo singular, y del enfoque de sistema al analizar las complejidades de la cultura como los demás aspectos de la sociedad. En la relación dialéctica de lo individual y lo universal se verifica la interacción de lo único y lo diverso expresado en la tesis de que “el mundo único sólo existe en forma de conjunto de distintos fenómenos, objetos, acontecimientos que poseen sus características individuales (Guadarrama; 1991: tomo 1 p 50)

En todo objeto, fenómeno y proceso están presente, a la vez lo individual y lo universal. Lo individual es lo que distingue a un objeto de otro, es algo propio de sí. Universal es otra categoría más interna, más esencial, con fuerza de ley mediante la cual se expresa el nexo genético, la conexión del objeto con el sistema más general. Siguiendo la lógica de este análisis puede reconocerse la presencia de la cultura como categoría universal en las diferentes etnias, religiones, ocupaciones, estratos sociales, sexos, conductas, costumbres, tradiciones, creencias y valores de los grupos sociales.

Otro tanto puede decirse de la cultura vista en sus particularidades como cultura económica, cultura política, cultura religiosa, entre otras. Retomando la relación de cultura y “subcultura” puede entenderse a la primera como lo más general, como lo universal y a la segunda como la categoría mediante la cual se expresa lo específico, lo individual, la manifestación concreta.

El enfoque de sistema reconoce, desde su visión más simple, la presencia de “subsistemas” íntegros formando parte de un sistema mayor sin depreciación entre ellos. Relación similar pude establecerse entre “subcultura” o subsistema y cultura como sistema, sabiendo que cada subsistema es, a la vez, un sistema en sí mismo.

En toda comunidad estudiada está presente su cultura forjada mediante la actividad propia y la interrelación con otras culturas a través de los años, allí coexisten lo específico y lo universal.

2.2. Imbricación del medio ambiente con la cultura.

La temática ambiental tiene la máxima prioridad de la ciencia al iniciarse el siglo XXI en lo económico, lo político, lo axiológico, lo jurídico y lo cultural porque está en juego la propia existencia humana y requiere atención urgente debido a que “Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre” (Castro, 92).

¿Qué factores han conducido a esta dramática, y un tanto apocalíptica, situación para la especie humana a finales de la primera década del siglo XXI?, ¿Será posible evitar o remediar tal catástrofe?

Cuando el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad era muy limitado, el hombre vivía a merced de la naturaleza, pero en la medida que fue perfeccionando los instrumentos de trabajo en relación directa con la adquisición de conocimientos, aumentó progresivamente su dominio sobre el entorno natural y llegó a pensar que podía dominarlo a su antojo sin sospechar si quiera que estaba violentando el necesario equilibrio natural y la capacidad de recuperación de los sistemas ecológicos.

Para preservar la especie humana es necesario atender urgentemente los problemas ambientales, sus causas, sus consecuencias y sus posibles soluciones como manifestaciones del desequilibrio en las relaciones propias de la sociedad humana y entre esta y la naturaleza, debido a la gran carga contaminante vertida por la primera sobre la segunda más allá de las posibilidades para su recuperación. “…no hay tarea más urgente que crear una conciencia universal, llevar el problema a las masas (Ramonet; 2006)

Dado el nivel de interrelación e interdependencia prevaleciente en la actividad social, es necesario un enfoque dialéctico, multilateral, exento de unilateralidad, objetivo y concreto de los problemas del mundo de hoy porque “Todo está asociado: analfabetismo, desempleo, pobreza, hambre, enfermedades, falta de agua potable, de viviendas, de electricidad, desertificación, cambio de clima, desaparición de los bosques, inundaciones, sequía, erosión de los suelos, biodegradación, plagas y demás tragedias” (Ramonet; 2006:400).

Muchos autores consideran la armonía en las relaciones sociales como una condicionante para la armonía en las relaciones sociedad – naturaleza. Talía Fung, por ejemplo, citando a Sagan; (1994), plantea: “…la reconciliación de la humanidad con la naturaleza, valor axiológico fundamental de nuestros días, pasa por la reconciliación del hombre con el hombre” (Delgado; 2002: 55)

A las mujeres y los hombres de este planeta siempre les ha interesado sus relaciones con la naturaleza y con los otros sujetos sociales, mas, aunque ese interés no siempre ha sido generalizado, ni ha tenido el mismo grado de profundidad, siempre un grupo de pensadores visionarios ha dedicado su intelecto y sus energías a la búsqueda de soluciones a los problemas propios de esta relación sobre la cual los criterios han variado a través de los tiempos encontrándose posiciones que van desde la indiferencia total hasta considerarlo vital para la humanidad.

Los problemas ambientales tan generalizados actualmente, tienen larga data y se manifiestan desde que el hombre primitivo comenzó a utilizar, producir y dominar el fuego con efectos destructores de los ecosistemas. “Hemos llegado hasta aquí después de un largo proceso de evolución de la sociedad humana en la cual pueden distinguirse tres saltos principales, a saber: la revolución neolítica donde surge la agricultura y se pasa de la economía apropiadora a la productiva; la revolución industrial produce el paso del trabajo artesanal al maquinizado y se crea la industria; y la revolución científico-tecnológica da paso a la producción automatizada” (Miranda; 1997:17).

El intercambio de la sociedad y la naturaleza en muchos casos ha sobrepasado las capacidades de autorregulación de los sistemas naturales, surgen así los llamados problemas globales que responden a las exigencias siguientes: (Guadarrama; 1991:297) afectan el destino y los intereses de todos los países del mundo o de una parte significativa de él; de su solución depende el desarrollo subsiguiente de la humanidad; exigen soluciones urgentes pues amenazan los fundamentos vitales, históricamente formados del género humano y su solución requiere de los esfuerzos mancomunados de toda la humanidad.

Son reconocidos en la actualidad como principales problemas ambientales globales, la pérdida de la diversidad biológica, el aumento de la contaminación de las aguas y la atmósfera, los cambios climáticos, la degradación de los suelos y el agotamiento de la capa de ozono.

Se trata de problemas globales que requieren el concurso de toda la comunidad internacional, especialmente los países más industrializados, para lograr la toma de conciencia y las acciones prácticas en función de mitigar y solucionar la crisis ambiental.

Se plantea como una insuficiencia en el tratamiento a los graves problemas ambientales del mundo actual que amenazan con desaparecer a la civilización humana, el hecho de que su tratamiento es parcial “ignorando la estrecha relación de los problemas y la necesidad de abordarlos conjuntamente” (Vilches; 2010:27)

Los riesgos no están acotados localmente, sino que se extienden a todo el planeta debido a la globalización que domina los procesos, por lo que es necesario hablar de una “emergencia planetaria” (Vilches; 2010:27)

Dentro del gran conjunto de causas conducentes a tan dramática situación están las acciones inconscientes de los que desconocen la problemática en cuestión pero hay otros que asumen posiciones egoístas y pragmáticas y actúan a contrapelo de la realidad sin inhibirse ante las consecuencias fatales.

El hecho de que las soluciones deban ser globales no niega sino confirma el imperativo de acciones concretas en los distintos países, regiones, comunidades e individuos tanto en la práctica como en la conciencia.

“Es por eso tan importante crear conciencia ecologista desde el subdesarrollo y la pobreza que integre el concepto de sostenibilidad la lucha por los imprescindibles cambios sociales y por la solución de las necesidades primarias” (Montes de Oca; 1999:46)

Este es un elemento de partida a considerar en cualquier transformación sociocultural ambiental: el de combinar armónicamente los cambios en las condiciones de vida de las comunidades con la evolución de su pensamiento.

Podemos afirmar que la conciencia no sólo refleja al mundo, sino que también lo crea porque no se pueden separar mecánicamente ambos procesos pues están dialécticamente entrelazados, ya los fundadores de la concepción dialéctico materialista de la sociedad humana lo demostraron, el hombre piensa como vive pero orienta conscientemente su actividad según piensa.

Un aspecto contradictorio a tener en cuenta en el desarrollo social es su influencia en la mejoría del bienestar social y, a la vez, a su deterioro hasta poner en riesgo la existencia humana. Salta a la vista una interrogante ¿El deterioro ambiental es un problema netamente social o natural?

En la cuestión ambiental no pueden separarse en la práctica lo natural y lo social por muchas razones a tener en cuenta ya que el hombre es naturaleza y no puede vivir sin ella por responder a las leyes biológicas aunque su esencia última sea social. La ciencia ha demostrado el origen natural de los seres humanos y su relación permanente con los componentes bióticos y abióticos del mundo. Sin aire, sin agua, sin plantas y animales no podemos vivir ni trabajar.

Vivimos en una época turbulenta, de transición, de grandes amenazas y “estamos en presencia de una crisis de la civilización tecnológica industrial y de la cultura,… y por primera vez en la historia, el ser humano tiene la posibilidad de destruir el planeta” (Bayón/webgrafía/1).

Este autor hace referencia a los grandes y rápidos cambios que se están produciendo en el mundo, debido a la globalización de la economía, al acelerado crecimiento tecnológico, la apertura de mercados en los países periféricos, la privatización de empresas públicas, el desmantelamiento del estado social y el establecimiento de bloques entre países para lograr ventajas competitivas en el mercado.

Al referirse a la “actual crisis ambiental galopante”, menciona entre sus causas la deforestación generalizada y la pérdida de la diversidad biológica, el cambio climático, la disminución de la capa de ozono, las grandes hambrunas, las pandemias, la pobreza extrema, las guerras de enorme contenido ambiental, las migraciones que están cambiando la faz del planeta, los desequilibrios entre el Norte y el Sur y en el seno de las propias comunidades industrializadas, y unos desequilibrios demográficos avalados por la existencia de más de 6 000 millones de habitantes en el planeta. (Bayón/webgrafía/1)

Lo expuesto anteriormente permite afirmar que el mundo debe vivir dentro de los límites de la capacidad de autoregeneración de los sistemas terrestres, lo cual presupone el aprovechamiento de los recursos de la Tierra de manera sostenible y, a la vez, considerar que el desarrollo de la cultura ambiental está estrechamente ligado al desarrollo cultural general de la humanidad.

El término ecología es un antecedente del concepto medio ambiente y “fue forjado en 1869 por el biólogo Ernst Haeckel, y a comienzos del siglo XX vino a significar el estudio de una especie dada y de sus relaciones biológicas con el ambiente.” (Cruz; 2005:9)

A mediados del siglo los científicos elaboraron la noción de ecosistema como una unidad de estudio que comprende todas las interacciones entre el medio físico y las especies que en él habitan. En los años sesenta se descubre que las regiones más críticas desde el punto de vista ecológico eran las zonas de interpenetración de ecosistemas diferentes que al reunirse conforman un todo llamado biosfera.

“La etapa final, que ha llegado a ser una de las piedras angulares del programa sobre el Hombre y la Biosfera (MAB) de la UNESCO, ha sido la inclusión en el concepto mismo de ecología del papel predominante que el hombre desempeña en la biosfera, de la responsabilidad que tiene en su evolución y por consiguiente, de la necesidad de tomar en consideración ciertos aspectos intangibles o no cuantificables del espíritu humano, tales como: la percepción que tiene del entorno y la manera como se concibe la calidad de vida.(Cruz; 2005:9)

Hoy se reconocen integrados al medio ambiente los distintos factores que influyen en la vida humana ya sean bióticos, abióticos o sociales y su contenido no puede encerrarse en ninguna de las más de cien definiciones usadas, una de las cuales define al medio ambiente como “un sistema complejo y dinámico de relaciones ecológicas, socioeconómicas y culturales, que evolucionan a través del proceso histórico de la sociedad, el patrimonio histórico - cultural, lo creado por la humanidad, las relaciones sociales y la cultura” (Universidad para todos, 2000, p.3.).

El debate científico sobre los problemas ambientales tiene ya varios siglos y ha sufrido modificaciones en el tiempo a medida que su tratamiento fue más imperativo. A partir del siglo XIX se desplaza desde el abordaje naturalista hacia las implicaciones del desarrollo tecnológico hasta su inserción en la vida política y sociológica general llegando a generar conceptos como biodiversidad, desarrollo sostenible y otros. Se reconoce la integración en el medio ambiente de tres grandes esferas de elementos: bióticos, abióticos y sociales.

Mateo (2000: 735) señala tres etapas en el debate ambiental.

La primera etapa sólo reconoce al medio ambiente como el medio natural, como la naturaleza. Aparece en el siglo XIX vinculada a conceptos como medio geográfico, ecología biológica, ecosistema y geosistema. Este debate se centraba en las características y propiedades de la naturaleza.

La segunda etapa se caracteriza por el debate desde un contexto tecnológico (Rachel Carson, 1964 y el Club de Roma, 1971). La dimensión ambiental comienza a buscar un espacio en el objeto de estudio de las ciencias particulares.

La tercera etapa centra su atención en el debate desde el contexto sociopolítico (Comisión Brunthand, 1987 y Cumbre de Río, 1992). Se pasa del ecodesarrollo al desarrollo sostenible. En este debate hay posiciones divergentes que van desde el ecofascismo hasta la izquierda verde radical.

Posteriormente se generó un fuerte movimiento científico y político hasta alcanzar los primeros planos en el debate internacional actual.

3. Conclusiones

Todos los grupos humanos tienen su propia cultura, en cada lugar y momento histórico, como reflejo y resultado de sus condiciones materiales y espirituales de vida, y así será la orientación y la conducta de las personas hacia el medio ambiente donde habitan.

Tanto los problemas ambientales como su tratamiento teórico y político han evolucionado hasta llegar a la situación crítica de finales de la primera década del siglo XXI en que están presente en los primeros planos de la agenda internacional por el peligro de la desaparición de las bases para la existencia de la especie humana.

Por su influencia tan significativa en la conducta de las persona, es imperativo continuar desarrollando la conciencia y la cultura de los individuos y los pueblos para poder alcanzar el verdadero equilibrio del mundo expresado en la armonía entre los grupos humanos y entre estos y la naturaleza.

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