DELOS: Desarrollo Local Sostenible
Vol 1, Nº 1 (febrero 2008)

ECOLOGISMO Y DINÁMICA CAPITALISTA


 

Adrián López
Universidad Nacional de Salta, Argentina
edadrianlopez@yahoo.com

 

“De todo se debe dudar, incluida la duda misma”

Karl Heinrich Marx

“... (Al) menos una pregunta (concierne) al discurso del amo: ¿cómo dicho discurso ... pudo haber mantenido su dominación?”

Jacques Lacan

Resumen

Se distingue entre la Ecología, en tanto que ciencia, y el ecologismo, en cuanto ideología que no ataca el capitalismo en sus nodos fundamentales y sí al marxismo, en la escala en que es un pensamiento liberario. Al mismo tiempo, se diferencia entre ecologismo "vulgar" y ecologismo más "sofisticado", poniendo el acento en que, junto a ciertos feminismos, movimientos civiles de base, etc., acaso podrían ser entendidos como parte del Pensamiento Único que es solidario, de forma explícita o no, con el régimen del valor autócrata.

Palabras Claves: Ecología- Ecologismos- Capitalismo- Pensamiento Único- Marx- Marxismo

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1- ¿Qué “respira” en el “Ambientalismo”?

Al contexto histórico de las preocupaciones ecologistas(1), cabe situarlo a partir de la década de 1960 y a manera de una de las tantas manifestaciones ideológicas(2) del capitalismo. Consideramos que no es azaroso que se enmarque en el contexto de la llamada Guerra Fría, puesto que las consignas ambientalistas tuvieron el efecto de enmascarar la lógica del modo de producción comandado por el capital, “desradicalizar” los movimientos de protesta colectiva (“criticando” el pensamiento deconstructivo de Marx), redefinir las funciones del Estado, generar utópicos espacios de “consenso” y frenar el desarrollo interno de los pueblos acosados por la dependencia(3) (Ferrero 1985 a: 21, 23, 26, 67).

Nuestro análisis procurará relevar ejemplos de las dos direcciones del ambientalismo, incluido el comentario de una ley de protección de Costa Rica.

2- Introducción. “Sorpresas” debajo la “alfombra”...

En El desafío de la biodiversidad, el diputado costarricense Luis Martínez Ramírez (1997 a) compila una serie de declaraciones en torno a la ley medioambiental aprobada en su país. Entre los escritos incluidos, contamos la Declaración de Costa Rica en Nassau (Bahamas) de diciembre de 1994 (1997 b: 35/40), la posición de un Foro sobre la biodiversidad (1997 c: 43-51), la percepción de los indígenas (1997 d: 52/53) y la opinión de los campesinos (1997 e: 54-57). Respecto a estos últimos, además de apuntar que el parecer expresado es el de los grupos menos combativos (de otro modo, no serían registrados en una compilación oficiosa sobre el accionar ecologista del Estado), es perceptible la internalización del orden social en curso, de las tópicas ambientalistas y de su autopercepción bajo el rasgo de subalternos(4).

En efecto, entienden que es el parlamentarismo el que tiene que regular la explotación y conservación de la biodiversidad, que el sector privado y el resto de los conjuntos sociales deben cooperar en un ámbito de consenso y que la palabra (endeble) de la ley es la que puede revertir una lógica económica (que nunca se menciona como tal), hacia otra clase de desarrollo. Los ejes en torno a los que se propone llegar a acuerdos siguen los lugares más triviales del ecologismo: el respeto de la Naturaleza, la amplitud de criterios para discutir el uso de los recursos, el equilibrio en la participación de los intereses (1997 e: 57). Aquí es donde manifiestan su autoubicación en cuanto subalternos, ya que los dominantes no requieren de pujar por sus objetivos y se valen del democratismo al que son obligados los otros para que, en la “igualdad” de los intereses, los de los dominantes sean doblemente hegemónicos: de hecho o por la situación diferencial concreta y por la explicitación en el lenguaje.

En relación con los documentos ya citados, se exhorta a la formulación de una nueva ética, de una política de desarrollo sostenible, y de un equilibrio entre globalización, autonomía, justicia social y límites a la pobreza (1997 c: 48). Con tales procedimientos enoncivos, es suscitada la imagen de que el deterioro de la biosfera, tal cual deconstruye Ferrero (1985 a: 16), es responsabilidad de “La Humanidad”, del “Hombre” y demás entidades szeligianas(5). Se asume como inexorable que las naciones empobrecidas por la reproducción del capital, no tienen más que conservar su biodiversidad para obtener “ventajas comparativas” de un peculiar uso de las materias naturales (1997 f: 26). El ecologismo refuerza la subordinación a una división internacional del trabajo que no por “vieja”, guarda menos actualidad y facultad explicativa.

Respecto al anteproyecto de ley y a lo que resultó aprobado, notamos que los obreros improductivos de la política, actuantes en los embrollados mecanismos de legitimación, internalización, racionalización y consagración de lo social como destino u orden, se autoproclaman “clase” necesaria. En esta autointelección no sólo constatamos lo que el Materialismo Histórico pregona (cf. nota 4), sino que los políticos, en cuanto dominantes dominados de los grupos hegemónicos, anhelan conformar una “clase mental”(6) que desplaza en su universo simbólico, la categoría en la que se hallan enrejados. Se autopresentan a sí mismos, como una mediación imprescindible que el obrero universal no puede evitar en el tratamiento de sus asuntos.

En el mismo gesto, el Estado acaba por ser convertido en un ente social “obvio”: su “esencia” consiste en intermediar al trabajador comunitario, enlazándolo con las instancias que lo “particionan” (costumbres, tradiciones, economía, etc.). Y el ecologismo, en instantes en que otras ideologías (vg., el globalismo) excretadas por el despliegue del capital sentencian el fin del Estado (cf. Pérez Serrano 2001 b: 61/63), viene a otorgarle aire. La protección ambientalista se yergue como una función que lo refuerza(7), donándole el derecho de ser garante de una peculiar dialéctica entre ecosistemas y sociedad.

Estos motivos se repitieron en parte, en anteriores declaraciones(8) preocupadas de la agresión contra la ecosfera. Su persistencia en la escala de mediana duración (desde 1972 en adelante) no puede sino develar nodos ideológicos reprimidos en el sentido lacaniano (cf. 1988: 41), que se prestan a su desmantelamiento. Conviene por ello, mencionar las proclamas más destacadas.

En el apéndice de su investigación, Tamames (1983 a) ofrece la Conferencia de Estocolmo (1983 b), la Declaración de Nairobi (1983 c), el Plan para la Acción por el Medio Ambiente (1983 d) y un mensaje de apoyo a la vida (1983 e). A la hora de atribuir las causas de la degradación planetaria, se “procesa” a los avances tecnológicos, a la ausencia de una economía para el desarrollo sostenible y a la depredación del entorno “efectuada” por los países mal llamados subdesarrollados (1983 b: 218; 1983 c: 228-229). Cuando hay fuga momentánea de los corsés ideológicos, logran atisbar que uno de los factores destructivos es la desarmonía entre producción y consumo (1983 e: 254), pero no alcanzan a interrogarse a raíz de qué persiste tal estridencia.

Así las cosas, el desarrollo y/o crecimiento sostenibles y el ambientalismo permiten:

a. enmascarar la explotación de la biosfera en los momentos precisos en que ésta es más dañada;

b. “suavizar” las contradicciones agresivas de las formas societales dominantes, al tornarse concebible un “capitalismo verde”, de igual calibre que una “economía popular de mercado”;

c. propagar esta ideología del consenso y de las nuevas alianzas que, con la excusa del democratismo vacío y de las “confluencias” entre ambientalismo e izquierdas “renovadas”, se apropian de las antiguas consignas del pensamiento marxista crítico, borrando su memoria;

d. sancionar las ópticas reformistas que votan por alterar condiciones no centrales en la dinámica del capitalismo, amparadas en epítetos que aspiran a consecuencias “profundas” (ética ambiental, ecología no androcéntrica –Ferry 1994: 177-, ecología democrática –Ferry 1994: 189, 213-, economía ecológica –Martínez Alier 1994: 223-, etc.);

e. re/legitimar el Estado en su rol de protector del desarrollo ecológicamente sustentable;

f. un artificio para continuar expropiando los poderes constituyentes y autogestionarios que inventa el obrero colectivo, en el curso de la resistencia contra las formas anquilosadas de su creatividad (Estado, política, economía, etc.);

g. la multiplicación de las ONG y los movimientos civiles de “base” que capturan a los “independientes” que no se integran a los partidos políticos tradicionales, y que sirven para afirmar la falta de vigencia de los partidos leninistas. Extienden la función estabilizadora del Estado;

h. que los países subdesarrollados se resignen a ser:

hi- reductos “sanos” y baratos para los dominantes de las clases dominantes del mundo industrializado;

hii- basureros planetarios de escasos costos;

hiii- un depósito de materias primas estratégicas conservadas;

hiv- importadores de tecnologías, de bienes culturales y de patentes, bloqueando su propio despegue en nombre de los imperativos proteccionistas(9);

i. configurar un pretexto a fin de amalgamar la racionalidad científica, el poder técnico y el Estado, con lo que se refuerza el proceso general por el que se “racionalizan” la explotación y el dominio. A través de ese devenir, es naturalizada la injerencia del Estado y de lo científico/tecnológico en las decisiones que tendrían que ser comunitarias, puesto que está en juego la continuidad de la especie;

j. revelar en calidad de “cotidiano”, la diseminación de técnicos y profesionales encargados de mantener, por la lógica de sus prácticas, la escansión entre trabajo manual y tarea intelectual, entre obrero general y trabajadores improductivos engastados en sistemas simbólicos(10).

3- Discusión: el “ecologismo” en perspectiva

Así como la obra de Tamames contaba con un apéndice, en el corpus de Ferrero se incluyen textos ecologistas que reproducen lo denegado que acabamos de cartografiar en el apartado anterior.

Por ejemplo, la carta abierta al ambientalismo (1985 b: 110/117) de Murray Bookchin(11), elucubra que la inmensa mayoría de las cuestiones que tiene que resolver el trabajador comunitario la enfrenta una “ecología social”. Si en ella se evitó mencionar que en Marx se ignora la temática(12), tal cual Martínez Alier difunde (1994: 202, 264-265), no excluye observaciones sobre que su propuesta “superaría” las deconstrucciones contra el capital (1985 b: 116). Un Manifiesto Ecológico en regla vendría a detentar los lugares fantasmáticamente ocupados por el otro eludido.

Por su lado, la ordenanza de El Bolsón (1984), que prohíbe cualquier instalación encarrilada a la investigación y empleo de la energía nuclear (1985 c: 118/119), y el alegato de Santa Fe (diciembre de 1983), que no se atreve a definir el modo gestor de riqueza causante de que estemos al borde de agotar los recursos (1985 d: 120-122), están afincados en las pa/redes ideológicas ya nombradas. Y es que si acabamos por ser redundantes, es en virtud de que las compulsiones a la repetición de lo ideológico nos detienen para desmantelarlas.

En otro orden de problemas, Tamames menciona en detalle los informes(13) al célebre Club de Roma, vinculado a la Fiat, la Olivetti y otras empresas italianas.

El primer ensayo pondera grandes variables: población, producción agrícola, recursos, producción industrial y contaminación. Las que presentan un crecimiento exponencial son el capital y el factor demográfico (1983 a: 120). Pero en un sistema finito, las variables que frenan el incremento son los recursos y la producción industrial misma. El inconveniente es que la progresión del capital puede llegar a una cota que requeriría una gran cantidad de insumos, mermándolos, disparando sus precios y encareciendo los costos globales de una expansión nueva. Con ello, se haría cada vez más difícil obtener recursos, las inversiones no podrían sostener costos elevados y la industria colapsaría, arrastrando a la agricultura y los servicios. No hay que esperar el desastre, que ocurrirá en algún momento del siglo XXI, sino articular medidas planetarias para la estabilidad ecológica y económica, y a fin de conseguir la igualdad en la satisfacción de las necesidades y el mayor desarrollo del potencial humano (1983 a: 121, 125-126).

En el informe de 1974, se procede a la regionalización del planeta en 10 zonas. Apuesta a que acaso no haya colapso, sino catástrofes parciales con fuertes incidencias generales. Habla de la conveniencia de integrar el globo en un verdadero sistema basado en la planificación, en la ayuda, la conciencia mundial y en una ética diferente en relación con la naturaleza (1983 a: 138/139).

El análisis Tinbergen se orienta a recomendar cuál sería el orden más conveniente para resolver los problemas como el armamentismo, la bomba “P”, la alimentación, la urbanización, el deterioro ambiental, el agotamiento de los recursos, la diferencia de poder entre las empresas y los organismos internacionales (1983 a: 141). Se insiste en que se deben eliminar las desigualdades entre ricos y pobres(14), el hambre y las diferencias en el acceso a tecnología e información. Es apuntada la necesidad de liberar el comercio y de crear una moneda única (1983 a: 142).

En los ensayos citados percibimos un neomalthusianismo, generalidades demasiado amplias (Tamames 1983 a: 128) y un pesimismo apocalíptico, rayano en el nihilismo post-moderno, que esteriliza las alternativas de resistencia. Si las cuestiones esbozadas son reales, incluso en el sentido lacaniano de aquellas figuras feroces que nos golpean (Lacan 1988: 161), los investigadores consideran inmodificables la dialéctica sociedad/entorno, las capacidades libertarias de la especie, el modo de producción capitalista, los avances científico-técnicos, entre otros aspectos (Ferrero 1985 a: 15).

Tal vez un enfoque más racional es el “Modelo Bariloche”, efectuado por técnicos argentinos de la Fundación homónima, que no considera invariables las actuales estructuras socio/económicas. Concluye que los principales obstáculos contra el deterioro de la ecosfera no son de índole física, sino sociopolítica y dependientes de las desigualdades (1985 a: 22).

En los apartados precedentes, intentamos objetar los ideologemas que pulsan el estrato menos entrecruzado del ambientalismo: el registro de la normativa jurídica (en el que nos anoticiamos de las “redefiniciones” del Estado) y el de las distintas clases de “manifiestos ecológicos” (que cubren desde las declaraciones de organismos internacionales, hasta las propuestas de ecologías alternas -cf. la idea de “ecología social”). Proseguiremos con la detección de lexemas, campos semánticos e isotopías en textos que todavía medran en el plano del ambientalismo apologético, a fin de destacar luego los estudios de Podolinsky (1995 b) y Molina (1993), ubicados como están en lo que sugerimos aprehender en el ámbito del ecologismo razonado. A manera de cierre, resumiremos las premisas de Ferrero y Fontana (1992).

De las obras pertenecientes a Martínez Alier y Luc Ferry, la de este último es más efectista que la del primero; en consecuencia, su reseña nos ocupará antes. Asimismo, de los análisis rubricados con las firmas de Sergei Podolinsky y de Molina, el del ciudadano ruso de fines del siglo XIX incursiona, con más insistencia, en traspiés ideológicos (vg., en torno al trabajo improductivo de los artistas) que le seccionan racionalidad. A causa de lo apuntado, sus reflexiones serán glosadas previamente a la incursión en la historia ecológica.

En cuanto a Luc Ferry, sostiene que hasta escasos momentos de su publicación, la ecología (en nuestros términos, el ambientalismo y no la ciencia de los ecosistemas) se debatía entre una que es heredera del humanismo antropocéntrico, androcéntrico y renacentista, otra que está anclada en el racionalismo cartesiano y un conjunto compuesto por las distintas ecologías radicales (entre las que menciona a la ecología profunda, el ecofeminismo(15), el ecosocialismo(16), etc. –Ferry 1994: 28, 29, 31). El grupo final comienza a reemplazar de modo efectivo, ético y esperanzador:

a- las ideologías fuertes (1994: 24), b- los arcaísmos políticos irrisorios y sus variantes totalitarias (1994: 213), c- la crítica “externa” e irresponsable opuesta al liberalismo, a la democracia y al capitalismo (1994: 197, 202, 212, nota 5 de p. 229), d- y las utopías que niegan las virtudes del consenso, apoyando un elogio excesivo del disenso y de las diferencias (173, nota 5 de p. 229).

Los “desmanes” de la ecología profunda y de la radicalizada(17) son moderados en una ecología demócrata y reformista, en virtud de que la deconstrucción “interna”, la que procede desde el seno de la democracia contra sus imperfecciones, sin la necesidad de evocar ningún “lugar” allende lo contemporáneo (1994: 197), es la única superior al mesianismo revolucionario y corresponde a una actitud adulta (1994: 202).

Tal cual lo pergeñara Marx respecto a la economía política vulgar (ir a 1975 a: 228), el ambientalismo que aflora en un libro doctrinario es la sistematización retórica e ideologizada de los tópicos que circulan en lo cotidiano en calidad de sentido común autoevidente. Una faceta del “fin” de la historia y del “fin” de las revoluciones, aspectos que remiten a su vez, al “pensamiento único” (Pérez Serrano 2001 b), es el ambientalismo reformista, liberal y que confía en el democratismo del “consenso” como “marcos” para la “solución” de las tensiones, sin subvertir el modo de producción hegemónico. Un giro más del discurso del Amo, aquel cuyo semblante consiste en el que conoce qué se arriesga en el goce y qué clase de Esclavo demanda ese saber (Lacan 1992: 84/86). Su diagrama(18) torna factible caracterizar el ecologismo a manera de una estrategia que le permitió al discurso del Amo, del capital, permanecer, reproducirse y conservar su ímpetu en una época de crisis.

El reverso del Dominador y de su discurso es el ecologismo. Precisamente, lo que caracteriza a ese discurso (cadenas de significantes despóticos) es que haya sido capaz de cierta “vigencia” (Lacan 1992: 181).

Por su parte, Martínez Alier tiñe la obra con argumentos menos apologéticos, aunque delinee que los “verdes” no son contrarios al comercio libre (1994: 235). En realidad, lleva adelante una agenda de temas interesantes que pueden impactar en el despliegue de las ciencias humanas. Ése es el caso con la hipótesis del “intercambio ecológico desigual” (1994: 206, 243-244), que comentaremos al reseñar el texto de Molina.

También encontramos novedoso que el capital se enfrenta a dificultades de reproducción a causa de la creciente escasez de recursos, provocada por las depredaciones contra la biosfera. Así, los saltos bruscos en el movimiento del valor automatizado se hacen sentir no sólo por la caída de la tasa de ganancia y por los procesos económicos incontrolables, sino por la emergencia de los movimientos ambientalistas. En virtud de que los costes ecológicos del crecimiento no se reflejan en los precios, se manifiestan en la intensidad de las protestas civiles (1994: 203). En una perspectiva eco/socialista, el capitalismo es atravesado por dos grandes contradicciones:

a. la acumulación del capital y sus exigencias imperiosas, en oposición con el reducido poder de compra de las mayorías;

b. la expansión en tensión con el deterioro progresivo de las condiciones de producción, en especial, ecológicas (1994: 330).

Alier también incluye otros lineamientos:

a- la historia ecosociológica abarca:

ai- una historia de la contaminación (1994: 209);

aii- la urbanización en tanto que la emergencia de un sistema consumidor y excretor de energía y materia (1994: 209/210);

aiii- el estudio de las repercusiones de tecnologías en el entorno (1994: 211);

aiv- los conflictos sociales como tensiones ecológicas, motivados por las diferencias en el acceso a los recursos y en la capacidad asimiladora de la naturaleza (1994: 212/213);

av- determinados movimientos sociales como síntomas de un “ecologismo popular” (la pugna por la defensa de la salud en el trabajo, las protestas por el empleo desconsiderado del agua potable, etc. –1994: 217/218).

b- una economía ecológica que pondera:

bi- el corte que abisma o separa el tiempo de la economía(19), del tiempo biológico (la biosfera no puede marchar a los ritmos del capital –1994: 207);

bii- que la utilización de recursos renovables no debe superar sus tasas de renovación (1994: 226);

biii- que el uso de los que son no renovables no tiene que exceder la tasa de sustitución por recursos renovables (1994: 226);

biv- la conservación de la biodiversidad (1994: 226);

bv- los caminos para suscitar pocos residuos (1994: 226);

bvi- la riqueza y pobreza(20) excesivas destruyen el ambiente, por lo que tiene que lograrse equidad (1994: 227);

bvii- cambiar el estilo de vida consumista, a fin de eliminar la contaminación (1994: 228);

bviii- la instauración de impuestos ecológicos (1994: 228);

bix- la regulación ambientalista de las tarifas de agua y luz (1994: 229);

bx- la necesidad del reciclaje (1994: 231);

bxi- energías alternativas (1994: 233);

bxii- los costes ecológicos del desarrollo y del crecimiento (1994: 234).

En suma, el autor cree que es momento para comenzar a dilucidar cuáles son los nexos entre pobreza, degradación ecológica, economía, hechos sociales y patriarcalismo, (puesto que las mujeres fueron colocadas del lado de la naturaleza y son las que deben enfrentar las barreras creadas en el ámbito doméstico, cuando ciertos recursos –como el agua- escasean) (1994: 327).

En otro orden de observaciones, indica al pasar que si el eco/marxismo no fue viable antes se debió a la resistencia de sus fundadores. Hay un divorcio entre marxismo(21) y ecología desde el comienzo: Engels criticó las leyes de la Termodinámica en Dialéctica de la Naturaleza (1994: 317), lo que impidió una “energética” ambientalista en los términos de lo que mal se conoce con las desafortunadas palabras de “Materialismo Histórico”. Marx no supo evaluar la contribución de Sergei Podolinsky (ver infra), en la que se realizaba una sugerencia para “hacer puente” entre la teoría de los modos de producción y los sistemas sociales de empleo de la energía (1994: 320). Sin embargo, no parece notar que, bajo cierta lectura de los supuestos(22) del sociólogo exilado en Inglaterra, es imposible legitimar una economía, aunque ésta sea ecológica. Si acorde a lo que abocetamos en nota 22, lo que tenemos que eliminar en una sociedad en la que insista otro nexo entre hombres-biosfera, es lo económico, no adelantaremos al prescribir la urgencia de una economía ambientalista. Au fond, de igual manera que Ferry había adivinado un estrecho parentesco entre humanismo fáustico, androcentrismo y depredación de la naturaleza, es dable articular que hay un contacto rígido entre economía y deterioro. Por consiguiente, cualquier propuesta que no cuestione la existencia misma en lo social de un universo autorreferente (que sería lo económico), no sólo caería en el economicismo, sino que no pondría en jaque la dinámica parasitaria de las comunidades que advinieron hasta ahora. Si ninguna asociación fue ecológicamente inocente (1994: 334), tampoco esa no violencia estaba al alcance a raíz de que todas las colectividades poseyeron un registro económico, (que dicho estrato haya estado o no atravesado por otros planos –como el de las relaciones de parentesco, de don y contra/don es un “factum” que no niega lo que precede). La “economía ecológica” es pues, una formidable contradicción en sus términos.

4- El “ambientalismo” reconsiderado...

Respecto a que Sergei Podolinsky, que Martínez Alier considera uno de los que inauguran la economía ecológica, abrió el camino que podría haber conducido a una relación fructífera(23) entre la teoría de los modos de producción y las estrategias en el uso de la energía, es dable matizar la sentencia. Veremos oportunamente que existían yerros conceptuales graves, que llevaron al silencio de Marx y a las objeciones de Engels.

El artículo del ruso en polémica, principia afirmando que tanto en los animales cuanto en el hombre es adecuado hablar de “trabajo” (1995 b: 65, 79). Si bien en algunos seres vivos y para ciertas actividades, no es aplicable tal noción (por ejemplo, en el reptar de una babosa –1994: 92), en otros que ejecutan tareas distintas sí lo es (1995 b: 94, 102/103, 126-127).

Por un lado y según Marx, está la cuestión de que, en un sentido muy metafórico y flexible, la Naturaleza “trabaja” produciendo, f. i., los materiales que luego serán convertidos en materias primas por la acción comunitaria (1974: 52; cita de Adam Smith). En ese vasto campo, es atinado aplicar la idea que propone la mecánica. Por el otro, ni el sentido flexible, literario, ni la definición desde la física son pertinentes a fin de aprehender lo que existe de distintivo en la labor humana, en tanto que praxis social. La utilidad de la acotación radica entre otras causas, en que se evita hablar del “trabajo de la muerte” (Derrida 1995), del “trabajo del sueño” (Freud 1976 a y b), del “trabajo del texto” (Kristeva 1981 a) y/o de la tarea que ejecutan los enamorados que pasean (Engels 1972). También esquiva el fetichismo que concibe que los medios de producción y máquinas en general, y que el capital fijo en particular, terminen pincelados a manera de entes que padecen labor. Y ello no porque Marx infravalore el rol de las máquinas ni sea colonizado por la metafísica del sujeto o de la conciencia, sino para no dar lugar a los argumentos sicofánticos que convierten al capital en algo atareado y que, al igual que acontece con un obrero, resulte “justo” que reciba un salario bajo el aspecto de ganancia.

Otro nodo de disenso asoma cuando perfila una categoría de “trabajo” (elevación de una energía de orden “inferior” a otra “superior”, gestando reservas) por el que los cazadores-recolectores no laboran, lo que para el sociólogo germano es absurdo (“... el salvaje ...” tiene que usar por fuerza “... tiempo ... para cazar ...”, 1974: 92 –la alteración es nuestra). En numerosos pasajes sostiene de forma enfática que siempre existió un “tiempo de trabajo”, aun en las colectividades de la Prehistoria (y por ende, ley del valor, aunque la afirmación pueda aflorar “escandalosa”...). Por descontado que la cantidad de momentos insumidos en la pesca, la caza y la recolección es mínima en comparación con las tareas en el arado de un “manso”. Pero no implica que no se consuma luz diurna/tiempo y que no sea imprescindible administrarlo, acorde a lo que exige la autocrática regla.

Otro punto de divergencia surge cuando opina que el trabajo humano conlleva un porcentaje de calor convertido en trabajo mecánico, que puede bautizarse “equivalente económico” (1994: 100, 107-109, 117, 127) de la máquina/hombre (1994: 106-109, 134, 137, 141). Si Marx se permite hablar de la máquina/tierra (1972 a: 90, 228), de la máquina-comerciante(24), del dinero/máquina que ahorra tiempo de circulación (1972 a: 192) y de los individuos como la máquina más prodigiosa(25), no pierde del horizonte las sustanciales distancias entre máquina y herramienta, y entre las máquinas técnicas y aquellos otros “objetos” que caracteriza de esa suerte. Por añadidura, criticaría la cosificación que se halla implícita en la idea de asimilar al hombre de modo imprudente, a un “porcentaje”, a un registro económico(26) y a un aparato.

Un ítem bastante sensible es el que se conecta con las aclaraciones en torno al trabajo productivo e improductivo(27); el ecólogo ruso elogia la tarea improductiva creadora de un Haydn, en contraposición a lo que son capaces de ofrecer de sí las sociedades etnográficas (1995 b: 115). Ensalza la labor intelectual, en especial en las universidades (1995 b: 116) y el de los músicos (1995 b: 125-126). Según Marx, un enjuiciamiento tan generoso con los que conservan, producen, reproducen e impulsan a circular sistemas semióticos esconde mal la autolegitimación de la “disposición escolástica”; en otras palabras, el hecho de ser un trabajador intelectual despreocupado de las urgencias que induce la tarea manual, concreta. Esa autobendición en el Otro, se encuentra estructurada por la culpa frente a un real que resiste –que alguien parasita la riqueza, que surge de la acción de “agentes” ajenos a nuestro universo.

Empero, Podolinsky(28) no sortea una contradicción adicional: habiendo sancionado el trabajo improductivo, procesa al lujo, entendiendo que es un derroche de energía (1995 b: 140). La posición de Marx en este terreno es que el lujo en sí no es condenable; lo es el acontecimiento penoso de que únicamente contados sectores sean los que lo gozan, reprimiendo el acceso de las mayorías. Una sociedad emancipada se mide por el grado en que la riqueza se vuelve cada vez más exquisita: el tesoro es también poseer una multiplicidad de necesidades (1972 a: 16). Y trayendo a colación a Owen, Marx aprueba que en el futuro “... la riqueza (deba) ser ... de un tipo superior a la producida ... hasta el presente” (1972 a: 239).

En lo que respecta a la Historia Ecológica, que es el último escalón en este lento “ascenso” desde lo más propagandístico a lo menos irracionalizado por los determinismos ideológicos, Molina afirma que posee tres pilares:

a. el estudio de la génesis de los recursos por parte de la biosfera, que es de larguísima duración y a veces, de escala geológica. Por otro lado, el relevamiento de los ciclos físico/biológicos que establecen condicionantes;

b. la investigación de cómo las organizaciones de la producción fijaron nexos especiales con el entorno. Por consiguiente, el estudio de cómo las relaciones de producción implican modos de apropiación de los recursos y de “eficiencia ecológica”: la máxima cantidad de bienes con el mínimo costo en energía y materias, con el menor impacto y con la menor cantidad de residuos a futuro;

c. el análisis de las percepciones sobre la naturaleza, las que fueron visiones arbitrarias, sociales de ella (1993: 12-14).

El decurso de la especie manifiesta que existió un ciclo, que es una deseconomía (1993: 56), en el que partimos de un consumo de recursos de baja entropía (gasto que ha sido más veloz de lo que la ecosfera pudo reponer), generamos valores de uso que duran poco tiempo y acabamos en residuos de alta entropía (en este contexto, las ciudades surgieron en calidad de ecosistemas desordenados que suscitan gran cantidad de deshechos –1993: 57). Dicho ciclo es de menor violencia contra la biosfera en otras asociaciones, pero en el capitalismo denuncia que es un sistema altamente entrópico (1993: 56).

Aconseja interpretar su dinámica de la siguiente forma: las crisis agudas son superadas con un salto adelante en la acumulación, lo que implica el abaratamiento de los recursos, en especial, los energéticos y una escalada en la polución del medio (1993: 53). Esto se acompaña de un imperialismo ecológico: desde fines del siglo XIX, las naciones pobres se convirtieron en exportadoras netas de energía y materia, a fin de mantener el ritmo de expansión de los países industrializados. El intercambio se vuelve desigual en el plano ambientalista (1993: 74/75, 77, 80) y el subdesarrollo se expresa también en las escasas alternativas de crecimiento sostenible, a causa del deterioro de los ecosistemas (1993: 88).

Pero a manera de un curioso síntoma frente a una crítica que, para el enunciador, parece haber ido demasiado lejos, asustándose de la independencia lograda por ese “trabajo de lo negativo”, el “autor” violenta a Marx, el ausente (al igual que Alier, no remite a ninguna obra): opina que uno de los orígenes de la perspectiva ingenua del Progreso se remonta al germano. Para el filósofo acogido en Inglaterra, Darwin significaba la fundamentación histórico natural de su teoría de la evolución social. El despliegue de las fuerzas creadoras nos encaminaría hacia el bienestar material y a la disolución de las desigualdades (1993: 65).

El apartado concluye con que la teoría del valor, al sopesar al trabajo como único factor de la producción, relega el entorno a un rol pasivo. Este punto de vista estrecho, es superado por los neoclásicos cuando consideran la tierra y los recursos (1993: 70). Ante axiomas de tal índole, no podemos más que proponer que la resistencia a la ley del valor se debe, como lo demostró Marx en relación con la historia de la Economía Política, a una incomprensión del inmenso proceso que estructuró desde las líneas temporales hasta las instancias humanas, en “esquemas” inflexibles. La teoría del valor-trabajo y su corolario, la hipótesis de la plusvalía, son lo no pensado en los economistas, lo que no es legible en el lugar a partir del que hablan.

Los hilos ideológicos quedan al alcance de su deconstrucción, en el instante en que Molina difunde que hay que lograr un nuevo entendimiento, que ponga en jaque las filosofías del Progreso (tanto en su versión burguesa cuanto proletaria –1993: 89) y el desarrollo unilineal, elucubrado por Durkheim, Weber, Marx, Parsons (1993: 90). En la confección de esta lista, lo que el corpus discutido efectúa es revelar su negación: sabemos que los nombres citados desconocieron a Marx, lo que solidariza a Molina con ese desplazamiento; el autor “hereda” la alteridad reprimida y la estructura misma que la induce.

5- Posibles conclusiones

Tematizando el sepultamiento al que fue empujado el pensador alemán a partir de la derrota del “socialismo real”, Fontana subsana la limitación de nuestra hipótesis: la ecohistoria sería producto del academicismo y del cientifismo que resultó de una carencia de orientación, luego que el marxismo escolástico cayó en descrédito (1992: 25).

Registra dos grandes tendencias: la del escepticismo y la de las “jergas”. En la primera, ubica una vuelta a la narración pretendidamente neutral, pulcra, sin compromisos (1992: 18/19). Un caso insólito de narrativismo es el de la “microhistoria” italiana, con los pliegues que le da Carlo Guinzburg en un texto titulado El queso y los gusanos (1992: 20).

El cientificismo adopta distintas figuras: por ejemplo, el que procura realizar una “transversal” entre disímiles tradiciones teóricas, “comunicando” a Lévi- Strauss con de De Hilbert, a Foucault con Gödel, a Derrida con Cantor y la semiótica (1992: 28/29). Dentro de los saberes que anhelan una apariencia de cientificidad, coloca también a la “cliometría” o economía histórica, la que conduce el economismo a una formalización extrema (1992: 35).

Otra línea del academicismo es el análisis “microsectorial”: historia de la vida privada, de las mujeres, de las cárceles, del pecado, de la muerte, de la vestimenta. Estas investigaciones pretenden ser más objetivas que la “vaguedad” de la historia total (1992: 85).

Las modas intelectuales (el estructuralismo, la semiótica, el post-estructuralismo –con su variante derrideana-, y el postmodernismo), son una faceta más del academicismo. Sin embargo, el marxista norteamericano Jameson considera que son mera ideología (1992: 88). Fontana juzga que todas estas corrientes que partían de la “materialidad” del texto, acaban por negarlo y enredarse en una nueva forma de idealismo (1992: 93/94). Por otro lado, la reacción al mecanicismo de la base y la superestructura del marxismo vulgar y de manuales, empujó a gestar una historia de las “mentalidades”(29) (1992: 105).

Es en esta presentación de los perfiles del cientifismo, donde Fontana criticará la emergencia de la ecohistoria. Afirma que las preocupaciones acerca del impacto negativo del desarrollo y del crecimiento, pueden datarse desde el siglo XVIII (1992: 67). La supuesta “novedad” de la historia ecosociológica es otra moda (1992: 66; nota 124, p. 69; 70).

Uno de los peligros de argüir que un campo que es un “extraño conocido”, es un eje “transformador” de lo que se hizo hasta el momento, es que repetimos los viejos errores en los enfoques de los nexos entre sociedad y biosfera (1992: 71, 77). Por lo demás, la ecohistoria parte de que el deterioro del entorno es linealmente producto del desarrollo humano (1992: 74). Nunca especifica que la agresión al medio es consustancial al capitalismo (1992: 75), dado que sociedades con otros modos de producción fueron capaces de armonizar uso y conservación de la naturaleza (1992: 75). Sin embargo, lo anterior no implica que no debamos investigar los múltiples contactos entre hombres y entorno: Joan Martínez Alier (1992: nota 114, p. 65; nota 118, p. 67; 77) y Juan Carlos Garavaglia (1992: 77), señalan rumbos interesantes(30).

Pero de los autores que hemos comentado a lo largo del artículo, Ferrero (1985 a: 14-15) es el que separa ecología y ambientalismo, sintetizándolo como una ideología orientada a frenar los movimientos de resistencia (entre otros fines; ver supra).

El ecologismo no discute las diferencias entre naciones dominantes y países dependientes. Nuestros problemas no son la energía nuclear, los diques y represas (1985 a: 35), la revolución “verde” (1985 a: 41), ni el consumismo (1985 a: 73), ni el cuidado de la biodiversidad. Lo que necesitamos es más energía, elevar la producción agrícola (1985 a: 41), eliminar el hambre y el subconsumo (1985 a: 73), evitar que industrias altamente nocivas en el Primer Mundo se trasladen al Tercero (1985 a: 84), impedir que los laboratorios internacionales “prueben” sus medicamentos en nuestras poblaciones (1985 a: 81). Lo que nos hace falta es que las mismas industrias multinacionales que agreden el medio, no efectúen negociados con los gobiernos de los países dependientes a través de las sucursales dedicadas al lucro de la descontaminación (1985 a: 84). Debemos atacar el complejo de intereses que alía los oligopolios del petróleo, la energía, y las instituciones y organismos defensores de la ecosfera (1985 a: 86). Son tales alianzas las que explican a causa de qué son bloqueados los intentos de crear fuentes de energía, en los Estados forzados a medrar en el Sector I de la economía planetaria (1985 a: 86).

Por todo lo que precede, la intención de neutralidad del ecologismo es insostenible (1985 a: 98-99). Las soluciones(31) profundas, genuinas, holísticas tienen por correlato núcleos tales como el del subvertir (1985 a: 96) las condiciones del modo de producción que suscitan miseria, deterioro ambiental, exclusión, dominio, explotación de unos por otros. Nódulos que son de parte a parte, políticos. Si el apocalipsis ecológico habrá de conjurarse, será a partir de una revolución que no tendrá un carácter exclusivamente simbólico(32) (1985 a: 96).

NOTAS

(1) De la bibliografía consultada sin duda es el texto de Ferrero, el que asoma crítico de las operaciones ideológicas que subyacen en el ecologismo (según este curso, podemos explanar la obra de Fontana, aun cuando sus objetivos sean disímiles). Sin embargo, en él se constata la ausencia de una “clasificación” interna del ambientalismo que acaso, podría retomar una desacreditada diferenciación efectuada por Marx en el seno de la Economía Política.

Al igual que todavía encuentra vigencia distinguir entre una Economía Política vulgar y otra menos ideologizada, también es preciso separar un ecologismo que oculta mal su sesgo ideológico (como los representados por Luc Ferry –1994- y los informes al Club de Roma), de otro que tiene procedimientos argumentativos con mayor capacidad de control de los determinismos provenientes de lo no pensado. Dentro del ecologismo propagandístico encontramos líneas que se orientan hacia los decálogos proteccionistas, las éticas ambientales, las alianzas entre los movimientos “verdes” y otros sectores (feminismo, “nueva” izquierda, etc.), la economía ecológica, entre otras.

En la esfera del ambientalismo parcialmente racional, situamos la ecohistoria (Molina 1993) y algunas tendencias englobadas por Martínez Alier.

Ahora bien, los núcleos ideológicos de ambos ecologismos pueden ser deconstruidos, tal cual lo recomienda Althusser, a fin de convertir pseudoproblemas en objetos de reflexión genuina (cf. Marí 1974: 192; también es lo que postula Fontana en 1992: 125). Al mismo tiempo, son un indicio de que el modo de producción burgués suscita frentes originales de lucha que conducen a ampliar su crítica (Ferrero 1985 a: 18).

(2) Aunque no es óptimo limitar el ambientalismo a un mero fenómeno de superestructura ideológica que acompasa los ritmos del capital, no es menos contundente que tal vez sus dos ejes hayan sido articulados en medio de la ofensiva generalizada al pensamiento marxista y a la resistencia anticapitalista que continúa luego de la Guerra Fría, (acerca del auge del ecologismo, Fontana cree que se debe a las distintas versiones del “academicismo” que se cultivó en Historia y ciencias sociales luego de la debacle del marxismo escolástico –1992: 125).

La hipótesis puede resultar arriesgada, pero es probable que el ecologismo sea una de las mutaciones ideológicas del capital de tenor similar a los nazifascismos, la socialdemocracia, el Estado de Bienestar, la democracia cristiana, los populismos de América Latina, los pacifismos del Tercer Mundo (Gandhi, Mandela, etc.), la proliferación de las ONG, los movimientos civiles, la “nueva” izquierda (para un enfoque similar acotado cf. Pérez Serrano s f/e: 115, 120-121). Estos verdaderos “ensayos” ideológicos gestados desde la Primera Guerra Mundial, tuvieron los claros efectos de estimular la apatía política y de mermar alternativas de crecimiento a la izquierda no dogmática, (los casos del populismo peronista en Argentina, de la democracia cristiana en Chile, y de las ONG y de los movimientos civiles de “base” en Brasil son ejemplos paradigmáticos).

En el campo intelectual, el ejemplo de éxito editorial de Fukuyama nos induce a estimar que es muy posible que se inviertan millones de dólares que financien un vuelco hacia la derecha en la enseñanza e investigación en las ciencias sociales (Fontana 1992: 7). Todos los grandes de la “intelligentsia” planetaria (los post/modernos, Habermas, la fenomenología, cierto Bourdieu, los hermeneutas, etc.) estarían involucrados directa o indirectamente en semejante asedio (sin enredarnos por ello, en una “teoría conspirativa” y esquivando las mutilaciones imprudentes).

Ahora bien, si reconocemos que el lexema “ideología” fue tematizado según perspectivas innumerables, nos atrevemos a intentar alguna precisión que señale, en primer lugar, que es una forma de aprehensión de lo real (Therborn 1987: 3). Al contrario de lo que se sostiene respecto a Marx en este punto, fue él quien subrayó que lo ideológico, al igual que toda la superestructura semiótica (magia, mitos, religión, costumbres, tradiciones, etc.), implica una estrategia de “traducción” del mundo en signos que guían la praxis. Fueron los marxismos políticos quienes redujeron la ideología a “falsa conciencia” (ir a Bourdieu 1997: 118), sin apreciar en esos términos que en lo no pensado insiste una clase de saber (por supuesto, atravesada por la denegación, id est, por un no querer conocer su propia lógica).

En segunda instancia, la ideología no es un discurso ni es asimilable a ninguno de los otros procesos superestructurales (“mentalidades”, discursos sociales, entre otros – sin embargo, cf. la opinión opuesta en Therborn 1987: 4). En el fondo, los atraviesa con la visión latente de un orden socio-político determinado y con la “naturalización” de las desigualdades que imperan. En palabras del psicoanálisis lacaniano, la ideología es propia del registro Imaginario puesto que compagina el plano de lo Real con su “representación” en el estrato de lo Simbólico (Lacan 1988: 193).

En años recientes, Pierre-Felix Bourdieu quiso apostar a que las estructuras estructurantes de la subjetividad se corresponden con las estructuras estructuradas de lo colectivo, gestando una apariencia de “siempre será así” en las inequidades (1997: 96; 1999: 26).

(3) No faltarán quienes consideren pasada de moda la “teoría de la dependencia” (ver Fontana 1992: 130). No obstante, si puede resultar incompleta en algunos aspectos (que no es factible discutir en detalle ahora) guarda validez en la misma escala en que existe un deterioro de los términos de intercambio, agravado al añadirse factores de mayor trascendencia a medida que el capitalismo da saltos tecnológicos. La evolución del comercio en un mercadeo entre naciones industriales, no quita en absoluto que el escaso intercambio con las naciones expoliadas implique desigualdad (incluso, ello no supone que lo que es insignificante a escala/mundo no sea esencial para los países conservados a la fuerza, en el sector primario –minería, combustibles, agricultura, ganadería y pesca).

(4) Conscientes de que no es viable hacer un espacio a la desgastada polémica en derredor del dominio, podemos afirmar que en Marx encontramos indicaciones que nos parecen disparadores. Por un lado, están los grupos sociales que son no trabajadores y los que constituyen la fuerza de labor del obrero colectivo o sociedad. Por el otro, existen los obreros improductivos privilegiados o gestores de sistemas semióticos de consecuencias legitimatorias (lo que a veces, Marx denomina “clases ideológicas” –1974: 148) que se diferencian por el acceso a la riqueza y a los “bienes culturales”, y (cuando éstas surgen) las clases dominantes propiamente dichas.

Por añadidura, existen segmentos sociales que son compuestos por grupos que no son ni clases ni obreros improductivos. A falta de una denominación más justa, los llamaremos “sectores independientes” con o sin “status” (personal de alto y bajo rango de las fuerzas armadas, campesinos medios y pobres, artesanos, “autónomos”, etc. –López 2005).

El conjunto de los obreros improductivos privilegiados y de los sectores “independientes” con “status”, en el caso de los colectivos preclasistas, y/o las clases explotadoras de tarea ajena, en las comunidades escindidas en sectores tensionados, conforman los grupos hegemónicos, dirigentes o elites. Los subalternos son integrados por los productores directos, por los obreros improductivos no privilegiados que, en el caso del capitalismo, son los empleados de escasa remuneración de la burocracia, por los excluidos de cada sistema (las figuras de lo anormal –los presos, los locos, los mendigos, etc.) y por los sectores “independientes” sin “status”.

De acuerdo a lo argüido, resulta que los obreros improductivos privilegiados y los grupos “independientes” con alto consumo son a su vez, dominados en los grupos hegemónicos y que algunos segmentos de obreros improductivos no privilegiados son dominantes en los grupos subalternos. Con tales matizaciones, es factible sentenciar que los obreros improductivos de funciones legitimantes y los sectores “independientes” con “status” son dominantes dominados, y que algunos de los otros trabajadores improductivos son dominados dominantes (cf. apreciaciones análogas en Bourdieu 1995: 51, 70; 1997: 51). Por último, en las clases expropiadoras se desgranan sectores que son los dominantes de las clases dominantes (f. e., los capitalistas en comparación con los terratenientes).

En cuanto a los complejos nexos entre dominio y explotación, es dable indicar que mientras no aparecen formas de trabajo remunerado en dinero en las asociaciones humanas, los obreros improductivos privilegiados ejercen a pesar de las apariencias, cierto tipo de explotación. Cuando emergen algunas formas de labor retribuidas en dinero en el Estado, esa tarea implica otra manera de expoliación por parte del plexo de instituciones aludidas, ya que existe una disposición de plustiempo sobrante por encima de lo abonado.

Por lo inquietante de las especulaciones, conviene citarlas. En lo que hace a lo primero, el judío alemán dice:

“Los romanos tenían en el ejército una masa ... disponible ... para el trabajo, y cuyo plustiempo pertenecía al Estado; a éste le vendían ... todo su tiempo de trabajo por un salario ... (Empero), este sistema mercenario ... difiere esencialmente de (la tarea asalariada) ...” (Marx 1972 a: nota de p. 19).

Apuntemos de paso que de la idea respecto a que los que integran las fuerzas armadas no perciben salario puesto que no realizan ningún trabajo, se desprende que no se los pueda caracterizar en tanto que obreros improductivos, por lo que tienen que integrar otra categoría sociológica, esto es, los sectores “independientes” que, junto con los atareados improductivos, conforman los estratos o estamentos sociales.

Continuando con lo tematizado al término del párrafo previo al de la mención de los estratos sociales, recordemos que en el vol. II de El capital, encontramos la afirmación de que los obreros asalariados, sean productivos o improductivos, “... trabajan gratuitamente ... una parte de su tiempo ...”; lo que es la definición más técnica de expoliación. Sin embargo, su concepto restringido permite agregar que siempre que hay cesión de tiempo con carácter gratuito, haya o no retribución en salario o con otra estrategia, existe explotación (por eso es que las “amas de casa” son explotadas y no sencillamente dominadas; el patriarcalismo no significa sólo “dominación masculina”).

A partir de lo injertado, inferimos que si existen obreros improductivos en el Estado, éste se apropia de ese resto temporal (Marx 1983 b: 125), tal cual ya lo mencionó el “sociólogo” materialista. Por consiguiente, el trabajo remunerado (asalariado o no) en el ámbito estatal es una zona “intermedia” en la que se mezclan explotación y dominio. En consecuencia, la expoliación no es encabezada en exclusiva por las clases dominantes ni es atribuible únicamente a la etapa de las asociaciones clasistas (en realidad, parece haber explotación y dominio desde que la división sexual del trabajo más elemental, supuso “concesión” de tiempo forzado para ser gratuito). Obviamente, las clases apropiadoras de tesoro “ejecutan” ambas modulaciones del poder. La acotación del status que ocupan sus relaciones microfísicas (según lo perfilado por Foucault, Deleuze, Guattari) desborda el presente contexto.

(5) Como se recordará “Szeliga”, al que también se apoda “San Max” o “Jacques le bonhomme”, es uno de los integrantes de los hegelianos de izquierda que Marx y Engels satirizan en La ideología alemana (1985: 153, 167). Es conveniente puntuar que dicho pensador es desmantelado en tanto que figura “silogística” y de la retórica, es decir, por los procedimientos arbitrarios que intentan disolver la Spaltung entre objeto e idea, y por los “golpes de mano” categoriales que pretenden abordar cuestiones intrincadas con base en simples “efectos de lenguaje”.

(6) La noción en juego a pesar de estar implícita en los lexemas “clase ideológica”, es una observación de Proust (1988: 293). En su inmortal novela, concibe que uno se apega a los gustos y a los giros que alucina corresponden a su “clase mental”, y no a los de su clase “originaria”.

Sin embargo, ello no nos compromete con los “bucles” que el weberiano Pierre Bourdieu delinea. Además de ser desconcertante que evalúe que el concepto “clase” es poco menos que ideológico (idéntico proceder verificamos con el lexema “ideología” –1995: 188; 1997: 118), es sintomático que su “generalización” conduzca a sopesarlas como “tipologías” de las “diferencias”: con dicho sofisma se arriba a la conclusión de que no son posibles sociedades emancipadas de las clases, puesto que siempre existirán desigualdades o diferencias (1997: 48/49). Lo que no es equivalente; empero es esa ecuación una de las barreras que le impiden a la “economía de las prácticas” adquirir conciencia de que si habrá diferencias, éstas no se traducirán forzosamente en inequidades. Por una extraña consecuencia, la acusación de que el lexema “clase” es ideológico termina por hacer tropezar a la teoría con residuos ideológicos no discutidos (1997: 22-24, 28/29, 47-49).

Au fond, gran parte de las propuestas de la “violencia simbólica” son distorsionadas por los vínculos que el pensamiento de Bourdieu entabla con Marx: una apuesta capaz de sostener un socioanálisis a la manera de un psicoanálisis de la construcción del objeto y de las nociones (1999: 23/24, 62), se opaca a sí misma por estar ideológicamente ofuscada, su relación casi insostenible con Marx –ese otro (cf. 1997: 31 y 1999: 15 a fin de comprobar una crítica mordaz al pensamiento socialista; cf. 1997: 87, 114, 143, 187, para seguir la resistencia contra un nexo que “une” a Bourdieu con quien lo deconstruye permanentemente).

(7) Bastante escribieron acerca de la existencia o no de una teoría del Estado en los textos de los fundadores del materialismo deconstructivo. En la mayoría de esos análisis se extravió que el Estado es un objeto de disputa por los grupos hegemónicos; no quiere decir otra cosa la célebre frase “el Estado es la organización del dominio de la clase explotadora”. Pero además es el resultado de que la praxis e inteligencia humanas, a fin de autodirigirse y de autoaprehenderse, gesten un tercer poder que en última instancia, es una pésima estrategia para tal horizonte.

Una perspectiva de ese tono, lleva más allá las conclusiones weberianas: el Estado no sólo se alza con el monopolio de la coerción, tanto física cuanto “simbólica”, sino que procura cohesión y coherencia a sistemas de clases altamente disruptivos. A este papel se añade la de ser el administrador de una dialéctica sociedad/naturaleza de rasgos determinados (cf. supra).

(8) Tal cual elucubra Ferrero (1985 a: 87), los ambientalismos vernáculos a causa de ser un traslado mecánico de lo acontecido en las metrópolis industrializadas, tienen una mirada inexacta acerca de las prioridades ecológicas de los pueblos empobrecidos por el intercambio desigual. No obstante, se reproducen sin cesar en panfletos, artículos de divulgación, entrevistas, debates y leyes.

Salta, provincia del deprimido noroeste de la Argentina, tiene su propia normativa en lo que se refiere a conservación y empleo de recursos. En ella encontramos lo que hilvanamos hasta el momento y son aplicables las deconstrucciones posteriores. Un estudio pormenorizado de la mencionada ley no contribuiría en más de lo que nos permitirán los documentos en escena.

(9) En esta postura son capturados incluso intelectuales lúcidos. El “conflicto de las facultades” señalado por Kant (cf. Derrida 1984 b), se revela en que el rol que posee el sistema de enseñanza en la reproducción de las desigualdades, separa a los intelectuales de perfil humanista, pero adiestrados en el desinterés por los pensadores corrosivos (Marx, Freud, Lacan), de los “técnicos” que ignoran los debates libertarios y su historia (polémicas que están lejos de ser mera “logografía” o estudios a propósito de estudios, tal cual lo significa Bourdieu et al. 1999: 527; Bourdieu 1995: 49; 1999: 13, 61). Fontana (1992: 31) vg., considera de importancia vital que un crítico tenga una enciclopedia amplia sobre las ciencias sociales y del resto de los planteos cientistas, (aunque caiga en la devastadora observación de que el joven Marx tenía una concepción unilineal, basada en la filosofía del Progreso, y una hipótesis del nacimiento del comunismo que era solidaria con el fin hegeliano de la historia –1992: 131).

Ahora bien, la intelección del papel asignado a la enseñanza como uno de los factores “basales” en la reproducción de la sociedad (reproducción afincada en la de los nexos intersubjetivos para la génesis de tesoro), ha sido mejor comprendida por Lacan (1992: 158) que por el Bourdieu (1997) que transforma el espacio de los maestros, profesores e intelectuales en el ambiente en el que se arriesgarán, a vida o muerte, las contradicciones del capitalismo.

Sin embargo, no es menos fuerte opinar que la universidad, una opresora perversa y espacio agónico de hostigamiento laboral, fue uno de los dispositivos que condujeron a la ciencia a ser solidaria con el discurso del Amo, ocasionando que el obrero productivo no sólo sea quien es explotado sino quien resulta despojado del saber (1992: 159). Evidentemente, ello es más contestatario que la alusión al “juego (medio) serio” que late en los que alejados del trabajo manual o concreto, se dedican a preocuparse de asuntos curvados de las urgencias rutinarias.

(10) El sociólogo francés denomina esa cisura “disposición escolástica” (1995: 55; 1997: 210; 1999: 14, 27, 29/30), anhelando introducir lo impre-visto en lo ya conceptuado.

(11) Anarquista norteamericano que escribió con el pseudónimo de Lewis Herber La sociedad ecológica. Más tarde, redactó La ecología de la libertad.

(12) En este punto, Tamames no comparte el prejuicio. Enfáticamente, sostiene que Marx y Engels se preocuparon de los inconvenientes ecológicos. Desde cierto ángulo, La situación de la clase obrera en Inglaterra (Engels 1978 b) describe el deterioro ambiental urbano, junto a la erosión del ecosistema afectivo/pathémico (hacinamiento, suciedad de los espacios de trabajo, viviendas poco estimulantes, etc.). En Dialéctica de la Naturaleza que se publicó post-mortem, el modo de producción actual es caracterizado a manera de un sistema de perspectivas a corto plazo y que no sopesa el impacto en el entorno.

Por su lado, Marx confiesa que las asociaciones humanas que no son conscientemente dirigidas y que se despliegan sin orden positivo, generan desiertos (1983 a: 26). En el vol. I de El capital, habla de la contaminación del Támesis y del reciclaje de los residuos (1983 a: 27), cuestión a la que regresa en el vol. III de la misma obra, capítulo V. Sin mencionar los Manuscritos: economía y filosofía en los que describe la dialéctica sociedad/naturaleza, y sin explicitar a fondo las reflexiones engelsianas que caracterizan las colectividades existentes hasta hoy, como asociaciones parasitarias de la biosfera y pertenecientes a la gran etapa de la economía animal, que abarca desde la hominización al capitalismo.

(13) Dichos informes son tres y fueron encargados por la Volkswagen al MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets) (Ferrero 1985 a: 15): el de Meadows (1972), basado en los modelos de Forrester, el de Mesarovic y Pestel (1974), y el de Jan Tinbergen (1976). El primero de ellos consta de tres volúmenes, donde el que lleva por título Los límites al crecimiento es el más citado.

El segundo tomo se titula Hacia un equilibrio global: colección de estudios. El tercer cuaderno del informe de 1972 se denomina La dinámica del crecimiento en un mundo finito.

(14) Aunque la aclaración sea un detalle, se torna imprescindible toda vez que nos asombramos de las trivialidades impenetrables, llevadas adelante por los comentadores de Marx (cf. Wheen 2000: 12, 275). Una de las rápidas “asimilaciones” que padeció el concepto “clase”, consistió en que las clases dominantes acabaron reducidas a los grupos enriquecidos y las clases dominadas, a los pobres. Luego, los “críticos” de Marx diagnostican que en las naciones industrializadas los obreros tienen altos niveles de vida que desmienten la supuesta pobreza. A este ingenio, cabe oponerle el hecho de que, si en algún instante el materialismo no filosófico tiene por horizonte a los pobres, concibe una pobreza relativa, id est, la que se tabula por el tesoro que, a pesar del elevado salario, no puede adquirirse.

Por lo demás, el acontecimiento mismo de que el trabajador, sea del Primer Mundo o del Tercero, deba limitar sus días a laborar y a recibir una paga por su tarea lo convierte en un necesitado, un pobre (Marx 1972 a: 232, 306). En el capitalismo, que paradójicamente estaría en condiciones de emancipar a los hombres de engastar su aliento en los imperativos axiomáticos de la economía, pero que no lo concreta, todos los que trabajan (sean productores u obreros improductivos no privilegiados) son estructuralmente pobres. En los bien retribuidos, alienación por el consumismo; en los mal pagados, extrañamiento por el subconsumo o el hambre:

“... (los) trabajadores improductivos (privilegiados), detentadores de las sinecuras del Estado, etc., son ... nada más que pobres respetables” (1974: 185; el cambio no es del autor).

(15) Con una ironía que responde al patriarcalismo, considera al feminismo ecologista una curiosa “literatura” (1994: 184). A pesar de que el feminismo se autopercibe (y en esto nos arriesgamos a comprometernos con las fuerzas insidiosas de la dominación masculina) como una alternativa a las ideologías androcéntricas (en las que incluye al materialismo deconstructor, sentenciando incluso que Marx no se ocupó de la opresión ni de la condición de la mujer –lo que es inexacto), y aun cuando ese aspecto lo haya impulsado a buscar esferas en las que supuestamente las luchas de clases se ubican en “segundo plano” (infravalorando el pensamiento emancipatorio socialista –lo que debilita la resistencia al capital), las agudas observaciones de las feministas no pueden ser así rotuladas.

(16) De forma paralela, gesticula contra el ecosocialismo ya que, si bien nadie duda que el comunismo fue una religión de salvación terrenal, es imperioso interrogarse porqué asoman nuevos integrismos que se arremolinan en derredor de aquel cadáver, a fin de hipotecar la democracia (1994: 197). Aquí evaluamos justificada la “logografía”, dado que sólo quienes no están al corriente de los análisis de f. i., Karl Löwith (1968) que, aunque pasados de moda, señalaron el “parentesco” entre las filosofías de la historia subyacentes en religiones como la cristiana, con la filosofía de la historia que “atraviesa” los escritos de Marx, pueden elevar lo antiguo al rango de lo novedoso (ver un intento análogo en Fontana 1992: 131).

Además, la idea de incluir el socialismo en la amplia “categoría” de “totalitarismo” viene apenas camuflada con la intención de caricaturizarlo con los perfiles de un fanatismo simple. Incluso Bourdieu pincela que es una creencia (1999: 15).

(17) Lo conservador en las pro/posiciones de Ferry encuentra su escala en que cita a Pierre-Felix Guattari como “paradigma” del ambientalismo izquierdista. Sin duda, el filósofo francés dejó su impronta en la historia del pensamiento con estudios del relieve del Anti-Edipo, pero Las tres ecologías (1990), Cartografías del deseo (1995) y Caosmosis (1996), al efectuar una crítica a Marx poblada de prejuicios, le dan un viraje bastante funcional para con la post/modernidad en tanto que formación cultural-superestructural. En esto se muestra gestor de ideologías que, aun cuando rechace ese lexema por asociarlo a una filosofía de la conciencia, tienen consecuencias éticas, políticas e históricas, según el Fredric Jameson citado por Fontana (1992: 88).

Sin embargo, no estaríamos dispuestos a suscribir las condenas de Fontana y del marxista norteamericano (1989) de lo que aportó el post/estructuralismo al pensamiento emancipatorio.

(18) La mayoría de los discursos, elucubra Lacan, ese corte en la historia (no tan metafísica) de Europa, tiene la voluntad de querer dominar al menos, a aquello de lo que habla (1992: 73). El discurso, en tanto estructura que distribuye los lugares en los que serán situados el referente, el enunciador, el enunciatario, los textos, los procesos enuncivos, los tópicos, el decir y lo dicho, etc., tiene un parentesco con el “archi-discurso” del Amo (1992: 73).

Por ende, el ambientalismo es una de las ideologías actuales que se ubican de lleno en el interior apacible del Dominante que nos conduce a ser hablados por algo que nos constituye desde nuestra subjetividad (ese “centro” negado es la lucha de clases).

De ahí que, si el grafo lacaniano es el que sigue:

os parezca legítimo otro:

podamos modificarlo para escribir:

El poder/capital orienta al saberesclavo del Esclavo, sobre lo que es oportuno entender bajo los problemas ecológicos, a fin de atajar la subversión que se vuelve posible al deconstruir la dinámica del capitalismo. El extravío del análisis respecto a la naturaleza del capital, se correlaciona con un no saber respecto a la Naturaleza ejemplificado en su destrucción.

Del esquema también deducimos que la huida del discurso-amo del Amo y del conocer/sometido del Dominado, no es una cuestión de discurso; si la intentáramos, no saldríamos de esa esfera. Las tensiones de clases están ahí para advertirlo: la interrupción del conflicto se logra por medio de la lucha, a pesar de que exista el peligro de convertirnos en pre-potencia.

Es la ambigüedad que surca toda revolución: derrocamiento de un orden no emancipatorio, pero igualmente tendencia a instaurar un punto de arribo que sería el de partida. Por eso Lacan, ante la irrupción de militantes en una charla que intentaba concluir, sentenció:

“... la aspiración revolucionaria es algo que no tiene otra oportunidad que desembocar ... en el discurso del amo ... A lo que ustedes aspiran como revolucionarios, es a un amo. (Y lo) tendrán”, puesto que siempre se halla a “alguien” interesado en ser Opresor de otro (1992: 223).

(19) Cierto que no nos es viable realizar una síntesis de los múltiples cabos involucrados en la ley del valor. Empero, está cargado de consecuencias lo que pergeña Martínez Alier: la temporalidad de lo económico es diferente de otros regímenes alternos de tiempo (como los marcados por los ciclos de recuperación en el entorno).

Ahora bien, la pregunta es: ¿cómo aparece ese tiempo económico y por qué se diferencia de otras líneas de temporalidad? Lo que encontramos en Marx (sin que podamos aquí efectuar una exégesis de sus escritos), es que en una lejana época, a partir de que la densidad demográfica de los Homo los empujaron a distribuir tiempo para la subsistencia, la multiplicidad de los órdenes temporales (las innumerables formas del tiempo de “ocio”) se engastaron en un tiempo más o menos orientado en secuencias rígidas. Los instantes fueron enclaustrados en una forma/tiempo hegemónica; a ello siguió otro estrechamiento: esa “estructura”, ya dominada por el tiempo de trabajo contrapuesto a los registros citados, devino ley del valor (cf. López 2001 a; 2001 b; 2001 c). Aquí es donde nos asalta un pasaje asombroso del Marx de los Grundrisse: mientras comenta a Sismondi, parece aceptar (puesto que no polemiza con él en ese tramo) que en dicho periodo la ley del valor era una norma que debía competir con el parámetro que otorgaba el goce, a fin de “escalar” la génesis de tesoro. El palimpsesto así lo indica:

“’... Antes de la introducción del comercio ... la cantidad de trabajo mediante la cual se adquiría una cosa útil tenía poca importancia ... (Entonces,) la verdadera evaluación de la riqueza (consistía) en el disfrute y la utilidad. Pero desde el instante en que los hombres ... hicieron que su subsistencia dependiera de los (intercambios) ... se vieron obligados a ajustarse a otra evaluación ...’” (1972 a: 436). El dominio de la ley del valor fue entablado mediante una lucha con otros parámetros.

Sin embargo, esa hegemonía no es total, aun bajo el capitalismo (en cuyo régimen el tiempo de labor es la medida exclusiva de las mercancías): los bienes culturales, que ventilan los teóricos del “capital cultural” –turismo, cine, televisión, libros, ciencia, etc.- y que son bienes que desafiarían el valor/trabajo (cf. Rama 1998: 12-14, 52), los productos suscitados por los obreros improductivos, la renta que les corresponde y la cantidad imprescindible de éstos no pueden determinarse, de modo exacto, por la ley del valor, (una de las críticas que es factible hacer al imperio de lo económico y del axioma en escena, es que lo cultural deba ser asimilado a tales universos limitantes –un cuadro no puede tener precio ni ser ponderado por el tiempo insumido en su génesis).

Respecto de la ciencia, el admirado por Engels opina que es consecuencia de un

“... trabajo mental ... (que) se encuentra siempre por debajo de su valor, porque el tiempo de trabajo ... que se necesita para reproducirla no se (vincula) para nada con el tiempo ... requerido para su (génesis) ...” (1974: 295). En lo que cabe al tema que nos ocupa, el texto comenta:

“(un) actor por ejemplo, o ... un payaso ... es un trabajador productivo si trabaja al servicio de un capitalista ..., en tanto que un sastre que trabaja a domicilio ... sólo ... produce un valor de uso (y es) un trabajador improductivo ... (El) valor de los servicios ... de (los obreros) improductivos ... (puede determinarse) en la misma forma ... u otra análoga ... que la de los trabajadores productivos: es decir, por los costos de producción involucrados en mantenerlos o producirlos. También entran en funcionamiento ... otros factores” (1974: 133, 135; lo destacado y las negritas son nuestras). Luego, Marx prosigue:

“... cuántos trabajadores hacen falta para producir ... ‘productos inmateriales’ ... (y cuánto) ... trabajo necesario (es imprescindible) para llegar a un resultado determinado es tan conjetural como el resultado mismo. Veinte sacerdotes ... tal vez pueden lograr la conversión que uno no ha conseguido ... (Y es que la) cantidad de soldados ..., de policías, ... de funcionarios, ... etc. (que requiere una sociedad son) ... cosas problemáticas y muy a menudo se discuten ...”, al igual que son difíciles las otras cuestiones en liza (1974: 227; la negrita y el cambio de tipo nos pertenecen).

(20) Tal como lo reconoce Fontana (1992: 95, 100), a pesar de sus reacciones provocadas por la defensa de fronteras académicas (1992: 94, 98/100), la Semiótica (análisis del discurso, del texto y de la enunciación) es una herramienta de largos alcances a la hora de desmontar los condicionamientos ideológicos. Es así que en el europeo glosado es captable el movimiento de desplazamiento de las responsabilidades: comienza equiparando a ricos y pobres, para luego señalar sólo a estos últimos como los que agreden el medio.

(21) Alier objeta que los lexemas “fuerzas de producción” tendrían que ser reemplazados por el de “energías de producción” (1994: 317). Aparte de que la apreciación es inaudita, revela un desconocimiento absoluto, rayano en el que es propio del discurso del Amo (siempre que aceptemos que a éste no le importa demasiado saber; le basta con dominar). Lo constatamos al verificar que en el índice no se registra ninguna obra ni de Marx ni de Engels; tampoco de los más conspicuos representantes de la tradición (Althusser, Sartre, Lenin, Mao), incluso de aquellos a quienes los neo-estructuralistas (Bourdieu), los post/estructuralistas (Foucault) y los post-modernos (Castoriadis), tienen pasión por colocar en una mirilla. Pero sin efectuar una clasificación ni exhaustiva ni elaborada, podemos afirmar que una de las clases de poderes que Marx tiene en mente es la energía, a la que incluye en las “fuerzas de producción naturales”.

(22) Es abundante la bibliografía en la que se posiciona a Marx como economista y en tanto que deconstructor de una ciencia económica que, por ser burguesa, todavía no habría alcanzado un estatuto genuinamente científico. Aunque no es factible argumentar al detalle lo que sugerimos, Marx no funda ninguna economía política, ni es economista, ni considera a la economía como una forma social que debe durar por siempre.

En cuanto a lo primero, lo más que realiza es una crítica que, si hubiese tenido la categoría a mano, podría haber nombrado “deconstrucción”, a pesar de la resistencia de Derrida (cf. 1995) y de marxistas como Fontana (1992: 95). Desde sus rasgos más superficiales (la inversión de las oposiciones, la transformación de los conceptos tomados “en préstamo”, la crítica de la metafísica, etc.), hasta los más hondos (la identificación de lo que estructura y hace hablar a un sistema, el uso de las nociones que estaban “latentes” en un texto pero que, por la interferencia de un campo de tensiones, no pudieron ser leídas, la “insularidad” de una teoría “menor” respecto a la “continentalidad” de los centros consagrados, etc. –acerca de lo último, ir a Marx 1975 a: 203, 205/206), todo lo emparenta con los bucles del pensador francés.

La práctica teórica del expulsado a Gran Bretaña es una crítica inclasificable, que está a medio camino de la filosofía, de la ciencia e incluso de la crítica, (es aconsejable puntuar que la deconstrucción no es la única praxis contemporánea con tan peculiar estatuto; también hay que sumar el psicoanálisis –cf. Lacan 1987 d– y el semanálisis de Kristeva –cf. 1981 a y b).

En lo que cabe al segundo ítem, si los gruesos volúmenes que adoptan al capital en tanto que objeto de conocimiento (de los que el primero de ellos y el más citado –aunque no el más frecuentado-, no es el de mejores efectos...), apoyan la impresión de que Marx no puede ser sino obsesivamente economista, es dable afirmar que los ejes esenciales que aborda no son justamente, económicos. Si alguna pregunta pudiese “resumir” una aproximación apresurada a las grietas que introduce Marx en la historia del pensamiento, es la que interroga por qué los hombres dieron origen a un universo social denominado “economía” que, lejos de ser un artificio adecuado para solucionar cuestiones de reproducción de la vida, apenó la existencia. Incluso, introduciendo la barrera adicional de tener que compaginar los ritmos de lo económico (que no es el único elemento de la base), junto con los pulsos de las otras instancias colectivas (pertenecientes a “basis” y superestructura). Las urgencias medulares en el judío alemán son de índole “filosófica”, si es que suspendemos las sospechas contra una tal caracterización.

Por último, la definición de la economía como el ámbito en el que se transforman el tiempo en tiempo de trabajo, y lo temporal y el tiempo de tarea en ley del valor (es decir, en una escala para calibrar cuánto se debe dedicar a tal o cual valor de uso), no es un concepto que aluda a una realidad eterna. Primero, la economía en tanto cosmos cuyo horizonte administra y contabiliza el tiempo tuvo su nacimiento con los primeros Homo. De ahí que la crítica de Bourdieu respecto a que es inexacto o economicista pensar que los Cabila tienen economía, sea inoportuna –economía hubo desde que fue imprescindible racionalizar el tiempo, a fin de asegurar el amanecer siguiente.

Segundo, la forma/economía, que es economicista y que induce un esquema de causaciones que es cuasi-determinista (al igual que el resto de la base), es un “aquitinamiento” no libertario de lo humano. Por ende, si el socialismo habrá de ser el principio del fin de las distintas figuras atroces en la historia, habrá de ser el ocaso de la economía, de la mercancía, del precio, del dinero, de la dialéctica base/hiperestructura, etc.

Dadas así las cosas, si Marx demostró algo es la imposibilidad de construir un saber económico, a menos que se caiga en las ideologizaciones de la economía política: que es natural que exista algo llamado “economía” y que es viable un conocimiento acerca de semejante universo de entes absurdos o físico-metafísicos, (en consecuencia, tampoco es sostenible un proyecto para la “economía general de las prácticas”; una tal pretensión es de parte a parte, economicista).

(23) Aumentando sus discrepancias con Marx dice que, si bien en su madurez alteró su linealidad en la teoría de los modos de producción en sus intercambios postales con Vera Zasulich, no pudo acceder a una visión ecológica del campesinado ruso (1994: 264). Ocurre que su arrogancia, manifiesta en las “diferencias” entre “socialismo científico” y “socialismo utópico”, le impidió percibir una alianza entre el socialismo (que es mucho más amplio que el marxismo) y la ecología (1994: 265).

Acerca de lo anterior, es viable sostener que en primer lugar, no había que esperar a encontrar las cartas a la insurgente rusa para asimilar que la “sucesión” de los modos de producción no tiene por qué ser unilineal. En el vol. I de El capital sostiene que existen modos genéticos de tesoro que, puesto que debe analizar otros enredos, únicamente mencionará. Es el caso de un modo de producción llamado “antiguo”, anterior al esclavista (cf. Godelier 1972), y los diferentes estilos de creación de riqueza de los “bárbaros”, que no son ni el esclavista ni el feudal y que los subsume en el epíteto “modo de producción germano”. Fontana mismo advierte que Marx nunca esbozó un modelo exclusivo y excluyente de evolución de la historia de las sociedades; menos todavía, con base en una sociedad particular (f. e., la europea –1992: nota 12, p. 12).

En segundo término, el título del artículo de Engels, publicado por el esposo de una de las hijas de Marx, conocido con los lexemas “Del socialismo utópico al socialismo científico” es cosa del yerno y del editor, con determinado consentimiento desafortunado de Engels y del Partido. Por lo demás, si algo quería significar “socialismo científico” era socialismo deconstructivo, racional, con facultades de control de los “nódulos” ideologizantes que pueden inmiscuirse en utopías formuladas.

No se puede acusar a Marx, al igual que lo hicieron a lo largo del siglo XX, de no ser utópico o de desestimar la fuerza de los proyectos en el pensamiento y en la historia, cuando confiesa en una de sus misivas que si no fuese capaz de soñar poca distancia habría con un asno. Y en un corpus tan temprano como el de los Manuscritos, opina que son poderes esenciales las fantasías y esperanzas del corazón (1985: 109, 145).

En tercera instancia (1992 b: 68), aunque los fantasmas que mencionaremos son convocados por Marx a propósito de otros desarrollos, en los bocetos utópicos pueden colarse las figuras del Superhombre (dioses, héroes, ángeles, etc.) y del Anti/hombre (creyentes, sacerdotes, ascetas, etc.), acontecimientos superestructurales que aplastan las valencias positivas de lo humano.

(24) “(A) un comerciante ...”, puesto que merma el tiempo de circulación, “... se lo puede considerar una máquina que reduce una inversión inútil ... o como ... ayuda para dejar más tiempo disponible para la producción” (1983 b: 125; la alteración es del texto).

(25) Los obreros juntos en un taller “... son una máquina ... viva ...” (1974: 347; lo relevado no es del autor).

(26) Si el desmantelamiento de la economía en Marx es radical, es porque el salario, entidad económico-economicista que pertenece a un cosmos no humano, procura gestar la ilusión ideológica de que el dinero puede “traducir” algo humano, la creatividad del trabajador y su vida, en precio (esto es, en una cantidad). No hay equivalencia posible entre esos universos incomunicables; sólo el fetichismo de la economía y con el que pactan los economistas, puede legitimar semejante irracionalidad.

Podolinsky especificará inclusive, que la “equivalencia económica” discutida y lo maquínico podrán atribuirse a seres vivos (por ejemplo, a los animales de carga) y a factores abióticos (vg., el aire, la luz del sol, etc. –1995 b: 130). Por esta vía se incurre en una objetivación extrema, al naturalizarse nociones que intentan dar cuenta de supuestos fenómenos colectivos.

(27) El explanamiento en redor de lo suscitado es fuente de malos entendidos aun hoy, entre los marxistas. En efecto, no faltan quienes se sorprenden ante el axioma de que la separación entre obreros productivos e improductivos, no es una distinción (contando en ello a Bourdieu) propia de la hegemonía del capital. Las oposiciones entre ambas clases de obreros vienen desde que hubo alguna creación significativa de excedente, aunque más no sea para sostener a unos cuantos chamanes, brujos, magos y/o sacerdotes (quizá no de manera constante, pero sí en los ritos o ceremonias de importancia para la comunidad). Después emergieron los funcionarios y los soldados, agrupados en el gran complejo que es el Estado –invención terrible.

En conclusión, además de la separación de “papeles” que involucró la división sexual en el trabajo y por grupos etarios, andando el tiempo se introdujo la escisión entre obrero universal y trabajadores improductivos. Las otras dos grandes particiones fueron la cisura entre gobernantes y gobernados, y entre grupos hegemónicos y subalternos (que se agudizó cuando se constituyeron las clases). El intrincado proceso de diferenciación entre base y superestructura, se coronó con la génesis del Estado; el obrero social extravió las alternativas de control recursivo sobre su praxis y sus resultados, sin poder absorberlos de nuevo hasta hoy.

(28) Para no tornar iterativa la polémica, sintetizaremos los núcleos que se prestan a objeciones. Establece que hay diferencias, pobreza y estrecheces en virtud de que la energía acumulada no corresponde a las necesidades de todos (1995 b: 109). Insiste en que se debe suprimir el derroche energético, aumentando la consumida per capita (1995 b: 139). Postula que entre las disímiles urgencias se entabla una lucha de aspiraciones en donde sobreviven las más fuertes (1995 b: 113).

(29) Fontana sentencia que la noción de “mentalidad” es vaga e imprecisa (1992: 106/107). Por añadidura, se emparenta con el eurocentrismo que evalúa mal la “mentalidad pre lógica” de los primitivos (1992: 107). Uniformiza las percepciones, ya que no hay una mentalidad común a privilegiados y masas (1992: 108). Au fond, se pierde de vista que lo que se llama cultura popular ha sido una estrategia para resistir la hegemonía a la que aspiran, desde el siglo XVI, los dominantes y que ahora, con la industria cultural y los mass-media, están a punto de imponer (1992: 109). Así, “cultura popular” es mejor que el lexema “mentalidad” (1992: 112).

(30) El historiador español finaliza opinando que, si el academicismo nos enseña que es útil estudiar lo que plantean las líneas recientes (análisis del discurso, problemas de distribución de la riqueza, contaminación, investigaciones acerca de las ideas, etc. –1992: 125), igualmente nos advierten que el cientificismo nos aleja de la alternativa de que los saberes creados contribuyan en algo a mejorar la suerte de los individuos (1992: 113).

No obstante, de lo que nos percatamos es de un peculiar rechazo de las distintas aristas de la formación cultural del capitalismo (mal) denominado “tardío”. Sin duda, la “actitud” postmoderna, algunos traspiés de los post/estructuralistas, los vaivenes de los neo-estructuralistas (cf. Bourdieu), de la Semiótica, incluso de Lacan (que se declara “liberal” ante lo intempestivo de los estudiantes de Vincennes –1992: 223), abren un lugar a los desmantelamientos ideológicos. Empero, el proyecto de Galvano Della Volpe de una crítica extensa de lo contemporáneo no tiene que conducirnos a negar los aportes de aquellas corrientes de pensamiento, en especial, de la semiótica, la semántica, el psicoanálisis y del post/estructuralismo. Foucault, Derrida, Deleuze, Guattari, Toni Negri, entre otros, son mucho más que lo que concibe Jameson y mucho más que lo que ellos mismos hicieron de sí mismos.

(31) A pesar de divergir de Habermas por más de una excusa, y aunque no creemos que los grandes vínculos entre teoría y praxis circulan por los tres modos de racionalidad aconsejados, nos resulta prudente mantener separados los niveles de ilustración: a) el conseguido por la crítica emancipatoria, que no es ciencia aun siendo deconstrucción de la ciencia; b) el obtenido por la argumentación científica; c) la lograda en el seno de organizaciones colectivas de solidaridad en el conflicto (partidos, movimientos de “base”, etc.). Conservando claras las diferencias, nos ahorraremos los efectos ideológicos consistentes en disfrazar de críticos y/o cientistas sentencias que son de otro tono (Habermas 1995).

(32) Bourdieu (1995) opina que los cambios en las estructuras estructuradas de lo real se logran por la única senda de las insurgencias simbólicas, es decir, de las revueltas en el plano de las estructuras mentales (disposiciones, tomas de posición, posiciones, perspectivas, trayectorias, etc.). La “revolución simbólica” deja indemnes los otros dos estratos: en el Imaginario, el Esclavo continúa configurado para sostener el goce del Otro; en lo Real, sigue sin querer saber nada de su sometimiento.

Si Marx llamó la atención respecto a que las modificaciones contundentes y eficaces son prácticas, era para hacernos concientes de que la emancipación en el registro Simbólico es tornarse un “avestruz” (que implica una política de la mirada –Lacan 1987 b) o aun peor, equivale al aplazamiento de la deconstrucción de cualquier violencia.

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_____ (1983 e) “Mensaje de apoyo a la vida. Declaración de las organizaciones ambientalistas en la reunión de Nairobi” en (1983 a) op. cit.

_____ (1985 c) “Ordenanza de El Bolsón” en Ferrero, Roberto (1985 a) op. cit.

_____ (1985 d) “Manifiesto de Santa Fe” en (1985 a) op. cit.

_____ (1997 b) “Un nuevo camino hacia la Paz (Declaración de Costa Rica). Nassau, Bahamas, 8 de diciembre de 1994.” en Martínez Ramírez, Luis (1997 a) op. cit.

_____ (1997 d) “Declaración de la Fundación ‘Iriria Tsochok’” en (1997 a) op. cit.

_____ (1997 e) “Declaración de la Mesa Campesina Nacional” en (1997 a) op. cit.

_____ (2001 a) op. cit.


 

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