Observatorio de la Economía y la Sociedad China
Número 16 - diciembre 2011

LA IMAGEN OCCIDENTAL DE CHINA: ¿REALIDAD O PARCIALIDAD?

 

Héctor Gómez Pinos (CV)
hgomezp@uoc.edu
Jacobo Negueruela Avellà (CV)
negueruelajacobo3@gmail.com
Xie Yaling (CV)
leticia1973@163.com




Resumen

Trabajo de investigación sobre el terreno que pretende contrastar la imagen que de la República Popular China se da en los medios de comunicación occidentales y que ha calado en nuestro imaginario, con la realidad de lo visto, vivido y escuchado en tres de las mayores urbes del país: Shanghai, Beijing y Chongqing. Se tratan, así, temas como la libertad de expresión, el desarrollo del país y sus costes medioambientales, las alianzas internacionales, el valor de la divisa o, simplemente, el sentir generalizado que uno percibe al pasear por sus calles.

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Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:

Gómez Pinos, H., Negueruela Avellà, J., Xie, Y.: La imagen occidental de China: ¿realidad o parcialidad?; en Observatorio de la Economía y la Sociedad de China Nº 16, diciembre 2011. Accesible a texto completo en http://www.eumed.net/rev/china/


La imagen dada en Occidente.
La imagen internacional de China se enfrenta a importantes desafíos en el contexto global. Al hecho de ser un sistema político unipartidista, se le suma el profundo desconocimiento de la realidad china que existe en Occidente. Indudablemente, su filiación maoísta ha influenciado también el tipo de análisis que los medios y los intelectuales occidentales han hecho del gran país asiático. Sin embargo, si en buena medida aquí hablamos de un sistema comunista en China, depende más bien de nuestra miopía para captar las realidades distintas de aquel país que de un verdadero sistema socialista tal y como tradicionalmente lo entendemos.
Apoya esta dificultad de comprensión de los fenómenos político-económicos que se están dando en China la cerrazón occidental de pretenderse el único sistema justo, esto es: la democracia. Esta palabra, usada como arma arrojadiza en el contexto internacional pretende descalificar en muchos discursos las actividades de los gobernantes y del sistema político chino. En los tiempos que corren, en los que en el interior de las propias democracias occidentales, este concepto clave, democracia, está siendo fuertemente criticado y revisado, esta insalvable diferencia (entre los demócratas y los que no lo son) debe redefinirse dentro de otro contexto.
Si uno atiende a los medios de comunicación occidentales, puede ver que las críticas a China van normalmente en dos sentidos fundamentales: el primero, hacia el autoritarismo de su régimen, con todos los espectros que esta definición encarna para los occidentales. El segundo, hacia sus reprobables alianzas internacionales. Siempre se hace notar, sobre este segundo punto, los votos que en el Consejo de Seguridad de la ONU emite China con Rusia, en dirección opuesta a los emitidos por los países que tradicionalmente han dirigido la política internacional. La reciente defensa de Estados y regímenes como Irán, Siria, Sudán… es propicia para que la prensa occidental cargue las tintas sobre la “maldad” china, y, dentro del sistema de publicidad permanente en el que vivimos inmersos, especialmente desde los atentados del 11S tras los que la retórica proveniente de los gobiernos norteamericanos ha alcanzado unas cotas de agresividad desconocidas desde el final de la Guerra Fría, estas amistades chinas son explotadas como una prueba de su hostilidad contra “el mundo libre”.
A lo dicho se suma que el vertiginosísimo desarrollo económico chino ha puesto en jaque, según la ofensiva mediática antes aludida, parte de los sistemas económicos occidentales. En especial, se hace siempre hincapié en que el enorme volumen de las exportaciones chinas hunde las industrias locales de los países de industrialización temprana. Los escasos costes de producción en el país asiático son denunciados constantemente como competencia desleal, al tiempo que se señala que son sostenibles sólo gracias a una explotación masiva de la mano de obra, a la que no se duda en clasificar como “esclavos modernos”. Las presiones internacionales, especialmente por parte del gobierno de los Estados Unidos, cuyo déficit comercial con China es inmenso, recaen también sobre el supuestamente depreciado valor del yuan. La opinión generalizada es que gracias a la ingeniería financiera, China mantiene artificialmente bajo el valor de su divisa, lo que le permite impulsar sus exportaciones de manera no sólo masiva, sino también injusta.
Por si todo esto fuera poco, se hace hincapié también tanto en las condiciones materiales que permiten mantener unos salarios tan bajos como en el hecho de que no haya una serie de prestaciones sociales consideradas por Occidente como básicas: seguridad social, libre movimiento de los trabajadores, etc. El reciente pero acelerado deterioro de muchas de las prestaciones sociales que los trabajadores occidentales consideraban conquistas inamovibles en sus países, y el malestar que esto supone, es canalizado también por algunos medios hacia esta misma deslealtad en la competencia; presentando todo ello un escenario en el que es muy complicado dar por válidas las actuaciones de la gran potencia asiática.
Otro de los capítulos aducidos a la hora de censurar el comportamiento chino es el que recalca su nulo respeto por el medio ambiente. Su espectacular crecimiento y desarrollo de las últimas décadas estaría basado en el esquilmamiento continuo de los recursos naturales del país. Lo cual comporta la contaminación de los ríos, la deforestación masiva, el movimiento de tierras como medio para buscar fuentes de energía altamente contaminantes como el carbón, la alteración del ecosistema mediante la construcción de obras de ingeniería, etc… Igualmente, la apuesta del gobierno desde hace décadas por la construcción de macro-urbes conlleva el hacinamiento de millones de personas y la extrema contaminación del aire.
Por su parte, en la sociedad actual, definida como la sociedad de la información, el papel que ésta tiene para los seres humanos es capital. Para medir el desarrollo humano de los diversos países se utilizan criterios como el número de teléfonos móviles por habitante, de conexiones a Internet de alta velocidad o la pluralidad de los medios de información. El sistema educativo y la calidad de las universidades son otros referentes indicativos del nivel de formación de una determinada sociedad. La conectividad, el intercambio libre de información y la investigación se ven hoy como bienes de primer orden y su limitación un mal intrínseco. Por ello, la censura que el gobierno chino ejerce sobre los principales medios de comunicación (Internet, prensa escrita, radio…) y otros organismos es vista como una prueba más del carácter dictatorial del partida comunista chino.
Así mismo, otro de los temas resaltados a la menor ocasión por lo medios occidentales hace referencia a las muestras de poder por parte del ejército chino, destacándose, por ejemplo, el incremento del PIB destinado a la modernización del ejército, el número de tropas y cualquier movimiento de las mismas o, incluso, los desfiles militares realizados en fechas tan señaladas como el día de la fiesta nacional. Así, estos hechos son mostrados como pretensiones de iniciar un proceso de mayor escalada militar, fomentando el miedo a la aparición de un nuevo escenario bélico que enfrentaría a dos mundos presentados como antagónicos.
La ansiedad con la que una parte de la intelectualidad occidental viene hablando desde hace un siglo de la decadencia de Occidente y la emergencia de “pueblos bárbaros” , se ha filtrado a parte de la opinión pública, y los discursos intelectuales menos refinados que hablan del peligro chino o de la decadencia inevitable del tiempo histórico de Europa y Estados Unidos, son moneda corriente. El espectro de un mundo dominado por otras gentes a las que desconocemos, en una era en que la tecnología y su poder crecen desmesuradamente, y la ignorancia de los valores e intereses de la cultura sínica, suscitan inquietud en los medios occidentales. A grandes rasgos, estos son algunos de los desafíos a los que se enfrenta China con el fin de cambiar su imagen entre la población euro-americana.

La imagen que percibimos desde dentro de China.
Cambiemos ahora el punto de vista.
Con el fin de validar todas estas informaciones pensamos que lo mejor era realizar una estancia de investigación en la propia China. Dicha estancia se prolongó por el espacio de tres meses y se realizó en tres ciudades: Beijing, Shanghai y Chongqing. Las tres de sumo interés y valor en tanto suponen la capital, su centro económico y la ciudad elegida como motor del desarrollo de la zona occidental del país. Además de formar parte, todas ellas, del grupo de cinco ciudades bajo control directo del partido comunista. 
Lógicamente, atendiendo a la gigantesca extensión del país y de las ciudades citadas no se puede pretender que la investigación surgida de una estancia, por larga que sea, cumpla con el requisito de ser representativa de la mayor parte de la población. Pero ello no es óbice para que el estudio llevado a cabo justifique algunas de las correcciones que vamos a presentar sobre la visión occidental de China. Sin duda, los contrastes entre el campo y la ciudad, el este y el oeste, y las diversas etnias que componen China, hacen que nuestros resultados deban restringirse a las ciudades estudiadas y a aquellas que siguen su mismo patrón. Pero observando a la importancia y el tamaño de las mismas no creemos que esto sea un demérito.

 A pesar de que en Occidente seguimos creyendo en el culto chino a la personalidad de Mao, lo cierto es que hace ya muchas décadas que el propio partido comunista chino decidió superar el legado del Gran Timonel . Desde que Deng Xiaoping fuera aupado a la presidencia de la República se inició un proceso de cambio ideológico en el Partido. Los verdaderos responsables del cambio que China ha experimentado en los últimos tiempos, fueron el propio Deng y sus colaboradores, que dejaron atrás las rémoras del pasado maoísta para lanzarse por otros senderos distintos, y mucho más eficaces, de desarrollo. Aunque en nuestra concepción la imagen de Mao siga siendo el referente para entender a China, lo cierto es que se ignoran los profundos cambios que Deng impuso a la sociedad y el discurso de fondo abiertamente rupturista con la etapa anterior. La China actual debe mucho más al pragmatismo introducido por Deng, que a las ideas y visiones de Mao Zedong. Pero en la representación occidental de los pueblos asiáticos dominados por grandes caudillos autócratas , la figura de Mao es mucho más reconocible que la política menos ideologizada pero más eficaz de los burócratas actuales, iniciada hace ya más de treinta años. Debemos acostumbrarnos, por lo dicho, a pensar en la política china de una forma más realista, haciendo hincapié en las personas y medidas concretas y alejarnos de la imagen de un país dominado por el recuerdo del gran líder. El uso de la imagen de Mao hoy día en China, es más un recurso emocional orientado quizás a las generaciones que vivieron aquella época, que una vindicación de sus políticas, especialmente desprestigiadas entre la población más joven y culta. 
Así mismo, se pretende lanzar la idea de que como China no es formalmente una democracia, su población vive bajo un régimen intrínsecamente injusto y opresor. Daría la impresión de que en el dragón chino es la ley del más fuerte la que rige la sociedad, siendo así que el más fuerte es el PCCh. Nada más lejos de la realidad, lo que realmente distingue a un sistema político justo de otro injusto es su articulación como un sistema de derechos que, evidentemente, deben regirse por patrones de justicia admitidos por la sociedad a la que se aplica. Todo ello es apreciable en la sociedad china. Por poner un ejemplo, no son pocos los dirigentes del Partido de primer nivel que han sido encausados y condenados, a veces incluso a la pena de muerte, por el sistema legal chino. Lejos de ser un sistema arbitrario, es un sistema perfectamente articulado y aceptado.
Conjuntamente a lo dicho se añade la feroz represión de la libertad de expresión a la que el gobierno chino somete a sus ciudadanos. Parecería que nadie pudiera comentar nada sobre política ni hacer la más mínima crítica al Partido por miedo a represalias. Lejos de ello, lo que se ve en los ámbitos universitarios de las grandes urbes es, para sorpresa del visitante, un constante debate político sobre cualquier tema, sin que esto sea óbice para criticar abiertamente medidas del Partido, tanto mediante el uso de la palabra hablada como la escrita. De hecho, probablemente se sobrepasen un tanto y le achaquen males a la estructura política que no dependen de la misma , muy al estilo de lo que pasa en Italia.
Si bien, como decimos, sus prácticas y representantes sí son criticados, el liderazgo del Partido como tal, sin embargo, no es objeto de debate, pero, por todo lo dicho, esto se aprecia más como reconocimiento a su capacidad cohesionadora de la sociedad que por miedo. Con lo que se desmiente otro de los grandes mitos de los medios occidentales, esto es, las ansias de todos los pueblos por poder acudir a las urnas para elegir entre diversas formaciones políticas.
En cuanto a la represión interna, una imagen recurrente en nuestra mente es la de estar tratando con un estado policial. Del mismo modo que la Alemania nacional-socialista o la Unión Soviética estaban literalmente tomadas por la policía secreta y otras fuerzas del orden, que hacían imposible la libre comunicación de ideas y opiniones entre los ciudadanos, lo que distingue a China es más bien todo lo contrario: para estupor del viajero las parejas de policías no portan armas, están infrarrepresentadas en relación al volumen de la población y su actitud es completamente opuesta a la de los países anteriormente citados, siendo incluso recurrente ver a estos agentes realizando actividades totalmente contrarias a lo que su posición podría dar que pensar, tales como estar sentados en los coches jugando a videojuegos, o a juegos de mesa con la población presente o incluso echándose la siesta en plena calle con sillas propias mientras enfrente de ellos hay puestos callejeros con material de dudosa legalidad. Puede decirse que su actitud es incluso más tolerante que las de muchas policías occidentales. Y, si bien es cierto que la red de metro está plagada de cámaras y de controles, también lo es que parte de la población se los salta ante los encargados sin la mayor consecuencia, incluso en Beijing, donde los carteles advirtiendo de las actividades ilegales son muchísimo más frecuentes que en el resto de las ciudades del estudio.
En cierta medida, da la impresión de que muchas de las leyes pretenden tener una función más didáctica y preventiva de excesos, que como elementos para coartar la libertad, por lo que, de cara al día a día, se suele levantar la mano bastante. Y desde luego, y sin entrar en los conflictos de estado a estado con el Vaticano y otras instituciones religiosas, es posible asistir a misas en pleno centro neurálgico de las urbes, sin tener que esconderse y acompañados siempre por una multitud de feligreses chinos. En nuestro estudio incluso hemos llegado a conocer a una expatriada europea que, tras haber vivido en varios países, afirma no querer salir de China porque “es el país más libre de todos” en los que ha estado. Tómese este comentario con toda la moderación que debe hacerse, pero no por ello es menos real.
Más problemática es la cuestión de las alianzas internacionales del dragón, posiblemente algunas de ellas heredadas de los tiempos de la Guerra Fría, donde China intentó colocarse como el baluarte de los países no alineados y subdesarrollados. Otras, probablemente, sean debidas a la inestable situación política global que ha obligado a muchos países a coligarse entre sí con vistas a limitar el expansionismo político-económico de la gran potencia americana. Los llamamientos de las administraciones estadounidenses desde la época de George W. Bush a una política de bloques resumida en la frase: “conmigo o contra mi” y la exploración de nuevos escenarios bélicos como la conquista del espacio, las guerras de cuarta generación o el desarrollo de la guerra química y bacteriológica, empujan a los países que no están de acuerdo con los EE.UU. a un enfrentamiento diplomático ineludible.
Cambiando de tema y entrando ahora en materia económica, cabe recordar que las presiones internacionales para que China aprecie su moneda son constantes desde hace ya muchos años. La idea subyacente es que si China vendiera sus productos en los mercados internacionales con una moneda de valor equivalente al dólar o al euro, el déficit comercial tan gigantesco que Occidente tiene con el país asiático no sería tan mayúsculo, ya que comprar los productos chinos no sería tan beneficioso para los consumidores. Como el déficit ha alcanzado cotas alarmantes entre los EE.UU. y la Unión Europea respecto a China, los políticos de estos países tratan por todos los medios de presionar a Beijing para que aprecie el valor del yuan.
Indudablemente, una moneda más cara china aumentaría los costes de producción, lo cual obligaría a subir los precios finales en los mercados internacionales para mantener los márgenes de beneficio de sus productos. Pero hasta ahí lo que quieren ver los gobiernos occidentales, ya que una consecuencia directa de esta política de apreciación monetaria sería un reajuste extremo de la estructura de los precios en la propia China; dicho de otra manera: los chinos empezarían a pagar más por lo mismo, y sus gentes se empobrecerían rápidamente. Como además el volumen de sus exportaciones caería, la economía real china se vería seriamente debilitada, lo que supondría un empeoramiento de las condiciones de vida y laborales. Esto, que se puede exigir como un esfuerzo extra a los países con la población más enriquecida del mundo, como Occidente cuando se trata de dar salida a los productos agropecuarios de otros países (véanse las interminables discusiones de la FAO sobre el particular), no debería ser exigido a un país donde millones de personas, dado el tardío desarrollo, viven aún poco por encima del umbral de la pobreza.
En cuanto a lo que los occidentales percibimos como el prototípico esclavo moderno chino, esto es, el que trabaja para una gran compañía (normalmente con lazos internacionales) durante todo el día -por una miseria- cabe apuntar, sin que esto sea óbice para desear que sus condiciones mejoren lo más rápidamente posible, que ni los salarios son tan bajos como hace unos años ni las condiciones laborales son las que eran. Esto sobre todo se aprecia cuando se compara el proceso reciente de industrialización China con el mismo proceso europeo durante el XIX y observando el progreso generacional en China.
En nuestro trabajo de campo hemos podido conocer personas cuyos abuelos y bisabuelos llegaron a fallecer de inanición, sus padres pertenecen a la generación que trabaja en las fábricas (con casos de ocho horas al día con un día de descanso a la semana), y ellos participan del gran desarrollo del país, asistiendo a algunas de las mejores universidades en las principales capitales y manteniendo un nivel de uso tecnológico similar al de millones de jóvenes de cualquier país desarrollado (por ejemplo el nuestro, España). Semejante proceso histórico no tiene parangón en la Historia y parece olvidarse que el proceso de reformas chino, emprendido por Deng (no por Mao) ha sacado de la pobreza a más 300 millones de personas en apenas 30 años. Y conviene señalar, por su parte, que determinadas fotos pueden ser malinterpretadas; son famosas las tomas de trabajadores chinos durmiendo en sus puestos de trabajo, generalmente en fábricas, e interpretadas automáticamente como prueba de las inhumanas jornadas laborales. Pues bien, paseando por China es común ver dependientes durmiendo en todo tipo de locales y negocios, incluso cuando son negocios propios que, esto ratificado en persona, tienen un horario de trabajo equivalente al europeo. De hecho, es curioso comprobar cómo la población China aprovecha cualquier ocasión para echarse “un sueñecito”, desde el metro a los autobuses e incluso durante el despegue y aterrizaje de los aviones, sin que ello sea consecuencia del agotamiento laboral.

Si nos ocupamos del tema de los recursos naturales, China es acusada del esquilmamiento de los mismos en pro de un desarrollo salvaje que, como hemos visto, obedece a la necesidad de desarrollo y de sacar de la pobreza a un país de más de mil millones de personas. Obviamente esto ha comportado el desgaste de muchos recursos, algo inherente a tamaño desarrollo, pero no se puede decir que se haya hecho un mal aprovechamiento o que se haya contaminado sin reflexión. A la vista está el gran éxito social conseguido por la República Popular. No debemos olvidar, por otra parte, que en los últimos tiempos Occidente está extremadamente interesado en la conservación del medio ambiente, pero hemos de reconocer que tal conciencia es de lo más reciente.
Evidentemente, sería muy de desear que China no dependiera tanto del consumo de combustibles fósiles -como el resto del mundo- pero el camino que la tecnología nos abre para el procesamiento de reciclaje de residuos está siendo incorporado en China tanto o más que en el resto del mundo: uno puede observar cómo las calles de las grandes urbes están repletas de papeleras divididas en dos compartimentos, con el fin de separar los residuos. Del mismo modo, se hace un uso extremadamente eficiente del agua, con el fin de no provocar un uso inadecuado de la misma y malgastarla (el agua de los grifos no es potable), y la tecnología de automoción eléctrica, que tan cara e inalcanzable se nos vende a los europeos, está presente aquí por todos lados en forma de motos eléctricas que no consumen combustibles fósiles ni generan ruidos. Además de todo ello, China está haciendo muchos esfuerzos por montar una red de centrales nucleares que la abastezcan de energía, cosa complicada pero que se está haciendo mientras se pretende mantener la seguridad.
Por su parte, muchos proyectos de vital importancia para el desarrollo económico y humano del país han sido injustamente criticados en los medios occidentales de manera preventiva. Quizás el más conocido sea el caso de la presa de las Tres Gargantas, objeto de crítica durante años pero que, como hemos comprobado en persona, ha permitido que miles de hectáreas de campo chino, habitadas, no sean abnegadas por las aguas de los inmensos ríos de la zona. Salvando la vida a miles de personas.
 Nos sorprende muchísimo a los “espectadores” europeos y americanos, además, la coloración amarillenta que presentan algunos de los ríos chinos, siendo tachados automáticamente de extremadamente contaminados. Sin embargo se obvía que, sin negar la contaminación presente en las aguas de todos los países, el cauce de estos ríos atraviesa extensas zonas con sedimentos que le otorgan este color. No en vano, el Río Amarillo, que da nombre a la civilización nacida bajo sus faldas, ya presentaba estas características miles de años atrás.
Sí que es cierto, sin embargo, que al foráneo se le puede hacer cuesta arriba acostumbrarse al tamaño gigantesco de las capitales chinas, y en efecto, a pesar de su gran extensión, la densidad de población sigue siendo muy alta, con todos los problemas derivados de ello. Pero no hemos de creer que esto es muestra de la desidia de los planificadores chinos, sino que, muy al contrario, hay numerosas iniciativas para mejorar en lo posible la calidad de vida de estas macro-urbes: es notoria la enorme profusión de parques y lagos que uno puede encontrar en las ciudades chinas y el frecuentísimo uso que la población hace de ellos. Algo que va más allá de las directrices del gobierno y adentra sus raíces en la propia cultura china.
En cuanto al capítulo referido a la libertad de expresión e información, es donde más suelen cebarse las críticas occidentales a China. Pero en nuestra estancia hemos podido comprobar lo siguiente:
Primero, el nivel de conectividad en estas grandes ciudades a Internet a través de tecnologías de última generación como tabletas, teléfonos inteligentes, ordenadores portátiles y similares, es sencillamente abrumador. A pesar de que hemos conocido muchas capitales europeas en nuestros años de estudios, no hay ninguna que pueda compararse en este campo a ciudades como Shanghai o Beijing. El acceso a Internet a través de estos dispositivos es prácticamente universal, e incluso hay a quien le pudiera resultar excesivo.
Segundo, se señala siempre la censura que en este medio practica el gobierno chino, lo cual, sin dejar de ser cierto, debe matizarse por varios motivos: es de uso común por gran parte de la población particular e incluso empresas, programas que permiten visitar sitios web bloqueados por el gobierno.
Tercero, no habría que perder de vista que determinadas prácticas limitantes del gobierno chino en este campo, pueden tener más que ver con un carácter proteccionista que con un verdadero afán censor. Para sustentar esta idea queremos hacer notar que la mayoría de las páginas de corporaciones occidentales censuradas en China (caso de Facebook, Twitter, Google o Youtube) cuentan con una réplica local, y que en lo relativo a cortar el libre acceso a la información, nos ha sido perfectamente posible acceder a páginas cuyo contenido podría pensarse más “sensible” para el gobierno, como el New York Times, e incluso hemos tratado con gente suscrita a su boletín de noticias con total normalidad.
De otro lado las universidades, por su parte y tal y como hemos comprobado en persona, cuentan en sus bibliotecas con amplísimos fondos de obras no sínicas, siendo la cultura occidental la más representada. La proporción de conocimiento que los chinos tienen a su alcance de otras culturas y formas de pensar en relación con las que nosotros, europeos, tenemos, es abrumadoramente favorable a los chinos; dicho sencillamente, en sus bibliotecas, y otro tanto en sus librerías, tienen todos los libros que podría haber en cualquier biblioteca universitaria occidental, sumándose, además, todos aquellos de producción propia. Sorprende especialmente la cantidad de obras sobre teoría y economía de mercado, o historia y política occidentales que uno puede encontrar en una librería china de barrio, máxime en un país que se dice comunista.
Es destacable también el trato dispendido a sus minorías étnicas en los medios de comunicación, donde debemos hacer notar que, lejos de estar invisibilizadas, tienen una presencia continua en los medios. Se busca claramente potenciar la armonía entre todos los grupos que componen el país, algunas de ellos extraordinariamente distintos desde el punto de vista cultural.

En cuanto al campo militar, contrasta enormemente la imagen del ejército y de las pretensiones chinas en nuestros medios de comunicación con lo que hemos podido observar sobre el terreno. Daría la impresión de que China se estuviera continuamente preparando para expandir su influencia político-militar. En principio se podría pensar que esto estaría sustentado en una cultura y formas agresivas y/o expansionistas promovidas por el gobierno y sostenidas por la población. Para reforzar esta opinión se hace referencia al aumento del PIB destinado a la modernización del ejército junto al ingente número de tropas de la República Popular, fortaleciendo así la imagen de un régimen militarista. Pero lo cierto es que la gran potencia china está retirando efectivos de su ejército y el aumento de su gasto en el terreno militar, que sigue siendo muy inferior al porcentaje de los países más desarrollados, depende de la necesaria modernización de un ejército que hasta hace bien poco había basado su fuerza prácticamente en el número, atendiendo mucho menos a la calidad de su armamento. Hoy día, ante los desafíos de la guerra moderna, obviamente, el coste de las nuevas armas ha crecido, pero China, como tantos otros países, trata de reducir sus fuerzas armadas y hacerlas más eficaces.
Hemos podido comprobar que, en efecto, a los universitarios chinos se les da una instrucción militar consistente en un par de semanas durante las vacaciones, pero tan sólo una vez en la vida y, lejos de estar orientados al uso de armas, se centran más en artes marciales y aprender a marchar, sin que el régimen de entrenamiento sea, ni mucho menos, especialmente severo.
 Relativo a esto podemos concluir, para acabar nuestro breve artículo, que una de las cosas que más impresiona al observador occidental es la falta de agresividad en todas las esferas de la vida china. No hablamos ya sólo de agresividad entendida como violencia física, sino en los deportes que gustan, los usos del cuerpo y una actitud general que se aprecia al pasear por la calles. Por ejemplo, la publicidad, hace muy poco hincapié en la condición sexual del ser humano, centrándose mucho más en la belleza del rostro y en la armonía de las proporciones que no en unos atributos sexuales especialmente marcados o en una actitud sexual desafiante. El tono normal de la vida china aparece impregnado por esta sensación de tranquilidad. Así, es muy llamativo ver el cuidado que dispensan a los niños, las horas que dedican a pacíficas actividades en los parques, la gente en pijama por las calles o la poca presión que se ejerce sobre los individuos para que sigan un estricto canon de comportamiento, y, en general, la sensación de placidez que acompaña a las personas, aún estando inmersos en este frenético desarrollo.

BIBLIOGRAFÍA
- GOLDEN S., SPOOR, M., (eds.) Desarrollo y transición en Asia, Fundació CIDOB, Barcelona, 2005.
- SPENGLER, O., La decadencia de Occidente, Espasa-Calpe, Madrid, 1976.
- TAMAMES, R., El siglo de China. De Mao a primera potencia mundial, Planeta, Barcelona, 2008.
- WITTFOGEL, K., El despotismo oriental, Guadarrama, Madrid, 1966.

 

 


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