Cuadernos de Educación y Desarrollo

Vol 1, Nº 10 (diciembre 2009)

LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA ESCUELA OBLIGATORIA


 

Inmaculada Estévez Ramos
Centro Educativo de Cádiz, España
jmariohv@yahoo.es


 


La escuela, el/la maestr@ y la familia, son los tres pilares básicos necesarios para que un niño se desarrolle de forma armoniosa y equilibrada. Estos tres elementos deben estar en constante sintonía porque de no ser así, valga el símil, la pieza musical desafinaría.

Toda sociedad está expuesta a cambios constantes, cambios que influyen en cada uno de los campos en los que nos desenvolvemos y en el caso de la Educación de igual manera.

En función del momento histórico que nos haya tocado vivir tanto la escuela como el docente, formando los dos un equipo, han jugado un papel concreto y la sociedad les ha exigido algo diferente.

Haciendo un recorrido por las diferentes etapas por las que ha pasado nuestra escuela nos encontraremos diferentes escenarios:

Entre los años cuarenta y setenta nos tocar vivir un periodo donde los cambios entre una década y otra son más acusados que en otros países. La razón principal es porque nos encontramos con una sociedad y sistema educativo completamente hermetizados por una dictadura totalitaria que utiliza el colegio como instrumento político y donde la figura del maestro es la de una persona casi erudita cuyo cometido es la de trasmitir conocimientos a través del sistema explicación –ejercicio y donde no había cabida ningún tipo de interacción o dinamismo posible. “Respetar al maestro y hacer lo que él diga, sino ya sabemos los que nos pueda pasar”.

En los años sesenta empieza a haber un resurgir de voces aunque de forma muy cautelosa ya que aún vivíamos sumergidos en la represión; Se producen coqueteos con organizaciones internacionales pero siempre siguiendo determinadas pautas.

Dos cambios importantes fueron introducidos: Obligatoriedad de la escolarización hasta los 14 en el año 1964, algo impensable en los años pasados, ya que miles de personas tenían como principal preocupación el poder comer, de manera que la escuela no estaba entre sus principales preocupaciones. Otra novedad sería la aprobación de nuevos Cuestionarios Nacionales de Enseñanza Primaria en 1965.

Al entrar en la década de los setenta, llamada prodigiosa, los cambios experimentados fueron más llamativos. Las voces fueron más ruidosas ya que la muerte del caudillo se acercaba; Los deseos de cambio se hicieron notar. Todo esto se extrapoló a las aulas.

La ley Villar Palasí introduce novedades como las Nuevas Orientaciones Pedagógicas cuyo objetivo final era el desarrollo del alumno. Este adopta un papel protagonista.

Docentes y pedagogos ilusionados por los nuevos aires democráticos que se acercan, comienzan a experimentar en las aulas, introduciendo nueva metodología, mucha de ella influencia del exterior que más tarde resultará ser origen de decepción por falta de pragmatismo.

La segunda mitad de la década se caracterizo por la implantación en las aulas de una globalización para organizar los aprendizajes, enseñar investigando, el uso de lo corpóreo y la psicología piagetiana. Innovación en su más puro estado.

Un país que desea ser libre y vivir en democracia necesita individuos que puedan pensar por sí mismos que tengan poder de crítica y que puedan debatir, en resumen, una sociedad pensante no manipulada por ningún régimen. En este sentido, la escuela tiene un papel fundamental y es en esta época donde esta tendencia dio el pistoletazo de salida.

Esta influencia exterior llegó de la mano de revistas y textos pedagógicos, aportando la frescura e innovación de la que carecía nuestro sistema educativo desde hacía casi cuarenta años. Destacar el papel de “Cuadernos de Pedagogía” que se convirtió en un referente importante como fruto de ideas importantes y que sigue siéndolo hoy en día.

Pero como era de esperar, pronto aparecieron discrepancias extremas que se prolongará hasta los ochenta: Los partidarios de la escuela tradicional y los de la escuela alternativa; La resaca del fascismo aún era patente en muchos ámbitos y muchos eran reacios al cambio: el maestro como centro del aula, disciplina, austeridad y libro de texto frente a la escuela como base de trasformación social donde el /la niñ@ es el/la gran protagonista y donde el docente es “ el adulto dialogante, motivador, organizador del trabajo y favorecedor del aprendizaje”.

Los ochenta llegan con el asentamiento de la democracia siendo esta la gran protagonista de todas las actuaciones. Los valores democráticos deben tener su punto de partida de la escuela. Esto fue acompañado de cierto desencanto por la imposibilidad de viabilidad de muchos de los proyectos llevados a cabo en la década anterior, encauzándose hacia propuestas más realistas y aplicables.

Nos encontramos ante una escuela en constante evolución y en consonancia con los sistemas educativos internacionales; Cada vez nos acercamos más a ellos en cuanto a contenido, materiales y objetivos en general .Es el preámbulo de la LOGSE, 3 de Octubre de 1990.

Estamos en los noventa. Somos un país moderno; Lejos quedan los días donde la aplicación de castigos físicos era lo normal ante un comportamiento irregular.

El sistema educativo de esta década estará dominado por los vértices de un triángulo que son la diversidad, globalización y constructivismo; Conceptos de gran relevancia que la actual L.O.E y L.E.A han heredado.

La globalización de las materias, la atención a la diversidad junto con un alumnado protagonista activo del aprendizaje se convierten, de forma simplificada, en la base de nuestra educación.

En todo este proceso educativo la función del docente es básica; La visión de su papel ante la sociedad se ha trasformado a lo largo de las décadas y actualmente, por desgracia no pasa por uno de sus mejores momentos.

Ha pasado de ser una figura respetada, trasmisora de conocimientos a un “funcionario que solo quiere un buen sueldo y buenas vacaciones”. Estas pueden ser las palabras de cualquier padre o madre que exige, a veces, más de lo que debiera, tanto a la escuela como al docente.

Esta triple función social a la que nos referimos y que la escuela ha pasado a tener, no son más que el resultado de las exigencias que marca la sociedad.

Cierto es que la escuela debe ser un centro de referencia para nuestros hijos donde se trasmitan valores, además de conocimientos pero este no puede suplir determinadas parcelas que solo los padres pueden cubrir. Nos encontramos ante padres que pretenden que la escuela eduque a su hij@s en el más amplio sentido de la palabra, y no dejan de tener razón, pero se olvidan y obvian la responsabilidad que ellos tienen ante esto; Padre y escuela deben ir de la mano en todos los ámbitos que influyen en la educación-formación de nuestros hijos.

Un mundo en el que la prisa y la falta de tiempo son las grandes protagonistas; Padres que trabajan horas interminables y no tienen tiempo suficiente para dedicar a sus hijos. Exceso de televisión y permisibilidad excesiva hacen que nuestros hijos no valoren su entorno y que esto sea en parte responsable de la situación tan delicada por la que pasa el profesorado en general, figura tan esencial en la educación de nuestros hijos, que pasa a ser desde un cuidador a un educador.

Sería interesante plantearnos esta pregunta ¿Podría ser responsable del fracaso educativo la incoherencia entre los valores trasmitidos en una escuela abierta y flexible y los recogidos en la calle?

“El maestro, entendido como la persona que se encarga de la primera educación de los niños, es en mi opinión el elemento más importante de la educación”

Fernando Savater


 

 
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