Contribuciones a las Ciencias Sociales
Diciembre 2012

LA ÉTICA UNA RUPTURA AL DEBATE DICOTÓMICO ENTRE CIENCIA BÁSICA Y APLICADA




Darío García Rodríguez (CV)
dario_grodriguez@hotmail.com
Universidad de La Laguna


Resumen

El presente ensayo pretende mostrar una panorámica amplia de la epistemología de la ciencia desde una perspectiva ética. El principal objetivo es desmontar el debate entorno a una clara diferenciación entre ciencia básica y aplicada. Para ello se hace un recorrido a través de las características del conocimiento científico, sus diferentes clasificaciones, la importancia de los códigos éticos y los problemas éticos desde las ciencias sociales. Concluyendo con una inexistente diferenciación entre una vertiente básica y aplicada.



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
García Rodríguez, D.: "La ética, una ruptura al debate dicotómico entre ciencia básica y aplicada", en Contribuciones a las Ciencias Sociales, diciembre 2012, www.eumed.net/rev/cccss/22/

Breve introducción al conocimiento científico y sus características

Desde el principio de los tiempos nuestra especie ha anhelado el conocimiento, intentando catalogarlo y definirlo a través de conceptos claros y bien diferenciables entre sí. Llamamos conocimiento al conjunto de información que podemos adquirir a través de la experiencia o de la introspección y que puede ser catalogado sobre una estructura de hechos objetivos accesibles a distintos observadores. Dicha estructura de conocimientos objetivables es lo que denominamos ciencia, vocablo proveniente del latín scientia, y que justamente significa conocimiento.

La ciencia es una vasta empresa que ha ocupado y ocupa una gran cantidad de esfuerzos humanos en procura de conocimientos sólidos acerca de la realidad (Sabino, 2002). Tratar elaborar una definición precisa sobre la ciencia es una tarea que se escapa de los objetivos de este ensayo. Pero lo que sí queremos resaltar es que la ciencia no es más que una actividad humana, que procura buscar conocimientos verificables acerca de la realidad y para ello se sirve de una serie de métodos y técnicas (Bunge, 1972; Nagel, 1978).

Como cualquier actividad humana, la labor de los científicos e investigadores está caracterizada por una serie de necesidades, valores e ideas particulares que se enmarcan dentro de un contexto histórico, social y cultural determinado cuyo fin último es la producción intelectual. Esto tiene como consecuencia directa e intencionada (o no) la obtención y transmisión de conocimiento, dependiendo del papel material que se le otorgue al científico dentro de este medio (Geymonat,1972; Bernal, 1976;  Merton, 1977; Kuhn, 1981). Considerando estos factores, será preciso definir a la ciencia como una   social y no solamente individual, para no correr el riesgo de imaginar al científico como un ente abstracto, como un ser que no vive en el mundo cotidiano, con lo que perderíamos de vista las inevitables limitaciones históricas que tiene todo conocimiento científico (Sabino, 2002).

Antes de explicar las características principales del pensamiento científico hemos de puntualizar que éste se ha ido gestando y perfilando históricamente por medio de un proceso que se acelera notablemente a partir de la época del Renacimiento (Sabino, 2002). La ciencia se va distanciando de lo que Bunge (1972) denomina “conocimiento vulgar" y se va estableciendo así una gradual diferencia con el lenguaje que se emplea en la vida cotidiana, en la búsqueda de un pensamiento riguroso y ordenado. Lo que pretende la ciencia no es otra cosa que definir con la mayor precisión posible cada uno de los conceptos que utiliza, desterrando las ambigüedades del lenguaje corriente.

A continuación enumeraremos las características que diferencia al conocimiento científico de otro tipo de conocimientos según Sabino (2002):

  • Objetividad: Intenta obtener un conocimiento que concuerde con la realidad del objeto, que lo describa o explique tal cual es. No obstante, hay que reconocer que siempre existe la subjetividad del investigado que se puede manifestar mediante prejuicios, opiniones, cultura, etc. Por lo que siempre nuestros hallazgos deben ser verificados por otros para poder alcanzar la máxima objetividad posible.
  • Racionalidad: Utiliza la razón como herramienta esencial para llegar a sus resultado.
  • Sistematicidad: Se preocupa por organizar sistemas de ideas  coherentemente dentro de teorías y leyes más generales.  La sistematicidad está íntimamente relacionada con el siguiente criterio.
  • Generalidad:  Se preocupa por lograr que cada conocimiento parcial sirva como puente para alcanzar una comprensión de mayor alcance.
  • Falibilidad:  La ciencia no puede afirmar que existan verdades absolutas, lo único que puede alcanzar es la reducción de la incertidumbre pero nunca puede alcanzar verdades finales ya que siempre existe error por mínimo que sea.

 

Este carácter dinámico y abierto es lo que aleja al método científico de otras formas de pensamiento.

Clasificación de las ciencias

Dada la diversidad de fenómenos que pretendemos estudiar y teniendo en cuenta que la actividad científica por diversas razones tiende a la especialización, ya que cada tipo de problema tiene sus propias particularidades se hace necesario el empleo de métodos y técnicas específicas. También debemos resaltar que el investigador científico no puede dominar una infinita gama de temas, por lo que es comprensible que se haya ido construyendo a lo largo de la historia diferentes disciplinas científicas. Dichas disciplinas se caracterizan por tratar conjuntos más o menos homogéneos de fenómenos y por abordarlos con sus propias técnicas. Así se pueden clasificar de diversas formas para su mejor organización y comprensión (Sabino, 2002). Normalmente según Díaz (1996) esta clasificación toma como referencia cuatro criterios: el objeto de estudio, los métodos, la clase de enunciados y el tipo de verdad.

  • Objeto de estudio: Ámbito de la realidad estudiada
  • Métodos: Utilización de diferentes procedimientos, tanto para alcanzar el conocimiento como para su propia justificación y puesta a prueba.
  • Tipo de enunciados: Hace referencia a la diferencia entre proposiciones analíticas o formales.
  • Tipo de verdad involucrado en los enunciados: Las proposiciones analíticas hacen se corresponden con una verdad necesaria y formal, relacionada con la coherencia lógica, mientras que las proposiciones formales su verdad será contingente y fáctica, dependiente de su verificación empírica.

 

Una vez explicados los criterios podemos decir que las ciencias se clasifican en formales y fácticas. Las primeras se ocupan de los objetos ideales, como las matemáticas o la lógica. Las segundas se ocupan de los hechos del mundo físico, incluyéndose entre ellas la física, química, biología, sociología, etc. Dentro las ciencias fácticas suele trazarse una línea divisoria entre dos tipos de ciencias, por un lado las ciencias sociales y por otro las ciencias naturales. Dicha diferenciación se debe   a su objeto de estudio y sobre todo al conocimiento involucrado en ellas.

Ciencia básica o aplicada, ¿Un debate actual?

Tras haber hecho un breve recorrido a través de las características del conocimiento científico y cómo se clasifica éste, se abre un interesante debate entorno a la siguiente cuestión ¿Es útil una distinción entre ciencia básica o aplicada o realmente no aporta nada esta clasificación?

Concretamente cabe distinguir tres posturas en torno a este debate:

  • Autores que mantienen una máxima diferenciación, entre los que se encuentran Valera (1971, 1975, 1977, 1983; Reyes y Varela, 1980) así como  Bickman (1976, 1980, 1981).
  • Autores que mantienen una mínima diferenciación, entre los que se encuentran Hollander (1978), Saxe y Fine (1980) y Kidd y Sacks (1980).
  • Autores que mantienen una diferenciación inexistente, entre los que cabe señalar a Proshansky (1981) y Gergen (1982, Gergen y Basseches, 1980).

 

Desde el primer grupo de autores, probablemente, una de las propuestas que mayor impacto ha tenido sea el modelo de la Tecnología Social de Jacobo Varela (1971, 1975, 1977, 1983; Reyes y Varela, 1980). La idea principal de este modelo es una postura claramente positivista. Defiende que la ciencia básica debe perseguir el descubrimiento de leyes universales de comportamiento humano, mientras que la labor del tecnólogo social debe estar centrada en el descubrimiento de la realidad. Una de las preocupaciones principales del tecnólogo social debe ser la resolución de problemas, mediante la planificación, la combinación y síntesis ante y entre de los diferentes hallazgos derivados de las diferentes áreas de las ciencias sociales (Varela, 1975).

A diferencia de lo que propone Varela, una postura menos radical aunque no excluyente, es la que defiende Bickman (1976, 1980, 1981). Este autor mantiene que las ciencias básicas y aplicadas no deben entenderse como polos opuestos sin ningún tipo de conexión. Una ciencia es básica o aplicada en función de los fines, métodos, contexto y estilo que persigan, formando así un continuum entre dos polos. Sin embargo, la importancia concedida a la ciencia básica como motor teórico para la labor del tecnólogo social queda difuminada (Hernández y Valera, 2002).
En un segundo grupo podemos enmarcar a los autores que defienden una mínima diferenciación, encontrando tres propuestas. Por su parte Hollander (1978) defiende que “ciertos temas originados en el trabajo básico son muy útiles a la hora de guiar el trabajo aplicado” por lo que en la práctica dicha distinción no es tan clara. Esta postura concuerda con el modelo de Morales (1983) al que denomina extensión de la teoría psicosocial, aunque en el caso de Hollander no quedan tan claro si la investigación aplicada contribuye a la investigación básica. En cualquier caso, ciertas investigaciones básicas ayudan a vislumbrar ciertos aspectos de la realidad social, ya sea porque tienen una aplicación directa o porque contribuyen a aumentar el corpus teórico (Hernández y Valera, 2002).

Por otro lado, Saxe y Fine (1980) consideran que dichas diferencias se reducen en función del rigor metodológico: tradicionalmente la investigación aplicada a prestado poca atención a estos hechos en contraste con la investigación básica que ha centrado sus esfuerzos en el principio de MAX-MIN-CON (maximización de la varianza primaria, minimización de la varianza de error y control de la varianza secundaria). No obstante, los propios autores reconocen que, se está produciendo un desarrollo metodológico acuciante que tiende a reducir estas diferencias hasta llegar a una equiparación total. Por último, Kidd y Saks (1980) están en la misma línea manteniendo que dicha diferenciación es simplemente artificial y carente de sentido.

Desde el tercer posicionamiento expuesto defiende una diferenciación inexistente entre ciencia básica y aplicada. La idea central que subyace consistiría en afirmar que la ciencia básica se ocuparía de principios generales, de carácter estable y universales. Para Gergen (1982, Gergen y Basseches, 1980) tales planteamientos carecen de sentido, ya que las ciencias sociales no se rigen por los mismos parámetros que las ciencias naturales. Así argumenta que las pautas de interacción son históricas y contingentes, además, la formulación teórica del comportamiento humano en un laboratorio queda minada cuando se lleva al ambiente natural perdiendo su capacidad predictiva.

Proshansky (1981) es mucho más radical al afirmar que sólo existe investigación aplicada y a partir de ahí, quizá, podamos llegar a algunos principios parcialmente predictivos del comportamiento humano. El argumento principal del autor es la poca importancia, en el terreno aplicado, de treinta años de investigación en laboratorio.

Actualmente el debate sigue abierto. Pero parece que los nuevos intentos están más centrados en integrar en un todo la vertiente básica y aplicada y centrándose en la distinción de ciencia como un modo de desarrollar conocimiento científico y cómo aplicar dichos conocientos (Peiró, 1994; Quijano, 1993).

Ética como policía de la ciencia

Según Lozano Sánchez y Areitio-Aurtena Bolumburu (2006):

      “la ética es el análisis sistemático, crítico y formal de la conducta humana para         discernir lo que es correcto e incorrecto, bueno o malo. La moral es un conjunto de        normas y creencias que determinan lo que las personas o los pueblos consideran       correcto o incorrecto, bueno o malo en la acción humana. Dicho de otro modo, la       ética es la ciencia de lo moral. Aunque etimológicamente moral y ética significan lo           mismo y son intercambiables, la moral no la han inventado los filósofos como han         hecho con la ética, sino que forma parte de las  sociedades y los individuos; así mientras existe una moral cristiana, islámica o socialista, los apellidos de la ética     son: aristotélica, estóica, o kantiana.” (Lozano Sánchez y Areitio-Aurtena Bolumburu, 2006, p. 47.)
         
En este mismo orden de ideas, surge la ética profesional centrada ante todo en el tema del bien y que tiene como objeto de estudio la conducta humana, examinando esta conducta en función de los valores y principio morales. Las hipótesis que intenta responder la ética profesional son: qué es bueno hacer, al servicio de qué bienes está una profesión, cuál es el tipo de bien qué persigue como finalidad la abogacía, la ingeniería, la medicina, la psicología, la sociología, etc. Mientras que su vertiente aplicada sería la deontología profesional que se ocuparía de los deberes y obligaciones y buscar un conjunto de normas exigibles a todos los que ejercen una misma profesión (Hortal Alonso, 1993).

Lo que está claro es que sin normas no hay universalidad ni igualdad exigencias; sin igualdad y sin universalidad caemos en el abuso de poder. Y como el mismo Bunge (1996) resalta, el mayor problema al que se enfrenta la ciencia es cuando ésta se somete al poder, ya sea económico, político o militar. Por esta razón propone que la actividad científica debe regirse por la adquisición y afianzamiento de hábitos o actitudes morales, entre las que distingue la honestidad intelectual, la independencia de juicio, el coraje intelectual, el amor por la libertad intelectual y el sentido de la justicia. Pero esta exposición de principios se puede quedar en una mera declaración de buenas intenciones y así lo demuestra la historia. Por esta razón se hace necesario la elaboración de códigos éticos que regulen el quehacer científico.

La necesidad de los códigos éticos

El primer antecedente histórico hace referencia al Juramento Hipocrático (400 años a. C), conocido como el primer código de normas de conducta médica; allí se establecen las relaciones de los médicos con sus maestros, con sus discípulos, con los pacientes y con los miembros de la profesión (Lozano Sánchez y Areitio-Aurtena Bolumburu, 2006). 

Pero no es hasta el  año 1947 en el que se elabora el Código de Nuremberg en el que podemos encontrar el primer acuerdo internacional sobre regulación ética en investigación científica. El Código de Nuremberg es el resultado de uno de los Juicios de Nuremberg, contra las prácticas de siete médicos de la Alemania nazi. Durante el proceso se probó que dicho médicos sometieron a sus “pacientes” a mutilaciones quirúrgicas, esterilización, les expusieron a infecciones, congelación, etc. El veredicto de culpabilidad por crímenes contra la humanidad dio como resultado diez puntos por los que debe regirse toda investigación científica, a partir del momento (García Alonso, 2012). Nos centraremos en cinco de los diez puntos que consideramos más relevantes para nuestro debate:

  • Para que un ser humano sea sujeto de investigación es imprescindible su consentimiento voluntario. El sujeto deberá tener capacidad legal para dar su consentimiento, así como conocer y comprender de manera suficiente la naturaleza de la investigación y los riesgos que podría acarrear, de manera que pueda tomar una decisión bien informada e inteligente.
  •  La investigación deberá estar diseñada con el fin de lograr resultados fructíferos para el bien de la sociedad.
  • La realización de la investigación se deberá llevarse a cabo de manera que evite todo daño o sufrimiento físico o mental innecesario.
  • El sujeto de estudio debe tener libertad para poner fin a la investigación en todo momento, es decir, para no participar en ella.
  • Durante el transcurso de una investigación, el científico deberá estar dispuesto a finalizarla si se dan motivos para pensar que su continuación podría dañar al sujeto de estudio.

 

Como complemento de este código en el ámbito se publicó en 1964 la Declaración de Helsinki. Sin embargo, mientras que el Código de Nuremberg estaba centrado en los derechos del sujeto de investigación y estipulaba la necesidad del consentimiento informado, la Declaración de Helsinki, por su parte, fue elaborada para establecer el marco ético de la responsabilidad del médico. El objetivo de su redacción fue que la el control ético de la investigación clínica no saliera del campo de la profesión médica (García Alonso, 2012). Esta declaración se amplió en el año 2000, al considerar fundamentalmente los aspectos relacionados con la experimentación que utilizaba placebos (Declaración de Helsinki 1989, 2000).

Es interesante señalar como en el artículo 7º del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, aprobado en 1966 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, también señala que: “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. En particular, nadie será sometido sin su libre consentimiento a experimentos médicos o científicos”.

Lo ocurrido en el III Reich y la formulación posterior de códigos éticos que intentan regular la actividad científica no pueden ser considerados casos aislados y meramente anecdóticos. En los EE.UU, surgieron nuevas preocupaciones éticas entorno a  la investigación científica a raíz de las denuncias de varios casos de investigaciones médicas y sociales que habían ocasionado serios daños físicos y psicológicos a los participantes. Estos tres casos ampliamente conocidos en la literatura norteamericana, incluyen tres estudios médicos. En primer lugar el estudio sobre sífilis de Tuskegee, en el cual los sujetos fueron deliberadamente engañados y peor aún, se les negó el tratamiento con antibióticos efectivo para combatir su enfermedad. El caso del Hospital Judío de Enfermedades Crónicas, donde a sujetos ancianos se les inyectó células cancerosas sin su consentimiento; y el tercero, el estudio en Willowbrook, en el cual menores de edad con discapacidad mental, fueron infectados con el virus para desarrollar una vacuna contra la hepatitis. También son mencionados dos estudios en psicología – el experimento en prisión de Zimbardo y el estudio sobre obediencia de Milgram. Ambos estudios fueron criticados duramente porque subestimaron el daño psicológico que produjeron en los sujetos (King, Henderson y Stein, 999).

Estos hechos influyeron notoriamente en el actual sistema federal de regulaciones de investigaciones con sujetos humanos, conocido como la “Common Rule”, que ha sido el resultado de un proceso iniciado en 1971 y que culminó en la década de 1990. Dichas regulaciones tuvieron un gran impacto en la Comisión Nacional para la Protección de los Seres Humanos como Sujetos de Investigaciones Biomédicas y de Conducta, que emitió el llamado Informe Belmont en 1978. Este Informe señaló como principios básicos para evaluar el carácter ético de la investigación con seres humanos los siguientes principios:

  • Principio de respeto o autonomía a la persona: Parte de dos convicciones, en primer lugar, la autonomía de los sujetos y en segundo lugar, que las personas que tengan una autonomía disminuida, alguna discapacidad mental o se encuentren recluidas en instituciones, requieren una protección adicional (Achío Tacsan, 2006). Es decir, las personas tienen que tener capacidad para entender y decidir, se les tiene que exponer la información además de poder comprenderla para así poder decidir de forma voluntaria dando su consentimiento o autorización (García Alonso, 2012).
  • Principio de no maleficiencia: Obliga a no hacer daño de forma intencionada, insta a no infringir daño y a no someter a los demás a riesgos inaceptables (Comisión Nacional para la Protección de los Seres Humanos como Sujetos de Investigaciones Biomédicas y de Conducta, 1978).
  • Principio de Beneficencia: Uno de los principios básicos es asegurar el bienestar de los sujetos de investigación. Así entendemos que se debe hacer el bien, maximizando los posibles beneficios y disminuyendo los posibles daños de  una investigación. Engloba tanto al individuo como a la sociedad y se retoma en el principio de coste/beneficio (Achío Tacsan, 2006).
  • Principio de Justicia: Hace referencia a una justa distribución del coste/beneficio entre los diferentes grupos, en función de las diferencias culturales, sociales, sexuales y étnicas. Además es necesaria la inclusión de diversos grupos poblacionales para que puedan beneficiarse de los hallazgos de la investigación, a partir de su selección como sujetos de investigación (Achío Tacsan, 2006).

 

Sin lugar a duda estos cuatro principios, presentes en el Informe Belmont y la “Common Rule”, han influido profundamente las guías internacionales de investigación promulgadas por la OMS/CIOMS (Consejo de la Organizaciones de Ciencias Médicas) para orientar a los investigadores de los países desarrollados que realizaban estudios en países en vías de desarrollo (Mcguire y Chadwick, 1999; King, Henderson y Stein, 1999).

Actualmente, existe la inquietud entre investigadores, académicos y estudiantes con diferentes perspectivas y tradiciones por repensar el marco conceptual referido a la ética de la investigación que involucra sujetos humanos. Concretamente, han surgido argumentos que cuestionan la validez de los códigos éticos universales y que rigen por principios generales que pretenden analizar cuestiones éticas y morales, en un contexto globalizado. Esta perspectiva “principalista”, conocida como la tradición filosófica occidental, que ha marcado las actuales regulaciones sobre investigación con seres humanos. La principal crítica que hacen es que parte de una visión puramente etnocentrista donde se obvian las diferencias y no hay cabida para otro tipo de reflexiones que tengan en cuenta las interacciones y consideraciones contextuales e históricas (King, Henderson y Stein, 1999).

Sin embargo, este modelo universalista también tiene sus defensores, por ejemplo, la profesora Ruth Macklin (1999), argumenta que “el paradigma basado en principios es correcto” siempre que se use de forma adecuada y pueda atender las nuevas preocupaciones. También destaca la importancia de diferenciar la naturaleza y alcance de las regulaciones, y los principios éticos fundamentes que subyacen en dichas regulaciones.

Desde nuestro punto de vista más que ahondar en este debate, consideramos necesario canalizar los esfuerzos en una mejor comprensión de las cuestiones éticas subyacentes a los principios generales, para poder después adaptarlas a cuestiones especificas. Es necesaria la elaboración de códigos éticos y es necesaria, también, su contextualización, pero no puede dar cabida a la infinidad de posibilidades que se puedan presentar. Por esta razón consideramos más útil y necesario favorecer una capacidad crítica que permite repensar los viejos y nuevos dilemas éticos.

Repensando cuestiones éticas

Históricamente, el desarrollo de la ética de investigación va de la mano de la investigación biómedica, principalmente con la toma de conciencia de los abusos cometidos en ciertos estudios médicos en los que sometieron a los pacientes a serios daños para su salud e incluso en algunos casos, sus vidas. Agravado esto porque no se siguieron los procedimientos adecuados para la obtención de conocimiento informado (Achío Tacsan, 2006). Consecuentemente, las regulaciones éticas emitidas estuvieron centradas en este tipo de preocupaciones; proteger los derechos y el bienestar de los sujetos participantes en investigaciones biomédicas, mientras que en las ciencias sociales estas propuestas han tenido un tímido desarrollo (Macklin, 2002).

Resulta obvio que la investigación biomédica, al realizar intevervenciones físicas en las personas, pueda exponer a mayores riesgos a los sujetos, mientras que la investigación en ciencias sociales, al limitarse en la mayoría de las ocasiones a recopilar datos, exponga a los sujetos a otro tipo de daño a los sujetos, como por ejemplo, violación de sus derechos e intereses, en los que se incluye daños a privacidad, confidencialidad y respeto de su autonomía (Achío Tacsan, 2006).

Por otro lado, la investigación biomédica suele dar como resultados directos para los sujetos y la sociedad, respuestas a enfermedades en las que antes no existía tratamiento. Pero privilegiar estas diferencias en función de los campos de estudio puede conducir a subestimar la importancia de evaluar daños potenciales ya sean físicos o morales, coste/beneficios de cualquier investigación, sea biomédica o social. A pesar de los prejuicios y las etiquetas disciplinarias, existe una preocupación creciente que ha llevado a centrar el debate en la búsqueda de respuestas, prestando más atención a las particularidades del problema, que al propio campo de estudio. Una situación hipotética que se nos podría presentar es la siguiente: Un proyecto que recopila datos mediante un cuestionario anónimo y otro que toma muestras de sangre también de forma anónima, ambos dirigidos a valorar el riesgo de infección por VIH. ¿Es muy diferente un proyecto de otro? La respuesta correcta es no (King,  Henderson y Stein, 1999).

Pero las ciencias sociales constituyen un campo polifacético, con una variada gama de disciplinas y enfoques metodológicos. De manera que la investigación en ciencias sociales se puede diferencias claramente o no, de las formas comunes de la investigación en biomédica. Por ejemplo, la investigación clínica en psicología es parecida al modelo biomédico, mientras que una investigación sociológica, es bastante diferente de la investigación típica en biomédicina (Achío Tacsan, 2006). En otras palabras, hay tantas diferencias entorno a los métodos utilizados en las ciencias sociales, que pueden ser tan grandes como la distinción entre ciencia básica y aplicada (Macklin, 1982).

En cuanto a las ciencias sociales, no todos están convencidos de la utilización de códigos éticos que regulen su actividad. Algunos llegan a sostener que la regulaciones referidas a la investigación biomédica no debe ser extrapolada al campo de la investigación social (Achío Tacsan, 2006).

El debate entorno a las diferencias entre investigación biomédica y la investigación social, se explica en función del principio de beneficencia, es decir, la evaluación del riesgo/beneficio. Algunas de las opiniones más frecuentes mencionan que los estudios biomédicos tienen daños físicos potencialmente mayores y con mayor probabilidad de ocurrencia, que en las investigaciones sociales, donde el daño y la probabilidad de ocurrencia es menor. Otro de los puntos que se debate hace referencia a los beneficios potenciales de las investigaciones sociales, donde se enfatiza el aporte a la sociedad en forma de conocimiento, ya que es complicado prever beneficios directos para los sujetos (Achío Tacsan, 2006).

Como se puede apreciar, la discusión acerca de las diferencias de la investigación social e investigación biomédica sigue abierta. De ahí la importancia por retomar algunas cuestiones bien conocidas y contribuir a una mejor comprensión de esta problemática.

El problema de las ciencias sociales

Durante las siguientes líneas discutiremos, concretamente, las cuestiones éticas fundamentales que se presentan en la investigación en ciencias sociales. Nuestro propósito es presentar los principales argumentos que se emanan de la literatura norteamericana que justifican la importancia de las regulaciones éticas y en particular, las referentes a los diseños de investigación en ciencias sociales. Hemos decidido centrar nuestra atención en el contexto de EE.UU., debido a la abundancia de publicaciones que tratan el tema.

El primer punto que trataremos son los riesgos y beneficios en la investigación social. Como ya hemos mencionado en párrafos anteriores, es fundamental el análisis de riesgos/beneficios en la investigación social. Para Warwick (1982), existen dos posturas, en primer lugar, considera que la preocupación por el daño que produce la investigación social, está pobremente fundamentada, pues los resultados que se han encontrado es que el daño que dicha investigación puede provocar es muy leve y se manifiesta en algunas molestias temporales y menores. Y la segunda postura, prevé una mayor gama de daños, que van desde el propio maltrato físico, estrés emocional, daño a la imagen de un grupo minoritario y un aumento del cinismo en la sociedad en general.

No obstante, según algunos científicos sociales, la ausencia de datos en la literatura científica que dé cuenta de los daños a los sujetos de investigación en ciencia sociales, prueba la inexistencia de la tales. Pero como bien señala Warwick (1982) lo único que podemos concluir es que se conoce muy poco sobre dichos efectos, principalmente porque es un asunto que no ha sido estudiado.

Otro autor de referencia es Kelman (1982), que analiza los temas éticos que se emanan de la investigación en ciencias sociales en función de las particularidades de la metodología empleada.  Para este autor, el modelo riesgo/beneficio desarrollado en la investigación biomédica tiene una escasa utilidad en las ciencias sociales. Ya que dicho modelo no es relevante en las ciencias sociales, para decidir si se realiza un estudio en particular. En su lugar propone un análisis en función de los derechos sociales, como por ejemplo, derecho a la protección contra cualquier daño, como algo más apropiado para el estudio en ciencias sociales.

A pesar de lo anterior, se puede estar de acuerdo en mayor o en menor medidada, con ambos autores mecionados a la hora de reconocer la importancia de los riesgos/beneficios en la investigación social. Ya que constituye una herramienta útil para la toma de decisiones éticas, pues nos aportar una visión más amplia y comprehensiva que evalúe los dilemas éticos en la investigación social (Achío Tacsan, 2006).

Tanto beneficios como daños implican ciertos efectos derivados de la investigación en el bienestar de los individuos y sociedad. El bienestar se relaciona íntimamente con el logro de una meta o estado especialmente deseable. Cualquier efecto directo o indirecto, que se derive de la investigación y deteriore el bienestar, impidiendo o interfiriendo, en la consecución de algún fin valorado, constituye un daño. Al contrario, cualquier efecto que mejore el bienestar, favoreciendo la obtención de metados o estados deseables, constituye un beneficio (Achío Tacsan, 2006).

Los daños no deben ser valorados a corto plazo, tampoco tienen que ser necesariamente permanentes. Pueden darse daños a largo plazo y generar un malestar temporal, y aún no suponiendo un daño cuantificable, también se considera daño. Más concretamente los daños no sólo afectan a los sujetos participantes sino también a colectivos, en ocasiones, no implicados directamente. Y lo dicho anteriormente se extrapola también a los beneficios.

Los daños pueden aparecer de múltiples formas, desde estudios experimentales en laboratorio hasta estudios antropológicos, y principalmente se manifiestan cuando se aportan datos primarios a los investigadores sociales. Aunque como ya se ha mencionado existe poca literatura al respecto, algunos ejemplo que podemos citar son, en primer lugar, el estudio de Zimbardo más conocido como el experimento de la Cárcel de Stanford. Dicho estudio, simulaba el ambiente de una prisión, los sujetos, estudiantes voluntarios asumieron los roles de prisioneros y guardas, de manera que los estudiantes “guardas” se ensañaron en contra de los estudiantes “prisioneros”, dando lugar a un abuso o daño físico de los sujetos. En segundo lugar, un experimento ya clásico, fue el realizado por de Milgram, sobre la obediencia a la autoridad en el cual los participantes sufrieron una ansiedad creciente o depresión por varias semanas, como consecuencia de la experiencia, es decir, tuvo como consecuencia el abuso o daño psicológico de los participantes.

No obstante, estos no son los únicos problemas derivados de la investigación en ciencias sociales, también podemos encontrar problemas de tipo legal. Esto ocurre, principalmente, cuando se obtiene información relacionada con comportamiento que son considerados ilegales, inmorales o sumamente comprometedores, como son, por ejemplo, estudios sobre la conducta sexual de la persona. En estos casos, si la información se hace pública o llega a manos de terceros, ya sea porque es una obligación legal informarlo o bien por una filtración de informa, se expone a los sujetos participantes a peligros reales y a ser procesados legalmente (Achío Tacsan, 2006).

Pero si ya existe poca literatura referente a los daños de la investigación social, existe aún menos sobre los beneficios, y esto se explica por el mayor interés prestado a los efectos adversos. No obstante, es cierto que los sujetos que participan en una investigación reciben algunos beneficios, normalmente, en forma de alicientes económicos o ayudas específicas como el acceso a algún tipo de servicio gratuito como intervención educativa. Otros beneficios, no obstante, suele pasar más desapercibidos como puede ser participar en una experiencia placentera y colaborar en una investigación de interés social (Achío Tacsan, 2006).

En cuanto a los efectos para la sociedad desde la investigación biomédica se resaltan los aspectos más negativos. Mientras que, en la investigación social ocurre todo lo contrario, se resaltan los aspectos positivos, particularmente, en forma de aumento del corpus científico y el bienestar para la sociedad, lo cual no siempre es fácil predecir, ya que no se beneficia necesariamente a los participantes en los estudios en cuestión.

Concretamente algunas de las consecuencias negativas pueden ser las siguientes:

  • La utilización del engaño puede menoscabar la confianza de las personas y debilitar la actividad científica. Esto se pone de manifiesto cuando las personas rechazan participar en próximos estudios por haberse sentido utilizados.
  • Ciertas investigaciones puede estar subvencionadas por instituciones que buscan resultados determinados dudosa reputación.
  • También las personas pueden sentir que ciertas investigaciones invaden su espacio personal.
  • Respecto a los grupos que se encuentran en exclusión social, la investigación puede infligir daños mediante la victimización secundaria, creando una mala imagen o estereotipos negativos, o por medio del control y la manipulación.

 

Lo más importante y lo que debemos resaltar en este contexto, es el derecho a la confidencialidad y la privacidad, independientemente de que se pueda demostrar que su violación no conlleva ningún tipo de daño, ya que la propia violación de este principio conlleva en si mismo un daño. Y en caso que no se pueda asegurar lo anterior se debe informa al participante en la investigación, para que pueda decidir si quiere participar o no. En este sentido, el participante incapaz de poder decidir, ya sea porque tiene problemas mentales o por cualquier problema de otra índole, es una cuestión central en este debate, lo mismo ocurre cuando se utiliza el engaño en trabajos de campo que involucran la observación participante, observadores ocultos o disfrazados (Achío Tacsan, 2006).

Como hemos podido ver, un segundo dilema ético que se nos puede presentar es el referente al consentimiento informado y el uso del engaño.

El consentimiento informado no se limita a un mero formulario o una firma, se trata de un proceso de intercambio de información entre el posible sujeto participante y el investigador, antes, durante y en ocasiones una vez finalizado el estudio. Este proceso, como bien comenta Mayra Achío (2006) “incluye materiales para el reclutamiento de los sujetos, instrucciones verbales, materiales escritos, sesiones de preguntas y finalmente, como resultado de todo lo anterior, por lo general se requiere de un acuerdo documentado con la firma”. Dicho proceso tiene tres requisitos fundamentales: información, comprensión y voluntariedad.

En ocasiones resulta complicado no recurrir al engaño debido a la naturaleza de la investigación. Aquí podemos distinguir dos formas típicas de engaño usadas en ciencias sociales, la primera, hace referencia al consentimiento informado con información falsa, y la segunda, cuando el sujeto participa en una investigación y no tiene conocimiento de ello. Cuando se produce ésta segunda posibilidad como indica Ruth Macklin (2002) se está violando uno de los principios éticos fundamentales, el cual es, el consentimiento informado, ya que los sujetos no podrán tomas una decisión válida. En contraste, el engaño con consentimiento para participar, tiene como resultado ocultamiento, pero dicha condición es una variable más que está siendo empleada en el estudio.

Finalmente, cuando el engaño con consentimiento está involucrado en la investigación, una vez terminado el estudio es ético que el sujeto al cual se le ha negado la capacidad de decisión y fue desinformado, sea de algún modo recompensado, normalmente se recomienda la devolución y discusión de los resultados. Mediante este proceso lo que se busca es que el sujeto se sienta satisfecho por haber participado en una investigación y pueda manifestar algún tipo de molestias provocadas por la experiencia; también deben recibir toda la información verdadera acerca del estudio en el que participaron además de una explicación adecuada; también se deben aclarar posibles malentendidos. El investigador debe detectar y eliminar las consecuencias emocionales negativas del estudio en los sujetos; y por último, debe dar la posibilidad de que sus datos no se incluyan en el estudio (Sieber, 1982; 1983).

El tercer y último punto que trataremos hace referencia a la privacidad y la confidenciaidad. Ambos aspectos son fundamentales en la investigación pues la exposición pública de los resultados puede afectar directamente la reputación de las personas y con ello exponerlas a serios problemas físicos, psicológicos y legales. Por ello, los investigadores deben anteponer todos sus esfuerzos en asegurar la confidencialidad de los datos. En ocasiones, esto está fuera del control de los investigadores, sí es así, deben informarlo claramente a los sujetos, para que ellos puedan decidir libremente (Kelman, 1982).

El tema de la privacidad y confidencialidad nos lleva al análisis riesgo/beneficio de dos maneras: por un lado, la invasión de privacidad y pérdida de confidencialidad pueden verse como un tipo especial de daño. Pero dada la particular naturaleza de prácticamente la totalidad de las investigaciones en ciencias sociales, donde se requiere información personal, es un riesgo inevitable invadir la privacidad de los sujetos. Esto sucede en la medida en que el sujeto no puede anticipar qué información sobre ellos mismo facilitarán y cómo será difundida. Por otro lado, existe violación de la confidencialidad cuando la información facilitada es difundida en colectivos para los cuales no estaba destinada (Kelman, 1982).

Pero más que considerar la invasión de la privacidad como un daño, es más adecuado considerarlo un derecho irrespetado. Ya que por la propia naturaleza de las ciencias sociales, resulta imposible respetar este principio. En este contexto, lo que se debe desarrollar es una mayor conciencia en los investigadores a la hora de elegir situaciones y métodos para investigar temas relacionados con la vida intima de los sujetos, grupos o sociedad (Kelman, 1982).

Ética: Una ruptura al debate dicotómico entre ciencia básica o aplicada

Antes de comenzar el debate, es importante volver a retomar algunas ideas y temas debatidos anteriormente, como la definición de ética, ciencia y sus diferentes clasificaciones.

Según la definición de Lozano Sánchez y Areitio-Aurtena Bolumburu (2006) entendemos que “la ética es el análisis sistemático, crítico y formal de la conducta humana para discernir lo que es correcto e incorrecto, bueno o malo”.  Como su objeto de estudio es el comportamiento humano, podríamos clasificarla dentro de las ciencias fácticas y más concretamente dentro de las ciencias sociales. La ética se basa en la emisión de juicios e intenta dar causa de éstos a partir de la razón. A la hora de hablar de juicios, dentro de una visión ética, estaríamos hablando analizar y confrontar una situación concreta a partir de una tabla de valores para objetivizar de manera racional una situación que lleve a un acto o situación problemática. Es decir, trata de hacer objetivo lo subjetivo.

Siguiendo nuestro debate podríamos establecer una máxima diferenciación entre una ética básica y aplicada. En esta línea encontraríamos autores como Valera (1971, 1975, 1977, 1983; Reyes y Varela, 1980) o Bickman (1976, 1980, 1981). Para estos autores la vertiente básica estaría marcada por los códigos éticos que regulan el qué hacer científico. A forma de síntesis, los códigos éticos se regirían por las siguientes leyes o principios: principio de respeto o autonomía a la persona;  principio de no maleficiencia;  principio de beneficencia y principio de justicia. Mientras que la vertiente más aplicada estaría marcada por la búsqueda de soluciones a los dilemas éticos que se nos pueden presentar mediante la aplicación de estos principios.

Otro punto de vista sería establecer una mínima diferenciación, entre una ética básica o aplicada. Entre sus defensores se encontraríamos a Hollander (1978), Saxe y Fine (1980) y Kidd y Sacks (1980). A modo de resumen estos autores establecerían que ambas vertientes establecerían una relación circular y no unidireccional, es decir, la ética básica nutriría a la ética aplicada y viceversa. Y sus diferencias se reducirían al rigor metodológico empleado.

Nuestro punto de vista está más en consonancia con las propuestas de Proshansky (1981) y Gergen (1982, Gergen y Basseches, 1980) al establecer una inexistente diferenciación entre una vertiente básica y aplicada. Los argumentos que esgrimimos desde una visión ética son los siguientes:

En primer lugar, no es hasta 1947 tras las atrocidades producidas durante el III Reich, cuando aparece la primera regulación internacional sobre la investigación científica, conocida como el Código de Nuremberg. Es decir, para que tuviesen que aparecen los principios o leyes generales que regulasen la actividad científica tuvo que ponerse de manifiesto la inexistencia de las mismas. Concretamente, primero se desveló la realidad existente, tras lo cuál surgió la necesidad de dar solución a lo ocurrido mediante la elaboración de principios generales.

En segundo lugar, como complemento de este código en el ámbito se publicó en 1964 la Declaración de Helsinki y se amplió en el 2000, al considerar fundamentalmente los aspectos relacionados con la experimentación que utilizaba placebos. Sin embargo, mientras que el Código de Nuremberg estaba centrado en los derechos del sujeto de investigación y estipulaba la necesidad del consentimiento informado, la Declaración de Helsinki, por su parte, fue elaborada para establecer el marco ético de la responsabilidad del médico. Esto nos pone de manifiesto, nuevamente, como tras observar un déficit en la práctica se vuelven a re-elaborar las teorías o principios generales que guían el qué hacer científico.

En tercer lugar, en 1978, nuevamente, se hace necesario volver a re-elaborar estos principios mediante el Informe Belmot ya que vuelven a aparecer nuevos casos que no estaban contemplados en los anteriores códigos. Hasta aquí, hemos hecho el recorrido de los códigos más importantes que regulan la actividad científica, principalmente, centrada, en las ciencias biomédicas. Lo que pone de manifiesto como la práctica se adelanta a la cuestiones elaboradas en el laboratorio.

Aunque el debate anterior se centra en los dilemas biomédicos, las ciencias sociales, no están exentas de problemas. Algunos de los temas que habíamos tratado eran los riesgos y beneficios en la investigación social, el consentimiento informado y el uso del engaño y la privacidad y la confidenciaidad. Algunos de los temas presentados, especialmente, la privacidad y la confidencialidad, no tienen una clara solución.

Todo esto contradice los argumentos que tratan de establecer una máxima diferenciación. Pues como hemos visto no se pueden extraer principios generales que regulen la actividad científica, simplemente, porque las situaciones varían de unas a otras y lo que es válido en un lugar no lo es para otro. Tampoco es válido el argumento que trata de establecer una mínima diferenciación en función del rigor metodológico, debido a que los códigos éticos fueron creados post-hoc, por lo que ya carecen del propio rigor metodológico. De este modo, manifiesta como no es posible obtener o descubrir principios generales de carácter estable y aplicables a diferentes situaciones. Lo que parece ir en la línea de Proshansky (1981) sólo podríamos obtener principios parcialmente aplicables a otras situaciones.

Hablar de una máxima o mínima diferenciación, es inútil. La principal razón, es que no se puede establecer una clara línea divisoria entre ciencia básica o aplicada, es decir, ¿Dónde empieza y termina la ciencia básica? ¿Qué surge primero, la ética básica o la ética?. Estas son algunas preguntas de complicada respuesta, pues intentar diferenciarlas en función de la metodología, objetivos, contextos, perfil del investigador y/o compromiso axiológico es bastante artificial. Lo que está claro, es que no existe una diferenciación entre básico/aplicado, sólo se puede hablar de aplicación de conocimiento.

No siendo objeto de nuestro debate, nos parecen más fructíferas las propuestas que intentan integrar las vertientes básicas y aplicadas como un todo. En este sentido enocontramos el modelo de Mayo y La France (1980), el modelo circular de Fisher (1982) o el modelo del ciclo completo de Cialdini (1980). Dichos modelos nos parecen más interesantes y más ecológicos porque no intentan fragmentar la realidad, sino que unifican las propuestas, como parte de un proceso que se retroalimenta a si mismo y se enriquece a medida que avanza en la búsqueda de conocimiento científico.

Conclusiones y recomendaciones finales

Lo que hemos querido poner de manifiesto con esta reflexión desde una visión ética, es la inutilidad de hablar en términos de ciencia básica o aplicada. Lo más coherente, desde nuestro punto de vista, es hablar en términos de ciencia. No importa que una teoría se ponga a prueba en un ambiente de laboratorio o en un ambiente ecológico, si al fin y al cabo va a ser aplicada. Por esta razón, comulgamos con las propuestas  Proshansky y Gergen, ya que una de las premisas básicas de la ciencia es la reducción de incertidumbre, por lo que sólo podríamos obtener un conocimiento parcial de la realidad. Esto está en consonancia las ideas de ambos autores al no ser posible obtener o descubrir principios generales de carácter estable y aplicables a diferentes situaciones.

Desde nuestro punto de vista, la ética es una herramienta de suma importancia, permite abrir nuevos y viejos debates y crear nuevas líneas de reflexión. Aunque actualmente los planes de formación universitarios tienden a la especialización, es importante resaltar la necesidad de incluirla como una asignatura más y no relegarla a un segundo plano. Cuestiones tan importantes como las aquí tratadas, permitirían favorecer la capacidad crítica de los alumnos e impedir situaciones futuras que violen los derechos inherentes a las personas.

Consideramos necesarios e imprescindibles los códigos éticos que regulen la actividad de investigadores y profesionales. Pero más que como códigos universales, lo que deben permitir es que nos sirvan de guían en nuestra labor del día a día y nos permitan dar con la posible mejor solución a un dilema.

Finalmente, un reto futuro en la investigación científica es la elaboración de un apartado que haga referencia al procedimiento ético llevado acabo. Debería incluir aspectos como los riesgos y beneficios en la investigación que se podrían desprender, el consentimiento informado y el uso del engaño y la privacidad y la confidenciaidad, entre otros aspectos ampliamente aquí tratados. Porque la ética es tan importante como la metodología, el diseño o cualquier otro aspecto relevante para la ciencia.

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