Contribuciones a las Ciencias Sociales
Febrero 2012

DEVORADOS POR EL TIEMPO Y ESCLAVIZADOS POR EL TRABAJO: ALGUNAS PARADOJAS

Trechera, J. L. (CV)
Millán, G. (CV)
Morales, E. (CV)
gmilan99@hotmail.com
Universidad de Córdoba

RESUMEN:

Vivimos la cultura de la prisa. El tiempo se considera un bien escaso y apreciado, “el tiempo es oro”. Estamos gobernados por los relojes. Más que disfrutar del tiempo, éste nos dirige y domina. El artículo analiza la relación entre tiempo y trabajo y cómo hemos llegado a la situación en la que el ser humano más que caminar a una sociedad del ocio pasa a estar disponible para el trabajo las veinticuatro horas del día. A su vez, se plantean una serie de paradojas con el objetivo de cuestionar los estilos de vida actuales.
Codigo JEL: Z13, Z10, Z00

PALABRAS CLAVES: Balance vida laboral-vida personal, estilo de vida, tiempo de ocio, tiempo de trabajo.

ABSTRACT:
We live always in a hurry. Time is considered to be a scarce and valued good. “Time is money” . We are all governed by clocks. More that to enjoy time, it dominates and govern us. This paper analyzes the relation between time and work and how we have come to the situation in which humanity instead of achieiving a society of leisure, originates a twenty-four hours availability. Thus, a series of paradoxes appear questioning our current ways of life.

KEYWORDS: work-life balance, style of life, time of leisure, time of work.



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Trechera, J. L., Millán, G. y Morales, E.: "Devorados por el tiempo y esclavizados por el trabajo: algunas paradojas ", en Contribuciones a las Ciencias Sociales, Febrero 2012, www.eumed.net/rev/cccss/18/

Introducción
Una de las características principales de nuestro entorno cultural es la aceleración. Cada vez nos parecemos más al personaje del conejo en la obra de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, que permanentemente miraba el reloj y se quejaba de no tener tiempo. De ahí que en el denominado “primer mundo”, el tiempo se considere un bien escaso y como tal muy apreciado, time is money, y no es raro que se plantee como uno de los recursos más valorados en el siglo XXI.
En nuestro contexto actual nos invade la prisa. Se tiene la experiencia de que las actividades nos superan y desbordan. La urgencia precipita un modo de proceder en el que casi todo tiene que estar terminado para ayer. Nos encontramos gobernados por los relojes, con la sensación de que cada vez corremos más y curiosamente, cada vez tenemos menos tiempo. Funcionamos como unos hamsters que colocados en un habitáculo giran a toda velocidad dentro de una rueda que da vueltas sin desplazarse.
Decir que “no hay tiempo” es una expresión demasiado generalizada. Sin embargo, el tiempo es el mismo para cualquiera, por mucho que lo queramos estirar el día tiene determinadas horas. Quizá, el tiempo sea una de las variables más democráticas ya que nos afecta a todos. Si algo poseemos es tiempo: tenemos un pasado, vivimos un presente e intentamos proyectar un futuro. De ahí que se pueda afirmar que “somos tiempo encarnado” (Castells, 2001: 507). Si bien no hay posibilidad de escapar o substraernos al tiempo, sí puede depender de nosotros el cómo utilizarlo.
Aunque cada día tiene veinticuatro horas, la vivencia de las mismas difiere considerablemente entre las personas. Hay algunas que necesitan “matar el tiempo” y otras que no tienen tiempo para nada. Incluso, en un mismo sujeto el tiempo adquiere un valor distinto. Así, la espera del ser amado puede hacerse eterna, mientras que las horas que se pasan a su lado, se convierten en segundos. Cuentan que en cierta ocasión, pidieron a Einstein que explicase la teoría de la relatividad en lo referente a la contracción del tiempo, a lo cual respondió: “Siéntese sobre una estufa durante un minuto y este le parecerá un siglo. Tenga una hermosa joven sobre sus rodillas y una hora le parecerá un minuto”.
Así mismo, se puede hablar de “tiempos” correspondientes a diferentes etapas de la vida. Para los niños el tiempo es eterno y transcurre lentamente. A medida que vamos cumpliendo años, el paso del tiempo se agiliza. Para un infante, un año de edad es toda su historia, mientras que para una persona centenaria, un año es sólo una centésima de su vida. En la misma perspectiva, se llega a afirmar que quiénes existimos en un determinado momento histórico, más que contemporáneos, somos coetáneos, ya que vivimos el mismo tiempo cronológico, pero no en el mismo tiempo existencial (Ortega y Gasset, 1983).
Ya los griegos distinguían entre el Chronos, con el que se referían al tiempo cronológico, el del reloj, y el Kairós, el tiempo existencial que puede ser vivido con calidad en el presente y que está “preñado” de futuro. De ahí que sea importante que pasemos de una visión determinista que provoca seres “marioneta”, resignados y arrastrados por la vorágine del día a día, a convertirnos en sujetos protagonistas y responsables del uso del tiempo.
A pesar de los avances técnicos que deberían aliviar la dureza de la actividad diaria y facilitar una existencia más relajada, la realidad camina por otro lado. Más que controlar y disfrutar del tiempo, da la sensación que es éste el que nos dirige y domina. Más que vivir, el ser humano se “desvive” o mal vive. Lamentablemente, estamos tan inmersos en este sistema que no nos sorprende la situación. Incluso, resulta difícil pararse e intentar “darse cuenta” de nuestros estilos de vida para sensibilizarnos y ser conscientes del por qué hacemos lo que hacemos.
Ante la imposibilidad de realizar ese proceso de auto-observación, el organismo reacciona y protesta. El cuerpo es muy “chivato” y funciona como “caja de resonancia” que nos lanza llamadas de atención para que nos interpelemos y cambiemos el registro. Determinadas alteraciones: ansiedad, estrés o cansancio emocional, pueden ser signos de tal desgaste. El asunto no es baladí o para tomárselo a broma ya que somos uno de los países europeos en los que se produce un mayor consumo de psicofármacos. Por ejemplo, el uso de ansiolíticos o antidepresivos no cesa y en diez años se ha incrementado en una proporción considerable, desde 1994 se ha triplicado en la población española el consumo de antidepresivos. El sistema nacional de salud recetó en 1995 más de siete millones de antidepresivos y en el 2003 el consumo supera los veintiún millones de envases1 .
La situación comienza a inquietar y de ahí que se le preste atención desde distintos organismos. En La Guía sobre el estrés relacionado con el trabajo de la Comisión Europea (2002) se afirma lo siguiente:
“El estrés relacionado con el trabajo se ve condicionado por problemas fundamentales medioambientales, económicos y sanitarios, al tiempo que contribuye a crearlos. Afecta, al menos a 40 millones de trabajadores de los quince Estados miembros de la Unión Europea (UE) y cuesta anualmente un mínimo de 20.000 millones de euros. Es la causa de mucho sufrimiento humano, enfermedades y fallecimientos. Asimismo produce alteraciones muy considerables de la productividad y la competitividad. Es muy probable que gran parte de todo lo dicho pueda prevenirse (p.5)”.
Muchas de las condiciones que están presentes en nuestros estilos de vida, por ejemplo la prisa, la aceleración o la urgencia, se están convirtiendo en variables “multiplicadoras por cero”. Es importante tener en cuenta una sencilla regla matemática para “evitar naufragios o desastres personales”: cualquier número multiplicado por cero da como resultado cero. De ahí que sea conveniente alejarse de tales “multiplicadores por cero” ya que no son buenos compañeros en el viaje de la vida.
¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Hay posibilidad de retorno? Lo fundamental, es que podamos reaccionar antes de que sea demasiado tarde.
El Nuevo Concepto de trabajo y Tiempo
Aproximación a la relación entre Tiempo y Trabajo
En periodos anteriores a la industrialización los tiempos de trabajo guardaban estrecha relación con los ciclos de la naturaleza. Con la consolidación de las sociedades industriales el tiempo queda mucho más ligado a las necesidades de la producción capitalista. Así, el trabajo remunerado ya no se determinará por las estaciones del año, por ejemplo, teniendo presente la siembra o la cosecha, ni por la luz solar ya que con el sistema de turnos, se podrá trabajar de día o de noche.
Curiosamente, ambos términos, tiempo y trabajo, han cobrado distintos significados y fruto de esa nueva formulación se han relacionado más estrechamente entre sí. Normalmente, cuando se expresa el malestar por “no tener tiempo”, es en relación con una gran cantidad de actividades que se tienen que llevar a cabo, entre las que sobresalen las tareas laborales.
Estamos estructurados por el trabajo y organizamos todo el tiempo personal y social en función de la actividad productiva. Tener una profesión constituye la credencial más consistente en la presentación cotidiana. El trabajo se convierte en un generador de identidad, ya que aporta la solvencia y credibilidad que el individuo moderno requiere para moverse por los distintos escenarios sociales. De ahí que se pueda afirmar que la inmensa mayoría de los ciudadanos somos lo que trabajamos, más aún, somos porque trabajamos (Zubero, 2000).
En consecuencia, estar desempleado pasa a ser signo de inutilidad al no ser tenido en cuenta por el sistema, porque el parado no resulta rentable o productivo. En la misma línea se puede situar el trabajo doméstico, que al no tener peso en la cuenta de resultados, ya que no se traduce a cifras monetarias, no se valora. No es raro que también se comience a culpabilizar o tachar como zánganos y parásitos sociales, a aquellos que no puedan acceder al mercado laboral.
El trabajo no sólo nos identifica, “soy profesor”, sino que todo el tiempo humano aparece subordinado a la lógica de la racionalidad económica. ¡Hasta el ocio tiene que ser útil! De esa manera, el tiempo pasa a ser un recurso escaso, el tiempo es oro, y ha de ser lo más productivo posible ya que es la fuente principal de la creación de riqueza. El tiempo se convierte en un medio para obtener “algo externo”, que además debe aportar una cierta utilidad o beneficio y no para ocuparlo o “perderlo” en el propio sujeto. De ahí que necesariamente haya que hacer distintas actividades para poder “sacarle todo el partido posible” al tiempo.
Evolución del Concepto de Trabajo: Del ocio al negocio.
El trabajo siempre ha estado presente en nuestra existencia, sin embargo, lo que ha ido cambiando es la manera de concebirlo y la relación que se mantiene con él a lo largo de la Historia.
Tradicionalmente, la valoración positiva de la actividad humana recaía en el ocio, de ahí que el trabajo se plantease como una tarea penosa. El término trabajo proviene del vocablo latino tripalium que se refería al instrumento construido por tres palos que se empleaba para inmovilizar a los animales de carga con el objetivo de poder colocarles las herraduras. A su vez, ese yugo era utilizado para torturar a los esclavos que no querían trabajar y servía para sujetarlos en una postura muy forzada.
Durante siglos uno de los ideales humanos ha sido conseguir la “civilización del ocio”. Incluso a mitad del siglo XX se creía que una nueva sociedad basada en el ocio vendría a reemplazar a la sociedad industrial en decadencia fundada en el trabajo. Sin embargo, ese mito ha sufrido un duro golpe, ¿se ha liberado al hombre del trabajo? No sólo no se ha conseguido abolir el trabajo, sino que en la actualidad éste tiene un sentido completamente distinto al de sus comienzos. El trabajo ha dejado de ser un “tripalium”, para ocupar un lugar central en nuestra existencia. Así, de concebirse como un “castigo de Dios”, hemos pasado a vivir como un daño o una gran “tortura” el no tenerlo. ¿Cómo se ha ido produciendo ese cambio?
En el mundo grecolatino el ciudadano libre llevaba una vida de ocio en la que lo principal era la expresión plena de sus potencialidades. El trabajo se consideraba como algo degradante y por esta razón se reservaba a los esclavos. Cualquier forma de trabajo se oponía a la condición de ciudadano griego o romano. De ahí que el trabajo y el ocio se excluyeran el uno al otro, formaban parte de dos órdenes distintos que no guardaban relación entre sí. Esta relación de exclusión aparece en la propia etimología del término: otium –ocio- se opone a neg-otium -negocio - que literalmente sería la “negación del ocio”.
Se suele afirmar que el tiempo industrial aparece en la primera mitad del siglo XIV, cuando el 24 de Abril de 1355 el rey Felipe VI concedió a la Alcaldía de Amiens la facultad de señalar por medio del toque de una campana las distintas horas que marcaban las ocupaciones del día: el inicio del trabajo, el descanso para comer, la vuelta a la labor y el final de la misma. Es así como irá irrumpiendo lentamente un tiempo nuevo mecánico: el tiempo de la actividad laboral que desplaza al de la naturaleza (Crosby, 1997). En la misma perspectiva se afirma que “la modernidad puede concebirse, en términos materiales como el dominio del tiempo del reloj sobre el espacio y la sociedad” (Castells, 2001: 510).
Para propiciar ese cambio es fundamental la elaboración de una nueva concepción del trabajo. La distinción entre trabajos dignos e indignos permanece hasta los siglos XVII y XVIII en cuyo momento comienza a plantearse el trabajo como una actividad no sólo aceptable sino que incluso se percibe como un “deber” que se extiende a la totalidad de los miembros de la sociedad. De tal manera, que el trabajar se convierte en una responsabilidad y adquiere un componente moral. Se podría afirmar, que será la burguesía la primera clase dominante para la que el trabajo se convierte en un valor.
Desde los estudios de Max Weber se resalta a la ética protestante como causa determinante del auge de ese modo de pensar. En su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Weber se cuestiona por qué el capitalismo adquiere un desarrollo especial y casi exclusivo en determinados países occidentales. A lo largo de los siglos las distintas potencias, por ejemplo China o el imperio Otomano, habían intentado acumular el mayor número de riqueza y poder. ¿Por qué ahora es diferente? Para Weber en el gran auge económico de Occidente aparece un componente distinto: la actitud hacia la acumulación de riqueza. Es lo que denomina el espíritu del capitalismo, ese conjunto de creencias y valores que poseían los primeros industriales y comerciantes capitalistas.
Según esta mentalidad económica, la creación de riqueza se convierte en un imperativo moral. El objetivo de estos primeros capitalistas no será el acumular bienes para dilapidarlos en la ostentación o el lujo, sino para reinvertir en nuevos proyectos que creen más riqueza. ¿Cómo se llega a esa conclusión? Para el creyente protestante la actividad económica pasa a ser un medio a través del cual se expresa la bendición de Dios y con el que se lleva a la práctica su vocación humana. Es decir, la idea de predestinación calvinista se realiza en el mundo mediante la prosperidad económica: el que alguien haya sido elegido por la divinidad se hace visible a través del éxito en la actividad mercantil.
De esa manera, se produce una transferencia de la eficacia de la fe a la eficiencia en el negocio. Las vocaciones que antes se podrían expresar en la fuga mundi, el abandono del mundo, por ejemplo en la austeridad de la vida monástica, se concretan ahora en la multiplicación y obtención de beneficios económicos. Weber lo resume magistralmente en el siguiente texto:
“No es el ocio y el disfrute sino la actividad la que sirve para aumentar la gloria de Dios, según su voluntad inequívocamente revelada. Así que el primero y el más grave de los pecados es el desaprovechamiento del tiempo (…) La pérdida de tiempo por hacer vida social, por “cotillear”, por el lujo, incluso por dormir más de lo necesario para la salud –de seis a ocho horas como máximo- es absolutamente reprobable desde el punto de vista moral (...) Por este motivo, tampoco tiene valor y en ciertos casos es expresamente reprobable la contemplación inactiva, al menos, cuando se realiza a costa del trabajo profesional, pues le agrada menos a Dios que cumplir activamente su voluntad en la profesión “(Weber, 2004: 197)2
La hipótesis weberiana ha recibido fuertes críticas, por ejemplo, se le cuestiona el no tener en cuenta al componente judío en la mentalidad capitalista o no resaltar la importancia de los mercaderes italianos católicos en el desarrollo del comercio y en el auge de las primeras instituciones bancarias. ¿No trabajaban los creyentes católicos anteriores a la aparición del modelo capitalista? La Historia demuestra que sí, pero según Weber su actitud hacia el trabajo era muy distinta. Durante siglos, el trabajo no tenía un componente moral más allá de “te ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Puesto que la tierra no era el paraíso descrito en el Génesis, el trabajo se imponía como una realidad inevitable. Sin embargo, sólo aparecía como una necesidad externa, no como un impulso o responsabilidad interno. El objetivo era trabajar el tiempo necesario para llevar un nivel de vida básico pero ni un minuto más. En el protestantismo, sobre todo en su versión calvinista, el trabajo pasa a ser una cuestión moral, un modo de vencer la duda y la angustia religiosa. Así, el éxito mercantil se convierte en señal de la salvación del alma.
A pesar de los cuestionamientos, no hay que pasar por alto el enfoque de Weber. Durante muchos años, en diversos contextos culturales se ha planteado como ideal un culto desproporcionado por el trabajo que eliminaba cualquier resquicio de actividad lúdica. Llevando al extremo esa postura se puede caer en algunas afirmaciones “patológicas”. Por ejemplo, en la verja de entrada del campo de concentración de Mauthausen se podía leer el texto siguiente: “el trabajo os hará libres”. De todos es conocido que para nada liberó aquel tipo de actividad.
El tiempo como recurso escaso: “time is money”
La Revolución Industrial convirtió al trabajo en un valor social dominante. Se podría afirmar que la Revolución Industrial creó a “los propietarios del tiempo”: los empresarios capitalistas que poseían fábricas y que organizaron las normas laborales y horarias que empezaron a regir los ritmos de la vida. El reloj, como símbolo del tiempo cronometrado, se establecerá como instrumento de regulación y control del tiempo industrial, y a su vez, condicionará el resto de los tiempos de ocio y trabajo: la vida familiar deberá adaptarse a la jornada del nuevo trabajo remunerado.
Desde la perspectiva capitalista, el tiempo de trabajo se convierte en la fuente de obtención de beneficio y riqueza, por ello se comienza a considerar como un recurso escaso y en consecuencia, no es extraño que se mercantilice y traduzca a dinero. De ahí, que se ponga el acento en la productividad y la eficiencia, con el objetivo de “administrar” el tiempo para conseguir ser más rentables.
En la misma línea, el planteamiento marxista, también atribuirá al trabajo un significado positivo, construyendo una “ética secularizada del trabajo”, orientada a demostrar la superioridad del sistema productivo socialista. Así los primeros socialistas, por ejemplo Saint-Simon, condenarán el ocio y tendrán una visión sumamente “economicista”: la ociosidad constituye un crimen contra la sociedad y contra todos aquellos que la integran. Para él, sólo el desarrollo de las fuerzas económicas productivas podrá proporcionar las bases para una sociedad igualitaria. De ahí que para asegurar ese desarrollo, deba separarse la producción del consumo inmediato y dedicar ese ahorro a nuevas inversiones productivas que generen una riqueza suficiente para permitir una repartición equitativa en un futuro (Saint-Simon, 1981).
En consecuencia, ambos enfoques, el capitalista y el marxista, coincidirán en situar al trabajo en el centro de la vida social. La productividad y la eficacia configurarán el sistema de valores de estas sociedades. Su mensaje es claro: sólo con el trabajo se puede conseguir el éxito personal y el bienestar social.
Este contexto crea un caldo de cultivo idóneo para que distintos autores, por ejemplo, Weber, Taylor, Fayol, comiencen a elaborar nuevos planteamientos organizativos. Incluso al enfoque taylorista se le denominó, quizá con cierto elemento pretencioso, Organización Científica del Trabajo ya que se pretendía crear un sistema en el que de manera “científica” las diversas secciones de la empresa intentarían alcanzar su cota más alta de perfección y rendimiento.
Por tanto, la prosperidad dependía de la productividad y la nueva ciencia estaba destinada a buscar los medios más adecuados para aumentar la eficiencia. El “management” debía optimizar la ejecución reduciendo todos los tiempos improductivos del proceso de trabajo y así alcanzar la mejor forma de realizar las tareas. Uno de los instrumentos básicos para conseguir tal fin sería el control de los tiempos de trabajo. La fábrica bien sincronizada funcionaría como un perfecto mecanismo de relojería. Incluso, el “cronómetro” más que el reloj comenzó a dictar los ritmos de vida y trabajo. Un autor lo expresa de manera contundente:
“Bajo el taylorismo el cronómetro es el equivalente del látigo. Así como un látigo corta el aire y la piel para disciplinar el trabajo, el cronómetro de Taylor corta y divide el propio tiempo para imponer la presunta organización lógica y científica del trabajo a los movimientos humanos” (O’Malley, 1992: 196).
De ahí que no resultara extraño que el taylorismo se adaptara oficialmente en la Unión Soviética, cuando se implantó el régimen socialista. En 1918, Lenin propuso medidas urgentes para elevar la productividad, entre las que apostó por la aplicación de lo que había de científico en el sistema de Taylor. En esta línea se puede entender que una de las primeras encuestas sobre el “uso del tiempo” fuese realizada en Moscú en 1924 con el objetivo de “planificar mejor” la tutela del Estado sobre la sociedad, o mejor dicho, para controlar el tiempo libre de sus súbditos.
Casi en la misma época, en los Estados unidos se desarrolla el trabajo en serie. Con este sistema, H. Ford, consigue que las tareas se ajusten al minuto y se adjudiquen a los trabajadores que están asignados a puestos fijos a lo largo de la cadena. Así la cinta mecánica al realizar el abastecimiento elimina los tiempos muertos, ya que los obreros no tienen que desplazarse. El individuo se convierte en una pieza más de la máquina. Charles Chaplin refleja magistralmente esta situación en la película Tiempos modernos. Con su tono irónico el film comienza con el siguiente eslogan: “la cruzada de la humanidad hacia el mundo feliz” e inmediatamente se funde la imagen de un grupo de trabajadores rumbo a la fábrica, con la de una piara de cerdos que se supone que caminan en la misma dirección.
Como afirma un autor clásico, “el reloj y no la máquina de vapor es la máquina-clave de la moderna edad industrial” (Munford, 1972: 31). El tiempo se convierte en el principal criterio de rentabilidad ya que la secuencia de movimientos precisos en la ejecución de una tarea y su duración será la medida utilizada para conocer el ritmo de trabajo. No se trata únicamente de cronometrar la actividad, sino que el planteamiento que surge a partir de Taylor, logra responsabilizar del gasto del tiempo al trabajador. De ahí que su ahorro y despilfarro marcarán las diferencias salariales en forma de pluses o sanciones.
¿Cautivos del reloj y el trabajo?
Con el incremento de la producción industrial se impone el trabajo asalariado en las fábricas. Se produce un éxodo rural y se transforman las condiciones de vida. Los campesinos pasan del trabajo discontinuo en el campo según los ciclos de la naturaleza, al desempeño del trabajo en cualquier momento del día en las ciudades, lo mismo se puede trabajar de día que de noche, en invierno o en verano.
Hasta ese momento, como describía F. Engels en 1845 en su estudio sobre La situación de la clase obrera en Inglaterra, los tejedores por ejemplo, no estaban esclavizados por el trabajo. Así no necesitaban trabajar demasiado, tenían su autonomía para organizar su actividad laboral y su tiempo libre, ya que podían tejer lo que quisieran y cuando les apetecía se dedicaban a otros menesteres.
Los tejedores eran dueños de su tiempo, se adaptaban a las circunstancias si llovía por ejemplo, podían trabajar más y si hacía buen tiempo, se planteaban ir de pesca u otras ocupaciones. En esta línea se puede entender el fenómeno conocido como San Lunes, que en lo fundamental consistía en alargar el descanso dominical hasta el lunes.Práctica conocida desde el siglo XVII en algunos países, por ejemplo, en Francia e Inglaterra, y que pervive durante el siglo XVIII, hasta que desaparece en el siglo XIX por culpa de la industrialización. Además de la propiedad del tiempo, lo que es fundamental, es que los tejedores controlaban el proceso de fabricación: producían los tejidos y los vendían a comerciantes ambulantes.
Con la Revolución Industrial las máquinas arrebatan el proceso de producción a los sujetos. El trabajador por cuenta propia pasa a trabajar por cuenta ajena. En conclusión, el trabajo empieza a ocupar un lugar central y aumenta su presión sobre el individuo, de manera que éste pierde su autonomía ante el tiempo y el trabajo y ya no tiene ni un momento para el ocio. El trabajo se convierte en el valor fundamental del sistema social (Engels, 1965).
No es extraño que surgieran posturas que reaccionarán contra esta situación. Algunas intentarán solucionar el problema de raíz, por ejemplo los ludditas y otras propondrán alternativas menos radicales, como el planteamiento de P. Lafargue, yerno de K. Marx:
a) El movimiento luddita surge en 1811, cuando una serie de cartas firmadas por Ned Ludd, Capitán Ludd, precedieron y acompañaron los ataques a las fábricas en los distritos de Nottingham (Inglaterra) transmitiendo la idea de que existía un “ejército de reparadores”, de los males que el pueblo estaba sufriendo. Las máquinas destruían su calidad de vida y los amenazaban con debilitarlos y reducirlos a meros autómatas. Los ludditas llevaron a cabo una campaña planificada de eliminación de la maquinaria entre 1811 y 1813 y desaparecieron tras una brutal represión que se inicia en 1812.
b) Desde otra perspectiva, P. Lafargue en El derecho a la pereza, publicado en 1884, exhorta a los obreros a que reduzcan por su propia voluntad las horas de trabajo y que reivindiquen el “derecho a la pereza”. El autor insinuaba que el gran error del movimiento obrero había sido reivindicar trabajo. De ahí que aconsejaba cambiar las tornas y apuntar las proclamas hacia una pereza en pro de la justicia social. Así, los burgueses se verían obligados a trabajar para garantizar la rentabilidad de su capital (Lafargue, 2004).
Para Lafargue la pereza será sinónimo de autocontrol de las horas de trabajo. Al disminuirlas se utilizará como un arma subversiva para combatir las desigualdades sociales que se traducen en el ocio de unos y el exceso de trabajo de otros. Si se trabaja menos pueden plantearse diversas alternativas: o bien el empresario se pone manos a la obra para no perder su beneficio; o bien mejora las condiciones laborales para que no se les vayan sus empleados. Algo de esto sucedió en la práctica con H. Ford, cuando los trabajadores comenzaron a abandonar las fábricas ya que pretendían una mejor calidad de vida y ello provocó la subida de los sueldos con el objetivo de retenerlos.
A partir de entonces, se comienzan a generalizar las protestas. La negociación sindical se centrará en ir consiguiendo mejores condiciones de trabajo, entre las que destaca la disminución de la jornada laboral. La lucha será dura hasta conseguir la reducción sintetizada en las tres ochos, así el día se estructurará en ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho de descanso. Con ello, se intentará crear unas condiciones adecuadas para que se pueda llevar a la práctica la hipótesis de una más factible emancipación obrera por la vía de la educación y la cultura. Objetivo que no siempre va a ser fácil de conseguir.
Algunas de las fechas simbólicas que recuerdan estas efemérides, por ejemplo el ocho de marzo, Día de la Mujer Trabajadora, o la festividad del Primero de Mayo, tienen su origen en la petición de un horario laboral más justo. A través del control del tiempo de trabajo se pretendía también, controlar la totalidad de la vida de los asalariados. Curiosamente los trabajadores en Inglaterra en las revueltas entre 1820 y 1830 simbolizan su rabia, lanzando y destrozando los relojes sobre las puertas de las fábricas en protesta por el “robo de su tiempo”.
¿Hacia una sociedad del ocio?
Ante la exaltación del trabajo como valor prioritario en la sociedad, el ocio adquirirá componentes negativos. Así, tanto para los capitalistas como para los socialistas, el ocio pasará a ser “un mal social” y se cargará de una connotación peyorativa. ¿Cómo podrá recuperar una dimensión social positiva? A través de dos procedimientos:
a) Cuando se plantea como descanso y reposición necesaria para seguir posteriormente realizando el trabajo.
b) Cuando se carga de cierta utilidad, así se comienza a identificar el ocio con el negocio: el ocio se asocia al consumo con lo que empezará a regularse por pautas mercantiles.
La primera obra dedicada expresamente al ocio fue la Teoría de la clase ociosa que T. Veblen escribió en 1899. Para Veblen el ocio ha dejado de ser una disposición humana unida a un determinado origen en la sociedad. Es decir, no es algo propio de una clase social, en este caso la antigua nobleza o aristocracia. Por contra, en la sociedad industrial la burguesía, que es la que se beneficia del éxito económico, quiere imitar a los antiguos aristócratas y es a través del ocio-consumo como puede realizarlo. De esa manera, el ocio y el consumo serán la mejor evidencia externa de la pujanza pecuniaria.
Veblen plantea dos tipos de consumo:

  • El consumo vicario, con el que se produce una imitación simbólica, por la cual a través del consumo la burguesía del siglo XIX imita a la antigua nobleza.
  • El consumo ostentoso. El ocio se identifica con el consumo desenfrenado de artículos de lujo o de objetos inútiles que sólo tienen el valor del alto precio que se ha pagado por ellos. El burgués no consume por sí mismo sino para demostrar a los demás su nueva condición (Veblen, 1965).

Así, el ocio se plantea como símbolo de clase, por ejemplo practicar la caza o determinados deportes, y como consumo desproporcionado de objetos que supuestamente brindan nuevas satisfacciones y que obedecen a la preocupación de establecer una distinción social, con el objetivo de llamar la atención y ser reconocido socialmente. En consecuencia, a partir del consumo se intenta conseguir más estima, “valer socialmente más”, o evitar el “no ser menos”.
Al asociar el ocio al consumo se va esbozando un planteamiento mercantil del ocio. El tiempo libre pasivo se entenderá como “tiempo estéril” y el ocio inactivo que no implique gastos será improductivo para el mercado. El ocio se irá convirtiendo en tiempo libre al servicio de la producción y funcionará según el principio de eficiencia. Poco a poco, se irá desarrollando toda una industria del ocio que, por ejemplo en el caso de España, engloba a una importante masa laboral.
¿Vamos hacia una sociedad del ocio? Fruto de los avances técnicos y de la negociación colectiva se irá consiguiendo ampliar el tiempo de ocio. Por ejemplo, el número de horas trabajadas pasará de 80 horas semanales en el inicio de la Revolución Industrial a las 40 horas de media actual. De ahí que algunos autores, vislumbrasen una sociedad de ocio o el fin del trabajo. Para unos, el porvenir del trabajo humano será incierto y por ello se apostará por un futuro ocioso (Handy, 1986). Otros, describirán a las sociedades avanzadas como sociedades del fin del trabajo, ya que las nuevas tecnologías sustituirían al trabajo humano y nos desplazaríamos a una sociedad donde no habría productores sino consumidores y el ocio se generalizaría (Rifkin, 1996).
De nuevo, el acontecer diario demostrará que las teorías van por un lado y la realidad por otro. Así, podemos comenzar a intuir que el círculo virtuoso, mejora en el control del tiempo y mayor calidad de vida, se comenzará a convertir de nuevo en círculo vicioso, pérdida de tiempo libre y aumento de la actividad laboral. Al aumentar los gastos por consumir más es necesario trabajar en mayor proporción para conseguir ingresos con los que poder adquirir un número significativo de bienes y servicios. J. Schor acuñará el término de clase ociosa apresurada, con el que expresa la experiencia de cómo el ocio se comprime cada vez más, en tiempos sucesivamente limitados, por lo que será necesario trabajar más para lograr un mayor consumo en menos tiempo (Schor, 1991). Serán estas clases de “ocio apresurado” las que emplean su escaso tiempo libre en un consumo intenso que les proporcione los signos adecuados para mantener su posición distintiva ante el resto de la sociedad.
Ante la Situación Actual: Algunas Paradojas
Se entiende por paradoja una declaración que en apariencia es verdadera pero que conlleva una posible contradicción. Sin ánimo de ser exhaustivos apuntamos algunas paradojas relacionadas con el tiempo y el trabajo:
1. ¿Somos más libres respecto al control del tiempo? En la mitología griega Cronosse come a sus propios hijos para evitar que lo destronen como rey de los dioses y de esa manera intenta asegurar su poder intemporal. Curiosamente, Cronos simboliza el tiempo cruel e insensible que en su deseo insaciable de evolución devora la vida. Un relato de Julio Cortázar, Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj, refleja una experiencia parecida. Creemos que el reloj va a ser un buen aliado para organizar el tiempo y se convierte en nuestro dictador, al que hay que rendir pleitesía y ponerse a su servicio.
2. ¿Aumenta el tiempo disponible para el ocio? Desde el inicio de la Revolución Industrial se creía que las máquinas trabajarían en lugar de las personas y se auguraba que a finales del siglo XX se llegaría a establecer las 20 ó 25 horas semanales (Castells, 2001). Sin embargo, de la observación de nuestros comportamientos sociales se constata una cierta paradoja: según los planteamientos teóricos, al incorporar las nuevas tecnologías, tendría que aumentar el tiempo de ocio, por el contrario, en la práctica el número de horas dedicadas a la actividad laboral, también se ha incrementado. Por ejemplo, en un estudio sobre Cambios en el uso del tiempo en Euskadi entre 1993-2003 se constata que el tiempo dedicado a actividades que no son de ocio (trabajo, formación, trayectos, etc.) no ha dejado de crecer a lo largo de la última década: 19 minutos entre 1993 y 1998 y otros 15 minutos entre esta última fecha y 2003. El propio autor concluye: “A priori y con estos primeros resultados parece contradictorio afirmar que avanzamos hacia una sociedad de ocio” (Marcos, 2004, 11).
¿Qué puede pasar? Quizás el límite entre lo que es el trabajo oficial y no oficial no es fácil de delimitar. No entramos en todo el tema del pluriempleo o de la economía sumergida que no tiene plasmación en las estadísticas, sino que resaltamos el aumento de tareas relacionadas con la actividad laboral que consumen tiempo. Por ejemplo, una cena para cerrar un acuerdo o la revisión en casa de un informe, ¿se puede entender como ocio?
A efectos prácticos, la dedicación al trabajo ha aumentado. En esta línea, desde hace algunos años, la asociación norteamericana Take Back Your Time –Recupera tu tiempo- convoca el 24 de Octubre el día de los “relojes caídos”, ya que en esa fecha un norteamericano medio ha trabajado más de lo que hará un europeo medio en todo el año. El tema no es baladí o para tomárselo a broma. Las consecuencias sobre la calidad de vida de los ciudadanos y sus repercusiones personales y sociales, está llevando a las Administraciones Públicas a poner medios para intentar encauzar ese problema. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Barcelona (España) ha creado una concejalía de “Uso del tiempo” o en el Congreso de los Diputados español funciona una Subcomisión de “Conciliación de la vida laboral, familiar y personal”3 .
3. ¿La incorporación de las nuevas tecnologías disminuye el tiempo dedicado al trabajo? Las nuevas tecnologías se están implantando en la sociedad y como preveía Mc Luhan casi pasan a convertirse en una ampliación de nuestro cuerpo (Mc Luhan, 1996). Si alguien hubiera estado una serie de años ausente de nuestro contexto cultural, se extrañaría de ver a algunas personas hablando solas, pegados a un aparato llamado teléfono móvil o celular. Parece que ha surgido una nueva especie: el homo sapiens inalambricus. Como en el Antiguo Oeste por nuestras calles vemos a los sujetos portando en su cintura el “arma” imprescindible para sobrevivir en esta ciudad frenética.
Así, se vivencia una paradoja ya que existen más medios técnicos para aliviar la carga laboral y sin embargo, el ser humano está más ocupado en los asuntos laborales. Por ejemplo, en vez de ayudar a desconectar, la irrupción de la tecnología provoca la necesidad imperiosa de estar alerta 24 horas al día, 7 días a la semana, los 365 días del año, despertándonos con los correos electrónicos o durmiendo con los celulares en la mesita de noche. Parece que hay que responder al eslogan: “estoy conectado, luego existo”.
A su vez, las nuevas tecnologías están fomentando un “espejismo” o la ilusión de creer que estar conectado a muchas bases de datos o múltiples fuentes de información resuelve todos los problemas. Sin embargo, tal situación no es cierta, ”esos bancos de información sólo son útiles a los que saben leer la información. Un burro conectado a internet sigue siendo un burro” (Marina y De la Valgoma, 2005, 40).
4. ¿Hacia una sociedad fragmentada? De hecho los mismos avances tecnológicos que posibilitan las bases para potenciar la sociedad de la comunicación y del conocimiento, se están usando de manera inadecuada con la consecuencia de que están potenciando una sociedad de la fragmentación, en las que las personas se alejan más unas de otras y se perciben cada vez como extrañas. Nunca han existido tantos medios de comunicación como en la actualidad y nunca como hoy el ser humano se vivencia tan solo.
La situación es tal que incluso está afectando a edades tempranas. Según la encuesta sobre la infancia realizada en España en el año 2008 el 26,5% de los niños de 6 a 14 años sienten soledad en su hogar (alrededor de un millón). De las conclusiones del estudio se arroja el dato de que el teléfono móvil es el medio utilizado para paliar la incomunicación hasta el extremo de que el 43% de los niños de 6 a11 años disponen de teléfono celular, cifra que aumenta hasta el 82% entre los 12 y 14 años (Vidal, F. y Mota, R., 2008).
5. Los ciclos vitales se modifican. Hemos forzado los ritmos biológicos y ya no funcionamos según “el reloj fisiológico”, sino bajo la dictadura del “reloj mecánico o digital” que fundamentalmente se programa según los horarios laborales. De ahí que surjan determinados interrogantes:

  • ¿Para qué dedicar tiempo a la alimentación? Así, se fomenta la comida rápida que a veces, también recibe el calificativo de “comida basura”. Parece que lo que menos importa es alimentarse y como tal, da lo mismo que sea cualquier cosa. Ya no comemos según nuestro apetito o necesidades, sino sólo cuando lo indica el reloj. Esa carrera por ganar tiempo se nos mete en muchos productos: sopa “instantánea”; café “instantáneo” o alimentos “precocinados”.
  • ¿Para qué dormir? Algunos hasta se sienten mal por pasar 23 años de su vida durmiendo (a unas 8 horas diarias de sueño sería el tercio de la vida de una persona que llegue a los 70 años) y por ello intentan alargar como sea el estado de vigilia. No es raro que muchos se lancen a una búsqueda desesperada del “elixir mágico” que le permita vivir más y aprovechar mejor el tiempo. A veces, con medios, drogas o estimulantes, que se convierten en herramientas “antropófagas” que devoran al propio sujeto.

6. ¿Vivimos más años? Estamos en la época de la Historia de la humanidad en la que el ser humano ha conseguido alargar en mayor medida la esperanza de vida de la especie, en especial en el primer mundo. Hasta hace poco más de un siglo, la esperanza de vida en Europa era de treinta años, como la de Sierra Leona en la actualidad. Hasta ese momento sólo se tenía como objetivo la subsistencia y la reproducción, ahora hay que plantearse el llenar de sentido esa existencia y de ahí, que haya que responsabilizarse e iniciar el viaje apasionante hacia la felicidad (Punset, 2005). Sin embargo, lo fundamental es añadir vida – calidad – a los años y no sólo años a la vida.
7. ¿Es la aceleración en los ritmos de vida una ventaja? Según los fisiólogos del metabolismo, todos los seres vivos se parecen en que a lo largo de su existencia consumen la misma cantidad de energía por gramo de peso corporal. Por ejemplo, el cisne, el murciélago, el erizo o el ser humano gastan aproximadamente 2.500 kilojulios –unas 600 calorías- por gramo de peso a lo largo de toda su vida. En consecuencia, un metabolismo más acelerado se traduciría en una longevidad menor, y a la inversa, cuanta menos energía consuma un organismo, más vive. De ahí que sea fundamental dedicar tiempo para la vida (Riechmann, 2003).
A su vez, la tecnología permite la creación de sistemas tan veloces que algunos ni siquiera pueden usarse y en otros habría que cuestionarse su uso. Por ejemplo, ¿tiene sentido fabricar un coche que pueda alcanzar más de 200 Kms por hora? ¿En qué carretera se podrá utilizar si hay límite de velocidad? A su vez, es posible crear propulsores que podrían hacer volar a los aviones a miles de kilómetros por hora, pero no habría cuerpo humano que lo resistiera. Por tanto, ¿tiene sentido tanta aceleración?
8. La excesiva rapidez crea una dinámica de impaciencia. Todo tiene que estar al momento. Observar algunas conductas a nuestro alrededor es ilustrativo: unos segundos hasta que llega el ascensor se hacen eternos; la velocidad en internet de la más novedosa banda se queda trasnochada y se percibe lenta rapidísimamente. Estamos inmersos en la cultura del instante, y nos crea malestar la más mínima espera. He ahí algunas expresiones que manejamos cotidianamente: café instantáneo, respuesta instantánea, correo electrónico (Messenger Instant), etc.
De ahí que inmersos en esta cultura demos por supuesto que todo tiene que aparecer de golpe y no es extraño caer en conductas “curiosas”. Por ejemplo, es fácil observar como algunas personas al subir al ascensor aprietan el botón de cerrar las puertas en lugar de esperar a que éstas se cierren solas o no paran de golpear el pulsador esperando que se abra más rápidamente o caminar hacia arriba por las escaleras mecánicas para llegar antes al piso superior.
9. Se mantiene una carrera permanente contra el reloj La aceleración se convierte en un virus que contagia todos los ámbitos de la vida. Llaman la atención los cursos para directivos, que tienen como objetivo “la gestión y organización del tiempo”, en el que además suelen regalar una agenda para poner en práctica inmediatamente lo aprendido. La sensación que se tiene es de una cierta culpabilidad ya que hay que aprovechar más el tiempo para poder realizar un mayor número de actividades. En uno de ellos se tenía de manera permanente escrito en la pizarra el siguiente eslogan: “Organiza y pon orden en tu vida. Al ser eficiente rendirás mucho y serás más feliz”.
Habría que dar más cursos para aprender a gestionar la vida. Nuestra sociedad “rebosa” de expertos en eficacia, sin embargo, faltan personas capaces de inyectar ilusión y ganas por la existencia. No hay falta de tiempo, sino de prioridades o proyecto de vida. ¿Quién se toma el “trabajo de vivir”? El que valora algo, busca y encuentra el tiempo. Aquello que no nos gusta, aunque lo tengamos que hacer, lo postergamos o diferimos, aunque dispongamos de tiempo. Se denomina procrastinación a esa actitud de retrasar lo que es desagradable o que resulta incómodo.
10. ¿Mejor calidad de vida? Así, inoculados por la urgencia de conseguir mejoras a través de logros personales o materiales, por ejemplo una mejor posición social o económica que repercutirá en una mejor valoración social, se posterga el parámetro más importante para una calidad de vida: apostar por el ser y el sentido de la vida. E. Fromm insistía en la necesidad de resaltar la prioridad del ser sobre el tener( Fromm, E., 2000).
11. Se vive el Síndrome de Frankestein. La misma Ley de Moore, cada 18 meses se duplica la capacidad de los microprocesadores y consiguientemente la potencia de los ordenadores, se puede estar volviendo contra el propio sujeto. No en vano, se siguen inventando utilidades que más bien complican y llenan la capacidad de los instrumentos de soporte. Cada vez los discos duros son más grandes pero al mismo tiempo, hay que ir actualizándolos continuamente con múltiples innovaciones que colapsan los aparatos y los inutilizan. ¿Tenemos necesidad real en el día a día de un usuario normal de estar a la última novedad en este tipo de aplicaciones?
Da la sensación que se desarrolla un cierto síndrome de Frankestein en el que como símil comparativo de la novela de Mary Selley, la criatura – las nuevas tecnologías- se rebelan contra su creador, pasando así de obedecer sus órdenes a ser su temido dueño y señor. Podemos comenzar a ser esclavos de aquello que sería un buen medio y que por su mal uso se está convirtiendo en un fin.
12. ¿Hacia una sociedad “líquida”? Tal situación crea también una dinámica de provisionalidad y de miedo al compromiso. Ya resulta difícil establecer a distintos niveles (personal, profesional, familiar o social) proyectos de futuro. Así todo se vive a corto plazo: el trabajo pasa a ser temporal, la relación afectiva “hasta que dure”, etc. Estamos sumergidos en “el tiempo líquido”. Las estructuras sociales no perduran el tiempo necesario para solidificarse y no sirven de marco de referencia para los actos humanos, lo que crea incertidumbre e inseguridad (Bauman, 2007).
13. ¿El tiempo es dinero? Siendo fieles al principio de que el tiempo es dinero, si no se gana dinero se está perdiendo el tiempo. A partir de este principio se han desarrollado distintas consecuencias:

  • Todo vale con tal de conseguir beneficios. Así del ganar dinero ya no es “pecado”, se ha pasado a entender que nada es “pecado” con tal de ganar dinero.
  • A su vez, se trabaja mucho y se gana bastante dinero, pero no se tiene tiempo para disfrutarlo. Se cae en el círculo vicioso de aumentar la jornada laboral para poder disponer de más dinero, lo cual en la práctica se traduce en menos tiempo disponible. No hay tiempo ni para gastar el dinero.
  • De ahí que la nueva “batalla” que se está planteando en el mundo laboral no sea tanto la potenciación del modelo de la “ética protestante” sino la ética del hacker, que valora el tiempo y el gusto por lo que hace sin necesidad de traducirlo a criterios económicos. La ética del trabajo para el hacker se funda en el valor de la creatividad y consiste en combinar la pasión, con la libertad. El concepto de beneficio se amplía y se traduce en metas como el valor social, la igualdad de oportunidades, la transparencia y el compartir la información y el conocimiento Por ejemplo en la informática se puede trabajar “gratis” por enriquecer el acceso de todos a los programas informáticos (Castells, y Himanen, 2002, Himanen, 2002).

14. Se vive el síndrome de Tántalo. Aún teniendo más medios y posibilidades para llenar nuestro tiempo, éste se nos escapa. El ser humano puede tener muchos bienes a su alcance que no puede disfrutar. No tenemos tiempo para “perder” el tiempo. De tal manera, que el ocio y por consiguientemente el descanso se sienten afectados. ¿A qué dedicamos el ocio?
Según datos del Eurostat de 2006, en los países estudiados el tiempo libre gira en torno a las cuatro o cinco horas diarias, si bien la mayoría de ese tiempo de ocio se dedica a ver la televisión o el vídeo. Por ejemplo, en Bélgica las mujeres emplean en dicha actividad el 84% de su tiempo libre y los hombres el 85%; en Francia las mujeres ocupan el 76% de su tiempo libre y los hombres el 78%; en Italia las mujeres le dedican el 77% de su tiempo libre y los hombres el 81% y en España las mujeres gastan en ver la televisión o el video el 81% de su tiempo libre y los hombres el 83% (Aliaga, 2006).
15. ¿Consumo voraz y neofilia? Tenemos hasta prisa para consumir vorazmente y sobre todo para “fagocitar” lo último o más novedoso. Las actividades de consumo están en principio destinadas a aliviar la incomodidad inducida por las privaciones fisiológicas, produciendo de ese modo gratificación y placer. Pero a medida que la estimulación – novedad- desaparece el placer se torna en simple comodidad y se necesitan nuevos estímulos para seguir “obteniendo placer”. De esa manera, estamos permanentemente insatisfechos.
Se cae en la “neofilia” o el “culto a lo nuevo”. Sin embargo, lo último o novedoso por el hecho de serlo no es indicativo de que sea más valioso. Por ejemplo, La Etica a Nicómaco de Aristóteles aunque tenga algunos miles de años puede servir para afrontar la vida con más sentido que muchos manuales de autoayuda de última generación.
16. ¿Aprovechan el tiempo libre los que tienen más tiempo libre? No podemos ignorar que de alguna manera, el presentarse como persona muy ocupada o ajetreada y capaz de realizar muchas actividades es también signo social de posición elevada. Con lo cual, entramos en otra paradoja social. Aquellos que pudieran tener “más tiempo libre”, por ejemplo, los desempleados o ciertos grupos más desfavorecidos, no pueden disfrutar de un tiempo libre “enriquecedor” o valorado por la sociedad, ya que no poseen los medios económicos adecuados para poder consumir ampliamente, con lo cual es como si no pudieran tener derecho a gozar del ocio. Al mismo tiempo, al no tener trabajo se convierten en “ciudadanos sin ciudadanía”, en inútiles o excluidos por el sistema.
17. ¿Cultura del zapping? Las nuevas tecnologías también crean un mundo “virtual”, de plena disposición y en el que la realidad aparece condensada en breves imágenes. Es la cultura del zapping según la cual yo controlo, cambio de canal según mi deseo o apetencia y paso a gran velocidad por las ventanas que me acercan al mundo sin ningún tipo de compromiso e implicación. Todo está a mi libre disposición y “todo me está permitido”, y es el cado de cultivo para que se fomente el individualismo y las actitudes narcisistas. En el mundo virtual sólo tiene vida lo que aparece en la pantalla. De ahí que las injusticias sangrantes o el inmenso dolor de la mayoría de la población del planeta, no tengan hueco, lo que lamentablemente presupone que no tienen existencia.

Referencias
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Bauman, Z. (2007). Tiempos líquidos. Barcelona: Tusquets.
Castells, M. (2001). La era de la información. Vol.1: La sociedad red. Madrid: Alianza Editorial.
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Notas
Cfr. http://www.azfarmacia.com/secNot2.asp?idNota=823
2 Bastardilla del autor.
3 Cfr. http://www.timeday.org/; . www.laboratorideltemps.org


1 Cfr. http://www.azfarmacia.com/secNot2.asp?idNota=823

2 Bastardilla del autor.

3 Cfr. http://www.timeday.org/; . www.laboratorideltemps.org

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