Contribuciones a las Ciencias Sociales
Enero 2012

JOSÉ MARTÍ Y EL PRC: LA GESTACIÓN DE UNA GUERRA IMPRESCINDIBLE Y LA REVOLUCIÓN ARMADA

Alexander Abreu Pupo (CV)
Zailín Pérez Zaldívar
eries@hvil.hlg.sld.cu

RESUMEN
Nuestro trabajo persigue entender por qué con Martí germinaría el ideal superador de las insuficiencias, unido al hombre que disponía del atractivo, la entrega, y las posibilidades de unificar a través de su figura, no sin oposición y, a veces, desconfianza, a las dos generaciones que intentarían lo que él denominó la segunda independencia de América. En las líneas que continúan dirigiremos nuestros objetivos de análisis a desentrañar la forma y método que empleo el Apóstol para encausar un proyecto al que el mismo calificó de obra de gigantes y que quien no se sintiera lleno de amor no podía llevarlo adelante. 
También buscaremos la explicación del cómo Martí logró reunir elementos tan dispersos, psicologías tan distinta y hombres de diferentes generaciones en una sola línea de acción y pensamiento. Finalmente intentaremos acercarnos con modesta reflexión a lo que significó el PRC para la preparación de la lucha, la tarea no parece fácil y hasta es reconocible su extensión pero hace mucho tiempo estamos siendo persuadidos de la idea que el PRC ha sido profundamente estudiado en todas sus funciones, se conocen sus Bases y Estatutos, se discute y ha escrito sobre los trabajos de Martí refiriéndose a este pero creemos que todavía la historiografía cubana tiene pendiente un estudio fenomenológico en cuanto a cómo se logró concretar su creación, los avatares y sinsabores que atravesó su gestor mayor, la forma en que fue visto por sus contemporáneos, las punzantes polémicas en cuanto a sus verdaderas funciones o intereses.



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Abreu Pupo, A. y Pérez Zaldívar, Z.: "José Martí y el PRC: la gestación de una guerra imprescindible y la revolución armada", en Contribuciones a las Ciencias Sociales, Enero 2012, www.eumed.net/rev/cccss/17/
Introducción
El 6 de marzo de 1878 a solo nueve días de tener lugar la histórica Protesta de Baraguá, el General Gómez abandonaba la Isla con rumbo a Jamaica. La situación era el reflejo de lo que estaba sucediendo en el campo insurrecto, la firma del Pacto del Zanjón fue la salida que encontraron muchos patriotas para renunciar a una lucha que ya daban por perdida. En cuanto al viejo dominicano, es loable destacar sus anotaciones en su Diario de Campaña: ¨ (…) ¡Adiós Cuba cuenta siempre conmigo mientras respire- tú guardas las cenizas de mi Madre y de mis hijos- siempre te amaré y te serviré!¨ (1), Son las notas de alguien que había hecho suyo el ideal independentista, un guerrero que ¨Sacrificando mi familia y mis mejores años de juventud. He salido pobre de la guerra- un miserable, hoy no tengo ni un pedazo de pan para los niños y ni salud para poder trabajar con esperanzas¨. (2)
No existen dudas que el año 1878 fue traumático para aquellos que se aferraban a un futuro donde solo se visualizara la independencia y la abolición de la esclavitud. El Pacto del Zanjón fue toda una realidad donde pudieron más la política habilidosa y diplomática- tampoco exenta de acciones armadas- por parte del alto mando español dirigido por quien era en aquel instante uno de los militares más encumbrados del poder colonial el General Arsenio Martínez Campos.
Nada pudo frenar la capitulación final, pero nunca deja de ser destacable en el plano sociológico la reacción que produjo Maceo con su protesta en Mangos de Baraguá y los efectos que esta tuvo en la Cuba de aquellos instantes y en el futuro. Para los que deseaban continuar la lucha su referente no era el Pacto del Zanjón sino Baraguá.
Se daría inicio a un periodo que Martí llamó Tregua Fecunda y que ocupa el espacio temporal desde el final de Guerra Grande hasta el reinicio de las luchas el 24 de febrero de 1895. Muy pocas veces hemos reparado en valorar con toda la justeza aquel momento histórico donde es asombroso ver cómo el espíritu independentista y el sentimiento patriótico se levantó de manera coherente y organizada. La Guerra de Martí como la llamó Gómez echaba por tierra la tesis tan esgrimida por los politiqueros al servicio del integrismo y la penetración solapada pero continua y calculada de los intereses yanquis  de que el pueblo cubano por su composición étnica, psicología social, geografía no estaba calificado para asumir su independencia.
La no aceptación del Pacto del Zanjón o la renunciación tácita de expulsar por la vía de las armas a España de Cuba se reflejó en el estallido de la Guerra Chiquita, cuyos avances son reconocidos e intentamos resumir:

  1. Se amplió el soporte geográfico de la confrontación armada con la participación de Occidente en los preparativos insurreccionales.
  2.  Incorporación de nuevas generaciones que asumían como propio el proyecto independentista.
  3. La unidad de los militares de la Guerra Grande, con el soporte de una emigración que por su nueva composición clasista abría nuevas perspectivas a la Revolución.

Las posibilidades de triunfo se veían reducidas por no presentar el frente independentista un proyecto revolucionario capaz de combatir apropiadamente los nuevos fundamentos ideológicos que la guerra presuponía dada las nuevas condiciones existentes en la Isla, incluida la abolición de la esclavitud, y la organización en partidos políticos por parte de la concepción del reformismo autonómico.
Creemos necesario esta introducción para entender por qué con Martí germinaría el ideal superador de las insuficiencias, unido al hombre que disponía del atractivo, la entrega, y las posibilidades de unificar a través de su figura, no sin oposición y, a veces, desconfianza, a las dos generaciones que intentarían lo que él denominó la segunda independencia de América. En las líneas que continúan dirigiremos nuestros objetivos de análisis a desentrañar la forma y método que empleo el Apóstol para encausar un proyecto al que el mismo calificó de obra de gigantes y que quien no se sintiera lleno de amor no podía llevarlo adelante. 
También buscaremos la explicación del cómo Martí logró reunir elementos tan dispersos, psicologías tan distinta y hombres de diferentes generaciones en una sola línea de acción y pensamiento. Finalmente intentaremos acercarnos con modesta reflexión a lo que significó el PRC para la preparación de la lucha, la tarea no parece fácil y hasta es reconocible su extensión pero hace mucho tiempo estamos siendo persuadidos de la idea que el PRC ha sido profundamente estudiado en todas sus funciones, se conocen sus Bases y Estatutos, se discute y ha escrito sobre los trabajos de Martí refiriéndose a este pero creemos que todavía la historiografía cubana tiene pendiente un estudio fenomenológico en cuanto a cómo se logró concretar su creación, los avatares y sinsabores que atravesó su gestor mayor, la forma en que fue visto por sus contemporáneos, las punzantes polémicas en cuanto a sus verdaderas funciones o intereses.
No pretendemos abarcar todas las interrogantes en nuestra investigación pero sí queremos explicar la manera en que Martí pone en función todo su genio creador y en un periodo de catorce años después de terminada la Guerra Grande las fuerzas independentistas muestran toda una organización política y partidista superior a toda opción que se presentó en aquellos años de Reposo Turbulento.

Orígenes y gestación del ideal.
Como se consigna en el Diario El Triunfo, Martí llegó a La Habana con su esposa Carmen Zayas de Bazán el 30 de octubre de 1878, es decir en un momento de la historia nacional donde los debates incesantes, clandestinos o abiertos con respecto al futuro de Cuba, eran continuos. El joven Martí al regresar a Cuba cualquiera pudo haber pensado o intuido que era uno más destinado a aceptar con placentero gusto las bases del convenio del Zanjón, sin embargo, pronto se supo que nada había cambiado su posición independentista inculcada por su maestro Mendive y que lo llevaría al presidio y de seguido al exilio.
El desarrollo de la Guerra Chiquita lo lleva a militar como uno de sus principales lideres, descubierto por las autoridades españoles, es deportado nuevamente a España de donde se traslada vía Francia a los estados Unidos. Allí militará en el Comité Revolucionario de Nueva York y cuando Calixto García embarca para Cuba queda al frente del Club.
La historia es bien conocida, aquella guerra no fructificó, estaba muy tierno el espíritu de la rendición, no obstante queremos anotar que aquella guerra fue una escuela para la idea martiana de cómo encausar un proyecto revolucionario, es sugerente estudiar las bases en las que se estructuró aquel movimiento, las mismas se proclamaron en 1878 en el mes de octubre, las mismas fueron operativas que buscaban vincular a todos los comprometidos con el centro rector pero sin un carácter político. Las Bases tenían como objetivo lograr el reconocimiento del Comité Revolucionario de Nueva York y la dirección política y militar del General holguinero Calixto García, así como la afluencia de recursos económicos y de guerra apropiados para apoyar y encausar el levantamiento. La mayoría de las organizaciones revolucionarias aceptaron las Bases e incluso se crearon nuevos clubes patrióticos.
A nuestro entender una de las grandes deficiencias del Comité Revolucionario de Nueva York fue no impulsar el trabajo conjunto de las distintas organizaciones de una localidad, limitándose a establecer contacto directo con cada organización, de todas formas las evidencias históricas demuestran que cuando Martí se queda al frente del CRNY de manera interina hizo un llamado a la consulta y la acción conjunta, la pregunta nos asalta ¿no iba entendiendo aquel joven dirigente que las organizaciones revolucionarias tenían que superar su condición de meras recolectoras de fondos y que debían tomar más partido en las determinaciones de los futuros acontecimientos ya sean bélicos u organizativos?
No seriamos justos si no dijéramos que aquel intento con todas sus deficiencias buscó integrar el mando civil al militar a través de la centralización de ambos poderes en la persona del General Calixto García. En mayo de 1880 Martí aprobó esta vía y señaló: ¨Con el General García han ido a Cuba la organización militar y política que nuestra patria en lucha requería (…) A prepararnos para la paz, en medio de la guerra, sin debilitar la guerra: a esto ha ido (…) ¨ (3)
El movimiento de la Guerra Chiquita le trajo enseñanzas a Martí que cuando se lee detenidamente toda su obra escrita después de esta fecha el investigador llega a la conclusión que fue uno de los eslabones más importantes en la concepción martiana de llevar adelante la futura guerra, entre ellas destacan:

  1. No impulsar alzamientos aislados sino que había que lograr la simultaneidad de estos en todo el país.
  2. El apoyo inobjetable que debía brindar la emigración
  3. El papel que desempeñaba el factor social
  4. La labor principal que desempeñaría el occidente de Cuba en cualquier proyecto independentista.

Quizás el elemento más importante fue de carácter subjetivo: se daba a conocer a la emigración, a los expatriados, a los exiliados con un papel protagónico, al extremo de ser el encargado de ordenarle al Coronel Juan Emilio de la Caridad Núñez Rodríguez, deponer las armas, este patriota estuvo alzado con alrededor de 100 hombres hasta el 3 de diciembre de 1880 cuando a instancias del CRNY marchó a Nueva York.
Si no se conocen estos detalles analíticos, es imposible entender las ideas que vierte en la carta que le envía al General Gómez y al General Maceo el 20 de julio de 1882. Al viejo caudillo no duda en presentársele como alguien que ¨(…) Aunque joven, llevo muchos años de padecer y meditar en las cosas de mi patria; que ya después de urdida en N. York la segunda guerra, vine a presidir, más para salvar de una mala memoria austeros actos posteriores que porque tuviese fe en aquellos, el Comité de Nueva York (…)¨ (4), la nueva contienda, los nuevos hechos se produciría con elementos nuevos  capaces de encausar una ¨(…) revolución seria, compacta e imponente, digna de que pongan mano en ella los hombres honrados (…)¨ (5).
No descuida decirle a Gómez que tenia emprendidos trabajos que ante todo debían caracterizarse por contener ¨ (…) las impaciencias aisladas y bulliciosas y perjudiciales (…) ¨ (6). No hay dudas que explícitamente le está señalando a Gomes que la nueva contienda se compone de elementos nuevos pero también sabe el autor de Abdala que ¨ (…) aún hay otro peligro mayor, mayor tal vez que todos los demás peligros. En Cuba ha habido siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla. Esta clase de hombres, ayudados por todos los que quisieran gozar de los beneficios de la libertad sin pagarlos en su sangriento precio, favorecen vehemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos (…) ¨ (7), este hecho solo lo ve frustrado si ¨ (…) está en pie, elocuente, erguido, moderado, profundo un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus proyectos (…) ¨ (8).
Es la primera vez que habla de formar un partido, pero deja bien claro que este ha de ser revolucionario, que en la idea martiana nunca dejó de ser el símbolo superior de independencia, sus conceptos y análisis lo llevan a no compartir filas con los partidos formados al calor del la supuesta libertad de expresión y asociación política que planteó el Pacto del Zanjón.
Todavía no hemos podido entender por qué Martí y el héroe de las Guásimas no se encontraron hasta 1884, momento en que el primero se incorporó a los preparativos del Plan San Pedro Sula o como mejor es conocido popularmente el Plan Gómez-  Maceo. La participación de Martí fue breve y terminó de manera abrupta al renunciar Martí por no compartir las premisas en las que se sustentaba el movimiento que se pretendía iniciar con el objetivo de reiniciar la lucha. Que Martí haya negado su participación al Plan no quiere decir que no haya estado de acuerdo con algunas de las ideas que el mismo estructuró en un inicio entre ellas la centralización de las decisiones en el General en Jefe. Donde comenzó a encontrar el Apóstol elementos que no coincidían con su forma de pensar pero también con su experiencia de la guerra Chiquita es que no se prestaba atención al factor político, siendo el militar la parte priorizada, tampoco debemos dejar de señalar que sí hubo un intento por elevar el factor político y ello lo asienta el punto nueve del Plan donde se daban importantes ideas sobre el empleo de la prensa en función de la organización de la guerra.
Temeroso de pertenecer a un proyecto que corrompiera el verdadero ideal de republica o movimiento independentista que soñaba le escribe a Gómez el 20 de octubre de 1884 que ¨(…) hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Ud. Pueda inspirarme (…) es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta (…)¨(9).
Todavía no hemos encontrado una valoración profunda de la verdadera participación de Martí en el Plan de San Pedro Sula, todo se encuentra limitado a la trascendencia de la polémica con el viejo caudillo, que no es menos cierto que adquirió matices ácidos y por fortuna no sobrepasó los limites de lo que pudo haber sido una gran tragedia, si nos atenemos al carácter de Gómez y a la entereza de Martí que tantas veces demostró.
De todas maneras el Plan que duró hasta finales de 1886 y como hemos dicho contó con la presencia de Martí en el año 1884, no parece ser cierto que el héroe de Dos Ríos tuviera un papel tan sencillo, siguiendo las anotaciones de Gómez en su Diario al reflejar la llegada de Martí a La Reforma como delegado del PRC, y que estaba para conferenciar asuntos de la revolución que reorganizaba, ¿cómo lo recordaba Gómez? ¨ Este mismo señor José Martí, hombre inteligente y perseverante, defensor de la libertad de su Patria, fue uno de los que con mayor entusiasmo se puso a mi lado, cuando el 86 estuve al frente del movimiento que tratábamos de iniciar. Pero Martí, se disgustó; parece que por no estar de acuerdo con los métodos que nosotros empleábamos, y me dio la espalda. Su retirada contribuyó bastante acelerar el fracaso que al fin sufrimos, pues la desconfianza pública fue entonces más patente, quedándose al fin solos y desamparados, los hombres de armas que pensábamos llevar la revolución a Cuba; y fue, desde luego, inevitable el fracaso.¨ (10)
Entre 1884 – 1887, Martí permanece prudencialmente esquinado de los quehaceres específicos de la Revolución porque para él era mejor dejarse morir de las heridas que permitírselas ver al enemigo. No será hasta 1887 que Martí comienza la etapa de preparación fundamental, con la emigración, que culminará, en  1892, con la creación del PRC; y lo hace, no solo en relación con el tipo de organización que era necesaria imprimir a la guerra, sino, también, en lo tocante a los objetivos que acorde a los nuevos tiempos esta confrontación armada debía asumir.
La evolución en el campo de las ideas, se fue también perfilando en la acción. El decisivo e imprescindible paso unificador de las emigraciones, la representada por Martí, en Nueva York, y las de la Florida, comenzó a darse durante el último trimestre de 1891. En octubre Nestor Leonelo Carbonell, presidente del club “Ignacio Agramonte”, de Tampa, cursó invitación a Martí para que asistiese como orador a una fiesta de carácter cultural y político en beneficio de esa institución. En esta ocasión pronunció su discurso conocido como “Con todos y para el bien de todos” el contenido, de hecho, dejaba plasmado el fin que se perseguiría con la guerra necesaria, los fines para los cuales la guerra se realizaría. Aquella noche del 26 de noviembre de 1891 plasmaría lo que fuera el precepto básico de la estructura de la futura república que debía ir naciendo en la medida que se iba ganando la batalla militar, su postulado principal lo reflejaría de esta manera: ¨(…) Porque si en las cosas de mi patria me fuera dado preferir un bien  a todos los demás, un bien fundamental que de todos los del país fuera base y principio y sin el que los demás bienes serían falaces e inseguros ese sería el bien que yo preferiría: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre (…)¨(11).
La guerra era necesaria, pero habría de ser organizada, y no para desembocar en dictaduras ni caer en manos de demagogos impulsores  de las contradicciones sociales existentes; debía hacer justicia y darle cabida al negro y también al español; y, desde luego, la única solución a los problemas del país era la independencia, y no la anexión, no sin razón le había escrito a Maceo en fecha tan temprana como 1882 que ¨(…) a mis ojos no está el problema cubano en la solución política, sino en la social, y cómo esta no puede lograrse sino con aquel amor y perdón mutuos de una y otra raza (…)¨(12)
Al terminar el discurso, esa misma noche, fueron aprobadas las resoluciones siguientes, efectivo principio de un entidad gubernamental aglutinadora que fuera “no tanto partido de independencia como partido de reconstitución, de salvación: el Partido Revolucionario Cubano, de ya inminente surgimiento.

  1. Es urgente la necesidad de reunir en acción común republicana y libre, todos los elementos revolucionarios honrados.
  2. La acción revolucionario común no ha de tener propósitos embozados, ni ha de emprenderse son el acomodo a las realidades y derechos y alma democrática del país que la justicia y la experiencia aconsejan, ni ha de propagarse o realizarse de manera que justifique, por emisión o por confusión, el temor del país a una guerra que no se haga como mero instrumento del gobierno popular y preparación franca y desinteresada de la República.
  3. La organización revolucionaria no ha de desconocer las necesidades prácticas  derivadas de la constitución e historia del país, ni ha de trabajar directamente por el predominio actual o venidero de clase alguna; sino por la agrupación conforme a métodos democráticos, de toda las fuerzas vivas de la patria; por la hermandad y acción común de los cubanos residentes en el extranjero; por el respeto y auxilio de las repúblicas del mundo, y por la creación de una República justa y abierta, una en el territorio, en el derecho, en el trabajo y en la cordialidad, levantada con todos y para el bien de todos.
  4. La organización revolucionaria respetará y fomentará la constitución original y libre de las emigraciones locales.

La propuesta que sale de Tampa no era, en modo alguno, la de fundar un partido con fines electorales, se trata de crear una organización capaz de consolidar la integración de la nación que se había ido formando, durante siglos, y a través de un largo proceso histórico, nadie mejor que él por meritos y por cultura para saber que ¨(…) A su pueblo se ha de ajustar todo partido público, y no es la política, o no ha de ser, que el arte de guiar, con sacrificio propio, los factores diversos u opuestos de un país (…) Un pueblo no es la voluntad de un hombre solo, por pura que ella sea, ni el empeño pueril de realizar en una agrupación humana el ideal candoroso de un espíritu celeste, ciego graduado de la universidad bamboleante de las nubes (…). (13). Martí continuó su labor propagandística en Tampa, y fue recibido nuevamente en el Liceo Cubano el 27 de noviembre para recordar a los estudiantes fusilados en 1871. Su discurso conocido como “Los pinos nuevos”, fue elemento consustancial de unir a todas las fuerzas y generaciones.
Martí fue invitado a Cayo Hueso por un comité organizador formado por jóvenes tabaqueros de varios clubes, con el apoyo de Serafín Sánchez y de José Dolores Poyo, quien había publicado en El Yara una reseña de la visita a Tampa, y la carta de Martí de 5 de diciembre  en que este le manifestaba su interés por ir al cayo. Previsora y cuidadosamente, Martí había  enviado en dicha carta una señal a la dirigencia patriótica tradicional de la ciudad, sabedor de que esta no compartía plenamente sus puntos de vista.
Tras algunos días enfermos, el 1º de enero de 1892, el visitante inició las reuniones contactos políticos en el club de San Carlos, donde se efectuó una velada en su honor. A la vez que se ganaba el ánimo de la masa obrera, Martí sostuvo varias reuniones con Lamadriz, Poyo y Figueredo: es decir, con la directiva de la Convención Cubana. el 3 de enero de 1992, les presentó, por escrito, las bases y el reglamento de una agrupación que integraría a todos los clubes en condiciones de igualdad, respetándoles sus características y estructuras, pero centralizando la dirección general para alcanzar el común objetivo independentista.
La reunión decisiva fue el 5 de enero. Ante 27 personas, Martí expuso sus argumentos y sometió a análisis las Bases y los Estatutos del Partido Revolucionario Cubano. Estaban presentes  diez miembros diez miembros de las directivas de siete clubes del Cayo, más tres de las dos organizaciones de Tampa, y trece personalidades independientes de las que solo dos – líderes obreros – no integraban la convención.
En la reunión fueron aprobadas las Bases y los Estatutos secretos del Partido Revolucionario Cubano. Las Bases contaron de nueve artículos, que siguen, desarrollan y amplían el espíritu integrador y unificador alcanzado en las resoluciones.
1º- Plantea como objetivos del partido lograr la independencia de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico.
2º- Aclara que la guerra para la independencia  sería generosa y breve y no impuesta al país ni desorganizada.
3º- Explica que la guerra es de espíritu y métodos republicanos” fundaría una nación capaz de asegurar la dicha de sus hijos y de cumplir en el continente “los deberes difíciles” que la situación geográfica de la isla le señala.
4º- Define como sería la república cubana, la que no perpetuaría “el espíritu autoritario y la composición burocrática  de la colonia”, sino que fundaría, “en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”.
5º- Reitera que el objeto del Partido no es conquistar a Cuba para un grupo, sino, desde la emigración, preparar la guerra para el decoro y bien de todos los cubanos.
6º- Insiste en que la patria sería “una, cordial y sagaz” y que habría de salvarse de sus peligros internos y externos, y del desorden económico.
7º- aclara que el Partido cuidaría de no atraerse la malevolencia o suspicacia de los pueblos con quienes la prudencia (Estados Unidos) o el afecto (España) aconseja o impone el mantenimiento de relaciones cordiales.
8º- Establece varios propósitos concretos: I- Unir en un esfuerzo continuo y común la acción de todos los cubanos residentes en el extranjero. II- Fomentar relaciones sinceras entre los factores históricos y políticos de dentro y fuera de la Isla que puedan contribuir al triunfo rápido de la guerra  y a la mayor fuerza y eficacia de las instituciones que después de ella se funden, y deben ir en ella III- Allegar fondos de acción para la realización de su programa, a la vez que abrir recursos continuos y numerosos para la guerra. IV- Establecer discretamente con los pueblos amigos relaciones que tiendan a acelerar, con la menor sangre y sacrificios posibles, el éxito de la guerra y la fundación de la nueva república indispensable al equilibrio americano. V- Fija el papel rector de los Estatutos.
Los Estatutos, por su parte, eran secretos y normaban la estructura y el funcionamiento de la organización. La estructura era piramidal y se basaba en las asociaciones independientes, cuyos presidentes formaban en cada localidad los Cuerpos de Consejo. En la dirección superior habría un delegado y un tesorero, elegidos anualmente por las propias asociaciones de base. El delegado y el tesorero tenían la misión, entre otras, de recoger y custodiar los fondos de guerra  en sus manos hasta que comenzara la contienda armada.
En los Cuerpos de Consejo radicaba la facultad de modificar las propias Bases y Estatutos, cuando algunos de ellos así lo solicitasen al delegado. Lograr la extensión del partido en Cuba y en la emigración era una de las funciones del delegado, junto con el deber de mantener a los Cuerpos de Consejo, manejar los fondos de acción, rendir cuenta anual de su empleo, y ocuparse de la propaganda. El tesorero, por su parte, visaría los pagos autorizados por el delegado, llevaría las cuentas, y respondería por ellas.
El proceso de constitución del partido culminó el 8 de abril con la elección, por parte de todos los clubes, del delegado y del tesorero, cargos  para los que fueron elegidos Martí y Benjamín Guerra, respectivamente. Y el 10 de abril, se efectuó la proclamación del Partido Revolucionario Cubano, coincidiendo con el aniversario de la constitución de la República en Armas, que había tenido lugar en Güáimaro en 1869.
El aparato organizativo de la nueva agrupación política fundada para organizar y dirigir la guerra revolucionaria se completó con la creación de los Cuerpos de Consejo, es decir, el organismo colegiado formado en cada localidad por los presidentes de cada club. Un mes antes de la proclamación del PRC – el 14 de marzo de 1892 – Martí pudo finalmente dar inicio, en Nueva York, a la edición del periódico Patria, que sería el principal vehículo para la divulgación de su ideario y de la labor y los objetivos del partido.
El período de organización del partido se extendió, de hecho, a todo lo largo del primer semestre de 1892, pues continuó la creación – en diversos puntos – de clubes que aumentaron la membresía de la agrupación y entendieron geográficamente su radio de acción a Boston, Chicago, Nueva Orleans, Filadelfia y Kingston. En la tarea de organizar el trabajo de la delegación para impulsar estas labores organizativas, Martí se valió de Gonzalo de Quesada, a quien nombró secretario.
La parte militar y la organización de la guerra.
Una vez proclamado el PRC sobre Martí cayó una tarea de singular envergadura: afianzar y consolidar la unidad revolucionaria. La creación de un partido ya era un notable paso de avance; sin embargo, el subjetivismo heredado de antaño se mantenía, en no pocos caos, con fuerza pena, lo que lastraba el empeño común. A unificar criterios; a explicar la labor y la trascendencia del partido; a vertebrar esfuerzos en torno al común anhelo de independencia; a hacer que los intereses de la patria fuesen puestos por encima de los impulsos personales, se dedicó el Delegado durante muchos meses.
El 13 de septiembre de 1892- Conocedor el Delegado gracias a los buenos oficios de Serafín de que Gómez estimaba pertinentes los trabajos realizados por la Delegación y la absoluta disposición de éste para reanudar el combate, viajó a verlo a Santo Domingo, en su hacienda La Reforma, para conversar con él sobre la labor revolucionaria, y explicarle personalmente los fines, proyecciones y perspectivas del PRC. Cuando muchos pensaban que Gómez negaría su apoyo por lo sucedido años atrás a la revolución que encausaba el Apóstol. Lo cierto que el viejo veterano, el hombre de quien Martí sabe no debe dejar de contarlo entre los prominentes en la futura guerra escribe en su Diario ¨ (…) Martí viene a nombre de Cuba, anda predicando los dolores de la Patria, enseña sus cadenas, pide dinero para comprar armas; y solicita compañeros que lo ayuden a libertar, y como no hay un motivo, uno solo, ¿por qué dudar de la honradez política de Martí? Yo sin tener que hacer el menor esfuerzo, sin tener que ahogar en mi corazón el menor sentimiento de queja contra Martí, me he sentido decididamente inclinado a ponerme a su lado y acompañarlo en la empresa que acomete. Así pues Martí ha encontrado mis brazos abiertos para él, y mi corazón, como siempre, dispuesto para Cuba.¨ (14)
Previamente, en un proceso de altos quilates democráticos, a solicitud del partido los oficiales de la guerra pasada habían emitido sus votos en torno a quién debía ser el general en jefe del nuevo empeño, votación de la que Gómez había emergido triunfante, de manera abrumadora. Ahora en Santo Domingo, el 13 de septiembre de 1892 Martí ofrecía al mambí dominicano, “sin temor de negativa”, la dirección del ramo militar de la revolución a nombre del PRC. Gómez, con modestia típica, aceptaba el honor que se le hacía, sabiendo que con certeza sólo le esperaría la “ingratitud probable de los hombres”.
De todas formas no deja de plantearle sus impresiones a su amigo el General francisco Carrillo en una carta el 18 de septiembre de 1893 ¨Según Martí, contamos ya con recursos acumulados. Y no lo creo capaz de mentir. Yo he sido elegido (pero por el mismo Martí) Jefe del Ejército, pero yo no debo hacer uso de la autoridad que me da ese nombramiento, porque lo considero ficticio o deficiente mientras no lo sancione la voluntad del Ejercito, siquiera representada por la de sus principales Jefes ya que no podemos contar ni con Congreso, Gobierno ni Pueblo congregado (…) Mientras no se llene ese requisito (que agitaré que se llene), yo no puedo funcionar porque me expongo poniendo en peligro el orden y la disciplina. Debo ser Jefe de verdad para que todos lo seamos¨ (15)
Con estos hechos la futura lucha anticolonialista ya contaba con un Partido y una estructura militar formada a partir de los presupuestos ideológicos de éste. La amistad Martí – Gómez, imprescindible para la revolución –comenzó a crecer a partir de 1892. Al incrementarse, se consolidaba la unidad dentro del campo insurrecto cubano.
No fue fácil para Martí hacerle frente a todos los problemas que se le presentaron. Hubo huelgas en Cayo Hueso, bastión del independentismo, en las que debió intervenir. Asimismo, el alzamiento impremeditado ocurrido en Holguín, en abril de 1893, encabezado por los hermanos Sartorio, no vinculado ni auspiciado por el PRC, puso en tensión máxima al Delegado.
A fines de junio y principios de julio del 1893, su trabajo de unificación dio otro sólido paso hacia delante. En viaje a Costa Rica, después de una larga conversación inicial con Antonio Maceo y de varias entrevistas subsiguientes, el jefe de Baraguá se incorporó al proyecto martiano y vinculó a sus deudos al mismo. Maceo operaría  como Lugarteniente general del Ejército Libertador, segundo al mando de Gómez. La victoria que para la unidad nacional representaba lo acordado  no era de carácter secundario. El prestigio de Gómez sumado al del Titán de Bronce, garantizaban por sí mismos la arrancada de combate.
Asimismo Martí realizó, durante los años 1892 – 1894, una ardua labor de desenmascarar la ideología Autonomista y los contenidos del proyecto autonómico de cambio social. Sus principales trabajos fueron publicados en Patria. Para conocer la diferente manera en que independentismo y Autonomismo se planteaban la relación entre Cuba y España y el advenimiento y consolidación de la modernidad en la mayor de las Antillas, se hace imprescindible leer “Nuestras Ideas”; “Autonomismo e independencia”; “El remedio anexionista”; Política insuficiente”; “Ciegos y desleales”; “Cristino Martos”; “Ah de los jinetes”, excelentes escritos  sobre la temática del cambio social en Cuba, la revolución y la reforma.
El trabajo sistemático contra todo movimiento de ideas que no implicase la independencia absoluta, sin embargo, no lo llevó a descuidar ciertos elementos organizativos, de carácter subjetivo, que cimentaban la obra común. En este espíritu se inscribe su solicitud a Gómez para que el hijo varón mayor de este, Panchito, lo acompañase un tiempo en los Estados Unidos. La presencia del hijo favorito del Genera al lado de Martí era, públicamente, la más firme garantía de la unidad conseguido dentro de la nueva revolución.
La idea integral de un plan de revolución.
Este plan partía de la necesidad imprescindible de una efectiva conjugación de los “factores internos” con los “factores externos”, quiere esto decir, hacer coincidir los alzamientos de las diferentes regiones cubanas (los factores internos) con expediciones del exterior que llevasen a la Isla a los jefes militares principales (factores externos). De la unión de alzamientos con expediciones simultáneas saldría la necesidad española de combatir, desde el primer día, en un amplísimo teatro de operaciones, dislocando sus fuerzas, lo que facilitaría a los mambises la organización inicial revolucionaria, utilizando a plenitud el “factor sorpresa” que el estallido representaría.
El estudio realizado por Martí y Gómez y la información de que disponían, les permitió saber que Pinar del Río, por no haber tenido la experiencia del 68, no contar con cuadros militares formados y otros elementos, no efectuaría el levantamiento el día seleccionado; a esta región habría que llevarle la guerra lo más rápido posible. Matanzas, en condiciones similares, tenía sin embargo mucho más adelantados los trabajos organizativos y en ella se contaba con figures de relieve zonal tales como Pedro Betancourt y Martín Marrero. Juan Gualberto Gómez, para reforzar la provincia, también se levantaría en la misma arrastrado con su personalidad a muchos simpatizantes sobre todo de los grupos negro y mulato abundantes en el territorio.
La situación de La Habana, espacio geográfico clave entre las provincias señaladas, era algo particular. A ella tampoco había llegado la experiencia bélica del 68; pero la abundancia de figuras militares y el alto grado de preparación organizativa, hacían presumir la posibilidad del levantamiento a la hora indicada. El mayor general Julio Sanguily, de alto prestigio entre los jóvenes habaneros, era con seguridad el jefe idóneo. Martí, Gómez y Juan Gualberto así lo esperaban, y Sanguily se comprometió a encabezar el combate. Pero el amigo de Agramonte, grandemente influido por su hermano Manuel, coronel del 68, hizo ciertas exigencias económicas muy difíciles de satisfacer por las arcas del PRC, si bien Martí le giró algún dinero para que dejara protegida a su familia. Salvo en apariencia este incidente, se esperaba un fuerte estallido en la región capitalina, aunque debe decirse que el Maestro nunca tuvo la absoluta seguridad de que el compromiso contraído se hiciese realidad.
En lo que atañe a Las Villas, de especial importancia entre el Occidente y el Oriente, el principal problema se refería a la ausencia en la zona de los jefes más connotados, particularmente Serafín Sánchez y Carlos Roloff. En espera de que estos llegasen a costas cubanas, aparte ciertos pequeños grupos en los distintos partidos judiciales, se contaba con la anuencia del general Francisco Carrillo, de gran arraigo local, para encabezar la naciente revolución. Carrillo amigo personal de Máximo Gómez, mantenía asidua correspondencia con éste y esta al tanto de los trabajos preparatorios.
Muy distinto era el panorama que se presentaba en Puerto Príncipe. Esta región, la más destruida en la revolución pasada había, con grandísimo esfuerzo, logrado reconstruir su economía. Normalizada la vida urbana, un fuerte comercio había hecho su aparición. Teatros, alumbrado moderno, fábricas de diversos tipos (de hielo, zapatos, etc.) marcaban la tónica del “nuevo” Camagüey. Sin sus antiguos grandes generales, muertos Agramonte y Henry Reeve y en el extranjero Gómez, principales jefes zonales, los camagüeyanos expresaron su desacuerdo, de manera mayoritaria, con una nueva revolución de independencia. De nada valieron los esfuerzos mancomunados de Martí y Gómez: un enviado de la región comunicó a ambos líderes la negativa camagüeyana a levantarse en armas, con fútiles pretextos. Sólo algunos jóvenes encabezados por el anciano Salvador Cisneros Betancourt, estaban dispuestos a redimir la patria. Por tanto, con Puerto Príncipe no se contaría en el minuto decisivo. A la región habría que llevarle, a sangre y fuego, la guerra redentora.
Totalmente distinta era la situación en la provincia más oriental de Cuba. La tradición, el ardor patrio y la experiencia de sus habitantes garantizaban un fuerte movimiento independentista. En cada ciudad, pueblo o aldea, había sólidos núcleos de complotados, deseosos de levantarse en armas. Bartolomé Masó, en la parte occidental, anciano combatiente del 10 de Octubre y Guillermo Moncada, en la parte oriental, héroe de la invasión a Guantánamo, si bien ya muy enfermo, centrarían los alzamientos respectivos.
Tres expediciones deberían llegar a la Isla trayendo, más que recursos bélicos, a los jefes natos de la revolución. La primera de ellas, desde América Central, transportaría a Maceo y algunos de sus  seguidores hasta la provincia de Oriente, zona natal de éstos. La segunda se encargaría de depositar, en suelo villareño, a sus grandes generales Serafín Sánchez y Carlos Roloff, saliendo desde los EEUU. Y la tercera, la más importante, recogería a Martí y Gómez en Santo Domingo y los llevaría a Camagüey, decisión muy acertada que concentraría en una región no dispuesta para la lucha a los dos jefes supremos del proceso independentista.
El proceso organizativo que se ha tratado de reseñar recibió el nombre de Plan de Fernandina, por el puerto de La Florida del que debían salir las expediciones, costeada por el PRC de sus fondos reunidos durante más de dos años; los barcos que se compraron al efecto se llamaban Amadís, Lagonda y Baracoa. Ciertos desajustes en los mecanismos preparatorios del levantamiento determinaron que éste no pudiera efectuarse en el último trimestre de 1894, como deseaban y habían previsto Martí y Gómez, sino en febrero de 1895. Antes, un plan detallado como el descrito fue descubierto por las autoridades norteamericanas, gracias a que Fernando López de Queralta, coronel del 68, habló demasiado en un espacio público floridano. Enterados los funcionarios estadounidenses del contenido de las expediciones, se incautaron de armamento y de los barcos, prestando así un incalculable servicio a España.
Ante la nueva situación Martí imprimió nuevos derroteros organizativos al fracasado plan y comenzó a tomar las medidas pertinentes par que Horacio Rubens, abogado norteamericano relacionado con el PRC (y vinculado en el siglo entrante a Tomás Estrada Palma como presidente cubano), tratase de recuperar los barcos y el parque. Paralelamente comunicó a Gómez lo sucedido, explicándole la imperiosa necesidad de no posponer el movimiento, con lo que el anciano general estuvo muy de acuerdo. Reunido con en comandante Enrique Collazo, en representación de los mambises de Cuba y con José María (Mayía) Rodríguez, delegado de Gómez, se acordó la Orden de Alzamiento el 29 de enero de 1895, autorizando éste para la segunda quincena de febrero. Reunidos los revolucionarios en Cuba, acordaron la fecha del día 24 de febrero de 1895.
Estalla la revolución armada.
En ausencia de las expediciones previstas, era fundamental la simultaneidad de los alzamientos en Cuba, lo que no fue logrado. La Habana, provincia de gran importancia en los preparativos revolucionarios, debía contar con Julio Sanguily como cabeza del alzamiento; sin embargo, por razones de dejadez, o por falta de previsión, Sanguily fue sorprendido en su casa por tropas españolas el día 24. Hecho prisionero, su condición de ciudadano norteamericano lo preservó de males mayores y no se incorporó a la guerra hasta mayo de 1898. No hubo entonces, en la región que circunda a la capital insular, alzamiento independentista en el día señalado.
Juan Gualberto Gómez, haciendo válidos sus compromisos, se trasladó a Ibarra en compañía de Antonio López Coloma; muerto Manuel García, bandido que iba a sumarse a la revolución y sin recursos de ningún tipo, el pequeño grupo capitaneado por Martín Marrero, alzado en La Yuca (Jagüey Grande) y Joaquín Pedroso, levantado en Aguada de Pasajeros; los dos jefes señalados, a pesar de sus bellas intenciones, no lograron que la llama revolucionaria se estabilizara en la provincia.
Falta de una figura central de arraigo provincial que estableciese los contactos necesarios unificándoles, Las Villas no tuvo un destaque especial el 24 de febrero. Francisco Carrillo, muy popular en su zona natal de Remedios, confundido al ver que su jefe y amigo Máximo Gómez no encabezaba la lucha, a pesar de conocer la Orden de Alzamiento de enero, no se levantó en armas y fue hecho prisionero y posteriormente liberado. En abril, los primeros grupos efectivos de alzados se verían en la manigua. De  entre ellos  se destacaría  el habanero Juan Bruno Zayas, médico capitalino que trabajaba en la zona y futuro general insurrecto.
Es un hecho histórico que el 24 de febrero  fue una realidad palpable gracias a la provincia oriental: allí, múltiples grupos se dieron cita para iniciar el movimiento nacional liberador. Guillermo Moncada, en La Lombriz y Bartolomé Masó, en Bayate, se pronunciaron en armas, haciéndolo también Quintín Banderas en San Luis, Alfonso Goulet en El Cobre, Victoriano Garzón en El Caney, Pedro (Periquito) Pérez en La Confianza, Guantánamo, Enrique Tudela en Hatibonico, José Reyes en Jiguaní, Amador Guerra en Calicito y otros patriotas en Holguín. Símbolo de la pujanza oriental quedaría en el alzamiento de Baire, en el cual Saturnino Lora, al gritar en medio de la población que la guerra comenzaba nuevamente, dio pie al conocido nombre de Grito de Baire.
Mientras la guerra comenzaba su marcha ascendente en la zona oriental a pesar de la gravísima escasez de recursos, en la emigración ocurría un acontecimiento de gran trascendencia. Muy al tanto de los sucesos en la Isla, Martí se trasladaba a Santo Domingo para, de común acuerdo con Gómez, organizar su viaje a la mayor de las Antillas.
El 25 de marzo ambos patriotas, el Delegado del PRC y el general en jefe del Ejército Libertador, darían a conocer uno de los documentos principales del siglo XIX cubano: “El Partido Revolucionario Cubano a Cuba”, conocido en la historia nacional como “Manifiesto de  Montecristi”. Dicho escrito hace hincapié en las razones que justifican – y exigen – la independencia de Cuba; destaca la necesidad de una guerra “generosa y breve”; explica en detalles que la contienda no es contra el pueblo o contra el simple ciudadano español radicado en Cuba, sino contra el régimen colonial que la patria `padece; argumenta quitándole razones a un posible “miedo al negro”, previendo así denigrantes campañas racistas del Autonomismo; aboga por una profunda transformación de la realidad socioeconómica insular, una vez finalizada la contienda; y rechaza toda consideración geopolítica acerca de un futuro par Cuba relacionada excesivamente, o integrada, en los marcos estatales de otra nación.
El Manifiesto, escrito por Martí y aprobado en todas sus partes por Gómez, sin sombra de duda, constituye una fehaciente prueba de la calidad en el cuerpo de ideas que lo animaban que había adquirido el independentismo cubano finisecular. A la vez sirve de ejemplo de la comunidad de criterios a que habían llegado sus gestores.
 No fue fácil para ambos enfrentar una situación difícil que se presentó con los patriotas radicados en Costa Rica, especialmente Antonio Maceo. El general de Oriente, desconocedor del estado del tesoro del  PRC solicitó una suma de dinero algo crecida para organizar la expedición que lo llevaría a Cuba. Imposibilitado de enviársela Martí, después de consultar con Gómez, debió autorizar a Flor Crombet para que se encargase de dicha expedición, ya que éste se había ofrecido a hacer por una suma menor. Una hermosa carta de Martí a Maceo, dando por seguro de que el Titán de Bronce iría en la goleta Honor, tuvo los efectos deseados. También está la misiva de Gómez apoyando a Martí en ella le termina diciendo al General Maceo que ¨(…) Se debe vivir glorioso para la Patria antes que morir por la gloria (…). (16)
Desembarcados por Duaba el primero de abril, enseguida que se supo la llegada del líder regional la incorporación de campesinos al combate fue masiva. Después de múltiples avatares, en el vapor Nordstrand, el 11 de abril desembarcaron por Playita de Cajobabo Martí y Gómez, en medio de una noche tormentosa junto a cuatro expedicionarios más, entre ellos Paquito Borrero, de alta graduación militar. Después de los referidos arribos los requerimientos históricos imponían, a todo tren, una reunión coordinadora entre Martí, Gómez y Antonio Maceo.

 

Referencias Bibliográficas

  1. Gómez, Máximo: Diario de Campaña. Instituto del Libro, La Habana, 1968, Pág. 206.
  2. Gómez, Máximo: Diario de Campaña. Instituto del Libro, La Habana, 1968, Pág. 207.
  3. Martí  Pérez,  José: Epistolario, Tomo I, Página 188.
  4. Martí  Pérez,  José: Epistolario, Tomo I, Página  236
  5. Martí  Pérez,  José: Epistolario, Tomo I, Pagina  236
  6. Martí  Pérez,  José: Epistolario, Tomo I, Pagina  236
  7. Martí  Pérez,  José: Epistolario, Tomo I, Pagina  238
  8. Martí  Pérez,  José: Epistolario, Tomo I, Pagina  239
  9. Martí  Pérez,  José: Epistolario, Tomo I, Pagina  280
  10.  Gómez, Máximo: Diario de Campaña. Instituto del Libro, La Habana, 1968, Pág. 350.
  11.  Vitier, Cintio: Cuadernos Martianos III. Preuniversitario. Editorial Pueblo y Educación, 1996. Pág. 144.
  12.  Martí  Pérez,  José: Epistolario, Tomo I, Pagina  234
  13.  Martí  Pérez,  José: Epistolario, Tomo III, Pagina  139
  14.  Gómez, Máximo: Diario de Campaña. Instituto del Libro, La Habana, 1968, Pág. 352
  15.  Depestre Catony, Leonardo y Blanco Cabrera, Eladio: Cuando el país llama. Epistolario. Editora Política, La Habana, 1990, Pág. 97- 98.
 Depestre Catony, Leonardo y Blanco Cabrera, Eladio: Cuando el país llama. Epistolario. Editora P

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