Contribuciones a las Ciencias Sociales
Noviembre 2011

LA INFLUENCIA DEL DESARROLLO CIENTÍFICO TÉCNICO EN LAS RELACIONES DE GÉNERO



Oxana Rodríguez Reyes (CV)
Universidad de Ciencias Pedagógicas "Juan Marinello Vidaurreta", Cuba
oreyes@ucp.ma.rimed.cu


Resumen
El desarrollo de la ciencia y la técnica siempre han mediatizado las relaciones entre el hombre y la mujer. En este artículo se hace una reflexión  de cómo ha venido ocurriendo esto desde la comunidad primitiva hasta la actualidad. Se analiza como en la comunidad primitiva donde los medios de producción eran rudimentarios el sexo femenino gozaba de lógica equidad con el masculino. Loa matrimonios eran grupales y la herencia matrilineal por no poderse conocer con exactitud quién era el padre de los hijos. El desarrollo de los medios de producción trajo como consecuencia el plus producto, la división social del trabajo, el surgimiento de la propiedad privada y la modificación de las relaciones entre los géneros. Al estar la propiedad privada en manos de los hombres, esto condiciona el predominio masculino universal y la transformación de la sociedad en patriarcal. A lo largo de todas las sociedades androcéntricas se condiciona al ser humano desde el momento de su nacimiento y atendiendo a su sexo, a desarrollar una forma particular, diferente y antagónica de pensar, sentir y actuar, de relacionarse y comunicarse con el otro. Así surgen dos modelos estereotipados de comportamiento y expresión personal y social: el masculino y el femenino.
El nuevo sistema de normas morales para la mujer se caracteriza por ser extremadamente rígido, coercitivo, sometiéndola por entero al hombre; la priva de toda libertad sexual y social, del disfrute del placer, y restringe sus funciones a las de madre-esposa obediente, sumisa en los marcos del hogar. Sin embargo, el código establecido para el hombre es muy flexible, permisivo, consecuente con su nueva condición de rey del espacio público, vedado a partir de entonces al sexo femenino. Es para este espacio que se le prepara desde que nace, y en el que solo a él se le permite brillar.
En la medida en que la ciencia y la tecnología fue avanzando se hizo necesario la incorporación de la mujer en la producción pero como mano de obra barata como ocurrió cuando la revolución industrial en Inglaterra. En el marco de las guerras mundiales y motivado por la escasez de brazos masculinos, se obliga a grandes masas femeninas a desempeñarse en las más diversas funciones y a afrontar la dirección del hogar y la familia sin una figura masculina a su lado, como venía ocurriendo tradicionalmente. De esta forma, sin ella proponérselo, comienza a ejercitar los roles instrumentales hasta entonces destinados solo al hombre y prohibidos para su género.
En los años 60 y 70 irrumpe la revolución sexual o como, se daba en llamar, el amor libre. A partir de aquí comienzan a producirse un conjunto importante de cambios materiales y espirituales trascendentales en la vida del hombre y la mujer, que abren una nueva era para cada uno de ellos. Aparecen  de modelos para la vida sexual más flexibles y humanas y su incidencia en formas cualitativamente diferentes de proyección y comunicación de muchos hombres y mujeres, lo cual  no significa que hayan desaparecido los tradicionales represivos estereotipos, cargados de mitos, tabúes, que por otra parte la sociedad continúa perpetuando.
Ante esta problemática se hace necesario un replanteo de las prácticas educativas que propicie modos de relación entre ambos sexos más equitativas, flexibles, abiertas y auténticas. El proceso educativo debe promover formas de comunicación horizontales, dialógicas, participativas, abrir nuevos espacios de desarrollo intra e intergenéricos, en una relación de equidad y que se  eliminen los  sexistas los cuales solamente separan y contraponen al hombre y a la mujer.

Palabras claves: desarrollo, científico, técnico, género, patriarcado, equidad.



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Rodríguez Reyes, O.: "La influencia del desarrollo científico técnico en las relaciones de género", en Contribuciones a las Ciencias Sociales, noviembre 2011, www.eumed.net/rev/cccss/15/

La influencia del desarrollo científico-técnico en las relaciones de género.
Los momentos actuales están marcados por  la nueva revolución científico-técnica, el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Pero todo este desarrollo científico y tecnológico aún no ha podido paliar los efectos de la crisis económica mundial, el desarrollo desigual, el deterioro del medio ambiente, la carrera armamentista, el desempleo, la pobreza, el incremento de la violencia, los cuales van generando de forma cada día más aguda una crisis de valores y el debilitamiento de las relaciones sociales.
En medio de este conflicto también se agudizan  las problemáticas vinculadas con la sexualidad y los géneros, que no son en modo alguno ajenas al porvenir colectivo, como tampoco pueden ser examinadas al margen de los conflictos que afectan a la humanidad en su conjunto, y a cada una de las regiones, naciones y comunidades en particular.
A pesar del desarrollo científico-técnico, aún las relaciones entre el hombre y la mujer continúan sobre las bases de poder, subordinación y con la condición de la mujer como ser inferior, que persiste como una actitud “natural", y que se ha revelado en su situación social, históricamente configurada en una serie de pautas erróneamente diferenciadoras, de poder y discriminación entre los sexos.
Al mismo tiempo, el problema de la equidad social de la mujer sigue constituyendo un reto, aunque se han ganado importantes espacios. En este sentido, no podemos olvidar que en el mundo postmoderno, el acceso a una educación de calidad que posibilite la apropiación del conocimiento científico y las tecnologías de punta, se convierte en la llave para multiplicar los niveles de productividad y competitividad. Sin embargo, en los países del Tercer Mundo, las niñas y mujeres constituyen la mayor parte de la población analfabeta, descolarizada o subcualificada. En tanto, aquellas que pueden integrarse en el sistema educativo formal, sufren en no pocos casos las consecuencias del sexismo explícito o implícito en los currículos y en las prácticas escolares: se orienta sesgadamente su vocación hacia esferas consideradas como propias del sexo femenino y que son precisamente las de menor especialización y más baja remuneración en el mercado laboral.
Ello provoca también que en los recortes económicos, queden con más frecuencia desempleadas, por no tener la preparación indispensable para competir y afrontar con conocimientos y habilidades renovadas los cambios en los mercados de trabajo, que se producen al ritmo del desarrollo de la tecnología. Inclusive, en el marco de las reformas neoliberales, que han conducido en muchos países a importantes restricciones en las prestaciones estatales para la educación, las más afectadas son las niñas y las adolescentes de los sectores pobres, en razón de los prejuicios sexistas prevalecientes en las familias, que privilegian la preparación de los hijos varones en función del desempeño futuro rol de proveedor asignado culturalmente al hombre.
Las tecnologías en el campo de la informática y las comunicaciones parecen conducir al tránsito desde una sociedad de relaciones directas entre las personas, hacia una sociedad "mediática", donde el intercambio humano tiende a realizarse cada vez más a través de los diversos medios disponibles. Además los medios de comunicación difunden una imagen del hombre y la mujer estereotipados, el hombre es visto desempeñando los roles tradicionales que establece la sociedad como el de proveedor, rey del espacio público, el cabeza de familia. Sin embargo la mujer desempeña los roles expresivos asistenciales de madre, esposa, subordinada a los mandatos de los hombres.
Las bondades de las maravillosas autopistas de la información y de la realidad virtual son ampliamente conocidas, pero uno de sus lados oscuros está en el desencadenamiento incontrolado de la ciberpornografía: a través de Internet por ejemplo, las personas de todas las edades - adultos, niños/niñas y jóvenes - pueden acceder a un variado material que oscila entre el erotismo y la aberración, en la misma medida en que se establecen contactos con redes internacionales dedicadas a diversos tipos de negocios en el mercado sexual, donde la mujer sufre de explotación sexual.
A pesar del desarrollo científico-técnico alcanzado todavía no ha logrado una equidad en las relaciones entre el hombre y la mujer y la sociedad todavía arrastra con valores sociales y culturales del patriarcado tradicional que se manifiestan en todas las esferas del ser humano.
Cuando se hace un estudio acerca del desarrollo de las relaciones de género se puede apreciar que las relaciones entre el hombre y la mujer siempre han estado mediatizadas por el desarrollo científico-técnico de cada momento del desarrollo histórico de la humanidad. Cuando se realiza un estudio acerca de las transformaciones del género humano desde su infancia, en las comunidades primitivas hasta hoy, ayuda a comprender y explicar la influencia que ha ejercido el desarrollo científico-técnico en las relaciones entre el hombre y la mujer, las cuales se han caracterizado por la discriminación y  subordinación entre los sexos, y pautar comportamientos sexuales contrapuestos y polarizados entre las personas de sexos diferentes.
Como consecuencia de las condiciones económico-sociales y del desarrollo científico-técnico de cada momento del desarrollo histórico de la humanidad, las relaciones entre los sexos han variado al igual que los estereotipos sexuales acerca de lo femenino y masculino que demanda la sociedad.
Las autoras Beatriz Castellanos y Alicia González plantean que estos procesos han pasado por tres etapas fundamentales: las sociedades primitivas matriarcales y patriarcales, las patriarcales tradicionales y las patriarcales contemporáneas1.
En la comunidad primitiva, donde no existía la propiedad privada y los medios de producción eran muy rudimentarios, tuvo lugar la primera división natural del trabajo entre hombres y mujeres, así la diferenciación de funciones de ambos se establece, teniendo en cuenta las diferencias biológicas esenciales de cada uno. La mujer por naturaleza es la única que goza del privilegio de la reproducción, la lactancia de los hijos, por lo que es la máxima responsable de la atención y cuidado del nuevo ser.
Si bien, desde los albores de la humanidad, las potencialidades biológicas de la mujer la vinculan al hogar, y a la familia, a diferencia de los criterios sustentados tradicionalmente por el imaginario social, popular, e incluso por muchos teóricos, ello no siempre condicionó inferioridad o subordinación respecto al hombre
Por el contrario, la proyección de la mujer en las comunidades primitivas pasa por diferentes estados y roles que prueban algo muy diferente. En estas sociedades, precisamente por encontrarse limitadas de alejarse de la prole, sobre ellas recaen las tareas más decisivas de la producción y organización tribal, debido a que los hombres debían ausentarse largos períodos de la comunidad en busca de alimentos que le proporcionaba la caza. El sexo femenino gozaba de lógica equidad con el masculino, en las diferentes esferas de la vida incluyendo la sexual.
A pesar  de la diferenciación de tareas y responsabilidades por sexos y edades no existía la propiedad, todo se colectivizaba y compartía entre cada miembro de la tribu y, en ese contexto, el sexo femenino, sin ignorar las frecuentes contradicciones propias de la convivencia humana, gozaba con mucha frecuencia de equidad en relación con el masculino en la vida sexual.
Las formas de matrimonio características de las sociedades más primitivas son de carácter grupal y su fin era el placer sexual. Cada mujer y cada hombre podían tener tantos esposos y esposas como quisieran. La única prohibición que existían y de obligatorio cumplimiento para ambos, eran las relaciones sexuales entre padre e hijos, hermanos y hermanas o parientes consanguíneos.
El placer sexual es el centro y motivación de las uniones. Una parte importante de la vida de las personas gira alrededor del erotismo. Los ritos y las costumbres, las cosmovisiones y las ideologías, la religión y el arte se impregnaron de alegorías abiertas o encubiertas referidas a los órganos genitales, el coito, la procreación, la fertilidad y otras manifestaciones sexuales.
Como expresara Aller Atucha “Reproducción y sexo estaban íntimamente ligados en la mente del hombre de la antigüedad y el sexo se tornó la forma más evidente de celebrar el misterio de la concepción.”2
Las culturas del período primitivo y de la antigüedad clásica divinizaron la procreación y exaltaron el placer, integrando la sexualidad en sus visiones mágicas, religiosas o míticas acerca del mundo y de la causalidad de la naturaleza.
Al respecto señala Aller Atucha: “Es el sexo que domina y envuelve toda la vida”. Así como “(…) sexo, vida y religión se enlazan íntimamente en una unidad total. El sexo era la expresión de vida, vida brotada continuamente de la naturaleza fecunda, de la tierra Madre adorada como la Gran Diosa”.3
La más absoluta libertad sexual para la mujer existente en estos pueblos determina, en muchos grupos humanos, el carácter matrilineal de la herencia y la descendencia, al resultar imposible determinar la paternidad de los hijos, los que solo podían reconocer como padres a los hermanos de su progenitora. Es  esta condición en esencia lo que determina que muchas de estas comunidades primitivas se designen como matriarcales y matrilinelaes
Es de destacar que en muchas comunidades primitivas, donde no existen relaciones de poder o supremacía entre los sexos, aunque como en todo grupo humano pueden haber conflictos intergenéricos, en muchos aspectos de la vida el hombre considera a la mujer como su igual, no como un objeto de reproducción de su propiedad. Esto es corroborado por estudios realizados por el antropólogo social polaco Bronislaw Malinowski, en el Archipiélago Trobriand, en Nueva Guinea, donde observa cómo el hombre rara vez rivaliza con su mujer, y mucho menos trata de brutalizarla y golpearla; comparte con ella la crianza de los hijos, y su amor por ellos es tan profundo que en su dialecto, la palabra "padre" significa "el que atiende, cuida y lleva en sus brazos un niño".4
Si bien muchas comunidades primitivas, en especial las matriarcales son un ejemplo de relaciones armónicas entre los sexos, aun cuando existieran determinados conflictos y contradicciones inherentes al género humano, lo que nos permite poner estas sociedades como ejemplo de un orden equitativo entre hombres y mujeres, no debemos idealizarlos de manera romántica e ignorar la existencia de otros ordenes de desigualdad por diversos factores en los estadios primitivos.
En la comunidad primitiva al no existir un desarrollo de la ciencia y la tecnología, los instrumentos de producción eran muy rudimentarios, por lo que el hombre produce lo necesario para su subsistencia. Estos instrumentos de producción, en la medida que  el ser humano fue evolucionando, fueron desarrollándose, trayendo como consecuencia que aumentara la producción y hubiese un excedente. Ya el hombre no tenía necesidad de alejarse largos períodos de su tribu y se dedica a la agricultura, la ganadería, lo que va haciendo que se sienta dueño de los bienes producción. La mujer va ocupándose de la maternidad y las labores domésticas y en menor medida de algunas tareas vinculadas a la producción.
El desarrollo de los medios de producción trajo como consecuencia el plus producto, la división social del trabajo, el surgimiento de la propiedad privada y la modificación de las relaciones entre los géneros. Al estar la propiedad privada en manos de los hombres, esto condiciona el predominio masculino universal y la transformación de la sociedad en patriarcal
Con el desarrollo de los medios de producción, el surgimiento de la propiedad privada y de las modificaciones económicas surge la necesidad de buscar una nueva forma de familia y de matrimonio, donde se limitaran los derechos y posibilidades femeninas, instaurando el matrimonio monogámico para la mujer, pues los hombres querían tener certeza de quiénes eran sus verdaderos hijos, para que ellos fueran los herederos de sus riquezas y así su fortuna se mantuviera en el seno de la familia, lo que era imposible cuando la mujer, al igual que él, podía tener la más absoluta libertad sexual.
No fue el amor u otro vínculo espiritual o erótico lo que determinó la desaparición de los matrimonios grupales y las libertades sexuales del género femenino, para dar origen a la unión exclusiva entre un solo hombre y una sola mujer, fueron motivos de índole económicos y sociales, como consecuencia del desarrollo de los medios de producción, los condicionantes de las diferencias entre los sexos, y que dan lugar a la aparición de la doble moral, ahora como instrumento generador de poder y discriminación entre los individuos de clases, estados, razas y naturalmente sexos diferentes.
Son éstas y no otras las causas de la aparición de la educación sexista, discriminatoria, que forma al hombre y a la mujer sobre la base de parámetros opuestos, antagónicos y convierte al sexo femenino en el "segundo sexo", "débil", subordinado al hombre y encadenado exclusivamente a las funciones de la reproducción y la atención de los hijos, mientras que al masculino lo eleva ya de manera permanente a los roles dominantes, protagónicos en la pareja, la familia y la sociedad.
A lo largo de todas las sociedades androcéntricas se condiciona al ser humano, desde el momento de su nacimiento y atendiendo a su sexo, a desarrollar una forma particular, diferente y antagónica de pensar, sentir y actuar, de relacionarse y comunicarse con el otro. Así surgen dos modelos estereotipados de comportamiento y expresión personal y social: el masculino y el femenino.
El nuevo sistema de normas morales para la mujer se caracteriza por ser extremadamente rígido, coercitivo, sometiéndola por entero al hombre; la priva de toda libertad sexual y social, del disfrute del placer, y restringe sus funciones a las de madresposa obediente, sumisa en los marcos del hogar.
El patrón femenino obliga a la mujer a renunciar al placer a fin de garantizar la estabilidad y crecimiento económico del hombre y de la familia, a convertirse en un ser casto antes del matrimonio, fiel dentro de éste y dedicado en cuerpo y alma a las funciones comunicativas-expresivas, asistenciales ligadas a la atención del marido, los hijos e hijas y las tareas domésticas, ahora sin valor social reconocido. El trabajo femenino se ve limitado a la "elaboración de valores de uso para el consumo directo y privado, convirtiéndose en el cimiento económico invisible de la sociedad… " 5
A la mujer se le educa de forma tal que se le incapacita para enfrentar sola los desafíos de la vida, convirtiéndola en un ser dominado por sentimientos de inferioridad y minusvalía, carente de confianza en sí misma y que sobrevalora las capacidades y cualidades masculinas. Por lo que pasa a ser inevitablemente el sexo dependiente, débil, supeditado toda su vida al hombre.
En estas circunstancias sus niveles de aspiración son siempre muy bajos, inferiores a sus posibilidades y potencialidades reales. Por lo general, su más alta aspiración y la de su familia es lograr un matrimonio lo más ventajoso posible desde el punto de vista económico y social. No importa que no satisfaga sus necesidades espirituales y mucho menos físicas, pues en estas sociedades el placer se suele considerar un pecado o una inmoralidad para el sexo femenino.
Por su parte, el código establecido para el hombre es muy flexible, permisivo, consecuente con su nueva condición de rey del espacio público, vedado a partir de entonces al sexo femenino. Es para este espacio que se le prepara desde que nace, y en el que solo a él se le permite brillar.
Sin que fueran pocos estos privilegios, a su vez se le convierte en el amo y señor del mundo espiritual y material de sus hijos e hijas y de su esposa. Esta situación impidió durante siglos a la mayoría de las mujeres ser dueñas de su cuerpo, su vientre, sus sentimientos y todo su destino.
El modelo masculino obliga al hombre a desempeñar el rol de productor reconocido de objetos "económicamente visibles", de mercancías, todo lo cual posee un alto valor social; naturalmente, debe pagar un precio por este privilegio, que consiste en la privación de cultivar y expresar sus sentimientos y emociones más auténticas a la vez que lo hace el responsable del mando y el sustento familiar.
En este contexto, para muchos hombres y mujeres la selección de la pareja se convierte en una transacción económica, en un negocio, y para que éste sea ventajoso y satisfactorio, es necesario escoger, de entre todos los "objetos" que se ofrecen, a aquel que reúne los requisitos anhelados, el de mayor "calidad", en correspondencia, claro está, con los patrones genéricos sociales deseables.
"De este modo, dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio". 6
Las construcciones teóricas de los científicos en ésta época son portadoras de moralismos, mitos y estereotipos sexuales que refuerzan el modelo  de sexo oficial matrimonial, monogámico, heterosexual y reproductivo que refuerzan  las relaciones de poder y discriminación entre los sexos.
Un claro ejemplo se encuentra en dos de los más destacados filósofos de la Grecia antigua: Platón (458-347ane) y Aristóteles (384-322ane). En sus tratados filosóficos, ellos ponen énfasis en fundamentar la pasividad de la mujer y las cualidades que hacen superiores a los hombres.
En el campo de la medicina, muchos médicos eminentes por medio de sus estudios ratifican los conceptos sociales de desigualdad sexual. Tal es el caso de Hipócrates  (460-377ane) y Galeno (131-201), quienes realizan importantes descubrimientos sobre anatomía humana, en los que se basan para explicar, a partir de las diferencias anatómicas entre el hombre y la mujer, las causas de que sea él la encarnación del placer y ella de la reproducción.
La etapa del cristianismo se caracteriza por el predominio de valores espirituales y morales y por una profunda represión del sexo. Se contraponen la superioridad del espíritu sobre la materia, el predominio del alma sobre el cuerpo. No se acepta la exaltación del sexo por placer. Se crea un nuevo concepto: la virginidad, un valor de eternidad.
Las sociedades patriarcales tradicionales adquieren un carácter sexo fóbico, promulgan la reproducción como fin último y fundamental de la unión sacrosanta entre el hombre y la mujer, en los marcos de un matrimonio reconocido por las leyes y bendecido por Dios.
El erotismo, el placer, las formas más variadas de expresión y riqueza de la vida sexual de las que la mujer disfrutaba libremente en la mayoría de las comunidades en las etapas primitivas, quedan desterradas para ella con la aparición del patriarcado, donde su única posibilidad de acceso a él, si el hombre se lo permite, es a través de la relación dirigida a garantizar la descendencia.
A partir de entonces se prohíbe a la mujer "decente", "honesta", "pura", manifestar su natural libido, pues de no hacerlo así, corre el riesgo de no alcanzar la mayor aspiración de su vida: encontrar un "buen" esposo que la represente socialmente y garantice su sustento y el de sus hijos e hijas.
La nueva forma de unión monogámica se convierte en un contrato sagrado e indisoluble que debe unir de por vida al hombre y a la mujer y se asienta en la procreación de hijas e hijos "legítimos". En esta nueva vida, el sexo femenino pierde el derecho al erotismo, motivo por el cual se idealizan los valores relacionados con la virginidad, la castidad y la fidelidad.
En este nuevo orden, la limitación del placer y su vinculación a las funciones reproductivas, solo se cumple para el sexo femenino. El hombre no perdió nunca el privilegio de disfrutar, con la mayor anuencia de la sociedad, de goces físicos antes, en, y fuera del matrimonio.
En consecuencia, la monogamia no fue creada para él; por el contrario, históricamente el hombre debía desempeñar el rol de "experto" en artes de sexo y amores, por lo que, desde muy joven, debía ser iniciado en el ejercicio del disfrute de todas las formas más ricas y variadas de erotismo.
De esta manera, la mujer se convierte durante siglos en un personaje sometido al dominio y poder del hombre y relegado a los planos más inferiores de la sociedad. Según su capacidad para reproducir el modelo establecido culturalmente para su sexo, puede llegar a ser la encarnación de la virtud, la belleza y nobleza; o, si se aparta solo un milímetro de él, entonces será el ser más maligno, despreciable y peligroso para todos los que le rodean, incluso sus propios hijos. En estas circunstancias recibe el doble rechazo, la más absoluta marginación e incluso los más severos castigos.
La contemporaneidad en el campo de las relaciones de géneros, si bien se comienza a gestar embrionariamente con las transformaciones científico-técnicas, económico-sociales, y culturales ligadas a la revolución industrial, no es sino a partir de cambios vertiginosos en estos mismos órdenes desencadenados durante la primera mitad de la pasada centuria.
A pesar de que, desde las etapas iniciales de la revolución industrial se demanda cada vez más la incorporación de la mujer a determinadas esferas de la vida laboral, como mano de obra barata claro está, es en el siglo XX donde, en el marco de las guerras mundiales y motivado por la escasez de brazos masculinos, se obliga a grandes masas femeninas a desempeñarse en las más diversas funciones y a afrontar la dirección del hogar y la familia sin una figura masculina a su lado, como venía ocurriendo tradicionalmente.
De esta forma, sin ella proponérselo, comienza a ejercitar los roles instrumentales hasta entonces destinados solo al hombre y prohibidos para su género.
En las décadas del setenta y sesenta, debido a múltiples factores objetivos y subjetivos se produce una transformación de los valores y modelos de comportamiento sexual, especialmente los relativos a la proyección de la mujer, generadores de lo que se dio por llamar la Revolución Sexual.
Este conjunto de hechos y otros que se explican a continuación, hacen que las autoras Beatriz Castellanos y Alicia González establezcan estos años como el inicio de la etapa patriarcal contemporánea.7
La sociedad moderna cada vez más tecnificada y desarrollada en esta etapa, se enfrenta a la necesidad elevar el nivel escolar y cultural de la mayoría de la población, incluso la femenina, a fin de lograr su articulación con los niveles crecientes de competitividad y eficiencia reclamados por la industria.
En las sociedades de consumo se descubre en el sexo uno de los recursos más efectivos para vender, por lo que comienza un bombardeo de estímulos eróticos, que entre muchas de sus consecuencias negativas convierte a la mujer de objeto de reproducción en objeto sexual.
Aunque en menor medida que la mujer, el hombre entra a los medios de comunicación, también como modelo viril, erótico, de promoción en el mercado de los objetos de consumo.
Los medios de difusión y muchos agentes sociales son portadores de este modelo. El género femenino, al estar presente cada vez más en casi todos sus mensajes y formar parte del mayor número de anunciadores y presentadores, se convierte aparentemente en protagonista de dichos medios.
La mayor presencia de la mujer no responde en modo alguno al deseo de reivindicarse y estimular su participación social, sino a dos motivos: primero, ella, mediatiza la belleza de su cuerpo y asumiendo las posturas más eróticas, contribuye de manera decisiva a aumentar las ventas; segundo las encuestas comerciales demuestran que, cada día más, es la mujer la responsable de determinar cuáles son los artículos del consumo familiar.
La imagen femenina irrumpe en los medios, pero el mensaje que se transmite continúa siendo negativo. Se le presenta, casi siempre realizando labores domésticas, o de secretaria, asistente, maestra, enfermería u otros  que tradicionalmente han sido considerados propias de su sexo.
La imagen femenina en los medios de comunicación continúa siendo estereotipada, se sigue observando a la mujer como débil, dependiente, tierna, delicada, insegura, superficial. Incluso también se transmite una imagen física estereotipada del sexo femenino.
Con la entrada masiva de la mujer en la vida laboral, su desempeño además que se limita a ciertas áreas, reciben un tratamiento discriminatorio en cuanto a salario, participación en puestos de decisión de la vida económica y política, los beneficios en materia de salud y educación.
La participación de la mujer en la vida pública, comienza a modificar paulatinamente su modo de pensar, sentir, actuar y a su vez muchos hombres se ven en la necesidad de iniciar una transformación de sus actitudes hacia ellas.
Por otra parte, a lo largo de las últimas décadas se desarrollan los más efectivos e incluso económicos medios de contracepción, en muchos países al alcance de la mayoría de las mujeres. Lo que representa que finalmente, ellas comiencen a ser cada vez más, dueñas de su vientre y puedan planificar conscientemente su descendencia sin depender indispensablemente para ello del hombre.
Estas circunstancias y otras muchas imposibles de enumerar, son las que condicionan que, en los años 60 y 70 irrumpa la revolución sexual o como, se daba en llamar, el amor libre.
En estas etapas se gesta la última batalla contra la cosificación en el siglo XX, librada por hombres y mujeres, por vez primera mano a mano. En un inicio fue a través de los movimientos hippies "Hacer el amor, no la guerra", que proclamaban una sociedad libre donde el amor también sería libre, de vuelta a la naturaleza; y, después, por las revueltas estudiantiles de mayo del 68 "Amaos los unos encima de los otros", que sacudieron algunas de las principales universidades del planeta exigiendo un mundo más justo, sin desigualdades, tampoco sexuales.
En los años siguientes se produce un fracaso temporal de estos dos momentos y se abren aún más las puertas al mundo de objetos, a la definición de los seres humanos según sus objetos y a la conversión de los hombres y las mujeres en objetos, lo que llevó a la civilización a un aparente callejón sin salida donde los valores son también objetos.
No obstante, en estas décadas comienza a producirse un conjunto importante de cambios materiales y espirituales trascendentales en la vida del hombre y la mujer, que abren una nueva era para cada uno de ellos.
La revolución sexual eclosiona en los años 60 y 70, pero no termina en los límites de esos momentos, sino que prosigue con nuevas cualidades en los 80 y 90  y en especial en el inicio del nuevo siglo, décadas en que cristalizan otros valores y se comienzan a despejar nuevos horizontes para las relaciones entre los géneros. Se abren nuevas maneras de valorar la conducta, el pensamiento y los sentimientos de ambos sexos.
Se permite separar de formas consciente el placer de la reproducción, existe la opción de elegir las formas de disfrutar atendiendo a sus necesidades personales. Se reivindica el erotismo y el disfrute sexual antes del matrimonio.
Se desencadena una verdadera fiesta de los sentidos, los que después de tan larga etapa de represión, claman por alcanzar el goce mediante las más ricas y variadas formas de placer.
A pesar de la aparición de modelos para la vida sexual más flexibles y humanas y su incidencia en formas cualitativamente diferentes de proyección y comunicación de muchos hombres y mujeres, no significa que hayan desaparecido los tradicionales represivos estereotipos, cargados de mitos, tabúes, que por otra parte la sociedad continúa perpetuando.
También es interesante destacar que el desarrollo científico-técnico también está marcando una nueva era en las relaciones humanas, las cuales cada día se están alejando más de lo presencial para convertirlas en virtual. Otras personas para no sentirse solas se compran las muñecas de silicona con la figura que desea que les haga compañía, las cuales además mantienen los mismos modelos femeninos estereotipados y refuerza  la imagen de mujer como objeto decorativo  y hasta se ha inventado un robot para tener sexo.
Es importante reflexionar que ninguno de estas innovaciones de la ciencia y la tecnología puede en modo alguno sustituir las relaciones espirituales que se producen entre las personas y que el uso indiscriminado de las mismas lleva a un alejamiento y deshumanización total de las relaciones entre  seres humanos.
La ciencia y la tecnología ha avanzado con pasos vertiginosos pero resulta contradictorio que las relaciones entre género no hayan evolucionado con la misma rapidez. La estructura social continúa siendo androcéntrica. Se mantiene la fórmula de sexo oficial: Matrimonial, Monogámico Heterosexual y Reproductivo, con todas sus consecuencias pero con ciertas alternativas. Se ha Resignificado el erotismo y el placer para el sexo femenino pre e intra matrimonial. Han ocurrido modificaciones en las actitudes de cada sexo hacia el otro que genera relaciones entre el hombre y la mujer menos opresivas, más equitativas y humanas. La población femenina continúa siendo discriminada con respecto al hombre, no obstante, comienza a ganar espacios significativos en la vida familiar y pública.
La mujer, a su vez, se convierte en objeto de placer, decorativo, y entra como tal en los medios de difusión. Ha habido una cosificación del sexo, eclosión de la pornografía, prostitución femenina, masculina e infantil. El ejercicio cada vez más generalizado de la contracepción y la planificación familiar por la mujer y la pareja en general. La legalización del aborto en muchos países. Se separa el sexo-placer del sexo-reproducción.
Ante esta problemática se hace necesario un replanteo de las prácticas educativas que propicie modos de relación entre ambos sexos más equitativas, flexibles, abiertas y auténticas. El proceso educativo debe promover formas de comunicación horizontales, dialógicas, participativas, abrir nuevos espacios de desarrollo intra e intergenéricos, en una relación de equidad y que se  eliminen los  sexistas los cuales solamente separan y contraponen al hombre y a la mujer.

NOTAS

  1. González, A. y B. Castellanos: Sexualidad y géneros. Alternativas para su educación ante los retos del siglo XXI. Editorial Científico–Técnica, La Habana, 2003.
  2. Aller Atucha, L. Ma. : Pedagogía de la Sexualidad Humana. Editorial Galerna. Buenos Aires, 1991.
  3. Aller Atucha, L. Ma. : Pedagogía de la Sexualidad Humana. Editorial Galerna. Buenos Aires, 1991.
  4. Malinowski, B.: Estudios de psicología primitiva. Editorial Paidós. Buenos Aires, 1958.
  5. Larguía, I. y J. Dumoilin: Hacia una concepción científica de la emancipación de la mujer. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1986.
  6. Fromm, E.: El arte de amar. Una investigación sobre la naturaleza del amor. Editorial Paidós. Barcelona, 1982.
  7. González, A. y B. Castellanos: Sexualidad y géneros. Alternativas para su educación ante los retos del siglo XXI. Editorial Científico–Técnica, La Habana, 2003.

BIBLIOGRAFÍA.

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  2. Aller, L. Ma. : Pedagogía de la Sexualidad Humana. Editorial Galerna. Buenos Aires, 1991.
  3. Astelarra, Y.: ¿Libres e iguales? Sociedad y política desde el feminismo. Ensayo Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2005.
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  6. Castañeda, A.: Las relaciones entre el marco de referencia de género y la socialización. Folleto. Federación de Mujeres Cubanas. Cuba, 2002.
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  10. Fernández, L.: ¿Roles de Género? ¿Feminidad vs Masculinidad? Artículo. Revista Temas. No.5. Ciudad de La Habana, 1996.
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