Contribuciones a las Ciencias Sociales
Octubre 2011

ALGUNAS REFLEXIONES ACERCA DE LA LEYENDA DEL CABALLO BLANCO Y SU PRESENCIA EN EL IMAGINARIO TUNERO



Galina Pérez López (CV)
galinapl@ult.edu.cu
José Luis Marañón Rodríguez (CV)
joseluis@ult.edu.cu


INTRODUCCIÓN

En la imaginación surgen los mitos y leyendas, ya sea como narración tradicional o colección de narraciones relacionadas entre sí; hechos imaginarios pero considerados reales; en ocasiones se mezclan hechos reales con ficción, aunque a partir de situaciones históricamente verídicas.

Para que los mitos tengan lugar y normen la vida de las personas, es necesaria la existencia de condiciones que así lo permitan y que estas mantengan su vigencia por un tiempo prolongado en la historia de la comunidad. Los mitos surgen bajo condiciones concretas, correspondientes a determinados etapas del desarrollo de la humanidad y se mantienen vivos por la fuerza de la tradición. Ese proceso histórico es decisivo por su significado esencial en la formación de la cultura e identidad de los pueblos.

La leyenda se sitúa en lugar y época específicos, y parte de hechos reales aunque idealizados. Se diferencian de la historia, en su finalidad, que siempre es de didáctica o nacionalista. Se utilizaba inicialmente para dar confianza a un pueblo en sí mismo al enfrentarse a una situación nueva o un suceso extraordinario.

Toda creencia forma parte de la cultura popular tradicional de un pueblo, y es concebida como el sentido de percepción, conciencia, modo de actuar, pensar y crear de los miembros de una comunidad, pueblo o nación acerca del medio natural y social en que se desenvuelven, mostrados a través de sus expresiones culturales.

Las leyendas forman parte indisoluble de la cultura de los pueblos, y se transmiten de generación en generación, convertidas en parte de sus tradiciones históricas y culturales.

Las Tunas es un pueblo de mitos y leyendas que embrujan sus orígenes y dan colorido a la vida en torno a su historia. La del jinete sin cabeza en su caballo blanco es la más importante y conocida de todas.

En la provincia existen muy pocos estudios científicos culturales acerca de los diferentes mitos y leyendas sobre fantasmas con figura humana o animal, güijes y aparecidos, a pesar de las abundantes historias que a través de la narrativa oral, forman parte del patrimonio cultural de las comunidades urbanas y rurales.



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Pérez López y Marañón Rodríguez: Algunas reflexiones acerca de la leyenda del Caballo Blanco y su presencia en el imaginario Tunero, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, octubre 2011, www.eumed.net/rev/cccss/14/

DESARROLLO

Algunas reflexiones teóricas acerca de la leyenda como parte de la cultura y su relación con el imaginario popular.

La cultura popular, ha mantenido vivos los valores del pasado que se han enraizado y enriquecido a través del desarrollo de la humanidad, que sirve de defensa contra la cultura dominante. El pueblo es el único responsable de mantener vigente su memoria histórica, los valores sociales, la diversidad de tradiciones como principal creador de su cultura para lograr así una cohesión que no le permita subdividirse por creencias o razas y poder defender sus raíces.

La cultura popular constituye el núcleo esencial de la cultura general de su población como elemento caracterizador de ella. Por su amplitud, ofrece elementos comunes entre los integrantes de un pueblo determinado, independientemente de las diferencias que establecen los estratos sociales. Es por ello que entre lo intelectual y lo popular ha existido siempre un puente comunicativo que hace posible la interrelación de lo primero con lo segundo.

La cultura popular tradicional es cultura porque constituye el compendio de expresiones que se transmite con el desarrollo de nuevas tradiciones. Es tradicional porque es una ley que define y determina la perdurabilidad de las manifestaciones culturales, así como su índice de desarrollo. (Feliú, 2003: 11-12)

Desde este punto de vista, la cultura es el elemento que abarca todas las expresiones, materiales, espirituales y las diversas formas de relaciones sociales. Es popular porque el pueblo es creador y portador de sus valores, que se transmiten de una generación a otra y tradicional porque define y determina la perdurabilidad de las manifestaciones culturales.

Para los investigadores cubanos Sonia Almazán y Pedro Torres:

La cultura tradicional y popular es el conjunto de creaciones que emanan de una comunidad cultural fundada en la tradición, expresada por un grupo o por individuos y que reconocidamente responden a las expectativas de la comunidad en cuanto expresión de su identidad cultural y social; las normas y los valores se transmiten oralmente, por imitación o de otras maneras. Sus formas comprenden, entre otras, la lengua, la literatura, los ritos, costumbres, la artesanía, la arquitectura y otras artes. (2006: 311)

La cultura popular tradicional es lo que una sociedad ha creado, preservado y transmitido a lo largo de la historia a través de las relaciones sociales, mediante la narrativa oral, sumándole nuevos elementos acorde al desarrollo de la comunidad.

Deja de existir cuando el protagonista deja de ser el pueblo; cuando deja de identificarse con la nación a la que pertenece.

La cultura popular tradicional constituye un elemento importante en la identidad cultural de cada pueblo, imprimiéndole un sello único con características específicas que lo hacen diferente de otros pueblos, que lo identifican como una cultura específica, consolidada y reconocida por la población que la hace suya. Es la que el pueblo recrea, humaniza y comparte que se apoya en la diversidad de tradiciones y hábitos.

En cuanto expresión cultural, generalmente será transmitida por la narrativa oral, incluidas las costumbres, las artes, los ritos y la mitología en general; bajo la influencia de la cultura española, africana, haitiana, árabe y el resto de las etnias que intervinieron en la conformación de la sociedad actual, mezcla de las raíces religiosas y culturales de cada grupo, en el proceso al que el sabio cubano Don Fernando Ortíz llamó transculturación.

Así llegaron hasta la actualidad las creencias en seres nocturnos, brujas, fantasmas, mitos y leyendas un tanto reales colmadas de ficción, buen humor, siempre con alguna moraleja positiva o sencillamente para infundir miedo en la población.

Los arahuacos que poblaron Cuba cultivaban una fe con elevado contenido animista, mágico y mitológico. Lo sobrenatural lo personificaban en un conjunto de deidades que representaban en sus cemíes, celebraban fiestas religiosas como los areitos y definidas funciones sacerdotales asociadas a curaciones, predicciones y a la conservación de tradiciones.

En el complejo proceso de transculturación que se ha operado desde entonces, la herencia se advierte apenas en leyendas y mitos populares referidos a espíritus de indios y a lugares como las cuevas, en las que los aborígenes practicaron sus ritos funerarios y utilizaron para plasmar sus pinturas, revelación del modo mágico con que percibían la realidad. En Cuba el conquistador español impuso su cultura, su lengua, su civilización, su forma de representar e interpretar la realidad y de reaccionar ante ella y, por último, su religión, el catolicismo.

A consecuencia de la trata esclavista se introdujeron en la Cuba diversas manifestaciones religiosas, de acuerdo con los diferentes pueblos que llegaron desde África. Desde entonces, lo hispano y lo africano constituyen los dos troncos etnoculturales principales en la nacionalidad cubana, en la que también coinciden otras culturas (caribeña, norteamericana, china y del resto de Europa) en el complejo proceso de transculturación y mestizaje, que ha traído como consecuencia una composición religiosa sui géneris.

Las religiones africanas originales fueron modificándose en las condiciones cubanas al estar desarraigados los portadores de sus medios naturales, sometidos a una involución cultural y a una interrelación étnica, al variar las referencias de sus mitos y objetos de culto. Con los rigores de la esclavitud se preferenciaron ritos de protección y adivinación, con lo que se redujo la importancia de otros, como los de la fertilidad. De este modo, se conformaron varias expresiones religiosas cubanas de origen africano.

Las expresiones de origen africano tienen en común un menor desarrollo teórico-ético-doctrinal comparadas con las teologías cristianas. Se manifiestan en sistemas de representaciones, símbolos y ritos de contenido mitológico estrechamente vinculados a la naturaleza, a los espíritus de los ancestros y a la vida cotidiana. La influencia africana se advierte en Cuba en la conciencia cotidiana del hombre de la calle y en la cultura, muy especialmente en la música, la danza, instrumentos musicales y en la plástica.

Jesús Guanche en su libro España en la savia de Cuba, aborda casi todas las transformaciones culturales que se producen en las etnias aborígenes con la llegada de los colonizadores, al respecto expone:

Las creencias religiosas hacen del conquistador un guerrero intolerante en extremo, a ello se unen los rezagos medievales que implican múltiples creencias en seres sobrenaturales, infinidad de supersticiones sobre cada cosa o acto de su vida, la identificación de lo bueno o la victoria con la predestinación de Dios y lo malo o la adversidad, también predestinada, con la presencia del Diablo. (Guanche, 1999: 142)

Consideraban además la existencia de espíritus antepasados y duendes, que realizaban junto a ellos las travesías trasatlánticas y los guiaban en sus conquistas o los castigaban con las derrotas o enfermedades. De esta forma también creían en fantasmas y brujas que a través de hechicerías, eran capaces de controlar o influir en el devenir natural y en la vida personal de quienes desearan pues tenían pactos con el Diablo.

La causa más poderosa para defender todo ese mundo espiritual, fue en todas las épocas, el analfabetismo o el semianalfabetismo y la ignorancia que para entonces, traían consigo la mayoría de los inmigrantes hispánicos; lo que facilitó el mandato y poderío casi absoluto de la Iglesia Católica Medieval.

El estudio de los componentes étnicos que dan origen a la nación cubana contemporánea, constituye un necesario marco de referencia ya que las principales manifestaciones de la cultura material y espiritual de Cuba, están estrechamente vinculadas con el proceso histórico del poblamiento desde la época colonial.

Para las tres primeras décadas del siglo XX, Cuba se convierte en centro receptor de una fuerte corriente migratoria. En el transcurso de esos años, arriban al país cerca de 1 200 000 inmigrantes, que influyeron de forma decisiva en el crecimiento demográfico de la Isla, marcaron con su huella el desarrollo socio-económico del país y aportaron elementos que, a través de un proceso creador y dinámico, enriquecen la cultura nacional, en mayor o menor escala.

No faltaron desde entonces las variadas historias de duendes, fantasmas y otros que enriquecieron el acervo mítico del país con leyendas que han quedado en el olvido algunas, y otras se han transformado para mantenerse vigentes en el folklore cubano.

La investigadora María del Carmen Víctori Ramos expone que:

Las leyendas recogen y registran fabulaciones o simples historias sobre algún suceso o hecho, o sobre alguna que, por motivos históricos o sociales, se encontrara en una posición, actividad o una situación susceptible por su condición de trascender en el recuerdo de una colectividad.

(www.lajiribilla.cubaweb.cu, 2001)

Las leyendas nacen en historias populares que abarcan temas que abarcan los santos, los hombres lobo, aparecidos y otros seres fantásticos o recuerdos personales. Se diferencian de la historia formal en su estilo de presentación, énfasis y propósito.

Algunos investigadores las han clasificado en tres grandes grupos: las estrechamente relacionadas con las apariciones sobrenaturales, las que tratan sobre sucesos históricos y las relacionadas con elementos sagrados.

En la literatura, la conceptualización de leyenda está dada como una narración ficticia casi siempre de origen oral, que hace apelación a lo maravilloso. A diferencia del cuento, está ligada siempre a un elemento preciso (lugar, objeto, personaje histórico u otro). Comparte con el mito la tarea de dar fundamento, explicación a una determinada cultura, y presenta a menudo criaturas cuya existencia, a pesar de existir en numerosas bibliografías, programas de radio y televisión o filmes, no ha podido ser probada (ejemplo de ello son las sirenas)

La leyenda, a deferencia del mito, se construye y nutre de acontecimientos que presumen tener un basamento objetivo, pues estos parten de hechos supuestamente ocurridos; y ese acontecer es creído tanto por los emisores como por los receptores. En algunos casos, expresan recordarlo por inusual o trascendente en la vida del lugar o del individuo. Como todo relato, está sujeto a reelaboraciones que transitan entre la simple exageración y la inserción de procesos y soluciones sobrenaturales.

Algunos autores tienden a unificar o confundir el mito y la leyenda, y a convertirlos en un único fenómeno literario. Otros se atienen a las funciones específicas de los relatos, y la confusión resulta entonces mayor, pues, sin una definición de los términos y su espacio conceptual, tratan de subdividirlos por temas; por ejemplo, llaman mitos, a los relatos sobre sucesos patrios y leyendas, a las historias y acciones de dioses.

Sin embargo, existe otro grupo de autores que establecen una separación preliminar entre ambos términos y se limitan al estudio de los casos concretos, así definen como mitos, a “los relatos que recogen y transmiten la esencia del pensamiento primitivo y acientífico sobre el origen y desarrollo de la tierra y de la vida”.

En resumen, mitos y leyendas están saturados de humor, peligros, miedos infundados por entes sobrenaturales, en su mayoría muertos cuya alma no logra el descanso eterno debido a deudas que dejaron en vida o están “castigados” a andar errantes definiéndoseles como “almas en pena”. “En muchas religiones y filosofías, el alma es el elemento inmaterial que, junto con el cuerpo material, constituye al ser humano individual.” (www.cubayoruba.cult.cu).

La creencia en alguna clase de alma que puede existir independiente del cuerpo, se encuentra en todas las culturas conocidas. En muchas culturas contemporáneas de tradición oral, se dice que los seres humanos tienen varias almas (a veces hasta siete) localizadas en diferentes partes del cuerpo, cada una con distintas funciones.

La fe en la existencia de las almas puede tener efectos sociales importantes mediante el reforzamiento de los deberes morales. El significado cultural de la creencia en las almas refleja la universalidad de los problemas para los cuales representa una respuesta: la compleja cuestión de la personalidad humana, las experiencias morales y espirituales de la vida, y la eterna cuestión de la inmortalidad.

Este tipo de creencia, así como algunos mitos y leyendas, ocasionalmente se les traduce en música, festejos, bailes, vestuarios y religión que varían de acuerdo a los practicantes y a las zonas en que se desarrollan, ello permite definir características espirituales fundamentales en la formación de la cultura nacional.

La transmisión oral de antiguos conocimientos contribuye a conformar la base cultural de las comunidades humanas. Ella preserva las características de pasadas formas de vida y de relaciones sociales ya desaparecidas, que a pesar del tiempo, influyen en la memoria de los descendientes de las comunidades.

Los cuentos y relatos se observan en lo fundamental entre dos corrientes: una llegada desde España y otra proveniente del África occidental subsahariana; pero ambas han modificado y adaptado temas y personajes a la vida antillana y cubana, como expresiones contrapuestas a través de los siglos. Los relatos la ofrecen como propia de sus antepasados más cercanos (abuelos, padres o tíos) sin aclarar, en la mayoría de los casos, el ascendiente étnico específico.

En las leyendas se expresa un panorama multiforme cuando se señalan especificidades caribeñas o motivos comunes a relatos legendarios de otros territorios. Ellas ocupan todo el país y aunque gran número de sus temas y personajes tengan semejanzas en otras zonas de Latinoamérica y de la Península Ibérica, hay muchas otras que provienen de la interpretación de sucesos locales, por ello, son especialmente cubanos.

La leyenda tiene un basamento más cercano a la verdad que el mito; es el resultado de la experiencia de un grupo social que tuvo la oportunidad de agregarle a una historia (que pudo suceder en realidad), elementos que resaltan una época, un lugar o una persona con características más o menos fantásticas.

Las leyendas surgen de la imaginación popular, de los sueños y hasta del miedo, revelan una de las mayores fuerzas de la creación folklórica mundial. En su mayoría leyendas, mitos y fantasías, son los valiosos documentos orales del pueblo que indican y precisan los variados estratos culturales. Sobre los dioses de los indios poco se conoce, mientras que de la mitología afrocubana o la campesina, mucho se ha conservado. (Feijóo; 1986: 5-6)

La leyenda es concebida como una narración oral o escrita, con mayor o menor proporción de elementos imaginativos y que generalmente quiere hacerse pasar por verdadera o fundada en la verdad. Se transmite normalmente de generación en generación, casi siempre de forma oral, y con frecuencia son transformadas con elementos que suprimen, añaden o modifican.

Con el paso del tiempo no solo se transforman las tradiciones, también la manera de contarlas, ganan o pierden argumentos, detalles, expresiones acorde con el lugar y la época en que es contada. Una misma leyenda puede llegar a tener infinidad de versiones, situadas generalmente en el entorno de aquellos que las narran y reciben.

Son relatos tradicionales que, pese a contener elementos sobrenaturales o inverosímiles, se presentan como crónica de hechos reales sucedidos en la actualidad. A menudo, el narrador presenta a los protagonistas de una leyenda como conocidos o parientes de alguna persona cercana, también se les conoce como "historia del amigo de un amigo".

Las historias sobre diversos tipos de apariciones se ciñen a cuatro temas fundamentales:

Con relación al cuarto tema, algunas historias se refieren a las almas en pena que ofrecen tesoros o protagonizan sucesos prodigiosos, por lo común, voces que claman, o arrastres de cadenas unidos o no al embrujamiento de viviendas. En algunos casos, pueden vislumbrarse hasta barcos fantasmas en las noches oscuras costeras y un pequeño conjunto de temas exponen valoraciones sobre árboles, animales, figuras y piedras que revisten un carácter sagrado.

En este sentido también es común la presencia de luces, hombres sin cabezas, duendes, brujas, metamorfosis de hombres en animales, entidades duales como güijes o jigües, madre de aguas y chichiricús)

Para las cosechas estaba la Madre Tierra como dueña de los sembrados y la fertilidad de los suelos; por los oscuros caminos las primeras luces fantasmales; para augurar desgracias las cadenas arrastradas que podían pertenecer a cualquier carreta tirada por bueyes o caballos pero la convivencia junto al miedo impedía voltearse hacia el origen del ruido, los tuneros de entonces se conformaban con rezar algunos y otros quedarse quietos casi sin aliento hasta que se alejara el sonido.

A lo largo de la historia, las sociedades se entregan a una invención permanente de sus propias representaciones globales, otras tantas ideas-imágenes a través de las cuales se dan una identidad, perciben sus divisiones, legitiman su poder o elaboran modelos formadores para sus ciudadanos. Estas representaciones de la realidad social, inventadas y elaboradas con materiales tomados del caudal simbólico, tienen una realidad específica que reside en su misma existencia, en su impacto variable sobre las mentalidades y los comportamientos colectivos, en las múltiples funciones que ejercen en la vida social.

La unidad de una sociedad, en el plano de la subjetividad, se mantiene a través de la consolidación y reproducción de sus producciones de sentidos (imaginario social). Sentidos organizadores (mitos) que sustentan la institución de normas, valores y lenguaje por los cuales una sociedad puede ser visualizada como una totalidad.

Desde esta perspectiva, normas, valores y lenguaje no son solo herramientas para hacer frente a las cosas, sino los instrumentos para hacer las cosas, en particular para hacer individuos,

El ser humano es el único capaz de decidir en cada caso el significado que quiere que tengan los objetos, las personas, las ciudades; es el único capaz de apreciar en las cosas determinados valores que, para llegar a reconocerlos, tiene que conocer desde antes.

La caracterización del concepto de imaginario social parte de la siguiente definición:

Lo imaginario, o más precisamente, un imaginario, es un conjunto real y complejo de imágenes mentales, independientes de los criterios científicos de verdad y producidas en una sociedad a partir de herencias, creaciones y transferencias relativamente conscientes; que funciona de diversas maneras en una época determinada y se transforma en una multiplicidad de ritmos. Conjunto de imágenes mentales que sirve de producciones estéticas, literarias y morales, pero también políticas, científicas y otras, como de diferentes formas de memoria colectiva y de prácticas sociales para sobrevivir y ser transmitido (Escobar, 2000: 113).

Los contextos simbólicos, o «constelaciones de significaciones sociales», pueden entenderse como:

[Los] conjuntos de respuestas sobre la tragedia, el amor, la moral, la muerte, etc., preguntas estas planteadas a toda la sociedad y que cada una responde espacio-temporalmente de forma variada, pero en todos los casos dispone de una cosmología, de una imagen del mundo con la que el individuo se identifica (o diferencia si pertenece a otra sociedad con simbolismo diferente). Según Durkheim, este mundo de significaciones sociales se estructura en torno a dos esferas arquetípicas: lo sagrado y lo profano, que delimitan y configuran el mundo para el hombre (Beriain, 1990: 12).

De esta manera, los contextos simbólicos narran o enuncian el saber social constitutivo de las diferentes formaciones sociales y, por ende, se enraízan o fundan en contextos vitales relativos a momentos históricos y espacios sociales concretos.

Así, dichos contextos simbólicos permiten expresar el saber social que se encuentra en la base fundacional de lo social y, por ende, devienen como sugestiones o ilusiones que «encantan» a los individuos dándoles las seguridades simbólicas necesarias para enfrentar su devenir histórico o las contingencias de la existencia. Los imaginarios sociales, en tanto contextos simbólicos, economizan angustias y configuran corazas protectoras frente al destino. Este encantamiento simbólico sólo puede llegar a ser accesible a la percepción y «conciencia» de los individuos gracias a las formas lingüísticas e iconográficas en que se expresan.

Las representaciones colectivas operan de esta forma como las concreciones simbólicas de dichos contextos o constelaciones. Al respecto escribe Beriain:

Lo imaginario-arquetípico (Dios, el principio totémico y, en última instancia, la sociedad como el foco creador de significaciones sociales, como la institución instituyente de nuevas significaciones sociales que operan como constelaciones de sentido) se manifiesta, figura y presenta siempre a través de lo simbólico-representativo (el tótem, clan tribal, los símbolos rituales, etc.), que operan como la condición de posibilidad de aquél, puesto que a través de lo simbólico existe y se expresa lo imaginario (Beriain, 1990: 13).

Las representaciones colectivas permiten la transmisión, comprensión y clasificación de algo en una determinada realidad simbólica estructurada, la cual, siguiendo a Durkheim (1985), encarna las condiciones históricas y culturales de una determinada sociedad. Dado lo anterior, se puede decir que las representaciones colectivas son:

Estructuras psicosociales intersubjetivas que representan el acervo de conocimiento socialmente disponible y que se despliegan como formaciones discursivas más o menos autonomizadas (ciencia/tecnología, moral/derecho, arte/literatura) en el proceso de autoalteración de significados sociales (Beriain, 1990: 13)

Las representaciones colectivas son entonces, objetivaciones del imaginario social, son las formas que asume éste y sin las cuales su existencia sería simple metafísica ahistórica.

Los imaginarios sociales se despliegan como portadores de imágenes y formas de comprender la realidad, así como detonantes de la acción social. Por ello, lo imaginario sería el conjunto de imágenes que cada uno compone a partir de la aprehensión que tiene de su cuerpo y de su deseo, de su entorno inmediato y de su relación con los otros, a partir del capital cultural recibido y adquirido, así como de las elecciones que provocan una proyección en el porvenir próximo.

La socialización de los imaginarios individuales, es decir, su configuración, se gesta en la relación continua y dialógica existente entre subjetividad y cultura. La subjetividad sería la manera como se encarna la cultura en cada sujeto. La cultura sería el acervo de conocimientos socialmente construidos que se encuentran a disposición de los sujetos. El imaginario sería de esta forma, reserva y potencia; reserva en tanto actualización de la cultura y potencia en cuanto creatividad o dinamización de la subjetividad.

Desde esta mirada, lo imaginario sólo tiene sentido en el contexto de los mundos de la vida que cada sujeto configura (experiencia) en relación con lo otro (el mundo) y los otros (otros sujetos).

En lo imaginario coexisten tres grandes categorías:

Dado lo anterior, los imaginarios sociales rigen los procesos de identificación y de integración social y hacen visible la invisibilidad social; de allí la importancia de su estudio y su posible relación con el momento iconológico para el estudio de las imágenes.

Entre el campo imaginario y el campo de las prácticas sociales hay implicaciones mutuas, pues el imaginario supone prácticas sociales previas y las prácticas sociales suponen un imaginario que aparece en el tiempo como movilizador, como proyección hacia adelante, que se encarna y tiene efectos visibles.

La imaginación colectiva puede ser comprendida como una cristalización histórica, como magma de significaciones ya cristalizado en el tiempo y en el espacio, habiendo sido generado por la sociedad para modificarse y transformarse a sí misma.

Fernández señala, citando a E. Mari, que Castoriadis habla del imaginario social efectivo o instituido infiriendo que a éste corresponderían las significaciones imaginarias que anudan los deseos al poder, operando como organizadores de sentido de los actos humanos, estableciendo fronteras entre lo lícito y lo ilícito, entre el bien y el mal, entre lo debido y lo indebido, favoreciendo así la configuración de individuos y grupos en condiciones de reproducir la institución de la sociedad:

En el término imaginario social, lo imaginario remite a otro orden de sentido: ya no como imagen de, sino como capacidad imaginante, como invención o creación incesante social-histórica-psíquica, de figuras, formas, imágenes, en síntesis, producción de significaciones colectivas... (Reygadas, 2006)

De esta manera se producen narrativas que se repiten y se repiten en diferentes formas y en diferentes escalas, de tal manera que la retícula social, a través de la cual circulan esas narrativas, va configurando y destacando aspectos que puedan ser conocidos y preferidos subjetivamente, mientras que de manera simultánea se van proponiendo y haciendo públicas formas organizativas que puedan incluir o excluir las prácticas sociales valoradas o desvaloradas, relacionadas con dichas narrativas, instituyendo las significaciones, ofreciendo a la sociedad los intereses de un grupo como los intereses de toda la sociedad.

Un elemento importante a tener en cuenta en este análisis es el relacionado con las representaciones sociales, las que se localizan en el punto de intersección de imaginarios y comportamientos, entre los niveles micro y macro de la realidad.

La representación constituye un tejido conectivo entre comportamientos y cogniciones, entre sujeto y objeto, que surge en medio de esa articulación y, a su vez, la facilita.

Está claro que, frente a la argumentación un tanto positivista de Durkheim sobre los modos en que actúan las representaciones colectivas, Moscovici aporta una idea mucho más acabada, al ubicar al sujeto como productor de significados en el espacio de relaciones cotidianas en el cual se desenvuelve.

Ahora bien, el hecho de haber cambiado el término de representaciones colectivas a representaciones sociales no obedece solo a razones de originalidad epistemológica. El carácter social de las representaciones está dado, entre otras cosas, porque ellas permiten la producción de ciertos procesos humanos siendo además el resultado de esos mismos procesos. Así, por ejemplo, las comunicaciones sociales serían difícilmente posibles si no se desenvolvieran en el contexto de una serie, suficientemente amplia, de representaciones compartidas. (Ibáñez, 1988: 43).

Las representaciones son sociales porque son inseparables de los grupos y de los objetos de referencia.

Lo social interviene ahí de varias maneras: a través del contexto concreto en que se sitúan los individuos y los grupos; a través de la comunicación que se establece entre ellos; a través de los marcos de aprehensión que proporciona su bagaje cultural; a través de los códigos, valores e ideologías relacionados con las posiciones y pertenencias sociales específicas. (Jodelet, 1986: 473).

Cada representación está anclada a un grupo y a un objeto en específico a través de una dinámica semántica compleja. Algunos de los componentes de la representación pueden ser verbalizados, declarados en el discurso de los sujetos; otros permanecen ocultos e incluso pueden pasar desapercibidos para la propia persona acostumbrada a ellos.

Las representaciones sociales se manifiestan en un espacio discursivo, pero también expresan elementos de la subjetividad social que no se hacen explícitos en formas discursivas; adoptan otras formas que aparecen en el imaginario social, en las tradiciones, las creencias, etc, y que con frecuencia se mantienen como sentidos subjetivos, cuya expresión en los discursos que circulan y en la constitución de las representaciones sociales no es necesariamente idéntica. (González, 2002: 110).

Las representaciones son una forma de pensamiento natural informal, un tipo de saber empírico, que además se articula al interior de los grupos con una utilidad práctica, en esencia como una guía para la acción social de los sujetos, es decir, como un saber finalizado.

Así, el imaginario es un conjunto real y complejo de imágenes mentales, producidas socialmente a partir de herencias, creaciones y transferencias, relativamente conscientes, y que pueden presentarse en forma de producciones estéticas, literarias, morales, políticas, científicas y otras, así como de diferentes formas de memoria colectiva y prácticas sociales para sobrevivir y ser transmitido; configuraciones subjetivas que circulan en lo oculto de una sociedad, transmitiéndose de generación en generación, confiriendo sentido y significado a los individuos, grupos e instituciones, normalizando cánones, valores y modelos de conducta, así como mitos, dogmas, credos y rituales.

Es en este sentido que los mitos constituyen relatos basados en la tradición y la leyenda es creada para explicar el universo, el origen del mundo, los fenómenos naturales y cualquier acontecimiento para el que no hubo una explicación científica en determinada época; historias, reales o ficticias, que como forma de representaciones sociales, y como parte del imaginario social, son historias que se han transmitido generacionalmente.

La cultura tunera como la cubana, está influenciada por las inmigraciones de África, Europa, Asia y cualquier región del Caribe, ellos aportaron símbolos de su ideología y juntos conformaron lo que es hoy la nación cubana, fruto del mestizaje étnico-cultural-religioso.

Las Tunas: tierra de leyendas y tradiciones

En 1492, a la llegada de los españoles, el territorio de la estaba habitado por tres asentamientos aborígenes: Maniabón y Boyucá, al norte y Cueybá, al centro y sur.

La costumbre de adorar a la Virgen María, tuvo sus inicios en Las Tunas. La ermita de Ojeda viene a ser históricamente la segunda en los anales eclesiásticos; su construcción data de mediados de noviembre de 1509. Alonso de Ojeda, con en viaje a la Española naufraga, por lo que recala en Cuba, en la costa sur. Se dice que fue rechazado por algunas comunidades aborígenes, y como devoto de la Virgen prometió construirle una ermita allí donde fuera atendido. Al llegar al territorio tunero fue atendido por el cacique Cueybá y como recompensa de las atenciones recibidas le obsequió la imagen de la Virgen María y les enseñó a adorarla.

La historia religiosa en Las Tunas comienza en los primeros años del siglo XVIII. En 1707, se levantó la Ermita de San Jerónimo a solicitud del rico terrateniente Diego Clemente del Rivero. Se le denominó San Jerónimo en prueba de respeto al obispo que concedió el permiso para su creación, Don Jerónimo Valdés.

Las Tunas, como población, nace a mediados del siglo XVIII, junto al camino real central, en torno a la mencionada ermita, a la que acudían en las fechas religiosas los dispersos vecinos de esa área. A pesar de la resistencia de los grandes ganaderos, la Real Audiencia autorizó la fundación del poblado que por su posición central adquirió pronto importancia, pues de él partían caminos hacia Holguín, Bayamo y Puerto Padre.

El nombre primitivo fue Cueybá, su nombre actual lo tomó a consecuencia de un cubano riquísimo de aquella época, Jesús Gamboa, dueño de grandes fincas, llenas de reses y en una de las cuales había un vasto corral sembrado de matas de tuna brava o espinosa.

Con el transcurrir del tiempo, se hizo costumbre decir entre los vecinos “vamos al corral de las tunas”. Al preguntar por el mejor ganado de toda la región, los comerciantes solían decir “el de la hacienda de las tunas”; topónimo que se quedaría para denominar la región. (Marrero Zaldívar; 2006: 85)

Para las labores del azúcar se empleaba la inmigración española, cuyo asentamiento mayor fue en Manatí; árabes para el comercio, asiáticos para el trabajo en las centrífugas de los ingenios de todas las localidades tuneras. Los colombianos, mexicanos, dominicanos, armenios y moros, realizaron disímiles trabajos; estos dos últimos grupos, en su mayoría dueños de tiendas de víveres y otros accesorios. Todos de una u otra forma al cruzar sus razas con la local, aumentaron las raíces étnicas del tunero actual.

Ellos fueron los portadores de historias relacionadas con monstruos, héroes, reyes o simples campesinos de sus tierras natales que según contaban, habían visto luces en las madrugadas, siluetas fantasmales o escuchaban voces, cadenas arrastradas y otras que desaparecían en el silencio de la noche; a esas historias se les denomina leyenda.

El folklore campesino es uno de los mayores defensores de las historias míticas porque del campo salieron las primeras experiencias, fue de los arroyos cercanos a las fincas donde se comenzó a hablar de güijes. Así era la vida en Las Tunas hasta algunas décadas después del triunfo revolucionario cubano.

Hacia la década del 90 del siglo XX, la crisis económica manifestada en el país condujo al deterioro de los valores morales y políticos creados por la Revolución. Fue una década que sirvió como prueba de resistencia para el pueblo cubano; muchos continuaron leales a sus principios éticos, algunos decidieron abandonar la Isla y otros apelaron a la religión.

Es por ello que tanto el catolicismo, las Iglesias Protestantes, la Regla Ocha y todas la variantes del espiritismo, adquieren un mayor auge y gran número de seguidores y practicantes, no para responder a los fenómenos naturales como en los inicios de la humanidad; esta vez se busca la religión como refugio, como una salida a los problemas. Todas las religiones se convirtieron de una u otra forma en la justificación para evadir la situación de entonces.

Cada quien tomó las decisiones que consideró pertinentes para su bienestar. Muchas costumbres y tradiciones se quedaron con el tiempo en el pasado, también se hablaba menos de las historias que en otra época los atemorizaron y no se mantuvo la tradición de contarlas a su descendencia.

Así el oscurantismo y la mayoría de las supersticiones fueron disminuyendo con el paso de una generación a otra; las creencias en seres mitológicos o en las leyendas como narración oral, pierden en esa década terreno frente al cristianismo y al espiritismo que ganaron un espacio importante en la ideología de los cubanos y de los tuneros como partícipes del fenómeno religioso en ascenso dentro de la sociedad actual.

Otra de las causas que provoca la acelerada disminución en las creencias míticas, está dada por las inmigraciones dentro del mismo país, por el éxodo del campo hacia la ciudad y de algunos habitantes del resto de las provincias a la capital. Este proceso en cierta medida facilitó el intercambio cultural, pues el campesino y los habitantes de las pequeñas ciudades dejan a un lado muchos de sus hábitos, incluso transforman su lenguaje y pronunciación característicos a través de la imitación, interesados en ser aceptados y sentirse uno más del nuevo grupo social; así asumen modas, preferencias y costumbres en general de la nueva comunidad en que residen.

Esa situación conlleva a la pérdida de muchos de los elementos de su cultura identitaria; algunos repentistas se alejan de la décima y la improvisación. Lo mismo sucede con las creencias religiosas, el falso creyente va de una religión a otra sin un verdadero sentimiento de pertenencia.

Desde entonces los mitos y las leyendas han dejado de ser el centro de la vida para mantenerse en la memoria histórica de pequeñas colectividades humanas, especialmente en los más ancianos.

La ciudad de Las Tunas en la actualidad, cuenta con numerosas historias de güijes, fantasmas, apariciones y alguna que otra casa apartada que se considera embrujada; pero la leyenda emblemática de la ciudad es la del Caballo Blanco o Jinete sin cabeza como también se le conoce.

La leyenda del caballo blanco: su presencia en el imaginario tunero

Desde la época colonial, transmitida de forma oral, llegó hasta nuestros días la leyenda del indio sin cabeza o del caballo blanco. Se trata de una leyenda desconocida por los más jóvenes, tanto en la ciudad como en el campo, la conocimos de nuestros padres y abuelos, y se mantuvo en el imaginario tunero por varias generaciones.

Los más viejos contaban que los españoles realizaron una matanza de indios en Cueybá en la que fue decapitado el cacique, nada extraño ni fantasioso, pues es significativa en la historia de Cuba la matanza de indios en Caonao y aunque apenas nombrada, también se conoce de otra matanza en Maniabón; por tanto, se puede pensar que también pudo ocurrir en Cueybá.

Los viejos, contaban que desde ese momento comenzó a hacer su aparición en el territorio el caballo blanco y el indio sin cabeza. Era el cacique decapitado que vagaba clamando venganza por los indios que fueron asesinados por los españoles. Desde entonces la aparición se vinculó con desgracias y cualquier hecho lamentable que sucedía se relacionaba con el indio sin cabeza y el caballo blanco. Cualquier suceso violento, era precedido por la aparición del indio sin cabeza, aunque no eran estos hechos sangrientos los únicos que daban lugar a los comentarios sobre la aparición del temido caballo blanco.

El 12 de julio de 1945 los tuneros se estremecieron por el accidente ferroviario ocurrido cerca del aserrío que dejó un saldo de más de 20 muertos. Ante el hecho, los vecinos afirmaron que días antes había aparecido el caballo blanco.

El 19 de marzo de 1963, la ciudad es azotada por la más severa tormenta de granizos, la famosa granizada ocurrida en Cuba hasta ese momento, volaron techos, árboles y cayeron casas derrumbadas. Se dijo que el indio sin cabeza había aparecido días antes.

Ahora no solamente han cambiado la leyenda, sino que le fijaron la fecha de 1617 y que un indio estaba enamorado de una blanca, el padre se enteró y para acabar con los amoríos mandó a decapitar al indio y desde esa fecha corría un caballo blanco montado por un gallardo y erecto jinete sin cabeza presto a implantar justicia por su mano y dejar sobre la tierra cuanta testa española encontrara a su paso.

Puede ser hermosa, pero no es la leyenda que conocieran los abuelos y la que a las generaciones posteriores hizo sentir miedo por la noche y no levantar la vista si se escuchaba el trotar de un caballo. Es difícil, históricamente, que en 1617 viviera en Cueybá una joven blanca, bella y casadera. En la nueva leyenda se dice: Tras la imagen del blanco corcel se escondieron alevosías, asesinatos, fechorías y cuanta idea maligna puede cobijar el corazón de un hombre decidido a poner sangre por medio. Fue el parapeto perfecto para los buscadores del mal.

Lo cierto es que el tren descarrilado o la granizada del 63, no fueron alevosías, fechorías ni ideas malignas de hombre decididos a poner sangre por medio o buscadores del mal. La aparición era sinónimo de desgracias, no de asesinatos. La leyenda del indio sin cabeza y el caballo blanco, tal como la conocieran y transmitieran oralmente nuestros antepasados, pasó a formar parte de nuestra literatura cuando el poeta Oscar Vázquez Cruz la elaboró artísticamente, pero respetando su contenido.

Una encuesta aplicada a una representación de tuneros de diferentes edades y sectores poblacionales, dio como resultados más significativos los siguientes:

Existe un elevado desconocimiento por parte de los tuneros de menos de 35 años acerca de las leyendas que forman parte de la memoria del territorio (86,7 %) y especialmente de la leyenda del caballo blanco (77,8 %)

Los tuneros encuestados que manifestaron conocer esta leyenda, refieren haber sabido de su existencia fundamentalmente a través de los relatos de sus abuelos y padres (24,7 %) Este bajo por ciento evidencia que una de las razones por las que esta y otras leyendas han comenzado a desaparecer del imaginario tunero, es el hecho de haberse dejado de transmitir de generación en generación, una de las vías para el surgimiento y mantención de las leyendas en la cultura popular.

Es significativo que la presencia de esta y otras leyendas es muy escasa y rara en los medios de prensa y las obras artísticas (literatura, pintura, canciones y obras de teatro, entre otras)

En los talleres de reflexión realizados los criterios coinciden con la encuesta pues existen opiniones encontradas a partir del desconocimiento de estas leyendas por una buena parte de los participantes y el reconocimiento de la importancia de su rescate para preservar la memoria y cultura popular del territorio como componentes de nuestra identidad cultural.

Los estudiantes manifiestan su interés en conocer más acerca del tema y abogan porque en la escuela sea mayor la presencia de este y otros temas relacionados con la cultura popular.

Al respecto es opinión generalizada que en las clases de Historia de Cuba debe tenerse en cuenta que sean ficción o realidad, el relato de los hechos y el estudio de la vida de nuestros héroes deben estar acompañados de elementos que tienen que ver con nuestras tradiciones, algo que hoy está ausente de las clases de Historia en todos los niveles de enseñanza.

En este sentido es bueno recordar que una de las exigencias didácticas elaboradas por el Ministerio de Educación para trabajar el contenido histórico en clases es la de “asegurar mediante la historia local, el vínculo del contenido aprendizaje con la práctica social, al utilizar las vivencias de los alumnos, su realidad más próxima cultural, social y política”Investigaciones relacionadas con la temática han demostrado que en la práctica, en los diferentes niveles de enseñanza, a pesar de las potencialidades que el sistema de conocimientos de la asignatura posee para tratar temas relacionados con la cultura popular y las tradiciones, prevalece la espontaneidad, el voluntarismo, el positivismo y la improvisación.

Profesores de Historia del territorio entrevistados para este trabajo reconocen lo anterior y muestran su preocupación por lo que esto significa para la preservación de nuestra identidad cultural y con ello de la soberanía nacional.

Las personas mayores de 35 años recuerdan que en su época era muy común ver a abuelos y padres rodeados de sus descendientes contando historias y relatos, unas veces reales, otras veces no tanto, pero siempre relacionados con nuestra historia, costumbres y tradiciones, y en esas historias no dejaban de estar presentes las historias de güijes, aparecidos y otros fantasmas que formaban parte de las leyendas del territorio.

Los participantes coinciden en reconocer que los medios de comunicación tuneros deben prestar más atención a estos temas como vía para contribuir a preservar nuestra cultura popular y que la escuela debe asumir su papel en este sentido, único modo de evitar el “olvido generacional” que hoy se observa.

Las instituciones culturales del territorio deben asumir un papel de vanguardia en esta tarea, teniendo en cuenta las inmensas potencialidades con que cuentan.

A manera de resumen final, la leyenda del caballo blanco forma parte de la memoria histórica tunera y como tal, componente de su identidad cultural, pero técnicas aplicadas demuestran que hoy solo perdura en la memoria y el imaginario de las generaciones más viejas. A esto han contribuido, entre otros, los siguientes factores:

CONCLUSIONES

La cultura popular tradicional es lo que una sociedad ha creado, preservado y transmitido a lo largo de la historia a través de las relaciones sociales, mediante la narrativa oral, sumándole nuevos elementos acorde al desarrollo de la comunidad. Deja de existir cuando el protagonista deja de ser el pueblo; cuando deja de identificarse con la nación a la que pertenece.

La leyenda es una narración oral o escrita, con mayor o menor proporción de elementos imaginativos y que generalmente quiere hacerse pasar por verdadera o fundada en la verdad. Se transmite normalmente de generación en generación, casi siempre de forma oral, y con frecuencia son transformadas con elementos que suprimen, añaden o modifican.

Las leyendas nacen en historias populares que abarcan temas que abarcan los santos, los hombres lobo, aparecidos y otros seres fantásticos o recuerdos personales. Se diferencian de la historia formal en su estilo de presentación, énfasis y propósito. Se construye y nutre de acontecimientos que presumen tener un basamento objetivo, pues estos parten de hechos supuestamente ocurridos; y ese acontecer es creído tanto por los emisores como por los receptores. Su presencia en el imaginario social determina su permanencia en el tiempo.

La ciudad de Las Tunas en la actualidad, cuenta con numerosas historias de güijes, fantasmas, apariciones y alguna que otra casa apartada que se considera embrujada; pero la leyenda emblemática de la ciudad es la del Caballo Blanco o Jinete sin cabeza como también se le conoce. La misma es prácticamente desconocida en la actualidad y solo permanece en la memoria y el imaginario de las generaciones más viejas de tuneros.

BIBLIOGRAFÍA