Contribuciones a las Ciencias Sociales
Noviembre 2011

DIAGNOSTICAR LO INNOMBRABLE: LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER, CARACTERÍSTICAS, RETOS Y REFLEJOS.



Lisbet López Saavedra (CV)
Universidad de Cienfuegos, Cuba
llopezs@ucf.edu.cu


Resumen
Las relaciones de género y el fenómeno de la violencia, resultan, en las condiciones actuales uno de los temas más susceptibles de los que se ocupan las Ciencias Sociales contemporáneas. El acercamiento a esta manifestación de la dinámica social, ha centrado el análisis de diversos estudios que, como este intenta desmitificar los modos en que se revela en la vida cotidiana de un conjunto de mujeres reclusas, que aportan sus experiencias, la plataforma  sobre la cual se lleva a cabo esta investigación  que diagnostica este fenómeno, desde un enfoque de género.



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
López Saavedra, L.: "Diagnosticar lo innombrable: la violencia contra la mujer, características, retos y reflejos", en Contribuciones a las Ciencias Sociales, noviembre 2011, www.eumed.net/rev/cccss/15/

Introducción
El análisis de las relaciones de género, y en especial de la situación de las mujeres en la sociedad, ha sido un reclamo permanente en el quehacer de las Ciencias Sociales por los niveles de violencia alcanzados en los últimos años, aparejados a una serie de conquistas que, en materia de género, resultan armas de doble filo. Este estudio se centra en la realización de un diagnóstico participativo desde la perspectiva de la equidad de género para aterrizar en la realidad, la situación de violencia que sufren cotidianamente un grupo de mujeres. La investigación comienza con un recorrido por los antecedentes teóricos del fenómeno, realizando una conceptualización pertinente del mismo, en la que la mirada instaurada por la Sociología y sus principales representantes han jugado un papel determinante en la representación de la violencia como resultado de los hechos sociales dominados por la perspectiva patriarcal, destacando la presencia de los roles e identidades de género, como entes reproductores de la violencia entre los sexos, así como su cristalización en el sistema social, enfatizando en la importancia de la inclusión de la perspectiva de género en los análisis de la realidad y los hechos que ella incluye, sin pasar por alto la cuestión del sistema patriarcal, y la influencia del mismo en la gestación de los estereotipos, como fundamental logro de la teoría  huella feminista.
El trabajo se acerca a las realidades sociales comprendiendo que las mujeres, los hombres y las personas con otras orientaciones sexuales no han tenido sólo sexos biológicos, sino que han sido encasillados en patrones culturales construidos en sociedades históricamente concretas, que han asignado papeles determinados  a lo que significa ser mujer, ser hombre, ser gay, lesbiana o transexual, convirtiéndolos en víctimas o victimarios de la tradición patriarcal.
El mayor aporte de nuestro estudio reside precisamente en traer a la luz las experiencias de mujeres que han sufrido de los diversas manifestaciones de la cultura violenta, haciéndolas comprender su situación de desventaja y dotándolas de herramientas para combatirlas eficazmente en su reinserción en nuestra sociedad. El diagnóstico participativo entendido no como el fin en sí mismo, sino como parte de un proceso de mayores alcances, que pueda permitir transformar la situación social de las mujeres.
Desarrollo
El género es uno de los aspectos más polémicos en los debates de las Ciencias Sociales en la actualidad, por el desarrollo que ha tenido a partir del siglo XX, esencialmente como categoría de análisis. La división entre los sexos tiene su origen en la propia Comunidad Primitiva, basada en la división sexual del trabajo, con la que se le atribuyen a los hombres las actividades de caza, pesca, defensa, así eran asignados a las mujeres los espacios de los hogares, por su capacidad biológica de gestar y amamantar a sus hijos, considerándose imprescindible su presencia en este ámbito, además de tareas de recolección de alimentos y “de menos complejidad “.
La génesis de la noción de género, es relativamente novedosa, contraria a la de las diferencias entre mujeres y hombres, que es antiquísima a pesar de lo que pueda creerse, se remonta al siglo XVII, encontrando las primeras ideas de las que se tengan noticias en el pensamiento de Francois Poulain de la Barre, quien desde época tan temprana polemizaba con aquellos que proclamaban la inferioridad de las féminas en su relación con los hombres. Poulain de la Barre defiende la idea de que la desigualdad social entre unos y otros, no es resultado de las diferencias naturales, sino que reside en formulaciones que esgrimen la inferioridad social de la naturaleza femenina.
A pesar de los aportes realizados en este ámbito en el siglo XVII, es en el XVIII cuando se consolida la idea de que las diferencias entre hombre y mujeres es una construcción social, en pleno desarrollo de la Ilustración, uno de sus principales representantes Juan Jacobo Rousseau quien reafirma esta idea en su “Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombre” expresa que:…”constituyen una impugnación radical de la desigualdad social política y económica. Pero esta impugnación no es asumida solamente por lo varones; también las mujeres toman conciencia de su propia situación de opresión”
Con esto, Rousseau avisora una de las cuestiones centrales en cuanto a género se refiere, y es la propia conciencia de inferioridad creada en las mujeres por el medio social hostil hacia ellas. Junto a este autor, otras figuras de la época como D´Alembert, Condorcet, Madame de Lambert, entre otros, abogaron por la igualdad entre los sexos, enfrentándose a las retrógradas opiniones que sustentaban la inferioridad de las mujeres y la primacía inamovible de los hombres. En este período, la escritora feminista Mary Wollstonecraft, denuncia la presencia del pensamiento patriarcal en la obra de Rousseau, al describir la situación de las mujeres, pero sin denunciar las raíces del problema como resultado de la implantación del sistema patriarcal.
Ya en el siglo XIX, centuria de importantes luchas para las mujeres, tanto por el logro del sufragio universal como del reconocimiento social de su labor se acrecientan sentimientos de rechazo hacia la causa femenina por parte de autores relevantes como Hegel, Schopenhauer y Nietzche arremeten contra el derecho femenino ala participación activa en los espacios públicos concibiendo a   la mujer como objeto decorativo recluido a los ambientes privados por considerarlas incapaces para el enfrentamiento de otras tareas. Contrario a esto y apoyando el sufragio femenino, John, ,Stuart, Mill, con su libro  “ La sujeción de la mujer”, se adentra en el estudio de los mecanismos ideológicos que operan como prejuicios y contribuyen a la  consolidación de la idea de inferioridad femenina, en el marco de una sociedad netamente marcada por el patriarcado. Después de la consecución del logro de voto universal se apaciguan los ánimos feministas por la lucha  por la igualdad entre hombres y mujeres y no es hasta 1949, que Simone de Beauvoir presenta su libro “El segundo sexo”, lectura obligada para los interesados por los estudios de género. En el texto Beauvoir se aproxima a la conceptualización de dicho término cuando dice: …” No se nace mujer, se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que labora ese producto al que califica de femenino” .
La autora no considera que las causas básicas de la diferencias entre los sexos resida en la naturaleza, sino que la coloca fuera de ésta, como parte de la sociedad que en su dinámica ha reservado a las mujeres condiciones desventajosas antes los hombres, asignándoles las tareas “menos complejas” en el seno del todo social. Este texto deja una profunda huella en los movimientos feministas los que ya en la década del 70 radicalizan sus concepciones definitivamente. Se fortalece entonces la idea de que la jerarquización de los sexos, que coloca a los hombres como seres superiores ante la mujeres, tiene que ver con la división sexual del trabajo, punto de debate obligado para las feministas, que abogan por la igualdad entre los sexos y la liberación femenina, aportando una nueva manera de interpelar la realidad social, dotando a los teóricos del género de categorías que facilitan la comprensión de aspectos esenciales de esta realidad, ignorados hasta este momento que tienen una influencia notable en el aspecto social de la concepción de género que en este  punto incluye hasta matices culturales que permiten en el campo social la construcción de lo que significa ser hombre o mujer.
El concepto de género fue propuesto en 1955 por el investigador John Money bajo el término de “papel de género” utilizado por él para describir el conjunto de conductas atribuidas tanto a hombres como a mujeres. A pesar de este primer acercamiento no fue hasta 1968 que Robert Stoller estableció más claramente la diferencia conceptual entre sexo y género, al utilizar el concepto de identidad de género,  el que profundizaremos más  adelante. Llegados a este punto podría decirse que realizar la conceptualización del término género, es una de las más arduas tareas a llevar a cabo, por la variedad de acepciones que sobre éste pueden encontrarse. Este concepto ha sido utilizado, de varias maneras por algunos autores, al momento de realizar estudios demográficos o referidos al mercado laboral, sustituyen el término sexo por el de género, otros lo utilizan como sinónimo de mujeres, pero esta sustitución se emplea para sugerir que el estudio de las unas, implica el de los otros, siendo finalmente utilizado para designar las interrelaciones socialmente establecidas entre los sexos, pasando así a ser “… una forma de denotar las construcciones socioculturales de ideas sobre los estereotipos, roles e identidades asignadas a mujeres y hombres. El género es según esta acepción, una categoría social impuesta sobre un cuerpo sexuado.”  
Por tanto, este concepto es algo más que una categoría de análisis relacionar, pues le da cuerpo a una amplia teoría que reúne en sí un conjunto de conocimientos, íntimamente relacionados al género como elemento históricamente construido, sobre la base de interpretaciones, hipótesis y categorías afines; que contienen en sí fuertes cargas simbólicas que atribuyen significaciones al mismo. Dicho concepto es una herramienta eficaz para la comprensión, el análisis y la transformación de la fisonomía de las relaciones de poder entre hembras y varones. El género hace clara referencia a …”los roles, responsabilidades y oportunidades al hecho de ser hombre y ser mujer y a las relaciones socioculturales entre mujeres y hombres, niñas y niños. Estos atributos están socialmente construidos, que se aprehenden a través del proceso de socialización. Son específicos de cada cultura, siendo cambiantes a lo largo del tiempo, entre otras razones como resultado de la acción política.”   
Puede notarse entonces que al hablar de género como: ..” conjunto de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores sociales que las sociedades elaboran a partir de la diferencia  sexual anátomo- fisiológicas y que dan sentido a las relaciones entre personas sexuadas” que no resulta privativo a los hombres, sino que tiene en sí la incorporación de las temáticas femeninas; el género supone realizar un análisis de las relaciones entre lo masculino y lo femenino, como sujetos históricamente condicionados.
Tomar al género como rol sexual, significa en sentido amplio lo que es ser hombre y lo que es ser mujer, definiendo sus funciones social y culturalmente a modo de roles, responsabilidades y las interacciones entabladas entre los individuos.
Las diversas maneras en que puede conceptualizarse este término, nos ofrece los instrumentos necesarios para incidir transformadoramente en la comprensión de las masculinidades y femineidades en condiciones concretas bien definidas. Con esto se conforma lo que se conoce como perspectiva de género que proporciona los recursos para la comprensión de la complejidad que atraviesa las relaciones sociales, económicas, políticas y culturales establecidas entre hombres y mujeres, participando activamente en la construcción de una nueva forma social, donde las últimas ocupen el lugar que te corresponde verdaderamente. “ Desde esta perspectiva es posible comprender que las leyes, normas y mitos culturales expresados en diversos hechos sociales parcialmente existentes, hechos de las eras pasadas o hechos utópicos, que pasman necesidades y deseos de igualdad, reprimidos y subordinados.”
Un aspecto fundamental de la perspectiva de género es que busca superar el androcentrismo de la Ciencias Sociales que produjo la invisibilidad de la mujer en la historia. Permite descubrir el sexismo sustentado en nuestra sociedad occidental, sexismo que se manifiesta no tanto en la diferente distribución de actividades, sino en el menosprecio social y el poco prestigio otorgado a todo” lo femenino”,frente a una sobrevaloración de la figura y el quehacer del hombre, es decir de “lo masculino”
Esta perspectiva nos hace mirar la sociedad y su ordenamiento a partir de los intereses de los géneros oprimidos, formalizando un modelo teórico nuevo que recoge en sí la división del mundo y el trabajo permitiendo replantear las maneras de entender  y visualizar cuestiones fundamentales de la organización social, política y económica.
El género se nos presenta entonces como una categoría transversal a todos los ámbitos y niveles societales. A partir de esta idea es imprescindible pensar en la identidad de géneros, como punto central de las reivindicaciones llamadas a tener lugar en este terreno. Al referirnos a este aspecto tomamos a hombre y mujeres como sujetos individuales, que influenciados por determinadas coyunturas históricas toman conciencia de sí, al lograr diferenciarse de sus similares, permitiéndoles relacionarse con formas categoriales a fines a sus características particulares, desarrollando el sentido de pertenencia a grupos y estratos en el conjunto social en que pueden incidir con su acción.
La identidad no es vista desde esta perspectiva como un concepto privativo de la subjetividad individual, la que sin dudas juega un rol importante, también la colectividad contribuye a la formación de identidades a esta escala, construyendo sujetos reflexivos. Sobre la base de las identidades, no siempre elaboradas acertadamente, suelen ser construidos los roles de géneros, que encierran en sí un grupo de modos de comportamiento, previstos para uno u otro sexo desde concepciones  culturales de una sociedad dada. “A través del rol de género se prescribe como deben comportarse un hombre y una mujer en la familia, la sociedad, con respecto a su propio sexo, al sexo contrario, ante los hijos, incluidas en ella determinadas particularidades personológicas atribuidas y aceptadas para cada uno de los sexos, así como los límites en cuanto al modo de desarrollar, comprender y ejercer la sexualidad.” .
Los patrones socioculturales resultan determinantes para poner en práctica los roles genéricos que actúan bajo formas normativas y estructuradotas de la cotidianeidad, llegando al punto de ser tomadas como comportamientos naturales, que son así porque siempre lo han sido y no dan margen a la innovación individual. De manera que el proceso de transmisión de estos roles reviste una especial importancia para la construcción de las identidades de género que acrecientan el sentido de pertenencia a grupos sociales que tienen que ver con las orientaciones de género y sexuales  al tener en cuenta a grupos de gays, lesbianas, transexuales, que vienen a complejizar el  entendimiento de lo que es hoy género. Las representaciones ideológicas y sociales de los géneros impone límites al crecimiento personal de hombres y mujeres, al diseñarles subjetividades contrapuestas en esencia y excluyente entre sí. Es necesario entonces promover nuevos puntos de vistas tanto de los roles y las identidades genéricas. En definitiva, la identidad de género puede resumirse en :” la conciencia y el sentimiento íntimo de ser hombre, mujer, masculino, femenino a ambivalente, que constituye el proceso jerárquicamente esencial activadora de los resultantes, en tanto la persona estructura, su sexualidad a partir de la manera en que vivencia, como parte de su identidad total el hecho de pertenecer a un sexo determinado, y esto lo motiva a identificarse de manera peculiar y personalizada con los modelos genéricos que dicta la sociedad en la cual se inserta”
Igualmente al conceptualizar el rol de género debemos comprender que es “la expresión pública de la identidad asumida mediante el desempeño de diversos papeles en la vida sexual (padre, madre, amiga, amigo, etc,) por lo que se manifiesta de una manera peculiar donde el individuo interpreta, construye y expresa en su conducta cotidiana los modelos genéricos que para su sexo establece la sociedad en que vive.”
Una vez más la contextualización sociohistórica incide decisivamente en los modos de manifestarse las relaciones entre hombre y mujeres al momento de asumir los roles asignados a cada uno. Los estudios de género suponen entonces una redefinición en los modos de hacer ciencias, sobre todo la Sociología, que ha de preocuparse por desentrañar los mecanismos del poder patriarcal, para cambiar los vetustos discursos que pretendían legitimar el dominio ejercido por los hombres sobre las mujeres.
En específico, la Sociología del género, nacida en el marco de la segunda ola feminista, sobre de la base de la cual, varios sociólogos y sociólogas asumen como variable central al género para explicar las interacciones y la conformación de estructuras sociales, refinando el carácter cualitativo e interdependiente de las relaciones entre mujeres y hombres en el todo social.
Las formulaciones teóricas referidas al género pueden agruparse en 3 modelos principales; allí se encuentran las teorías de las diferencias de género, las teorías referidas a la desigualdad entre los géneros, y las que se ocupan del estudio de la opresión genérica, desarrolladas todas en el seno del feminismo.   
Las teorías que abordan las diferencias de género, puede decirse que representan la minoría en los estudios feministas en la actualidad, mirado de varias aristas, este puede resultar uno de de los enfoques mas utilizados desde la Sociología, pues presentan a las variables sexo y género como puntos centrales. El aspecto esencial de esta propuesta se refiere a las diferencias psíquicas entre hombres y mujeres, que contribuye a que las concepciones de unos y otros sean sustancialmente diferentes. “Las mujeres tienen una visión distinta y dan una importancia diferente a la construcción social de la realidad porque difieren de los hombres fundamentalmente a lo tocante a sus valores e intereses básicos, a sus modos de hacer juicios de valor, (…) a su sentido de identidad y a sus procesos generales de conciencia e individualidad”    
Este enfoque analiza los modos de comportamiento social de las mujeres, para acentuar sus diferencias con los hombres, teniendo en cuenta todas las etapas del desarrollo humano de éstas, haciendo notar que desde niñas, los modelos de crianza, educación, diversión, patrones de relaciones con su entorno e incluso en su relación con sus hijos varía de una a otro género.
Las explicaciones de las diferencias entre géneros, basada en los elementos biológicos, son características de posiciones conservadoras respecto a la temática, al establecer que las diferencias anatómicas determinan las conductas de los individuos en el campo social. De otro lado, las instituciones también marcan pautas diferenciales entre sexos, partiendo de la maternidad como principal desemejanza entre ellos, por lo que vinculan a la mujer a la vida privada, el hogar, la familia, asignándole el rol de madre, esposa, ama de casa, dejando para el hombre la condición de cabeza de familia, sustentador económico del hogar y protector del ámbito familiar. Con esto las femineidades y masculinidades se construyen bajo diferentes visiones del mundo, experiencias vitales y metas. En este sentido, las raíces de las  diferencias intergenéricas residen en las funciones institucionales, los patrones culturales de cada sociedad y la utilización de manera distintiva de los códigos sociolingüísticos en las escuelas, familias y otros entornos sociales contribuyen a la acentuación de las desemejanzas entre los sexos.
Las teorías de las desigualdades entre los géneros, se ocupan por demostrar que la posición social de las mujeres es menos privilegiada que la de los hombres, están basadas en 4aspectos que pueden resumirse en: …” que la sociedad donde se encuentran hombres y mujeres son situados de manera no sólo diferente, sino también desigual. En concreto, las mujeres tiene menos recursos materiales, status social, poder y oportunidades para la autorrealización que los hombres de idéntica posición social, ya se base esa posición en la clase, la raza, la ocupación, la etnicidad, la religión, la educación, la nacionalidad o cualquier otro factor socialmente relevante. Segundo esta desigualdad procede de la misma organización de la sociedad, no de ninguna diferencia biológica o de personalidad entre los hombres y las mujeres. El tercer tema de cualquier teoría de la desigualdad es que aunque los seres humanos pueden variar en lo tocante a su perfil de capacidades y rasgos, ningún modelo de variación natural relevante distingue a los sexos: (…) todas las teorías de la desigualdad suponen que tanto los hombres como las mujeres responderán mejor ante estructuras y situaciones sociales más igualitarias.”    
Esta vertiente teórica considera que es posible subvertir la situación de los géneros, distinguiendo de  a sus propuestas de otras, al considerar que sea cual sea la raíz causante de esas diferencias, se encuentran sustentadas en el imaginario colectivo,<por lo que para que cambie, es necesario transformar las representaciones genéricas. Las ideas que abordan las desigualdades, aunque encuentran puntos de contacto con otras formulaciones, varían entre algunas corrientes del pensamiento feminista, en sus versiones marxistas, liberal, entre otras.
Entretanto, las teorías de opresión de género, presentan la situación de las mujeres en el conjunto social, como resultado directo de una particular forma de organización social, que da origen y reproduce la subordinación, opresión y explotación, ejercida sobre éstas por los hombres. Esta premisa da cuerpo a la teoría del patriarcado, elaborada por las feministas que: …”no sólo expresa las nuevas propuestas del movimiento feminista de los años ´60, sino que incorpora la experiencia histórica acumulada por la lucha de las mujeres (…) la teoría sobra el patriarcado, se convirtió, de este modo, también una propuesta para las Ciencias Sociales que no habían sido ajenas a los rasgos culturales patriarcales característicos de nuestras sociedades. Hasta ese momento, las investigaciones sociológicas, económicas, históricas, políticas y psicológicas sobre las mujeres se habían realizado a partir de enfoques teóricos que presentaban ciertos sesgos.”
Las teorías reunidas en esta vertiente, conciben al patriarcado como un sistema en el que las mujeres son sometidas por los hombres universalmente, en el que las primeras aprehenden y los segundos utilizan la subordinación genérica.
Las feministas radicales insisten en que el patriarcado puede destruirse, si se comienza por la reconstrucción básica de la conciencia de hombres y mujeres, de manera que cada uno de los individuos reconozca su propio valor y fuerza, rechazando efectivamente las presiones ejercidas por los patrones patriarcales socialmente establecidos, que han logrado a lo largo del devenir histórico que las féminas se consideren a sí mismas como seres débiles y extremadamente dependientes de las figuras masculinas, ocupando posiciones secundarias, es necesario entonces establecer lazos cooperativos entre los sexos en aras de su fortalecimiento, sin reparar en sus diferencias, promoviendo la defensa mutua.
Los estudios de género han abierto un nuevo campo de análisis para los científicos sociales, más que nada por su recurrencia en los fenómenos sociales, para su correcta comprensión. La cultura patriarcal tiende a presentar como violencia a combatir por  sus visibles  consecuencias solo a la agresión física, que, por poder conducir a la muerte tiene una connotación social diferente y por tanto, es sancionado en el ámbito social. Sin embargo, las consecuencias de las acciones violentas, sean de naturaleza psíquica o sexual son en cualquier caso de iguales magnitudes, pero sin tener las mismas sanciones que las de primer tipo, siendo invisibilizadas en el entorno social, por esto más eficaces y utilizadas en las prácticas patriarcales aprehendidas tanto por hombres como mujeres, incluyendo en sí la descalificación, humillación, amenazas, menosprecio, silencios desconocedores, burlas o devaluación, a las féminas y a todo comportamiento que rompa con los estereotipos patriarcales, los que no entrañan menor violencia que los ataques físicos y ocasionan daños irreparables en la personalidad y la salud de la mujer, así como grupos de diversidad sexual.
Contrario a lo que pueda pensarse al momento de desmontar y desmitificar las relaciones entre hombres y mujeres, lo que se conoce como “ciclo de la violencia”  no se instala en la relación de pareja de manera fortuita. Es sencillamente, resultado de un proceso sociohistórico de legitimación del poder masculino vertiginoso, de continua y profunda enajenación ideológica femenina, que la convierte en un ente totalmente subordinado al poder masculino, expropiándole su subjetividad.
El objetivo central de nuestro trabajo es la aproximación al análisis del fenómeno de la violencia contra la mujer en el marco de las relaciones de pareja con enfoque de género, desde una perspectiva objetiva que requiere la comprensión de un fenómeno tan complejo como este. Sin embargo, el reto se erige al abordar un aspecto que en la realidad social está tan internalizado y por tanto, es tan difícil de combatir, como empeño de las Ciencias Sociales.
En este estudio se hace hincapié en el análisis de la violencia contra la mujer por parte de su compañero o ex-compañero sexual, en cualquiera de sus manifestaciones, como suceso muy frecuente actualmente, no por ser un tema reciente, sino porque hoy han comenzado a desmontarse los mecanismos que hacen de sus diversas manifestaciones cada vez más sutiles, eficaces y de mayores consecuencias sociales. A pesar de que se ha avanzado discretamente en la teorización de este fenómeno, el desarrollo del sentido práctico de estas formulaciones todavía está muy lejos de alcanzarse.  Como se ha dicho antes sólo hasta 1970 se lanzaron campañas para luchar contra la sujeción femenina, todo este auge ganado  con el renacer del movimiento feminista en la década de los 60, fundamentalmente  en Europa y en América del Norte.
Hoy día la violencia contra la mujer se ha reconocido en los organismos internacionales como problema a escala mundial que obstaculiza el desarrollo y la paz. La introducción del tema en la agenda internacional (conferencia mundial del Año Internacional de la Mujer en 1975 en Ciudad México aunque no hizo hincapié en la violencia contra la mujer en la familia, adoptó un plan mundial de acción para que las mujeres disfrutaran de iguales derechos, oportunidades y responsabilidades y contribuyeran al proceso de desarrollo en pie de igualdad con los hombres. ; 1980 en la Conferencia Mundial del Decenio de las Naciones Unidas para la mujer : Igualdad, Desarrollo y Paz, celebrada en Copenhague que declaró que la violencia en el hogar era un problema complejo y constituía un delito intolerable contra la dignidad del ser humano, entre otros espacios de sesiones en diversos organismos internacionales) ha permitido, apenas, visualizar la punta del iceberg de la victimización femenina en el hogar todavía oculta, invisibilizada tras el velo de las tradiciones de la vida privada familiar, que no admite la corrección externa, para cambiar la dicotomía ser y deber ser.
Entre1984 y 1985, se realizan ingentes esfuerzos en esta temática, en especial en la Conferencia Mundial de Nairobi para el Examen y la Evaluación de los Logros del Decenio de la Naciones Unidas para la Mujer: Igualdad, Desarrollo y Paz, y el Séptimo Congreso de las Naciones Unidas sobre Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente, que tuvieron lugar en 1985. En Nairobi se reconoció la violencia contra la mujer como un tema complejo y un obstáculo para el logro de la paz y de los demás objetivos del Decenio de la ONU para la mujer: la igualdad y el desarrollo.
Otro importante avance fue la aprobación por la Asamblea General de las Naciones Unidas de la resolución 40/36 de 29 de noviembre de 1985 sobre la violencia en el hogar, resolución que basada en una acción multidisciplinaria, combatía el problema e instaba a que se introdujeran medidas criminológicas específicas para lograr una respuesta equitativa y humana de los sistemas de justicia a la victimización de la mujer en la familia. En otros espacios de reflexión se han examinado  cuestiones medulares sobre esta problemática profundizando en la naturaleza, causas y  efectos que sobre  las víctimas produce. Evaluando los métodos de intervención más eficaces para acabar con los vestigios violentos en las vidas de las mujeres.
Otro hito importante en este empeño fue la aprobación el 1ro de diciembre de 1993 por la Asamblea General de las Naciones Unidas la Declaración sobre la eliminación de la Violencia contra la mujer. Uno de los  aspectos más relevantes de la Declaración es que amplía el concepto de violencia contra la mujer, así como las recomendaciones de los Estatutos orientadas a neutralizar la impunidad existente y a restar validez a pretextos y justificaciones de situaciones violentas contra las mujeres.
La IV Cumbre Mundial de las Naciones Unidas sobre las mujeres que se celebró en Beijing, China, en septiembre de 1995 aprobó la Plataforma para la Acción; que logró  comprometer a los gobiernos, organismos nacionales e instituciones  internacionales y  exhorta a los agentes sociales, las organizaciones no gubernamentales  y el sector privado a que presten su decidido apoyo a las medidas diseñadas en el mismo, enfatizando en que los derechos de las  mujeres y las niñas son una parte inalienable, integral e indivisible de los derechos humanos universales.
Análisis de los Resultados.
Este estudio se centra en el diagnóstico participativo de violencia desde la perspectiva de género, en el que las relaciones entre hombres y mujeres son abordadas, con el apoyo de participación grupa! y con la presencia de facilitadores que apoyan al grupo a autodescubrirse y a aclararse mutuamente las dudas e inquietudes que surgen en el proceso.
En este caso, el grupo al que se refiere nuestra investigación está compuesto por 20 mujeres de entre 20 y 40 años, que tienen la peculiaridad de encontrarse recluidas en un centro penitenciario (conocido en el territorio como Las Tecas) que se especializa en rehabilitar a mujeres que, como parte de las circunstancias de la Cuba de después de los 90, hallaron en la prostitución (en el cubanizado jineterismo) una de las vías más eficaces a salir de las vicisitudes  económicas, que padecían sin esforzarse. En la actualidad, estas mujeres cumplen sanciones en esta institución realizando trabajos fuera de la misma, así como insertadas en programas de superación educacional, que garantiza la misma. De esto se desprende que son mujeres con historias de vidas muy impresionantes, con un largo y desgarrador historial de violencia en todas sus facetas, en los que han sido socializadas, los que reconocen como elementos cotidianos de sus existencias. Como parte de su inserción en la sociedad, estas mujeres son parte de un grupo diana a los que atiende la Universidad de Cienfuegos en un Proyecto Comunitario, en aras de elevar su calidad de vida. Por la peculiares características del conjunto, de sus experiencias vitales, es este el grupo que se elige para llevar a cabo el diagnóstico participativo que hace hincapié en la equidad de género, como manera de hacerlas personas capaces de reconocer y por tanto enfrentar las diversas maneras de presentarse la violencia. Para esto, el diagnóstico se basa en primera instancia, en la aplicación de un cuestionario que permite acceder a las necesidades, percepciones y experiencias vivenciadas por este grupo, adaptado a un ambiente enteramente dominado por el poder masculino. De este modo, el cúmulo de información lograda servirá para reflejar cuales son las principales tendencias grupales, con respecto a los eventos vitales que son percibidos o no como violentos. Esto permitirá presentar cual es la realidad de un pequeño segmento poblacional, que hablará de los alcances y retos que le quedan a nuestra sociedad para ser más equitativa en materia de género. 
A continuación, se exponen los principales resultados obtenidos en el transcurso de la investigación:
Las mujeres encuestadas consideran en su mayoría que la labor de crianza de los hijos, es totalmente responsabilidad de las madres, donde los hombres juegan un rol secundario y por tanto de menor importancia desde el punto de vista formativo de la descendencia. Lo que continúa situando a la mujer en desventaja dentro del seno familiar, lo que las féminas reconocen como su espacio “natural” de realización como individuos, que coloca toda actividad fuera del espacio doméstico y privado como de segundo orden. El mecanismo de reproducción patriarcal se nota nítidamente cuando consideran que son mejores criando a sus hijos y lo reconocen como un elemento netamente instintivo, propio de la naturaleza femenina, siendo este uno de los elementos más efectivos en la reafirmación de la naturalización de la violencia subjetiva de la mujer, vista como única responsable del desarrollo integral de los miembros de la familia, que la condena a dejar atrás sus aspiraciones para  llenar su rol de madre, abuela o hija. La investigación confirma que la reproducción de los estereotipos de la cultura patriarcal en las mujeres  continúan utilizando las diferencias biológicas para enmascarar las diferencias que fomenta esta cultura, con lo que las opiniones del grupo estudiado considera a los hombres como seres racionales y las mujeres como seres afectivos; como uno de los principales méritos de la violenta ideología masculina, que se vale de este recurso para afianzarse  como  la dominante, que certeramente modela las concepciones de la estructura familiar, de modo tal que la mujer lleve la peor  parte, siendo este un aspecto arraigado en el imaginario social como tradición sociocultural históricamente determinada. Esto tiene una fuerte expresión en la construcción social de la sexualidad de ambos sexos; desde esta perspectiva reconocida por  más de las mitad de las encuestadas, se considera al hombre con más necesidades sexuales, lo que sirve de respuesta a los comportamientos promiscuos, mejor aceptados en la sociedad, como parta de su naturaleza, y si se quiere, como parte de su plena realización como hombres. En el caso de estas mujeres, que en su totalidad cumplen sentencias legales por la práctica de la prostitución, consideran y es un elemento que claramente reflejan las estadísticas a nivel nacional e internacional que no se juzgan igualmente los hombres dedicados en los últimos años al catalogado “trabajo sexual”  ni en cantidad ni magnitud de las sanciones recibidas, sin hablar de la estigmatización  social de las que son blanco, a pesar del proceso de reinserción de las que son objeto. La consideración de cómo debe ser la vida sexual de la mujer es otro modo de violentar la libre expresión de este aspecto, que, sin lugar a dudas, intenta reducir a la mínima expresión los espacios de preponderancia femenina, lo que tiene serias repercusiones en los aspectos personológicos de las mujeres, transmitidos eficazmente en el “código genético social” de estas, que pasa totalmente desapercibido  en los ideales de parejas, concordando con los roles y las identidades genéricas  socialmente construidos.
Sin embargo, es curioso que a pesar de las concepciones que se han planteado en los aspectos familiares y sexuales, en cuanto al aspecto económico, los resultados del instrumento  arrojan que la tendencia es no aceptar la idea de que la responsabilidad económica es exclusivamente  masculina, hablando de un cambio importante en la percepción del rol instrumental del hombre en el patriarcado, lo que está a tono con los cambios sucedidos en el seno de nuestra sociedad, que han cambiado efectivamente la idea de que la mujer debe estar presente sólo en el espacio privado, lo que se muestra en la plena inserción de la mujer cubana a partir del 1959, con más fuerza en el ámbito público, reconociendo que este cambio radical, si bien ha sorteado varios obstáculos ha alcanzado hasta los segmentos más marginados de nuestra sociedad.
En cuanto al aspecto del cuidado, la prevención de infecciones de transmisión sexual, así como de embarazos, continúa siendo vista esta como responsabilidad única de las mujeres, lo que habla de la baja percepción de riesgo de los hombres en este sentido, que al detentar el poder  designan los roles que juegan en  las relaciones sexuales y por tanto, las atribuciones que tienen en la planificación familiar como un asunto que se les presenta totalmente ajeno, mostrando la persistencia de concepciones arcaicas en este sentido. Por otra parte, la totalidad de las opiniones sostiene la idea de que una pareja no puede funcionar cuando el hombre permanece en la casa y la mujer trabaja fuera, presentando la complejidad del fenómeno, que por un lado avanza y por otro retrocede, de acuerdo con lo dicho anteriormente, este tipo de hombre que permanece en el hogar no concuerda con el naturalizado estereotipo del hombre proveedor, que resulta la máxima aspiración  de las mujeres socializadas en el patriarcado, las que, a pesar de ser independientes económicamente buscan hombres, que cumplan eficientemente con su rol de protector , que las “represente “ ante la sociedad, como su mejor carta de presentación , dejándolas siempre en un segundo plano, sin la capacidad de valerse por sí misma y presentarse en el ámbito social como un sujeto pleno.
Las concepciones estereotipadas de los principales elementos constitutivos de la representación de la mujer, como individuo que procrea, cría , alimenta, cuida a su descendencia, incide en que la mayoría de las opiniones se inclina a pensar que una mujer sin hijos no puede estar completamente realizada, sobre todo si lo pospone en aras de crecer en su trabajo, pues incumple uno de los parámetros principales con los que debe cumplir una mujer si quiere ser completa, desde la mirada patriarcal, que designa incluso la edad en que deben ser madres, esto ha hecho a las mujeres presas de esta presión social, que tiene  consecuencias en la autoestima de las que por algún motivo está imposibilitada de tener descendencia a buscar mecanismos disímiles para romper este obstáculo. La violencia de género, como principal arma de la ideología patriarcal, ha designado históricamente al hombre como cabeza de familia, tendencia que consideran las encuestadas como errada, como resultado, entre otros aspectos, de la nuclearización de las familias, donde predomina la presencia monoparental, ha cambiado esta concepción probando que las mujeres son tan o más capaces que los hombres  de llevar las riendas de un hogar, lo que ha encontrado en nuestra realidad un ejemplo insoslayable. Lo que ha popularizado en el imaginario de nuestra sociedad la representación de que las mujeres son resistentes a las enfermedades y buenas organizadoras de la vida familiar, lo que es un paso de avance, que en otras latitudes, es sencillamente una utopía.
Las diversas olas feministas y las teorías que defienden, se han adelantado a los acontecimientos sociales en materia de desarrollo de la posición social de las mujeres, que lamentablemente no van de la mano de los hechos sociales ni de la evolución de los contextos, lo que se muestra en el amplio dominio que tienen las mujeres de sus derechos y deberes, que en la práctica no tienen referentes en la realidad cotidiana de las féminas. Por ejemplo, el instrumento empleado en este diagnóstico presenta como las mujeres no consideran necesario la remuneración del trabajo doméstico, pues lo toman como parte de su deber, aunque reconocen el gran esfuerzo que reviste la doble jornada, este aspecto muestra lo enraizado e invisibilizado del fenómeno de la violencia entre los roles genéricos, que deben ser desmontados y representados en una realidad que demanda la equidad de género como parte de la justicia social. La división de roles se evidencia en el intercambio con el grupo, con experiencias vitales complejas, donde fueron utilizadas como objetos sexuales, en muchos casos por sus propias parejas que en muchos casos hacían las veces de proxenetas, donde ellas se prostituían y ellos recogían las “ganancias del negocio”. Por esta razón, estas mujeres delimitan la existencia de espacios laborales especializados (labores técnicas para ellos, mientras trabajos relacionados a la educación y salud para mujeres en la generalidad) tanto para mujeres como para hombres, con barreras infranqueables que, en ocasiones no permiten su intercambio, por lo entronizado de los comportamientos socialmente esperados para hombres y mujeres. A pesar de lo complejo del tema, se reconoce por el grupo la capacidad de tomar decisiones tanto mujeres como hombres, tomando como punto de partida indispensable los logros  sociales alcanzados, los esfuerzos gubernamentales y las políticas sociales de género como pasos de avances hacia el logro de la equidad. La representación de la mujer como se r pacífico no es , para el grupo de referencia una verdad absoluta, para lo que se apoyan en los recursos que han debido emplear para no perder del todo el control en sus vidas, siendo la agresividad en algunos de los momentos más críticos de sus existencias, el mejor mecanismo de defensa con que cuentan, lo que da muestras de la evolución de las maneras de percibir su identidad de género, cualitativamente diferentes a décadas anteriores. Con esto, no se percibe que haya grandes diferencias en la disponibilidad de las mujeres, pues se considera que las diferencias biológicas no entrañan grandes dificultades para el buen desempeño de las féminas como trabajadoras, amén de las dificultades en el cuidado de los hijos, mayores enfermos, que sin discusión es evidencia del eterno rol de cuidadora, tomado como labor de las madres trabajadoras exclusivamente, otro de los lastres, como se ha visto de la tradición patriarcal, de la que no se logran desembarazar las mujeres, por diversas que sean sus experiencias vitales. Esta concepción repercute en tomar a las mujeres como responsables de atesorar riquezas, al no ser vistas  como seres confiables, incapaces de romper las reglas, lo que reproduce arbitrariamente otros estereotipos patriarcales. A pesar de esto, el grupo considera que las mujeres con hijos pequeños no están imposibilitadas de participar activamente en el ámbito social, pues han sido socializadas en contextos donde la figura femenina ha logrado cierto empoderamiento en la vida pública, que no se ha revertido en un cambio al interior del núcleo familiar.
El poderío masculino de las instituciones sociales y públicas resulta innegable por las encuestadas como un fenómeno atribuido a la capacidad masculina de dirigir los procesos en estos espacios, pero estas mujeres que han vivenciado experiencias insospechadas advierten que no existen elementos reales, fuera de la construcción de la idea de lo  femenino desde la óptica patriarcal que refuten la capacidad de las mujeres para liderar en otros espacios públicos, más allá de los trabajos preconcebidos como de maestras, enfermeras, relacionistas públicas que responden , sin dudas, alejados del poder que detenta el patriarcado, a las imágenes de los roles y funciones familiares que “normalmente” se les asignan, son aceptados como los indicados para realizarse como profesionales, a los que estás mujeres renunciaron para convertirse en meros objetos sexuales, como la porción más sórdida de la conocida división sexual del trabajo que discrimina y relega a las féminas a segundos planos. La mirada de la figura femenina como soporte de sus parejas masculinas cuando ocupan posiciones de poder es otro cliché de los que se ha valido la cultura masculina para frenar el pleno desarrollo en el ámbito público de las mujeres, como modo de perpetuar su preponderancia social, lo que niega el grupo como elemento necesario al entablar una relación de pareja.
Cuando se le aplica el grupo una serie de preguntas del Test de Detección del Maltrato,  fácilmente se denota la serie de tabúes que operan en la subjetividad femenina, que resaltan la eficacia de los llamados micromachismos, que presentan como elementos de la vida cotidiana los constantes sucesos violentos de los que es víctima el sexo femenino por los integrantes del género opuesto. Vale aclarar que cada uno los elementos por lo que se le interroga no son reconocidos como violentos, a no ser que impliquen daños físicos. Por ejemplo, todas las encuestadas reconocen que en algún momento sus parejas se muestran celosos, acusándolas de ser infiel, utilizando a su favor este aspecto para situarlas en desventaja ante ellos y lograr que en muchos casos se iniciaran en el mundo de la prostitución, logrando desacreditarlas frente a sus familias en ocasiones, según reconocen, como un método para afianzar su capacidad de dominio sobre ellas. Aunque admiten que sus relaciones no se han erigido obstáculos para estudiar, es válido aclarar que este grupo, en términos generales no ha tenido un progreso educativo significativo, por su propia situación social de desarrollo, de fuerte tradición patriarcal. Es curioso que en cuanto al aspecto económico, las encuestadas admiten que sus parejas no controla sus gastos, cuestión que obviamente lleva intrínsecamente un sesgo, pues al realizar el tipo de actividad, es obvio que las figuras masculinas controlaban el uso de los recursos financieros que ingresaban. Estas mujeres, se autorreconocen como independientes en sus vidas y como individuos, dicen que en ocasiones  sus parejas le producen miedo, siendo la primer manera de violencia que reconocen como tal, por el nivel de percepción que experimentan las víctimas. Sin embargo, desautorizarlas en frente se sus familiares, lo ven como parte del papel de sus parejas en el ámbito familiar como cabezas de familia, amén del tipo de relación que los unen, al igual en el plano de la vida sexual, campo en el que no reconocen ser violentadas , aunque admitan que en ocasiones son forzadas a tener contactos sexuales, con lo que creen que sólo satisfacen las “necesidades masculinas”. Las contradicciones en las respuestas en lo que es tomado como violencia o no, el grupo plantea no haber sido golpeadas por sus parejas, lo que es de esperar en una cultura machista, que impone silencio sobre los actos violentos que ocurren en el espacio privado. 
Analizando en general, el diagnóstico arroja resultados que presentan la realidad de las mujeres en una sociedad como la nuestra, desde la perspectiva de un grupo de mujeres que tiene características particulares, lo que no quiere decir que su percepción del fenómeno sea diferente que la del resto de las mujeres, criterios donde son evidentes adelantos y retrocesos en materia de relaciones intergenéricas de una manera fidedigna, que nos permite desmontar y comprender los mecanismos empleados por la cultura patriarcal para dominar las interacciones entre los representantes de ambos sexos. Se plantea entonces, una disyuntiva que prueba la eficacia de la dominación masculina que se perpetúa en un entorno social en el que, contradictoriamente, ha favorecido el desarrollo de las mujeres y su plena inserción en el ámbito público, que alcanza dimensiones en las manifestaciones lingüísticas, audiovisuales, teóricas, políticas e ideológicas que componen en el universo social. Desde el primer contacto con la muestra con que se trabaja se ha visto este  diagnóstico participativo como la primera etapa de un amplio proceso interactivo de trabajo, que tiene como principal objetivo, además de conocer el nivel de conocimientos en el tema de la violencia de género, su fin último es lograr la transformación los modos de participación de estas mujeres en el entorno social, haciéndolas capaces de visibilizar, analizar y tomar consciencia de las diversas formas en que e sus vidas la inequidad se manifiesta.
Conclusiones
La realización de este diagnóstico como paso previo y necesario para operar cambios fructíferos en los modos en que son percibidas las relaciones de género, da la posibilidad de romper primero con una serie de barreras ideológicas,  las que otro momento no habría la posibilidad de ni siquiera cuestionar desde una perspectiva que defiende la idea de la plena igualdad entre hombres y mujeres. El hecho de que el grupo al que se le pidió su colaboración estuvo dispuesto a brindar sus experiencias, ha polemizar sobre este tema, a pesar de encontrarse en una situación excepcional de reclusión en una institución penitenciaria, es indicio de que el aún débil resquebrajamiento de la ideología patriarcal ha comenzado a tener un eminente cambio en la percepción de sus principales víctimas: las mujeres. Como se puede apreciar en el análisis que se realiza de las experiencias recopiladas es evidente que a pesar de que se dan pasos hacia la comprensión de la situación de maltrato constante a las mujeres todavía quedan elementos de vanguardia como la comprensión de la mujer como ente capaz de legitimarse como figura con la suficiente fuerza para imponerse en la sociedad, desarrollando sus potencialidades más allá de su tradicional rol de cuidadora, ya sea como madre u otro, son algunas de las asignaturas que quedan pendientes en la continuidad de este proceso de “tratamiento”, que profundiza en la transformación de la mentalidad patriarcal de este grupo. Sin dudas, es esta  batalla que sólo comienza, donde la desmitificación de los “tipos ideales masculinos”, tendrá como consecuencia lógica la modificación del ideal de mujer en nuestra sociedad.

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