Contribuciones a las Ciencias Sociales
Noviembre 2011

¿TEORÍA DEL ARTE EN EL CARIBE? EL PENSAMIENTO CULTURAL CUBANO DE LA REPÚBLICA NEOCOLONIAL: TEMAS Y VARIACIONES.



Yaneidys Arencibia Coloma (CV)
Universidad de Oriente. Santiago de Cuba.
yanearencibia@csh.uo.edu.cu
Daniel Arencibia Ávila (CV)
Universidad de ciencias Pedagógicas. Santiago de Cuba
mcoloma@ucp.sc.rimed.cu
Maricel Coloma Rizo (CV)
Universidad de ciencias Pedagógicas. Santiago de Cuba
mcoloma@ucp.sc.rimed.cu


Resumen:
El presente artículo discursa en torno a elementos que a juicio de las autores caracterizan al pensamiento cultural cubano de la República neocolonial, a saber, el empleo de la Larga Duración y el ensayo como herramientas metodológica y de estilo respectivamente. Este estudio se establece a partir del análisis de ensayos de autores como Juan Marinello, Jorge Mañach, Fernando Ortiz, Alejo Carpentier y José Lezama Lima; que sin lugar a dudas son representativos del periodo histórico republicano dentro del panorama literario e intelectual del momento.



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Arencibia Coloma, Y; Arencibia Ávila, D.; Coloma Rizo, M.: "¿Teoría del arte en el Caribe? el pensamiento cultural cubano de la república neocolonial: temas y variaciones", en Contribuciones a las Ciencias Sociales, noviembre 2011, www.eumed.net/rev/cccss/15/

Los por qué.
Para algunos resulta fácil reconocer los grandes murales mexicanos de principios del siglo XX en los que Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Sequeiros, influenciados por la herencia precolombina mostraban al mundo nuevas líneas, colores, temáticas, texturas…rostros.
Con la llegada de la Modernidad, América asiste – como lo hicieron Europa, Estados Unidos, África, Asia – a un mundo convulso en donde los adelantos científico-técnicos y con ellos la fe de la humanidad en el poder de la ciencia constituyen rasgos distintivos de este periodo que marcaron el nacimiento de las grandes utopías.
Por supuesto que en ese momento y en los posteriores, Europa y Estados Unidos marcaban una diferencia con respecto al resto del mundo; la primera por su historia de conquista, colonización y sometimiento, y el segundo, porque desde fines del siglo XIX se erigía como la potencia económica y política que más tarde llegaría a ser.
Comenzó el tránsito de la dominación “efectiva” que se expresaba en el control político y económico detentado por las antiguas metrópolis, a una nueva forma de dominación aparentemente más sutil pero mucho más peligrosa. Esta expresión de la dominación cultural estuvo socialmente aceptada al punto de que en los inicios del siglo XX el debate teórico con respecto a América Latina, África y Asia optara por discrepar acerca de la existencia o no de un arte o cultura propios de estas regiones.
Los ensayos Para un perfil definitivo del hombre y Calibán de Roberto Fernández Retamar  demuestran la necesidad de sistematizar un conocimiento que permita analizar la realidad del contexto artístico y cultural latinoamericano desde, para y por sus propias condicionantes históricas.
En muchas de las obras de los inicios del siglo XX, encontramos la necesidad de “pensar” el espacio cultural latinoamericano como una forma más de emancipación cultural. Sin la intención manifiesta de esquematizar, en esta etapa en el continente podemos señalar a José Carlos Mariátegui (1895-1939), José Ingenieros (1877-1925), Enrique Rodó (1871-1917) y José Vasconcelos como el “destacamento de avanzada” que inició la “velada” contienda intelectual por la verdadera emancipación latinoamericana. 
Más adelante en la línea del tiempo encontramos a Leopoldo Zea (1912-2004), Néstor García Canclini, Pedro Mir (1913-2000), Roberto Fernández Retamar (1930) y Adolfo Colombres. Con estos últimos se puede hablar ya de una sistematización del pensamiento orientada al estudio de estos temas.
Sin embargo, consideramos que entre los primeros y los segundos media una intención metodológica y particularizadora que está ausente en los inicios del siglo XX en el resto del continente y que tiene en nuestro país una significación especial a través del ensayismo de la etapa neocolonial. En este periodo la literatura cubana despuntó, no solo en cuanto al número de cultivadores, sino también atendiendo a la variedad de temas abordados.
Autores como Juan Marinello, Raúl Roa, Carlos Rafael Rodríguez, José A. Portuondo, Jorge Mañach, Fernando Ortiz, Ramiro Guerra, Lydia Cabrera, Cintio Vitier, Lezama Lima, etc. nos muestran de conjunto un panorama matizado por la necesidad creciente de autoafirmarnos culturalmente en el panorama internacional.
En las también llamadas “sociedades dependientes” – o sea, las nuestras – pretender explicar los fenómenos artísticos y procesos culturales mediante modelos interpretativos o teóricos nacidos en contextos totalmente diferentes solo nos presenta un resultado somero que deja por fuera aspectos esenciales que pueden ayudar a comprender con profundidad el particular sistema de relaciones artísticas y culturales que se da en nuestros países.
La variedad temática y estilística es muy diversa en este momento. De ahí que proponemos se intente un acercamiento atendiendo a las líneas temáticas comunes a muchos de los que realizaron ensayismo cultural en la etapa. Estas líneas temáticas o ejes de análisis comunes (amén de otros que pudieran encontrarse) fueron:

En este acontecer, pretendemos demostrar la pertinencia de elementos teórico metodológicos en el ensayismo cultural de la etapa republicana, particularmente el sugerente cambio de orientación que se opera a partir de 1940 en autores como Jorge Mañach, Juan Marinello; Fernando Ortiz y José Lezama Lima.
En el transcurso del siglo XX, a medida que el arte y la cultura latinoamericanas encontraban acogida y reconocimiento internacionales se fue haciendo más evidente la falta de lógica que se presentaba al seguir abordando estos aspectos mediante el empleo de un aparato conceptual forjado a partir de otros espacios y realidades socioculturales.
En este sentido no podemos decir que en la obra de algunos intelectuales del periodo republicano en nuestro país se proponga abiertamente establecer determinaciones, metodologías o conclusiones generalizadoras de nuestros procesos culturales, sino todo lo contrario; parten del análisis detallado, pormenorizado y particularizado de lo específico en nuestro entorno o medio geopolítico e histórico para revelar o desentrañar su lugar en un espacio más amplio y universal.
De hecho, en el periodo que nos ocupa coincidimos con Irlemar Chiampi en afirmar que ningún intelectual de renombre dejó de lado el tema de la identidad y casi siempre el modelo propuesto resultó copia fiel o infiel de las propuestas europeizantes o norteamericanas a las que cuando no se oponían de modo abierto e incluso “atacante”, pasaban por el tamiz variable de cada investigador: cientificismo, optimismo, conservadurismo, nacionalismo, hispanofobia, negación…sólo para darle forma y carta de autoridad a nuestra identidad cultural.
Pero si la generación de intelectuales que actuó entre 1920 y 1940 hizo de la identidad el tema de sus desvelos, la generación siguiente, del cuarenta al sesenta, encontró el problema prácticamente resuelto (…) se dio el reconocimiento del mestizaje como nuestro signo cultural (…) con este ideologema, que se fija desde los cuarenta, el discurso americanista parecía haber resuelto el problema crucial del complejo de inferioridad, asumiendo la heterogeneidad de su formación racial, sin renunciar al ambicionado universalismo. Suponía, igualmente, el hallazgo de una diferencia que permitía contrastar la complejidad de nuestra formación con la homogeneidad social de los Estados Unidos y los particularismos etnocentristas europeos. (Irlemar Chiampi: 1993, 10)
En un análisis somero – la no disposición del espacio marca una necesaria y arbitraria discriminación – comentaremos la obra de algunos ensayistas que acusan, desde el título la intención de valorarnos y acaso tipificarnos a nosotros mismos desde nuestros propios espacios y circunstancias.

De obras y autores.
En el Panorama de la Cultura cubana,  publicado en 1949 por el Fondo de Cultura Económica de México, Félix Lizaso intenta una historia comentada de nuestra isla. Originalmente fue preparado mediante conferencias para un curso en Buenos Aires en 1946 “en el que tratamos de presentar un panorama de lo que nuestros hombres del pasado siglo hicieron por dar vida a la nacionalidad cubana, por vía de la cultura principalmente” (Félix Lizaso: 1949, 2). Más tarde, fue completado el volumen para su publicación con dos capítulos dedicados al periodo republicano.
Por su parte, en 1951, José Luciano Franco publica Tres ensayos en los que con gran maestría demuestra sus innegables dotes como escritor e investigador histórico, al igual que una profunda sensibilidad.
En el segundo de los ensayos, aunque puede ser catalogado esencialmente como un trabajo de crítica de arte, resulta muy interesante la visión que tiene y la postura o filiación filosófica cuando menciona la obra de Gyorgy Plejanov, pero esta vez, tomando como centro de su atención el controversial tema del papel del artista en la sociedad.
Las condiciones sociales de cada país determinado cambian el curso de su evolución. De aquí que también cambien las actitudes en el trabajo creativo. No debe sorprendernos por ello que mientras que en un periodo los artistas prefieran investigar las “luchas de la vida”, las evadan en otro. (José Luciano Fanco: 1951, 71)
Más adelante en Los pintores impresionistas franceses explica que ve al Impresionismo como una forma específica de expresión de la clase burguesa y encuentra en la principal divisa del estilo: el culto a la sensación y a la concepción personal, un reflejo de los intereses de la clase burguesa.
En La nación y la formación histórica (1944) de Jorge Mañach (1898-1961), este comienza definiendo sus objetivos y entre ellos se plantea explicar las condiciones más generales a las que está supeditada toda formación histórica y compararla luego con la experiencia cubana.
Para esto, necesita primeramente definir algunos conceptos como proceso histórico, al que define como la formación progresiva de un pueblo. Aquí apunta que son fundamentalmente dos los caracteres del hecho nacional: la solidaridad y la integridad “…por solidaridad de la materia humana de un pueblo entiendo aquella condición social en que han llegado a eliminarse virtualmente todas las distancias artificiales entre los individuos y grupos que la componen . Esto conlleva entonces a un estado de integridad social.
Para llegar a este estado de integridad social es necesario suprimir o disminuir las distancias que existen entre esos grupos. Distingue cuatro motivos de dispersión de la materia humana:

Aunque menciona el sistema económico social como una forma de dispersión entre los hombres, se opone abiertamente más adelante al marxismo que es el primer sistema filosófico que explica la relación que se establece entre la base material (estructura) y la superestructura ideológica.
Una vez más Mañach señala que el hecho social de la nacionalidad, es decir, el proceso histórico de su formación, depende fundamentalmente de la conciencia individual  que tienen los miembros de una colectividad. Sólo para advertir más adelante la existencia de una especie de conciencia colectiva que participa activamente en el proceso de formación histórica de una nación.
Al desestimar en esta medida la influencia de los factores económicos deja de lado entonces importantes consideraciones que podrían explicar otros aspectos referidos al tema de la identidad. Por ejemplo, la solución que da el marxismo – partiendo de la división socio clasista –al tema de la conciencia colectiva; que va a estar constituida por la conciencia cotidiana o habitual, la conciencia colectiva y la ideología. Esta última constituye la elaboración teórica de la conciencia cotidiana y por supuesto, es privilegio de la clase dominante.
Define que existen tres estadíos por los que atraviesa un pueblo hasta ser nación: agregado amorfo, pueblo y finalmente nación. Para atravesar estos niveles se necesita de determinadas condiciones y medios. Y cuando valora estos elementos menciona la unidad de territorio, de lengua y de religión, de intereses, etc.
Cuando Mañach  apunta que  el ser Nación depende de un estado de conciencia colectiva, ésta cateoría está directamente emparentada con el conscience collective de Durkheim; el autor de La nación… admite que ésta es más que la suma de las conciencias individuales; sobre todo las trasciende y se impone a ellas por medio de la educación y de la vida social común. Por lo tanto, la identidad es una concepción que se construye en relación a los límites o fronteras entre grupos que entran en contacto. La historia ha demostrado que estos límites identitarios han acabado siendo límites de identidades culturales y al mismo tiempo han establecido  fronteras para las identidades nacionales.
Más adelante señala entonces que “…las sociedades (…) no avanzan por acción horizontal de un todo compacto, sino más bien por movimientos verticales de los elementos en que se estructura”. ¿Cuáles son entonces, según Mañach, los elementos en que se estructura una sociedad? Los define como los agentes históricos. Explica que estos elementos son el pueblo, la masa, las clases sociales y los individuos; pero que el motor impulsor del todo social son los grupos sociales (que pueden encontrarse en una misma clase) y que constituyen los verdaderos agentes de la acción histórica. “Tales grupos suelen ser plasmas de clase o porciones particularmente solidarias y enérgicas de la clase general de que proceden”
Al analizar estos elementos constituyentes de la dinámica social define entonces que el estado de ser nación es una conciencia colectiva. Este estado de conciencia colectiva  significa también el conocimiento y reconocimiento de valores históricos comunes así como la conformación de uno o varios ideales que van a ser también compartidos por todos los miembros de la colectividad. Cita a Martí cuando escribió que patria es “… comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas.”
Sin embargo, niega una vez más a los materialistas que considera quieren explicar el hecho nacional como la perfección de la división antagónica de clases,  como una metáfora del hecho jurídico del estado. Una de sus tesis más interesantes es la que propone a la identidad como un conjunto de experiencias que se extienden a lo largo del tiempo y que están ligadas por un significado común a los miembros del grupo. Sin embargo, no alcanza a valorar la ideología  como la elaboración teórica en poder de la clase dominante que de manera dialéctica reactúa sobre los miembros de la sociedad – como mencionamos anteriormente – mediante la educación y la oralidad.
Demuestra entonces que el proceso histórico cubano se rige por esa norma conductual más o menos general para estos procesos. Mañach resuelve este debate afirmando que esto se debe a la imagen histórica o representación mental que tienen los diferentes grupos del hecho histórico. “… el grupo se forma una representación común de las condiciones externas y de la medida que es conveniente y posible actuar sobre ellas. Esta síntesis mental es la imagen histórica de cada momento dado” (Jorge Mañach, 1999:116).
Aquí se funden dos aspectos muy importantes, las condiciones subjetivas y objetivas; al decir de Mañach, lo que el espíritu quiere y por supuesto lo que el medio conciente. Más adelante define a la imagen histórica como una composición mental de tiempo y lugar, un presupuesto de intenciones y posibilidades.
Para Mañach, entonces, el proceso histórico de una nación no sería más que el desfile de esas imágenes. Por esto precisa que se necesita de conocimientos y sagacidad – por parte del historiador – para investigar un período determinado en la historia. Esto es importante porque en la generalidad de los casos, se tiene una imagen sintetizada de los períodos históricos debido a los hechos que los han caracterizado – la era de Pericles, la Ilustración, etc., - que en alguna medida no alcanzan a abarcar todos los aspectos significativos de esos períodos.
El aporte más significativo de Mañach sobre el tema de la identidad no es solamente determinar que ésta se construye a través de un proceso, sino darse cuenta de que este proceso no es necesariamente secuencial. Es decir, que se van dando niveles, dimensiones o estratos simultáneos según se va desarrollando la práctica social.
Analiza cómo el proceso de la identidad se basa necesariamente en un proceso conciente de pertenencia a un grupo. Significativamente  que este sentido de pertenencia en nuestro país, va a estar determinado en su evolución durante la colonia, por la oposición al régimen español.
No se adscribe a concepciones únicamente objetivistas ni subjetivistas de la identidad. Para él, la lengua, la religión, el territorio son atributos que es imposible desconocer; pero también destaca que para la construcción de una identidad son indispensables las tradiciones, los intereses, el sentimiento de pertenencia, que constituyen fenómenos mucho más dinámicos en su evolución. Para algunos investigadores esto resulta síntoma de la tradición ecléctica de ascendencia positivista heredada del pensamiento cubano del siglo XIX. Pero también podemos decir al respecto que esta concepción de la identidad demuestra sobre todo, una investigación acuciosa que aunque incurre en algunos errores metodológicos, esto no siempre es óbice para una teorización de cómo se produce la construcción social de la identidad.
Cuando pasamos a abordar la obra de Don Fernando Ortiz, nos detenemos ante un volumen como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Intenso texto en el que propone una visión diferente para replantearnos la evolución económica y cultural de la nación cubana.
Pero no termina ahí, en realidad solo comienza, pues resulta especialmente significativo el paso de avance que impone, incluso para los académicos norteamericanos, un término que propone y conceptualiza en esta obra: transculturación.
Si en el panorama académico norteamericano los límites entre la Antropología y la Antropología Social o Cultural se encontraban a menudo imprecisos, con el original enfoque que Fernando Ortiz da al medular tema del proceso de sometimiento y dominación cultural de nuestro pueblo, se inicia un camino que años más tarde ayudaría a definir el campo de estudios de las dos últimas disciplinas científicas mencionadas.
Incluso cuando la genial aportación de lo que podríamos llamar un “neologismo científico” no fuera apreciada en su justa medida, estaríamos obligados a ver que el autor en este ensayo traspasa el umbral de lo que hasta ese momento se consideraba establecido por la antropología norteamericana. Autores como Hebert Spencer, con su teoría evolucionista; Franz Boas con su relativismo cultural y el propio Bronislaw Malinowsky con sus análisis funcionalistas, quedan harto superados ante la aparentemente “simple” categoría transculturación. Un esencial vocablo que se convertiría años más tarde en la mejor herramienta teórico-metodológica para describir un complejo proceso que venía ocurriendo en las sucesivas fases del desarrollo de la humanidad, prácticamente desde sus inicios.
Por otra parte, José Lezama Lima, en 1957 pronuncia cinco conferencias en el Centro de Altos Estudios del Instituto Nacional de Cultura y n ese mismo año, aparecen publicadas bajo el título de La Expresión Americana.
En esta obra, evidentemente bajo la égida o el paradigma de la Larga Duración José Lezama Lima busca refrendar esta temática en particular (la expresión americana) a lo largo de trescientos años de historia en América. Para ello no traza una vereda ni un camino, sino una verdadera autopista donde con una franca actitud revisionista repasa la historia del devenir americano.
No se detiene en señalar los puntos débiles ni en historiar la vida americana, sino que expone una nueva visión pasando revista a lo que ya se conoce; se salta el estudio profundo de las culturas precolombinas, de la política y la economía de los virreinatos, de la esclavitud o de las guerras de independencia.
Explica que los hombres de Nuevo Continente buscamos en lo autóctono una especie de válvula de escape y asiste a un revisionismo constante de las copias “infieles” de los hechos artísticos europeos. “He ahí el germen del complejo terrible del americano: creer que su expresión no es forma alcanzada, sino problematismo, cosa a resolver” (Lezama Lima: 1957, 18)
Este ensayo, desde las primeras líneas, nos remite a un tema que en las corrientes del pensamiento y en la teoría del arte y la cultura en la década del ’50 van a estar gestándose para abrirse como una explosión en los ’60: la coexistencia más o menos pacífica de diversos referentes culturales en una misma imagen, fenómeno, proceso, en fin, cultura.
La manera en que una manifestación, o una simple imagen puede redimensionarse en un contexto si entramos a valorar la multiplicidad de aspectos a los que puede remitirnos partiendo de sí misma, tal como lo propone Lezama,  de algún modo, está directamente relacionada – sin que necesariamente lo consultara – con la frase que Arnold Hauser emplea al comenzar el volumen Introducción a la Historia del Arte: “Las obras de arte son provocaciones”.
Señala que el siglo XX da a luz a una expresión, creación y creador diferentes. Con un excelente ejemplo nos muestra nos muestra el modo en que opera nuestra propia autodiscriminación – sin que parezca redundante.
Si Picasso saltaba de lo dórico a lo eritrero, de Chardin a lo provenzal, nos parecía una óptima señal de los tiempos, pero si un americano estudiaba y asimilaba a Picasso, horror referens. En seguida, falso ojillo de perdiz que quiere salir del paso, se habla de influencias orgánicas, imprescindibles alimentos paulinos, y de influencia negativa y pasiva inservibles. (Lezama Lima: 1957, 103)
Con su peculiar sarcasmo nos demuestra que las apropiaciones y reinterpretaciones, notorias en el siglo XX, no tienen necesariamente un origen o un fin singular y en nuestras tierras viene dado  por una fuerte herencia “pues en nuestra época para señalar la inicial de una cadena mimética sería necesario unir los espectros de Scotland Yard con el colegio de traductores de Toledo, trabajando en cooperación con el síndico de escribas egipcios” (Lezama Lima: 1957, 103)
Como apuntáramos anteriormente, tampoco fue el autor de Paradiso un teórico del arte y la cultura en todo lo que la extensión de la palabra lo significa hoy en día. Sin embargo, en este punto ya está convencido de que la identidad cultural americana no es solo “calco y copia”, percibe y nos demuestra que la construcción de nuestra identidad cultural ha sido un camino arduo que trajo como resultado no solo una tradición o un homogéneo bloque cultural, sino que más bien, en la forja de nuestra identidad se logró al cabo un modus vivendi que se basó en la incorporación sucesiva de múltiples influencias.
Para concluir, consideramos que este género literario permitió a los autores cubanos de la etapa replantear modelos de análisis o interpretaciones simplistas de nuestra cultura, los intelectuales cubanos escogen el ensayo ya que les permite libertades y estrategias discursivas que otros géneros literarios no les permitían.
Acaso a partir de aquí se erigen como la primera intención manifiesta de establecer desde lo íntimo y científico que significa el ensayo, el nivel elevado del conciente colectivo y la ideología que en ese momento sirve a la intelectualidad cubana como su arma de combate ante los embates de lo que a la postre fue, sin lugar a dudas, la abrasadora Modernidad en nuestras tierras de América.

 

BIBLIOGRAFÍA

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