Contribuciones a las Ciencias Sociales
Julio 2011

EL HUMANISMO CRISTIANO Y LOS DIEZ MANDAMIENTOS



Jose Angel Maldonado
jmaldona00@yahoo.com




El humanismo cristiano y su esencia

El humanismo cristiano es, ante todo, cristiano. Se presenta como una alternativa no sólo respecto de las estructuras materiales del mundo actual, sino fundamentalmente respecto de las estructuras racionalistas que condicionan la mente y el pensamiento del hombre contemporáneo.

Cuidado, muchos llamados “humanistas cristianos” la arremeten directamente contra la soberanía de Dios. "¡Dios simplemente no puede hacer nada sin nosotros!", clama el humanismo.
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Maldonado J.A.: El Humanismo Cristiano y los Diez Mandamientos, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, julio 2011, www.eumed.net/rev/cccss/13/

Y como nos enseña Maritain:

Un humanista cristiano es el que piensa al hombre, no sólo a partir de su propia racionalidad, sino que admite y profesa la trascendencia de Dios y su revelación. Esta revelación fundamenta su visión del hombre que es criatura creada y sostenida por Dios y la acepta como orientación del mundo y de la vida. El humanista cristiano acepta y sigue a Cristo y su obra. En el orden individual y en el social, el humanismo cristiano es un aceptar y un vivir lo que Cristo nos ha legado como herencia, en resumen aceptar el Evangelio y las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia.

La dignidad del hombre es la dignidad propia de una imagen de Dios; sus derechos, así como sus virtudes, derivan de la ley natural, cuyas exigencias expresan en la criatura el plan eterno de la Sabiduría creadora. Herido por el pecado y la muerte, desde el primer pecado cometido por su raza, pecado cuya carga pesa sobre todos nosotros, el hombre está hecho, por obra de Cristo, para convertirse en un ser de la raza de Dios, que viva por la vida divina, y está llamado a entrar en la misma obra de redención de Jesucristo, por medio del sufrimiento y el amor.

El hombre del humanismo cristiano sabe que la vida política aspira a un bien común, superior a una mera colección de bienes individuales, y que sin embargo debe remitirse siempre a las personas humanas.

El hombre del humanismo cristiano sabe que la obra común debe tender, sobre todo, a mejorar la vida humana misma, a hacer posible que todos vivan en la tierra como hombres libres y gocen de los frutos de la cultura y del espíritu.

El hombre del humanismo cristiano no busca una civilización meramente industrial, sino una civilización íntegramente humana (por industrial que pueda ser en lo tocante a sus condiciones materiales) y de inspiración evangélica.

Sobre esas normas está basada nuestra conducta y todas las disposiciones que al respecto han ido surgiendo.

Solo véase el preámbulo de nuestra constitución que por el momento reza así:

“Nosotros, Diputados electos por la voluntad soberana del pueblo hondureño, reunidos en Asamblea Nacional Constituyente, invocando la protección de Dios y el ejemplo de nuestros próceres, con nuestra fe puesta en la restauración de la unión centroamericana e interpretando fielmente las aspiraciones del pueblo que nos confirió su mandato, decretamos y sancionamos la presente Constitución para que fortalezca y perpetúe un estado de derecho que asegure una sociedad política, económica y socialmente justa que afirme la nacionalidad y propicie las condiciones para la plena realización del hombre, como persona humana, dentro de la justicia, la libertad, la seguridad, la estabilidad, el pluralismo, la paz, la democracia representativa y el bien común.

Si estos constituyentes invocan el nombre de Dios, no lo hacen por su nombre, sino por lo que Él representa. La idea de Dios, también supone, la noción de última y esencial verdad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, diría—de sí mismo— Jesús de Nazaret. Por lo que la verdad viene a ser para la democracia un valor fundamental asociado a la transparencia que procura una sinceridad manifiesta en la acción visible de una gestión gubernamental.

Lo que dicta el decálogo, establecido 1500 años antes de Cristo, lo reafirmó el mesías en San Mateo (5, 17-37): “dijo Jesús a sus discípulos: No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos”.

Nosotros podríamos agregar, “no he venido a cambiar la constitución, sino a hacer que se cumpla”.

Los Diez Mandamientos

Para los que nos hacemos llamar “cristianos”, sabemos que los diez mandamientos fueron dados por Dios al pueblo de Israel, como preparación al Nuevo Pueblo de Dios, que instauraría Cristo Jesús al implantar en este mundo el Reino de los cielos.

Moisés, el Gran Legislador de Israel, quien vivió aproximadamente entre el 1520 y el 1400 a.C., y que dijo que “recibió en tablas de piedra del mismo Yahvé el Decálogo de Mandamientos” es una forma de trascender en el tiempo lo que orienta, desde entonces, la conducta de la civilización judeocristiana hasta nuestros días.

Sobre esos mandamientos hemos basado nuestro accionar en sociedad. Que Moisés o algunos de sus sucesores hayan querido darle carácter divino a esa normativa solo reafirma la validez a través del tiempo de que Dios es Ley y que es el máximo inspirador de nuestra buena conducta personal y social.

Con todo lo anterior, me pregunto ¿por qué seguimos “observando”: Amarás a Dios sobre todas las cosas, No tomarás el Nombre de Dios en vano, Santificarás las fiestas,

Honrarás a tu padre y a tu madre, No matarás, No cometerás actos impuros, No robarás, No dirás falso testimonio ni mentirás, No consentirás pensamientos ni deseos impuros, No codiciarás los bienes ajenos. Estas son normas que nos impuso una generación que existió hace aproximadamente 3,500 años.

Bajo esta misma inspiración, cómo quedarían los padres frente a sus hijos (una generación anterior ante una generación posterior) si hace válido aquello de que “una generación no le puede imponer normas a otra generación posterior”. No habría forma de ejercer ninguna autoridad frente a ellos.

Es por ello que llama la atención la insistencia de nuestro actual gobernante cuando dice que “una generación no le puede imponer normas a otra generación posterior”. Sería bueno que nos aclarara si en su aplicación de la teoría del “humanismo cristiano” los 10 Mandamientos ya no tiene ningún valor. ¿Se imaginan a una Constituyente rehaciendo dicho decálogo?

Creemos que la ligereza en el uso de ese argumento choca de golpe con la génesis de la doctrina cristiana y va en contra del fundamento del “humanismo cristiano”, además de todo lo que nuestra sociedad ha considerado como válido.

Creemos que nuestro gobernante debe buscar otro argumento para justificar su interés en una constituyente, porque por este lado va perdido así como la doctrina en que basa el accionar de su gobierno, no de su partido político.

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