Contribuciones a las Ciencias Sociales
Julio 2011

EL PAPEL DE LA MUJER EN EL PROCESO REVOLUCIONARIO CUBANO: UN ACERCAMIENTO DESDE EL CINE CUBANO



Gledymis Fernández Pérez (CV)
cinetunas@tunet.cult.cu



Cuando se habla de identidad cultural primeramente debe tenerse en cuenta que estamos ante una categoría que comprende el conjunto de atributos caracterizadores de un grupo social determinado en correspondencia con sus formas de manifestarse, ya sea por sus actitudes, expresiones, por la manera en que se apropian del conocimiento o por los bienes materiales creados en función de reflejar parte de la conciencia social. Sin embargo, la identidad cultural no es algo dado a los individuos, no posee un carácter natural, al contrario, es una construcción social que se trasmite de una generación a otra, de manera que para su conformación requiere de vínculos estrechos con la sociedad, pues es un proceso relacional entre individuo y medio social en el que cada uno aporta determinados elementos al otro. Todo ello demuestra la complejidad que engendra el análisis de las identidades culturales, y además constituye la base para entender los rasgos que tipifican a los habitantes de un país, una región o un continente.



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Fernández Pérez, G.: El papel de la mujer en el proceso revolucionario cubano: un acercamiento desde el cine cubano, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, julio 2011, www.eumed.net/rev/cccss/13/

Precisamente, con el objetivo de conocer uno de los elementos que definen el comportamiento de los cubanos, y que se ha convertido, a la postre, en una manera de defender nuestra identidad, se hace necesario examinar los principales momentos de nuestra historia. De esta forma, se hará visible, como atributo inherente a nuestro corpus social e identitario, el ánimo de los cubanos de combatir las adversidades, pero más que eso de luchar para cambiar lo que nos oprime y limita, y al propio tiempo proteger nuestra identidad cultural.

Es así como desde la llegada de los españoles, en 1492, los habitantes de la Isla se enfrentaron a los conquistadores dando muestras de su heroísmo y su convicción de defender su tierra, su origen, ante la penetración de los elementos culturales de España. Claro, esta constituyó una tarea nada fácil para los aborígenes, pues ante la falta de protección y de recursos, fue prácticamente imposible evitar que se fusionasen atributos españoles con los cubanos, lo que cobró un matiz diverso cuando arribaron a estas tierras los negros africanos que traían también su cultura, sus formas de percibir y apropiarse del medio que los rodeaba. De esta manera se inicia lo que el antropólogo cubano Fernando Ortiz denominó como ajiaco, pues cada uno de estos grupos sociales contribuyó a la formación de nuestra cultura, predominando el fenómeno llamado transculturación.

Ante esta situación, la defensa de los valores cubanos y de los que se incorporaron a nuestra cultura continuó in crescendo, a tal punto que durante el siglo XIX, se iniciaron las guerras independentistas de 1868 y 1895. En este período, el arrojo y valentía de los cubanos se hizo palpable en los múltiples acontecimientos que demostraron la decisión de combatir al colonialismo, responsable de la aguda situación social y política vivida por entonces. Así, entre los hechos más significativos de la época se destacó la primera carga al machete, la histórica Protesta de Baraguá, y más tarde, las campañas de La Reforma, la Invasión a Occidente con sus respectivos combates de Mal Tiempo, Calimete, etc. En este período sobresale la figura de José Martí, quien no solo tributó a la lucha revolucionaria con la creación del PRC (1892) y la estructuración de la gesta del 95, sino también contribuyó con obras escritas como Abdala donde señaló: el amor, madre, a la patria, no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca.

Como es sabido, pese a la tenacidad de los patriotas en la etapa, la independencia no se logró debido a la intervención norteamericana, siendo esta una de las páginas más tristes de nuestra historia, en tanto no se reconoció la sangre derramada ni la abnegación de los cubanos por defender su patria.

A estos hechos, siguieron tiempos de frustración, pero no de inactividad, pues se hizo latente en los primeros años de la República, la inconformidad de los cubanos ante la nueva realidad social y política. De esta manera, se conformó el movimiento de los Independientes de Color, se produjo el alzamiento de la Chambelona, pero es durante los años 20 cuando se produce el verdadero despertar de la conciencia nacional en este nuevo siglo con figuras significativas como Rubén Martínez Villena, Julio A. Mella quienes propiciaron la creación de múltiples organizaciones políticas en aras de luchar contra los gobiernos entreguistas de la época, que sentían y miraban a través de los gobernantes norteamericanos, no reconociendo los valores intrínsecos del pueblo y la cultura cubana, lo que posibilitó, una vez más, la incorporación de un nuevo ingrediente a nuestra identidad cultural.

A pesar de esta situación, el trabajo desarrollado por hombres como Mella y Villena permitió el auge de la lucha política durante la década del 30, dando lugar a una revolución que culminó con el derrocamiento de uno de los lacayos más acérrimos de EEUU. Los acontecimientos de esos años permitieron la toma de conciencia que necesitaba el país, de forma tal que en los años 50 era ya insostenible iniciar una nueva gesta armada contra las fuerzas que rendían tributo al gobierno norteamericano, lo que trajo consigo el triunfo definitivo de la Revolución cubana en 1959. Desde entonces, nuestro país no ha dejado de luchar por su cultura, por sus valores patrimoniales y de identidad, lo que ha permitido conservar los rasgos típicos que nos identifican como cubanos en cualquier parte del mundo.

Como puede apreciarse, la rica historia de nuestro país ha incidido en el hecho de estar siempre alertas, de luchar por nuestros ideales, salirle al paso a cuanta injusticia prevalezca en esta pequeña Isla, y fundamentalmente de defender nuestra cultura por encima de todo. En alguna medida, ello ha posibilitado que se haya adherido a nuestra forma de pensar y vivir el afán de combatir la opresión y los obstáculos que se presentan en el camino.

Pese a la veracidad de estas ideas, uno de los aspectos dignos de atención es el poco reconocimiento que han tenido las mujeres como protagonistas de la historia, y por tanto como defensoras de nuestra identidad. En este sentido, es válido señalar que generalmente, la historia ha sido escrita por hombres que han impregnado a los documentos y artículos históricos una mirada netamente masculina, matizada por sus experiencias, lo que incide en el insuficiente reconocimiento de las contribuciones femeninas.

Es por ello que resulta vital señalar el papel de la mujer como protagonista activa en la historia, pues sus aportes también han sido decisivos para que en la actualidad podamos disfrutar de una Revolución, que permanece atenta al bienestar de todos los ciudadanos, y de una cultura inclusiva para hombres y mujeres. Por tanto, el aporte femenino a la formación de nuestro país es tan válido como el proporcionado por cualquier hombre.

Ahora bien, ¿por qué es necesario evidenciar la contribución femenina a la causa revolucionaria y a la defensa de nuestra identidad cultural? Ello se debe al hecho de que las mujeres no han disfrutado siempre de los mismos privilegios del hombre, en tanto existen un conjunto de normas sociales -construidas históricamente- que han impedido la participación activa de las mujeres en múltiples ámbitos de la sociedad, lo que ha dado lugar a que estas hayan acudido a exigir sus derechos para lograr el pleno reconocimiento de sus tareas en cualquier contexto social.

Así, nuestro país, también ha sido testigo de la lucha de las mujeres para reivindicar su papel en la sociedad. Pero a ello se suma su participación en las luchas independentistas, brindando su apoyo a una causa mayor, la de la Patria, con el objetivo de lograr una nación en la que prevalezca la justicia y la libertad. De esa forma, desde la primera gesta independentista, se ha reconocido la labor de la camagueyana Ana Betancourt, quien alzó su voz en la célebre Asamblea de Guáimaro abogando por la participación femenina en la contienda. De igual manera, se valora la actitud de Mariana Grajales, quien estuvo dispuesta a entregar sus hijos a la guerra. Otros nombres significativos fueron los de Lucía Íñiguez, Amalia Simoni, Mercedes Sirvén, quienes se convirtieron en portadoras de la autoconciencia nacional, demostrando así la decisión de todo un pueblo por alcanzar la libertad y defender la cubanía.

Asimismo, durante los años 20 del pasado siglo, en la etapa del despertar de la conciencia nacional se produce el Primer Congreso Nacional de Mujeres, en el que se dio a conocer las problemáticas que las afectaban en la sociedad. En este sentido puede verse el vínculo estrecho entre la situación de las mujeres y el contexto social y político, pues uno de los incentivos de las féminas para luchar por la total independencia del país estaba en que una revolución social contribuiría, sin lugar a dudas, a mejorar las condiciones de la mujer en la sociedad.

En la etapa de lucha de la década del 50, la mujer estuvo presente en la clandestinidad y en los combates desarrollados en la montaña. Nombres significativos del período lo constituyen los de Lidia Doce, Clodomira Acosta, Celia Sánchez, Melba Hernández, Vilma Espín, quienes contribuyeron a visibilizar, una vez más, el rol de la mujer en la gesta de liberación.

Aunque esos nombres corroboran la participación activa de las mujeres en las contiendas independentistas, no puede menospreciarse la labor de aquellas que permanecieron en la casa: esposas, madres e hijas, las que teniendo al principal proveedor de la familia en la guerra participaron de forma indirecta en ella confeccionando ropas, banderas, brazaletes, etc. A ello debe sumarse el reconocimiento de otras tantas que en medio de las gestas independentistas tuvieron que dejar atrás las convenciones de la época y salir de casa para trabajar y sostener al resto de la familia. Sin lugar a dudas, el mérito de las mujeres en este aspecto es innegable, en tanto su participación activa o su decisión de enfrentar las normas sociales es una cuestión que requiere reconocimiento.

Aunque de todo ello ha sido testigo la historia, en la mayoría de las ocasiones los aportes de las mujeres permanecen ocultos para un número significativo de personas. Es por ello que se hace necesario visibilizar sus contribuciones a la Revolución y a la defensa de la cultura nacional. Por tanto, es necesario divulgar y mostrar el papel de la mujer en el contexto social, de ahí que los medios de comunicación masiva pueden erigirse como promotores de los logros y aportes femeninos. Solo que la generalidad de los mismos representa a la mujer en roles tradicionales, es decir, centradas en el hogar, encargadas de las tareas domésticas, del cuidado de los hijos y/o enfermos, impidiendo de alguna forma evidenciar la tenacidad y la decisión de las mujeres al lado del proceso revolucionario.

Uno de los medios que ha contribuido de forma solapada a mostrar el nuevo rol social de la mujer ha sido el cine, específicamente en su etapa revolucionaria, o sea, a partir de la creación del ICAIC, porque anteriormente, la representación femenina en este medio siguió los códigos patriarcales, mostrándola como la cabaretera, la campesina ingenua, la madre sacrificada.

En este sentido, uno de los filmes en los que se ha hecho visible el deseo femenino de integrarse al proceso revolucionario es el mediometraje Manuela, realizado en 1966, por Humberto Solás, en el que se aprecia la inserción de la mujer a la guerrilla en tiempos de la dictadura de Batista; de igual forma, se destaca Lucía (1968), uno de los clásicos del cine cubano, que muestra la integración de la mujer a la Revolución en tres etapas significativas de la historia; Aquella larga noche (1979), basada en la trayectoria clandestina de Lidia Doce y Clodomira Acosta; Clandestinos (1987), de Fernando Pérez, la que centrada en la historia de un hombre también refleja la participación femenina en la clandestinidad. Todas estas películas constituyen dignos ejemplos en los que las mujeres han tributado a la lucha revolucionaria en aras de lograr la independencia del país.

Sin embargo, de todas ellas resulta importante detenerse en el filme Lucía, pues aunque ha cumplido 40 años de exhibición, la representación de la mujer en las luchas independentistas, en este filme, abarca momentos importantes de la historia nacional.

Lucía es un filme dividido en tres partes: 1895, 1932 y 196..., y cada una de ellas gira alrededor de una mujer llamada Lucía. El primer cuento (1895) narra la historia de una Lucía perteneciente a la burguesía de la colonia; el segundo (1932) se ocupa de una joven de la pequeña burguesía republicana, y el último (196...) se centra en una campesina de los primeros años de la Revolución. En el filme hay un intento de mostrar la evolución de la mujer cubana desde la colonia hasta nuestros días, partiendo de su vínculo con el contexto social reinante en cada etapa.

Así, en la primera historia, Lucía es una mujer de unos 35 años que está a punto de quedarse soltera, pero conoce el amor a través de Rafael, quien la seduce con el objetivo de saber dónde se esconde Felipe -hermano de Lucía- quien lucha junto a los mambises. En este episodio ella y sus amigas están diseñadas bajo el signo de la ingenuidad, en tanto se muestran juguetonas, pensando en amores y al mismo tiempo, entregadas a misa. Sin embargo, a esa imagen, se contrapone una labor más seria que las entrega a la causa independentista. Por ello, en el silencio de la casa de Lucía, trabajan afanosamente en la costura, confeccionando ropas y hamacas para los independentistas. Claro, esta labor de alguna forma, no reviste la importancia que alcanzaron los mambises, combatiendo frente a frente contra los caudillos españoles, pero sí avala el compromiso de las mujeres hacia una causa mayor: la independencia. Esta tarea, aunque fue significativa en aquella época, en su representación, no desprende a las mujeres de sus roles tradicionales, teniendo en cuenta que son presentadas marcadas por la pasividad.

Sin embargo, la realización de esta labor fue vital para el desarrollo de la guerra de liberación. Tal y como se presenta en el filme, hubo cientos de mujeres que apoyaron las luchas con esta simple tarea, lo que no ha sido valorado en toda su magnitud. Es por ello que el filme pretende rescatar esa labor del anonimato, dándole cuerpo y rostro de mujer en aras de reconocer sus aportes a la gesta independentista.

A este hecho, en el filme, se suma un acontecimiento sustentado en la metáfora que posee un valor significativo. Después de la traición de Rafael a Lucía, lo que trajo como consecuencia la muerte de múltiples cubanos, entre ellos, Felipe, esta se llena de coraje y valentía, lo busca por todo el pueblo y le propicia varias puñaladas que le ocasionan la muerte.

A partir de esto, existe un enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre una cubana y un español, lo que se percibe como la entrega absoluta a un deseo de cambiar el estado de cosas imperantes, de luchar contra la traición, el engaño, el sometimiento de los cubanos hacia un orden superior en fuerzas y en recursos. Lucía encarna en este acto la lucha de todo un pueblo contra el colonialismo.

De ahí que la traición política, sentimental y existencial a Lucía va más allá del predominio del macho o del falocentrismo; es el reflejo de una sociedad colonial que se basa en el escamoteo y en la traición. Lucía no pretende vengar, lavar con sangre su virginidad mancillada, sino asumir una tarea de justicia revolucionaria que también lo es personal. Por tanto, su representación en esta historia trasciende el simple marco de la “ayuda” a los mambises, pues su forma de actuar se debe a una convicción más profunda que se hace eco de la conciencia nacional.

Otro personaje femenino dentro de esta primera historia es Fernandina. Aunque su presencia no se vincula directamente a las gestas independentistas, sí desempeña un rol importante, pues al ser presentada como la monja violada, la loca con cierto sentido de lucidez, se enfrenta, a su manera, a unos españoles que llegan al pueblo vociferando, con el objetivo de que los cadáveres de cubanos que traen en una carreta, sirvan de escarmiento a todos aquellos que se han integrado a la lucha por la liberación. En este momento, Fernandina pide silencio porque, según ella, los cubanos están dormidos, pero cuando se percata de los muertos en la carreta, inmediatamente desea despertar a todos los cubanos. Esto pues, de cierta forma constituye también una metáfora, Fernandina está llamando a la lucha en aras de que los cubanos reaccionen ante la situación imperante en Cuba por el colonialismo, lo que evidencia que este personaje, en medio de su locura, toma conciencia de la situación del país y de la importancia del momento histórico. Todo ello corrobora la preeminencia de la mujer en circunstancias de lucha desde la visión cinematográfica.

En la segunda historia de Lucía, se presenta a una joven de familia acomodada, que al parecer ha vivido rodeada de determinados lujos. Esta Lucía, al conocer a Aldo, un joven revolucionario que se recupera de sus heridas en una casa abandonada, se nutre de sus ideales en defensa de la patria, lo conoce a través de sus sentimientos por la nación, en aras de conseguir la libertad para los cubanos. De ahí comienza una relación con él, que ocasiona el abandono de su vida burguesa para integrarse a la lucha. Claro, en este caso, la toma de conciencia por la situación del país, se produce mediante Aldo, no ocurre a partir de un razonamiento propio, y es que no podía ser de otro modo, teniendo en cuenta su pertenencia a una clase acomodada.

Esta segunda Lucía parece más frágil, dócil, inspirada por el amor hacia la pareja, sin embargo, logra apropiarse del sentir de la época, del sentimiento nacionalista que primó durante los años 30, y para ello protagoniza acciones importantes. En este aspecto, sus primeras experiencias en las actividades revolucionarias se las proporciona Flora, la esposa de Antonio -amigo de Aldo-. Es así como se dedican a poner carteles en el baño de la tabaquería donde trabajan, proclamando el cese de la dictadura de Machado. La participación en estas acciones vislumbra la decisión y el anhelo revolucionario de estas mujeres, pues en aquel período cualquier acción, por muy poco significativa que pareciera, encerraba la grandeza de luchar por la Patria. Por eso, las actividades protagonizadas por las mujeres, merecen igual reconocimiento en comparación a las realizadas por los hombres.

Otro acontecimiento relatado en esta historia, es la huelga femenina desarrollada para protestar contra el gobierno. Un recurso expresivo muy bien utilizado en la película fue el de simultanear las acciones de los hombres con las actividades realizadas por las mujeres. En este sentido, mientras Aldo y sus compañeros asaltan armados a un pequeño grupo de policías machadistas en un teatro, mujeres como Lucía y Flora se ponen al frente de una huelga en la calle que termina siendo reprimida por las fuerzas policiales. Esto constituye un momento intenso, en tanto se vislumbra la entereza, el coraje de las mujeres como protagonistas de una protesta contra el régimen. Se percibe la disposición, el no tener miedo ante las consecuencias, y es que la mayoría de ellas son reprendidas, golpeadas, evidenciándose la violencia llevada a cabo por los órganos represivos del gobierno.

Uno de los momentos significativos de esta segunda historia es la permanencia de los ideales revolucionarios en Lucía después de la caída de Machado. Para los protagonistas de la Revolución del 30, la caída del presidente mostró una luz en el camino, significó una esperanza, pues creyeron que las cosas cambiarían en el país. Sin embargo, muy pronto se hizo visible la poca voluntad de los nuevos gobiernos de transformar la situación nacional, lo que trajo consigo que múltiples de los participantes de la Revolución perdieran el camino, la conciencia de la verdadera libertad. Entre ellos, estuvieron hombres y mujeres como Flora y Antonio -los amigos de Lucía y Aldo-, quienes arrastrados por el amor al dinero no valoraron los nuevos acontecimientos como un ultraje a la independencia. Lucía, siguiendo a Aldo, continuó aferrada a los ideales de liberación, no engañada por las apariencias de los nuevos gobiernos que ascendieron al poder. Lucía se convierte en una mujer de convicciones profundas, y su mirada final hacia el espectador, aunque encierra inseguridad por el futuro, ya sea por su propia vida o por el país, señala que el destino de la nación aún no se ha completado.

La tercera historia de Lucía ya no se enmarca en el contexto puramente independentista, pues muestra a la mujer en el período inicial de la Revolución. Por supuesto, en esta etapa ya no existen aquellos enfrentamientos directos con el enemigo, pero sí contra una serie de prejuicios que limitan el desarrollo individual de la mujer. La convicción de luchar siempre contra lo injusto es un rasgo característico de los cubanos. Por ello esta tercera Lucía y sus amigas deciden combatir el machismo, los viejos prejuicios neocoloniales que impedían el sano desarrollo de la mujer en la sociedad. En esta historia Lucía toma conciencia de su situación a partir de los planteamientos de quienes la rodean. Ella se siente oprimida, disminuida, pero cuando se percata de su realidad, decide cambiarla, luchar por sus anhelos, que en este caso residen en el aporte a la Revolución desde el trabajo de una granja.

En este cuento se representan a las mujeres haciendo labores tan valoradas como la de los hombres, participando activamente en el desarrollo de la Revolución. El llamado que se hace es el de incorporarse a las nuevas misiones que requiere el país, por tanto en aquel momento, las mujeres formaron parte de los batallones de milicianos, de las campañas de alfabetización y de salud pública, entre otras.

Esta Lucía encarna a la mujer nueva, aquella que lucha en la actualidad por ascender en un puesto de trabajo, por no ser violentada, por tener las mismas oportunidades que los hombres. En este sentido debe señalarse que la historia del cine cubano ha recogido otros filmes con ese enfoque, tal es el caso de Retrato de Teresa (1979, Pastor Vega), y De cierta manera (1974, Sara Gómez). Con esas películas se distingue la intención marcada de oponerse a un sistema patriarcal que las oprime, las doblega. Por ello, siguiendo ese sentir, en la actualidad las mujeres siguen luchando por cambiar su situación y se han sumado a todas las tareas necesarias para mejorar el país. Las mujeres han tenido roles protagónicos en marchas, en tribunas, pero fundamentalmente han sabido enfrentar con soluciones prácticas momentos de crisis económicas. En fin, no han claudicado en su empeño de permanecer al lado de la Revolución y con ello de defender los valores intrínsecos de nuestra cultura.

En virtud de los análisis anteriores, se hace necesario representar a la mujer en los medios de comunicación no solo en tareas vinculadas al desarrollo de la Revolución, sino también en otros espacios que se ha ganado en las últimas décadas con el objetivo de diversificar sus roles sociales y reconocer sus valiosos aportes a la cultura nacional. La mujer ya no es aquel objeto decorativo de principios de siglo. Su misión se ha transformado en estos tiempos para beneplácito de la sociedad, pues de esta forma contribuye a enriquecer y a crear valores culturales que las próximas generaciones incorporarán, sin lugar a dudas, a su identidad cultural.

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