Contribuciones a las Ciencias Sociales
Julio 2011

LA SIGNIFICACIÓN ETNOGRÁFICA DE LA ARQUEOLOGÍA INDUSTRIAL EN LA CIUDAD DE MÁLAGA



Francisco José Gómez Bobadilla (CV)
fjgomezb@gmail.com




RESUMEN

La industrialización de las ciudades durante el siglo XIX dejó atrás un paisaje de antiguas factorías que terminó siendo absorbido por el crecimiento y la expansión de las urbes; los terrenos industriales fueron perdiendo su cometido principal, pasando a convertirse en zonas residenciales y de ocio. Sin embargo en muchas ciudades, como Málaga, parte de algunas fábricas terminaron integrándose en el paisaje y en la vida de las personas hasta el punto de adquirir significados más allá de lo meramente arquitectónico o histórico, convirtiéndose en reflejo de procesos sociales y culturales que llegan a trascender lo estrictamente local.

Palabras clave: Antropología urbana, arqueología industrial, urbanismo, gentrificación, renovación urbana, paisaje.
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Gómez Bobadilla, F.J.: La significación etnográfica de la arqueología industrial en la ciudad de Málaga, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, julio 2011, www.eumed.net/rev/cccss/13/

Vivimos en un mundo esencialmente urbano. Más de la mitad de las personas que habitan nuestro planeta lo hacen en las ciudades; de hecho esta cantidad superará el 80% en tan sólo unos años, debido al continuo proceso de migración del campo a la ciudad en busca de oportunidades económicas, educativas, sociales y personales que no se encuentran en el ámbito rural.

La ciudad como tal puede ser abordada desde un sinfín de puntos de vista a la hora de realizar un estudio sobre ella. La diversidad de sujetos, actividades, relaciones, etc. que se encuentran y desarrollan en el entorno urbano parecen dar la impresión de una realidad inabarcable en su conjunto, cuando no de un desorden necesitado de coherencia, un conglomerado de fragmentos disgregados (García Canclini, 1997) que escapa a los intentos esencialistas de encontrar una totalidad uniforme.

Podríamos pretender representar a la ciudad tomándola como un ente discreto, acotando el transcurso mismo de la investigación como un tiempo aparte en el que se pudiera captar la realidad completa; sin embargo esto nos impediría ver y describir lo específicamente urbano: el flujo ininterrumpido de relaciones y actividades en una realidad siempre en movimiento para lo cual, sin duda, es imprescindible un enfoque procesual, pues se trata de un ente constantemente cambiante, centro de continuos reajustes y procesos que se intersectan (García Canclini, 1997: 24). A pesar de ser conocidas la críticas al funcionalismo por su pretensión de alcanzar la objetividad mediante el distanciamiento “desde arriba”, y su empeño por describir a las sociedades como sistemas en equilibrio en el que cada parte contribuye a su estabilidad, considero pertinente citar aquí la definición de proceso social de Radcliffe-Brown (1996: 12) como la “inmensa multitud de acciones e interacciones de seres humanos, actuando individualmente o en combinaciones o grupos”.

La ciudad, como entidad vista desde fuera, se mantiene aparentemente como algo estable, donde sólo cambia su aspecto; sin embargo, al adentrarnos en ella, nos ofrece distintas miradas, diferentes perspectivas que construyen imágenes distintas de una misma realidad. Esta realidad cambiante, poliédrica podríamos decir (Cucó 2004: 104), atrae constantemente la atención de sociólogos y antropólogos.

Frecuentemente se han resaltado las características adversas de la vida en la ciudad; en esta línea se pronunciaba Durkheim al hablar del vacío social o anomia, frente a la vida más plena y organizada de comunidades pequeñas e integradas, alejando al ser humano de su “esencia” como ser relacional y social, de su naturaleza orgánica (Wirth 2005 [1938]: 1). Este aspecto negativo de la modernidad parece haber sido una constante en las ciencias sociales, especialmente en los estudios urbanos (al fin y al cabo, lo moderno se refleja de forma especial en las ciudades). Recordemos que en los años 40 del siglo XX era muy intensa la migración del campo a la ciudad y estos profesionales no podían pasar por alto el cambio en la forma de vida y el sistema de valores que afrontaban quienes abandonaban sus comunidades de origen.

En esta línea, podemos encontrar aquí una muestra más de las ya familiares clasificaciones simbólicas de opuestos, como el debate naturaleza–cultura o tradición–modernidad, en esta ocasión con el entorno urbano como fondo. Dicha dialéctica se sigue manteniendo en la actualidad, tanto en las teorías de corte clásico como en las más recientes, como por ejemplo los estudios culturales (Finnegan, 1998: 19-20).

No obstante, la ciudad también debe ser mirada no solo como un mero enclave físico artificial, pues es el lugar donde se desarrolla la vida de quienes la habitan y, en ese sentido, es también un producto de la naturaleza humana (Park, 1999: 91; citado en Cruces, 2007: 20).

En este orden de cosas, hay que hacer hincapié en diferenciar la ciudad (como organización espacial y territorial humana) de lo urbano y el urbanismo (como forma de la vida social y relacional propia de la ciudad). La ciudad parecía escapar a las definiciones precisamente por esa dualidad de entre el espacio físico que determinaba el asentamiento y el espacio social como modo de vida. Así, Louis Wirth en su ya clásico artículo de 1938 El urbanismo como modo de vida —casi un acta fundacional de los estudios urbanos— reconoce la necesidad de encontrar una explicación significativa de la ciudad y el urbanismo a través de sus características distintivas, calificándola “como un establecimiento relativamente grande, denso y permanente de individuos socialmente heterogéneos”. La definición de ciudad es esencial a la hora de hacer el planteamiento metodológico para una investigación, porque determina nuestro modo de acercamiento a la realidad que pretendemos estudiar y, por tanto, los resultados del trabajo realizado. Si vemos a la ciudad como algo acabado estaremos perdiendo la perspectiva de lo que la hace urbana; en cambio tomarla como una simple forma de asentamiento, deja fuera todo cuanto se vive y se desarrolla en ella.

Así pues, un estudio de la ciudad debe ser realizado desde un punto de vista holístico (Cruces, 2003), que tenga en cuenta los aspectos en los que su realidad (sus realidades) se encuentra y se desenvuelve cotidianamente, junto con las realidades, actividades y relaciones de quienes la habitan. La vida urbana intuitivamente nos parece peculiar: edificios, infraestructuras, industria y ocio nos dan la clave de lo que la hace a la vez atractiva y singular.

Con idea de servir de guía para la posible realización de un trabajo más exhaustivo, este texto pretende ser una aproximación a la teoría antropológica urbana a través de los rasgos característicos que se pueden encontrar en la transformación y las modificaciones experimentadas en la última década, a consecuencia de la renovación urbana (todavía en curso), en el litoral oeste del área urbana de Málaga, que fue una importante zona industrial tras el primer tercio del siglo XIX. De hecho, la ciudad alcanzó en esa época el segundo lugar, después de Cataluña, en el desarrollo industrial del conjunto del estado; decenas de factorías poblaban el paisaje de lo que entonces eran los suburbios de la ciudad, actualmente desaparecidas casi en su totalidad tras la crisis de una industria local meramente transformadora, carente de materias primas. Pero si en un principio el desarrollo de los transportes y las comunicaciones tuvieron una función primordial en este crecimiento (Wirth, 2005 [1938]), finalmente jugó en su contra, pues no se pudo hacer frente al aumento de los costes que suponía trasladar desde fuera todos los combustibles y materiales necesarios para la producción (Anderson, 1962, citado por Cruces, 2007, 33), lo que benefició a otras áreas más cercanas a las zonas de extracción.

Como sabemos, el papel de la industria en la configuración de la ciudad moderna es esencial, pues a causa de ella se produjeron intensos movimientos de población de las áreas rurales a las nuevas urbes (Wirth 2005 [1938]), pero habría que preguntarse si realmente es más importante la industrialización o las consecuencias que conlleva. Es decir, dicho proceso en sí mismo es meramente económico, sin embargo impulsó un modelo urbano —distinto de la ciudad tradicional— que sólo era posible gracias a esta etapa de expansión. Sin embargo, en el caso concreto que examina este texto hubo una secuela indeseada: las factorías fueron desapareciendo, por lo que la ciudad que vemos ahora es más bien fruto de un proceso de desindustrialización..

La ciudad de las chimeneas

Como vestigios de estos cambios, que configuraron un paisaje fabril característico, todavía quedan en pie trece chimeneas en el término municipal de Málaga, la mayoría de las cuales fueron construidas durante el siglo XX, habiendo desaparecido casi todas las anteriores en el proceso de urbanización que siguió al cierre de las factorías. Estas muestras de la arqueología industrial de la ciudad se encuentran protegidas arquitectónicamente desde que, en diciembre de 2006, el Ayuntamiento redactase el Catálogo de chimeneas protegidas del término municipal de Málaga, donde se reconoce su valor patrimonial en recuerdo a la memoria histórica del pasado industrial de la ciudad.

Testigos particulares de las transformaciones de la capital son tres de ellas que quedan en pie en la zona oeste que, por su localización y las distintas significaciones que tienen para la ciudadanía, considero objetos privilegiados para abordar un estudio antropológico de una ciudad que, al igual que otras muchas, se encuentra en medio de flujos y procesos que trascienden lo meramente local. Se mueve entre el recuerdo a su historia, el declive de la industria y el auge del turismo, con la consiguiente terciarización de su economía (García Canclini). Pero una economía centrada en los servicios tiene problemas de estacionalidad, por lo que se esfuerza en no perder el ritmo de los cambios que provoca el flujo mundial de capitales, y fomenta la actividad de su parque tecnológico, en el que se mezclan empresas multinacionales y otras locales en una configuración nueva de una ciudad que ha dejado de ser industrial y se encamina a ser una ciudad de la información (Finnegan, 1998: 18), (Castells, 1995).

Estas chimeneas se sitúan en la zona de poniente, justo al borde del mar, en un recorrido de algo menos de dos kilómetros y pertenecían, respectivamente, a la fábrica de ácido sulfúrico creada en 1890 (posteriormente fábrica de pinturas), a la fundición de plomo de los Guindos (construida en 1923 y cerrada en 1979) y a la central termoeléctrica (que data de 1957 y fue clausurada en 1985). No parece casual su ubicación casi en la misma playa, que habría facilitado la evacuación de los residuos, aspecto que se encuentra ausente de los discursos acerca de su conservación y puesta en valor como parte de la historia local. Dicho conjunto de chimeneas, por sus características formales y dimensiones ha contribuido a crear un paisaje característico de la ciudad que se percibe especialmente desde el mar y la bahía.

La chimenea de la antigua fábrica de ácido sulfúrico (Figura 1) es la más pequeña (40 m. de altura) de las que se comentan en este texto, y parece haber sido olvidada en la actualidad. Aún se encuentra apartada del resto de edificios, en medio de un solar con carteles de una empresa constructora; el único que sigue sin urbanizar en pleno paseo marítimo y que recuerda —por su aspecto descuidado y árido— a lo que era toda la zona hace pocos años.

Más que un recuerdo de la industria parece un residuo, un parche abandonado a su suerte por causa de la crisis económica mundial, la cual tuvo como primera víctima al mercado inmobiliario, frenando en seco la fiebre urbanizadora que se desató en la zona. Queda a la espera de su destino mientras a su alrededor todo parece terminado, es una mancha en una de las áreas mejor cuidadas de Málaga, que evoca una imagen clara pero estática del proceso de renovación urbana de la zona, que momentáneamente está detenido: la antigua fábrica y sus terrenos se encuentran en una zona de alto valor económico que ya tiene previsto un uso residencial. Mientras tanto, salta a la vista que la protección arquitectónica de que disfruta no parece efectiva, que se trata de un amparo pasivo que no se materializa en acción alguna.

Frente a las apropiaciones simbólicas que algunas personas y entidades han hecho de las otras chimeneas, ésta parece haber caído en el olvido mientras espera su significado dentro de la ciudad.

Objeto de intensos debates ciudadanos con motivo del comienzo de su restauración en 2007, la chimenea de la desaparecida fundición de plomo (Figura 2) se ha convertido en un auténtico símbolo. Es la construcción más alta de la ciudad (104 m.), por lo que en cierto modo es considerada como la insignia, la cara más visible del legado industrial. Otro de los motivos por los que resulta tan peculiar es la enorme pintada que lució durante quince años: MÓNICA, escrito en vertical a lo largo de varios metros, la cual motivó que toda una generación (para quienes el nombre estuvo ahí toda la vida) la conozca por la chimenea (o la torre) Mónica, en lugar de por su antiguo cometido.

Esta pintada dio lugar a toda clase de especulaciones y leyendas sobre su origen, pero fue con motivo del anuncio de la rehabilitación de la chimenea (en la que estaba prevista la eliminación del rótulo) cuando la prensa local abrió un debate público sobre el asunto: durante semanas se publicaron noticias diversas sobre los protagonistas de la historia, artículos de opinión, editoriales y un sinfín de cartas al director de quienes estaban a favor y en contra de que se borrara del nombre.

La chimenea era usada con frecuencia por aficionados a la escalada (que la llamaban el tubo) como lugar de prácticas de rappel. A principios de los años 1990, uno de estos jóvenes escribió sobre ella el nombre de su novia para reconciliarse tras una discusión, y allí permaneció la inscripción hasta que se llevaron a cabo los trabajos de reparación, tras los cuales se colocaron dos placas conmemorativas en las que se cuentan las dos historias del tubo: la de la industria y la de la pintada (cabe pensar que, de no haber existido el debate público y la presión mediática, hoy sólo existiría una placa).

Pero ya la torre había quedado marcada en el imaginario colectivo por este hecho; antes de la rehabilitación otras personas subieron también a la chimenea (protegida ahora en su perímetro para evitar el asedio), llegando incluso a aparecer en el portal de Internet Youtube un vídeo grabado desde lo más alto con un teléfono móvil. Este tipo de acciones le confirieron el papel de ser una atalaya, una cima que conquistar que ya no tenía simplemente un papel pasivo.

Por su lado, la chimenea de la central térmica corrió, en parte, una suerte similar a la anterior. En 2003, y con motivo de las movilizaciones que se sucedían en todo el mundo contra la invasión de Iraq, algunos activistas escribieron sobre ella un colosal No a la guerra (Figura 3); no obstante, esta circunstancia no ha motivado que se le dé sobrenombre alguno, sino que se le sigue llamando la chimenea de la Térmica.

Si en el caso anterior se originó un intenso debate entre los ciudadanos, en esta ocasión el conflicto fue de carácter político entre el Ayuntamiento y la Junta de Andalucía (de partidos distintos), la cual, para evitar que su destino futuro fuera el derribo para la edificación de viviendas, decidió declararla Bien de Interés Cultural en 2005. Para las autoridades municipales, esta chimenea carece de valor arquitectónico alguno, pues tanto los materiales como el modo de construcción eran distintos y más modernos, por lo que no encontraban justificación alguna para dicho amparo.

No obstante, el ente municipal tardó aún un año en crear el Catálogo de Chimeneas protegidas, en el que tuvo que incluir ésta contra sus previsiones, acatando la decisión del gobierno autonómico. Actualmente los terrenos de la antigua central se encuentran —al igual que los comentados en primer lugar— ante una pausa en el proceso de renovación, pues está prevista la construcción de viviendas, un centro comercial y un hotel de lujo.

ELITIZACIÓN

Estas construcciones están en el eje geográfico de un proceso de gentrificación que comenzó hace unos años y aún continúa. Una vez desmanteladas las viejas fábricas, y tras el abandono durante lustros de los terrenos industriales (que lindaban con el mar), se construyó una nueva vía para el acceso del tráfico rodado al centro de la ciudad; posteriormente se acondicionó el paseo marítimo y se vallaron las parcelas edificables. Rápidamente, el boom inmobiliario de hace pocos años llevó a la construcción de pisos de lujo, vendidos a precios muy por encima de las viviendas de algunas zonas adyacentes, barrios obreros edificados durante la dictadura franquista (pues los barrios obreros de la época industrial desaparecieron hace ya mucho).

Como he comentado más arriba, la transformación sigue en curso: al otro lado de la calzada se encuentra la antigua fábrica de tabacos, a la que —tras las obras oportunas— se están trasladando algunas dependencias del Ayuntamiento (la Gerencia de Urbanismo ha sido la primera de ellas, lo cual no deja de ser significativo dado el proceso de elitización que el organismo municipal parece promover) y que pronto albergará también un museo. Por su parte, la Diputación ha construido su nueva sede frente al área renovada, en los terrenos del Centro Cívico Provincial.

Lo que hoy se denomina Centro Cívico era en sus orígenes una Casa de Misericordia, nombre con el que eran conocidos los hospicios de beneficencia en el siglo XIX, donde se acogía a los niños necesitados de los barrios obreros que vivían en lo que fue la zona de las factorías, muestra de que el capitalismo industrial no solo trajo progreso y prosperidad.

Como se puede ver, este proceso está llevando a una creciente centralidad lo que hace unos años era un área periférica. Estos y otros aspectos deberían ser tenidos en cuenta en una investigación más exhaustiva, lo cual excede de los propósitos de este texto, que sólo pretende señalar las claves que podrían guiar un trabajo de mayor profundidad.

No obstante, cabe decir que ha sido en gran medida el empuje económico de la construcción el que ha vuelto a poner en valor el patrimonio industrial de la ciudad y, en parte, ha hecho que los restos arquitectónicos sean tenidos en cuenta, acelerando la protección de que gozan ante el temor de una posible pérdida o daño, pues en un territorio densamente poblado como es la ciudad, cualquier espacio es susceptible de ser utilizado en todas sus posibilidades para obtener beneficios financieros. Las diferentes partes de la ciudad suelen tener funciones distintas para su mejor aprovechamiento económico (Wirth 2005 [1938]), y en este sentido se ha invertido la especialización del uso del suelo, si antes la zona era lugar de trabajo ahora lo es esencialmente de residencia.

Construyendo significados

Típicamente urbano es el hecho de que los intereses de los residentes se repartan en un abanico de variabilidad mucho más amplio que en las áreas rurales (Wirth 2005 [1938]: 6), por ello, para llevar a cabo una investigación, es importante concretar los matices más característicos de esta gama. El foco central de este texto no se ha escogido al azar; el ser humano es un animal de simbolizaciones (Finnegan 1998: 7) y por ello las chimeneas no solo son parte del paisaje o del ya aludido proceso de gentrificación, sino que han sido objeto y escenario de distintas propuestas políticas y ciudadanas, reivindicaciones, usos y apropiaciones del espacio, así como de manifestaciones culturales, de tal forma que distintos grupos, entidades y personas les han atribuido —y lo siguen haciendo— significados y valores diversos, unas veces complementarios y otras totalmente opuestos.

En una primera aproximación a estos significados, quisiera destacar los términos que se utilizan habitualmente para referirse a las chimeneas y que, en parte, encuentro que determinan las actitudes, opiniones y representaciones de los procesos históricos y culturales que tienen que ver con ellas y con la ciudad. Así los términos “chimenea” y “torre” parecen usarse indistintamente, sin embargo hay matices que conviene distinguir: cuando se habla de la industria malagueña (de su historia), de las fábricas (como edificios), o de su producción se prefiere la palabra chimenea; en cambio torre se aplica con más frecuencia a la construcción aislada, caracterizada por su altura pero inerte, sin un uso productivo, sino contemplatorio, como mobiliario urbano; es decir, como un elemento más del paisaje. La chimenea tiene su finalidad en la elaboración de una mercancía, pero la torre es improductiva.

Los medios de comunicación juegan un papel esencial como formadores de imaginarios sobre la ciudad (García Canclini 1997: 31). De hecho, la prensa local planteó —de forma aparentemente inconsciente— una inversión del punto de vista sobre la chimenea de la fundición de plomo (sobre todas las chimeneas realmente) con motivo de los trabajos que se iban a realizar sobre ella. Tras casi un siglo de contemplar a la chimenea desde la ciudad, de ser un objeto observado desde ella, se produjo un ejercicio de reflexividad: la ciudad empezó a ser percibida a través de las chimeneas, y no únicamente en el aspecto meramente visual (el vídeo que circulaba por Internet nos permitiría experimentar en cierto modo esa situación), sino también en los foros en los que se discutía de cuestiones que afectaban al modelo de ciudad deseado por los residentes. Es precisamente ese ejercicio de reflexividad el que ha motivado la elección de estos objetos para la redacción del presente texto.

La modernidad avanzada es rica en formas de comunicación y expresión gracias a la tecnología, que ofrece medios a través de los que se crean, difunden y comparten informaciones, significados y vivencias. Como ya se ha dicho, se llegó a colgar en Internet un vídeo grabado con un teléfono móvil desde la chimenea más alta; esto permitió que la información estuviera accesible (de manera asíncrona, eso sí, pues no era posible la inmediatez con esos medios) desde cualquier rincón del mundo en un breve lapso de tiempo, no solo para los malagueños, adquiriendo así unos tintes de globalidad impensables hace sólo unos años. Estos medios se han universalizado de tal forma que hoy en día casi todos llevamos con nosotros teléfonos con cámara, acceso a Internet, correo electrónico, etc. que han cambiado nuestra forma de relacionarnos con el entorno, convirtiéndose en auténticas extensiones del yo (Cruces 2007: 18) que pueden poner a disposición del resto del mundo nuestras realidades y experiencias en cuestión de segundos.

El cine, tantas veces definido como una fábrica de sueños, también contribuyó al imaginario colectivo que se construía en torno a la chimenea Mónica. Unos estudiantes de Comunicación Audiovisual, previendo en 2002 que la construcción de pisos haría desaparecer ese paisaje desamparado junto al mar con el que se sentían identificados, consiguieron financiación para producir un cortometraje, entre el documental y la ficción, titulado La Chimenea, que ha sido exhibido en varios festivales españoles y extranjeros, en los que se presenta como el viaje a la memoria de un lugar.

Para los autores de la cinta era necesario que no se perdiera la memoria de este paraje solitario que mantenía el encanto (Augé, 2000: 10) de la ciudad que ya no existía y que pronto sería absorbido por la construcción, que lo despojaría de su aura al introducirse en el tráfago de la urbe. Este encanto estaba sin duda marcado por esa historia de amor que todos imaginaban pero nadie sabía a ciencia cierta, una dentro de las múltiples historias de la ciudad (Finnegan 1998) que aún era anónima a pesar de tener nombre, pues hasta 2007 no aparecieron en un periódico local los protagonistas relatando lo sucedido. Si alguna ventaja tenía el desconocimiento de la historia cierta, era la infinidad de relatos posibles que podían surgir (y de hecho surgían) dando campo libre a la imaginación, al juego de la fantasía que llevó a un profesor de la facultad de Bellas Artes a encargar a sus alumnos, como trabajo de fin de curso de pintura, que plasmaran en sus cuadros cómo veían la rehabilitación de la chimenea y la desaparición de la pintada.

Pero también había voces en la misma Universidad contrarias a esta visión romántica de una parte de la historia de Málaga: el profesor de Patrimonio Industrial de la licenciatura de Historia del Arte consideraba la pintada como un acto de vandalismo. Muchas otras voces se alzaron en este mismo sentido, entre ellas la Asociación para la Defensa de las Chimeneas y del Patrimonio Industrial y Tecnológico de Málaga para la que, frente al carácter vandálico de la pintada de la fábrica del plomo, era necesario que todo quedase como estaba y se respetasen todas las chimeneas; al fin y al cabo éstas trajeron con su actividad el orden de la producción industrial, de la estandarización y la regulación del trabajo (Cruces 1997), que no podía quedar desvirtuado por una chiquillería (término usado por el presidente de la asociación mencionada en una carta al director publicada en prensa). Parece así que quienes defendían esta postura esperaban que la rehabilitación de las chimeneas restaurase también algo más: el orden de la Historia, con mayúsculas, desafiado por una de tantas historias individuales, por una gamberrada.

En cambio, en torno a la chimenea de la térmica también se encuentra un desafío al orden, pero no ha sido restaurada; el mensaje de no a la guerra sigue visible en la distancia, y nadie sabe si tras la edificación prevista de las viviendas, el centro comercial y el hotel de lujo el ayuntamiento eliminará el mensaje, pero es de suponer que sí; no porque desde la municipalidad se tenga especial interés en ello, sino porque quedaría como una mancha y como un reflejo de la alteración del orden en una zona recuperada; al fin y al cabo la corporación local se vio obligada por la normativa autonómica a preservar la construcción. Esta disputa política también tuvo su reflejo mediático, pues el ente municipal publicó en el periódico un extenso artículo acerca del poco valor histórico y arquitectónico de la chimenea. Pero además, en ese punto termina exactamente el paseo marítimo, siendo la Junta de Andalucía la encargada de su prolongación, que todavía no ha empezado; ante esta tardanza, el ayuntamiento colocó una valla publicitaria en la que criticaba la dejadez del gobierno autonómico, lo que provocó un rifirrafe político que llegó hasta el mismo Congreso de los Diputados, tras lo cual se acabó desmontando el cartel.

El partido que dirige el consistorio desde 1995 es el mismo que gobernaba en España cuando, en 2003, una coalición de países liderada por EE.UU. invadió Iraq para derrocar al régimen dictatorial de Saddam Hussein. Los motivos de la invasión no parecían suficientes para justificar tal acto, por lo que en todo el mundo se sucedieron actos de protesta con el lema no a la guerra, actos que tuvieron gran trascendencia social ya que el gobierno de nuestra nación prestó su apoyo a dicha ocupación.

Se ha señalado la importancia de la protesta en la constitución de lo urbano (Cruces, 2007: 118); en este sentido la ciudad se sumó al movimiento global de protesta organizando manifestaciones y actos que se celebraban simultáneamente en varias capitales españolas y del mundo, de los que queda el reflejo en la chimenea como una forma local de subversión al ocupar un espacio particularmente destacado.

Si la chimenea de la fábrica de plomo ha estado en el centro de un proceso netamente local, no se puede decir lo mismo de ésta última; lo local ha trascendido a lo nacional y mucho más allá al conectar con un proceso global, el de oposición a un conflicto bélico.

Construyendo el espacio

El espacio de la ciudad es la máxima expresión del urbanismo, entendido como encarnación de lo urbano. Su interés no reside en la definición legal o administrativa de lo que sea este espacio; no se trata de analizar la morfología de la ciudad como asentamiento humano, sino su construcción, la relación que tiene dicha configuración con las actividades y prácticas cotidianas de sus habitantes;

En un territorio tan vasto como puede ser el de la ciudad actual, en el que es imposible conocer cada rincón, cada calle, existe una profunda dependencia de los signos visuales para poder orientarse en el medio. Desde un punto de vista estrictamente topográfico, en este entorno elegido como referencia podemos encontrar los elementos básicos de la imagen de la ciudad que, según Kevin Lynch (1984: 61-64), la hacen legible por sus habitantes: sendas para ir de un sitio a otro, recorridas por el tráfico rodado (o meras aceras por las que se dirigen las personas hacia un destino); el barrio de Huelin (originariamente un barrio obrero, aunque mantiene muchos edificios originales), construido cuando la industria se encontraba en su apogeo; el propio paseo como un nodo en el que se concentran individuos y familias para caminar, tomar una copa o disfrutar de la playa, la cual, a su vez, constituye un borde, un elemento que no se puede atravesar y rompe la continuidad del territorio urbano. Finalmente las chimeneas, los elementos más sobresalientes y en los que se centra este trabajo, son auténticos hitos en el paisaje; elementos en los que no entra el observador, pero que siempre simbolizan una localización constante y son un punto de referencia espacial.

Pero el espacio urbano —cualquier espacio compartido— tiene también un papel y un significado social: en él la gente nace, vive, se relaciona, trabaja, se divierte, etc. A través de él sus habitantes construyen su vida, articulan sus relaciones, mantienen la memoria colectiva y estructuran los tiempos comunitarios (Cruces 1997).

El litoral oeste de la provincia de Málaga es desde hace muchos años uno de los destinos turísticos habituales de nuestro país; sin embargo, la capital no parece haber dejado nunca de ser solamente eso: la capital de la Costa del Sol (una conurbación que abarca desde Málaga hasta Estepona), una ciudad no esencialmente atractiva para el turismo de sol y playa (las actuales materias primas de la zona) sino por ser la ciudad más grande de su entorno y poseer un cierto patrimonio histórico y monumental y una oferta cultural amplia.

Evidentemente, la zona del paseo marítimo no es sólo un conjunto de viviendas; es un espacio ajardinado, con numerosos bares y chiringuitos, que invita a ser recorrido paseando junto al mar, un espacio para deambular (García Canclini 1997: 21) y la vida social. La avenida, en un paso más de la elitización comentada anteriormente, ha dejado de denominarse Paseo Marítimo de Poniente y ahora se llama Paseo Marítimo Antonio Banderas en honor al actor malagueño que triunfa en Hollywood desde hace años. Se trata de un símbolo internacional de la ciudad, de un embajador de Málaga en EE.UU., el puente imaginario por el que supuestamente se conectaría la ciudad con el glamour de la Meca del Cine, por donde se trasciende el límite impuesto por el mar, construyendo una imagen de Málaga mucho más internacional.

Como se ha dicho más arriba, el paseo, se ha construido junto a una nueva vía de circulación que no sólo facilita el tránsito de vehículos hacia el centro de la ciudad, sino que en el sentido contrario es un nuevo camino que mejora la comunicación con la costa oeste. Es en esta área, ya en las afueras, donde más han proliferado últimamente los grandes centros comerciales (con su diversidad de firmas internacionales de muebles, electrodomésticos, moda, etc.) y de entretenimiento, hasta el punto de que esta zona acumula, por ejemplo, más salas de cine que el casco urbano.

La tendencia a la construcción de grandes centros comerciales persigue mejorar el rendimiento económico de las actividades que en ellos se desarrollan mediante su concentración para abaratar costes; situar en un mismo lugar las tiendas y el ocio facilita la alta afluencia de público, que los visita por las facilidades de acceso y aparcamiento y la comodidad de poder tenerlo todo a mano. De hecho también se han convertido en nuevos espacios para pasear sin hacer más que ver escaparates y ver a la gente pasar. García Canclini (1997: 32) nos llama la atención en este punto: [los centros comerciales] “en parte sustituyen a los comercios pequeños y el deambular por las calles abiertas. Además de sistematizar las compras en 'espacios privados de uso colectivo' (...) la gente no solo 'compra sin ser molestado' sino que se reúne, pasea, se informa de la moda, de programas vacacionales, novedades musicales y cinematográficas”.

Si, como nos dice Wirth (2005 [1938]), entre las características de la vida urbana están la superficialidad de los contactos sociales y el predominio de las relaciones instrumentales y de carácter transitorio, no resulta extraño el éxito que tienen estas zonas comerciales. La modernidad tardía ha intensificado esta superficialidad y las ha convertido en auténticos espacios de anonimato (Augé 2000), donde, paradójicamente, el urbanita permanece más desconocido cuanto más rodeado de personas se encuentra. De esta forma cada uno puede ir a lo suyo. Incluso el consumo en sí mismo facilita igualmente el mantenerse anónimo, ya que el capitalismo fomenta la despersonalización; en palabras de Mary Louise Pratt (2006: 26) “no importa quién consuma siempre y cuando se consuma lo suficiente”.

Este anonimato es asimismo fundamento de la libertad urbana, pues en la vida en la ciudad cada cual parece tener el deber de actuar sin prestar demasiada atención a los demás, derivado de la imposibilidad de conocer a los otros habitantes personalmente, configurando unas relaciones basadas en la indiferencia y la reserva.

Consideraciones finales

A pesar de la despersonalización y de la superficialidad características de las ciudades, estas siguen siendo el lugar donde se desarrolla la vida social urbana y, como tal lugar, juegan un importante papel en la formación de identidades, no solo en la del grupo, sino la del individuo.

En este sentido, a pesar del desanclaje característico de la modernidad tardía, el modelo insular (Cruces, 1997), en el que se entiende a la cultura como el desarrollo social en un tiempo y espacio determinados, es válido para esta configuración de la identidades, o al menos lo es para sus agentes. El motivo de que las chimeneas que aparecen en este texto permanezcan aún en pie, está en la intención de mantener un referente histórico, de la memoria y de la identidad que ésta propone “como si éstas les hablaran a nuestros contemporáneos de lo que son mostrándoles lo que ya no son” (Augé, 2000: 30).

No obstante, el tiempo y el lugar no bastan para explicar toda la realidad del entorno. Como hemos visto, lo global se manifiesta en lo local (la actual crisis económica, la existencia de espacios comerciales de anonimato, el rechazo a una guerra), pero también sucede al contrario (las imágenes producidas en la ciudad pueden ser vistas en cualquier parte, por ejemplo). Es en este juego de lo local–global, de continuos anclajes y desanclajes donde se sitúa lo urbano en la modernidad avanzada.

BIBLIOGRAFIA

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