Contribuciones a las Ciencias Sociales
Abril 2011

DEMOCRACIA RADICAL Y RETORNO DE LA POLÍTICA. PENSANDO EN NUEVAS PRÁCTICAS POLÍTICAS
 

Mariela Hemilse Acevedo (*) (CV)
acevedo_mariela@hotmail.com

 

Resumen:

En estas páginas proponemos una lectura de la idea de radicalización de la democracia que plantea Boaventura de Sousa Santos a partir de pensar sus puntos de diálogo con la teoría de la democracia radical y plural de Chantal Mouffe. Partiendo de la crítica a la democracia liberal que comparten ambos autores, presentaremos la propuesta de Boaventura de Sousa Santos de refundar la democracia y la manera de pensar la política como caminos hacia una nueva práctica política emancipadora, sugiriendo sus puntos en común con el planteo de Mouffe.

Palabras clave: crisis de la democracia liberal, democracia radical, política, sociedad civil, subjetividad

Abstract:

In these pages we propose to interpret the idea of radical democracy posed by Boaventura de Sousa Santos from thinking their points in common with the theory of radical and plural democracy by Chantal Mouffe. Based on the critique of liberal democracy shared by both authors, we present the proposal of Boaventura de Sousa Santos to re-found democracy and the way of thinking about politics as paths to a new emancipatory political practice, suggesting their similarities with the proposition of Mouffe.

Keywords: Crisis of Liberal Democracy, Radical Democracy, Politics, Civil Society, Subjectivity
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Hemilse Acevedo, M.: Democracia radical y retorno de la política. Pensando en nuevas prácticas políticas, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, abril 2011, www.eumed.net/rev/cccss/12/

I. Introducción.

En estas páginas proponemos una lectura de la idea de radicalización de la democracia que plantea Boaventura de Sousa Santos a partir de pensar sus puntos de diálogo con la teoría de la democracia radical y plural de Chantal Mouffe. Partiendo de la crítica a la democracia liberal que comparten ambos autores, presentaremos la propuesta de Boaventura de Sousa Santos de refundar la democracia y la manera de pensar la política como caminos hacia una nueva práctica política emancipadora, sugiriendo sus puntos en común con el planteo de Mouffe.

Para desarrollar el planteo de Santos, elegimos partir de su diagnóstico sobre la crisis paradigmática de la modernidad, entendiendo que ella tiene lugar en un momento histórico en que las formaciones sociales capitalistas están regidas por los principios políticos de la democracia liberal. La democracia liberal, en tanto ordenamiento político-social configurador de ciertas formas de sociabilidad, coincide con cierto desarrollo del capitalismo, y entender la crisis social del paradigma moderno supone tener presente

II. La crisis del paradigma de la modernidad. El ocaso de la democracia radical.

Según Boaventura de Sousa Santos (2003: 52), el paradigma socio-cultural de la modernidad se asienta en dos pilares fundamentales. Por un lado, el pilar de la regulación, constituido por 1) el principio del Estado, que consiste en la obligación política vertical entre ciudadanos y Estado (Hobbes), 2) el principio del mercado, que refiere a la obligación política horizontal individualista y antagónica entre los que participan en tal espacio de intercambio (Locke), y 3) el principio de la comunidad, que fundamenta la obligación política horizontal solidaria entre los miembros de la comunidad y entre las asociaciones (Rousseau). Por otro lado, el pilar de la emancipación, constituido por 1) la racionalidad moral-práctica de la ética y el derecho modernos, 2) la racionalidad cognitivo-experimental de la ciencia y la técnica modernas, y 3) la racionalidad estético-expresiva de las artes y la literatura modernas.

El proyecto de la modernidad supone un desarrollo armonioso entre los dos pilares en tensión, donde los excesos de un lado se contrarrestan con ciertas dosis del otro. Pero, históricamente, en la medida en que el paradigma de la modernidad convergió con el desarrollo capitalista, tiene lugar un progresivo desequilibrio entre las fuerzas reguladoras y las fuerzas emancipadoras que deriva en el dominio actual de la regulación sobre la emancipación. Esto lo lleva a Santos a hablar de una crisis del paradigma de la modernidad, donde la tensión entre sus dos pilares se diluye y el propio paradigma no puede dar respuesta a sus desequilibrios.

Recordemos que el dominio de la regulación sobre la emancipación es el resultado de desequilibrios ocurridos al interior de ambos pilares, los cuales derivaron en el dominio del campo de la emancipación por la racionalidad cognitivo-instrumental de la ciencia y la técnica –desarrollada en función de los intereses del capital-, y el dominio del campo de la regulación por el principio del mercado. No obstante, nos centraremos aquí en los desequilibrios ocurridos al interior del pilar de la regulación para pensar las características de la democracia liberal actual.

De acuerdo con el planteo de Santos, el desequilibrio que se da en el pilar de la regulación consiste "en el desarrollo hipertrofiado del principio del mercado en detrimento del principio del Estado y de ambos en detrimento del principio de la comunidad" (Santos, 1998: 287). En este sentido, puede decirse que este desequilibrio subvierte los dispositivos operativos de lo que el autor llama el "contrato social moderno" -esto es, la socialización de la economía, la politización del Estado y la nacionalización de la identidad cultural (Santos, 2005)-; contrato que tuvo su expresión más acabada en la época del Estado de Bienestar y la democracia de masas. O, en otras palabras, el desequilibrio en el pilar de la regulación es análogo a la instauración de un "consenso liberal" en el que convergen el consenso económico neoliberal (según el cual la economía global de mercado impulsa la liberalización, desregulación y transnacionalización de la economía, con la consiguiente restricción de la regulación estatal), el consenso del Estado débil (la otra cara del neoliberalismo económico) y el consenso democrático liberal (una concepción minimalista de la democracia congruente con los otros dos consensos). Asimismo, este consenso liberal promueve la primacía del derecho y de los tribunales, que lleva a una "judicialización de la política".

Podemos decir entonces que la democracia liberal actual, en tanto forma de organización político-social de las sociedades contemporáneas que tiene como legitimante ideológico el consenso liberal del que habla Santos, suprime la politización del Estado que la propia teoría liberal sustentó (al politizar el Estado y despolitizar la sociedad civil), y ello lo hace en la medida en que subsume la política a la economía. En este sentido, la lectura que hace Santos tiene puntos de coincidencia con lo que plantea Jacques Rancière (1996) acerca de lo que denomina "democracia consensual" o "posdemocracia". Para Rancière, la posdemocracia supone la ausencia misma de la política una vez que ella es sometida a la economía. A partir de la “impotentización” de la política frente a la economía de mercado globalizado del capitalismo tardío, los Estados declaran –y legitiman- su propia impotencia (y la impotencia misma del demos, dirá este autor). Este fin de la política implica la reducción de la democracia a las instituciones estatales –al Estado mínimo que cuenta con una limitada capacidad de acción-, mientras que el mercado se convierte en el nuevo –e indiscutible- ordenador social. Así, para Rancière, esta democracia consensual y plural que supone el fin de los antagonismos y la posibilidad de llegar a acuerdos racionales entre sus partes es la otra cara de la aceptación total de la lógica del capital: aceptación del orden social como una realidad objetiva inalterable que anula a la política. Ello coincide con la idea de Santos según la cual las sociedades actuales asientan su hegemonía en la resignación (que, agregamos, no puede ser producida sino por la razón indolente e impotente –y dominante- que sólo puede conducir a una forma de pensar y actuar conformista que reduce el realismo a lo existente).

Pero la democracia liberal también evade lo político (entendiendo por lo político el antagonismo y el conflicto) a partir de algo que ya hemos mencionado, la primacía del derecho y la judicialización de la política, que no es sino otra forma de pensar un Estado mínimo. Recurriendo nuevamente a Rancière, puede decirse que "el presunto sometimiento de lo estatal a lo jurídico es mucho más un sometimiento de lo político a lo estatal por el rodeo de lo jurídico, el ejercicio de una capacidad de desposeer a lo político de su iniciativa, por la cual el Estado se hace preceder y legitimar. Tal es, en efecto, el extraño modo de legitimación que encubren las teorías de moda del Estado 'modesto'" (Rancière, 1996: 137). En definitiva, tal como indica Santos, el derecho termina regulando las distintas relaciones sociales, pero se trata de una nueva contractualización liberal individualista "que se basa en la idea del contrato de derecho civil celebrado entre los individuos y no en la idea de contrato social como agregación colectiva de intereses sociales divergentes" (Santos, 2005: 20), y donde el Estado termina siendo un mero garante de su cumplimiento.

Finalmente, la democracia liberal plantea la superación del conflicto y el establecimiento de un consenso entre las distintas partes de la sociedad basándose en un “acuerdo racional”. Así, para Mouffe, "en la medida en que esté dominada por una perspectiva racionalista, individualista y universalista, la visión liberal es profundamente incapaz de aprehender el papel político y el papel constitutivo del antagonismo (Mouffe, 1999: 12). Es decir, basándose en el derecho y la razón universal, termina rehusando de la política y reduce la democracia a un orden homogeneizante, al dominio de lo uno sobre lo múltiple, en fin, a un orden regulador más que emancipador. Conjeturamos que Santos coincidiría con el planteo de Mouffe, teniendo en cuenta sobre todo su preocupación por las relaciones posibles entre ciudadanía y subjetividad en un contexto social de propagación de múltiples demandas particulares (I).

De manera que, en el marco de estos desequilibrios en el pilar de la regulación, la democracia terminó perdiendo todo su componente antagónico y político, capaz de contrarrestar los excesos de regulación con una práctica política emancipatoria. En este sentido, la propuesta de Santos sobre una nueva teoría democrática, que supone ser una radicalización de la democracia, intenta ser crítica y superadora no sólo de la democracia liberal que caracterizamos sino de la noción de democracia que sostuvo todo el pensamiento político liberal que operó en la modernidad, entendiendo que ella ya no puede vehiculizar prácticas políticas emancipatorias. Esta noción liberal de la democracia no es otra que la idea de democracia representativa, que regula el vínculo vertical ciudadano-Estado y reduce la participación política al ejercicio del voto. A partir de esta concepción de la democracia se dio una politización y visibilidad pública del Estado y una despolitización y privatización de la esfera no estatal. Esta democracia de baja intensidad, como la llama el autor, supone una noción de ciudadanía que refiere básicamente a derechos civiles y políticos (y que, agrega, es hoy una noción más restrictiva que nunca si se tiene en cuenta el contexto de pérdida de los derechos sociales y económicos conquistados en etapas previas y la ruptura del vínculo entre ciudadanía-trabajo).

III. Radicalizando a la democracia: la politización de la sociedad civil.

Frente a esta democracia de baja intensidad, Boaventura de Sousa Santos plantea que la radicalización de la democracia requiere ampliar el horizonte de lo político reducido a la relación ciudadano-Estado; esto es, politizar la sociedad civil como manera de politizar el Estado: promover la proliferación de espacios públicos no estatales a partir de los cuales se pueda "republicitar" el espacio estatal objeto de privatización por los grupos dominantes (Santos, 2003: 19). Así, su propuesta no desestima la democracia representativa sino que propugna su articulación con una democracia participativa que sólo puede surgir de una politización de la práctica social. En sus propias palabras, la repolitización global de la práctica social significa "identificar relaciones de poder e imaginar formas prácticas de transformarlas en relaciones de autoridad compartidas" (Santos, 1998: 332), que daría lugar a una noción de ciudadanía que comprendiera la relación horizontal y solidaria de ciudadano-ciudadano.

Ahora bien, esto lo plantea en un contexto donde las relaciones de producción ya no se presentan como las únicas relaciones de opresión que soportan los hombres y que son susceptibles de cuestionamiento (II). Por ello es que una nueva teoría democrática emancipadora no podría seguir sosteniendo la noción marxista de un punto privilegiado de conflicto –la lucha entre el capital y el trabajo- y de un sujeto universal –la clase proletaria- capaz de cuestionar la totalidad del orden social y cuya emancipación represente la emancipación de la sociedad en su conjunto (III). Más bien, una política democrática radical en el contexto de sociedades con una fragmentación y complejidad crecientes (y lejos de creer en la posibilidad de "acuerdos racionales" por los que tanto aboga el liberalismo actual una vez que sentenció el fin de los conflictos de clase) debería propender a la multiplicación de las instancias de contestación democrática a las distintas relaciones de poder. Es decir, se debe reconocer la contingencia histórica de la constitución de sujetos sociales emancipatorios sin olvidar que la construcción de las identidades sociales siempre tiene lugar en el interior de relaciones sociales antagónicas. Y en esto coincidiría totalmente con Mouffe, para quien todas las relaciones sociales son relaciones de subordinación y, en tanto tales, puntos potenciales de conflicto en los cuales la política democrática debe hacer intervenir los principios de la igualdad y la libertad a fin de cuestionarlas.

Pero este surgimiento de múltiples identidades particulares cuestionadoras del orden vigente, que tiene su expresión histórica concreta en la proliferación de los denominados "nuevos movimientos sociales" (NMS) desde la década del '70 hasta nuestros días, trae consigo un componente problemático para Santos, que es su fuerte reivindicación de la subjetividad contra el carácter igualador de la ciudadanía. Es decir, observa que los NMS reivindican la diferencia de la subjetividad frente a la ciudadanía que universaliza e iguala las particularidades de los sujetos facilitando la regulación social, lo cual entiende como "la revolución de la subjetividad contra la ciudadanía, de la subjetividad personal y solidaria contra la ciudadanía atomizante y estatizante" (Santos, 1998: 302). Pero esto también se le aparece, a mi entender, como un problema político a resolver en la medida en que se pretenda pensar la manera de concentrar estas reivindicaciones particulares que se oponen al orden regulador actual sin caer en un universalismo que borre esas diferencias. Claramente, está pensando en las dificultades de constitución de un proyecto contra-hegemónico global a partir de estas reivindicaciones particulares: "la multiplicación y sobreposición de los vínculos de identificación, particulariza las relaciones y, con eso, hace proliferar enemigos y, de algún modo, los trivializa, por más cruel que sea la opresión que ellos ejercen. Cuanto más incomunicables son las identidades, más difícil es concentrar las resistencias emancipatorias en proyectos coherentes y globales" (Santos, 1998: 177).

Este problema de la conmensurabilidad y la articulación de las luchas particulares está presente en la obra de Mouffe, quien piensa a la política, en el marco de una democracia radical y plural, como la articulación hegemónica de las distintas luchas particulares: es decir, como la creación de una cadena de equivalencias democráticas entre las distintas luchas parciales a fin de construir una identidad política nueva. Y esta identidad política nueva es una "nueva ciudadanía radical" capaz de agrupar las distintas identidades particulares que pugnan por la extensión de los principios democráticos. En este sentido, también está pensando en cómo articular las reivindicaciones democráticas de los NMS, pensando que esta ciudadanía democrática radical no sería ni un mero status legal ni la simple alianza de intereses sino más bien, como recién dijimos, una forma de identidad política a construir y no dada empíricamente: "es una ciudadanía que, a partir de una identificación común con una interpretación democrática radical de los principios de libertad e igualdad, apunta a la construcción de un "nosotros", una cadena de equivalencias entre sus demandas, a fin de articularlas a través del principio de equivalencias democráticas" (Mouffe, 1999: 102).

Considero que esta posibilidad de articulación hegemónica de las luchas contra las distintas relaciones de dominación que plantea Mouffe a partir de esta de "ciudadanía democrática radical" se basa en una nueva concepción del derecho fuertemente cuestionadora del derecho liberal y su universalismo abstracto que termina operando como un elemento regulador y opresor de las diferencias. Lo que plantea la autora es que la democracia radical exige una nueva concepción del derecho que reconozca las diferencias: "no se rechaza el universalismo, se lo particulariza; lo que hace falta es un nuevo tipo de articulación entre lo universal y lo particular" (Mouffe, 1999: 33). La ciudadanía radical sería el intento de pensar una nueva identidad política universalista no monolítica sino plural, que integre la diversidad y de cabida a diferentes estrategias y soluciones emancipatorias, basándose en una idea de los derechos democráticos como derechos que pertenecen al individuo pero que sólo pueden ser ejercidos de manera colectiva y presuponen la existencia de esos derechos para todos (es decir, son derechos cuyos contenidos se definen en la práctica misma y a partir de la práctica ciudadana colectiva).

La preocupación de Santos por desarrollar una teoría de la democracia que combata los excesos de la regulación a través de una nueva ecuación entre ciudadanía-subjetividad y emancipación creo que coincidiría con la crítica de Mouffe al derecho de la Ilustración y su postulación de una ciudadanía democrática participativa que contenga las diferencias. A partir de este juego de ciudadanía-subjetividad, es posible sugerir que Santos está pensando, como Mouffe, en una ciudadanía que incorpore la diversidad. Al respecto, él dice que "la nueva ciudadanía se constituye tanto en una obligación política vertical entre los ciudadanos como en la obligación política horizontal entre los ciudadanos. Con esto, se valoriza el principio de la comunidad y con él la idea de la igualdad sin identidad, la idea de autonomía y la idea de solidaridad" (Santos, 1998: 340). Asimismo, puede decirse que esta recuperación que hace de la voluntad general rousseauneana construida a partir de la participación efectiva de los ciudadanos –y, agrego, que debe pensarse como realización práctica de distintos actores que entran en "diálogo abierto a la diferencia y al disenso"-, puede conducirlo a pensar en la existencia de más de un bien común (en un pluralismo que no haga del bien común una idea opresiva sino siempre abierta a la práctica histórica de los actores sociales, tal como ocurre en el pensamiento de Mouffe) (IV).

IV. Palabras finales.

En definitiva, tanto Santos como Mouffe sostienen una idea de democracia que no puede basarse en la armonía de las relaciones sociales, de ahí que una democracia radical y plural deba cuidarse de caer en la pretensión de reducir a Una voz las Múltiples voces de lo social, puesto que terminaría fundando su orden en un acto de violencia, de silenciamiento de ciertas voces.

Finalmente, habrá que tener presente que estos intentos por pensar formas radicales de democracia en un contexto de hipertrofia de la regulación tal como ocurre hoy en el capitalismo tardío, colocan nuevamente en el centro de la discusión teórica la relación economía y política, y que el cuestionamiento a los fundamentos de la democracia liberal exige ir más allá de sus propios términos y pensar una crítica al paradigma de la modernidad que abarque sus otros pilares.

Notas.

* Licenciada en Sociología. Profesora y Maestranda de la Universidad de Buenos Aires.

Investigadora del Instituto de Investigaciones Gino Germani – Universidad de Buenos Aires.

Correo electrónico: acevedo_mariela@hotmail.com

(I) Este es el planteo que desarrolla en el Cap. IX de Sousa, B. de S. (1998). Asimismo, sus críticas al derecho y la ciencia en "Crítica de la razón indolente" también pueden confirmar la lectura que aquí propongo.

(II) No hay que olvidar que la multiplicación de "posiciones de sujeto" fue paralela a la progresiva desintegración política del movimiento obrero.

(III) De ahí que, para Santos, la crisis de la regulación moderna sea también una crisis de la emancipación, y su teoría de la democracia y la emancipación comprenda una crítica a la teoría crítica de la modernidad.

(IV) Señalemos simplemente que este pluralismo está presente en la idea de Santos de conocimiento como emancipación y su apuesta por una teoría de la traducción como soporte epistemológico de la emancipación, en la medida que haría inteligibles entre sí a las distintas prácticas emancipatorias.

Referencias bibliográficas.

Mouffe, C. (1999). El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, democracia radical, Barcelona: Paidós.

Santos, B. de S. (1998). De la mano de Alicia. Lo social y lo político en la postmodernidad, Santafé de Bogotá, Siglo del Hombre Editores, Facultad de Derecho Universidad de los Andes: Ediciones Uniandes.

Santos, B. de S. (2003). Crítica de la razón indolente: contra el desperdicio de la experiencia. Para un nuevo sentido común: la ciencia, el derecho y la política en la transición paradigmática. Volumen I, Bilbao: Editorial Desclée de Brouwer.

Santos, B. de S. (2005). Reinventar la democracia. Reinventar el Estado, Buenos Aires: CLACSO.

Rancière, J. (1996). El desacuerdo. Política y filosofía, Buenos Aires: Nueva Visión.

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