Contribuciones a las Ciencias Sociales
Septiembre 2010

DIMENSIONES DE LA RELACIÓN ENTRE FELICIDAD Y ÉTICA EN JOSÉ MARTÍ

 

Georgina Suárez Hernández (CV)
Idelio Castellanos Sarduy
Enrique Cabrera

 

Resumen

Solamente con el desarrollo de las ciencias no se asegura que un pueblo sea culto y próspero. La ética, que debe ser practicada en todas las esferas de la realidad, constituye un escudo contra la irracionalidad en la aplicación de los adelantos científicos y técnicos. No basta con poseer un proyecto para el desarrollo del conocimiento humano si no se tiene a la par una ética como guía en la vida.

En el pensamiento de José Martí encontramos importantes axiomas para enfrentar los enormes retos del mundo moderno. Por ello resulta valioso retomar la esencia del mismo en estos momentos en que la tecnificación de la vida, el desastre ambiental y el deterioro vertiginoso del sector más pobre de la población mundial no solo disminuyen la fe en los efectos benéficos de los adelantos si no que convierten en una antinomia las nociones de progreso y de moral.

José Martí fue uno de los analistas más lúcidos del proceso de revolución industrial iniciado en el siglo XVIII y continuado en el XIX con la revolución en el campo de la electricidad.

Desde su posición de cronista adelantado a su época supo proyectarse más allá de la orientación cognoscitiva de la ciencia e ir hacia la aplicación de sus resultados, hacia su contenido ético para argumentar que la misma debía estar en función del logro de la felicidad del hombre.

Martí abordó la realidad científica de su época armado de una concepción humanista del mundo presidida por su fe en el mejoramiento humano. Para él las ciencias deben confirmar la soberanía del hombre frente a la naturaleza, pero a la vez deben permitirnos comprender que el ser humano es parte de esa naturaleza y no su contrario.

Son estos conceptos medulares los que demandan volver una y otra vez sobre el pensamiento martiano en torno al tema que nos ocupa.

Palabras claves: ética, felicidad, progreso científico y técnico, humanismo, virtud
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Suárez Hernández, Castellanos Sarduy y Cabrera: Dimensiones de la relación entre felicidad y ética en José Martí, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, septiembre 2010, www.eumed.net/rev/cccss/09/ 


Introducción

Científicos e investigadores de las más diversas disciplinas aportan hoy día datos sobre la consecución de la felicidad como aspiración genuinamente humana. Hay quienes aseguran que el hemisferio izquierdo del cerebro tiene cierta responsabilidad en las emociones positivas. Se plantea que determinados circuitos cerebrales están asociados a los estados de satisfacción. Y no faltan personas hábiles que lanzan al mercado nuevos medicamentos que presuntamente hacen felices a las personas como por arte de magia.

Si se admite que la felicidad es el estado de bienestar ante la posesión de un bien se comprenderá por qué fue objeto de reflexión por los pensadores desde la más remota antigüedad. Fue Aristóteles quien explicó que todos los hombres aspiran a la felicidad. Este filósofo se preguntaba qué es preciso para que un ser humano pueda vivir feliz. Su respuesta fue breve. El hombre solo será dichoso si utiliza todas sus capacidades y posibilidades.

Encuestas realizadas sobre el tema arrojan como resultado tres variables seleccionadas por los cubanos como las más importantes para el logro de la felicidad. Ellas son: tener buena salud, vivir en armonía con la familia y hacer el bien a los demás. (1)

Relacionada con la predisposición psicológica, con circunstancias externas y con las etapas del ciclo vital que atraviesa el ser humano, la mayor parte de los autores coinciden en afirmar que la felicidad es un proceso y no una meta. Según especialistas el quid de la cuestión reside en variar ciertos puntos de vista según los cuales son más felices quienes sienten que este sentimiento depende de su contribución a la vida y no de lo que pasivamente reciban de ésta.

De este modo, la felicidad posee una dimensión ética que se relaciona con el logro de la satisfacción moral, la libre aceptación de un ideal elevado que proporcione dignidad, honestidad y el hecho de tener la “conciencia limpia” en todos nuestros actos.

En el pensamiento de José Martí encontramos importantes claves para enfrentar el enorme reto que supone ser felices a la entrada del nuevo milenio. Si bien las situaciones no varían con un simple cambio de fecha en el almanaque, sí se pueden modificar con una transformación de los presupuestos éticos que acompañen a una actitud responsable ante la realidad.

El pensamiento martiano está orientado en gran medida a los valores y atributos morales a partir de los cuales el hombre, producto supremo de la naturaleza, puede transformar su entorno y modificar al mismo tiempo su mundo interior. Toda la obra del Apóstol es un reconocimiento al poder del ser humano que “… desaloja las montañas y se pone en lugar de ellas.” (2)

La necesidad de humanizar el progreso científico y tecnológico y con él reconsiderar las nociones sobre la felicidad, el sentido de la vida y la relación con la naturaleza, constituye una emergencia inaplazable. El conocimiento científico no siempre va acompañado de la correspondiente conducta ética como brújula para preservar los valores más preciados por el hombre. Por esta razón, volver una vez más sobre Martí deja de ser un ejercicio meramente académico para tornarse en componente esencial del mundo moral del cubano de hoy.

En este trabajo abordamos el estudio de la relación entre felicidad y ética en el pensamiento martiano a partir de tres dimensiones. Su objetivo es argumentar el vínculo entre ambos componentes que contribuye a fortalecer la movilización humana dirigida a un cambio de actitud en las condiciones de la contemporaneidad.

I.- Primera dimensión: la utilidad de la virtud.

En Ismaelillo, tributo inigualable al hijo amado, José martí expresó su fe en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud. ¿Qué valores son más preciados para José Martí? Difícil es establecerlos en el orden de importancia que les atribuyó el Maestro, quien fuera el mismo tiempo cultivador en la práctica de las mejores virtudes. Al decir que “El hombre es una forma perfeccionada de la vida” concedía particular relevancia a la posibilidad de potenciar los méritos como instrumento para acrisolar la espiritualidad. (3)

Sus cartas a María Mantilla son una elocuente muestra del peso concedido a lar virtudes morales por encima de los valores materiales. Cuando insiste en que quien lleva mucho dentro necesita poco fuera, pone de relieve lo que en la modernidad fue definido por el eminente filósofo Eric Fromm como la dicotomía entre la ética del ser y la ética del tener.

Pero este análisis sería trivial sino tenemos en cuenta las condiciones que hoy día propician objetivamente el reforzamiento de la ética del tener. La humanidad se halla actualmente en una gran encrucijada. El diseño de la modernidad inaugurado por el modo de producción capitalista estructuró un nuevo paradigma que resulta ser irracional en lo económico, individualista en lo ético, injusto en lo social, intolerante en lo cultural y excluyente en lo político.

Si bien todas las sociedades tienen que satisfacer uno grupo de necesidades para poder subsistir, solo en el capitalismo el mercado se convierte en objetivo de la economía, en factor jerarquizador de las restantes relaciones sociales. El fin de la mercancía es, por tanto, crear necesidades ampliadas de consumo de nuevas y más mercancías. Su propósito no es la felicidad del ser humano por sí misma, si no la maximización de la ganancia. Ello se realiza con el fomento artificial de nuevas pretensiones, creando el objeto, el modo y el instinto del consumo. Y es en este aspecto donde decrece el mundo espiritual del individuo para incorporarse al impulso irrefrenable del consumismo. Es decir, al patrón según el cual tanto tienes, tanto vales.

El pensamiento martiano constituye una propuesta alternativa a un modelo que ya en su tiempo mostraba la supremacía de la economía sobre las restantes esferas de la vida social. Por ello Martí no se limitó a estructurar su concepción sobre la emancipación respecto al viejo arquetipo de dominación colonial, si no que propuso crear una República sobre bases más humanas y democráticas.

Sin haber legado un texto específico sobre las nociones éticas, José Martí argumentó a todo lo largo de su obra el valor de la misma en la conducta humana. Para el Maestro la ética no era solo un conjunto de hechos o acciones separadas, si no más que todo una concepción integral de la vida que orienta los comportamientos y ayuda en la elección de opciones.

Los más acuciosos investigadores de la obra martiana nos recuerdan que en Martí se produce una breve, pero enérgica trayectoria que ya había sido iniciada en el Seminario de San Carlos por el presbítero José Agustín Caballero, enriquecida por el padre Félix Varela y elevada a nociones supremas por José de la Luz y Caballero. Se trata de la tradición del saber como ayuda, el progreso como instrumento hacia la justicia con lo cual se fundaba progresivamente un proyecto de modernidad sobre nuevos presupuestos éticos (4) Y en este ideal el hombre halla su perfección en la entrega a una causa que lo trasciende como individuo.

Conceptos morales como el bien, la justicia, la honestidad, la felicidad, el sufrimiento y otros, están presentes en su obra. Si acertó con cada reflexión se debe básicamente a los preceptos éticos en los cuales se sostuvieron su vida y su quehacer los cuales colocó al servicio de la patria.

El sentido que confirió Martí a la ética posee la carga social y política que le aportó el haber sido un intelectual con proyectos fundacionales de crear una República “con todos y para el bien de todos”. Su humanismo, por tanto, no tiene el sentido abstracto y estéril que adquiere en otros pensadores. Constituye un proyecto abarcador de lograr, sobre la piedra angular de la justicia, un propósito emancipador que barriera totalmente los estigmas de la sociedad que combatió. Es decir, la injusticia, la discriminación y la inequidad como profundas causas de la infelicidad de los hombres.

Enlazar múltiples temas bajo la égida de la moral fue el sentido principal de la obra martiana y tal vez en ello se encuentra su mensaje más novedoso y el mejor antídoto contra la desesperanza y la inacción.

El ser humano es para José Martí el creador de sí mismo y de cuanto le rodea. “El hombre, descontento de lo que ve, aspira a hacerlo más bello”… (5) Quizás por ello observamos en su pensamiento diferentes magnitudes de la ética: una que concierne al ámbito de los valores personales, al mundo interior del ser humano, y la otra que se manifiesta en la proyección externa del individuo y que está muy relacionada con la primera.

La elección de una línea ética en particular nos ayuda a definir el sentido de nuestras vidas otorgando en el plano de la subjetividad un nuevo valor a la polémica categoría felicidad que abre hoy día nuevas interrogantes acerca de sus contenidos y medios de realización. Al respecto expresó Martí: “Feliz es el que pensó lo bello, sintió lo grande, amó a mujer, sirvió a la patria, habló su lengua, escribió un libro, y con pasadas soledades recuerda a los que leen las propias, y con presentes dichas enamora y canta agradecido la buena forma y buen empleo de la existencia.” (6)

Virtuoso es, por tanto, el que comprende las causas que conducen a la felicidad y las relaciona con la independencia y la dignidad del ser humano. Pero ella tampoco es fruto del azar, sino del trabajo y la entereza personales, del equilibrio de los mejores atributos de quien sirve a los demás antes que a sí mismo. Es solo aparente la felicidad egoísta, la de quienes desoyen las necesidades de “sus hermanos en la tierra” y “se ocupan en exceso de sí propios”. Para Martí existe un nexo indisoluble entre los motivos sociales y los personales. Procurar la felicidad universal es la mejor manera de alcanzar la privada.

Para el Maestro, no obstante, la felicidad no es una existencia sin problemas. Incluso al valorar el dolor inevitable, Martí lo considera en su sentido formativo como una “escuela que produce hombres”. Por esto apunta: “…como si el dolor fuera alguna vez inútil”. (7) Pero también el dolor es musa y espuela del genio y en la naturaleza, dolor y placer los considera en equilibrada proporción.

II.- Segunda dimensión: la naturaleza, de la que formamos parte.

Todos los elementos de la realidad son parte de la naturaleza en la concepción martiana. Su visión acerca de la misma, no obstante, toma distancia con relación al naturalismo como perspectiva simplificadora que pretende reducir a su origen natural todos los fenómenos de la realidad. Tampoco existe en Martí una concepción antropológica del ser humano.

Martí no intenta explicar todo cuanto ocurre a partir de las leyes de la naturaleza. La reconoce como origen de la vida, la respeta como principio integrador del universo y a la vez como fuente del sustento vital. Conoce que en ella convergen los más variados elementos de la existencia. “¿Qué es la naturaleza? El pino agreste, el viejo roble, el bravo mar, los ríos que van al mar como a la eternidad vamos los hombres: la Naturaleza es el rayo de luz que penetra en las nubes y se hace arco iris; el espíritu humano que se acerca y eleva con las (ilegibles) nubes del alma, y se hace bienaventurado. Naturaleza es todo lo que existe…” (8)

La naturaleza es para Martí no solo entorno y fuente de riquezas. En ella el individuo despliega todas sus potencialidades y desarrolla sus mejores virtudes: “La naturaleza inspira, cura, consuela, fortalece y prepara para la virtud al hombre. Y el hombre no se halla completo, ni se revela a sí mismo, ni ve lo invisible, sino en su íntima relación con la naturaleza.” (9)

El ser humano forma parte de la naturaleza. Insertado en ella adquiere la responsabilidad de cuidar y mantener tanto los recursos, como el imprescindible equilibrio ecológico sobre el cual ya alertó en su tiempo Martí. Cuando se devasta el hábitat…” ¡qué enojo el de la naturaleza perseguida! Se vuelve hacia el hombre y como el tigre al cazador, de un golpe de grifo lo desfibra y aplasta. Gruñe y tiende”. (10)

La preservación del medio deviene de esta forma elemento inseparable de la propia condición humana, es componente ineludible del comportamiento del hombre y requisito previo para alcanzar la felicidad. La relación entre el hombre y la naturaleza sólo es armónica allí donde el primero establece las bases de lo que hoy denominamos desarrollo sostenible. Con tal proyección realizada sobre las bases que propicia el conocimiento científico, el ser humano demostraría que en verdad es el producto supremo de la vida y que su inteligencia se encuentra al servicio de la creación y no de la destrucción. “Esto es una ley: donde la naturaleza tiene flores, el cerebro las tiene también”. (11)

Han pasado varios siglos desde que el Padre Las Casas expresó una frase acerca de Cuba que hoy llamaríamos ecológica: “Se puede andar toda por debajo de los árboles”. Ya Cristóbal Colón había descrito en sus relatos la naturaleza que encontró en la Isla. El 25 de noviembre de 1492 escribió: “Las sierras altísimas, de las cuales descendían muchas aguas liadísimas y todas las sierras llenas de pinos, y por todo aquello diversísimas y hermosísimas florestas de árboles”…

La propia colonización, no obstante, acarreó los primeros efectos destructivos para el medio ambiente cubano. En el siglo XIX, al argumentar que el ser humano forma parte de la naturaleza, Federico Engels realizó probablemente la única referencia a Cuba que hay en sus textos: “Cuando en Cuba los plantadores españoles quemaban los bosques en las laderas de las montañas, ¡poco les importaba que las lluvias torrenciales de los trópicos barriesen la capa vegetal del suelo, privada de la protección de los árboles, y no dejasen tras sí más que rocas desnudas” (12)

El mensaje llevado por Fidel a la Cumbre de la Tierra en 1992 reflejó la urgencia del debate ecológico, así como la necesidad de buscar opciones que solucionen la grave crisis: “La humanidad puede aún detener e invertir el destructivo proceso de agresión contra el medio. Cabe preguntar, sin embargo, de cuánto tiempo dispone (…) Representamos a la humanidad y ese deber moral, esa obligación política, esa responsabilidad excepcional e histórica, reclama decisiones, medidas concretas y un compromiso que no es posible postergar”. (13)

En el pensamiento martiano encontramos importantes claves que nos remiten a la relación entre los problemas sociales y las fuerzas de la naturaleza: “Estudiar las fuerzas de la naturaleza y aprender a manejarlas, es la manera más derecha de resolver los problemas sociales”. (14)

¿Se trató de un genial pronóstico? En efecto. Nadie como Martí conoció las capacidades del individuo, las potencialidades encerradas en el mismo. Su ojo avizor comprendió hasta dónde podía llegar su acción. En su condición de autodidacto y divulgador del progreso estuvo muy al tanto de los avances científicos. Pero en todos los casos primó la confianza en el sentido de la armonía y su fe en la inteligencia humana. Por ello expresó: “…confiar en la armonía de nuestra naturaleza y en esa constante relación de la naturaleza y el hombre, cuyo conocimiento da a la vida un nuevo sabor, y priva a la tristeza de buena parte de su veneno y de su amargura.” (15)

Por el valor que atribuyó a la naturaleza estudió y divulgó los avances de la Medicina y de modo particular aquellos relacionados con la utilización de medicamentos obtenidos de forma directa de la flora lo cual reflejó su interés por las propiedades de las plantas medicinales. De esto dejó constancia en diversas publicaciones periódicas, así como en su Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos. En el último plasmó evidencias no solo del impacto lírico que la campiña cubana ejerció sobre sus sentimientos, si no también anotaciones sobre remedios y propiedades de la medicina verde. (16)

III. Tercera dimensión: ética y ciencia

José Martí fue testigo y cronista genial de una época en la cual el hombre comenzaba a hacerse gigante con el despliegue de la Revolución Industrial iniciada en el siglo XVIII y completada en el XIX con la Revolución en el campo de la electricidad. Por esta razón fue un precursor de los asuntos que hoy día se enmarcan dentro de las reflexiones éticas y bioéticas.

El examen que realizó de estos procesos mediante la práctica periodística sistemática le permitió aproximarse a cuestiones candentes de la contemporaneidad en el terreno de lo que llamamos en lenguaje moderno dilemas éticos.

Sin pretender abarcar todo el inmenso universo martiano en este sentido podemos referirnos a aristas de su ideario ético en la práctica de la Medicina, pues Martí comprendió como nadie el que conocimiento proporcionado por las ciencias en su aspecto gnoseológico es solo una parte de los propósitos de cualquier cuerpo teórico. El contenido ético, la orientación de sus resultados e incluso la búsqueda de los mismos, posee una connotación axiológica de la que no puede desprenderse el científico y mucho menos si se desenvuelve en el campo de la salud humana.

La proyección de la ciencia para Martí debía estar presidida por la consecución de la felicidad para el ser humano, de donde se comprende que la búsqueda científica es válida solo cuando se emplea en el mejoramiento de la vida y en el alivio del dolor y el sufrimiento. Y rechazó toda intervención de los conocimientos con el fin de interrumpir irracionalmente el curso natural y armónico de la naturaleza. Quizás por esta razón objetó la momificación de cadáveres practicada por algunas culturas: “¡La momia! El hombre no tiene derecho a convertir lo bello en feo, ni a detener el curso de la naturaleza. La momia es una usurpación. Lo más cuerdo sería dejar podrir el cuerpo (…) ¿Derecho y necesidad del hombre de intervenir en la naturaleza? ¿De acelerarla? ¿De contrariarla? (17)

Bien debe haber comprendido el Apóstol que una vez que el ser humano se atribuye el derecho de “contrariar” o “acelerar” un hecho de por sí natural, se corre el riesgo de que esa intervención no se realice en beneficio de la humanidad.

Los avances científicos colocados al servicio de la salud humana pueden contribuir grandemente a hacer más felices a los seres humanos por la vía de la elevación e la calidad de vida, del alivio al dolor y del sufrimiento, de la cura de una dolencia o enfermedad, de la ayuda para enfrentar difíciles problemas como la muerte de un ser querido o la cercanía de la propia, la enfermedad en fase terminal, la convivencia con una dolencia crónica y otros.

En noviembre de 1881 en la publicación Opinión Nacional de Caracas, Martí celebró en una importante referencia, el notable aumento que venía produciéndose en la bibliografía médica como expresión del incremento de los conocimientos en esta esfera (18). Y en mayo del siguiente año en el propio diario apareció una reseña sobre el libro francés Los anales de la higiene. En la nota Martí propugnó la medicina preventiva como la vía más racional para conservar la salud. Al respecto indicó: “La verdadera medicina no es la que cura, sino la que precave: la Higiene es la verdadera medicina.” (19)

En todos los casos la intervención del profesional de la salud orientará a las personas no solo en sentido preventivo, si no también les ayudará a sobrellevar ciertas enfermedades mediante el conocimiento de las mismas y la ampliación, en compensación a las posibles limitaciones del paciente, de esferas de su vida espiritual.

Las capacidades conquistadas por la civilización a la entrada del tercer milenio nos confirman que el dominio ilimitado alcanzado por el hombre puede escapar a su control si no se adopta una actitud razonable y ética. El ser humano ha adquirido poder sobre la propia vida, sobre la creación de nuevas variedades de la misma e incluso ha alcanzado la posibilidad de destruir todas las formas de existencia.

Sólo una revolución ética, una transformación profunda en el pensamiento de los contemporáneos puede evitar la destrucción de la especie humana y de todas las que pueblan el planeta. José Martí nos anunció desde su tiempo los prolegómenos para realizarla aún cuando no estaban a la vista los graves conflictos actuales de la civilización.

IV.- A modo de conclusiones

La felicidad posee una magnitud ética que se relaciona con el logro de la satisfacción moral en la persona, la libre aceptación de un ideal elevado que proporcione dignidad, la honestidad y la correspondencia entre los valores que hemos aceptado como orientadores de nuestra conducta y la práctica cotidiana. Si reconocemos como válida la definición de felicidad como el estado de bienestar ante la posesión de un bien, admitiremos que el cambio de las circunstancias históricas origina necesariamente una variación en los parámetros para la consecución de la misma.

En el pensamiento de José Martí encontramos importantes claves para enfrentar el enorme reto que supone ser felices a la entrada del nuevo milenio.

El pensamiento martiano está orientado en gran medida a los valores y atributos morales a partir de los cuales el hombre, producto supremo de la naturaleza, puede transformar su entorno y modificar al mismo tiempo su mundo interior.

En este trabajo abordamos el estudio de la relación entre felicidad y ética en el pensamiento martiano a partir de tres dimensiones. Su objetivo es argumentar el vínculo entre ambos componentes a fin de contribuir a fortalecer la movilización humana dirigida a lograr una actitud más racional.

Por esta razón partimos en primer lugar del universo interior del ser humano, es decir, del valor de las virtudes ya que éstas determinan hacia dónde se orienta la proa cuando se habla de progreso. En segundo lugar, abordamos el entorno en el cual se desenvuelve la acción del hombre, la naturaleza, de la que forma parte. Por último, nos referimos a la obra cumbre donde se expresa la inteligencia del ser humano, el desarrollo científico y tecnológico destacando en el mismo algunos elementos que contribuyen a la felicidad humana por la vía de la elevación de la calidad de vida y de la atención del profesional de la salud.

La necesidad de humanizar el progreso científico y tecnológico y con él reconsiderar las nociones sobre la felicidad, el sentido de la vida y la relación con la naturaleza, constituye una emergencia inaplazable. Esta dimensión condensa en gran medida la primera y la segunda magnitud tratadas en este texto. El conocimiento científico no siempre va acompañado de la correspondiente conducta ética como brújula para preservar los valores más preciados por el hombre. Por esta razón, volver una vez más sobre Martí deja de ser un ejercicio meramente académico para tornarse componente esencial del mundo moral del cubano de hoy.

Referencias bibliográficas

1. Felicidad. Rostros de una viajera difícil. En Revista Bohemia. Año 94, no. 7, p.31.

2. Martí José. O.C., t 19,p.445

3. _________ Fragmentos. O.C., t. 22, p. 249

4. Vitier Cintio. Martí en la Universidad. Editorial Félix Varela. La Habana, 1997. A los estudiantes universitarios. Introducción

5. Martí José. O. C., t. 19, p.417

6. ________. “Escenas mexicanas”. Revista Universal, México, 2 de septiembre de 1875, O.C., t.6, p. 318

7. ________. “Notas”, 6 de diciembre de 1879, O.C., t. 15, p. 142

8. ________. O.C., t. 19, p. 364

9. ________. “Emerson”, La Opinión Nacional., Caracas, 19de mayo de 1882, Ibíd., t. 13, p. 23

10. ________. “La vuelta de los héroes de la Jeannette”. La nación, Buenos Aires, 17 de abril de 1884, Ibíd., t. 10, p.24.

11. ________. La América Central. Ibíd., t. 19, p. 84

12. Engels Federico. El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. OE de C. Marx y F. Engels, t II, Editorial Progreso, Moscú.

13. Castro Fidel. Discurso pronunciado en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, Río de Janeiro, junio de 1992

14. Martí José. “Peter Cooper”. La Nación, Buenos Aires, 3 de junio de 1883, Ibíd., t. 13, p. 52.

15. ________. O.C. , t. 23, p. 328

16. Toledo Benedit, Josefina. La ciencia y la técnica en José Martí. Editorial Científico- técnica, La Habana, 2003, p. 140-141

17. Martí José. O.C., t. 21, p. 425

18. Toledo Benedit Josefina. Ibíd., p. 124

19. Martí José. “Abono”- O.C., t. 8, p. 298

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