Contribuciones a las Ciencias Sociales
Marzo 2009

 

ACERCAMIENTO EPICÚREO AL ESTUDIO DE LOS NEXOS ENTRE DISCURSO, METÁFORA Y PULSIÓN TEORÉTICA
 


Edgardo Adrián López
edadrianlopez@yahoo.com
 

 

Resumen

A través de una interpretación poco frecuente de parte de la teoría de Peirce e introduciendo así, las disparadores nociones de “prácticas” y “discursos” sociales, intentaremos desgranar tres grandes discursos.

En este punto, no únicamente intervendrían una polémica en redor de la verdad y de lo que pueden enseñarnos en Ciencias Sociales, los famosos teoremas de Kurt Gödel, sino también las cuestiones epistemológicas y semióticas acerca del referente “externo” (Greimas) y del estatuto de los objetos en tanto “concretos espirituales” (Marx, Althusser).

Palabras claves: Peirce – Greimas – Gödel – Metáfora - Semiótica
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Adrián López, E.: Acercamiento epicúreo al estudio de los nexos entre discurso, metáfora y pulsión teorética, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, marzo 2009, www.eumed.net/rev/cccss/03/eal.htm


OUTLINE FOR THE STUDY OF DE CONNECTIONS AMONG METAPHOR, DISCOURSE AND THEORY
 

Abstract

Through an unusual interpretation of part of Peirce's theory and thus introducing the thought-provoking notions of social "practice" and "discourse", an attempt is made to describe three broad kinds of discourse.

At this stage, not only would a polemic about truth take part, together with the teachings in Social Sciences by Kurt Gödel's famous theorems, but also the epistemological and semiotical aspects on the "external" referent (Greimas) and the meaning of objects as "concrete spiritual" (Marx, Althusser).

Key words: Peirce - Greimas - Gödel - Metaphor – Semiotics

“¡Qué caudal de observaciones pacientes, pero serenas, es menester ir recogiendo con respecto a los movimientos, en apariencia irregulares, de estos mundos desconocidos, antes de dar por seguro que no se dejó uno engañar por meras coincidencias y que nuestras previsiones no serán defraudadas, antes de formular las leyes ciertas, adquiridas a costa de experiencias crueles, que rigen esa astronomía de la pasión!”

Valentín Louis George Eugène Marcel Proust

“[... Los] grandes científicos son también [...], grandes resistentes [...] Siguen su ritmo[, aun a costa de enormes dificultades en el desempeño de sus tareas...]

[...] Saber escribir es [...] liberar la vida [...] de las cárceles que el hombre [le construye.] Esto es resistir [...]”

Gilles Deleuze

1. Introducción: el “duende” (de) Peirce

En el despliegue de lo a desarrollar, apelaremos a la “metodología” del comentario parsimonioso, sintomal de los autores que son la base del artículo (Peirce, Gödel, Lacan, Greimas). “Danzaremos” (con algo de gracia, con un poco de torpeza) los senderos que se abren, procurando una argumentación y una “técnica” de escritura, aprendida de Derrida, Proust, Engels, Deleuze, Marx y Lacan, que se apura en “desvíos”, por “rulos” y por “series”, en el despliegue de los temas. Ritmo que se extiende en pequeñas “espirales” o en andares zigzagueantes, como en un ritornelo o en un desvío que se desvía de sí, gestándose la sensación de hablar de múltiples temas que guardan “débiles” conexiones (en el fondo, este trabajo es una multiplicidad integrada por series de asuntos destejidos con alguna lentitud).

Es factible que surja la impresión de un transitar poco claro, de un razonamiento “caprichoso”, pero es el costo de las diseminaciones, de las derivas, de los nomadismos que se ubican entre el lábil espacio de la crítica (que no es ciencia) y el reglamentado topoi de la ciencia (que, excepto algunos saberes de la envergadura del Psicoanálisis o de la Semiótica, carece de la “flexibilidad” imprescindible para “curvarse” sobre sí, demoliendo los juegos y redes de poder en los que se halla involucrada).

Comenzaremos entonces, por enunciar que en uno de los pasajes de la voluminosa obra del estadounidense (Peirce 1987; Zecchetto, 2005), parcialmente traducida al castellano, encontramos dos conceptos que integra al principio en su modelo “triádico”, pero que luego no vuelve a retomarlos como elementos de él (de haberlo efectuado de forma sistemática, el citado modelo no sería únicamente de tres elementos sino de cinco ¬-–esto lo apuntamos en distintos escritos, por ejemplo en Carrique y López, 2002; López, 2006 a). El norteamericano excluido y denigrado por las instituciones académicas (Zecchetto, 2005), al punto de casi convertirlo en un verdadero mártir intelectual, opina que además del Fundamento, el signo se compone también de un “Metasigno” o Precepto de Explicación, el cual vendría a justificar la “racionalidad” del signo a partir de una suerte de “naturalización” de la vinculación entre signo, objeto significado y su contenido semiótico .

El Precepto de Explicación que entonces, podríamos rebautizar como Mandato de Naturalización, Precepto de Legitimación o Principio de Racionalización, que es constituido por el mismo signo pero con cierto funcionamiento “externo” que lo convierte en “Meta/signo”, exigiría a su vez, otro Mandato de Naturalización. Éste daría cuenta de la relación entre el “primer” Precepto y el signo. Como es dable apreciar, ese proceso continuaría al infinito y sería factible denominarlo “semiosis de legitimación”. Ella supone que en este continuo apelar del signo, a un nuevo Principio de Racionalización que asuma la misión de “soldar” su estructura, habita una tendencia en el signo a “buscar” la legitimación de lo que es.

Empero, lo que se manifiesta en realidad es que, en virtud de que el flujo no concluye nunca, la pretensión de autolegitimación del signo se estrella contra la imposibilidad de “racionalizar” los procedimientos de legitimación mismos, en tanto procedimientos racionales “per se” y absolutos. Lo sígnico no puede camuflar que es culturalmente arbitrario.

Ahora bien, sabemos que los enlaces entre las “partes” clásicas del signo peirciano son el Signo “en sí”, el Interpretante y el Objeto; sus relaciones suscitan por igual, un movimiento que es infinito y que Peirce denomina “semiosis” (para distinguirla de la otra, la llamaremos “semiosis de significación” ). Tal vez ocurra que la semiosis infinita entre el Precepto de Legitimación, que asegura que el signo-todo es una globalidad autosubsistente, opere a modo de “base” de la semiosis abierta entre Representamen, Interpretante y Objeto: la tríada se perfila en esa legitimación, en tanto motivada y no convencional.

En cualquier circunstancia, entre ambas semiosis sería creíble que haya una interacción dialéctica. E. g., quizá exista una retroinfluencia en la cual la semiosis de “racionalización” o “naturalización”, apuntala la semiosis de significación, aun cuando ésta no deja de hacer sentir sus influencias sobre la semiosis de legitimación. Si el signo acaba motivado, “legítimo”, “no arbitrario”, “no cultural” y “legalizado”, entonces la semiosis de significación resulta ser la que es o la que necesariamente, debiera ser lo que es. En simultáneo, porque lo sígnico es motivado, queda justificada la semiosis de “racionalización” (el signo no arbitrario es el “único” signo que “mejor” se adecua a lo que “nombra”).

Con el Fundamento acontece algo similar, puesto que la “base” del signo requerirá de otra que “encofre” al Fundamento y así. Esta semiosis podría denominarse “semiosis de fundamentación”. Tal cual en la situación precedente, entre esa semiosis y la tríada sígnica puede haber una interacción dialéctica. Lo sígnico es motivado y legítimo en cuanto “deja hablar” al “ser” del mundo en su “transparencia”. Es lo sígnico que se halla fundamentado en ser lo que es, por su “eficacia” a la hora de traer “ante los ojos” de la conciencia indagadora, el corazón venenoso de los “entes” .

Esta jerga cuasi heideggeriana y que se hace eco de las Metafísicas de la Conciencia, de la Presencia, del Sujeto y del Referente, no son el producto de la astucia de lo que, desmadejado, se cuela otra vez por una puerta trasera, sino que son lexemas que nos vemos impelidos a utilizar con gran desazón de nuestra parte, con el objetivo de que lo a enunciar, se torne inteligible.

Por añadidura, la invaginación de los “códigos” de la Metafísica en una teoría como la de Peirce “reformulada”, explicita que hay al menos, alguna solidaridad entre lo que él rubrica, y los derrames metafísicos a que puede dar lugar y a los rebalses que nos permite explotar en positivo (ir a ítem 2). Por un lado, las dialécticas entre “semiosis de racionalización”, “semiosis de significación” y “semiosis de fundamentación”, implican un signo que es lo que “presentifica” el “ser” tal cual es, al estar como signo legitimado, fundamentado y motivado. En eso se entromete la Metafísica. Pero en simultáneo, Peirce nos conduce al desmantelamiento de los tres grandes discursos del eurocentrismo cientificista, socavamiento que realizaremos en el “mojón” 2, en el instante debido.

El norteamericano entonces, nos posibilita salir de la Metafísica, de la Filosofía, con algo de su metafísica. Esa fracción de metafísica que es útil para abandonar la Filosofía, la empleamos en calidad de herramienta para romper la “cerradura” que vigila el propio Peirce de su “casa” filosófica, y que custodian las instituciones que acunan y consienten la Metafísica, la Filosofía, como lo que no podrá ser superado .

Recuperando lo que tipeábamos previo a este excursus , es dable creer que el “feedback” dialéctico también puede entablarse entre la “semiosis de fundamentación” y la “semiosis de legitimación”. Lo sígnico se encuentra apuntalado en el grado en que el Metainterpretante que es la cultura, la sociedad, “legalizan” un signo para un referente en cuanto el signo “más” idóneo. Al mismo tiempo, lo sígnico es el “legal” en virtud de que se halla cementado como legítimo.

Por añadidura, podríamos sostener sin forzar demasiado la teoría original del especialista en geodesia, que el Fundamento del signo triádico es en el fondo, la Práctica Social . Entonces, es probable que no tengamos inconvenientes en aceptar que el Principio de Racionalización sea el Discurso, en el sentido de un “haz de disposiciones” que contornea lo que está permitido, prohibido, aceptado, lo que es factible enunciar, etc. Id est, es el Discurso en la conceptuación de Eliseo Verón (1987) y de cierto Foucault (1991), y no en la de un Greimas y de innumerables semiólogos que homologan discurso con texto oral (Kristeva et al., 1985) .

Un diagrama sintetizaría lo proferido hasta aquí:

Para no ser taxativos y llevar adelante con ese gesto una de las características del “Paradigma” de la Complejidad , que es el establecimiento de proposiciones flexibles, abiertas, provisorias , sería dable conceptuar que los enlaces enmarañados entre prácticas sociales y discursos es fundante de la relación fractal entre Signo (Representamen), Interpretante y Objeto, ya que entre otros silogismos, el signo “global” acontece en el discurso y es actualizado por una praxis significante (au fond, cualquier práctica es social y es significante). En consecuencia, tendríamos que los nexos entre teoría y discurso vendrían inaugurados por el “cincelado” de un “fondo” de “racionalidad”, a partir del cual es posible decir, observar, enunciar, pensar, imaginar y colocar en los devenires de la praxis, algo significado.

2. Tres enormes discursos y la Metafísica eurocentrista

Atendiendo al hecho de que el Principio de Racionalización puede ser el Discurso en su aspecto de Ley/Sentido que norma las acciones , quizá sea realizable una clasificación provisional de tres grandes “unidades” discursivas en cuanto formas de “racionalización”. En tanto maneras de “racionalización”, inciden en las prácticas críticas, en el ejercicio de la ciencia, en las praxis investigativas, en la puesta en general, de la razón en operaciones.

Estos discursos serían al mismo tiempo, el funcionamiento de algunos de los signos enumerados por el estadounidense, en tanto que “sistemas”, “esquemas” que enturbiarían el desarrollo de la ciencia, la argumentación de la crítica, etc. Así, el Ícono operaría como el “Discurso de la Representación”; el Índice, en calidad de “Discurso de la Causalidad” ; el Símbolo, a manera del “Discurso Fenomenológico”, puesto que según Peirce, el mencionado signo es la “cosa” misma en su “interioridad”. Las fisuras y las “líneas de fuga” (Deleuze y Parnet, 2007) de las que sería capaz una teoría, se hallarían condicionadas por las relaciones entre estos tipos de signos y los discursos a los que dan “alimento”, luego de sistematizarse como LeySentido.

Por lo demás y siguiendo a Derrida (de quien, al igual que de Proust, mis muertos queridos, casi no puedo hablar...), tan de luto por su Argelia a la que abandonó para aceptar ser colonizado por la agresiva Francia a los fines de intentar, en un corsé plagado de impotencias y barreras de toda índole, deconstruir las infinitas facetas del Discurso del Amo, sería enunciable que el Símbolo, Índice e Ícono, junto a los discursos asociados, anidarían el propio Discurso interminable de la Metafísica eurocentrista. Filosofía violenta que sería imperial, colonialista y legitimadora de la alucinada “supremacía” de la cultura occidental (Derrida, 1971, 1975, 1977). “Supremacía” que se apoyaría en la sugestión “indiscutible”, de ser la inventora de la ciencia, sin (querer) recordar que un cuestionado antropólogo, mostró que ese saber tan sobreestimado, no es más que el pensamiento autoritariamente “domesticado” y perteneciente a unos “indios” peculiares, que son los “blancos” europeos .

3. Horizontes teóricos: el campo de la Metáfora, el discurso imperial de la ciencia y el problema de la verdad

Hemos puesto en consideración la pertinencia de la noción de “discurso”, a través de un Peirce un tanto “irreconocible”, para desembarcar en la existencia de tres grandes discursos que entorpecen con sus rasgos mitometafísicos, un ejercicio del pensamiento, de la crítica, de la razón y de la ciencia que no sean ingenuos en relación con el referente, la causalidad y los fenómenos.

Para completar lo que anhelamos en esa empresa que puede ser catalogada de “idealista”, cuando es profundamente materialista, puesto que de lo que se construye en tanto referente, conocemos lo que hemos elaborado en cuanto tal, habrá que aludir ahora a la “verdad”.

Subrayamos que esta toma de posición es consecuentemente marxista y materialista, porque de lo que imaginamos como causas, sabemos lo que nuestros puntos de partida idearon en calidad de causas y por cuanto lo que denominamos “fenómenos”, son lo que opacamos con el lenguaje. Únicamente para soviéticos y leninistas testarudos y que se quedaron en 1909, con la edición de Materialismo y empiriocriticismo (Lenin, 1973), el materialismo puede significar la torpeza materialista de ignorar lo que nos regaló el Psicoanálisis, la Semiótica, la teoría de la enunciación, la teoría de los discursos, entre otros saberes. La postura materialista de avanzada y que haría orgulloso al co fundador del Partido Comunista, es aceptar que entre el signo y la “cosa”, palpita un “abismo” que es “llenado”, aunque no del todo, por el Metainterpretante que es la sociedad, con su modo de producción y sus luchas.

Por su lado, las conexiones entre metáfora y teoría, si bien no son separables de lo subrayado en el apartado 2, pondrían en crisis la pretensión del discurso científico de operar fuera del Campo de la Metáfora . Los contactos entre dicho campo y la teoría, tal vez reforzarían los estudios disparadores de Julia Kristeva, injustamente “repudiada” por Greimas y su equipo, investigaciones que postulan que el texto poético se transformaría en el Archi/Discurso y en el “esquema” de cualquier proceso de significación. En particular, el texto poético sería la Metalógica del discurso de la ciencia (Kristeva, 1981, 1983).

En otro plano de sentencias pero acodados en la deconstrucción insondable de la ciencia que intentamos concretar, un teórico conservador de la Historia, Jerzy Topolsky (1985: 41 y ss.), expone algunas consideraciones que ayudarían a desmantelar el Logos de la Representación, hermanado por nosotros, con el Ícono de Peirce:

a) la inferencia no es una simple cuestión de lógica formal, sino que es

“[...] un proceso mental [que consiste] en la aceptación de [una] conclusión, a partir [de una] relación entre las premisas” (1985: nota 5 de p. 38), “psicologismo” que fue rechazado furiosamente por Husserl (1997 a).

b) elucubra una “definición” semántica de la “verdad” que nos libra del positivismo que se reproduce por doquier y hasta en las tomas de partido que son menos positivistas, respecto a concebir que lo verdadero es una adecuación entre la sentencia “p” y el referente “r”.

La alternativa que ofrece Topolsky, radical en contraposición a sus demoledores reparos hacia Marx , consiste en que una proposición “p” (formulada en lenguaje objeto) es verdadera si y sólo si, hay una proposición “p’” también verdadera (formulada en el metalenguaje que es la teoría), perteneciente a un “modelo”. En suma, es casi la postura althusseriana respecto a que lo que se “constata” no es la justeza de lo dicho con relación a lo “real”, sino la lógica “interna” de la teoría o Generalidad II (Althusser, 1973). Id est, una proposición “p” es “verdadera” si puede ser enviada a un “modelo” que la “valide”, a partir de que la proposición “p’” ya está confirmada como verdadera. En alguna medida, “p” debe ser un “clon” de “p’”, metonimia (la verdad de “p” coincide con la de “p’”) y metáfora (la verdad de “p” es como la de “p’”). En síntesis, mímesis, metáfora y metonimia.

Por descontado, el “modelo” a partir del cual se infiere la verdad de “p” por comparación con la de “p’”, funciona a modo de un campo metafórico que “legitima” la circunstancia de que “p” sea como “p’”.

A nuestro entender, la “definición” semántica de la verdad implica que “p” tiene un significado verdadero si “p’” se lo “dona” desde un “modelo”, es decir, si el “modelo” funciona como un horizonte de Ley/Sentido. Lo que supone a su vez, que la inferencia, en tanto concluye en una proposición del formato “p deriva de p’”, es un proceso de metaforización: la demostración de “p” es como la deducción de “p’” en el “modelo” (“p’” que a su tiempo, derivará de otro enunciado...).

A lo explanado, es factible agregar:

c) debido a que establecer la existencia de un referente “extradiscursivo” es algo problemático , la ciencia tiene que metaforizar en razón de que no puede demostrar el valor de verdad del supuesto del “Ser” (cf. infra). A partir de que el Ser no es demostrable y está en “retirada”, hay metaforización de su “ausencia” e indecibilidad (Derrida, 1989).

d) insiste un poderhacer en la metaforización y en ella se inventa un “objeto” que es deseable, esto es, se elige entre múltiples posibles objetos de análisis, uno que responde a los anhelos del investigador. En esto no se aprecia nada a censurar; lo que el científico tiene que explicitar es cuáles son los deseos que lo condujeron a elaborar de tal y tal manera su objeto, lo que se logra con el autosociopsicoanálisis recomendado por Bourdieu et al., 1995.

e) la metaforización en liza construye al discurso científico en tanto determinado hacer-hacer, podersaber y hacer/saber.

f) los teoremas de Gödel, que emplearemos para redondear la demostración acerca del estatuto de un referente “extradiscursivo”, pueden interpretarse analógicamente como que determinados conceptos, propiedades y enunciados son decidibles, si la metáfora que los estudia queda “fuera” de la polémica. F. e., puedo argumentar sobre la verdad de las proposiciones en la medida en que el concepto “verdad” no pretenda ser definido con rigor. De hecho, ésta es una de las sorprendentes conclusiones de Gödel (1981 c) respecto a que nociones como “número”, “verdad”, etc., nucleares en las Matemáticas, no pueden ser acotadas sino que se tienen que aceptar como axiomas para comenzar a inferir otras sentencias .

g) el funcionamiento de la metaforización conduce a que la metáfora sea en algún punto, metonimia y mímesis. En efecto, la metáfora no es literalmente, el objeto metaforizado (Derrida, 1989). Por ende, adopta el “todo” del objeto a través de una “parte” que es metaforizada como la “cosa” misma (López, 2006 c).

La mímesis por su lado, no deja de intervenir ya que mima el objeto bajo las figuras de la metáforametonimia. Cabe añadir, que no estamos de acuerdo con los análisis que requieren un corte extremo entre ambos elementos de la retórica, puesto que son adecuadas las preguntas: ¿ese hiato no toma metafóricamente lo que sería la separación en general, y no lo significa metonímicamente? La metáfora, al no abrazar en su totalidad lo que significa, ¿no es ya metonimia? Y ésta, ¿no metaforiza al conjunto que bordea, en la débil fracción que efectivamente, esculpe?

h) respecto a la verdad, la imbricación de cinta de Möebius entre metáfora y metonimia, ocasiona que lo verdadero sea una metáfora que, al hablar del referente interno al discurso, adopte una “parte” en lugar del “todo” (el referente interno mencionado, por la “realidad” a secas). Además, causa que la proposición “p”, al ser como “p’”, metaforice metonímicamente la “realidad” y, por un juego de espejos, haga de esa construcción, la “representación” exacta del referente “externo” al discurso, legitimando la metaforización interna del “modelo”.

i) el “modelo” coloca entonces, “afuera” lo que ya tiene “dentro”, pero crea la ilusión de que lo que le es “interno” a él, no es sino la metáfora fiel y sin un plus ingobernable, del Ser “puro”.

4. Discusión. ¿Hay referente “externo”?: “respuestas” desde alguna Semiótica materialista

Para desacelerarnos y a modo de una reseña de lo argüido hasta el momento, diremos que el apartado 1 elevó una interpretación poco frecuente de un segmento de la teoría de Charles Sanders Peirce, a los fines de introducir las nociones de “prácticas” y de “discursos” sociales. Con ello, quedaba preparado el terreno para desgranar tres grandes discursos que serían facetas de las mitofilosofías socavadas por el materialista trabajo de Derrida (2), mitometafísicas que compelerían a las ciencias fundamentar, como el Lenin de 1909 , un materialismo que entonces, se volvería lo contrario de sí, esto es, se tornaría idealismo (Lenin, 1973).

En el ítem precedente, se polemizó en torno a uno de los ejes más sensibles del discurso científico, cual es el inagotable problema de la verdad (3). Se mencionaron los resultados obtenidos por Gödel (1981 b) y lo que se podría conseguir si aplicamos por analogía, sus deducciones al tema de si existe o no un referente externo al discurso.

A continuación, abordaremos este asunto para concluir con las notas posibles para un estudio más sistemático y menos “barroco” de los nexos entre metáfora, teoría y discurso, reforzando lo adelantado en la síntesis del apartado 2.

Greimas, en su admirable texto que habla de los vínculos entre la Semiótica y el resto de las Ciencias Sociales (1980) , deja en la periferia, la cuestión de si hay o no un referente externo, limitándose a indicar que ningún discurso puede alcanzar ese supuesto referente. Observado el argumento en perspectiva, es consistente afirmar que para que la ciencia sea ciencia tiene que abandonar de una buena vez, la agobiante pretensión positivista y de realismo ingenuo, de apelar a la llamada “realidad” para justificar su cientificidad.

Este paso no es imprescindible para ratificar la cientificidad de las ciencias y acarrea más inconvenientes que soluciones, desbarajustes que Derrida explicitó al deconstruir los platonismos en los que nos empozamos cuando insistimos obcecadamente en cimentar, de modo torpemente “materialista”, la existencia de lo real. Sin embargo y tal como lo adelantamos supra, las ciencias apelan a una artimaña discursiva que se resume en manipularnos para que creamos que el referente interno que elaboran, es el referente externo sin más.

Para cortar con cualquier acusación de querer negar la “realidad” (v. g., como lo haría un leninista recalcitrante), sostendremos que es ocioso embargarse en la demostración sobre la existencia de lo real. Únicamente intelectuales alejados de los imperativos de la producción concreta y embobados con lo que Bourdieu llamó “disposición escolástica”, pueden intentar la demencial empresa de la argumentación más obvia de toda la historia del pensamiento. Lo que anhelamos demostrar es que la cientificidad de las ciencias, no requiere de asumir si la “realidad” existe o no y de qué manera.

Para nosotros, es acaso la postura más consecuentemente materialista y marxista dado que reconoce el acontecimiento incontestable que sea lo que fuere la mentada “realidad”, ésta es significada y lo que tenemos en “primer” lugar, es la significación culturalmente condicionada y no lo real a secas. Por añadidura, las ciencias nunca hablan de los “entes” tal cual “existen”, sino de objetos conceptuales o “concretos espirituales”, al decir del Marx del vol. I de los Grundrisse (1971).

Luego de los prolegómenos, lo que realizaré será la demostración de que las proposiciones “existe un referente externo” y “no existe un referente externo” son indecidibles, id est, no puede determinarse el valor de verdad de ambas sentencias.

Cuando en Gödel ocurre esto, lo que usualmente se asume es que lo indecidible se tiene que adoptar con carácter axiomático . En nuestro caso, las ciencias deben tomar como punto de partida que hay un referente externo a pesar de que cuando se articula lo dicho en una afirmación, ésta carece de valor de verdad. Lo que es otro modo de enunciar, que las ciencias pueden y tienen que prescindir del debate en torno a si la realidad existe o no, tal cual ya lo hemos anticipado, duda radical que fue planteada por escépticos griegos como los célebres Pirrón o Sexto Empírico .

Comencemos con lo afirmativo y lo invoquemos verdadero. Evaluemos ahora que postular que sí constatamos un referente externo al discurso, es responder a la pregunta “¿existe la ‘realidad’?”, de manera positiva. Pero lo que está ocurriendo en la argumentación, es responder con signos a una interrogación efectuada con signos. Lo que puede derivarse en lo siguiente: ¿preguntamos sobre la “realidad” en tanto signo o como “realidad”? Este problema no puede saldarse, puesto que “realidad” ya es un signo, de tal suerte que no huimos de una interrogación por un signo confeccionada con signos. Conviene advertir que según eso, la pregunta original y por ello, la proposición original, adquieren una respuesta negativa. Asumiendo que la sentencia era verdadera, arribamos a que es falsa.

Ficcionemos que entonces, la proposición acerca de la existencia de un referente externo al discurso es falsa, a pesar de lo increíble que pueda aflorar. Pero algo así implica que hemos podido “huir” del discurso, del lenguaje, de la cultura, de la “mente”, de los signos y que pudimos como un dios, comprobar que en ese “afuera” del pensamiento no hay nada. En virtud de que esto es inaudito, la asunción de que es falsa la existencia de un referente externo es incorrecta. Por consiguiente, hay que concluir que es un enunciado verdadero. Y entonces, volvemos a la situación anterior: el valor de verdad oscila continuamente entre lo verdadero y lo falso, sin poder resolverse por una o por otra tendencia.

5. Posibles conclusiones

Para no ser reiterativos con lo expuesto a lo largo de las páginas que desfilaron (iteraciones que por lo demás, fueron de cuando en cuando, concretadas a manera de un racconto orientativo para el lector), nos abocaremos a efectuar una síntesis de los planteos que desfilaron en el artículo que llega a su ocaso, sin los colores de un atardecer de melancolía.

De la amable polémica en torno a Peirce, a Lacan, a Greimas, a Derrida, a Gödel, a Topolsky, a la concepción tradicional de la verdad y a la interferencia perniciosa de tres grandes discursos que “representan” una Mitofilosofía, que habría que abandonar en pos del ejercicio de un pensamiento materialista y genuinamente postmetafísico, es dable abocetar que uno de los corolarios de la exigencia materialista y marxista, respecto a que las ciencias prescindan de si existe o no un referente externo y del principio de que partan de su aceptación axiomática, es que las ciencias como discursos, “deben” ocuparse de los referentes internos que elaboran.

Por añadidura, “fenómenos”, “causas” y “verdad” son elementos que nos sirven pero, en la medida en que son términos “engañosos” que hay que emplear con sumo cuidado, si no anhelamos ser ingenuamente críticos, científicos, y marxistas y materialistas principiantes, tenemos que hallarnos en continua alarma contra esas palabras que son signos.

Ello supone tener que dilucidar constantemente los procedimientos discursivos, epistemológicos y metodológicos, involucrados en las estrategias argumentativas y para la construcción de los temas, problemas y objetos de estudio que “artefactúan” las ciencias. Es decir, implica que esos saberes peculiares reflexionen acerca de los mecanismos semióticos que las atraviesan, f. i., sobre los “fenómenos” comentados en los apartados 2 y 1.

Pero por eso mismo, la Semiótica adviene como un auxilio que es una ciencia que tiene la capacidad de ser una crítica que, en cuanto tal y en tanto habilitada para cuestionar los recursos de la razón con la razón, escapando de la paradoja, desmantela la cientificidad de las ciencias. La Semiótica es ciencia y está más allá de la ciencia, siendo crítica que es apta para desmadejar a la crítica, a las ciencias , a sus apuestas de poder.

En la espera (acaso inútil, de náusea) respecto a un probable aprendizaje magnífico de la ciencia y de la crítica, en torno a sus límites, quizá podamos cantar junto a Virgilio (1966 h: 15):

“[...] Mira cómo oscila el mundo sobre su inclinado eje, y cómo las tierras y los espacios del mar, y el alto cielo y todas las cosas se regocijan con la idea del siglo que va a llegar [...]”

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