Contribuciones a las Ciencias Sociales
Noviembre 2008

 

EL SALVAJE METROPOLITANO: RECONSTRUCCIÓN DEL CONOCIMIENTO SOCIAL EN EL TRABAJO DE CAMPO
 


Maximiliano Korstanje
Universidad de Palermo, Argentina


El salvaje metropolitano no es sólo un libro de antropología sino además un tratado hermenéutico sobre la filosofía del método que ayuda a los lectores más allá de su disciplina de base a hacer uso de la etnografía en sus trabajos de campo. En base a lo expuesto, Rosana Guber comienza su capítulo introductorio con un análisis sobre las limitaciones heredadas del positivismo en las técnicas de recolección de datos. En este sentido, la antropóloga argentina sostiene “las técnicas no son simples herramientas para extraer material ni tampoco meros apéndices de teorías preconcebidas, ¿de qué manera conectan el campo empírico y las teorías sociales de forma tan exitosa que hemos sido incapaces, a lo largo de un siglo, de modificar sus lineamientos básicos?. (Guber, 2004:34).

Con un breve repaso histórico de los comienzos de la etnografía como actividad inherente al orden colonialista, y la posterior corriente interpretativista, Guber arremete contra el positivismo por considerar los hechos científicos como regidos por fuerzas mecánicas externas a los individuos. A diferencia del positivismo, el método etnográfico principios iniciadores de la disciplina se caracterizaba por:



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Korstanje, M.: El salvaje metropolitano: reconstrucción del conocimiento social en el trabajo de campo, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, noviembre 2008, www.eumed.net/rev/cccss/02/rg.htm


1- Carácter científico del trabajo de campo que se debía distinguir de la administración colonialista y/o el seguimiento del evangelizador.

2- Presencia directa del observador in situ contrastando los dichos con las prácticas de sus informantes.

3- Estudios de las unidades sociales de una forma integral.

4- Una descripción cabal de la cultura.

5- La interpretación del hecho social sólo es posible en la cultura observada.

El método etnográfico en las Ciencias Sociales aportó, sin lugar a dudas, un papel importante por cuanto destacaba el rol de la interpretación simbólica en el análisis de las sociedades lejanas; mediante la posterior compresión de los fenómenos en “las sociedades salvajes” se podría comprender mejor las propias occidentales.

En uno de sus párrafos y a lo largo de todo el libro, la autora recalca la idea de que una entrevista no es sólo preguntar y repreguntar sobre determinadas cuestiones, sino por el contrario es interesarse de manera reflexiva por el entrevistado reconstruyendo todos los puntos posibles de su biografía. Hoy en día, “los salvajes” alejados de las ciudades y casi en un estado inmaculado han desparecido; casi la mayoría de ellos ha inmigrado a las ciudades, visten ropa occidental como nosotros, usa celulares y conducen vehículos todo terreno. Asimismo, la autora pone en la mesa concejos prácticos para estudiar temas de difícil aprehensión como el racismo o el prejuicio. Mediante su amplia experiencia en trabajo de campo en temas de exclusión, Guber asegura “la observación participante consiste en dos actividades principales: observar sistemáticamente y controladamente todo aquello que acontece en torno del investigador, se tome parte o no de las actividades en cualquier grado que sea, y participar tomando parte en actividades que realizan los miembros de la población en estudio o una parte de ella” (ibid: 172). Es cierto, en parte, la uni-direccionalidad de una entrevista o un censo falla inevitablemente cuando se intenta indagar sobre profesiones que se desempeñan fuera del sistema legal, así si el encuestador pregunta a “un mafioso” sobre su profesión éste responderá “hombre de negocios” a la vez que una “prostituta” dirá “secretaria”. El punto central de la investigación etnográfica es no sólo la posibilidad de estar insertos en la comunidad y contrastar entre los dichos y las prácticas, sino además proporcionar al observador una guía simbólica de la realidad frente a sus ojos. Pero esa realidad, no se construye desde una dirección sino es producto de la transacción entre investigador e investigado, informante o colaborador.

En efecto, la participación que implica la relación entre investigador/investigado sugiere la posibilidad de una casi-completa asimilación a la cultura anfitriona. Decimos casi ya que nunca se pertenece por completo a ella sino sólo en parte. Así, todo conocimiento extraído de sus informantes no se encuentra desprendido sino ligado a la propia producción que tanto el informante produce de él, y él del informante.

Entre los interesantes puntos que toca la profesora Guber, todo trabajo de investigación posee los siguientes procesos de los cuales podemos reseñar los siguientes:

1- Elección temática, cualquier tema vasto y general en el cual el investigador se sienta atraído puede ser un tema para analizar.

2- Problematización, en este proceso, en cambio, existe una formulación sobre el problema en donde se intenta definir provisoriamente los términos que rigen el problema.

3- La construcción de un marco teórico o referencial ayudan a analizar las variables y puntos importantes que pueden interactuar en el problema escogido.

4- Especificación, es el proceso por el cual el investigador toma un contexto cronológico o geográfico estricto para estudiar su tema.

Una vez realizada la formulación del problema, y tomado el marco referencial es imprescindible escoger la herramienta con la cual se van a recolectar los datos. “Al comenzar su trabajo de campo, el investigador hace lo que sabe; y lo que sabe son sus propias pautas de conducta y de redacción, según sus nociones familiares. Aunque seguramente esto le valga errores de procedimiento e infracciones a la etiqueta local, es el único mapa que por el momento puede orientarlo” (ibid: 180).

Por lo general, se piensa que el investigador debe deshacerse de sus propios prejuicios antes de entrar al campo, pero eso en la práctica no sólo nunca ocurre sino que en ocasiones puede llevarnos a no comprender lo que estamos observando. Por el contrario, el investigador debe incurrir en un doble esfuerzo, primero por intentar meterse en una forma de pensar que no es la propia. Por una parte, dice Guber “es el intento de hacer suyos los sentidos prevalecientes en esa unidad” (ibid: 181), en segundo lugar si el investigador y el informante ocupan posiciones dispares en una u otra estructura, ello sugiere un obstáculo y posterior reajuste en el proceso investigativo. La misma antropología ya tiene experiencias en esta clase de casos, en donde el antropólogo en el siglo XIX era acompañado y reconducido por el orden militar y colonial a sociedades que con esas limitaciones mostraban a los extraños lo que los extraños querían ver.

Otro punto importante en la investigación, es el rol del participante el cual puede involucrarse parcial o completamente en la vida del grupo. En este punto, Guber es más que clara cuando señala “los roles de participante observador y de observador participante constituyen una combinatoria sutil de observación y participación. El participante observador es aquel que se desempeña en uno o varios roles locales, habiendo explicitado el objetivo de su investigación. El observador participante hace centro en su carácter de observador externo, tomando parte de actividades ocasionales o imposibles de eludir” (ibid: 186). Participar plenamente del trabajo de campo implica ocultar el verdadero rol de antropólogo y se relaciona con el grupo mediante el desempeño de una tarea específica. Sin embargo, cuando los informantes descubren que no se trataba de un integrante más del grupo sino de un observador encubierto, puede surgir la inmediata expulsión o castigo del observador. Si bien estas medidas, son criticables desde una perspectiva ética, en ocasiones brindan datos de suma utilidad en caso de temas en donde existe una fuerte sanción social.

Estas y otros puntos sobre como se debe conducir una etnografía pueden encontrarse sin problemas en el texto de la profesora Guber, en parte la obra reseñada es de gran utilidad para todos aquellos quienes quieran adentrarse no sólo en la antropología sino también adaptar su método por antonomasia a sus propios trabajos empíricos de manera interdisciplinar. No obstante, existen algunos puntos en el mismo que ameritan ser repensados a la luz de la investigación científica. En primer lugar, cualquier investigación científica que se precie de tal (sea positivista o no) debe especificar sus fuentes de forma sencilla y pública, pero además sus hallazgos deben poder ser replicados con los mismos recursos metodológicos.

En tal sentido, si bien la etnografía otorga al investigador y su relación con el colaborador en primer plano, en ocasiones dos etnógrafos en la misma aldea ven e interpretan cosas totalmente diferentes. Este punto, que es para muchos etnólogos su bastión metodológico contradice los principios básicos de la ciencia moderna. Exigen, entre otras cosas, ser reconsiderados a la luz de lo que los neo-positivistas se esmeran en recalcar, a saber que si cada uno ve cosas diferentes ¿donde está la validez científica de la observación?. El tema aún está lejos de resolverse, pero a modo de reflexión final sugiere una mención. Por lo demás, la obra reseñada se agenda como de consulta obligada para aquellos que hacen de la epistemología su objeto de estudio.

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