Contribuciones a las Ciencias Sociales
Agosto 2008

 

TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA. MODELOS TEÓRICOS Y EXPERIENCIA LATINOAMERICANA (*)
 


Joaquín Perren (**) (CV)
Centro de Estudios de Historia Regional-Universidad Nacional del Comahue, Argentina
joaquinperren@hotmail.com

 

Resumen:

Este artículo revisita un problema tradicional de las ciencias sociales: la transición demográfica. En una primera parte, se reflexiona en clave teórica sobre esta temática. Luego, se analiza la experiencia europea hacia el “orden demográfico”. Finalmente, se ensaya un ejercicio comparativo entre esta última y lo sucedido en Latinoamérica.

Palabras claves: demografía histórica- modernización-historia comparativa

Abstract:

This article visits a tradicional problem of social science: demographic transition. In the first part, it is thought over the theoretical key on this subject matter. Then, it is analyzed the European experience toward the “demographic order”. Finally, one tests a comparison between that one and what happened in Latin America.

Key words: demographic history-modernization-comparative history



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Perren, J.: Transición demográfica. Modelos teóricos y experiencia latinoamericana, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, agosto 2008. www.eumed.net/rev/cccss/02/jp.htm


Coordenadas iniciales

Pocas dudas caben del impacto que la Revolución Industrial ha tenido en la historia de la humanidad. La posibilidad de desprenderse del lastre que significaba la dependencia de las fuentes naturales de energía, generó un potencial de desarrollo hasta ese momento desconocido. Si durante siglos la economía había presentado un crecimiento supeditado a una oferta limitada de tierra y con cierta tendencia hacia rendimientos decrecientes, el descubrimiento y aprovechamiento de fuentes de energía de origen mineral prestó las bases para un auténtico salto adelante. Las grandes reservas de carbón, aunque no eran ilimitadas, permitieron un sostenido incremento de la productividad que irradió su influencia en los ingresos reales per capita (1). Se trataba, en definitiva, de un ordenamiento productivo que lucía una eficiencia que tenía poco en común con las sociedades de Antiguo Régimen: un gran stock de recursos era acompañado por un uso más racional de los mismos.

Las grandes transformaciones económicas no podían dejar de afectar a la población. Hasta allí su crecimiento era lento y se producía con una gran disipación de energía demográfica (2). Las mujeres debían a dar a luz una gran cantidad de hijos para sortear los efectos de las altas tasas de mortalidad. Cada generación perdía, de esta forma, una importante porción de sus integrantes mucho antes que ingresaran a la edad reproductiva. Tan importante era esta pérdida que hacía necesaria una elevada fecundidad para asegurar tasas de crecimiento apenas positivas. Esta incontrastable ineficiencia era alimentada además por un conjunto de factores, entre ellos el alto riego de muerte y la frecuencia de catástrofes, que volvía incierto cualquier cálculo de largo plazo. Los parsimoniosos ritmos de la economía rural parecían, entonces, reflejarse en un modelo que tenía enorme dificultades para producir un aumento continuo de la población. Fue precisamente sobre las ruinas de esta arquitectura demográfica donde se edificó el moderno ciclo de crecimiento occidental.

La “transición demográfica”, como usualmente se ha denominado a las transformaciones en los principales indicadores poblacionales, provocó una verdadera revolución en la economía mundial, pero también en la vida cotidiana de las personas. Para cobrar dimensión de su impacto bastaría con revisar algunas cifras. Entre 1750 y 1950, la población europea se multiplicó por cuatro, la esperanza de vida se prolongó en treinta años y el número de hijos por mujer pasó de cinco a menos de dos. Como bien dice Livi Bacci, se trata de “un complejo proceso de paso del desorden al orden, y de la dispersión a la eficiencia” (3). Ante semejante viraje en los ritmos de crecimiento, se impone una pregunta elemental: ¿Cuáles fueron las principales aristas de un proceso de cambios enclavado entre dos mesetas de relativa estabilidad?

Para contestar este interrogante, deberíamos ante todo desmenuzar la propuesta teórica en abstracto, para luego examinar la experiencia histórica europea y Latinoamericana. El concepto de transición tiene como idea fuerza la existencia de cuatro etapas que hacen posible el tránsito de una situación de inestabilidad hacia otra de relativo equilibrio. En la primera etapa, característica de las sociedades agrarias, las tasas de natalidad y mortalidad son elevadas, lo cual se traduce en tenues incrementos vegetativos. En un segundo momento, las tasas de mortalidad tienden a disminuir al compás del mejoramiento de las condiciones de vida y la expansión de medidas de profilaxis, al mismo tiempo que las tasas de natalidad conservan una inercia respecto al pasado. La combinación entre el descenso de la mortalidad y elevadas tasas de natalidad se traduce en un sensacional incremento de la población, que generalmente se asocia con un procesos de acelerada urbanización y cambio económico (4). El equilibrio se recupera en el cuarto peldaño de la transición, cuando tasas mínimas de mortalidad son acompañadas por un brusco descenso de la fecundidad.

Una transición a la europea

Como es lógico suponer, esta plantilla conceptual fue elaborada a medida de la experiencia europea, mostrando algunas dificultades para retratar lo sucedido en otros escenarios. Esa imagen lento movimiento plurisecular que circula a la par del desarrollo industrial muestra, sin duda, más solvencia para el caso de las avanzadas economías occidentales que para estudiar sociedades periféricas. En efecto, en los países europeos la transición no se produjo mediante ‘explosiones’ en la tasa de crecimiento, sino con una modificación gradual de la misma y, en parte, paralela a la mortalidad y la fecundidad. Esta situación queda a la vista revisando las “curvas de isocrecimiento”(5) de los últimos dos siglos: un apiñado conjunto de países se desplaza progresivamente de un espacio con altas tasas de natalidad y mortalidad, aunque con un crecimiento insignificante, hacia otro donde predominan reducidas fecundidad y una prolongada esperanza de vida. En este largo período contamos sólo con treinta años (entre 1870 y 1900) que presentan una tasa de crecimiento anual situada entre 1 y 2%. Por supuesto, una afirmación tan general como la anterior debería ser calibrada para poner de manifiesto una gran variedad de contextos. Mientras que Francia inició muy temprano su tránsito hacia un régimen demográfico moderno, Suecia lo hizo bastante más tarde pero con una repentina aceleración de su población. Entre ambos extremos observamos una multitud de variantes intermedias (6).

La explicación más aceptada sobre estas transformaciones coincide en señalar a la caída vertical de la mortalidad como fuerza motora del nuevo ordenamiento demográfico. Una conjunción de factores exógenos y endógenos mejoró enormemente el standard de vida, ampliando el estrecho umbral que por entonces separaba a la niñez de la adolescencia. Si, por un lado, asistimos a una notable reducción de las pestes tradicionales, en un proceso que Rockett denomina “transición epidemiológica” (7); por el otro divisamos una menor incidencia de las carestías como resultado de una mejor organización económica. Hasta allí, las aproximaciones científicas son coincidentes. La ley de los grandes números demostraba un destacado aumento de la esperanza de vida: desde cifras cercanas a los treinta años hacia niveles similares a los actuales. Con todo, este consenso pareciera derrumbarse en ocasión de explorar las causas que hicieron posible la disminución de la fecundidad. Sobre este punto, encontramos una discusión entre explicaciones alineadas con los postulados maltusianos y otras sintonizadas en una frecuencia ‘culturalista’.

Las primeras se esforzaron en demostrar que el aumento de la población generó una creciente presión sobre los recursos, estimulando la aparición de mecanismos de re-equilibrio. Se trata, en definitiva, de una versión remozada de los frenos positivos de la población, sólo que en este caso menos vinculados a las catástrofes. Con el uso de este cristal, la adecuación de la población a los recursos se produciría mediante el descenso de la natalidad subordinado al control individual (8). Las miradas heterodoxas, por su parte, partieron de la suposición que esa disminución en la cantidad de hijos estuvo más vinculada a decisiones matrimoniales que respondieron a transformaciones sociales de vasto alcance temporal. La aparición de sociedades industriales y urbanas habrían provocado una mutación en la percepción de los hijos: esa idea que los asumía como una fuente de recursos y trabajo para la economía doméstica, mudaba a otra que lo entendía como una onerosa carga (9). La expansión de servicios de salud, educación y bienestar social dispararía el “costo de crianza” llevando a una paulatina restricción de la fecundidad (10).

Más allá que la fecundidad se encuentre en parte supeditada a factores biológicos, entre ellos el período de interfecundidad, el ciclo de fertilidad o la mortalidad intrauterina (11), han sido los aspectos sociales aquellos que inclinaron la balanza a favor de la disminución de la natalidad. De ahí la importancia de revisar aspectos tan variados como la nupcialidad, la edad de ingreso a la vida matrimonial, el tiempo medio de espera o la posibilidad de incorporar métodos de control. Cada uno de ellos dejó una huella indeleble en los índices de “producción de nacimientos”. Parece lógico suponer que una baja proporción de matrimonios o bien una edad avanzada al momento de contraer nupcias no podrían sino generar un descenso en las tasas de natalidad. En los años del Antiguo Régimen ambas estrategias parecía ser las herramientas más efectivas en la reducción del ritmo de incremento demográfico. Sin embargo, su eficacia no era lo suficientemente flexible como para modelar la natalidad en oportunidad de las profundas transformaciones del siglo XIX. Por este motivo, comenzaron a ganar terreno mecanismos de control que, abandonando círculos cerrados de la sociedad occidental, avanzaron sobre amplios sectores de la población. Con la aplicación de métodos contraceptivos, observamos claramente cómo los índices de fecundidad legítimos se desploman, perdiendo contacto con los niveles de nupcialidad. Una tendencia de esta naturaleza sólo puede leerse a la luz de la disponibilidad de un método que hacía innecesaria la vigilancia de la nupcialidad. Utilizando otros términos, podríamos decir que las barreras al crecimiento de la población se trasladaron desde las ‘afueras’ de la institución matrimonial hacia su propio interior

Lo cierto es que la baja de la fecundidad, sea cual fuera su motor, tuvo su correlato en el producto bruto per capita. A medida que éste progresaba en las últimas décadas del siglo XIX, lo contrario sucedía con la cantidad de hijos por mujer. Aun cuando sea difícil establecer relaciones de causalidad entre ambos fenómenos, no podemos negar que una menor población dependiente se traduce en una distribución más eficiente de los recursos, en lo que algunos estudiosos han denominado “bono demográfico”. Ante una demanda laboral en expansión bajo los efectos de la segunda Revolución industrial y una población que avanzaba a una velocidad sensiblemente menor a ella, se prestaron algunas condiciones para la difusión de un bienestar general. No es de extrañar que en este contexto las familias tuvieran acceso a los recursos suficientes para enviar a sus hijos a diferentes instituciones educativas, elevando notoriamente la calificación global de la mano de obra. Y en virtud de la prolongación de la esperanza de vida, asistimos también a un interesante plus en el período laboral de las personas, que permitió su permanencia en el mercado de trabajo en los años de mayor acumulación de conocimientos. Todos estos elementos impulsaron favorablemente los niveles de riqueza, aunque luego de los progresos iniciales la relación entre fecundidad y PBI tendió a diluirse (12).

La experiencia latinoamericana

Luego de recorrer las principales escalas de la transición demográfica en el Viejo Mundo, restaría indagar los ritmos que siguió en suelo americano. Una primera diferencia entre ambos procesos nos obliga a introducir el problema de la periodización. Lejos de ser simultáneas, pareciera ser el caso de una suerte de relevo: cuando finaliza el ciclo de mayor crecimiento de las poblaciones desarrolladas, las sociedades periféricas inician uno de dimensiones extraordinarias. En sólo algunas décadas, las poblaciones menos avanzadas, entre ellas Latinoamérica, consiguieron un despegue demográfico similar al obtenido por Europa en dos siglos de transición. Si para las primeras décadas del siglo XX, esta última mostraba ya un visible descenso en sus ritmos de crecimiento, luego de 1930 las segundas imprimieron una aceleración auténticamente explosiva. Entre 1950 y 1980 América Latina duplicó con holgura su población, incorporando a razón de más de seis millones de habitantes por año (13). Lo asombroso del caso es que jamás un espacio continental ha crecido a esa velocidad en la historia y difícilmente alguno pueda conseguirlo en el futuro.

Las razones de semejante divergencia pueden explicarse haciendo uso de un conjunto de factores que se penetran mutuamente. En los países centrales, como hemos señalado, se distingue una gradual disminución de la mortalidad que fue escoltada de una paulatina caída de la natalidad. Nada de eso ocurrió en Latinoamérica. Por el contrario, los niveles de mortalidad, salvo algunas excepciones (14), permanecieron elevados hasta fechas bastante recientes. Sólo con la transferencia del patrimonio de conocimientos acumulado sobre salud y saneamiento ambiental, se produjo en poco tiempo una brusca prolongación de la esperanza de vida. Así, la posibilidad de prevenir y combatir infecciones, la introducción de vacunas y antibióticos, sumados a la difusión de sistemas públicos de salud, permitieron disminuir la enorme sangría demográfica que caracterizaba a los primeros años de vida. Quizás por este motivo, no sería equivocado sostener con Brea que “la transición fue menos el producto de progresos en materia socio-económico que de la importación de tecnología médica” (15).

La natalidad, por su parte, se mantuvo largo tiempo rezagada respecto a los niveles de mortalidad. Esta situación, como es lógico suponer, se tradujo en un fenomenal incremento de la población. Sólo a modo de ilustración podríamos agregar que la tasa de crecimiento en los años sesenta, momento más álgido de la transición demográfica, se encontró muy próximo al 3% anual (16). Resultado de este despegue se desprende la creciente participación latinoamericana en la población total del continente: si en 1950 contaba con una población similar a la anglo-americana, al cabo de algunas décadas terminó duplicando su cantidad de habitantes. Así como durante el descubrimiento y la conquista, el hemisferio fue victima de una catástrofe demográfica sin comparación, hacia mediados del siglo XX la realidad parecía circular por carriles opuestos (17).

Es interesante observar allí una diferencia de peso respecto al modelo europeo de transición. El armazón lógico del esquema se sostenía en la necesidad de ajustar la ‘producción de nacimientos’ una vez disminuida la tasa de mortalidad. Si bien algunos países latinoamericanos se adecuaron perfectamente a esta hoja de ruta (18), gran parte de ellos presentó un comportamiento situado en la antípoda. Tomando distancia de los pronósticos pesimistas que auguraban una disminución de los ritmos de crecimiento, Latinoamérica mostró un sostenido incremento de la fecundidad. Si factores como la exposición a los riesgos de enfermedades y la edad en que se inicia la vida sexual condicionan la cantidad de hijos, no menos cierto es que cuanto mayor sea la duración del matrimonio más prolongado será el ciclo reproductivo de una pareja. Librada la población de la muerte, por lo menos en sus variantes tradicionales, los índices de fecundidad treparon a niveles antes desconocidos. La creciente perdurabilidad de matrimonio, entonces, se reflejó en mujeres más prolíficas y, como necesaria consecuencia, generaciones excepcionalmente grandes de niños (19).

El efecto más visible de este meteórico ascenso de la población ha sido la progresiva inflación de los contingentes juveniles. No es de extrañar que la arquitectura demográfica latinoamericana tenga su centro de gravedad en la base misma de la pirámide. Que la mitad de su población fuera en 1980 menor a los veinte años, nos pone en aviso de que el grueso de la misma era completamente dependiente desde el punto de vista económico (20). Pocas dudas caben que este agregado de ‘bocas y necesidades’ ha representado una considerable carga para los ‘países rejuvenecidos’. Aun cuando no pueda ser sindicado como aquel factor que ha obstaculizado su desarrollo, no podemos dejar de mencionar que esta particularidad agravó las condiciones de países cuyas economías lejos estaban de ser florecientes. Sin embargo, tampoco podríamos concluir que la reducción del número de hijos por pareja constituya una ‘mágica solución’ a graves problemas estructurales que sumergieron al sub-continente en situaciones de tremenda asimetría. El caso de Uruguay puede que nos ayude a ejemplificar este punto. Si bien sus indicadores demográficos se encuentran muy próximos a los niveles europeos, eso no se ha traducido en un incremento sostenido de su PBI. Por el contrario, asistimos inclusive a la emergencia de problemas que son exclusiva propiedad del pequeño país rioplatense: el creciente envejecimiento de su población, al aumentar los estratos pasivos de la población, ha vuelto ineficaz los sistemas provisionales poniendo el peligro el bienestar de futuras generaciones.

Con todo, no podríamos imaginar a Latinoamérica como una entidad monolítica que carece de diferencias a su interior. Por el contrario, su realidad se parece más un mosaico que a un sub-continente homogéneo. Un buen indicio para medir la gran variedad de situaciones que conviven en su geografía es, sin dudas, las tendencias de fecundidad registradas en las últimas décadas. Allí es posible reconocer por lo menos cuatro situaciones distintas, cada una de ellas atravesadas por una conjunción de factores socio-económicos y educacionales (21).

Un primer grupo, conformado por Haití y Bolivia, presenta un cuadro similar al de la Europa pre-transicional: elevadas tasas de mortalidad son acompañadas por una fecundidad que ha mostrados pocos indicios de baja. Si bien en los últimos años se divisa una tendencia a la disminución de la mortalidad con la extensión de diferentes adelantos en materia de salud, ésta no es tan intensa como en otros puntos del continente. Por el contrario, ambos escenarios muestran una estructura de la población decididamente joven, una escasa expansión de servicios educativos y bajos índices de urbanización. Todos estos elementos han modelado economías rezagadas que tuvieron enormes dificultades para conseguir cifras apenas positivas en sus niveles de riqueza.

La segunda constelación de países podríamos decir que se encuentra en el primer escalón de la transición. En las principales naciones centroamericanas y Paraguay, se distingue una interesante disminución de la mortalidad, aunque la fecundidad aun presenta picos relativamente altos. De ahí que encontremos en estos países las tasas de crecimiento más importantes de la región, las cuales van a la par de una población joven y en gran medida rural.

El tercer conjunto de países, por su parte, se sitúa en un estadio intermedio. Aun cuando su fecundidad esté sobrellevando una tendencia hacia la baja, ella todavía se sitúa por encima de la mortalidad, lo cual se traduce en un ritmo de crecimiento bastante más lento que en el pasado (22). En este cuadrante podríamos localizar a la mayoría de la población latinoamericana: si bien los jóvenes no han perdido peso, en virtud de los anteriores niveles de fecundidad, no menos cierto es que estamos frente a sociedades mayoritariamente urbanas. En estos países percibimos además un impresionante incremento de la expectativa de vida, que nos informa acerca de crecientes niveles de bienestar.

Por último, deberíamos mencionar un cuarto grupo de países, compuesto por las naciones del Cono Sur y Cuba, donde resulta apreciable una transición avanzada. Es particularmente interesante observar cómo estos países se ajustaron al guión delineado por la experiencia europea. Desde muy temprano nos topamos con tasas de mortalidad, natalidad y crecimiento vegetativo que se hallan por debajo de la media, pero también con las sociedades más urbanizadas y envejecidas del continente.

Dentro de este cuarto lote de países, Argentina quizás merezca un párrafo aparte. Alejandra Pantelides fue la primera en puntualizar las distancias que la transición argentina conservaba respecto a la tradicional imagen compuesta por cuatro etapas. En un trabajo ya clásico nos ponía frente a dos particularidades que delineaban la vía argentina hacia el “orden demográfico”. A diferencia de lo ocurrido en el escenario europeo y en muchos países latinoamericanos, en la Argentina el descenso de la mortalidad y la natalidad sucedió en simultáneo, dejando poco lugar para la típica explosión demográfica. Esta singularidad fue acompañada por una modernización a todas luces incompleta: la rápida urbanización argentina y el crecimiento económico de la Argentina de entresiglo no se tradujo en un proyecto industrializador como sí ocurrió en el caso europeo. En términos generales, podríamos decir que este complejo proceso se desplegó, mas allá de importantes variaciones regionales, entre 1869 y 1914, mostrando una perfecta sincronía perfecta con el montaje del modelo agro-exportador (23).

El presente y el futuro

Trazadas las líneas más gruesas de la realidad latinoamericana hacia mediados del siglo XX, deberíamos interrogarnos acerca de las tendencias demográficas que surcaron su paisaje en las últimas décadas. En este sentido, podemos detectar cómo esa elevada fecundidad tan característica del baby boom regional, ha cedido terreno frente a una creciente disminución del número de hijos por mujer. Entre los factores que se conjugan en este proceso es necesario mencionar la paulatina difusión de métodos contraceptivos. El progreso y social que experimentaron diferentes países del área en la segunda posguerra con la puesta en marcha de distinta clase de proyectos industrialistas, se convertiría en una motivación de primer orden para el control de la fecundidad (24). La posibilidad de espaciar los nacimientos o bien de tener una menor cantidad de hijos, comenzó a mostrarse como un recurso de enorme importancia en sociedades cada vez más urbanizadas (25). Si en un primer momento la vía latinoamericana se distanciaba del modelo europeo de transición, con el correr del tiempo ambos comenzaron a aproximarse.

Más allá que sea una línea maestra de la evolución latinoamericana, la caída de la cantidad de hijos por mujer debe ser leída a la luz de significativas diferencias socio-económicas. De ahí que las tasas de fecundidad hayan sido más pronunciadas en los espacios rurales que en los urbanos y, dentro de estos últimos, entre quienes se ubican en los estratos medio-altos de la sociedad. Como es evidente, el nivel educativo ha jugado un papel esencial en la existencia de estas tasas diferenciales, especialmente en el caso de las mujeres. Las mujeres que acreditaban el paso por alguna instancia de instrucción, eran quienes mejor conocían los distintos métodos contraceptivos. La fuerte inserción en el mercado laboral de este segmento de la población, se convirtió además en un incentivo de relieve para el control de la natalidad. Así vemos cómo las aspiraciones que trajo consigo el creciente nivel de instrucción, la disponibilidad de una variada gama de métodos contraceptivos, combinada con las presiones nacidas por la sistemática inflación y la latencia de una caída al abismo social, conformaron un bouquet de elementos que favorecieron el desplome de la fecundidad latinoamericana (26).

Algo no muy diferente podríamos decir del proceso de urbanización registrado en las últimas décadas. Más allá que constituya un episodio difícilmente reversible de la historia latinoamericana, es cierto que observamos a su interior interesantes variaciones. Así como a mediados del siglo XX el peso de la población urbana recaía sobre las espaldas de grandes metrópolis crecidas al calor de migraciones provenientes del campo; en los umbrales del nuevo milenio son las ciudades intermedias aquellas que presentan las mayores tasas de incremento. Este novedoso fenómeno sólo podríamos entenderlo en la intersección de dos fuerzas simultáneas: si, por un lado, las migraciones rurales han perdido intensidad al mismo tiempo que disminuye la importancia de la población no-urbana; por el otro es notorio que los programas de ajuste estructural que habitaron las décadas de los ochenta y noventa han afectado duramente a las grandes ciudades (27). La caída en desgracia de la industrialización por sustitución de importaciones, dispararía las tasas de desempleo reduciendo la calidad de vida de las metrópolis. En su lugar, las ciudades intermedias, muchas veces amparadas por regímenes de promoción, se convirtieron en mercados laborales que aseguraban una movilidad social a priori inexistente en los grandes escenarios (28).

Antes de concluir cabe interrogarnos acerca de las tendencias demográficas que esperan a Latinoamérica en el siglo XXI. Nada hace suponer que las características que presenta el continente en materia de población permanezcan inmutables con el paso del tiempo. Por el contrario, parece adecuado sostener que su larga historia de cambios lejos esta de finalizar. Las tasas de natalidad y mortalidad seguirán disminuyendo en una situación similar a la que actualmente atraviesa el continente europeo. En estas circunstancias no sería disparatado pensar que la expectativa de vida al nacer podría prolongarse conforme las medidas sanitarias tengan cobertura de la población rural. Ante un panorama de esta naturaleza, la estructura de la población será objeto de profundas transformaciones: esa base ensanchada tan propia de los años de la explosión demográfica, mudará en una arquitectura crecientemente envejecida. Si bien la población latinoamericana no dejará de crecer en el mediano plazo, lo hará con seguridad a un ritmo mucho más pausado que en el pasado. Frente a esta desaceleración podríamos imaginar algunas de las condiciones necesarias para un take off económico de considerable magnitud: el ‘bono demográfico’ podría cubrir con su estela a espacios que se mantuvieron fuera de su radio de influencia. Por supuesto, la población, aunque sea un factor clave, no puede entenderse sin atender a transformaciones económicas de gran alcance temporal. La falta de contactos entre estas dos áreas puede que inaugure una nueva “larga espera”, solo que esta vez en el corazón de la “sociedad del conocimiento”.

Bibliografía

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(1991) WRIGLEY, E.A., Cambio, Continuidad y azar. Carácter de la Revolución industrial inglesa, Barcelona, Crítica.
 

NOTAS

* Este articulo forma parte de un trabajo realizado en ocasión del seminario “Territorio y población en América Latina”, dictado por el Dr. Héctor Pérez Brignoli, en el marco del Programa de Maestría en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de San Martín.

** Centro de Estudios de Historia Regional-Universidad Nacional del Comahue (Patagonia, Argentina). Becario Doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)

1. WRIGLEY, E.A., Cambio, Continuidad y azar. Carácter de la Revolución industrial inglesa, Barcelona, Critica, 1991, pp. 17-18.

2. LIVI BACCI, Massimo, “La demografía contemporánea: hacia el orden y la eficiencia”, Historia Mínima de la población Mundial, Barcelona, Ariel, 2002, p. 137.

3. LIVI BACCI, Massimo, “La demografía contemporanea…”, op cit, p. 138.

4. BREA, Jorge, “Population Dynamics in Latin America”, Population Bulletin, Vol. 58, nº 1, 2003, p. 11.

5. Las curvas de isocrecimiento representan una modalidad grafica que incorpora la esperanza de vida y los niveles de fecundidad. Lo interesante de la metodología es que permite observar clusters de países en situaciones similares y las áreas que han ocupado a lo largo del tiempo.

6. LIVI BACCI, Massimo, “La demografía contemporanea…”op cit, p. 140.

7. ROCKETT, Ian, “Population and Health: An introduction to epidemiology”, Population Bulletin, Vol. 54, nº 4, p. 9.

8. LIVI BACCI, Massimo, “La demografía contemporanea…”, op cit., p. 142.

9. BROCKERHOFF, Martin, “An Urbanizing Word”, Population Bulletin, vol. 55, nº 3, 2000, p. 6.

10. LIVI BACCI, Massimo, “La demografía contemporanea…”, op cit, pp. 142-143.

11. Ibídem, pp. 22-23.

12. LIVI BACCI, Maximo, “La demografía contemporanea…”, op cit, p. 160.

13. SANCHEZ ALBORNOZ, Nicolás, “La explosión demográfica”, en La población en América Latina: desde los tiempos precolombinos al año 2025, Madrid, Alianza, 1994, p. 211.

14. Para 1930 solo contamos en Latinoamérica cuatro países que se encontraban por debajo del umbral del 16 %o (Argentina, Uruguay, Cuba y Panamá). Los restantes países tenían tasas de mortalidad que oscilaban entre 20 y 30%o.

15. BREA, Jorge, “Population Dynamics…”, op cit, p. 11 (traducción mía J.P.).

16. BREA, Jorge, “Population Dynamics…”, op cit, p. 7.

17. SANCHEZ ALBORNOZ, Nicolás, “La explosión demográfica…”, op cit, p. 217.

18. Aquí deberíamos mencionar especialmente a los países del Plata (Argentina y Uruguay) que, desde temprano, mostraron una tendencia hacia la disminución de la fecundidad.

19. SANCHEZ ALBORNOZ, Nicolás, “La explosión demográfica”, op cit,

20. Ibídem, p. 232-235.

21. BREA, Jorge, “Population Dynamics…”, op cit, pp. 12-13.

22. Este grupo de países, entre los que contamos a Brasil y México, ha mostrado una tendencia pronunciada a la baja de su fecundidad: un promedio de 6,2 hijos por mujer para 1965 fue reemplazado hacia 1990 situado por debajo del umbral de 3. Cfr. BREA, Jorge, “Population Dynamics…”, op cit, p. 12.

23. TORRADO, Susana, Población y desarrollo en la Argentina (en busca de la relación perdida), Comisión de Familia y Minoridad, Honorable Camada de Senadores, Buenos Aires, 1990.

24. MERRICK, Thomas, “Populations pressures in Latin América”, Population Bulletin, Vol. 41, nº 3, 1986, p. 16.

25. Para dar cuenta del tremendo proceso de urbanización que ha experimentado Latinoamérica en los últimos cincuenta años, bastaría con mencionar que la población en las ciudades creció a un promedio de 4,7% anual. Esta tendencia posibilitó primero la caída relativa de la población rural, que luego convertirse en absoluta.

26. MERRICK, Thomas, “Populations pressures in Latin América…, op cit, p. 18.

27. BREA, Jorge, “Population Dynamics…”, op cit, p. 27.

28. Para el caso argentino esto queda claro a la luz de la evolución de la población en los últimos cuatro censos nacionales. Cfr. VAPNARSKY, Cesar, y PANTELIDES, Edith, La formación de un área metropolitana en la Patagonia. Población asentamiento en el Alto Valle, Buenos Aires, CEUR, 1987; o del mismo autor, “Primacia y macrocefalía en la Argentina: la transformación del sistema de asentamiento humano desde 1950”, Desarrollo Económico, nº 138.

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