Revista: Caribeña de Ciencias Sociales
ISSN: 2254-7630


CÓDIGOS CULTURALES EN EL ESPACIO PÚBLICO URBANO: LA PERTINENCIA DE LA SOCIOLOGÍA DE LA CULTURA

Autores e infomación del artículo

Maylin Yero Perea

Centro Provincial de Superación para la Cultura, Cuba

yoly@udg.co.cu

Resumen
El presente artículo ofrece un acercamiento al recorrido conceptual que ha tenido el espacio, desde su concepción centrada en el aspecto físico del territorio hasta su comprensión como ámbito de relaciones culturales. Puede apreciarse cómo el espacio público urbano se erige entramado cultural, texto, que puede ser leído por los transeúntes y habitantes. Los cambios en el espacio físico, introducen cambios en la percepción de los lugares, constituyéndose sede de narrativas culturales en las que actúan códigos culturales insertos en el texto citadino. Resulta de interés, la aportación de la Sociología de la Cultura a la apropiación teórica de esta cualidad simbólica del espacio público urbano. De la evaluación crítica de las contribuciones que esta disciplina y otras como la Sociología Urbana, Antropología Urbana, la Geografía Social y la Psicología Ambiental han realizado a la problemática en cuestión, se deriva la construcción de este cuerpo de fundamentos teóricos.

Palabras clave: espacio público urbano, Sociología de la Cultura, texto cultural, narrativas culturales, códigos culturales.

Abstract
The present article offers an approach to the conceptual space traveled that has had the space, from your centered conception in the physical aspect of the territory to your comprehension as environment of cultural relations. It can be appreciated how the public urban space erects cultural web, text, that it can be well-read for the transients and inhabitants. The changes in the physical space, introduce changes in the perception of the places, by constituting it soothes of cultural narratives acting cultural inserted codes in the city´s text. Result of interest, the contribution of the Sociology of the Culture to the theoretical appropriation of this symbolic quality of the public urban space. Of the critical evaluation of the contributions that this discipline and other as the Urban Sociology, Urban Anthropology, the Social Geography and the Environmental Psychology have carried out to the problematic in question, derives the construction of this body of theoretical foundations.

Keywords: public urban space- Sociology of the Culture- cultural text- cultural narratives- cultural codes.


Para citar este artículo puede uitlizar el siguiente formato:

Maylin Yero Perea (2016): “Códigos culturales en el espacio público urbano: la pertinencia de la sociología de la cultura”, Revista Caribeña de Ciencias Sociales (enero 2016). En línea: http://www.eumed.net/rev/caribe/2016/01/codigos-culturales.html


El espacio público urbano se erige entramado cultural, texto, que puede ser leído por los transeúntes y habitantes. Los cambios en el espacio físico, introducen cambios en la percepción de los lugares, constituyéndose sede de narrativas culturales en las que actúan códigos culturales insertos en el texto citadino. Las miradas sobre el recorrido conceptual del espacio han sido diversas. Entre ellas resaltan su concepción sobre la preeminencia del aspecto físico, enfoques que lo ubican como ámbito de relaciones sociales, como escenario de producción y reproducción simbólica, así como aquellos que lo reconocen como espacio de relaciones culturales. Resulta de interés, la aportación de la Sociología de la Cultura a la apropiación teórica de esta cualidad simbólica del espacio público urbano. De la evaluación crítica de las contribuciones que esta disciplina y otras como la Sociología Urbana, Antropología Urbana, la Geografía Social y la Psicología Ambiental han realizado a la problemática en cuestión, se deriva la construcción de este cuerpo de fundamentos teóricos.

Uno de los sitios de cambio y crecimiento urbano es la ciudad de Bayamo, enclavada en la provincia Granma (Cuba), espacio rico en historia. Desde fines de la década del 90 del pasado siglo y hasta la actualidad, la ciudad ha experimentado cambios significativos en su espacio público urbano, generadores de una actualización de sentidos expresados en la representación social citadina.
Las transformaciones que han tenido lugar se relacionan, principalmente, con la mayor cualificación estética de lugares e instalaciones mediante la incorporación de la creación plástica en su ambientación, el incremento de los servicios culturales y gastronómicos, los nuevos usos del espacio público, y la modificación de algunos hábitos de socialización urbana.
Los cambios en el espacio público citadino, contribuyen al desarrollo de maneras de percepción y relación de los actores sociales con la ciudad, reconstruyendo las representaciones que individuos y grupos tenían sobre el ámbito local. Estos nuevos modos de representación, contienen y expresan las transformaciones que acompañan el devenir social. De esta forma se enriquecen los universos simbólicos tejidos en el acervo identitario bayamés. Los imaginarios relacionados con el espacio público urbano son sensibles a las transformaciones de los lugares, que inciden en sus variaciones, y todos ellos integran las narrativas en torno a la ciudad.
La investigación de esta problemática condujo a la revisión de conceptos que permitieran encuadrar la realidad bayamesa, en aras de comprender los matices culturales asociados al espacio y su transformación de espacio físico, a lugar, y a espacio de relaciones culturales.

Del espacio como territorio a su concepción como ámbito de relaciones culturales

El concepto de espacio ha tenido varias acepciones y prioridades en las diferentes escuelas de pensamiento y fragmentaciones disciplinarias. Entre ellas pueden diferenciarse las principales perspectivas que han tenido su conceptualización y análisis, en este recorrido de lo geográfico a lo simbólico.
En este sentido, pueden distinguirse los siguientes enfoques:

  • El espacio visto desde su aspecto físico

Este argumento muestra la evolución del concepto (en la obra de Félix Pillet, 2004 y la exploración al tratamiento del “lugar” por parte de la Sociología, en la investigación de la cubana Mariana Ravenet, 2002).
Se desarrolla fundamentalmente desde la Geografía. En principio, sus argumentos circunscriben al espacio como lugar, localización, área, territorio. Esta concepción le otorga demarcación, límites, y extensión. (Santos, 1996; Ravenet, 2002). El espacio es una unidad conformada por un conjunto de atributos, hechos y procesos no considerados de manera aislada y vistos a escala del mundo, de la región y de lo local. Entre sus características básicas se hallan la historicidad, la totalidad y la escala (Pillet, 2004).
Durante la primera mitad del siglo XX se vislumbró como espacio concreto mientras en la segunda mitad transita hasta el espacio abstracto. El primero se enfocaba en la región, enfatiza en la territorialidad y los elementos físicos, combinando Ciencias Naturales y Sociales. Por su parte, el espacio abstracto se enfoca en una excesiva geometrización, con privilegio de modelos estáticos, que pierden de vista la dinámica espacial (Pillet, 2004:144). Para sus seguidores lo más importante eran los fenómenos puramente “espaciales”, en detrimento de los naturales y culturales.
Estos conceptos exaltan las características naturales de los lugares de establecimiento de los seres humanos. Basan su diferenciación en las particularidades de los espacios, asociadas a los componentes de la naturaleza. Son estudiados como concepto geográfico de paisaje en sus distintas manifestaciones (paisaje natural, paisaje humanizado, paisaje agrario, paisaje industrial, paisaje urbano). También se emplea el término territorio y se asocian a él: relieve, clima y tipo de suelo (Ravenet, 2002).
En estas perspectivas, los procesos en los que interviene el espacio asociado a los actores sociales, no eran significativos. El concepto de espacio se encontraba alejado del accionar humano, ignorándose su interrelación con este y la influencia recíproca de uno y otro.

  • El espacio como ámbito de relaciones sociales

El concepto de espacio como producto social, proveniente de la Geografía Social, ha pretendido colocarse por encima de la orientación naturalista, y del enfoque de localización. Milton Santos (1996) lo define como una totalidad estructural formada por un conjunto indisociable, solidario y también contradictorio de sistemas de objetos y de acciones, no considerados de manera aislada, y visto a escala del mundo y del lugar.
La noción de producción social del espacio permite articular su estudio con el de la sociedad. No obstante, el énfasis puesto en lo social y la consideración del espacio como su reflejo supusieron el riesgo de que el análisis perdiera sentido, pues debería ser suficiente con investigar lo social para comprender lo espacial.
El espacio local globalizado contiene una configuración integradora. Con la conexión global-local conecta el examen del espacio subjetivo con el espacio social (Pillet, 2003). Esta dialéctica entre lo local y lo global se convierte en fundamento de acercamientos al espacio y las relaciones que en él se establecen. Sobre esta base se expresan la relación actor social-medio, la conexión espacial urbano-rural, sus transformaciones y la referencia global-local.
Lo local globalizado permite una mayor inclusión de la diversidad presente en la realidad. Coloca el mundo social, y su relación con el espacio, permitiendo la entrada de las complejas relaciones de grupos y actores que tienen lugar en él. Sin embargo, este concepto no es suficiente para realizar un estudio del entramado cultural que tiene lugar en el espacio bayamés.
En este enfoque, que contempla el espacio como ámbito de relaciones sociales, se incluyen estudios sociológicos de y sobre la ciudad, de la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX, que se realizan en ámbitos citadinos e intentan comprender sus dinámicas (Carlos Marx, 1845, 1857; Georg Simmel, 1900; Max Weber, 1922 y Émile Durkheim, 1924; Robert Park, ErnestBurguess y Roderick D. McKenzie en 1925).
De especial interés resulta el análisis de la oposición campo-ciudad como reflejo de la división del trabajo y el intercambio de mercancías, desarrollado por Carlos Marx, en sus estudios de la esencia económica, que define y caracteriza el modo de producción capitalista (1857-1858). No obstante, su teoría se enfoca en la estructura económica, política y social de la sociedad más que en el espacio propiamente dicho.
Un criterio diferente se coloca en los estudios de la ciudad capitalista y su patología urbana (efectuados en 1924 por Durkheim), para expresar el relajamiento de la cohesión moral de la sociedad del momento. En su examen de las conciencias colectivas desentraña elementos identitarios del contexto urbano aunque no se detiene en las relaciones entre actores sociales y espacio citadino.
Otra mirada explica la ciudad como expresión sintética y simbólica del modo de producción que conducía al progreso (Weber, 1971), ya que en ella se desarrollaba el escenario económico, político y legal para institucionalizar las acciones más significativas en defensa de la modernidad (Ravenet, 2002:42). Los paradigmas de libertad y los valores de organización social del mundo occidental, se relacionaban con la racionalización de la ciudad y su condición capitalista.
Las transformaciones en el nivel cultural de la racionalidad conducían a cambios en las estructuras, pensamientos y acciones individuales del mundo moderno (Weber, 1971). En este marco define la ciudad, según Ritzer, como “entidad racional” (Ritzer, 1993: 285-286).
Otros estudios se enfocan en la comparación de la cotidianeidad en ambientes citadinos. Tal es el caso del análisis polarizado entre las ciudades esclavistas o feudales y la metrópolis capitalista (Simmel, 1976). Entre sus aportes se encuentra la diferenciación del grado de libertad según la interacción social que en ellas se produce y la naturaleza de la vida urbana y sus problemas.
Los acercamientos de los pensadores clásicos no se centran en las nuevas formas culturales que se desarrollaban en el espacio de las ciudades, aunque exponen pautas que develan el accionar del entramado cultural. De acuerdo con Mariana Ravenet (2002:45), “el análisis de la sociedad siempre era visto en comparación con el modo de producción pasado y las referencias a lugares (ciudad, metrópoli, urbano, rural, comunidad, sociedad) respondían a abstracciones, conceptos o tipos ideales suprahistóricos”.
En esta etapa, el discurso sociológico no reconoce de forma íntegra las contradicciones (observadas en las desigualdades espacio-territoriales) como inherentes al modo de producción capitalista que se instauraba. Aunque se realizan acercamientos a la ciudad y lo urbano, no estudian específicamente las potencialidades de los espacios públicos urbanos, ni declaran su relación con la cultura.
En los decenios de los 20 y 30 del siglo XX, Robert Ezra Park, integrante de la Escuela de Chicago, se concentró en la competitividad de los grupos por el espacio. En este afán empleó una analogía con la ecología y operó conceptos como: dominio, simbiosis y sucesión. Según su propuesta, los habitantes más fuertes del medio urbano ocuparían lugares más ventajosos, y los otros se adaptarían a sus demandas.
A pesar de tratarse de estudios enfocados hacia el medio urbano, esta perspectiva no toma en cuenta la relación de los aspectos políticos y económicos que entran en correspondencia con la disposición espacial y la distribución. Hasta este momento, trasciende el interés por la ciudad, su incidencia en los actores sociales, y la manera en que sus componentes físicos se integran a la vida.
Una perspectiva más contemporánea contempla la ciudad como marco contextual donde se analizan variables con un vínculo común. Estos estudios muestran la marginación e inequidad, fruto de diferencias en el acceso a los centros de poder de la sociedad (Homobono, 2000; Merry, 2003) y la implicación entre conciencia y conocimiento en la inserción de los mundos micro en la estructura urbana, regional y del país (Arturo, 2013). Este panorama configura una articulación compleja de hechos difícilmente cuantificables, pero con una fuerza analítica importante, como son los procesos de identificación-desidentificación, producción-reproducción, marginación-inserción.
La configuración antes expuesta cuenta con herramientas conceptuales, articuladas –o trianguladas–, con aquellas que la Sociología aporta, a la mejor comprensión de lo urbano, centro nodal de elaboración e intercambio de bienes sociales, simbólicos y económicos en contexto post industrial.

  • El espacio como escenario de producción y reproducción simbólica

Este enfoque visualiza la arista simbólica del espacio y la configuración de sus dinámicas internas (Valera y Pol, 1994; Valera, 1996; Castells, 2003; Pillet, 2004; Safa, 2010).
Un avance en el análisis se aprecia con el desarrollo de las geografías de la percepción y del comportamiento, humanísticas y del tiempo, que dan entrada al espacio subjetivo. Estas corrientes recuperan el lugar y el paisaje, con sus contenidos naturales, sociales, históricos y actuales. Entre sus aportes se encuentra el reconocimiento del espacio vivido, de la experiencia cotidiana e histórica y la identificación con el espacio. Se le señala la preeminencia de la visión individual en las interpretaciones simbólicas, el mundo de los significados y la pasividad social, al soslayar la implicación activa en los mecanismos del cambio social y político (Pillet, 2004:146).
Aunque no cuenta con el aprecio de los seguidores del espacio social (Pillet, 2004) el espacio subjetivo se construye a partir de lecturas semióticas del paisaje, los documentos históricos, las imágenes y el texto narrativo. Facilita la obtención de competencias espaciales en los actores sociales y reconoce su aporte en la construcción del espacio.
Otro momento importante en el tránsito hacia el espacio como sede de símbolos y significaciones, más afín con las relaciones culturales que tienen lugar en él, es el desarrollo de conceptos como: simbólica urbana y espacio simbólico urbano.
La simbólica urbana revela la dinámica entre los grupos humanos, el espacio físico construido y los imaginarios asociados a él. Esta interacción reafirma la necesidad de realizar estudios contextualizados, geográfica y temporalmente.
Su propuesta parte de que los sentidos atribuidos a la parte física de la ciudad crean zonas diferenciadas dentro de la memoria común de los individuos que las pueblan. Estas zonas y sus rasgos ideológicos forman un tejido: la simbólica urbana (Castells, 2003).
En consecuencia, está integrada por formas espaciales que actúan como emisores, retransmisores y receptores de prácticas ideológicas generales. Se presenta en una dualidad (Castells, 2003:139-284): prácticas ideológicas materializadas por el espacio y un ámbito cultural donde se encuentran arte, diseño, tecnología y materiales. Su carácter procesal queda determinado por estos ámbitos que se funden en la vida cotidiana.
Según este punto de vista, la ideología engendra formas culturales que a su vez incluyen un sistema de procesos simbólicos en una estructura urbana (propiciando la retransmisión y recepción) del espacio constituido. Este ininterrumpido proceso está mediado por prácticas ideológicas de modo que se puede apreciar su doble efecto: las prácticas y las instancias estructurales.
El concepto identidades vecinales contiene nociones esclarecedoras en cuanto a las relaciones simbólicas establecidas en un territorio. Lo vecinal remite al problema de la territorialización de los procesos sociales y culturales. Sin embargo, habría que pensar al territorio no como algo dado, estático, sin historia, sino como una configuración espacial compleja, donde se articulan los distintos niveles de la realidad e interactúan diferentes actores implicados en la delimitación y apropiación del territorio, con intereses e intenciones no solo distintos, sino también, en algunos casos, contradictorios o en tensión (Safa, 2010).
Las identidades vecinales se sintetizan en símbolos colectivos de múltiples significados. Las historias personales son importantes para entender cómo los actores construyen y reconstruyen sus arraigos al territorio. Estas identidades adquieren sentido, valor y fuerza por el significado que tienen para los actores sociales. Se forman con los recuerdos que seleccionan fragmentos de la vida transcurridos en determinado espacio, con las expectativas y deseos.
Este concepto coloca la construcción de símbolos asociados al espacio, señalando intereses, prácticas e intervenciones de los grupos y actores sociales en este proceso, por lo cual la autora de esta investigación considera que es pertinente su ubicación en este enfoque.
Otro concepto que considera la potencialidad simbólica del espacio es el de espacio simbólico urbano. Al igual que las identidades vecinales, coloca la interacción de los individuos y su producción de significados estrechamente vinculados a un entorno. Se delimitan como espacios “de un entorno urbano determinado que siendo considerados por los miembros de un grupo asociado a un entorno como elementos representativos de este, son capaces de simbolizar las dimensiones más relevantes de la identidad social urbana de este grupo” (Valera y Pol, 1994:20).
Esta perspectiva de análisis considera que todo espacio está dotado de un significado y que este tiene su base en una construcción socialmente elaborada, donde se destacan aquellos espacios que, por su contenido significativo y simbólico, pueden ser considerados representativos para una determinada comunidad, es decir, espacios simbólicos urbanos (Valera, 1996: 67).
Las perspectivas de Safa (2010) y Valera y Pol (1994) necesitan ser argumentadas desde una perspectiva socio-histórica, para una mejor comprensión del proceso de construcción social de significados. Sus constructos se enfocan hacia la arista simbólica de las investigaciones realizadas desde la cultura, aunque no proponen un análisis cultural integrador de estas producciones.
Cada vez más se observa cómo la configuración espacial contribuye a la formación de territorios reconocidos por sus características físicas y por los procesos particulares de desarrollo social y cultural.
La idea de que los individuos, los grupos sociales o las comunidades están siempre ubicados, y por tanto conectados a determinados entornos resulta evidente. Sin embargo, el papel que desempeñan en la formación de las identidades, símbolos y percepciones de los actores sociales ha sido abordado de diferentes maneras.
El interés por el lado subjetivo del objeto tiene una larga tradición desde Max Weber hasta la actualidad. Una de las teorías que ubica la adquisición de la naturaleza ontológica de los objetos, a partir de los significados conferidos por individuos y grupos, es el Interaccionismo Simbólico. En su corpus teórico explica que los objetos pueden ser considerados construcciones sociales, punto de vista aportativo para esta investigación, en el tratamiento de las representaciones sociales del espacio público urbano bayamés.
Los significantes y símbolos asociados al espacio son parte de una cultura del entorno. Su influencia en formas de relación, en los vínculos establecidos entre actores sociales y grupos con su ambiente físico, se desarrolla con mucha fuerza en los espacios urbanos. Estos son ámbitos privilegiados en el anclaje de símbolos y significaciones.
El espacio público urbano como texto cultural
El espacio público urbano ha devenido configurador de mentalidades, formas de pensar y actuar que definen el perfil social de los individuos y grupos. Durante el siglo XX y hasta el presente ha recibido gran atención por las Ciencias Sociales y Humanísticas. Los símbolos, significaciones, signos y representaciones de lo urbano, creados, desarrollados y transformados en la subjetividad de los grupos de individuos, han ganado mayor lugar e importancia en investigaciones de estos campos.
La comprensión de los espacios citadinos se concibe como una relación real (la realidad urbana), una forma específica, compuesta de hechos, y a su vez de representaciones e imágenes, siempre en curso de transformación.
Evidencian las vías de comunicación, barrios, edificios y redes de servicios públicos. Son reveladores del pasado físico, social, y económico. También fungen como sede de interrelaciones entre actores sociales, producción de bienes, servicios, ideas, normas y leyes, infraestructuras, y el medio ecológico. En aras de lograr una mejor comprensión es válido analizar dos conceptos medulares para la investigación: espacio urbano y espacio público urbano.
Por lo general, el espacio urbano, sobrepasa los propios límites de la ciudad, debido a la formación de grandes áreas metropolitanas periféricas agrupadas a su alrededor. “Está compuesto por una multitud de elementos que configuran una compleja estructura físico-arquitectónica donde se desenvuelven individuos, grupos y comunidades en una también compleja red de interrelaciones y comportamientos” (Valera, 1997:17). Es sede de prácticas sociales y culturales que propician la interacción de los individuos.
Lo urbano, podría asociarse a un "ambiente social", que supone encuentros, conocimientos y reconocimientos, maneras de vivir, cuyo contexto, tiene a la ciudad como polo dominante y coexistiendo con ella, termina por cubrir, virtualmente, a toda la sociedad. Sobre la base económica de este tejido urbano, aparecen fenómenos de otro orden: el de la vida social y cultural (Lefebvre, 1973).
El espacio urbano incluye el sistema de espacios públicos, que son aquellos espacios que ayudan a estructurar visual y funcionalmente a la ciudad. Este sistema jerarquiza y caracteriza el entorno urbano. Funciona como conector entre las actividades realizadas en ámbitos privados, a la vez contienen otras relacionadas con el encuentro, la confrontación y el intercambio, las cuales tienen un carácter eminentemente colectivo, inspirador de la imaginación e identificación individual (Cárdenas, 1991, 1999, 2000; Guerra, 1999; Coyula, 2000).
Por tanto, el espacio público urbano es el espacio de redes o tejido de relaciones sociales, precarias, fugaces (Cárdenas, 1999), que aun así permiten cierto tipo de vínculo social que da coherencia al comportamiento de los actores para comunicarse y también para movilizarse. Resulta el espacio privilegiado de nexos entre las subjetividades de los individuos, grupos y comunidades.
Se le atribuyen tres dimensiones (Borja, 1998, 2001; Borja y Muxí, 2000): urbanística, referida a materialidad y legibilidad, relacionado con el territorio, entornos construidos y trayectos físicos; política, en consonancia con políticas de producción de ciudad, enfocada en la promoción de una mayor participación de los individuos en la construcción de sus espacios; y sociocultural, reconocida como el espacio vivido por los actores, que enfatiza en la calidad del espacio público, la relación entre las construcciones y sus entornos, y la necesidad de crear espacios bellos.
Resulta valioso para este trabajo el reconocimiento, no solo de las cualidades asociadas al espacio físico, sino de la incidencia de la participación en los procesos de construcción y la apropiación espacial realizada por los grupos, incluidos en la dimensión sociocultural.
Al limitar esta última a los aspectos enunciados anteriormente no se contemplan en ella los imaginarios, representaciones y habitus relacionados con las áreas de la ciudad. Estas posiciones muestran la búsqueda que tiene lugar a nivel teórico acerca de la imbricación del espacio público urbano y las relaciones culturales de las que es partícipe. El reconocimiento de la potencialidad simbólica de este espacio y las redes que en él tienen lugar, permiten avanzar hacia concepciones que fortalezcan la presencia de lo cultural.
Toda realidad está mediada por aspectos culturales que forman parte intrínseca de los individuos. La cultura es un fenómeno complejo que ha recibido diferentes miradas. En la literatura revisada se aprecian diferencias según el reconocimiento de la producción simbólica y significaciones compartidas:

  • Enfoques que privilegian la visión de la cultura como conjunto de ideas, valores, normas, signos y artefactos, ligadas a una tradición particular, a una lengua, y a un territorio. Coloca los componentes en el mismo nivel de generalidad (Taylor, 1979; Boas,1990; Malinowski, 1982; Daniels, 2012; Dwyer, 2012).
  • Definiciones que desarrollan la vinculación con la hegemonía, en las relaciones de poder y la economía. Reconocen el caudal simbólico pero no se detienen en él (Foucault, 1969, 1978; Appadurai, 2002; Mato, 2002; Yúdice, 2006; Ayús, 2007).
  • Punto de vista que jerarquiza la naturaleza simbólica de los procesos culturales. Esta perspectiva la integran dos direcciones:
  • Una visualiza el aspecto aglutinador de prácticas y articulador de la interrelación de los grupos en la sociedad (Williams, 1980, 1994; García Canclini, 1990, 1995; Blummer, 1997; Martín-Barbero, 2003; Britto, 2005; Arturo, 2013).
  • La otra, enfatiza en la articulación de discursos y significados (Levi- Strauss, 1945; Eco, 1975; Geertz, 2003; Bourdieu, 1990; Lotman, 1996, 1998; Alexander, 2000; Margulis, 2009; Guerrero, 2010).

En el marco de esta última se evidencia el carácter textual de la cultura, pertinente para esta investigación. En ella se asume la concepción de cultura en términos de texto conformado por una (la) dimensión simbólica (inherente a toda forma de actividad humana), que se manifiesta en los mensajes y en la acción, por medio de los cuales los miembros de un grupo (se) piensan y representan a sí mismos,(a) su contexto social y al mundo que los rodea.
Todas las culturas construyen de un modo determinado sus propios universos simbólicos, que interpretan los fenómenos y las actividades humanas (Geertz, 1988; Bourdieu, 1990; Alexander, 2000b; Margulis, 2009; Guerrero, 2010). Estos sistemas de significantes intervienen en la producción de prácticas culturales manifiestas y ameritan otros acercamientos al análisis social de instituciones y formaciones específicamente culturales (Williams, 1980; Blummer, 1997; Martín-Barbero, 2003; Britto, 2005).
Desde el análisis de textos y contextos que motivan la acción social (Lotman, 1996, 1998), es reconocida en la cultura la eficacia causal del sentimiento, la creencia y la emoción de la vida social. También son necesarios los símbolos colectivos y la innovación de los significados, apreciables en las propuestas de Geertz (2003), García Canclini (1990, 1995), Alexander (1995, 2000a, 2000b) y Margulis (2009).
El reconocimiento de las acciones sociales en un marco de significación cultural que permite la solidaridad y la acción colectiva (Alexander, 1995, 2000b; evaluada por Mosivás, 2001; y Vite, 2003), propone alcanzar una perspectiva multidimensional, soportada en la mediación de los códigos culturales dentro de la disciplina Sociología de la Cultura.
El programa fuerte, recoloca en la Teoría Sociológica Contemporánea los discursos y significantes presentes en las instituciones y la acción social. Este punto de vista contempla la cultura como fuerza activa presente y actuante en todos los fenómenos de la sociedad. En su corpus teórico se encuentra la idea de que toda acción, independientemente de su carácter instrumental, reflexivo o coercitivo, se ubica en un horizonte emotivo y significativo (Alexander, 2000b; Monsivás, 2001; Vite, 2003).
En la construcción social del entramado simbólico y sus elementos distintivos también es pertinente el par cultura internalizada y cultura objetivada (Bourdieu, 1990). La primera está conformada por pautas de significado, creencias, representaciones, significados y valores; la segunda, son las expresiones simbólicas tangibles, entre las que pueden citarse edificios, prácticas, rituales u objetos cotidianos, religiosos y artísticos a partir de los cuales los actores expresan significados.
Aunque Pierre Bourdieu desestima la segunda (la cultura objetivada o las expresiones culturales físicas no son propiamente cultura sino soporte de ésta (Bourdieu, 1990)), la presente investigación distingue su imbricación y unión indisoluble con la primera. En este trabajo se utilizan las dos como conceptos complementarios. Ello permite contemplar el nexo entre cambios en el espacio físico (en este caso en el espacio público urbano) y los textos culturales asociados a ellos (vistos como representaciones sociales).
En este ámbito de relaciones, se encuentran los elementos físicos del espacio público urbano, como contraparte de la cultura internalizada. Los imaginarios asociados a este espacio complementan sus expresiones tangibles (que conforman la cultura objetivada) realizándose su apropiación individual y colectiva.
Desde estas definiciones, los aspectos significativos o simbólicos no se entienden como algo sobrepuesto a lo social, sino como elementos constitutivos y una dimensión necesaria de todas las prácticas humanas (Guerrero, 2010). A diferencia de la cultura objetivada, la cultura interiorizada como habitus y representaciones sociales ha sido menos estudiada, especialmente por las dificultades teóricas y metodológicas que implica su aprehensión.
Esta cultura que atraviesa los ámbitos sociales no es un ente homogéneo ni monolítico. No es innata ni instintiva, no se recibe por herencia, desde el punto de vista genético, sino que se aprende durante los primeros años de la existencia y contiene una gran carga emotiva. Es un fenómeno de grupo, compartido por seres humanos que viven en sociedades y a quienes la presión social confiere bastante uniformidad.
A su vez, contiene en sí lo igual y lo diferente, y cambia, se modifica, de una manera gradual y constante. Posee patrones de conducta estandarizados que indican lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Muchas de estas conductas se concretan en estilos de vida marcados por el entorno urbano, en el cual individuos y grupos viven y se relacionan.
 El “lugar antropológico” y “no lugar” (Augé, 2000) abordan dos realidades de intercambio con el espacio. Una y otra establecen pautas en la socialización de los individuos y grupos respecto a la inclusión del lugar, y su percepción. Ubicado entre ambos, Isaac Joseph (1988), citado por Jesús Martín-Barbero (1995), coloca el enclave de transición, definido como “los intervalos, las secretas continuidades en la reconfiguración del espacio público y el sentido del socius” (Martín-Barbero, 1995:42). En ellos, la identidad del lugar no llega a perderse definitivamente.
La tríada formada por lugar antropológico, enclave de transición y no lugar, contiene el devenir de cualquier entorno urbano. Estos tres conceptos incluyen la funcionalidad orgánica del espacio propio y colectivo, los procesos de cambio acelerado y el tránsito hacia otras formas de socialidad, que se efectúan en las ciudades. Reconoce, además, la organización del espacio y la constitución de lugares en el interior de un mismo grupo social como una de las modalidades de las prácticas colectivas e individuales.
El concepto de apropiación espacial establece nociones esclarecedoras sobre las relaciones culturales establecidas por los actores sociales en el espacio urbano. La apropiación del espacio se refiere a las formas en que los individuos hacen suyos ciertos espacios, los nombran y recrean a partir de determinadas imágenes y narrativas (Borja, 2001; Neri, 2009). Esta se efectúa por medio de narrativas y marcas que construyen los actores.
En formas de discursos sobre los territorios, las narrativas, especifican los límites construidos y simbólicos de la ciudad, por lo que, el espacio se liga a actos nominativos. Igualmente, expresan los vínculos identitarios y conforman una dialéctica entre la satisfacción y la insatisfacción, entre lo propio y lo ajeno, y muestran las maneras en que los actores se asocian con los espacios que recorren (Neri, 2009:54). Para este estudio del contexto bayamés resultan muy importantes las narrativas culturales expresadas en representaciones sociales del espacio público urbano, lo cual muestra la pertinencia del esclarecimiento de este concepto.
Las marcas son imágenes que proporcionan los espacios urbanos, y se expresan en elementos concretos: en publicidad, grafittis, escaparates o vitrinas. Lourdes Neri (Neri, 2009:55) avala su explicación mediante las intervenciones urbanísticas, las vitrinas y los nombres.
Tanto narrativas como marcas expresan la relación establecida por los actores sociales y el espacio. Los individuos y grupos se vinculan a los lugares gracias a procesos simbólicos y afectivos que permiten la construcción de lazos y sentimientos de pertenencia. Esta dinámica no es estable, sino construida y constructora de la realidad físico-geográfica y, mediante ella, también de la sociedad de la que forman parte (Safa, 2010:4).
En este proceso intervienen elementos del entorno físico (Lynch, 1970; Borja, 2001; Safa, 2010) empleados en la construcción de una imagen mental del espacio urbano. Entre ellos, algunos participan en la construcción de símbolos.
Llamados prototípicos, resultan importantes en configuraciones simbólicas elementos geográficos (ríos, montañas, lagos), monumentos, y en general, determinados componentes arquitectónicos o urbanísticos propios y característicos de un entorno específico. Estos atributos o rasgos distintivos son subjetivamente (y colectivamente) seleccionados y valorizados, funcionando a su vez como símbolos que delimitan el espacio de la mismidad identitaria.
Para «leer» (Lynch, 1970) la imagen urbana deben considerarse las distinciones de las áreas urbanas a analizar respecto a otras. Es necesario tomar en cuenta diversos elementos, su visibilidad, su fuerza o debilidad de imagen, conexiones, inconexiones, aciertos o desaciertos en la estructura potencial de la imagen, y también descripciones, ubicaciones, bosquejos, recorridos imaginarios.
La legibilidad es de importancia decisiva en el escenario urbano, cuando se consideran los medios ambientes en la escala urbana de tamaño, tiempo y complejidad. Por lo que no debemos limitarnos a considerar la ciudad como cosa en sí sino la ciudad en cuanto percibida y reconocida por los habitantes.
Una perspectiva que muestra pertinencia para esta investigación, a juicio de su autora, es el análisis de ciudad como texto cultural. Enunciado por el sociólogo argentino Mario Margulis, la ciudad funge como construcción social e histórica, expresión de múltiples aspectos de la vida de individuos y grupos, y ente que transmite sus significaciones. En resumen, “(…) puede ser considerada expresión de la cultura y texto descifrable” (Margulis, 2009:87).
El poder en sus diferentes formas de expresión, las articulaciones espaciales de la ciudad, las disposiciones urbanísticas, sus usos, formas y estéticas, la trama de acciones cotidianas de sus habitantes, las huellas de las interacciones, las prácticas, y las fuerzas sociales que en ella intervienen, sus luchas y contradicciones (Margulis, 2009:89), unidos a otros elementos de la disposición y desarrollo citadinos, conforman el texto de la ciudad. En él las configuraciones urbanas van adquiriendo nuevas significaciones, son decodificadas de forma diferente por los grupos, que les otorgan distinto uso, o las perciben y vivencian de manera nueva.
Cada grupo aprecia y usa de forma distinta los significantes urbanos. En este proceso intervienen códigos culturales que contribuyen a imaginar y vivenciar la ciudad. De esta manera, se desarrollan ciudades paralelas y simultáneas pero heterogéneas si se las distingue desde la intimidad de las vivencias de los diversos grupos de habitantes.
El contexto bayamés necesita una investigación que se acerque a la riqueza de las representaciones citadinas de sus habitantes considerando las particularidades de los mismos y su funcionalidad dentro del entorno local. La perspectiva de valorar un antes y después de los cambios en la ciudad permite acceder al complejo mundo de los imaginarios urbanos (contenidos en las representaciones sociales). Estas representaciones conforman narrativas que complementan la cultura objetivada a nivel social. Como parte de la cultura internalizada fortalecen o debilitan formas de relación entre actores sociales y grupos que inciden en el espacio público urbano. Es preciso reconocer lo cultural actuante en la intersubjetividad expresada en las formas discursivas de las representaciones sobre lo urbano, cuya existencia favorece la pluralidad de miradas acerca de este fenómeno.
Como resultado, los actores sociales “comparten el mismo tiempo y espacio y transitan en una ciudad que se vuelve subjetivamente múltiple, donde los modos de la realidad se superponen sin tocarse, en mundos de vida que responden a historias, ritmos, memorias y futuros diferentes” (Margulis, 2005:92). Estos mundos dispares de grupos e individuos son atravesados por el accionar de códigos culturales.
Estas estructuras han recibido diferentes miradas desde la literatura. Alexander (2000b) distingue un largo continuum en los estudios sociológicos: en obras de Max Weber, Talcott Parsons, Émile Durkheim, Clifford Geertz, investigaciones de la Escuela de Birminghan, Escuela de Frankfurt, y en el corpus teórico de Bourdieu y Foucault.
Se les reconoce en el tejido cultural junto a narrativas y símbolos que constituyen redes de significado. Son comprendidos como categorías estructuradas que “hacen significativas las vidas de las personas y sus sociedades, como los modos en que los actores sociales impregnan de sentimiento y significación sus mundos” (Alexander, 2000b: 129).
Funcionan como construcciones de sentido con carácter social, coherencia e inteligibilidad (Margulis, 2009:34). Se encuentran insertas en la noción de cultura, contemplada como sistemas compartidos de códigos de la significación (Margulis, 2009:87), que hacen posibles la comunicación, el reconocimiento y la interacción.
A su vez, implican una organización jerárquica del conocimiento y refiere los principios que regulan los sistemas de significado (Bernstein, 1988).
Esta investigación asume los códigos culturales como estructuras de significación construidas socialmente, que regulan las maneras de percibir y apreciar de los actores sociales, influyen en su procesamiento del tiempo y el espacio, ordenan valores, creencias, relaciones, hábitos y prácticas sociales.
En su acercamiento a la ciudad como texto Margulis señala algunos códigos expresados en: a) afectividad e identificación con algunos espacios urbanos, asociados a recuerdos y memorias, b) usos y prácticas reiteradas que se vuelven habituales, comportamientos, vivencias, modos de vivir, habitus incorporados, c) marcas simbólicas construidas por los habitantes en su proceso de apropiación espacial (Margulis, 2009:91-93). Este enfoque le permite cruzar datos y obtener una perspectiva más completa del objeto de estudio, lo cual resulta aportativo en las realidades de Argentina y México, y útil a esta investigación.
Los grupos humanos que transitan la ciudad establecen vínculos afectivos con algunos espacios urbanos y relaciones de identidad o indiferencia respecto a partes del territorio. Hay espacios que suscitan sentimientos asociados a recuerdos e impresiones, que intervienen en la representación de esta área.
Los usos, prácticas reiteradas y comportamientos también signan zonas determinadas. Los ciudadanos marcan un ritmo y cualifican el espacio con sus conductas, que repetidas, crean narrativas en diferentes sitios de la ciudad. No se trata solo de las edificaciones y calles, sino de los principales usos: comerciales, financieros, de servicios, y su correspondencia con la manera de vivir de transeúntes y residentes.
Margulis coloca los tres códigos como fenómenos que tienen lugar en la ciudad. No los jerarquiza ni se detiene en su relación. Basa su análisis en la percepción múltiple del espacio urbano por los integrantes de diferentes grupos.
Luego de examinar sus ideas y contextualizarlas en el objeto de la presente investigación, la autora percibe peculiaridades en la realidad bayamesa que la conducen al reconocimiento del carácter procesual y cíclico con que se desarrolla la interacción de estos códigos en la cotidianidad, aspecto éste que enriquece y completa el enfoque. Ello supone relaciones de causalidad y consecuencia por las cuales, a partir de los vínculos afectivos con algunos espacios públicos urbanos se establecen relaciones de identidad que hacen a los individuos y grupos “marcar” los espacios con los que interactúan cotidianamente, y estas marcas simbólicas, a su vez, inciden en la distinción de las prácticas y usos del espacio. Es por ello que para este estudio se recolocan estos códigos, examinando su relación con énfasis en el proceso: 1) la afectividad e identificación como configuradoras de 2) marcas simbólicas y su incidencia en 3) las prácticas.
Esta perspectiva se coloca para obtener una lectura cultural más completa de las representaciones sociales de Bayamo. Toma en consideración el caso bayamés, donde hay espacios que suscitan sentimientos asociados a recuerdos, aspiraciones y sueños, que intervienen en la representación de esta área, y conforman prácticas y modos de comportarse.
La novedad del análisis presentado se vincula a la correspondencia entre los códigos, que al facilitar el reconocimiento del carácter procesual y cíclico implícito en la apropiación del espacio público urbano, favorece la visualización de pautas culturales asociadas a la percepción del mismo.
En síntesis, el espacio público urbano influye en la configuración de narrativas y discursos de los sujetos sociales, que le otorgan significados. Estas producciones culturales intervienen en su percepción, en la construcción de imágenes e imaginarios de la ciudad, representaciones de lo urbano, del entorno dentro del cual los actores se identifican y relacionan.
Estas aportaciones incitan a repensar las ciudades, para situar a los hombres en el espacio, junto a la conciencia cultural de esa relación. En ellas se evidencian abordajes a las diversas concepciones de la vida, los sistemas cognitivo-culturales construidos en y por los contextos urbanos.
El espacio público urbano y sus dimensiones favorecen el tejido de narrativas articuladoras del texto cultural citadino. Entre estos discursos las representaciones sociales sobre lo urbano aportan elementos acerca de las ideas de los actores sociales sobre el espacio público urbano que habitan y transitan.
Las generalidades más importantes que aportan los contenidos tratados son las siguientes:
El concepto espacio ha variado, a lo largo de la historia, desde una primera acepción circunscrita solo al territorio hasta su rol como sede de símbolos, significaciones y prácticas culturales.
Aunque otras investigaciones anteriores consideran los hechos citadinos, la legitimación de estudios sociológicos urbanos y sus contextos, se produce en el siglo XX con la Escuela de Chicago y sus investigaciones de los procesos sociales de las grandes ciudades.
El análisis de la ciudad como texto cultural evidencia de forma explícita la relación espacio urbano- cultura. Sus códigos manifiestan el anclaje de construcciones subjetivas, como representaciones sociales, en el entramado urbano. El espacio público urbano resulta sede de símbolos, significaciones y signos que se relacionan con prácticas culturales y consolidan multiplicidad de mensajes transmitidos por este espacio.
Los  acercamientos  desde  la  disciplina  Sociología  de  la  Cultura  favorecen  la comprensión,  desde  una  perspectiva  renovadora  de  los  nexos  entre  cultura, significado y subjetividad, y los vínculos entre códigos y narrativas culturales. Este abordaje ofrece asideros valiosos para las investigaciones sobre representaciones sociales en contextos urbanos.
La  perspectiva  de  análisis  de  la  ciudad  como  texto  cultural  resulta  necesaria  y aportativa  en  los  estudios  de  este  corte.  La  visión  procesual  del  texto  citadino, empleada en la investigación, clarifica elementos que inciden en la relación de los grupos  bayameses  con  su  espacio  público  urbano.  Los  códigos  culturales integrados  en  estas narrativas  urbanas,  actuantes  en  representaciones  sociales, exponen las complejidades internas del fenómeno bayamés.
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Recibido: 13/05/2015 Aceptado: 21/01/2016 Publicado: Enero de 2016


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