Revista: Caribeña de Ciencias Sociales
ISSN: 2254-7630


EL ECOLOGISMO COMO CORRIENTE POLÍTICA CONTEMPORÁNEA. BREVE ANÁLISIS DE SU EVOLUCIÓN HISTÓRICA

Autores e infomación del artículo

Waldo Barrera Martínez

Universidad de las Ciencias Informáticas, Cuba

wbarreram@uci.cu

Resumen:
El ecologismo, como corriente política surgida en los años 60 del pasado siglo, en poco tiempo sus reivindicaciones se volcarían contra la sociedad moderna, sus valores intrínsecos y el sustrato industrial. Si bien pretende hoy convertirse, tanto en la teoría como en la práctica, en alternativa global a la sociedad industrial, en un pensamiento crítico, global y transformador, los llamados partidos verdes del entramado político capitalista, no afectan en lo absoluto el sistema social imperante y solo sirven como válvula de escape ante determinadas problemáticas ambientales presentes en el mismo. Partiendo de legítimas y nobles aspiraciones, con el paso de los años, han llegado a incorporarse a idénticos rejuegos que los de una buena parte de las organizaciones políticas existentes en la actualidad, sumidas en el descrédito, perdiendo muchas veces influencia ante el electorado y la opinión pública en general. Muestra de este deterioro ideológico, es que organizaciones de renombre como Greenpeace, por solo mencionar un ejemplo, alineada a los intereses geopolíticos globales del Reino Unido y Estados Unidos, se debaten hoy en medio de agudas críticas a su modo de actuación.

Palabras clave: ambientalismo politico, partido verde, ecología, ecologismo politico, ecosocialismo

Summary:
Environmentalism, as a political movement that emerged in the 60s of last century, soon would turn its claims against modern society, their intrinsic values and industrial substrate. Although intended to become today, in theory and in practical global alternative to industrial society in a critical, comprehensive and transformative thinking, called Green parties of the capitalist political framework, not at all affect the prevailing social system and only serve as an outlet to certain environmental issues within it. Based on legitimate and noble aspirations, over the years, they have come to join identical games that a good part of the existing political organizations today plunged into disrepute, losing many times influence by the electorate and public opinion in general. A sample of this ideological decay, it is that renowned organizations such as Greenpeace, to name one example, aligned to global geopolitical interests of the United Kingdom and the United States are debated today amid sharp criticism of their mode of action.

Keywords: political environmentalism - Green Party - ecology - political ecology - ecosocialism



Para citar este artículo puede uitlizar el siguiente formato:

Waldo Barrera Martínez (2015): “El ecologismo como corriente política contemporánea. Breve análisis de su evolución histórica”, Revista Caribeña de Ciencias Sociales (diciembre 2015). En línea: http://www.eumed.net/rev/caribe/2015/12/ecologia.html


En comparación con las ideologías dominantes de los siglos XIX y XX, la llamada Ecología Política puede considerarse como una corriente política joven. A pesar de una larga trayectoria de los movimientos de defensa de la naturaleza a partir de la primera revolución industrial, su nacimiento se ubica más bien en la década de los años sesenta del siglo XX. Pero antes de continuar definamos primero  algunos conceptos.
El término Ecología, atribuido al biólogo alemán Ernest Heckel (1834-1919), designa a la rama de la Biología encargada del estudio de las relaciones de los organismos vivos con el medio ambiente. La palabra proviene del griego oikós, que significa casa, en el sentido de lugar apropiado para habitar (Vigliocco, s.f.).
Por su parte, la Enciclopedia Política define como Ecologismo al movimiento de escala internacional que persigue como objetivo la supresión de las formas actuales de producción y organización social para establecer en su lugar un régimen de vida armonioso entre la sociedad y la naturaleza (Borja, s.f.).
Como corriente, el Ecologismo Político, por su parte, nace como resultado de tres grandes tendencias sociales e intelectuales: en primer lugar, la experiencia histórica de la crisis ecológica; en segundo, la emergencia de un nuevo paradigma de conocimiento; y, por último, la aparición de una nueva forma de hacer política inaugurada por los llamados nuevos movimientos sociales ‒feministas, pacifistas, ecologistas, entre otros (Borja, s.f.).
El concepto de Ecología Política, según Paul Robbins, lo utilizó probablemente por primera vez Eric Wolf, en 1972, en su trabajo Ownership and Political Ecology, como introducción a una serie de obras propias de la antropología y la ecología cultural (Delgado Ramos, 2013).
Entre los pensadores revolucionarios, verdaderos «filósofos de la ecología», sobresale la obra de algunos precursores como Lewis Mumford y Aldo Leopold, quienes en las décadas del treinta y cuarenta del siglo XX, plantearon ideas fundamentales hacia una reconceptualización de las relaciones entre sociedad y Naturaleza. Las propuestas de nuevo tipo se caracterizaron por demarcar una ruptura con el viejo modo de comprensión de dichas relaciones y atender simultáneamente a los aspectos científico técnicos, sociales y culturales del problema ambiental. Han propuesto, entre otras, importantes nociones como la crítica a la modernidad tecnológica, la «alienación de la tierra», el imperativo de la responsabilidad y el principio preventivo (Sotolongo Codina & Delgado Díaz, 2006).
Las primeras huellas de movimientos organizados en pro de la conservación de la naturaleza pueden encontrarse en la segunda mitad del siglo XIX en Inglaterra y todo su imperio. No es de extrañar que la explotación abusiva de la naturaleza por parte de la incipiente industrialización creara entonces un espacio favorable para el desarrollo de las ciencias naturales. Sin embargo, mientras el movimiento ecologista se identifica a partir de la segunda mitad del siglo XX por un carácter social transformador, el concepto de protección de la naturaleza hacía referencia entonces sobre todo a valores estéticos y románticos.
Durante los años 1840-1850, varios centenares de sociedades de historia natural se dedicaban a la práctica y contemplación del campo, y se legislaba solo para proteger la estética de los paisajes. La conservación de los mismos tendría como característica la creación, algunos años después, de parques naturales como el de Yellowstone, en Estados Unidos (1872); el primer parque nacional de Europa, en Suiza (1914), y la declaración del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, en España (1917).
El final del siglo XIX estaría marcado por el fuerte papel desempeñado por la lucha conservacionista contra el maltrato animal, y en particular contra las masacres de aves con el objetivo de usar sus plumas en la moda femenina.
En poco tiempo, las reivindicaciones ecologistas se volcarían contra la sociedad moderna, sus valores intrínsecos y sustrato industrial. No sólo el hombre era lobo del propio hombre, sino también de la naturaleza y su biodiversidad, sustrato imprescindible de su reproducción a corto y largo plazo.
Ya en la década de los 60 del pasado siglo, en diferentes puntos del planeta tienen lugar revueltas juveniles integradas por una masa heterogénea de perfiles sociológicos, donde conviven pacifistas, feministas, artistas, libertarios, medioambientalistas o autogestionarios en contra de la cultura del progreso ilimitado, consumista, jerárquico y patriarcal. En ese amplio abanico de  movimientos, destacan también los que redescubren el mundo rural, vinculan los términos ecología y comunidad, e inician un retorno a la tierra con prácticas y técnicas alternativas.
Pero 1968 marca el punto de inflexión en la evolución histórica del ecologismo político. En esa fecha se produce una profunda ruptura con los movimientos de izquierda tradicional y aparecen nuevas aspiraciones transformadoras. Mientras surge la represión, especialmente sangrienta en México o Praga, el movimiento obrero —principalmente masculino y de funcionamiento vertical— desconoce en un primer momento estas revueltas hacia la emancipación para luego sumarse a las protestas una vez iniciadas las huelgas en las fábricas. Por ello, André Gorz explica que el socialismo no tendrá mejores resultados que el capitalismo si no favorece al mismo tiempo la autonomía de las comunidades y de las personas: «La expansión de esta autonomía está en el centro de la exigencia ecologista. Supone una subversión de la relación de los individuos con sus herramientas, con su consumo, con su cuerpo, con la naturaleza» (Gorz, 1980).
Si bien tales sucesos no podrían definirse como propios de un movimiento ecologista, portó las semillas y valores que posibilitarían el futuro crecimiento del ecologismo. La ecología política surgiría como prolongación de las ideas de 1968, que constituirían uno de los principales recipientes de la revolución de las mentalidades políticas de la época.
Posteriormente, la conciencia ecológica se reforzará aún más a través de varios acontecimientos que entrarán a formar parte de lo que pudiera denominarse mitología ecologista. Además de una serie de catástrofes ambientales difundidas por los medios de comunicación masiva, como la televisión, y tras los choques petroleros de octubre de 1973 y 1979, el hundimiento en 1985 del barco Rainbow Warrior, de Greenpeace, por los servicios secretos franceses, conmocionaría fuertemente al mundo, y al movimiento ecologista en particular.
Dicho atentado, perpetrado por un Estado para evitar se llevaran a cabo protestas contra las pruebas nucleares en el atolón de Mururoa, en el Océano Pacífico, pone de relieve, además de la impunidad de los criminales, la falta total de democracia y transparencia en la imposición tecnocrática de la energía nuclear, tanto con fines civiles como militares.
Apenas un año más tarde, en abril de 1986, la catástrofe de la central electronuclear de Chernóbil, en la antigua Unión Soviética, marcaría igualmente de manera profunda las mentes y reforzaría aún más el imaginario colectivo ecologista, al evidenciar fenómenos propios de la globalización y la ausencia de fronteras para los problemas ambientales y sus repercusiones sociales. Más que nunca, la lucha contra la energía nuclear, comenzada en los años setenta, aparecería como un estímulo continuo para el movimiento verde, posicionándose en el centro de sus reivindicaciones e historial activista, tal y como lo resume Joaquín Fernández, en el caso español: «Ninguna otra ha conseguido rechazos tan unánimes y contribuido tan decisivamente a la identidad ideológica y a la cohesión organizativa del ecologismo español, cuya historia es, en buena parte, la historia de la protesta nuclear.» (Marcellesi, 2013)
Percibida como ejemplo del carácter transnacional de la crisis ecológica, como generadora de pobreza e inseguridad y paradigma de una sociedad autoritaria basada en un progreso tecnológico ciego, la lucha contra la energía nuclear se ha mantenido hasta la fecha como factor de identificación y seña de identidad de la ecología política. En su estudio de más de cincuenta programas de partidos verdes en el mundo, Pehr Garton resalta que el «no a la energía nuclear» es una constante prioritaria —consenso único en el panorama político europeo y mundial— y que «ningún programa [verde] ni siquiera insinúa de manera encubierta que la energía nuclear podría ser aceptable como un reemplazo para los combustibles fósiles.» (Marcellesi, 2013)
En los años setenta, tras el nacimiento de organizaciones como Amigos de la Tierra (1969) o Greenpeace (1971), se produce una verdadera ebullición de partidos políticos verdes en numerosos países, afirmándose como correa de transmisión del movimiento social ecologista. Dichos partidos —y la parte del movimiento social identificado con ellos— se refieren a la ecología política para definir su ideología común e intentan poner de relieve diferentes características, entre otras la de erigirse como presuntos herederos de los valores de 1968, su gran heterogeneidad en cuanto a orígenes y el sentimiento de desempeñar un papel histórico a favor de la supervivencia de la especie humana.
En sus principios fundacionales comparten en general una desconfianza descomunal hacia los llamados partidos políticos tradicionales, las instituciones en general y un sentimiento de hacer política de manera diferente. Este formato de partido conocerá, como veremos después, una seria evolución y reevaluación con la articulación global del movimiento verde, su llegada al poder y la consiguiente institucionalización.
Considerado como primer partido promotor de un mundo de renovación social vinculada al respeto a la naturaleza, es el Values Party, constituido en 1972 en Nueva Zelanda.
Dos años después, René Dumont, considerado padre de la ecología política francesa, se presenta como un «candidato limpio» y «pobre» a las elecciones presidenciales francesas, apoyado por varias personalidades y asociaciones ecologistas, como Les Amis de la Terre. Aunque cosecha un tímido resultado, marca un hito simbólico en la construcción política verde, abriendo las puertas a una estructuración mayor y permanente de la ecología en la política.
En 1980, en Karlsruhe, Alemania, se funda Die Grünen, el partido verde germano, convertido desde entonces en la organización madre del ecologismo, no por su antigüedad sino por haber sido uno de los principales motores políticos e ideológicos de la corriente ecológica en Europa y el mundo.
Die Grünen, suma heterogénea de ecologistas radicales, ecosocialistas, ecologistas reformistas y ecofeministas, se identifica como un partido antipartido, como alternativa ecopacifista a los partidos tradicionales. Convencido de su papel histórico en la lucha contra el irrespeto a los derechos humanos, el hambre y la pobreza en el Tercer Mundo, la crisis climática y la confrontación militar, se muestra como una organización tanto dentro como fuera del resto de las instituciones políticas.
En España, por su parte, la creación del partido verde sigue el mismo discurso del resto de sus homólogos europeos. El impulso viene directamente de la mano de uno de los principales dirigentes del grupo alemán: Petra Kelly, quien en los años subsiguientes llegaría a convierte en el icono del movimiento ecologista español. En 1983, aprovechando una visita suya, varios activistas españoles firman el Manifiesto de Tenerife, donde plantean la fundación del partido político.
La creación de estas y otras organizaciones de igual corte corresponde a la necesidad de la militancia ecologista, que al haber perdido la confianza en los partidos productivistas clásicos, tanto de izquierda como de derecha, desean contar con un movimiento que los represente en teoría y praxis. Frente a las prácticas políticas vigentes, muestran posturas muy críticas, heredadas de la contracultura de 1968 y acompañadas de un compromiso radical con la democracia participativa.
Luego de esto que pudiéramos identificar como una primera fase, el movimiento verde intenta dar pasos de organización a escala global. Vísperas de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y el Desarrollo de 1992, en Río de Janeiro, tiene lugar el primer encuentro mundial verde. Denunciando una situación global de emergencia y pidiendo un nuevo modelo de desarrollo, los representantes de dichos partidos concuerdan en que había llegado el momento de ir más allá del «pensar global, actuar local» y funcionar globalmente. Se comprometen así a impulsar la política verde tanto en el Norte como en el Sur.
Aunque la declaración de 1992 da a entender que la ecología política estaba llamada a desempeñar un papel histórico, la estructuración mundial del movimiento estaba todavía en pañales teóricos y prácticos. Aún así, superando el estadio inicial de pequeñas organizaciones movilizadoras de conflictos, ya en la década de los noventa se habían convertido en partidos dentro del sistema político, provocado profundas transformaciones en los gobiernos, como el reforzamiento de los liderazgos y una estructura interna similar a los partidos tradicionales, supeditando sus logros políticos en coaliciones gubernamentales a su capacidad de chantaje sobre los demás socios.
A pesar de las enormes expectativas en torno al mismo, con una débil presencia de los países del Sur, este primer encuentro tuvo más bien un carácter coyuntural y de alcance parcial. Aprovechando el impulso y la proyección política de la Cumbre de la Tierra, se orienta más bien a criticar políticas concretas con una escasa capacidad para aportar una visión global.
El primer congreso de Los Verdes mundiales, realizado en Australia, en 2001, trata de remediar dicha situación y profundizar en la globalidad del asunto. Tras definirse en la Carta de Camberra —hoy referencia para el ámbito político ecologista— como «la red internacional de los partidos y movimientos políticos verdes», Los Verdes mundiales afirman el carácter transformador de la ecología política a través de la «necesidad de cambios fundamentales en las actitudes de la gente, en sus valores y sus formas de producir y vivir». Además, al no coincidir con ningún acto de la agenda política como en 1992, refuerzan el carácter permanente y holístico de la lucha ecologista y proponen principios estructurales e ideológicos que se fundamentan en la sabiduría ecológica, la justicia social, la democracia participativa, la no violencia, la sostenibilidad y el respeto de la diversidad (Marcellesi, 2013).
En mayo del 2008, en Sao Paulo (Brasil), el segundo congreso de Los Verdes mundiales intenta avanzar un paso más en la concreción de aspectos políticos y organizativos, al apostar por una estructura capaz de asegurar no sólo su presencia común en actos mundiales —como las cumbres de la ONU, de la Organización Mundial de Comercio y otras—, sino también su capacidad de hablar con una sola voz en dichos eventos. De tal modo trataban de reforzar su unidad, la capacidad de influencia local y global y vincular mejor el trabajo de base de los grupos ecologistas con la creciente presencia de miembros de los verdes en cargos de responsabilidad política.
A pesar de este empujón y de la extensión del movimiento en nuevas zonas de influencia, como Asia o África —donde existe una fuerte competencia entre movimientos más o menos serios por apadrinar la marca verde—, cabe destacar que el desarrollo de dicha opción fuera de los focos de mayor crecimiento, sigue hoy estructuralmente débil.
En Europa, sin embargo, la organización y estructuración ha llegado a un refinamiento mucho mayor. Sustentándose en partidos con fuerte implantación en sus países respectivos —como Alemania, Bélgica, Francia, Finlandia, Luxemburgo, Países Bajos, Suecia, Suiza, etc. —, el movimiento verde ha sido la primera fuerza capaz de poner en marcha el primer partido de ámbito europeo: European Greens (Partido Verde europeo).
Muchos partidos de este tipo han logrado a alcanzar cuotas de poder relativamente importantes, primero a nivel local y regional y luego nacional y continental, asumiendo cada vez más cargos de responsabilidad. De tal modo, en las elecciones europeas de 2004, los Verdes se consolidaban ya como la cuarta fuerza, con una importante capacidad para inclinar las decisiones políticas (Junta de Andalucía, 2006).
Basado en una literatura abundante y en acontecimientos que marcan puntos de referencia imprescindibles para el imaginario colectivo, la ecología política busca hoy convertirse, tanto en la teoría como en la práctica, en una alternativa global a la sociedad industrial, es decir, en un pensamiento crítico, global y transformador.
Si bien el crecimiento poblacional actual tiene un cierto impacto en la intensificación de las demandas energéticas y materiales, esa no es la cuestión clave a escala planetaria: mientras que la población solo creció cuatro veces a lo largo del siglo XX, el consumo promedio de energía aumentó 12 veces, el de metales 19 veces y el de materiales de construcción —como en el caso del cemento— hasta 34 veces (Delgado Ramos, 2013).
En estas condiciones, el sistema capitalista se muestra cada vez más incapaz de resolver el incremento de la destrucción medioambiental y las desigualdades sociales ocasionadas en gran medida por él mismo. Todavía peor, las políticas de corte neoliberal aplicadas a partir de principios de los años ochenta profundizaron la crisis ecológica y social y no permiten vislumbrar con facilidad una posibilidad de capitalismo verde, como algunos pretenden ver.
Con el avance globalizador, la tendencia mundial es a la acentuación acelerada y a la agudización de los problemas que conforman la cuestión ambiental dados por los efectos cada vez más perceptibles de la hegemonía del capital que potencia la interdependencia sistémica global y sus deformaciones, conduciendo a «una única libertad: la libertad de comercio sin escrúpulos»(Luna Moliner, 2006).
La crisis ecológica y de deterioro social global son manifestaciones de la gran crisis total del capitalismo y su expansión mundial, que supera la capacidad de la Tierra para mitigar la desestabilización ecológica en su búsqueda de la rentabilidad a toda costa del capital. El análisis detallado de los temas recogidos en la Agenda 21, discutida en la Cumbre de la Tierra de 1992, su carácter programático político, permite superar la consideración inicial del ambientalismo como «tercera posición» entre dos sistemas políticos opuestos que ya no existían como tales en el mundo unipolar de finales de la década de los 90 y vislumbrar la capacidad del pensamiento ambientalista como movimiento transformador en contra del capitalismo.
El panorama de que «los bosques desaparecen, los desiertos se expanden, millones de toneladas de tierras fértiles van a parar al mar, las especies se extinguen y la presión y la pobreza conducen a esfuerzos desesperados para sobrevivir aún a costa de la naturaleza» (Castro Ruz, 1992) presentada desde el Tercer Mundo es visión abarcadora de la globalidad de la cuestión ambiental como problema sistémico generalizado y expresión de los conflictos sociales y los fenómenos político-culturales, en el planeta «cuya solución no está en impedir el desarrollo de quienes más lo necesitan» sino en la «mejor distribución de la riqueza y la tecnología disponibles en el planeta». La conjunción de la perspectiva ambientalista desde el Sur patentiza que «los hombres se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas» y reflexionar acerca de las causas raigales de una crisis que desde las relaciones sociales sesgadas afecta la supervivencia de la especie humana (Luna Moliner, 2006).
Una sociedad mundial en armonía ecológica con la naturaleza es inconcebible en las condiciones actuales del capitalismo global. «Si el capital ha de ser vencido, tarea que ahora tiene carácter urgente para la supervivencia de la civilización misma, el resultado tendrá que ser por fuerza socialista, porque ése es el término que significa el paso hacia una sociedad poscapitalista... Las crisis de nuestro tiempo pueden –y deben– ser vistas como oportunidades revolucionarias» (Kovel & Löwy, marzo de 2002).
El Estado capitalista, en sus múltiples niveles, representa cada vez más los intereses de sus socios empresariales, empujando a favor de esos intereses particulares un amplio entramado legal ad hoc que se superpone al denominado «Estado de derecho». Al mismo tiempo, y de cara a la profundización del despojo y a los usos y abusos de la naturaleza, se arma para el control interno, promoviendo, justificando o avalando la criminalización de la protesta, al tiempo que presume que los actores sociales en legítima defensa de su territorio y de los bienes comunes que este contiene son, en el mejor de los casos, irracionales, opositores al progreso y al desarrollo.
Al otro lado del tablero político, el mal llamado Socialismo Real de Europa del Este, evidenció determinadas limitaciones para garantizar la sostenibilidad ambiental, demostradas de manera dramática, por ejemplo, con los sucesos de Chernobil, ya apuntados anteriormente, o con el destino del Mar de Aral. Tales muestras forman parte hoy también del arsenal ideológico para el cuestionamiento de la viabilidad del socialismo en el terrero ambiental.
Aquel modelo socialista mostró que la preocupación por el medio ambiente tampoco fue una prioridad en los países de la órbita soviética. Sin embargo hoy, apoyado en la evidencia científica, sólo desde el ecologismo, la ecología política y el ecosocialismo se puede desafiar sin fisuras el discurso del neoliberalismo. La insostenibilidad del modelo productivo mundial y el patrón de supuesto crecimiento económico basado en el consumismo exponencial, sólo encuentra una respuesta teórica contundente desde los informes y estudios que elabora la comunidad científica en alianza con los movimientos ecologistas. Es sencillo: no podemos seguir así.
Los gestores políticos de la izquierda clásica han tardado demasiado tiempo en darse cuenta de que la justicia ambiental es condición sine qua non para la justica social. Son inseparables. Porque cuando hablamos de bienestar y de calidad de vida, éstos son inviables en un contexto de crisis medioambiental.
Desde la perspectiva del ecologismo, no se puede hoy pensar un modelo de producción y consumo que no sea al mismo tiempo humano (justo) y sostenible. Como apuntan las voces críticas al ecologismo ¿de qué sirve la sostenibilidad ecológica si mientras tanto las riquezas naturales y productivas se quedan en manos de una cada vez más reducida minoría, provocando desigualdades, hambrunas, guerras e injusticia? Pero, a la vez, podemos preguntarnos ¿qué valor tiene el bienestar de una sociedad y de sus miembros si ese mundo no ofrece viabilidad a largo plazo para las generaciones futuras y no asegura la supervivencia de la especie humana en condiciones decentes?
La ecología política propone un abanico completo de ideas y actuaciones, siempre teniendo en cuenta las relaciones íntimas que unen los ecosistemas con las organizaciones sociales. En ningún momento puede considerarse que la ecología política sea una «ideología parcial», ni que se reduzca a otro de los pensamientos políticos (capitalista, comunista o socialdemócrata —cada uno con sus numerosas variantes). Surge en un momento histórico preciso y responde a una determinada crisis social, ecológica y económica que el resto de los pensamientos mencionados no sólo no habían previsto sino que incluso provocaron en buena medida.
Para llevar a cabo este planteamiento, la ecología política escoge por definición el camino del ecopacifismo y de la democracia definida de manera preferente como de base participativa.
Frente a la disyuntiva de ubicar al ecologismo dentro del tablero político heredado de la oposición entre izquierda y derecha, entre capital y trabajo, Los Verdes alemanes desde su fundación, en 1984, hicieron famoso el lema «la ecología no está ni a la izquierda ni a la derecha, sino que va hacia delante» (Marcellesi, 2008), mientras que el ecologismo político francés establecía el «ni-ni»: ni de izquierda, ni de derecha. A pesar de estas intenciones iniciales, transcurridos treinta años de la fundación de ambos partidos, los hechos apuntan a un mejor acople de la ecología en el lado izquierdo.
Parecía haberse zanjado el tema tras el gobierno rojiverde alemán de 1998 a 2005; de la voluntad de Los Verdes franceses a partir de 1994 de pactar sólo con los partidos de izquierda; las experiencias vascas y andaluzas de Los Verdes con Izquierda Unida y/o el PSOE, o el dominio ideológico y político en el conjunto ecologista español del ecosocialismo, por el cual Valencia postula que se puede hablar de un modelo de «izquierda verde», orientado hacia un «socialismo sostenible» y en el País Vasco, Berdeak-Los Verdes e Izquierda Unida, mantuvieron una federación entre 1994 y 1999, que permitió a su representante, Juantxo Domínguez, conseguir un escaño en el Parlamento de dicha autonomía (Marcellesi, 2012).
Sin embargo, a la hora de la europeización más intensa del espacio ideológico y político, una serie de acontecimientos deben hacernos reflexionar sobre la existencia de un modelo autónomo de ecología política. Así, la fuerte evolución del ecologismo político en los países del Este, las coaliciones de centro-derecha a escala nacional en Irlanda, Finlandia o la República Checa, la dinámica de unión de los ecologistas en Francia, la persistencia de una dinámica en el Estado español en busca de un espacio propio y el amplio debate ideológico que agita el movimiento verde europeo acerca del liberalismo o del margen de actuación dentro del sistema capitalista, nos incitan a reabrir el debate en torno a las relaciones entre ecologismo, socialismo e izquierdas y pensar en sus implicaciones prácticas.
Es un hecho, no obstante, que los partidos verdes del entramado político capitalista actual no afectan en lo absoluto el sistema social imperante y solo sirven como válvula de escape ante determinadas problemáticas de tipo ambiental existentes en estas sociedades.
Partiendo de legítimas y nobles aspiraciones, con el paso de los años, han llegado a incorporarse a idénticos rejuegos que el resto de las organizaciones políticas. Sus agendas pudieran perfectamente incluirse dentro de las de cualquier partido en pugna por el poder en las llamadas sociedades democráticas capitalistas. Dependiendo del contexto en el cual desempeñan su actividad, llegan a manifestarse en forma pendular, inclinándose hacia el lado más favorable a sus intereses e integrando coaliciones como parte del consenso neoliberal.
Como muestra de este deterioro ideológico, organizaciones ecologistas de renombre como Greenpeace, por ejemplo, alineada a los intereses geopolíticos globales del Reino Unido y Estados Unidos, se debaten hoy en medio de agudas críticas a su modo de actuación. Un artículo publicado en RT, el 19 de diciembre 2013, daba cuenta del trasfondo detrás del bochornoso episodio de agresión  contra Rusia al intentar con uno de sus buques abordar de manera ilegal una plataforma petrolera en el Mar Ártico; y en marzo de 2014, su intención de fundar una nueva «república» en pleno territorio chileno con el nombre de República Glaciar, otra incursión ilegítima en contra de un Estado soberano, escudándose tras supuestas nobles intenciones de protección al medio ambiente (Salbuchi, 2014; Ferreyra, 2013 y Ferreyra, 2014).
A manera de conclusión, debemos destacar que a través de las diversas instrumentaciones que de esta corriente se han hecho, resalta nítidamente la ambivalencia señalada del ecologismo como ideología de las relaciones humanas. Se busca organizar la sociedad al servicio de las necesidades del hombre, pero esta organización tiene el peligro de ser realizada por tecnócratas o ideólogos que quieren hacer la felicidad de los hombres, según sus propios intereses, sin contar con los propios hombres.
Para que unos pocos sigan acaparando riqueza y empobreciendo a la inmensa mayoría de la humanidad, no es sólo necesario precarizar el mercado de trabajo, evadir impuestos, sortear las pocas regulaciones internacionales e imposibilitar o debilitar los mecanismos de decisión democrática de las sociedades. Ante todo el capitalismo salvaje, pendiente sólo del máximo beneficio económico a corto plazo y para unos pocos, necesita destrozar el medio ambiente. El neoliberalismo está logrando derribar las pocas leyes humanas que le pueden suponer cortapisas, pero se está topando con otras leyes: las que regulan los ecosistemas, cuya violación está poniendo en cuestión las supuestas bondades teóricas del libre mercado.
Las crisis económicas, alimentarias, climáticas y sanitarias, tienen su origen en las prácticas del libre mercado desbocado. Los ideólogos de la ley de la selva bien lo saben, por eso entre sus filas se cuentan, por ejemplo, los más furibundos negacionistas del cambio climático. No pueden admitir que el modo de vida basado en el ultraconsumo esté alterando el clima y que eso vaya a provocar situaciones inviables en el futuro inmediato. La máxima de aquel gran jefe indio está a punto de cumplirse: «Cuando el hombre blanco tale el último árbol a cambio de dinero, se dará cuenta de que el dinero no se come» (Fraguas, 2014).
Ya lo anunció Marx: el capitalismo salvaje está abocado a la extinción, pero o lo extinguimos nosotros antes, o el género humano desaparecerá con él (Fraguas, 2014).

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Recibido: 03/10/2015 Aceptado: 14/12/2015 Publicado: Diciembre de 2015

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