Cómo conservar y exponer la colección


El primer impulso de todo coleccionista es enseñar su colección a los demás. Por otra parte, en el caso de nuestra colección de conchas, hay que reconocer que resultan sumamente decorativas, así que uno empieza a colocarlas por todas las estanterías y superficies que encuentra por su casa. Sin embargo, pronto se hace evidente que no habrá sitio para todas y uno debe optar por mudarse a una casa más grande o bien organizar su colección de una forma más adecuada. Normalmente, elige lo segundo.

Por supuesto, existen múltiples formas de organizar una colección de conchas y es un punto de partida importante el tener claro cuál es la finalidad de la nuestra: decorativa, científica, etc... pero sobre esto volveremos más adelante. En principio parece buena idea el colocar a la vista nuestros ejemplares más grandes y apreciados, donde cumplan una función decorativa y gratificante para nuestro ánimo, bien sobre mesas, estanterías o en una vitrina acristalada. El resto de la colección puede tener su sitio en una cajonera, mejor hecha a medida, con cajones que se deslicen bien y tengan el tamaño a decuado al tipo de conchas que pensemos guardar en ellos. Dentro de cada cajón deberían agruparse por familias u otros grupos taxonómicos, y lo ideal es que cada espécimen o grupo de ellos dispongan de una cajita independiente que evite su movimiento, protegiéndolos de los golpes y evitando que se mezclen y confundan.

Es una buena costumbre que cada ejemplar vaya acompañado de una etiqueta identificativa con todos los datos apropiados; para esto resulta también muy útil la cajita, pues evita que se traspapelen las etiquetas. Hay que tener en cuenta que si la finalidad de nuestra colección es científica (dentro de las posibilidades de cada uno, claro está) pueden llegar a tener más valor las etiquetas -si son adecuadas- que los propios ejemplares, así que este tema lo trataremos con más amplitud en otro capítulo.

Una alternativa a la cajonera antes citada, más barata y sencilla aunque también menos estética, la constituyen las cajas de plástico que se utilizan para guardar tornillería y otras piezas pequeñas, de venta habitual en ferreterías. Son fáciles de conseguir, las hay con cajones de todos los tamaños y, aunque el plástico no resulta un material muy noble, es muy adecuado para la conservación a largo plazo de las conchas. Su único inconveniente es la facilidad con que se abren los cajones si uno no tiene cuidado.

En cuanto a la conservación de nuestra colección, si bien las conchas son materiales duraderos y no se estropean fácilmente, es conveniente tener en cuenta unas mínimas precauciones. El punto flaco más obvio es su fragilidad: si se nos cae una concha sufrirá daños a veces irreparables, por lo que conviene manipularlas con cuidado y no dejárselas tocar a nuestros amigos más manazas o a los niños pequeños (nene, caca).

No es mala idea disponer de una alfombra en la habitación donde las guardemos, en caso de caída puede evitar un desastre. Por supuesto, podemos forrar también los cajones y cajitas que las contengan, ello evitará pequeños golpes que, repetidos, pueden llegar a dañar los ejemplares más delicados. Para esto pueden utilizarse distintos materiales, desde pedazos de moqueta hasta láminas de corcho, telas gruesas, cartón, poliestireno (corcho blanco) etc... No es muy recomendable el algodón porque se despelucha y puede quedarse pegado a las conchas, lo mismo le ocurre a las espumas sintéticas.

El polvo puede también afectarles, aunque no es un gran problema en los ejemplares de concha más o menos pulida (como porcelanas, olivas, etc...) que pueden limpiarse con un simple trapo. Los de superficie más rugosa o enrevesada (como los Murícidos) pueden lavarse de vez en cuando con agua jabonosa, dejándolos luego secar muy bien. Los que presentan más problemas son aquellos que han sido embellecidos mediante la aplicación de una capa de aceite (práctica por otra parte habitual ya que resalta los colores y protege de la humedad; suele utilizarse aceite mineral, el mismo que usan los bebés, ya que, aunque el de oliva es mejor, tiende a enranciarse con el tiempo) La combinación de aceite y polvo da lugar a una especie de mugre que puede ser muy difícil de eliminar, por lo que es conveniente que los ejemplares así tratados estén lo mejor protegidos posible del polvo, en una vitrina, por ejemplo.

El componente principal de una concha es el carbonato cálcico (CO3Ca), material tremendamente sensible a los ácidos, con los que reacciona químicamente. A nadie se le ocurrirá, supongo, regar sus ejemplares con zumo de limón, pero existen otras fuentes potenciales de ácidos peligrosos, la más abundante es el propio dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera, que en condiciones de alta humedad y temperatura reacciona con el vapor de agua para formar ácido carbónico (CO3H2). Por lo tanto nuestras conchas se verán amenazadas por el simple hecho de permanecer en lugares cálidos y húmedos.

También algunas maderas, como la de roble, desprenden con el tiempo vapores ácidos que pueden dañar las conchas. Algunos barnices y pinturas pueden también reaccionar a largo plazo con ellas, así como el hierro, que puede dejar en su superficie manchas de óxido casi imposibles de eliminar. De todos modos, tampoco hay que asustarse, una cierta vigilancia de nuestra colección nos permitirá advertir a tiempo cualquier deterioro y tomar medidas.

Una fuente particular de problemas es lo que se conoce como enfermedad de Byne, producida por el ataque de algunos microorganismos, principalmente bacterias. Se da especialmente en países cálidos y muy húmedos y es capaz de arruinar completamente una colección. Se aprecia sobre todo en las superficies brillantes que adquieren color y consistencia de tiza y se pierden para siempre. Además, la concha exhala un ligero olor a vinagre. En realidad no es que los microorganismos se "coman" la concha, lo que ocurre es que la utilizan como sustrato (o sea, un lugar donde vivir) y sus productos de desecho son los que reaccionan químicamente con ella, dejándola hecha una pena.

Así que ya sabéis, lo mejor es mantenerlas en un lugar fresco y seco, bien aireado y protegido de los golpes y echarles un ojo de vez en cuando para prevenir posibles problemas.