3.1. Las ideas de los contemporáneos
La racionalización/modernización arriba descrita induce los cambios requeridos
para que el crecimiento previo al despegue se inicie: a medida que los niveles
de vida mejoran, la tasa de mortalidad decrece. Cuando este tipo de
acontecimientos se profundizan, se pone en marcha el despegue propiamente tal.
Sin embargo, aunque la modernización es una condición necesaria para la
Revolución en juego no basta con ella, dado que no es nada extraño que pueda
haber racionalización sin industrialización (1992: 84). Ello puede ocasionar
que, tal cual lo revela la historia económica de la Europa moderna, existan
diversas áreas en varios estadios de modernización (1992: 101, 132, 289-291).
Ahora bien, de los clásicos son Smith y Marx los que interesan en la polémica de
la modernización como principio de un proceso industrializador; sus obras
contienen observaciones acertadas. Por ejemplo, Adam Smith detalla lo que
podemos llamar el “espíritu capitalista”: el beneficio general, el bienestar de
todos se consigue a partir de que cada capitalista (industrial, agricultor o
comerciante) busca satisfacer su propio interés egoísta de ganancias (1992: 85,
132).
Fue también partidario de las racionalizaciones inducidas por el mercado, la
división del trabajo y la igualdad jurídica formal. Incluso, esbozó los nexos
que podían existir entre la expansión del comercio, de la industria y la
constitución de un Estado moderno (1992: 86). A pesar de todo, encontramos
pasajes críticos sobre las inequidades entre los ricos y poderosos, y los pobres
que acaso parecerían citas de Marx (loc. cit.). Smith se muestra bastante
escéptico respecto a que el salario de los obreros mejore su situación (1992:
89, 99, nota 46 de p. 327). Ricardo, una generación posterior, y Marx, medio
siglo después, tendrán perspectivas análogas (loc. cit.). Empero, aun cuando
Smith describió a grandes rasgos los “cabos” de la modernización no aceptó la
posibilidad de una revolución industrial, a raíz de las limitaciones al
crecimiento que concebía y que hemos mencionado (ver supra –1992: 87, 124, 255,
nota 37 de p. 255, 328, 330). Y es que cuando Smith, Ricardo y Marx escribieron
el crecimiento de todas las formas de renta, incluidos los salarios, había
comenzado una lenta etapa de incremento sostenido y consistente (1992: 90, 330).
Al no detectar esa elevación pausada, concluyeron que era probable que la
situación de la clase obrera no mejorase (loc. cit.). Vg., Marx suponía que el
alza de los salarios sólo podía ser excepcional dados los defectos inherentes al
sistema capitalista (1992: 91, 103). Hoy resulta comprobable que hubo una
tendencia secular al abultamiento en los salarios (1992: 92, 103, 208, 212, 214,
nota 65 de p. 216, 330). Sin embargo, en este punto los pormenorizados estudios
de un weberiano y simpatizante de la políticamente timorata Escuela de los
Annales, al estilo de Edward Palmer Thompson, que es confundido con marxista,
estableció que la alucinada mejora no fue igual para todos los segmentos de los
amplios sectores que integran los grupos subalternos. Wallerstein es incluso más
radical, y estipula desde el “ala izquierda” de esa misma línea de indagaciones,
que la Revolución Industrial echó a andar un proceso de empobrecimiento absoluto
de la mayoría de la población de las regiones que padecían la lenta, compleja y
sinuosa constitución del capitalismo.
Respecto al crecimiento de la población, Marx creía que éste dependía de las
condiciones económicas (1992: 101/102). Sostenía que la población obrera siempre
se incrementa más rápido que las condiciones en las que el capital puede usar
ese incremento en su propia expansión, por lo que los salarios se mantienen
bajos (1992: 103). De esto puede inferirse que para Marx el matrimonio era
intolerable y que debía disolverse si los beneficios de la industrialización
habrían de repartirse de forma provechosa (1992: 107 –como es sabido, el
matrimonio resultó duradero). En cierto sentido, El capital fue un comentario
acerca de la severidad de las tensiones que se producían por la confluencia de
la modernización y proceso industrializador. Sin embargo, de las condiciones
concretas de la Gran Bretaña de principios del siglo XIX el judío/alemán quiso
extraer lecciones para el futuro (loc. cit.).
Pero a pesar de los yerros de Marx respecto al crecimiento de la renta, pudo
matizar con justeza la relevancia que tenía la diferencia entre fuentes de
energía vivas y no vivas (1992: 93). Esto lo condujo a que distinguiera entre
herramientas, propias de los talleres medievales y de las primeras manufacturas,
y máquinas movidas con el vapor, asociadas con industrias (1992: 92-93). Sin
embargo, Marx simplemente supone la necesidad de la introducción de máquinas y
no explica ni describe cómo fue que emergieron (1992: 93), salvo en pocas
ocasiones. F. e., sugiere que Holanda fue la responsable de inventar la bomba de
drenaje Haarlemmermeer en virtud de que tenía que solucionar el problema de la
falta de cursos de agua. Con ese criterio, Inglaterra podría haber inventado
también dicha bomba ya que ella sufría dificultades similares; no obstante,
patentó la bomba para la extracción de agua de las minas de carbón (1992:
94/95). Por lo que lo que tenemos que explicar, no es sólo a causa de qué la
Revolución Industrial aconteció en Inglaterra antes que en otros lugares, sino
por qué ocurrió (1992: 95, 98).