8.5. Control social y elección individual
En los colectivos pre/modernos, la fecundidad era modesta, mas el cambio
verdaderamente llamativo fue que el control de los nacimientos pasó de ser
efectuado de manera “difusa”, a través de la tradición y de mecanismos sociales,
a ser realizado al interior de la pareja (1992: 288, 291).
El espectro básico consistía en proporciones variables entre herederos,
descendientes “sobrantes”, familias numerosas, medianas y pequeñas, y tasas de
fecundidad, mortalidad y natalidad desiguales. Pero dentro de la gama de
alternativas, predominaban localidades con índices de decesos que podían ofrecer
bruscas modificaciones, en especial, en el sentido destructor, en un contexto de
nacimientos frecuentes a los fines de evitar el peligro de la caída demográfica.
Si bien existía cierta preocupación por conservar el patrimonio, asegurar un
heredero masculino y tener un número racional de niños (acorde a la perspectiva
de la unidad parental), el crecimiento global no estaba tan inhibido (1992:
289). Id est, lo que prevaleció en calidad de estrategia óptima fue asegurar un
gran número de nacimientos en lugar de elevar los beneficios a quienes
restringieran su fecundidad.
La esperanza de vida para los varones era de 25, 30 y 45 años (para las mujeres,
de 2 años más). Las sociedades con promedios de fallecimientos de 25 y 30 años
eran las mayorías de las comunidades pre-modernas; las de 45 eran de la clase de
algunas zonas rurales y ciudades inglesas del siglo XVIII (también había entre
ellas ciertas localidades de Norteamérica –1992: 290). En el mismo orden de
cuestiones, cabe aclarar que estudios recientes acerca de las edades para el
matrimonio parecen señalar que en la Inglaterra ubicada entre los siglos XVI y
mediados del XVIII, la mortalidad de la alta nobleza respondía a la media de la
población (1992: nota 47 en pp. 328/329).
En el fondo, la Europa pre-industrial se iba aproximando a una media entre la
población 2 y el tipo 1: entre 244 y 298 familias tienen al menos un hijo vivo
al morir el padre; entre 384 y 564 núcleos parentales con más de dos hijos;
entre 677 ó 1.242 niños “segundones”. El promedio era entonces de 393 familias
que cuentan con un heredero, y 474 unidades de descendientes con dos o más de
dos (1992: 291). Buena parte del continente se encaminó por ese sendero inglés,
lo que contribuyó a gestar una sociedad fluida, inestable, en crecimiento
incesante, con rentas en aumento y con una fecundidad atemperada. No obstante,
lo indicado en último término sólo comenzó a ser universal a fines del siglo
XIX; antes había una variedad regional significativa.
Para concluir este capítulo, podemos sostener que los colectivos pre/modernos
debían eludir dos puntos críticos: i) hacia “arriba”, a partir del cual no
controlar la natalidad conducía a que el mecanismo malthusiano de la mortalidad
por la escasez de recursos actuara; ii) hacia “abajo”, en donde inhibir la
fecundidad, si era racional desde la perspectiva de los individuos, podía
colocar en peligro la comunidad (1992: 292-293). La Revolución Industrial de los
siglos XVIII y XIX creó nuevas estructuras demográficas, al amortiguar el peso
de tales barreras (1992: 293).