EL PACTO Y LA NUEVA POLÍTICA MONETARIA
1988
Con la nueva concertación de Pacto de Solidaridad para los meses de abril y mayo
se abre un camino hacia el cual seguramente habrá de dirigirse la economía del
país. Dos medidas de política monetaria saltan a la vista como elementos con los
cuales se pretende reducir el ritmo de crecimiento de los precios, medidas que
de hecho ya se habían tomado desde el mes pasado: una es la congelación en el
tipo de cambio y otra es el descenso en las tasas de interés bancarias. Su
implementación es un reconocimiento oficial aunque velado de que tanto las
elevadas tasas de interés como la constante devaluación del peso frente al
dólar, estaban incidiendo en el incremento de la inflación.
Por una parte, el hecho de fijar una paridad fija de nuestra moneda durante por
lo menos dos meses más, implica que se detendrá en parte, la irracional política
de fomento a las exportaciones que dañaba fuertemente el poder adquisitivo del
dinero ya que se traducía en una mayor inflación, aunque por otra parte esta
medida se está llevando a cabo a través de un manejo indiscriminado de las
reservas de divisas, ya que para sostener la paridad cambiaria necesariamente el
gobierno habrá de mantener una oferta constante de dólares para no sucumbir
antes las fuertes presiones especulativas de los grandes inversionistas, que al
percibir grandes ganancias en el sistema bancario o en la Bolsa de Valores
buscan en el dólar una forma de obtenerlas. Es ahí donde resalta el carácter
pernicioso de la baja en la tasa de interés.
Esto no quiere decir que este mal que bajen dichas tasas ya que esta es una
medida que efectivamente permite aligerar la presión sobre los precios, sin
embargo ella por si sola no puede lograr los resultados que se esperan. Una de
las razones que mueven a la baja la tasa de interés es la búsqueda de un menor
costo financiero en las actividades productivas y si bien esto se logra, puede
no resultar a mediano plazo un factor positivo para el manejo de la inflación
por dos razones: Una: aunque la tasa de interés ha bajado, el crédito sigue
restringido y por tanto una gran cantidad de empresas no tienen acceso a él, por
lo que se genera una mayor actividad productiva. Dos: al bajar la tasa de
interés, una gran cantidad de capitales son liberados de los bancos y se
encaminan en la búsqueda de mayores ganancias. Sería de esperarse que esto
produjera una canalización de capitales hacía la inversión productiva, pero esto
no se da por la sencilla razón: en una economía deprimida como la nuestra,
actualmente no existen estímulos para esta inversión ya que la demanda se
encuentra fuertemente comprimida gracias a la restricción salarial y el control
presupuestal, por lo que en su lugar encontramos un fuerte proceso de
dolarización de la economía, el cual se da gracias a la política irrestricta de
libre convertibilidad de nuestra moneda, la cual se ve estimulada por la paridad
fija establecida que crea expectativas de futuras devaluaciones ya que no existe
confianza en el freno artificial al tipo de cambio y a la inflación,
coincidiendo en que efectivamente la economía está siendo estabilizada
artificialmente, no porque considere que haya de dejar la economía empeñada al
libre juego de las fuerzas del mercado, sino porque se está actuando sobre
elementos que no necesariamente son causa en el crecimiento en los precios.
Por tanto, lo urgente para la economía del país será acompañar a la baja en la
tasa de interés con un control generalizado de cambios racionalizando el uso de
las divisas.
Al tiempo que se estimule el salario y la demanda del sector público, generando
con ello un crecimiento en la demanda efectiva que estimule la inversión
productiva y un manejo del tipo de cambio sin subvaluación y en la medida que la
inflación disminuya con revaluación para estimular más la inversión productiva a
través del abaratamiento de las importaciones siempre y cuando se retome a un
control estricto de los bienes importados. Del otro lado sin embargo, esta la
opción ya se ve: combate a la inflación con mayor recesión, lo cual si bien
económicamente puede ser irreversible a través del desmantelamiento de gran
parte de la planta productiva, socialmente será inaguantable.