La nueva soberanía
Sí tales mecanismos de gobierno internacional y de regulación están listos para
ser iniciados entonces el papel de los países es el cambio. Los Estados deberían
verse no más como entes gobernando facultades, capaces de imponer los resultados
sobre todas las dimensiones de la política dentro de un territorio determinado
por su autoridad propia, sino como sabedores de cómo las formas de gobierno
pueden ser propositivas para enfrentar la globalización, y ser legítimos y
controladores.
Los Estados permanecen soberanos, no en el sentido que ellos son todo poderosos
u omnicompetentes dentro de sus territorios, sino porque ellos son los policías
de las fronteras del territorio y, al grado que son creíbles y democráticos, son
representativos de los ciudadanos dentro de esas fronteras. Los regímenes
reguladores, agencias internacionales, las políticas comunes sancionadas por el
tratado, todos vienen en la existencia porque los Estados nacionales importantes
han acordado crearlos para conferir legitimidad sobre ellos para fortalecer su
soberanía. La soberanía es inalienable e indivisible, pero los Estados adquieren
nuevos papeles de igualdad al ceder poder: en particular, ellos van a tener la
función de legitimar y apoyar las autoridades que ellos han creado para tales
subsidios de soberanía. Sí la soberanía es de importancia decisiva ahora como un
aspecto distintivo del Estado, es porque tiene el papel de una fuente de
legitimidad en que el poder transferido o sancionado tiene nuevas alturas y
nuevas y mayores facultades.
Los Estados nacionales tienen todavía una mayor importancia central porque son
los profesionales claves del arte de gobierno, como proceso de distribución del
poder al ordenar otros niveles de gobierno para darles forma y legitimidad. Los
Estados pueden hacer esto de una forma que ninguna otra agencia gubernamental
puede: son los pivotes entre las agencias internacionales porque proveen
legitimidad como la voz privativa atada a un territorio nacional. Pueden
practicar el arte de gobernar como un proceso de poder distribuidor único sí
pueden presentar credibilidad en sus decisiones y, así, tener la legitimidad del
apoyo popular.
En un sistema de gobierno en que agencias internacionales y cuerpos reguladores
son ya importantes y crecen en alcance, los Estados nacionales son las agencias
cruciales de la representación mundial. Los Estados aseguran que, en cierto
grado, los cuerpos internacionales serán responsables de los puestos públicos
claves de mundo, y que las decisiones respaldadas por los Estados importantes
pueden ser impuestos por agencias internacionales porque ellos serán reforzados
por leyes domésticas y por el poder estatal local. Paradójicamente, en el grado
en el que la economía se internacionaliza (pero sin globalizarse) reincorpora la
necesidad del Estado, no en su tradicional apariencia como el poder soberano
único, sino como un reemplazo crucial entre los niveles internacionales de
gobernabilidad al articularlos públicamente.