3.1. El transtorno del cambio.
Si realmente se tiene un verdadero proyecto de vida, no puede tenerse miedo a la
transformación. Desde un conocimiento profundo de uno mismo, puede llegarse a
valorar el compromiso transformador, y desde la acción se podrá salir de la
pasividad para dar el paso hacia delante sin miedo a las acciones futuras.
Partiendo de lo concreto y dando pasos de una forma progresiva y permanente se
podrá ir evaluando las nuevas acciones y valorando los cambios inmediatos.
Una constante revisión impedirá los miedos para acercarnos a la verdadera y
natural tendencia sexual. El acompañante espiritual deberá vigilar que exista un
equilibrio entre cada paso producido y la valoración de éste, reforzando cada
avance. Poco a poco, se irán haciendo ver los logros y cada vez se verá como el
compromiso en la sexualidad natural siempre lleva a la autentica sexualidad.
Tendrá que hacerle ver que estos cambios no son un simple voluntarismo, sino,
que es Dios el que está dando lugar a que se produzca. Será fácil hacerle ver
cómo se va llegando a la verdadera felicidad y que sólo desde una sexualidad
sana se puede tener verdadera plenitud.
3.2. Los riesgos de la sociedad.
En la sociedad actual se están dando como valores el individualismo, el
relativismo, la permisividad, y todo un grupo de referencias lejanas de una
recta conciencia moral. El hombre actual carece de objetivos claros que le
sirvan para un desarrollo desde la coherencia dándose prioridad a la felicidad
inmediata. Hoy existe una búsqueda utilitaria de Dios, desde una fe inmadura y
poco comprometida con la realidad. El Padre Tony Anatrella señala que la cultura
ambiental, que tiende al individuo para hacerlo creer que es dejado a sí mismo,
trata de eliminar toda la dimensión trascendental y espiritual en la vida
social, en nombre de la vida social, en nombre de lo laico . Para alejarnos de
ello hay que ver lo Divino desde lo personal, es decir, como centro de la vida.
Se busca a Dios porque se necesita. La religión debe suponer una fuerza positiva
en las conductas, lejana de la autoprotección. La relación del hombre con Dios
debe ser fuerza estructurante y fundamento de una relación paterno filial. Una
vida coherente desde la ética se sustentará de los pilares de la formación y el
compromiso.