3) Los Padres Apostólicos y Apologistas Cristianos.
Así como la exégesis, o ciencia de la Escritura, de los primeros autores de
letras cristianas, los Padres Apostólicos, de aquellos que aún eran testigos
directos de las enseñanzas de los apóstoles, de entre los más conocidos
encontramos a los obispos: San Ignacio de Antioquía y San Policarpo de Esmirna;
a los que siguió una nueva literatura cristiana, que se denominará de los
Apologistas Cristianos, el más célebre, San Justino.
Las etapas que se habían esbozado desde los discípulos inmediatos al mensaje de
Cristo, la de los Padres Apostólicos y Apologistas Cristianos, derivaría en una
filosofía cristiana que llegaría a la elaboración de un sistema de pensamiento
religioso que tendría en el Obispo de Lyon, su máximo exponente, San Ireneo, que
reafirmaría el primado de la Iglesia de Roma, la síntesis de la tradición de los
profetas veterotestamentarios, los evangelios sinópticos y textos canónicos, y
de la historia del pueblo de Dios en la Biblia.
Los dos focos del pensamiento cristiano contemporáneos al de Roma, fueron los de
la escuela Alejandrina, un ¨didascalio¨ cristiano, de servidores del Verbo,
didáscalos (o doctores), y el de Cartago.
En todos los períodos de la historia de la Iglesia se ha vuelto a verificar la
palabra de Tertuliano, que escribía en el año 197: "La sangre [de los mártires]
es semilla de los cristianos" (Apologético, 50). Encontramos la misma idea ya a
mitad del siglo II, en el discurso de autor desconocido dirigido al pagano
Diogneto: "¿No ves que [los cristianos], arrojados a las fieras con el fin de
que renieguen del Señor, no se dejan vencer?. ¿No ves que, cuanto más se los
castiga, en mayor cantidad aparecen otros?" (7, 7-8). Hipólito Romano escribía,
durante la persecución de Septimio Severo de la que hablaremos más adelante, que
un gran número de hombres, atraídos a la fe por medio de los mártires, se
convertían a su vez en mártires (Comentario sobre Daniel, II, 38).
La motivación teológica: "la gloria de Dios es el hombre vivo" (gloria Dei
vivens homo), de carácter antropológico: la "visión de Dios es la vida del
hombre" (vita hominis visio Dei), es el tremendo grito de San Ireneo en
respuesta a los gnósticos: Caro capax dei; ¡carne con capacidad para Dios!.
Como decía San Ambrosio, refiriéndose a su tiempo, cuando ya los cristianos
salían de las catacumbas y las persecuciones exteriores habían acabado:
"¡Cuántos hoy son mártires en secreto y dan testimonio al Señor Jesús!"
(Comentario al Salmo, 118).