3.3. El terapeuta espiritual.
El acompañante espiritual debe saber situarse en el lugar del otro y desde allí
ayudar al acompañado en la búsqueda del sentido de su vida, con valientes
propuestas de futuro. No debe dejar de señalar la referencia de Jesús y así a la
crucial acción del Espíritu como pilares en los que apoyarse. El Cardenal Medina
Estévez apunta a la solidez de estas bases afirmando que es claro que si la
persona es creyente... hay elementos muy sólidos para superar el miedo a las
tinieblas, de inseguridad, de frustración y de parálisis psíquica en que está
sumido.
Se debe de intentar conseguir que el acompañado consiga ver con los ojos de la
fe, y así servir de cristal para que se hagan visibles los signos de lo
trascendente. Para palpar la gracia hay que ayudarse con las gafas de la fe y
así conseguir ver lo que humanamente parecía imposible.
Por supuesto que el acompañante debe ser una persona cálida y cercana con
capacidad para adaptarse a las distintas situaciones. Debe hacer de maestro y de
compañero de camino y por ello servidor de la acción salvadora de Dios.
A pesar de su madurez en la fe, debe asumir sus limitaciones para no decaer en
los momentos de fracaso. La reeducación sexual es un camino lleno de tropiezos y
vueltas a atrás, y ahí es donde el acompañante debe mostrar su fortaleza,
haciendo ver que “Mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los
persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del
Espíritu y del poder para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres,
sino en el poder de Dios” Cf. 1, Corintios 3,6-9.