TEORÍAS DE REESTRUCTURACIÓN PRODUCTIVA
De los cambios del mundo del trabajo se resaltan las reestructuraciones
productivas, de las cuales existen visiones que interpretan o dan sustento a
estas; hay algunas que se centran mas en la relación directa con la forma que
asume el trabajo y la otra con la estructura del mercado. Entre ellas tenemos la
teoría del regulacionismo y modelo japonés, neoeschumpeteriano, especialización
flexible y segmentación del mercado. De alguna estas visiones permiten entender
lo que sucede en la dinamica del mundo del trabajo sus cambios y/o mutaciones
sociales como lo expresara el profesor Adrian sotelo Valencia; para explicar
cada una de estas visiones tomamos como referencia a Giuseppe Cocco y Carlo
Vercellone Maldeojo y a Marcia Campillo y Enrique de la Garza Toledo .
REGULACIONISMO Y MODELO JAPONÉS
Instituciones de regulación que conforman el modo de regulación. Las más
abarcadoras, como la regulacionista (Aglietta; Boyer 1989; Lipietz 1985;
Coriat), tienen un nivel semejante al de las antiguas teorías de la Cepal, con
conceptos que guardan parecidos al de modelo de desarrollo. Pero también hay
diferencias importantes, la más común es que estas teorías tienen un eje central
en los procesos productivos, que no se conciben como en las antiguas teorías
desarrollistas en su aspecto macroeconómico y sectorial, sino específicamente en
cuanto a las condiciones materiales y relaciones laborales que hacen posible
ciertos resultados económicos.
La teoría regulacionista es quizá la más abarcadora de las nuevas concepciones
acerca de la reestructuración productiva: el proceso de producción sólo es un
momento del régimen de acumulación, y éste se relaciona con un modo de
regulación. Esta teoría reformuló dos conceptos claves como los de taylorismo y
fordismo. Estas categorías encontraban hasta entonces su contenido en el nivel
del proceso de producción, en la tradición de la sociología del trabajo; pero
los regulacionistas las concibieron como un régimen de acumulación con los
respectivos modos de regulación, y en esta medida añadieron consideraciones más
amplias del sistema de relaciones industriales y de los pactos entre Estado,
sindicatos y empresarios. De esta manera el fordismo, como régimen de
acumulación, dejó de ser un mero tipo de proceso de trabajo convirtiéndose en la
articulación entre producción y consumo de masas. Su crisis se debería, en tanto
proceso productivo, a las limitaciones para incrementar la productividad
–organización del trabajo altamente segmentada, estandarizada y sin
involucramiento de los trabajadores; pero también se debería a los límites de la
relación salarial que la caracterizó, así como de las instituciones reguladoras
del uso de la fuerza laboral y de la reproducción de los trabajadores, en tanto
permitieron en los 70 que los salarios crecieran más que la productividad. La
visión de futuro de esta teoría se enmarca dentro del diagnóstico de la crisis
de productividad en el nivel del proceso de trabajo –crisis de la organización
laboral y de relaciones de trabajo rígidas–, como en el nivel macrosocial de las
instituciones del sistema de relaciones industriales –negociación colectiva,
seguridad social, neocorporativismo. El futuro por lo tanto tiende a la
flexibilidad laboral, implicando un trabajo más integrado y creativo, negociado,
con control de ganancias por parte de los trabajadores (Lipietz 1988).
Debe señalarse que el evolucionismo, en el marco del regulacionismo, se ve
mitigado por el hecho de que en esta transición hay varios modos de regulación
competitivos –por ejemplo el neotaylorista, el toyotista, el kalmariano, y
persistirían en el Tercer Mundo el taylorismo y fordismo; por otra parte, la
articulación entre producción y consumo no encuentra todavía sus instituciones
reguladoras de mediano plazo. Sin embargo se prevé que, dentro de la confusión
actual entre modos de regulación alternativos, sea la flexibilidad concertada la
que tenga mayores probabilidades de convertirse en el esquema de regulación de
la nueva etapa del capitalismo. Esto debido a que, según las derivaciones de la
crisis del taylorismo-fordismo, la rigidez sería inconducente para la
productividad, mientras la simple desregulación de mercados y procesos de
trabajo tampoco aseguraría el salto productivo sin consensos. Sin embargo, esta
anticipación del futuro por parte de los regulacionistas, que está entre lo
probable y lo deseable, encuentra límites en sus propios supuestos
metodológicos. Por un lado, dicha teoría no deja de ser estructuralista: son las
presiones del mercado las que resuelven la permanencia de las empresas en
función de la productividad y la calidad, que a su vez presionan hacia la
transformación flexible y negociada. Es cierto que los actores toman decisiones
y pueden no captar adecuadamente las señales sociales y de mercado; podrían
optar entre diversas soluciones, pero no todas son viables en el mediano plazo.
De esta manera, queriendo escapar del evolucionismo, aparece por la puerta
trasera de lo viable. En otras palabras, sujetos y conflictos alteran las
formas, pero en el ensayo y error se imponen las determinadas por las exigencias
estructurales. Así, la derrota obrera frente al neoliberalismo queda reducida a
incidentes de reacomodo estructural a consecuencia de las nuevas exigencias.
Entonces, la atención se ha desplazado hacia el aparato productivo contemporáneo
que mejores resultados ofrece, el que asegura a Japón una capacidad sin
precedentes de romper las barreras erigidas por los grandes oligopolios europeos
y americanos. Se ha empezado a hablar entonces de modelo japonés y de
"toyotismo" como nuevo arquetipo que dicta, al nivel de la economía mundial, las
nuevas normas de producción. De manera simétrica, mientras que el concepto de
americanización se ve reemplazado por el de japonización, se piensa poder
circunscribir en los trabajos de Ohno (1978) la formalización teórica de los
principios de organización del trabajo que reemplazan al taylorismo y \l'OST\
(Coriat 1990). Estas conceptualizaciones marcan otras tantas etapas decisivas en
la evolución de los útiles de análisis de las estrategias de salida de la
crisis. El esfuerzo desplegado es notable, en especial cuando, mediante la
"distinción entre innovación tecnológica e innovación organizativa" (Coriat
1990), se apunta a la recomposición de "lo económico" y " lo social". De este
modo, se restablece la centralidad de la problemática de la gestión de los
"recursos humanos" mostrando la variedad de configuraciones a las que puede
llegar un mismo soporte técnico (Boyer 1989). Sin embargo, a pesar de su
riqueza, estos intentos de definición del paradigma posfordista representan aún
un trabajo "en negativo". Se calca el "toyotismo", de manera estática, sobre los
límites técnicos del modelo fordista canónico. De la obsolescencia de los
principios fordistas se extraen otros tantos principios posfordistas, a saber,
otras tantas "soluciones". En esta perspectiva, el sinóptico propuesto por R.
Boyer (OCDE 1989) representa un trabajo de referencia. Según la modelización
esbozada por Boyer, la dimensión paradigmática del "toyotismo" está unida a su
capacidad de ser, de manera especular, el substituto del fordismo.
La dinámica innovación/conflicto se ve borrada o en el mejor de los casos
relegada a las coyunturas transitorias que marcan el paso de un paradigma a
otro. Es cierto que, del "fordismo" al "toyotismo", del modelo americano al
modelo japonés, del cronómetro al robot, se afirma una problemática finalmente
global para marginalizar a los enfoques economicistas. Pero se sigue corriendo
el riesgo de caer en una visión evolucionista, caracterizada por la superación
de las rigideces técnico-económicas de la cadena de montaje. De este modo, tal y
como el taylorismo permitió luchar contra la "vaguería del trabajo", el
toyotismo corre el riesgo de aparecer no como un desplazamiento, sino como una
simple profundización y una expansión de la organización del trabajo, que
permitiría finalmente atacar a la "vaguería del capital circulante".