ESPECIALIZACIÓN FLEXIBLE
La tercera gran teoría del posfordismo es la de la especialización flexible. A
partir de ésta nace el interés por los encadenamientos productivos como ventaja
comparativa (Piore/Sabel). En sus formulaciones originales, la especialización
flexible anunció el agotamiento de la producción en masa estandarizada, aunque
derivándola de los cambios en las preferencias de consumo, es decir, el paso de
una economía de productores a otra de consumidores, con cambios frecuentes de
presentación y de productos y a la producción en pequeños lotes. La articulación
entre tecnología reprogramable barata, y pequeña y mediana empresa, daba la
clave a Piore y Sabel para acuñar la utopía de la pequeña producción competitiva
frente a las grandes corporaciones. Se trataba también de la emergencia de un
nuevo artesanado de las pequeñas y medianas empresas (PyMes): polivalente,
flexible, con capacidad de decisión en el proceso de trabajo y con relaciones
cordiales con sus patrones. A lo anterior se agregó la posibilidad de que las
PyMes formaran tejidos de empresas en territorios pequeños, con relaciones de
solidaridad e instituciones locales de apoyo que dieran ventajas competitivas
con relación a las empresas grandes. Es decir, el futuro del trabajo humano no
era otro que un nuevo artesanado laborando en pequeñas y medianas compañías de
alta calidad y competitividad, conformando redes sociales y empresarias en
ambientes locales. Sin embargo, la teoría de la especialización flexible no
logró comprobar, fuera de argumentos lógicos basados en el supuesto tránsito
hacia la producción en pequeños lotes y ciertos ejemplos en Italia, Alemania o
Estados Unidos, que la gran corporación estuviera en decadencia, sobre todo que
por su gigantismo fuera menos innovadora que las PyMes. En particular la
producción en masa no tendió a desaparecer, sino que alimenta a la producción
por lotes a través de insumos o componentes; además, la producción por lotes
dirigida a sectores de ingreso medio y alto no asegura el crecimiento del
producto a nivel internacional, y, sobre todo, oculta que buena parte del éxito
o permanencia en el mercado de las PyMes se debe a que funcionan como
subcontratistas con salarios y condiciones de trabajo peores que las grandes.
La obra pionera de Piore y Sabel (The New Industrial Divide) marca un primer
giro en la definición de las formas y modalidades de la transición del modelo
fordista de producción monoproducto y rígido a un modelo de producción
multi-producto y flexible. El punto de partida de este enfoque es el papel nuevo
que parecen jugar las PYMEs tras el desencadenamiento de la crisis. En cierta
manera, apunta a elevar los fenómenos de descentralización productiva al rango
de nuevo modo de funcionamiento global de la economía. A pesar de la riqueza del
debate provocado, esta modelización del espacio posfordista se ve sesgada por la
formalización del período fordista que acepta. En otros términos, el
determinismo estructuralista rebota en la interpretación del nuevo modo de
regulación, tal y como había caracterizado la modelización "a posteriori" de las
armonías del fordismo. Sobre este tema, la descripción del paso histórico del
fordismo al modelo de especialización flexible es iluminadora. Para Piore y
Sabel, el fordismo se basaba en condiciones técnico-económicas de producción
(producción en serie) cuya viabilidad se veía asegurada por las dimensiones de
los mercados y la composición de la demanda. En este sentido, el "productor
fordista" como "productor en masa" se organizaba para producir en grandes
volúmenes un único bien poco diferenciado. De este binomio, producción en
serie/consumo de masa, se desprendía una organización correspondiente del
trabajo (y por tanto de la relación salarial) basada en la doble jerarquización
taylorista: horizontal (parcelización de las tareas) y vertical (entre
concepción y ejecución) (Montmollin y Pastré 1984).
La coherencia macroeconómica se veía asegurada entonces por la casi-virginidad
de los mercados durante la fase expansiva del ciclo de vida de los bienes de
consumo duraderos. De ahí la preeminencia de los grandes oligopolios integrados,
dedicados a la gestión de un producto gracias a las economías de especialización
realizadas mediante un proceso lineal a gran escala (Coriat 1990). Enfrente, las
PYMEs se veían confinadas a un papel marginal repartiéndose los mercados
subalternos de bienes de equipo y de bienes de consumo de lujo cuya producción
no podía estandarizarse o masificarse. Con el mismo determinismo con el que se
llegaba a la definición del dualismo de la estructura productiva se
circunscribía, por extensión, la existencia de una segmentación correspondiente
del mercado de trabajo, entre un sector central con garantías (el de las grandes
concentraciones industriales fordistas) y un sector precario no-protegido (el de
las PYMEs). Finalmente, se considera que el papel regulador del Estado
Providencia y en especial de los convenios colectivos aseguraba un crecimiento
armonioso de los salarios y la productividad. Las políticas económicas y
monetarias de tipo keynesiano debían rizar el modelo al asegurar un contexto
macroeconómico de crecimiento estable de la demanda que permitiera la
planificación de las inversiones. La definición del modelo de "especialización
flexible" deriva precisamente de la inversión del dualismo industrial descrito
arriba. El estrechamiento progresivo de los mercados de bienes estandarizados
habría trastornado las normas de rentabilidad de las grandes concentraciones
industriales fordistas. En efecto, la supremacía de la gran industria
taylorista, cuyo símbolo era la industria del automóvil, se basaba en equipos
especializados y muy costosos. Pero, a consecuencia de la inestabilidad
cuantitativa y cualitativa de la demanda, la rentabilización de semejante
aparato productivo se hacía cada vez más difícil.
El paso a un crecimiento lento e inestable, marcado por una demanda sometida a
una obsolescencia rápida, habría determinado la nueva centralidad de las
pequeñas unidades productivas. Gracias a su flexibilidad, incluso a su capacidad
de reaccionar casi instantáneamente a las fluctuaciones de la demanda, las PYMEs
superarían a las grandes empresas "rígidas". De ahí la afirmación de una nueva
forma de especialización "plegable". Se trataría de la instalación tendencial de
un nuevo paradigma industrial, más descentralizado y más innovador, cuyas
condiciones técnicas y relaciones sociales representarían una verdadera
superación del modelo fordista. En fin, se trataría de la conjugación de formas
nuevas y más "democráticas" de integración entre firmas, según un modelo de
casi-integración vertical (Enrietti 1987), que daría vida a zonas de desarrollo
(los distritos industriales) territorialmente homogéneos (Becattini 1987), con
relaciones sociales que permitirían el consenso y excluirían el dualismo en la
sociedad (Lipietz, Leborgne 1988).
La "bifurcación" hacia el nuevo paradigma aparece entonces como un
"desplazamiento de centralidad", del segmento de la gran industria al de la
pequeña empresa innovadora y dinámica. Más en general, habría una especie de
retorno a las tradiciones artesanales y a sus instituciones. Precisamente, la
inercia institucional de las tradiciones y las formas sociales antiguas
permitiría a determinados países y regiones, más que a otros, realizar con éxito
esta mutación (A. Bagnasco 1977). Estos complementos antropológicos completan
una modelización cuyo determinismo evacua toda localización de las relaciones de
causalidad subjetivas y contradictorias de un desplazamiento semejante.