IX. LA INCENTIVACIÓN
Llamo incentivadores a los bienes o servicios, sean o no mercancías, con los que
un sujeto satisface las necesidades que exigen planificar, primero, y realizar,
después, un desplazamiento circular. Puedo expresarlo de otro modo: la
incentivación es el correlato, exógeno y objetivo, de aquellas necesidades que,
siendo por su propia naturaleza, endógenas y subjetivas, pueden ser sentidas,
entre otros, por quienes residen a cierta distancia de su localización. Aunque
obvio, diremos que sin incentivación no se concibe la planificación (producción)
y posterior realización (consumición) de un desplazamiento, lineal o circular.
El tratamiento que en el capítulo anterior he dado a los desplazamientos me
lleva a suponer que el sujeto de un desplazamiento se comporta de acuerdo con el
conocido modelo del homo economicus, caracterizado por la estricta sujeción a
las normas propias de la lógica que presiden la satisfacción de necesidades (la
llamada eficiencia o racionalidad económica, tanto productiva como consuntiva).
Entiendo por eficiencia la adecuación óptima entre fines perseguidos y medios
utilizados. Cualquier visión retrospectiva sobre los elementos incentivadores de
los desplazamientos circulares lleva inevitablemente a repetir la historia de la
humanidad en su faceta cultural (tomando este concepto en el sentido de cultivo,
que incluye todas las actividades que el hombre realiza) con la consiguiente
percepción y transformación del espacio y de las instituciones. A esta situación
lleva mirar el pasado con ojos de hoy ya que en la actualidad se constata con
facilidad la existencia de elementos incentivadores deliberadamente orientados a
la promoción de visitantes, planificados, organizados y gestionados para
satisfacer precísamente aquellas necesidades susceptibles de generar la
elaboración y realización de planes de desplazamiento circular. Puede parecer
cuestionable que en el pasado se diera esta actitud, tan característica de
nuestros días, una actitud, política o estratégica, como quiera que la llamemos,
la que implica una determinada concepción del mundo.
Para abordar la evolución en el tiempo de la incentivación no dispongo de mejor
forma de aproximarme a ella que la que acabo de insinuar, pues es difícil
reproducir la intencionalidad real de lo que llamo aquí oferta incentivadora a
lo largo de la historia. No tengo, pues, otra opción que atenerme a una
conceptuación actual. Siguiendo al antropólogo norteamericano Marshall Sahlins,
que distingue entre pautas de comportamiento estructurales, las basadas en lo
permanente y fijado por las instituciones culturales, e históricas, las que se
atienen a lo contingente y abierto a la razón y la libertad, mucho de lo que en
este capítulo digo con respecto al pasado del hombre forma posiblemente parte de
la estructura más que de la historia.