EN BUSCA DEL NUEVO PERFIL HUMANO
DE LOS MEXICANOS (LO CULTURAL)
La angustia crítica en que viven hoy todos los hombres es, en gran medida, el resultado de esa zona interfacial que existe
entre una cultura mecánica, fragmentada y especializada en
decadencia, y una nueva cultura integral, completa, orgánica
y trascendente.
Un nihilismo placentero. La economía del mercado y la democracia liberal no forman un circuito cerrado, sino que se
arraigan en el humo, en los presupuestos culturales donde se
despliegan en íntima interacción. Las cuestiones del “Estado”, del “mercado”, de los “espacios públicos”, de las “nuevas dinámicas sociales”… se enraízan hoy en una gigantesca crisis
cultural que sacude a todo Occidente. Nuestra actualidad está
marcada por la crisis de modelos, vigencias culturales, utopías
y hábitos de raíz iluminista. Las horribles tragedias sufridas -
en la historia del siglo XX, han llevado a una revisión radical
de la pretensión racionalista de ordenar todo el mundo y la
sociedad mediante la ciencia, suscitando un progreso histórico indefinido.
Pues bien, el humanismo occidental ha enseñado que todo
hombre lleva consigo una fuente interior que lo constituye
como sujeto y lo autoriza a juzgar el mundo, que todo hombre
es una conciencia y que esta conciencia es irreductible a las
instituciones. Donde rige una conciencia existe una barrera al
dominio del hombre sobre el hombre, a la arbitrariedad
humana, a todo despotismo. La destrucción de la conciencia
es el verdadero presupuesto de una sujeción, de un dominio
totalitario.
Ni la concentración del poder financiero, tecnológico y mediático, ni la deriva individualista en las condiciones de una
libertad desarraigada de toda tensión hacia la verdad y disociada por lo tanto de una real responsabilidad, ni el aferrarse
a exaltaciones fundamentalistas —sean étnicas, nacionalistas o
religiosas— se presentan como fundamentos sólidos para la
construcción de una morada más humana para las personas y
los pueblos. Por ello, partimos de los siguientes principios y
valores:
La dignidad trascendente de la persona humana. La defensa y la
promoción de la singular dignidad de la persona humana, en
su irreductiblidad ontológica a las condiciones materiales y
biológicas de su existencia y a las instituciones de la sociedad, aparece hoy más que nunca como cuestión capital. Tarea crucial es la de la “salvaguarda de la dignidad trascendente” de
toda persona, jamás reducida a “partícula de la naturaleza o
elemento anónimo de la ciudad humana”. Se trata de verificar
siempre el primado real de cada persona —sujeto y fin, jamás
un simple “medio”— sobre toda institución social, anterior y
superior al Estado, así como el respeto y realización de sus
derechos originarios, inviolables, que descienden directamente de su propia naturaleza racional y libre. Ello es más importante cuanto que la realidad contemporánea dispone ante la
amenaza de la destrucción de la persona.
Subsidiariedad y participación. Ahora bien, esta dignidad de
la persona arriesga situarlo en la abstracción si no se tiene en
cuenta la articulación real de su experiencia, en cuanto ser que
se realiza en la relación, en la colaboración y comunión con los
otros, sea en el matrimonio y la familia, sea en el trabajo, sea
en el tejido social y cultural de la nación. Por eso mismo, la
libertad humana resulta verdaderamente garantizada, si son
respetados los derechos fundamentales de asociación y de
construcción social, según las exigencias de la subsidiariedad
y la solidaridad.
La abstracción que está implicando y desplegando en los
procesos institucionales fundamentales sobre los que reposa
la modernidad —el mercado capitalista, el estado burocrático, la economía tecnificada, la gran ciudad, los medios de comunicación de masas…— ha llevado, a nivel social, a un debilitamiento progresivo, si no a la destrucción de comunidades
concretas y relativamente coherentes en las que los seres humanos habían experimentado la riqueza concreta de su vida y
encontrado solidaridad y sentido a lo largo de la historia.