UNA AUTÉNTICA SOLIDARIDAD
Cierto es que no serán la “globalización” y las redes de interdependencia, que crean lo que suscitará mecánicamente las
dinámicas reales de solidaridad que sostengan y promuevan
esa vitalidad de la sociedad civil. Menos aún, cuando se vive
en el reino de una multiplicidad de intereses particulares y de
formas de conflicto sin referencia a un ideal compartido de
vida buena, a “principios”, criterios y experiencias, considerados superiores a las utilidades particulares. Nadie quiere
habitar con otro, cohabitar o convivir, a partir de un principio
de indiferencia. Precisamente, la cohabitación y la convivencia
surgen a partir de una experiencia de encuentro, de una apertura al otro, de un interés por la vida del otro, de un reconocimiento del valor que tiene la vida compartida con otro. En
efecto, el hombre es persona en cuanto ser que estructuralmente toma conciencia de sí sólo en la relación con el otro.
La tensión al “bien común” exige una solidaridad preferencial por los más débiles, los más pobres y sufridos, los desamparados que no pueden decaer en moralismo retórico ni degenerar en asistencialismos clientelares, ni siquiera limitarse a
las oportunas y urgentes “políticas sociales” agregadas. Es
tarea inteligente y ardua, ir creando las condiciones de mayor
justicia social, de valorización y apoyo de sus propias posibilidades e iniciativas, de “inclusión” de sectores marginados en
la vida y en el trabajo de la nación.
Se necesita coraje y mucha voluntad, pues no es fácil amar
la verdad y proclamarla con firmeza serena, cuando están de
moda la duda, la mentira y la hipocresía. No es fácil dar, cuando todos esperamos recibir. No es fácil servir a los demás, cuando nuestro mundo nos empuja a desear ser servidos. No es fácil respetarse y respetar a los demás, cuando los
mensajes de los medios denigran frecuentemente al hombre y
a la mujer y nos transmiten imágenes materialistas de éxito
que carecen de contenido ético. No es fácil ser honestos, cuando nos rodea la corrupción y tenemos que aprender a
sobrevivir envueltos en ella.
No es fácil alcanzar un talante de mujeres y hombres autónomos, cuando la libertad, mal entendida, se ha convertido en
instrumento de débiles. No es fácil tener un proyecto de vida
que merezca la pena, que nos dé motivos por los cuales vivir
ante una civilización privada de verdaderos horizontes. No es
fácil ser éticos ante el permisivismo moral, ante el utilitarismo, ante una sociedad del consumo desenfrenado de bienes como
medida de lo bueno, ante el vacío existencial que nuestra sociedad padece. No es fácil cooperar en un mundo donde el
hombre “tiene que recorrer solo y a pie el accidentado camino
a la libertad”. No es fácil ser bondadosos, cuando hoy para
muchos el ideal no es hacer el bien sino ser útiles.