Nuevas ideas toman cuerpo
América Latina comenzó a reformular su posición de cara al nuevo
contexto mundial a partir de la Cumbre de Presidentes latinoamericanos que se
realizó en octubre de 1989 en Ica, Perú, en la que los mandatarios americanos
declararon su aspiración de vivir en un mundo progresivamente abierto, con menos
rigidez ideológica y más interdependiente, en el que se pueda dar la
democratización del sistema internacional (1).
Dentro de sus conclusiones se expresaba que América Latina debía
cumplir un importante papel en la creación de un nuevo orden mundial: la
preservación de la paz y la seguridad en la región. Para ello debía replantearse
la
concepción tradicional sobre la ubicación y el papel estratégico de América
Latina
en la seguridad mundial.
Asimismo, y en referencia al marco regional se destacó el triple proceso de
transformación: a) la democratización; b) los esfuerzos por modernizar las
estructuras productivas; y c) el surgimiento de nuevas formas de concertación
política intrarregional. En relación a este último punto, se destacaba que la
cooperación política debía expandirse más allá de los temas que generaron la
concertación latinoamericana, la crisis de Centroamérica y la deuda externa. En
este sentido, la concertación se debía ampliar a temas como integración
económica, cultural y tecnológica y a los aspectos financieros intrarregionales.
Pese a estas declaraciones, el paradigma cepalino estaba en decadencia y
sería reemplazado, en los años siguientes, por el denominado “Consenso de
Washington” (2), que impulsaba en América Latina las políticas neoliberales que a
inicios de los ochenta habían propuesto Margaret Thatcher y Ronald Reagan.
Como se ve el mundo había cambiado, para esa época había terminado,
formalmente, la Tercera Guerra Mundial, y la humanidad se encaminaba a un
orden unipolar, pero no todos estaban dispuestos a aceptarlo.
1. Para esta época ya había habido recambios presidenciales en Sudamérica, o se
habían producido ya las
elecciones faltando sólo la asunción de los triunfadores en las mismas. En este
sentido, accedieron al poder
dirigentes neoliberales o afines a este pensamiento tales como Carlos Menem, que
llegó a la presidencia de
Argentina en 1989; Fernando Collor de Melo, que asumió la presidencia de Brasil
en 1990; y Luis Alberto
Lacalle, quien también en ese año alcanzó la presidencia de Uruguay. Como señala
Jorge Schvarzer, “El
nuevo criterio estratégico derivaba de la retomada hegemonía de las corrientes
ideológicas que responden a la
ortodoxia en el Cono Sur. Tanto el gobierno de Carlos Menem en Argentina, como
el de Fernando Collor de
Melo en Brasil, preferían los mercados «abiertos» a los «regionales»; el uso de
políticas de tono macroeconómico frente a las sectoriales (siempre sospechadas
de ceder ante la demanda de los grupos de interés) y la asignación de un rol
mínimo al Estado, supuesto culpable de los males de la región. Esos paradigmas
provocaran cambios decisivos en la estrategia de integración. Una consecuencia
de esa estrategia fue la oposición a crear cualquier órgano de integración que
tuviera apariencia de «aparato de Estado». Se intentaba así crear un mercado
regional sin más herramientas que los acuerdos de política global, que en una
primera etapa fueron básicamente de orden arancelario. Esa típica visión
ortodoxa choca contra las demandas naturales de un proceso de este tipo y lo
diferencia de la estrategia aplicada para forjar la Unión Europea. En este caso
los órganos de regulación se fueron instalando en Bruselas como parte esencial
del exitoso proceso de integración y forjaron los primeros elementos para
construir un futuro estado supranacional, que incluyen
desde el Parlamento Europeo hasta el actual Banco Europeo, destinado a gerenciar
la moneda común, el ya
famoso euro”. SCHVARZER, J., MERCOSUR: una crisis largamente anunciada. Bajo la
influencia de la
ortodoxia económica, Le Monde Diplomatique, Número 2, Buenos Aires, agosto de
1999,
http://www.eldiplo.org/
2. “El «Consenso de Washington» es el acuerdo alcanzado en 1990 por EUA
y los organismos económicos internacionales cooptados por este país donde se
plantean diez instrumentos de política para llevar adelante el objetivo de un
sistema capitalista mundial basado en la libertad del mercado para operar, donde
predominan los más «aptos». Los Diez Puntos del Consenso son: 1) establecer una
disciplina fiscal; 2) priorizar el gasto público en educación y salud; 3) llevar
a cabo una reforma tributaria; 4) establecer tasas de interés positivas
determinadas por el mercado; 5) lograr tipos de cambio competitivos; 6)
desarrollar políticas comerciales
liberales; 7) una mayor apertura a la inversión extranjera; 8) privatizar las
empresas públicas; 9) llevar a cabo
una profunda desregulación; y, 10) garantizar la protección de la propiedad
privada. Se confiaba que con el
«Consenso de Washington» y como consecuencia de la globalización, iban a
aumentar las tasas de
crecimiento económico y que iba a disminuir significativamente la pobreza y la
inseguridad. Que el flujo de
capital y el crecimiento de las exportaciones promovería el desarrollo de
sectores con un uso intensivo de la
mano de obra. Eso no ocurrió. La disminución del índice de pobreza, en realidad
fue reflejo de la disminución
de la tasa de inflación acompañada por un breve crecimiento del PBI y no como
consecuencia redistributiva
de la riqueza financiera y comercial”. DALLANEGRA PEDRAZA, L., El Consenso de
Washington de 1990,
http://www.mundolatino.org/