Las cifras
son concluyentes, los países con altos niveles de desarrollo también registran
elevados niveles de gasto en investigación y desarrollo tecnológico.
El reto, entonces, se relaciona con la búsqueda de formas posibles y realistas
para mejorar la situación en nuestros países.
Desde un
punto de vista puramente político estadístico es sencillo presentar cifras
exitosas. Y pueden serlo. Sin embargo, la atención efectiva tiene que ver con
que si esos niveles efectivamente nos están llevando hacia estadios superiores
de desarrollo (Gráfico Nº 5).
En todos
estos análisis debemos considerar una variedad de elementos: tasa sobre PIB, por
cierto; tasa de crecimiento anual real en I+D; cadencia o velocidad de cambio de
la situación local en ciencia y tecnología, producto del incremento en I+D, es
decir, hallazgo de novedades científicas en el nivel local y, finalmente,
incidencia en la solicitud de patentes, cobro de regalías e impacto en la
dinámica del crecimiento.
Se debe
preferir gastar en disciplinas que incidan específicamente en la calidad de vida
de mañana y en las aspiraciones de desarrollo. Lo anterior implica, por cierto,
iniciar un plan de gastos desde el presente, haciendo frente paulatina y
crecientemente al cumplimiento de las metas, enmarcadas en un Plan Nacional de
Ciencia y Tecnología para el Desarrollo para las primeras tres décadas del siglo,
en el caso de los estados, y de un Plan de Objetivos Comunes en Ciencia y
Tecnología para América Latina. En este último caso se deben agotar esfuerzos en
integración y cooperación que permitan articular organismos de I+D comunitarios,
en el mismo horizonte de tiempo.
La meta
típica del 1% del PIB no es suficiente. Si efectivamente estamos comprometidos
con las generaciones venideras debemos realizar un colosal trabajo en esta
materia. Estamos ante la gran decisión de elevar el gasto absoluto en I+D en
beneficio no de la actual ciudadanía, sino de las generaciones que aún no nacen,
que son las que, en definitiva, se verán favorecidas con los avances en los
campos de la salud, alimentación, medio ambiente, configuración industrial y
estructura económica.
Las metas o
funciones objetivo de gasto en investigación y desarrollo deben adecuarse no
sólo a las capacidades de los presupuestos nacionales actuales, resulta
ineludible dar golpes de timón en este punto. Incluso, y es probable que así
sea, se debiliten partidas presupuestarias en otras materias. Por cierto muchas
áreas de los presupuestos podrían funcionar con menos recursos, en tanto se
eliminen trabas burocráticas, amiguismos, corrupción, y se eleve las
competencias de funcionarios públicos. El impacto de estas decisiones es tan
trascendente, que la simple observación de la brecha entre nuestros países y las
naciones industrializadas nos indica el tamaño de los esfuerzos a realizar.
Los informes
de la ONU en este campo lo ilustran.
El Gráfico Nº 6 es elocuente, las sociedades líderes han logrado establecer
equipos de investigadores activos por sobre los 2.500 hasta más de 4.500
científicos y tecnólogos
dedicados a tareas de I+D. Los países latinoamericanos con mayor contingente de
investigadores como Argentina, Cuba, Costa Rica, Chile, Uruguay y Brasil, se
sitúan por debajo de los 500 investigadores.
Ecuador, El Salvador, Nicaragua y Panamá no logran superar el centenar. Es
decir, no se logra alcanzar ni remotamente un quinto respecto de las economías
más desarrolladas. Así entonces, la producción de ciencia y tecnología
latinoamericana es exigua, y ello explica el alto nivel de tecnología adoptada.
Desde semillas hasta tractores, vacunas y tratamientos médicos, maquinaria
industrial y sistemas expertos para la producción. Incluso, la gigantesca
expansión de las telecomunicaciones emplea millones de teléfonos portátiles y
equipos de computación provenientes del Hemisferio Norte y de las economías
especializadas de Oriente.