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La Transición al Socialismo en las Condiciones del Capitalismo Subdesarrollado Contemporáneo
Yoandris Sierra Lara
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Parte II. Los Modelos de Acumulación, Reproducción y Valorización del Capitalismo Contemporáneo.
Capítulo III. El Modelo de Acumulación Capitalista de tipo Keynesiano.
3.3. La Política Keynesiana del Gasto Público.
La política keynesiana de la plena ocupación, de conformidad con los resultados de la teoría, tiene como problema central el de generar un volumen de gasto suficiente para garantizar dicha plena ocupación. Para ver como esto es posible es preciso asumir la realidad de que el gasto nacional o gasto global consta no sólo de dos elementos: el gasto privado para consumo y el gasto privado para inversión; sino que está presente otro sumando, el gasto público.
Actuando así se respeta siempre la hipótesis de una economía cerrada dentro de la cual nos encontramos, hasta el momento, implícitamente insertos; veremos inmediatamente de que forma la problemática keynesiana puede ser ampliada para ocuparse de los problemas que nacen de las relaciones económicas internacionales.
El principio general de la política keynesiana puede ser enunciado en estos términos: Si lo mismo el gasto para consumo que el gasto para inversión son insuficientes para asegurar una renta de plena ocupación y así como se prevé, no es posible aumentar estas dos partidas del gasto nacional porque, por un lado, el consumo está íntimamente relacionado con una estructura determinada, difícilmente modificable, por lo menos a corto plazo, de la distribución de la renta, y por otro lado las inversiones dependen de factores inmodificables como son las posibilidades abiertas al progreso tecnológico, entonces el volumen de gasto necesario para cubrir la diferencia entre la renta de plena ocupación y la renta generada por el mercado en forma autónoma, debe ser obtenida mediante un incremento del gasto público.
Es evidente la profunda modificación que comporta esta política con respecto a la política clásica. Por medio de ella, de hecho, se confía al Estado la obligación en absoluto sencilla de asegurar ciertos servicios; y además se le encarga, lo cual, en un cierto sentido, es mucho más comprometido, el asegurar un cierto nivel de renta nacional. Si el gasto público viene concebido como elemento determinante del nivel de la renta y de la ocupación, entonces el Estado queda incluido automáticamente entre las fuerzas económicamente decisivas que componen un sistema social.
Esta realidad es de gran peso en cuanto existe una extrema polémica sobre la factibilidad positiva o no de esa intervención del Estado en la economía capitalista. Es realmente un conflicto teórico que se expresa fuertemente en la política económica de las naciones capitalistas.
Es evidente que la política del gasto público, como tal, no modifica la estructura del mercado, sino lo que modifica es la amplitud del mismo mercado. La política económica keynesiana no incide sobre el modo en que funciona la empresa privada, sino que, a través de la regulación del volumen global de gasto nacional incide directamente sobre la escala de operación de las empresas privadas.
Tales puntos parecerán más claros cuando hayamos examinado algunos problemas específicos que se suscitan a propósito de la política keynesiana del gasto público.
El primero de esos tópicos es el relacionado con el volumen del gasto público a efectuar así como el efecto multiplicador de dicho gasto. Por lo que respecta al volumen, se trata de determinar cuál es el gasto público necesario para hacer pasar la renta del nivel que alcanza, mediante la autónoma acción del mercado y el nivel que corresponde a la plena ocupación de las fuerzas de trabajo.
Tal problema surge porque un determinado grado inicial de gasto determina, como efecto secundario, un incremento del gasto privado para consumo, por el que el gasto nacional, de tal forma producida, es mayor que el gasto público inicial.
Ahora bien, a Keynes le interesa medir el efecto que produce un incremento de las inversiones en el incremento del ingreso total, como conocer los factores que determinan esa proporción señalada. Conociendo esa proporción el Estado puede promover el aumento que requiere la inversión, para lograr el pleno empleo. Keynes utiliza un multiplicador de inversión para medir dicho efecto de las inversiones estatales en la economía tomando su reflejo en la variación de la renta total.
El segundo problema a propósito de la política keynesiana del gasto público es lo referente a la composición del gasto. Este es uno de los puntos en el que la formulación keynesiana tiende a distinguirse en mayor medida de las formulaciones clásicas. Esto depende del hecho que, para el fin particular que se intenta alcanzar mediante el gasto en cuestión, el contenido del gasto es relativamente indiferente. Lo que realmente importa es que mediante el gasto público se origina una demanda adicional.
Que esto se produzca a través de la realización de obras públicas o con una política de subvenciones a una cierta clase de ciudadanos no tiene, para éste problema, ninguna importancia. El gasto, en otras palabras, podría también ser del todo inútil, es decir, podría también concretarse en cosas que no tienen una utilidad propia y, sin embargo, estas cosas podrían igualmente ejercer su acción sobre el nivel de la renta nacional.
Se debe tener en cuenta que los efectos en cuestión no están ligados a la creación de una capacidad productiva, sino a la creación de una demanda adicional que ponga en marcha una capacidad productiva ya existente y no completamente utilizada. En otras palabras, si el problema de la desocupación es un problema de deficiencia de capacidad productiva, entonces lo que importa, en el gasto público es solamente su volumen y no su composición.
El tercer problema relativo al gasto público se refiere a su financiación, y la solución que se le da al pensamiento keynesiano, y la solución que se le da en el pensamiento keynesiano representa también un elemento de discordia con la tradición existente en hacienda pública.
Lo primero que salta a la vista a este respecto es que el gasto público dirigido al incremento de la ocupación es eficaz en tanto sea un gasto realmente adicional respecto a aquel volumen de gasto nacional que ya viene autónomamente expresado por el mercado y que, por ello, ha tenido lugar independientemente de la intervención pública.
Es evidente que en la medida en la que el gasto público no fuese adicional, sino que sustituyera a otra forma de gasto, sería ineficaz a los fines de incrementar el gasto nacional y, por lo tanto, la renta nacional y la ocupación. Ahora bien, para un gasto público financiado mediante impuestos, tal efecto de sustitución es, evidentemente, casi seguro; en tal caso, sin embargo, la intervención pública, por considerable que fuera, sería ineficaz a los fines de aumentar la ocupación. Es, por esto, que la política fiscal keynesiana cede la preferencia a otro instrumento fiscal: la deuda pública.
Mientras en la Hacienda clásica la deuda pública era un medio al que debía recurrirse temporalmente para hacer frente a momentáneas dificultades de caja, en la nueva práctica fiscal, la deuda pública, lejos de constituir un recurso, está concebida como un importante instrumento de intervención capaz de modificar el volumen de la actividad económica global.
El aspecto fundamental de la hacienda clásica, es decir, el equilibrio del presupuesto del Estado, viene ahora determinado como válido solamente en las situaciones de plena ocupación y se le considera, por el contrario, como un error en las fases de depresión y de desocupación, durante las cuales un gasto público no cubierto por ingresos tributarios es un instrumento de recuperación de la prosperidad.
En el terreno específicamente monetario se señala cómo el peligro de la inflación, tradicionalmente considerado como íntimamente ligado al déficit presupuestario, no tenía razón de ser en las hipotéticas condiciones de desocupación, puesto que, en este caso, existen factores disponibles para inmediatos aumentos de la producción y de la renta real, los cuales impiden la elevación del nivel de precios.
La práctica de la financiación deficitaria había sido considerada como un posible método de lucha contra la depresión cíclica mucho antes que Keynes. Pero solamente a partir de Keynes adquirió el fundamento teórico riguroso de tal práctica.
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