La Economía Política de la Construcción del Socialismo
Figueroa Albelo y otros

 

 

TRANSICIÓN EXTRAORDINARIA AL SOCIALISMO EN LA PERIFERIA SUBDESARROLLADA

 

Víctor M. Figueroa Albelo

 

 

La construcción socialista en los pequeños países de la periferia subdesarrollada la tratamos como un modelo extraordinario de la transición diferente del que concibieron los clásicos del marxismo en época de Marx y en la experiencia leninista. En esta parte primera se pretende esclarecer las particularidades implícitas al subdesarrollo periférico para dar paso, luego de un recorrido resumido de la teoría y la praxis de la construcción socialista, a una aproximación conceptual del modelo de transición extraordinaria, asumiendo teóricamente la experiencia cubana y, finalmente, se tratarán los desafíos que impone la globalización neoliberal contemporánea a la revolución y a los proyectos económico-sociales socialistas en la periferia.

Las causas del subdesarrollo y sus características generales comunes son de sobra conocidos por eso aquí solo se subrayarán algunas cuestiones en forma abreviada, sin olvidar que la intención preferente del texto desde aquí se relaciona más bien con la fisonomía de los llamados pequeños países periféricos subdesarrollados del capitalismo mundial.

 

1. NOTAS GENERALES SOBRE EL SUBDESARROLLO

 

El origen del mundo subdesarrollado está asociado al surgimiento y desarrollo de la era capitalista y a su expansión a escala planetaria. Antes del surgimiento del capitalismo este concepto no tenía vigencia real, salvo los ecos de la antigüedad que nos recuerdan la historia de los grandes imperios que sometían a tribus y pueblos “bárbaros” a la sumisión y a la esclavitud. A partir de la acumulación originaria del capital y su ley general homónima con su “vocación internacional” es que puede hablarse de la génesis del subdesarrollo como un apéndice dependiente, atrasado y deformado del mundo capitalista.

El capitalismo desarrollado, el imperialismo que hoy conocemos, se desplegó originalmente y hasta ahora gracias a la apropiación directa o indirecta, violenta o “pacífica” del excedente económico de muchas naciones que en virtud de mecanismos de dominación y expropiatorios como el colonialismo y el neocolonialismo, vieron tronchadas sus lógicas evolutivas internas y sus posibilidades de impulsar el crecimiento económico. En fin, como afirmara Fidel en Monterrey “no se puede culpar de esta tragedia a los países pobres. Estos no conquistaron y saquearon durante siglos a continentes enteros, ni establecieron el colonialismo, ni reimplantaron la esclavitud, ni crearon el moderno imperialismo. Fueron sus víctimas”.[1]

La resultante de este proceso consistió en que la estructura económica de estos países quedó subordinada a las reglas impuestas por los intereses coloniales e imperialistas, que en buena lógica los convirtieron en productores de materias primas baratas para el gran capital y en consumidores de los bienes industriales de las metrópolis. Así se conformó la división internacional del trabajo con roles diferenciados para los actores nacionales con lo cual la inmensa mayoría de nuestros países quedaron enlazados a las metrópolis como apéndices dependientes exportadoras de uno o dos productos básicos e importadoras de casi todos los bienes de capital, intermedios y de consumo, incluidos los alimentos. La inversión de capital extranjero –sobre todo la inversión directa- sirvió de caballo de Troya para tales propósitos colonizadores, y el intercambio desigual en una sangría permanente del excedente económico de los subdesarrollados.

Los conceptos de Centro y Periferia[2] expresan de modo distinto esta misma esencia: las relaciones de explotación a que fueron y son sometidos los pueblos subdesarrollados por un puñado de países superdesarrollados. El dualismo estructural mundial o la bipolaridad desarrollo- subdesarrollo es la característica dominante de la evolución de la economía mundial desde el siglo XIX, aunque hunde sus raíces en determinados casos desde casi dos siglos antes. Luego, esa dicotomía es esencial no solo para interpretar los orígenes del subdesarrollo, sino para darle solución como problema planetario.

La estructura económica de los países subdesarrollados se caracteriza por la heterogeneidad productiva en el plano socioeconómico y el atraso tecnológico y social. Remanentes o reminiscencias del feudalismo en las relaciones agrarias –la tenencia de la tierra superconcentrada en unas pocas manos de nacionales y extranjeros y decenas de miles de campesinos sin tierra como arrendatarios, aparceros y precaristas–; segmentos más o menos dilatados de economía moderna capitalista o capitalismo de enclave en torno a explotaciones mineras o de tipo agropecuario frente a un mar de personas ocupadas en el llamado sector tradicional o informal en las ciudades.

La baja productividad del trabajo es clave para entender el fenómeno de la baja capacidad de generación de excedente económico el que resulta a su vez muy inestable e incierto por factores naturales incidentes y por el comportamiento de los precios de los productos básicos en el mercado mundial al que están subordinados.

Los rasgos enunciados explican porqué el solo intento de hacer cambios estructurales en el sector primario (reforma agraria y otras medidas) y/o movimientos en pro de la industrialización han recibido siempre el más enérgico rechazo imperial, incluso la intervención directa o indirecta y el bloqueo económico. El caso guatemalteco en 1954 y el de Cuba, a partir del triunfo revolucionario, son ejemplos elocuentes de esta actitud agresiva del capitalismo monopolista.

La incapacidad de los países subdesarrollados para autopropulsar el despegue económico y arribar a la autosustentabilidad del crecimiento económico es quizás el más conspicuo de los rasgos del subdesarrollo y de la dependencia. El ahorro interno es claramente insuficiente a fin de alimentar procesos de acumulación (inversión) para el desarrollo lo que viene dado en primer lugar por el magro excedente económico que generan y por la enorme brecha existente en la distribución del ingreso entre el pequeño segmento de ricos y la masificación de la pobreza con muy pobre acceso a los mercados. (Se sabe, a partir de J. M. Keynes, y la realidad empírica lo constata, que la propensión marginal a consumir [3] ante un aumento del ingreso se acerca a uno en la medida que la renta es muy baja, y por oposición el ahorro tiende a cero). Vale la pena añadir en este contexto la significación de la corrupción como un sistema parásito que en el mundo subdesarrollado significa la apropiación y desvío de enormes recursos hacia cuentas bancarias situadas fuera del país.

La deuda externa es otro fenómeno contemporáneo que no deja de crecer a partir de la crisis de 1982 hasta ahora, constituyendo una sangría millonaria que absorbe a una buena parte de los ingresos duros en divisas que reciben los países por sus exportaciones y que dejan de servir a la acumulación y al desarrollo económico y social. Los países deudores se ven obligados a incrementar cada vez más las exportaciones y a reducir con la misma intensidad las importaciones para solventar el pago de los intereses y el principal de la deuda, lo que se convierte en un obstáculo al ahorro nacional en función del desarrollo.

La falta de equidad distributiva (se refiere a cómo y en cuánto se distribuye el ingreso nacional entre los grupos sociales) alcanza dimensiones alucinantes y perversas.[4] El foso que separa la participación de los segmentos más pobre de grupo de los más ricos es francamente alarmante para no decir impúdico en los países pobres.

La desconexión del consumo interno de las posibilidades y realidades de los países es otro capítulo de las distorsiones enajenantes en los países subdesarrollados. Las élites que detentan el poder económico derrochan sus riquezas a imagen y semejanza de los ricos de los países del Norte en bienes de lujo y otros propios a las primeras (para colmo, transfieren una parte de sus dineros a los bancos también del Norte). En general los patrones de consumo de la clase dominante y el interés de los países desarrollados coinciden haciéndose valer para todos. El llamado “efecto demostración” se traduce en que la canasta de consumo hay que cubrirla a cuenta de importaciones crecientes (o invirtiendo en ramos productoras de bienes de lujo para determinados grupos sociales). De lo cual resulta que la función de consumo keynesiana proyecta sus efectos multiplicativos en beneficio de los países del Centro y no hacia dentro del país.

Por las razones apuntadas respecto al consumo, el mercado interior carece del dinamismo y dimensión suficientes para generar estímulos económicos que impulsen al capital nacional a la inversión, a la industrialización y definitivamente al crecimiento económico.

El bajo nivel de vida y el atraso social son un resultado directo de la estructura deformada de la propiedad y la producción interna y de la dependencia externa al capitalismo monopolista internacional. La pobreza tiene una doble cara. Lo que hoy se denomina “desarrollo humano” (según la terminología del PNUD) evidencia el rostro inhumano del subdesarrollo. El bajísimo nivel del ingreso per cápita, el analfabetismo, la precariedad de la salud, el estado deplorable de la cultura y de casi todos los servicios a favor del hombre, la baja esperanza de vida al nacer, la mortalidad infantil y otros tantos indicadores sociales y humanos marcan el estado descomunal de atraso y pobreza del mundo subdesarrollado.

Fidel constató palmariamente los horrores del subdesarrollo a la entrada del siglo XXI. “La pobreza extrema en el Tercer Mundo alcanza ya la cifra de 1200 millones de personas. (...) En el 2001 el número de personas con hambre física alcanzó la cifra de 826 millones; los niños que no asisten a la escuela, 325 millones; la de personas que carecen de medicamentos esenciales de bajo costo, dos mil millones; la de los que no disponen de saneamiento básico, 2400 millones. No menos de 11 millones de niños menores de 5 años mueren anualmente por causas evitables, y 500 mil quedan definitivamente ciegos por falta de vitamina A”.[5]

Otra resultante del atraso es la composición de las clases sociales en los países subdesarrollados. La clase obrera en ocasiones no existe o es minoritaria. Por su parte, la pequeña burguesía urbana abunda pero en la esfera de los servicios o entre capas de las llamadas profesiones liberales –maestros, médicos, abogados, etc. La gran burguesía es débil económicamente frente al capital monopolista extranjero que domina los principales enclaves, mientras que la llamada burguesía compradora (básicamente la dedicada al comercio de importación) siempre acaba siendo una aliada incondicional de los grandes monopolios. El dominio del capital transnacional es tan grande que subsume a las burguesías nativas hasta convertirlas en pequeñas élites antinacionales, subordinadas a los intereses de sus homónimas transnacionales. Por último, la clase obrera y los campesinos sufren una doble explotación de parte 1) del capital nativo y los terratenientes y 2) de las transnacionales de los países del Norte. La teoría económica occidental ha intentado, sin lograrlo, una explicación científica acerca de las causas del subdesarrollo, tampoco ha dado la clave para superarlo. Las conocidas teorías del crecimiento económico que proliferaron en los años cincuenta emergieron bajo la impronta de la lucha contra el comunismo y la intención de enajenar al movimiento de liberación nacional de los ideales socialistas. De esa dolencia no escapan ni Rostov ni Prebisch. Y la teoría socialista y marxista le dedicaron lamentablemente muy poco espacio y cientificidad a los problemas del desarrollo y del subdesarrollo, salvo la prédica guevariana y fidelista.

América Latina dio muestras de una significativa actividad teórica en torno al modelo de crecimiento económico y de la integración económica desde su condición de región subdesarrollada, bajo los auspicios de la CEPAL, encabezada por Raúl Prebisch. Sus proyecciones dieron un fuerte impulso a la industrialización y al desarrollo de algunos de sus miembros aunque al final fracasó. Su sustitución posterior por el modelo neoliberal terminaría con la famosa “década perdida” y la más reciente “semidécada perdida” con una espantosa crisis económica ejemplificada en el terrible drama que vive Argentina. Vale la pena retomar la experiencia latinoamericana aunque sea someramente.

I.      La economía mundial puede dividirse, según Prebisch,[6] en Cetro y Periferia lo que le sirve para designar de otro modo la dicotomía desarrollo- subdesarrollo. Pero la causa de esta división se la atribuye a la desigual distribución de los frutos del progreso científico-técnico en que los primeros produjeron y se apropiaron de esos progresos y al intercambio desigual derivado de las diferencias de productividad del trabajo.[7]

II.    La teoría del desarrollo hacia adentro, como alternativa propiciatoria de la industrialización latinoamericana, nace entre otras razones de la constatación de que la acumulación de los países de la Periferia pasa primeramente por los países del Centro. Este modelo se aleja de la experiencia posterior de los Nic´s asiáticos cuya estrategia consistió en una industrialización “hacia afuera” con una peculiaridad consistente en que “no han sido las leyes del mercado las que han actuado en el despegue de los cuatro dragones (…). El Estado ha desempeñado un papel considerable”.[8]

La teoría del desarrollo hacia adentro presuponía el rediseño de la política de desarrollo económico, incluyendo entre otras cuestiones: 1- Conducción deliberada del proceso de industrialización mediante una estrategia consciente de la entrada de los capitales para el desarrollo industrial. 2- Desarrollo preferente primero de la industria de bienes de consumo, seguido de la de bienes intermedios y, finalmente, la de medios de producción. (Esta es la misma lógica de la industrialización Occidental). 3- Protección del mercado interno doméstico, estableciendo aranceles diferenciados para los productos extranjeros. 4- Reformas agrarias encaminadas a cambiar las formas caducas de tenencia y explotación de la tierra. 5- Aprovechamiento útil del financiamiento externo dirigido a la acumulación interna (evitación de la corrupción y el dispendio institucional. 6- Nuevo papel del Estado (colocado por encima de las clases, es decir, de todos) en tanto que: A) Intermediario financiero para transferir ingresos y subsidiar en los casos necesarios a la industria privada que favorezca el aumento del empleo donde el volumen de ocupación sea significativo y “no con el objetivo de estimular a los capitales”. B) Redistribuir ingresos asignando recursos para la seguridad social, educación, salud, vivienda. C) Establecer políticas activas de empleo mediante la inversión pública de capital y D) Promover la integración latinoamericana que favorezca la complementación y cooperación entre los países periféricos debido a la estrechez de sus mercados.

La estrategia de desarrollo hacia adentro enfrentaría obstáculos (distorsiones) endógenas y exógenos verdaderamente colosales. Entre los obstáculos endógenos se contabilizaban entre otros los siguientes:

1. En el sector de la agricultura, la deformación estructural de la tenencia y explotación de la tierra, la precariedad de las inversiones, la dependencia de los factores climáticos, el comportamiento decreciente del empleo en el agro y la presencia de formas precapitalistas que producen desempleo.

2. En el sector industrial lo principal radicaba en que la transferencia de tecnologías elaboradas por los centros no estimulaba el desarrollo industrial interno sino la importación de tecnologías.

3. La enorme inequidad distributiva además del atraso y pobreza derivaba en que una parte de los ingresos no se destinaban a la inversión productiva, sino al consumo imitativo de las burguesías de los países centros.

4. En el plano social: pobre movilidad social, la falta de iniciativa, carácter “poco emprendedor” de los hombres de estos países y su poco valor a asumir riesgos. Claro que estos rasgos son justamente resultado de la marginación, la desigualdad y la pobreza.

5. En el plano institucional: existencia de componentes institucionales anacrónicos, inexistencia de una política financiera para costear las necesidades sociales y la poca eficiencia de las instituciones públicas.

Finalmente, entre los obstáculos exógenos cabía subrayar dos: 1) el lento ritmo de crecimiento de las exportaciones de productos primarios, frente al aumento constante de importaciones de manufacturas y 2) el deterioro de los términos de intercambio.

El modelo de desarrollo hacia adentro se agotó por múltiples razones pero todo parece indicar que los obstáculos al desarrollo terminaron por imponerse en la experiencia práctica latinoamericana. La misma lógica del desarrollo hacia adentro se tradujo en una creciente dependencia externa: exportaciones agrícolas o de bienes agroindustriales por la compra de tecnologías y bienes intermedios del Centro inflando el intercambio desigual y el endeudamiento externo. De otro lado, la sobreprotección a la industria nacional se tradujo en un atraso tecnológico productivo y en una fuerte pérdida de competitividad de la región a lo que se le suma de conjunto la penetración y dominio del capital extranjero desde dentro en las ramas de punta de la industria. [9] Los cambios estructurales que se venían produciendo en el conjunto del sistema de mundial obraron también a su modo en contra del modelo, entre estos sobresale el proceso de transnacionalización que disminuía progresivamente la capacidad de orientación y la toma de decisiones autónomas de los países periféricos.

Las fallas del modelo de industrialización hacia adentro se hicieron evidentes durante la crisis económica mundial (1974-1975) y con la crisis de la deuda externa desde principios de la década de los 80. La creciente corrupción del aparato estatal y la pérdida de credibilidad del Estado completan la fisonomía de la crisis del modelo desarrollista.

El retorno a la ortodoxia neoliberal y conservadora en América Latina una vez finiticada la política desarrollista trajo como resultado que apareciera una corriente de pensamiento económico-social sobre la base del estructuralismo “capitalista” con una metodología crítica y una nueva conceptualización. La respuesta de los economistas latinoamericanos a los nuevos imperativos de la realidad en los años '80 y '90, sobre todo la de aquellos vinculados directa o indirectamente a la CEPAL, ha conformado una corriente de pensamiento económico que algunos han bautizado con el nombre de neoestructuralismo o concepción neoestructural. Hay consenso entre estos en cuanto a que:

es necesario, frente a la crisis, renovar las teorías y prácticas económicas que se venían aplicando acorde con los intereses nacionales, la solución no es ni puede ser el neoliberalismo, pues este pretende desmantelar la intervención económica del Estado y eliminar las relativas conquistas populares logradas bajo los programas desarrollistas, el modelo neoliberal es todo un programa ideo-político, encaminado a “disciplinar” a la clase obrera y a abrir los caminos a las compañías transnacionales en perjuicio de nuestros intereses nacionales[10] y que la aplicación de tales modelos “racionales” producen en la práctica a una pérdida progresiva de la autonomía nacional, al liberarse todos los mercados domésticos en función de los mercados internacionales.

El cuerpo teórico neoestructuralista se compone de un conjunto de elementos entre los que cabe destacar los siguientes[11]: 1- Reforzamiento de la opción socialinstitucionalista, esto es, la necesidad de diseñar proyectos nacionales que tomen en consideración las necesidades de los sectores mayoritarios lo que exige una justa distribución de los ingresos, no sólo por medio de la política fiscal, sino también a través de una política de rentas acertada. 2- Redimensionamiento de las funciones del Estado, el reconocimiento de la intervención estatal y de la necesidad de rediscutir sus funciones y posibilidades en el desarrollo económico. 3- Incorporar al análisis estructural de la inflación la tesis de las expectativas racionales. 4- Reinserción de las economías latinoamericanas en el comercio internacional a partir de un enfoque teórico que no niega la vigencia de la teoría de los costos comparativos ni renuncia a las tesis del deterioro de los términos del intercambio. 5- Promoción de una combinación acertada del Estado y el mercado como forma de alcanzar una inserción adecuada en la división internacional del trabajo y alcanzar una mayor independencia respecto a los países industrializados. 6- Creación de núcleos endógenos de dinamización productiva en América Latina. 7- Generación, difusión y apropiación del progreso técnico como factores que determinan la dinámica del desarrollo económico, el que no debe dejarse al libre albedrío de los países industrializados y menos aún a la espontaneidad del mercado, y, finalmente, diseño de políticas económicas que den prioridad a los equilibrios macroeconómicos, la coordinación del corto y largo plazo, la concentración entre los sectores públicos y privados, la creación de estructuras productivas y de gestión que entrañen mayor igualdad y la elaboración de estrategias que permitan una mayor autonomía nacional.

Definitivamente, el neoestructuralismo se presenta como una tendencia más sostenida hacia el socialinstitucionalismo y con énfasis en la necesidad de retomar y redimensionar las funciones del Estado en la búsqueda de resolver los desequilibrios macroeconómicos y una mayor justicia y equidad social.

A modo de conclusiones podemos afirmar que la acumulación originaria del capital es la causa original, primaria, del subdesarrollo, –e incluye la conquista de América y parte de Asia, la conversión de África en coto de caza humana para el régimen de la esclavitud en América, la destrucción de las culturas autóctonas; equivalente a la colonización y más tarde la neocolonización–, luego, el desarrollo capitalista y el subdesarrollo también capitalista son dos polos de un solo mundo, el del capital. Pero no se puede olvidar que los efectos económicos y sociales del subdesarrollo en sus orígenes se convirtieron a su vez, en su dinámica histórico-económica posterior, en palancas que autopropulsaron el atraso, ahora endógenamente recreados, como un proceso autogenerado y multiplicado hasta los días de hoy. La resultante de lo dicho explicaría la necesidad de combinar siempre los factores endógenos y exógenos en la explicación teórica del subdesarrollo así como en el diseño de las estrategias para su solución práctica. En los tiempos que corren, la globalización neoliberal multiplica los obstáculos y esta incapacidad genético-histórica para salir del subdesarrollo.[12]

 

2 PEQUEÑOS PAÍSES PERIFÉRICOS SUBDESARROLLADOS

 

Si bien el mundo subdesarrollado posee rasgos comunes a la vez es policromo, diverso y múltiple. Hay muchos rasgos que podrían ayudar a diferenciarlos por grupos de países o países concretos, como son, por ejemplo, origen y dimensión numérica de la población, tamaño geográfico, riquezas naturales disponibles, modalidad de surgimiento de las relaciones capitalistas de producción e intensidad y amplitud del desarrollo de dichas relaciones, la dotación de capital y el “capital humano” disponible, el papel y lugar del Estado en la economía, los diversos grados y vínculos de dependencia respecto a los centros hegemónicos de poder, su historia político-económica: herencia colonial y neocolonial , idiosincrasia y otras.

Objetivamente existe un conjunto numeroso de países en los que el tamaño (dimensión económica) resulta particularmente decisivo y es lo que los diferencia del resto de los países subdesarrollados. Nos referimos a los que denominamos pequeños países periféricos (PPP), a esta constelación de naciones subdesarrolladas que la teoría económica y política hasta ahora les ha prestado poca o ninguna atención como fenómeno particular, pero para nosotros cobra singular importancia en conexión con la teoría revolucionaria y más todavía con la teoría de la transición socialista.

Síntesis de los rasgos principales

1. Dependencia política y económica de algún centro de poder imperialista.

2. Dimensión limitada, atraso y deformación congénitas de las fuerzas productivas materiales. Descansa en el sector primario, agroindustrial y/o turismo.

3. Estructura económica heterogénea y diversa en correspondencia con las fuerzas productivas internas y el dominio del capital extranjero. Relaciones precapitalistas en el agro, polos del gran capital nacional y extranjero, alta participación del sector informal o tradicional.

4. Pequeñez del mercado interno. Poca dimensión poblacional, del ingreso per cápita y de la demanda interna o conjugación múltiple de estas variables. Fuerte limitación para la apropiación de tecnologías de producción en gran escala: restricciones objetivas a la industrialización basada en la preferencia por el sector I productor de bienes de capital.

5. Baja productividad del trabajo y en consecuencia excedente económico pequeño e insuficiente, pero además vulnerable e incierto para garantizar el crecimiento autosostenido. Alta incertidumbre del ciclo económico en función del clima y mercado de productos básicos.

6. Insuficiente capacidad de ahorro interno para el despegue económico. Limitado en función del excedente económico y capacidad de ahorro interno a lo que se suma la creciente deuda externa.

7. Desigualdad en la distribución del ingreso: falta de equidad distributiva.

8. Economías en extremo abiertas. Reproducción dependiente del mercado externo.

9. Proletariado e intelectualidad: escasos o inexistentes, salvo excepciones.

10. Desarrollo humano bajo. Desempleo crónico y subempleo masivo, atraso social, analfabetismo, alta tasa de mortalidad y de natalidad, pésimas condiciones de salud, subalimentación, baja esperanza de vida al nacer, discriminación por raza, sexo y religión.

Como quiera que los PPP poseen rasgos comunes al resto de los países subdesarrollados, no resulta indispensable un examen detallado de los mismos, por lo que nos detendremos en resaltar solamente algunos de sus rasgos más conspicuos luego de dejar constancia simplemente de aquellos que consideramos reflejan el cuadro general de los PPP. (Ver Recuadro 1). Lo dicho es válido también por cuanto más adelante se estudiarán las características de la economía cubana, previa al triunfo de la Revolución, donde habrá ocasión para profundizar en el estudio de los PPP.

Si bien el atraso y la deformación de las fuerzas productivas son fenómenos comunes a los países subdesarrollados, en tanto que fenómeno inducido desde la época de la acumulación originaria del capital y profundizada después por los efectos multiplicativos de orden negativo bajo la dominación del capital transnacional, en los PPP se le agrega un factor congénito objetivo, independientemente de la dominación colonial o neocolonial que hayan sufrido previamente o en las que estén envueltos. Se trata simplemente de la pequeñez de la dimensión económica de los PPP, lo que se convierte en un obstáculo muy gravoso, complejo y difícil de superar en la lógica general del desarrollo, independientemente de la forma social específica que adopte el movimiento de las fuerzas productivas. Lo dicho no puede interpretarse como una especie de neofatalismo geoeconómico, sino que trata de subrayar que la noción de atraso y deformación de las fuerzas productivas adquiere aquí una connotación relativa, un tanto diferente a cuando se examina esta cuestión en el resto de los países subdesarrollados.

Hay que pensar para comprender lo dicho en países como los que pueblan la Cuenca del Caribe, algunos de los cuales no rebasan unos centenares de kilómetros cuadrados de superficie y unas decenas de miles de habitantes; o en la mayoría de los países de Centroamérica. La lógica indica que la superación de la pequeñez solo puede ser resultado de la integración armónica de estos países en un espacio único y solidario que potencie su capacidad productiva en virtud de la división y especialización del trabajo en función del desarrollo común de todas y cada una de sus partes componentes.

La balcanización de estos países es quizás el producto más oneroso y deformante del colonialismo y del neocolonialismo, lo que les impidió su integración a tiempo lo que los transformó en un fenómeno teratológico. Es a partir de esta consideración que puede hablarse de deformación de las fuerzas productivas y del atraso resultante en los PPP.

Sí es achacable a la lógica de la colonización que la estructura económica de estos países predomine el sector agrario o agroindustrial (pudiera incluirse el turismo desde finales del siglo XX), junto a la profusión del sector tradicional e informal en la que se incluye un sector terciario atrasado y distorsionado. La baja y bajísima productividad del trabajo, la incertidumbre del ciclo económico y el carácter exportador dependiente de los mercados internacionales dominados por el capital monopolista, son la resultante mayor de la deformación y el atraso que padecen.

La pequeñez del mercado interno refleja concreta y nítidamente la particularidad principal de los PPP. Como se sabe, la dimensión del mercado interno depende del monto total de la población, del nivel medio del PIB per cápita y, por supuesto, de la dotación productiva de que dispone un país con su dinámica específica de crecimiento (inversiones). Tales indicadores evidencian matemáticamente la escala reducidísima del mercado interior al punto que las estadísticas resultan innecesarias para demostrarlo.

Este rasgo se erige en un formidable obstáculo para el desarrollo y explotación de “economías de escala”, esto es, la gran producción masiva con tecnologías modernas de alta densidad de capital y poca mano de obra. Puede admitirse con toda razón que el desarrollo científico-técnico y tecnológico de los países del Centro hasta la fecha siguió coordenadas que condenaron a estos países al atraso, dada su incapacidad e imposibilidad para asimilar aquel progreso técnico internamente en virtud  de sus mercados internos sumamente estrechos; todo ello, claro está sin olvidarnos de las consecuencias nocivas de las políticas de los países imperiales –restricciones a la transferencia de tecnologías, proteccionismo hacia adentro y librecambio hacia fuera con lo que lograron consolidar la apropiación de nuestros mercados– durante todo este trayecto histórico hasta los tiempos actuales.

El concepto de industrialización en los PPP tiene también un significado distinto al tradicional bien provengan de una reproducción del modelo estructuralista occidental o de la teoría marxista de la reproducción ampliada. Las viejas y buenas ideas de disponer de una economía integrada horizontal y verticalmente, con una industria capaz de resolver dicha integración productiva interna, de la autosuficiencia y la autosustentabilidad, tan caras a los ideales del desarrollo, no pueden ser objetiva y plenamente viables en los PPP, sino solo de modo parcial, incompleto, si tomamos a cada uno por separado, independientemente. En los PPP, la industrialización requiere de un diseño especial, apropiado caso a caso, que asimile las posibilidades y necesidades reales, objetivas, de cada país; pero siempre se tratará de una industrialización selectiva mediante la “creación de núcleos endógenos de dinamización productiva” con tecnologías apropiadas que amplíen el producto y la ocupación. Este enfoque variaría, claro está, si se piensa en una comunidad integrada de países que actuaran al unísono tratando de obtener ventajas de la complementación y colaboración estrecha entre todos.

Las estrategias de industrialización que pretendieron en uno que otro país la modernización del aparato productivo y una mayor integración técnico-productiva interna, necesaria al desarrollo autosostenido, –crecimiento económico inducido por las fuerzas económicas internas–, siempre debieron enfrentar los obstáculos del mercado interno, las fallas de los mercados externos y la pobre sinergia de las aperturas integracionistas.

La pequeñez del mercado interior podrá solventarse solo a través de la integración económica de estos países que potencie el mercado y propicie la cooperación y la combinación y facilite los flujos tecnológicos, financieros y comerciales en condiciones mutuamente ventajosas para los participantes y refuerce su capacidad de negociación frente a terceros. En todo caso hay que consignar que la integración económica entre los países subdesarrollados no es un resultado del proceso de desarrollo, como lo fue en el Occidente opulento, sino todo lo contrario, se erige en una premisa económico-espacial para el lanzamiento del desarrollo. No hay ni puede haber integración posible y viable sin una voluntad política que la anime y propulse; como tampoco sería conveniente una integración tipo ALCA, que los norteamericanos están promoviendo para su beneficio exclusivo y el antidesarrollo latinoamericano.

Tanto el producto como el excedente económico son magros e inestables en correspondencia con la dimensión y composición de las fuerzas productivas nacionales puestas en explotación, la masa y calidad de trabajo empleado y su productividad resultante. La primacía del sector primario o agroindustrial, ambos de exportación mayoritariamente, tiene mucho que ver con la inestabilidad y el bajo nivel del excedente económico.

Sin un excedente económico nacional suficiente no cabe pensar en un nivel de ahorro interno capaz de financiar la formación bruta de capital requerida para el crecimiento económico y peor aún para un despegue económico autónomo y dinámico. A todo esto se añade el peso muerto de la abismal diferencia en la distribución de los ingresos y la creciente polarización entre ricos y pobres que actúa de retranca del ahorro en virtud de la apropiación y utilización diferenciada de los ingresos. Por otra parte, el crecimiento desmesurado de la población constriñe aún más, objetivamente, las posibilidades de incrementar el ahorro interno a los fines del desarrollo, porque se hace más raquítico el monto absoluto del PIB per cápita y también la dinámica del crecimiento económico. [13]

La inestabilidad del excedente económico en los PPP responde a la misma lógica de todos los subdesarrollados. Sus razones básicas son dos, a saber, primero, la acción de los factores naturales que influyen en la producción agropecuaria y agroindustrial. Este mismo fenómeno afecta incluso la dinámica del turismo. Segundo, el comportamiento del mercado internacional donde se realiza la mayoría de los productos básicos bajo la influencia de la tendencia general a la baja de sus precios, entre otras causas por la interferencia de las transnacionales y los intereses egoístas de los países ricos. En este mismo orden de cosas, la situación política y económica internacional ejerce una notable influencia sobre los flujos turísticos.

El despegue de estos países obliga objetiva y necesariamente al apoyo financiero internacional. Las Naciones Unidas aprobaron el compromiso por el cual los países ricos aportarían el 0.7% del PIB en ayuda oficial al desarrollo. Lamentablemente esta meta no se ha cumplido todavía lo que revela el egoísmo de aquellas naciones que han olvidado su deuda histórica con el Tercer Mundo.

Otra vía de financiamiento cabría esperarla de los organismos financieros internacionales con créditos blandos, esto es, a largo plazo y a una baja tasa de interés. En esta esfera poco se ha avanzado; el problema radica en que dichos organismos están bajo el dominio absoluto del capital financiero transnacional y de los intereses hegemónicos norteamericanos, todos orientados al fortalecimiento de la globalización neoliberal planetaria. Los condicionamientos son tan elevados que su aceptación equivale a renunciar a la soberanía nacional. Las inversiones de capital extranjero, especialmente las inversiones directas, (dirigidas al aumento de la dotación de activos reales en los países receptores, esto es en fábricas y otros) podrían contribuir al despegue económico siempre que respondan a programas ajustados a estrategias de desarrollo diseñadas por los propios países involucrados y con la condición de reinvertir una parte de las utilidades. Tampoco la integración económica de los PPP en distintas regiones, si bien podría ser un alivio a las tensiones financieras para el desarrollo del conjunto, no alcanza objetivamente para solventar sus necesidades para alcanzar el crecimiento autosustentable.

En suma, los países subdesarrollados, y dentro de estos los pequeños países periféricos, para impulsar el desarrollo autónomo y poder actuar con independencia en el concierto de las naciones del Planeta están obligados a desplegar proyectos de liberación nacional con un alto componente social que cohesione a las diversas clases sociales, incluidos algunos estamentos de la burguesía nacionalista y patriótica, pero con una fuerte presencia y acción participativa de los trabajadores y campesinos y otros estamentos sociales, bajo la consigna de alcanzar la independencia económica a través de procesos de cambios estructurales que superen paulatinamente el dualismo estructural interno y externo que atenaza a estas sociedades. La integración sería por supuesto un propósito indispensable, una premisa, para impulsar el desarrollo solidario. En esta línea de propósitos se incluye la meta estratégica de edificar una economía moderna e integrada en un sistema de polidependencia internacional que responda a los intereses nacionales y a una distribución más equitativa del ingreso y el acceso de las mayorías a la justicia social.

La opción socialista, o como se le llame, sigue siendo, a pesar del derrumbe y de la globalización, una vía particular históricamente comprobada de acelerar el desarrollo, destrabando los obstáculos que lo frenan en el sentido que lo plantease Fidel: “la búsqueda de un desarrollo sostenible es, ante todo, la búsqueda del desarrollo mismo, entendiendo por desarrollo no solo el crecimiento, sino la transformación de las estructuras económicas y sociales en función de elevar la calidad de la vida de la población y lograr la progresiva formación de nuevos valores”. [14] Sin esto último, difícilmente pueda tener sentido y apoyo popular una política de desarrollo nacional.

El gran conflicto que enfrenta la realización de tales proyectos nacional liberadores y socialistas radica en el poder y dominio omnipresentes del capital monopolista transnacional ya no de una nación en concreto sino de todos los países imperialistas del orbe. Por ello, una vez resuelto el conflicto interno, entonces los vínculos internacionales se convierten en la contradicción fundamental a resolver. De ahí que no resulta incongruente que muchos de los proyectos de liberación nacional, para ser consecuentes hasta el final, hayan tenido que dar un salto (o aceleración) a la transición al socialismo como una vía alternativa para hacer realidad los sueños de independencia económica y social. En todos estos casos, tales transiciones revisten un carácter extraordinario por su contenido y por la complejidad y diversidad de desafíos internos y externos que deben enfrentar.

 

3. LIBERACIÓN NACIONAL EN LA PERIFERIA

 

La transición al socialismo en la periferia siempre estuvo y estará precedida y acompañada de una etapa de liberación nacional, invariablemente asociada a procesos revolucionarios encabezados por movimientos de liberación nacional que por una u otra vía accedieron al poder político y se trazaron la meta de alcanzar la independencia, la soberanía, la autodeterminación y la independencia económica del país, y asumieron como propios en sus programas o plataformas políticas los intereses de las grandes mayorías explotadas y enajenadas por el gran capital nativo y monopolista internacional. Son dos etapas que pueden y deben diferenciarse aunque se hibridan necesariamente en un largo trayecto histórico pues si bien la liberación nacional precede a la transición, no hay liberación nacional definitiva y real sin justicia social a favor de las grandes mayorías, sin que se suprima finalmente la explotación del hombre por el hombre. El salto al socialismo es por definición, ateniéndonos a la teoría y a la práctica histórica, una continuación indispensable de la liberación nacional y económica bajo nuevas bases y condiciones. Concentremos la atención en el modelo económico que peculiariza a esta etapa.

La liberación nacional se plantea, por definición, una meta inmediata: lograr la soberanía, la independencia y la autodeterminación de la nación, bajo el concepto de que la garantía mediata de aquellas es solo posible alcanzando la plena liberación económica. En consecuencia, está obligada a deshacerse de la dependencia política y económica imperialista, que es la causa primaria y determinante del subdesarrollo. Al poder revolucionario le es característico un nuevo enfoque social del desarrollo: el crecimiento económico se orienta a favor de la nación y de las grandes masas populares que constituyen su esencia. En esta dirección, el nuevo Estado revolucionario está obligado a ocupar, si quiere cumplir su misión, un papel protagónico en la función económica, productiva y social del país.

La formación de un sector estatal suficientemente fuerte resulta inexcusable para tales propósitos. Precisamente, la nacionalización de gran parte del capital extranjero que detenta, como regla, los medios fundamentales de producción, se erige en la base material y económica del Estado a través de la cual se asegura un papel económico decisivo en la reproducción nacional. No se excluye de este objetivo uno que otro segmento del capital nacional cuyas fuerzas productivas sean indispensables al poder económico estatal.

El modelo económico de liberación nacional en puridad de conceptos no se propone como meta inmediata la supresión del capitalismo, incluso cuando las fuerzas políticas que lo dirijan asuman la ideología marxista y socialista (Revolución Sandinista en Nicaragua, Unidad Popular de Allende en Chile). Y en el caso que estas fuerzas se la trazaran sería como meta de largo plazo, salvo que se vieran en la necesidad de acelerar los cambios en virtud del recrudecimiento de la lucha política y no quedara otra opción para la subsistencia misma del poder revolucionario.

La estructura económica en esta etapa no excluye, sino que presupone la subsistencia y reproducción del capital nacional e internacional con excepción de aquellos segmentos nacionalizados previamente a que se hizo ya referencia. El sector capitalista remanente queda sometido, desde luego, a nuevas reglas y regulaciones que pretenden limitar la acción de la ley de plusvalía y de la ganancia sin que lleguen a perder sentido económico. Este proceso  se lleva a cabo naturalmente en medio de temibles y complejas contradicciones económicas y políticas. También en este proceso se amplía y fortalece el sector privado pequeño y medio en el ámbito rural y urbano en virtud de las propias medidas estructurales y de las lógicas de una economía de mercado.

Cabe la necesidad y la posibilidad de que se forme un sector de economía mixta entre segmentos estatales y del capital nacional y extranjero bajo determinadas premisas y mediaciones con la burguesía internacional y nativa. En tal caso se plantea la urgente tarea de asegurar que su movimiento económico esté en concordancia con los grandes principios de la liberación nacional.

La revolución agraria forma parte inalienable de la liberación nacional para la inmensa mayoría de los países de la periferia. En esta esfera hay que completar la obra de desarrollo que el modelo capitalista dependiente no culminara por diversos motivos: el dominio del capital extranjero en el agro y sobre la tierra particularmente y la fusión de la burguesía-terrateniente con la urbana. La solución revolucionaria al problema de la tierra y campesino representa un ajuste de cuenta a la deuda histórica de atraso, miseria e irracionalidad en el campo, de justicia social con el proletariado rural y el campesinado sometidos a la explotación semifeudal.

La reforma agraria no es una medida socialista a no ser que incluyamos a David Ricardo –uno de los padres de la economía política burguesa– entre los precursores del socialismo. La forma en que se lleve a cabo el cambio agrario depende de muchas circunstancias: las particularidades del sistema agrario con su composición clasista, la interacción-integración de la burguesía terrateniente con el resto de los sectores económicos y la lucha política. Pero el principio de que la “tierra es para quien la trabaja” implica acabar, en primer lugar, con el dominio del capital extranjero y el latifundismo semifeudal e improductivo sobre el suelo y demás recursos naturales, el reparto de tierras a los sin tierra y no propietarios que la trabajan, esto es la liberación real del campesinado del yugo de la renta y de la miseria.

Hay casos en que la propia reforma agraria da lugar a la formación de organizaciones productivas de gran escala que pueden adoptar la forma estatal y/o cooperativa. La solución del problema de la tierra y campesino es solo el comienzo de una revolución más prolongada y difícil que consiste en promover el desarrollo rural en su más amplio sentido que incluye, entre otras cuestiones, la tecnificación agrícola, el extensionismo rural, la creación de infraestructuras productivas, el aseguramiento de flujos financieros, redes de comercialización y de recursos materiales y técnicos sin tijeras de precios lesivas e industrialización rural, el despliegue de la infraestructura social que liquide la insalubridad y el pésimo estado de atención a la salud y el analfabetismo. El problema de la vivienda y el desarrollo de la cultura en el campo son otros de los tantos componentes del desarrollo rural.

El desarrollo rural implica de suyo la elevación de la producción de alimentos, la solución del desempleo estacional y cíclico, el aumento de los ingresos de los agricultores, una mejoría en la alimentación del pueblo, el incremento de los suministros de materias primas a la industria y de las exportaciones de bienes agrícolas y agroindustriales. La reforma agraria y el desarrollo rural subsiguiente son claves para darle sentido y contenido a procesos de industrialización del país a partir de su propia dinámica económica interna, esto es de la inclusión social y económica de las amplias masas populares del campo, antes marginadas del trabajo y del consumo, al desarrollo.

El mercado sigue rigiendo, es cierto, pero mediado por la introducción de la planificación como instrumento de regulación del crecimiento global, regional y sectorial del país, que tiene como finalidad subordinar la lógica del capital y del mercado a fines previamente consensuados en el proyecto de liberación nacional. Se comprende de suyo el carácter limitado y contradictorio de este proceso plagado de choques de intereses, lucha de clases, riesgos y amenazas. El proceso de desarrollo dependerá de tres cosas a saber: primero, la dimensión y poder real del sector estatal sobre el resto de la economía; segundo, la resistencia popular ante la agresión económica y extraeconómica de la reacción interna y externa, y, lo decisivo radica finalmente en la capacidad de movilización, en la confianza política de las masas populares en el proyecto, y la fidelidad y ética robespiereana de las fuerzas revolucionarias que hegemonizan el poder del Estado.

¿Cómo definir este modelo económico? Un capitalismo de estado de base popular y democrática es su esencia como totalidad. Si bien la estructura del sistema de propiedad y de relaciones de producción no cambia la naturaleza capitalista del orden social, el poder económico del Estado lo modifica y transforma a una parte de la plusvalía en un excedente económico socializado.

El Estado propietario o interventor directo en los procesos económicos emergió durante el desarrollo del capitalismo en los actuales países imperialistas desde el siglo XIX y en algunos casos mucho antes especialmente durante la época de la acumulación originaria del capital y del despegue. En todos los casos se trataba de una necesidad de la clase capitalista para alcanzar sus objetivos. Desde  finales del siglo XIX, la transformación de grandes empresas –telégrafo, correos, ferrocarriles– en propiedad del Estado capitalista obedeció a la incapacidad del capital privado, incluidos los monopolios, de dominar sobre determinadas fuerzas productivas que habían alcanzado un nivel de socialización que solo el Estado estaba en capacidad de socializar. Aquel Estado económico es, como afirmara Engels, “una máquina esencialmente capitalista, es el Estado de los capitalistas, el capitalista colectivo ideal (…). Los obreros siguen siendo obreros asalariados, proletarios. Y cuanto más fuerzas productivas se apropie, tanto más se convertirá en capitalista colectivo real y tanto mayor cantidad de ciudadanos explotará”.[15] Este proceso y sus consecuencias se potenciarían más adelante cuando el capital monopolista asumió el mando de la economía y aparecen nuevas fuerzas productivas cada vez más colosales que requieren ser socializadas a un nivel superior mediante la fusión con el Estado. Lenin lo calificó de capitalismo monopolista de estado, y Keynes desde el neoclasicismo explicaría brillantemente su necesidad. Posteriormente en el siglo XX se trasplanta, no solo por el efecto imitación, la consigna acerca del papel del Estado económico en los países subdesarrollados, especialmente en América Latina con un enfoque neokeynesiano, asociado a la promoción de las “estrategias de desarrollo hacia adentro”.

Por el contrario, el capitalismo de estado de la liberación nacional en la periferia revolucionada se diferencia radicalmente de los anteriores porque supone, primero, la transformación consciente y deliberada del Estado en un agente económico directo de la nación –tenedor de una parte de los activos nacionales y regulador económico– cuya finalidad última es contribuir al desarrollo nacional con una amplia participación de las masas populares. Este sector representa una transgresión de las reglas del capital privado y se orienta a propulsar el desarrollo, modificando las reglas del juego y de poder económico del capital privado, sin plantearse la liquidación del sistema capitalista como totalidad. Pero, su rasgo distintivo y definitorio consiste en que este Estado es el de un movimiento revolucionario de liberación nacional y económica, nacionalista, con un alto contenido antiimperialista coincidente con los intereses fundamentales de los sectores explotados y marginados de la sociedad y los ideales de emancipación, humanismo y democracia. Se trata, en suma, de un estado popular y democrático, sustentado en un poderoso sector estatal en un contexto de economía mixta y multiclasista.

En el capitalismo de estado popular y democrático sigue rigiendo la ley de la plusvalía y otras leyes económicas emergentes del mercado, incluso en el sector estatal, solo que en este último la plusvalía aparece mediatizada, transformada en su contrario social en la misma medida que se apropia y distribuye en función del desarrollo económico y humano, en beneficio de la mayoría del pueblo trabajador y humilde. La industrialización y la solución a los problemas del desempleo, la vivienda, la prostitución, el juego, la drogadicción, la corrupción, la educación, la salud y la cultura popular para todos sin distingo de razas ni posición social, se elevan a ejes esenciales de la estrategia de desarrollo económico y social.

En la era del mundo bipolar —sistema capitalista y socialista— quedó demostrado que la liberación nacional de un solo país subdesarrollado no era posible llevarla hasta sus últimas consecuencias sin que le siguiera casi simultáneamente o en un período breve de tiempo, el salto a la transición socialista extraordinaria con el apoyo de la vanguardia desarrollada del mundo socialista. La razón es bien simple, el imperialismo incluyó inveteradamente a los movimientos de liberación nacional en la lógica del bipolarismo en su enfrentamiento contra el comunismo internacional. En tales circunstancias la oposición imperialista directa e indirecta agudiza la lucha de clases interna y externa en todos los frentes e imposibilita un proyecto pacífico en que las clases sociales antagónicas, salvando sus diferencias y contradicciones, lleguen a pactar una alianza al menos temporal tras la finalidad del desarrollo independiente de la nación con justicia social para las grandes mayorías.

Las fuerzas hostiles a la liberación nacional –coalición del capitalismo monopolista transnacional, el gran capital nacional y los ex terratenientes– apresuran casi siempre la solución cruenta o incruenta de la contradicción fundamental del modelo, bien mediante el salto inmediato a la transición extraordinaria al socialismo, o en sentido negativo: el retorno al capitalismo dependiente mediante movimientos contrarrevolucionarios de corte fascista o simplemente neoliberales a ultranza que se apropian del poder y también a formas mediatizadas en que las burocracias de los Estados económicos se coloca del lado de la burguesía.

Ahora asistimos a unas circunstancias en que es posible y viable dilatar las fronteras y los límites del proceso de liberación nacional con justicia social sin transitar directamente a la construcción socialista en países aislados. Los proceso de cambios en Venezuela y Brasil: comandados por fuerzas sociales que accedieron al poder, legitimadas mediante elecciones contestatarias del capitalismo neoliberal pero sin rechazar de plano el modelo capitalista, pueden ser nuevos botones de prueba de esa posibilidad de desarrollo con justicia social.

El salto a la transición socialista siempre fue llevado a cabo bajo el poder de los trabajadores en alianza con los campesinos y otros estamentos sociales en íntima cooperación y colaboración con el mundo socialista de aquella época. La globalización del capitalismo monopolista, la unipolaridad político-militar y la multipolaridad económica posderrumbe complican y limitan las posibilidades objetivas de movimientos de este tipo en países aislados. Todo hace indicar que este proceso tendrá que asumir otras escalas o dimensiones espaciales que envuelvan a varias naciones si aspiran al éxito o que algún país en específico ya revolucionado desate un movimiento en cadena que envuelva al resto. La formación de una conciencia universal antiglobalizadora –que no significa negar la globalización en tanto que progreso civilizatorio universal, sino en cuanto a forma de dominación y explotación universales de naciones y continentes enteros por el capital transnacional y los centros hegemónicos del poder monopolista– entre las grandes masas del planeta, podría terminar por aglutinarlas, a pesar de la heterogeneidad actual de sus componentes, en un gran frente de liberación nacional regional, continental y mundial.

 

4. SOCIALISMO PERIFÉRICO ANTES DEL DERRUMBE

La construcción socialista en los países atrasados la tratamos como un modelo particular de desarrollo desde el subdesarrollo, diferente a lo que concibieron Marx, Engels y Lenin. Fue Engels el primero que más se aproximó a una versión de la teoría del desarrollo socialista para estos países. Las naciones atrasadas del resto del mundo, −los “semicivilizados”−, accederán paulatinamente, decía Engels, luego del triunfo de la revolución económica socialista en Europa y Norteamérica, por efecto dominó, a la revolución política primero, y después a la económica en el largo plazo, pasando por “diversas fases sociales y económicas aún desconocidas” según el nivel de desarrollo de cada uno, contando con el apoyo incondicional de los primeros. ¡Acaso Engels no nos estaba sugiriendo ya la tesis sobre el carácter particularmente extraordinario de la transición al socialismo en la periferia subdesarrollada más aún sin contar con aquella premisa que él consideraba indispensable!

Como se sabe, la teoría socialista abandonó posteriormente casi inercialmente la investigación sobre las particularidades de la transición en los países atrasados, menos aún en el caso de los pequeños países periféricos subdesarrollados. Por tanto el objetivo central de este apartado consiste en volver la vista a las particularidades de la transición en la periferia subdesarrollada, contando con toda la práctica histórica acumulada desde la época prederrumbe del campo socialista y, sobre todo, asimilando las experiencias revolucionarias de los países que aún sostienen “la aventura socialista” en estos tiempos, sin retaguardia económica desarrollada de apoyo y enfrentados a un mundo globalizado por el capitalismo monopolista y unipolar. De lo que se trata es de aproximarnos a las características principales que, desde nuestro punto de vista, conforman el modelo de desarrollo de la construcción socialista en los países del llamado Tercer Mundo, hoy del Sur. Esta síntesis asume como referente metodológico la teoría leninista de la NEP concebida en su integralidad, la valoración crítica de los experimentos socialistas periféricos en la época prederrumbe y la comprensión crítica de las reformas económicas desplegadas en los países que actualmente construyen el socialismo.

El paso al socialismo en los países subdesarrollados (coloniales, semicoloniales y dependientes) se consideró viable siempre que mediase la universalización del comunismo en los centros hegemónicos del capitalismo mundial, o bien que un país o conjunto de ellos ya revolucionados asumiesen el papel de garantes de aquellos, integrándolos de un modo u otro a su espacio geopolítico-económico.[16] En este segundo caso –históricamente comprobado- se asumía que las fuerzas productivas “locales” serían asimiladas por aquellas fuerzas productivas ya socializadas; en otras palabras, que la ley de la correspondencia entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción se concebía como un fenómeno de vigencia y realización a escala del sistema socialista mundial de lo que se derivaba que dicha ley no tenía necesariamente vigencia a nivel de cada país por separado.[17]

La complejidad del proceso revolucionario en los países coloniales y neocoloniales puede aquilatarse de las advertencias teóricas sobre la construcción socialista en aquellos, formuladas por F. Engels[18] en carta a Kautsky del 12-9-1882 en que advertía que las transiciones en las naciones “semicivilizadas“ pasarían por diversas “fases sociales y económicas”, hasta “ese momento desconocidas”, “antes de llegar también a la organización socialista después del triunfo del socialismo en Europa y Norteamérica”. Esto último lo subrayaba como una premisa objetiva indispensable, repitiendo así la conocida tesis acerca del comunismo como un proceso económico universal que se desencadena a partir de los países dominantes del capitalismo mundial.[19]

La historia posterior se encargó de validar esa posibilidad sin que obrase la premisa señalada. En la formación de la URSS se constató el salto de países atrasados, ex colonias del zarismo en Asia, muchas de ellas en estado de desarrollo patriarcal y nómadas, sin pasar por el capitalismo; otro ejemplo semejante fue el de Mongolia en 1921. En Europa central ocurrió otro tanto luego de la II Guerra Mundial cuando una serie de países atrasados accedieron al camino socialista impulsados por la presencia de las tropas de ocupación soviética. Desde mediados de los años cuarenta y en los cincuenta triunfaron las revoluciones en China, Corea, Vietnam, Cuba y más tarde en Laos. Así se formó el campo socialista con carácter mundial con la URSS como potencia central hegemónica. No poco avanzaron aquellos países en la esfera de la industrialización y social en un lapso histórico más breve que el que hubiera supuesto la vía capitalista.

En casi todos los casos, los países subdesarrollados que accedieron a la vía socialista, adoptaron rápidamente el paradigma estructural eurosoviético y los mecanismos económicos correspondientes a lo que la apologética soviética calificara desde mediados de los años setenta de “socialismo real” e incluso “socialismo desarrollado” a contrapelo de las realidades nacionales que distaban ostensiblemente de tal calificativo.[20] Salvo algunas iniciativas y experimentos realizados en uno u otro país –no siempre exitosos y en ciertos casos antisocialistas o sencillamente aborrecibles- el modelo fue más o menos copiado, literalmente hablando. Esa conducta fue comprensible pues la opción socialista suponía el alineamiento natural y lógico de estos países a la antigua URSS que era considerada paradigma del comunismo.

En todos los casos y experiencias se dejó sentir con fuerza la ausencia de una teoría científica de la transición socialista que apoyara a los países periféricos en la construcción económica; pero esta es una historia más larga. La teoría económica de la transición socialista no ocupó antes del derrumbe el lugar que le correspondía a pesar del hecho histórico de que las oleadas revolucionarias, desde finales de la conflagración mundial y segunda mitad del siglo XX, provenían más bien de los países periféricos del Tercer Mundo.[21] La bipolarización de los sistemas mundiales comandó la contradicción de la época, aunque el capitalismo conservaba fuerza y vigor suficientes, independientemente de la pérdida de casi un tercio de la humanidad. Los movimientos de liberación nacional reclamaban lógicamente, y con mucha urgencia, la síntesis teórica de aquellas experiencias a fin de diseñar sus proyectos respectivos.

Con relación a la teoría socialista en Europa y la URSS ocurrió que el leninismo quedó relegado y marginado en el pensamiento marxista durante largo tiempo, desde los años treinta y más concretamente después que se formularon las primeras aproximaciones científicas sobre la economía política del socialismo en los años cuarenta y cincuenta, en que interviniera Stalin personalmente, y posteriormente desde los sesenta con la apertura al pensamiento académico. Los aportes teóricos y prácticos de Lenin al legado clásico del marxismo, especialmente los vinculados a la NEP, resultaron insostenibles y fuera de lugar cuando se declaró concluido el período de transición en la URSS y la Constitución Soviética de 1936 lo sancionara declarando que aquel país entraba a la fase de construcción del comunismo. Tamaña violación del proceso evolutivo hizo inoperante, innecesaria e incluso perjudicial las tesis precursoras formuladas por Lenin acerca de la construcción socialista. La teoría de la transición quedó subsumida en la llamada economía política del socialismo, o para ser más exactos, en la apologética del modelo eurosoviético. Sin que se tuviera plena conciencia de ello, se había impuesto un modelo único y universal, válido en todo tiempo y lugar. Más grave aún fue que la teoría política desde finales de los años setenta y ochenta reflejó el encaracolamiento creciente del bloque eurosoviético, su olvido o desinterés por el cambio revolucionario en el resto del mundo. [22]

El inicio de la construcción socialista en los países subdesarrollados daba motivos para pensar que se impulsaría una renovación de la teoría marxista. Pero no ocurrió así. Poco o casi nada se avanzó en esta dirección, pues la asimilación del modelo eurosoviético se tradujo en casi todos los casos en una rápida globalización y formalización de las relaciones de producción estatizadas, las que en su desarrollo crearon en no pocos la ilusión de haber superado las tareas y procesos evolutivos correspondientes al período histórico de la transición periférica.

El Che Guevara fue de los primeros que puso al descubierto las limitaciones de aquella economía política cuyos fundamentos recaían según él en “el escolasticismo que ha frenado el desarrollo de la filosofía marxista” e impidió el “tratamiento sistemático del período, cuya economía política no se ha desarrollado”; más adelante advertía “debemos convenir en que estamos en pañales y es preciso dedicarse a investigar todas estas características primordiales del mismo, antes de elaborar una teoría económica y política de mayor alcance”.[23] En 1965 en carta a O. Borrego dice “Estoy pensando iniciar un trabajito sobre el Manual de Economía de la Academia, pero no creo que pueda acabar, (…). Está sólo a nivel de idea”. Y en el prólogo a dicho libro en gestación subraya una tesis trascendente: “Hasta ahora, no había iniciado la aventura socialista ningún pequeño país aislado, sin posibilidad de grandes mercados ni de un rápido aprovechamiento de la división internacional del trabajo, pero, al mismo tiempo, con un estándar de vida relativamente elevado. Los errores, las embestidas ciegas, también tendrán lugar, como historia útil, en estas páginas; pero lo más importante son nuestras razones, razones que identificamos con las de los países de escaso desarrollo, en su conjunto, motivo por el cual pretendemos darle valor de cierta universalidad  a nuestros planteamientos”.[24]

La inexistencia de una economía política científica impidió establecer a tiempo las diferencias objetivas de los modelos de construcción socialista en correspondencia con los niveles de desarrollo de las fuerzas productivas locales y las características culturales de cada país; pero sobre todo limitó el desarrollo del marxismo y, por lo mismo, la crítica revolucionaria al eurosoviétismo. Una teoría científica de la transición tal vez, no hubiera evitado la hecatombe, pero al menos habría servido de “surtidor de la esperanza” de que todo podría haber sido diferente, o que lo ocurrido en el campo socialista no respondía a una inevitable necesidad histórica.  

La manualización de la teoría poco pudo aportar[25] a los forjadores y constructores de un nuevo orden en la periferia. "Desgraciadamente, -afirmó el Che- a los ojos de la mayoría de nuestro pueblo, y a los míos propios, llega más la apologética de un sistema que el análisis científico de él. Esto no nos ayuda en el trabajo de esclarecimiento y todo nuestro esfuerzo está destinado a invitar a pensar, a abordar el marxismo con la seriedad que esta gigantesca doctrina merece".[26] Ya en 1965, en el mismo prólogo reseñado, acera su crítica :”la afirmación de Marx, apuntada en las primeras páginas de El Capital, sobre la incapacidad de la ciencia burguesa para criticarse a sí misma, utilizando en su lugar la apologética, puede aplicarse hoy, desgraciadamente, a la ciencia económica marxista[27].

Para el caso de Cuba, planteaba que debía enfocarse la construcción socialista "a la luz de los grandes principios directores del marxismo, considerando, además, la experiencia de los países que están construyendo efectivamente el socialismo (...) A todo esto hay que agregar las condiciones esenciales  de nuestra propia individualidad nacional y adaptarla también a los cuadros generales de las necesidades del desarrollo en cada etapa dada".[28]

Al final, no quedaron opciones, casi todos los países tomaron prestado definitivamente el modelo eurosoviético vigente. Es que, como afirmara H. Dieterich,”Tenemos, entonces, el socialismo experimental, pero no el socialismo teórico ni su “matemática” y lógica pura. En consecuencia, carecemos de una teoría socialista para el siglo XXI, que pueda guiar nuestras luchas hacia el triunfo”.[29] Sin embargo, la lógica político-económica de la época del bipolarismo mundial y las deformaciones que se acumularon en la construcción socialista en la URSS y en otros lugares dieron pie a copias más o menos forzadas o mecánicas del modelo eurosoviético,[30]  independientemente de las diferencias de desarrollo de los distintos países.[31]

El modelo eurosoviético aplicado en los países de la transición periférica no se le puede negar determinados méritos a favor de la liberación nacional y del desarrollo. Muchas naciones eliminaron el dominio del capital extranjero y nacional sobre los medios de producción fundamentales y la explotación del hombre por el hombre. En casi todos se imbricaron la liberación nacional y la social. El campesinado fue liberado de la explotación semifeudal y capitalista con el acceso a la tierra que trabajaban. Obreros y campesinos arribaron al poder en una alianza clasista junto a la intelectualidad. La planificación centralizada y el manejo del excedente económico obraron a favor de procesos más o menos acelerados de industrialización y de cubrimiento de las demandas básicas de consumo de las grandes masas populares. La distribución más equitativa del ingreso redujo sensiblemente las enormes desigualdades sociales de la era capitalista anterior y promovió la igualdad social y el desarrollo humano en sentido general.

Apuntemos ahora algunos de los problemas que influyeron negativamente en el plano económico y social a las transiciones periféricas que asumieron el modelo eurosoviético sin adecuarlo a las condiciones nacionales.

El esquema estado propietario-productor directo del modelo eurosoviético transpuesto a la periferia sirvió de impulso a una rápida nacionalización de los medios de producción fundamentales y no fundamentales, a la reducción o casi total liquidación de la pequeña producción mercantil, lo que dio al traste con esquemas recurrentes y viables de una estructura heterogénea o mixta, encabezada por un sector socializado que concentrara sus energías en los medios fundamentales de producción. No hay que olvidar el raquitismo del aparato productivo de estos países subdesarrollados, por tanto la generalización de la socialización estatal dio a luz a que la contradicción fuerzas productivas-relaciones de producción se tradujera con el tiempo en una socialización formal más o menos grande y gravosa. Esta debilidad provocó efectos multiplicativos que trascendieron necesariamente al resto de la economía social con sus impactos negativos concomitantes. Por su parte, el cooperativismo se limitó a la esfera de la pequeña producción básicamente agrícola con un modelo económico híbrido, cuasi-estatal o fuertemente intervenido. El capitalismo de Estado en sus diversas modalidades no fue promovido prácticamente, salvo casos contados y a escalas muy restringidas.[32]

El mercado fue negado, muy limitado o “sustituido” por mecanismos distributivos centralizados, necesariamente burocráticos al pretender sustituir de modo consciente a través de una cadena casi infinita de aparatos e instancias de regulación y control la acción de la ley del valor. Los incentivos a los productores fueron escasos o inexistentes. Las finanzas no ocuparon su papel en la distribución y redistribución del ingreso ni en la asignación de los factores de la producción. La autonomía y la descentralización de la actividad empresarial y territorial se mantuvieron fuertemente restringidas.

La planificación se basó casi exclusivamente en el llamado método de “balances materiales” para la asignación de los recursos escasos.[33] Este método parte de la teoría del balance intersectorial y supone dos columnas, una, con la demanda de insumos y bienes en función del proyecto-plan; la otra, con los recursos disponibles; finalmente, ambas se compatibilizan de cual resulta el plan económico nacional. Esta práctica fue teorizada por la economía política en la etapa del “Comunismo de Guerra” en apoyo a la naturalización de las relaciones económicas con la pretendida ilusión de eliminar las relaciones monetario-mercantiles. Cierto es que el método de balance creaba condiciones favorables para la regulación centralizada de la distribución de los factores de producción escasos entre las ramas y territorios sobre la base de criterios estratégicos que favorecieran el despegue económico; también permitía a la sociedad limitar la acción del mercado espontáneo con sus  efectos desestabilizadores y cortoplacistas.

¿Dónde se localizaban entonces las limitaciones y defectos de este método de planificación? En que se convirtió en único, exclusivo, en que llegó a suprimir prácticamente la función del valor y del mercado, en que anuló prácticamente la gestión empresarial independiente y las autonomías locales en tanto que agentes activos y diligentes en las funciones racionalizadoras y eficientes para el desarrollo productivo y social. Esta práctica introdujo fenómenos negativos: desproporciones intersectoriales e interramales indeseables, ineficiencias en el sistema productivo empresarial, la inercia en los gobiernos locales y promovió la expansión de la burocracia y de los métodos burocráticos de dirección.

La distribución del ingreso siguió un patrón permeado más o menos por el igualitarismo en el consumo y en otras esferas; también hubo casos en que ocurrió lo contrario: una excesiva y lesiva desigualdad distributiva a favor de las capas altas de la burocracia centralizada y empresarial. Ambos fenómenos representaban desviaciones de los principios distributivos socialistas y de la igualdad social que, como se sabe, reconoce y asimila la desigualdad objetiva entre los hombres; también se produjeron tensiones inflacionarias de mayor o menor rango que debilitaron el poder adquisitivo de las monedas nacionales.

La esfera del consumo reflejó la filosofía, el espíritu humanista y solidario del marxismo. Las demandas de alimentación, el acceso a la educación, la salud, el deporte, la cultura, el disfrute de la vivienda y otros bienes y servicios básicos debían estar al alcance de todos sin excepción alguna. Tales demandas exigían, por supuesto, un salto en la producción, la productividad y la eficiencia, pero todo ello resultaba imposible en el corto y mediano plazo (en algunos casos, como la vivienda, era un asunto del largo plazo) al menos por las circunstancias siguientes:

1. Las estructuras productivas atrasadas no cambian su fisonomía en el corto ni mediano plazo; es una tarea del largo plazo. Entonces, los incrementos de producción tenían una sola fuente de sustentación: el uso más eficiente (intensivo y extensivo) del aparato productivo realmente existente y el empleo de las reservas de producción que antes permanecían ociosas –por ejemplo, una gran parte del fondo de tierra ociosa de los terratenientes que ahora era explotada por los campesinos y otros productores–, pero esta posibilidad potencial no cubría, como regla, la expansión de la demanda solvente y social a satisfacer.

2) La nueva disciplina del trabajo se forja, como la nueva criatura, después del parto revolucionario en una lucha sistemática de educación continua de largo plazo. Formar una conciencia de propietarios-productores tras la herencia de explotación capitalista es una tarea enorme, compleja y vital para la supervivencia de estos proyectos. Peor y más difícil resultaban las cosas si la nación en cuestión no contaba con una clase obrera numerosa y organizada como ocurrió en algunos países de la periferia. La superación del analfabetismo y la formación de una nueva intelectualidad, lo que hoy se denomina capital humano, son tareas que exigen tiempo y recursos.

3) La nueva economía funciona en medio de una aguda lucha de clases, de esfuerzos increíbles y gastos extraordinarios en la defensa que enajena una buena parte de los recursos humanos y financieros de las tareas del desarrollo. A ello se agrega el bloqueo económico imperialista que limita las posibilidades externas de tipo comercial, tecnológico y financiero; igual sentido tiene el robo de cerebros como política dirigida a la destecnificación de la nación cuando más falta le hacen los técnicos para organizar la producción y elevar la producción y la eficiencia. Los simples obreros tienen que comenzar el difícil aprendizaje de la dirección económica sin conocimientos técnicos a base de una férrea voluntad política.

4) La ruptura de las distorsiones productivas para producir un cambio radical de las condiciones previas de producción, obliga a tensionar la partida de acumulación en la distribución del ingreso durante un tiempo prolongado, presionando a la baja a la tasa de consumo, incluso al fondo de consumo en ocasiones.

La resultante mayor y más dramática de todo lo dicho fue, como regla, la necesidad de introducir el racionamiento más o menos prolongado como respuesta a la aguda escasez con un patrón de consumo material reducido necesariamente a los elementos básicos del desarrollo humano para llevar una vida pobre, pero digna y al alcance de todos.

La integración de la periferia en transición al CAME, especialmente a la URSS, determinó la adopción de patrones de especialización ramal, preferentemente de tipo agroindustrial exportador o minero-exportador a cambio de combustibles, productos manufacturados, alimentos y otras materias primas y, además, tecnologías y otros recursos técnicos y financieros para la industrialización. Los resultados de la integración no pueden calificarse de un fracaso pues muchos países vieron florecer nuevas industrias y aparecer o reforzarse la clase obrera industrial con mayores niveles de calificación y disciplina.

Sin embargo, hay elementos que afectaron el papel positivo de esta integración: uno, el atraso tecnológico de aquellos países respecto a los avances logrados en el Occidente capitalista. La era fondista no había sido superada con sus altos insumos materiales por unidad de producto y costos energéticos en su explotación. El bajo nivel de competitividad, altos costos de producción y baja calidad comparada constituían una rémora con serias implicaciones de dependencia estructural externa. Y, dos, con independencia de que las relaciones de precios pretendieron reducir el intercambio desigual (ejemplo: sistema de precios resbalantes utilizados en el comercio URSS-Cuba) no dejó de producirse el fenómeno del intercambio desigual. Por último, también se generó una desconexión onerosa de la periferia con los mercados occidentales más allá de las limitaciones que imponía el bloqueo u otras restricciones occidentales al intercambio comercial de estos países.

Habría que subrayar una vez más para evitar equívocos o hipérboles que a pesar de todas las críticas válidas acerca del modelo eurosoviético aplicado en las transiciones extraordinarias, la experiencia mundial desde 1921 en Mongolia y en otras partes del Asia soviética hasta la Revolución Cubana, pasando por una parte de Europa del Este después de la II Guerra Mundial, confirma el papel positivo que jugó la URSS en el desarrollo de aquellas sociedades atrasadas, verdad histórica incontrovertible y aceptada incluso por sus críticos más acérrimos.

La existencia de una retaguardia desarrollada[34] seguía considerándose una premisa indispensable de la transición en la periferia hasta el derrumbe en Europa del Este y la URSS. Esta tesis en términos globales sigue teniendo un valor permanente, claro que en los tiempos actuales deberá asumirse con los ajustes convenientes de tal modo que se reduzca la fragilidad objetiva de la periferia socialista que sobrevivió al derrumbe. La caída del campo socialista no significa la muerte inevitable de los experimentos sociales en la periferia; solo que si complica a extremos increíbles las dificultades y desafíos que deben enfrentar pues se han convertido en verdaderos islotes del socialismo mundial, cercados por un mar de capitalismo. La construcción de la nueva sociedad constituye en estas circunstancias una tarea ciclópea que requiere el rediseño del viejo paradigma atemperándolo a los tiempos actuales.

 

5. TRANSICIÓN EXTRAORDINARIA O PERIFÉRICA

 

El salto al socialismo en los países subdesarrollados, especialmente los pequeños, no es producto de un desarrollo capitalista endógeno que llegado a un punto de su desarrollo socializatorio, reclama formas sociales más progresivas de producción y de convivencia. No, es más bien lo contrario, un fruto directo e inmediato del subdesarrollo capitalista, incapaz de promover el desarrollo de las fuerzas productivas en el plano local y mundial siguiendo los patrones clásicos del capitalismo. Se trata en suma, de una violentación del sistema capitalista subdesarrollado pues representan, entonces un modelo particular, extraordinario, diferente al que postularan Marx y Lenin para y en su época.  Es extraordinario en tanto que promueve el desarrollo desde el subdesarrollo, escapando a la sumisión y lógica del capital y a su ley de acumulación, mediante la intervención pública y directa de la sociedad en todo el proceso de la reproducción económica y social en un largo, complejo y contradictorio proceso histórico de acumulación originaria socialista.[35] Esta es la gran misión, el sentido y el contenido de la transición socialista extraordinaria en la periferia del capitalismo mundial.

Los principales referentes metodológicos que sirven de guía a la exposición parten del balance crítico de la teoría y la praxis acumulada antes y después del derrumbe, de ellos subrayemos: 1) las particularidades propias a las economías de los llamados pequeños países periféricos que fueran presentadas en el capítulo I de este texto; 2) las herencias teóricas del enfoque nepista de la época de Lenin; 3) algunas tesis positivas que se encuentran tras la huella del modelo eurosoviético y, por último, la visión sobre las lecciones que ofrecen los experimentos de reformas económicas en China, Vietnam y Cuba desde finales del siglo XX.

El paso del modelo de liberación nacional a la transición extraordinaria al socialismo representa una negación dialéctica de la primera: un gran salto histórico, una violentación del orden capitalista subdesarrollado, para promover el desarrollo bajo el poder político de los obreros y campesinos y otras capas aliadas de la población. Con ella se inicia una de esas “fases sociales y económicas –como afirmara Engels– hasta ahora desconocidas antes de llegar a la organización socialista”, pero sin que haya ocurrido el “triunfo del socialismo en Europa y Norteamérica”.[36] La esencia de este proceso radica en una especialísima acumulación originaria socialista, comandada por la sociedad que niega el papel rector al gran capital y a la acumulación capitalista en el desenvolvimiento económico. En síntesis, así interpretamos el concepto de transición extraordinaria al socialismo en la periferia. La etapa de liberación nacional aporta dos elementos básicos para la continuidad del proceso revolucionario, primero, la existencia de un sector estatal que concentra los pivotes fundamentales y, segundo, las clases revolucionarias organizadas, unidas, preparadas, concientizadas a lo largo del proceso y portadoras y defensoras de los beneficios del nuevo poder.

Veamos algunas de las características principales de esta transición extraordinaria, reiteramos, desde la óptica económica de los pequeños países periféricos subdesarrollados.

 

BASE ECONÓMICA

En el capitalismo de estado precedente coexistían un sector estatal de propiedad con el gran capital privado, el capital pequeño y medio, posiblemente un incipiente sector cooperativo y una gran masa de productores individuales rurales y urbanos. El cambio primero y más sustancial hacia la transición socialista radica en la transformación de la esencia político-social del Estado: el poder político pasa a manos directas de la clase obrera, los campesinos y otras capas aliadas. Con este acto la sociedad asume a través del Estado la dirección del desarrollo, cuya meta inmediata es suprimir el régimen capitalista y la explotación del hombre por el hombre y la enajenación  hasta arribar a su plena emancipación.

La nueva base económica comienza a existir cuando el Estado nacionaliza al gran capital (se admiten diversas modalidades posibles según sea el caso, las circunstancias y el momento histórico) y se forma la propiedad social socialista bajo una forma estatal inmediata y directa. Este es el comienzo del fin de la propiedad privada capitalista y de la plusvalía como pautadores económicos. También con este mismo acto, el sector estatal del modelo de capitalismo de Estado precedente se autotransforma, cambia su esencia económica y social, integrándose a la propiedad social socialista.

La formación del tipo socialista puede adoptar las formas estatal y cooperativa. Como regla el primero es predominante, pero puede suceder que el cooperativismo ocupe un lugar destacado según la magnitud y significación del sector moderno capitalista y el tradicional en cada país, especialmente en aquellos donde está muy generalizada la pequeña producción rural y urbana con un sector informal masivo.

El papel económico del Estado y de la propiedad estatal de todo el pueblo son determinantes en la promoción del desarrollo económico y social, en tanto que agente económico global, que concentra la apropiación y control sobre los medios de producción fundamentales que generan la masa principal del excedente económico por lo que su manejo centralizado dicta el curso de la reproducción ampliada. Esto último es clave a los fines de propulsar el despegue económico en ramas pautadoras que pivoteen la integración productiva interna, en los límites que lo permita la pequeña dimensión del mercado interior, y posibilite una inserción eficiente y competitiva en el mercado mundial y en esquemas de integración regionales. Finalmente, el sector estatal se encarga de promover y asegurar, cada vez más plenamente, la equidad distributiva y una mayor justicia social.

La socialización socialista ulterior de los medios de producción no fundamentales resulta un problema complejo que se desarrolla bajo diversas formas a tenor con las fuerzas productivas existentes en cada país periférico y el estado de la lucha de clases. En general, las fuerzas productivas en la periferia están caracterizadas por el atraso, la diversidad de niveles de desarrollo y la multiestructuralidad socioeconómica.

En este contexto se precisa diferenciar el concepto de socialización del de nacionalización. El segundo encierra un hecho político-jurídico relativo a la propiedad y el segundo, un hecho económico vinculado con el dominio, dirección y control real de las fuerzas productivas por la sociedad a distintos niveles de organización y especialmente la eficiencia de su apropiación. Hay tipos de producción y de productores no socializables directa e inmediatamente pues el nivel de las fuerzas productivas en juego son tales que exigen formas particulares de tratamiento y modalidades específicas para su socialización como es el caso evidente de la pequeña y media producción mercantil urbana y rural, compuesta por miles de agricultores, tenderos y cuentapropistas en multitud de servicios menores (informal). En estos casos no cabe la nacionalización desde el punto de vista económico.

El sector capitalista privado, compuesto básicamente por productores pequeños y medios, bien se constriñe o incluso se amplía según las circunstancias histórico-concretas de cada país a tenor con la acción de la ley de la acumulación, el estado y nivel de la lucha de clases y la oposición externa. Cabe perfectamente que subsista, históricamente hablando, en conciliación-subordinación a los intereses de la liberación nacional y social.

Por su parte, la propiedad privada individual -ampliamente extendida en la etapa precedente- se mantiene por un tiempo prolongado, coexistiendo con el tipo socialista y en alianza política, como trabajadores-propietarios, con la clase obrera. Su extinción depende del desarrollo de las fuerzas productivas sociales o de formas socializatorias progresivas adecuadas a su naturaleza, −como es el caso del cooperativismo socialista− que desborden la necesidad objetiva de su existencia. El cooperativismo fue postulado por los clásicos como el camino más asequible para el tránsito socializatorio de estos productores del campo y de las ciudades, bajo el principio del interés y la voluntariedad democráticamente consensuados.

El capitalismo de estado, ahora de la transición socialista, puede tener cabida, incluso cabría decir que resulta una necesidad histórica y económica para estos países. Lenin fue el primero que lo enunció como modalidad de regulación económica y forma social de producción; incluso, en un momento muy difícil y de desbarajuste económico durante la transición socialista en la Rusia Soviética (URSS) llegó a entenderlo superior al tipo socialista, como una especie de etapa preliminar para arribar entonces a la construcción socialista. Nos referimos particularmente a entidades mixtas en que se combinen el “capital estatal socialista” con el capital privado interno y también externo bajo formas convenientes y ajustadas a los intereses nacionales. Esta modalidad, caso de existir en la etapa de liberación nacional, puede transitar de “forma natural” a la socialista; o promoverse a través de políticas económicas adecuadas. Claro que ello no depende simplemente de los buenos deseos de las fuerzas revolucionarias. Al capitalismo de estado se agregan diversas modalidades de participación de las cooperativas y productores individuales en cooperación, combinación con la estatal y bajo su control. En definitiva, el capitalismo de Estado representa una forma particular de socialización del capital que excluye el expediente de la nacionalización a ultranza, aunque contenga la explotación parcial de los trabajadores por el capital.

Las nuevas relaciones propiedad y de producción socializada se van configurando y consolidando en el plano jurídico y económico; con ellas aparecen, en forma incipiente, nuevas regularidades o leyes económicas que comienzan a actuar en medio de complejísimas interacciones, entretejidas con el resto de las leyes económicas no socialista. Las formas socialistas de relaciones de producción emergentes se desarrollan en consonancia con el desarrollo de las fuerzas productivas y bajo la influencia de la superestructura y la conciencia de las masas populares. Estas últimas tienden a convertirse en fuerzas propulsoras del desarrollo de las fuerzas productivas, desatando nuevas y más alta formas de posesión colectiva y cooperación en la apropiación de los medios fundamentales de producción, apoyadas en el entusiasmo que genera en las masas –nos referimos al proletariado urbano y rural, los campesinos, intelectuales e incluso elementos de la pequeña burguesías no agrícola– la liberación del dominio y explotación a que habían estado sometidas hasta entonces. Este es el inicio también de una profunda revolución cultural que nace precisamente con el mismo hecho revolucionario y es garante de la victoria del proyecto histórico de la revolución.

La base económica de la transición extraordinaria contiene, por tanto, además del tipo socialista –estatal y cooperativo-, segmentos del sector privado capitalista e individual, incluso del capital extranjero en una dimensión relativa dependiendo de las particularidades nacionales e internacionales y el capitalismo de estado. Tal estructura múltiple desde el ángulo socioeconómico (relaciones de propiedad y de producción) subraya la presencia de un tipo específico de economía mixta o heterogénea de la transición socialista[37] bajo el dominio político del proletariado. Véase que en este aspecto no difiere sustancialmente de aquella que existió en la Rusia Soviética en la época de Lenin, porque responden a realidades bastante semejantes, salvando las distancias que las diferencian. Nada tiene que ver este carácter mixto con semejante concepto aplicado por J. Strachey, Hoover y otros para las socialdemocracias europeas, ni por los neoclásicos, Samuelson y otros, para el capitalismo desarrollado; pero tampoco con los que niegan este carácter a la transición socialista, horrorizados por los homónimos.  

La estructura mixta explica, en principio, desde el punto de vista estructural la complejidad y contrariedad (sistema de contradicciones) de las relaciones económicas y sociales que se dan tanto al interior de los distintos tipos y formas de economía como las articulaciones entre estos tomados en su conjunto y en sus partes componentes. La oposición del capitalismo privado, derrotado como modo fundamental de producción, pero no vencido, frente al socialismo naciente, débil todavía, constituye la contradicción antagónica de este modelo. La lucha entre ellos se dirime bajo múltiples formas –cruentas e incruentas– y en los planos económico, político, cultural, ideológico y otros. El desenlace final –el quién vence a quién– tiene su solución última en la capacidad potencial del tipo socialista para superar el nivel de productividad y de eficiencia del capitalista, y con un rostro humano de justicia, equidad, democracia y desenajenación.

La socialización real de las fuerzas productivas, esto es, con eficiencia, eficacia y efectividad, es decisiva en el avance del proyecto histórico revolucionario pues de ello depende tanto el volumen como la dinámica del excedente económico.

ACUMULACIÓN ORIGINARIA SOCIALISTA Y EXCEDENTE ECONÓMICO

Bajo los auspicios de la nueva base económica, especialmente la socialista, toma cuerpo y se despliega la “ley del excedente económico social socialista” o “socializado”, por oposición a la plusvalía; al mismo tiempo, a su costado continúan rigiendo otras formas sociales de producción y apropiación del excedente económico: la plusvalía y el simple excedente económico de los pequeños productores privados. A escala de toda la sociedad, tenemos naturalmente un excedente nacional único de cuya dimensión, dinámica y distribución en su conjunto depende el desarrollo de este proyecto histórico.

La acumulación originaria socialista se inicia en el mismo acto de socialización del gran capital por el Estado revolucionario, pero continúa su vigencia abarcando todo un trayecto histórico hasta la conclusión de esta fase del desarrollo. Subrayemos de nuevo que la transición extraordinaria representa una violentación de la evolución natural económico-social, un salto al desarrollo desde el subdesarrollo capitalista.

Los pequeños países periféricos disponen, como regla, de un excedente económico magro, producido en el sector primario y realizado como producto básico en el comercio internacional lo que lo califica, además, como inestable e incierto. Por ello, antes del derrumbe se consideraba justamente que la ayuda socialista internacional formaba parte ineludible de la acumulación originaria en la periferia socialista. Esa premisa ya no existe, entonces el problema simplemente se multiplica.

En cualquier caso, el problema central de la acumulación originaria se reduce a solucionar la contradicción principal de la transición entre el subdesarrollo