Un recorrido por los marcos conceptuales de la Economía.
PARTE TERCERA: LOS MARCOS CONCEPTUALES DE LA ECONOMÍA.
CAPÍTULO 6.- CRECIMIENTO, ACUMULACIÓN Y TENDENCIAS PROFUNDAS: LA ECONOMÍA POLÍTICA.
La política económica en Adam Smith
En opinión de Barber (1967), el conjunto de conceptos e ideas económicas de Adam
Smith y sus actitudes hacia la política económica formaban parte de un todo.
Consideraba el crecimiento económico como el fin básico, cuya deseabilidad
estaba más allá de todo disputa. Y, por ello, la pertinencia de cualquier
política particular debería medirse por sus efectos sobre el crecimiento
económico y, particularmente, sobre la acumulación de capital y la
especialización del trabajo.
De acuerdo con Viner (1927), La Riqueza de las Naciones contenía un ataque
específico contra ciertos tipos de actuación gubernativa de los que Smith estaba
convencido, tanto a priori como sobre una base empírica, de que actuaban contra
la prosperidad nacional: las subvenciones, los derechos de aduana, las
prohibiciones respecto al comercio exterior, las leyes de aprendizaje y
establecimiento, los monopolios legales, las leyes de sucesión, que
obstaculizaban el libre comercio de la tierra.
Bajo estos criterios, la regulación y el control estatal, en términos generales,
eran vistos como perjudiciales. Pues, su efecto final era impedir una ampliación
del mercado y desviar la actividad económica de su curso natural. De modo que
toda intervención gubernativa no era bien vista. En su opinión, muchas de las
actuaciones públicas que tenían objetivos bienintencionados, acababan generando
efectos contrarios. Por ejemplo las Leyes de Pobres, al exigir la residencia en
una parroquia concreta como condición para recibir, en su caso, el subsidio,
restringían la movilidad de la mano de obra y, por ello, reducían el crecimiento
económico y la generación de riqueza distribuible.
Al oponerse a muchas de las prácticas de los gobiernos de la época, Smith era
coherente con su sistema analítico. Pero las críticas a los gobiernos no se
derivaban directamente de su análisis, pues cuestionaba en ocasiones el que el
laissez faire condujera al mejor de los mundos posibles. A veces, los intereses
privados no regulados -tanto como los gobiernos- podrían comportarse de modo que
suprimieran el progreso.
Este aparente conflicto conceptual, es resuelto -en opinión de Barber (1967)-
mediante la consideración de que el crecimiento económico y el orden de
competencia se reforzaban mutuamente. Los controles impedían la existencia de un
ambiente de competencia, y ésta, suponía Smith, maximiza el crecimiento. Pero el
mantenimiento de la competencia exigía una atmósfera de expansión económica. El
progreso adquiría así un valor tanto instrumental como intrínseco: era el agente
catalítico esencial para convertir la potencial discordia en armonía, y el
disolvente de las barreras a la competencia efectiva. Sólo entonces podían ser
frenadas las tendencias de la oferta a actuar contra el interés público. De
forma similar, se requería de un clima de demanda creciente de mano de obra para
neutralizar el poder de los capitalistas para abusar de los trabajadores
desorganizados. Si la competencia era deseable como estímulo para el
crecimiento, la expansión económica no era menos exigible para promover de un
modo efectivo la competencia. No obstante, para Smith, el crecimiento implicaba
otro supuesto que hacía innecesarias ciertas actuaciones públicas. En los
beneficios del crecimiento participaban todas las clases sociales.
En su análisis general de las funciones propias del Estado, Smith dejó bien
claro que restringiría las actividades del gobierno. De acuerdo con el sistema
de la libertad natural, el soberano tiene únicamente tres deberes: primero, el
deber de proteger a la sociedad de la violencia y la invasión de sociedades
independientes; segundo, el deber de establecer una administración de justicia
exacta; y, tercero, el deber de erigir y mantener ciertas instituciones públicas
y determinadas obras públicas.
Esta tercera función suponía llevar a cabo una serie de actuaciones que ningún
individuo o pequeño grupo de individuos tendría nunca interés en mantener, ya
que los beneficios que comportaban no podrían compensar el gasto de ninguno de
ellos, aunque frecuentemente compensase con creces a la sociedad en su conjunto.
Pues, las obras e instituciones públicas de esta clase, dice, son aquéllas que
tienden a facilitar el comercio y a promover la instrucción del pueblo. Para
Smith, la participación del gobierno en la educación general del pueblo
contribuiría a mejorar la industria, pues mejoraría a los ciudadanos. La
educación pública era, además, necesaria para contrarrestar los perniciosos
efectos de la división del trabajo y la desigual distribución de la riqueza.
Por otra parte, Smith -de acuerdo con Viner (1927)- hizo importante concesiones
a la posibilidad de la promoción por parte del gobierno del bienestar general
mediante obras e instituciones públicas. En muchas ocasiones, Smith apoyó las
restricciones gubernativas sobre la iniciativa privada donde no estuvieran
involucradas la justicia o la defensa, y donde el único objetivo fuese mejorar
la dirección que la iniciativa privada daba a la inversión de capital, el curso
del comercio y la utilización del trabajo.
En definitiva, siguiendo a Viner, cabe reconocer que Smith no fue un abogado
doctrinario del laissez faire. Vio un amplio y elástico ámbito de actividad para
el gobierno, mediante la mejora de los niveles de competencia. Atribuyó gran
capacidad para servir al bienestar general a la iniciativa individual aplicada
de modo competitivo para promover fines individuales. Dedicó un mayor esfuerzo a
su exposición de la libertad individual que a explorar las posibilidades del
Gobierno. No obstante, Smith se dio cuenta de que el interés y la competencia
traicionaban a veces el interés público al que se suponía debían servir, y
estaba preparado para que el Gobierno ejerciera alguna medida de control sobre
ellos donde fuera preciso y cuando éste demostrara tener la suficiente capacidad
para acometer la tarea.