Un recorrido por los marcos conceptuales de la Economía.
CAPÍTULO 4.- LAS CIENCIAS SOCIALES: INTERESES Y MODOS DE EXPLICACIÓN.
Fundamentación del discurso posible
La cuestión estriba, no en que «fundamentar» consista en dejar una serie de
normas «bien atadas», sino en el hecho de que el hombre siga siendo un ser
racional. Frente a la imposición o a la propuesta de normas, frente a la
invitación para seguir determinados ideales de conducta, los hombres -tanto más
cuanto más críticos- preguntan «por qué». Y, la respuesta no puede consistir en
un dogmático recurso de autoridad al «por que sí» o a sentimientos ambiguos,
equívocamente interpretados. La respuesta tendrá que consistir en razones,
tendrá que posibilitar la continuidad de la argumentación, la prosecución del
diálogo.
Sin embargo, la legitimización racional no implica que la razón misma constituya
el fundamento. Tal vez lo racional consista en no prescindir de factores
sociales, económicos, institucionales. Pues, sólo una respuesta que apunte a
éstos racionalmente, una respuesta racional en su forma, puede sentar las bases
para continuar el diálogo entre seres dotados de razón dialogante. La
posibilidad de una objetividad científica exenta de valoraciones, no sólo no
excluye, sino que presupone la validez intersubjetiva de acuerdos que actúan,
por así decir, como guía de la acción científica. Si pretendemos que los logros
científicos valgan intersubjetivamente, tiene que ser posible que valgan
intersubjetivamente las normas presupuestas en la comunidad -de diálogo- de
científicos, no que valgan subjetivamente, en virtud de una decisión preracional.
En este caso, la ciencia sería decisionista.
La fundamentación no viene referida aquí a la cuestión del origen de los
conocimientos, sino a las condiciones de validez intersubjetiva de la
argumentación. La fundamentación de argumentos no consiste en decidirse por
principios indemostrables, a partir de los cuales el argumento es derivable,
sino en descubrir aquellos presupuestos sin los que la argumentación es
imposible. El único procedimiento para hallarlos es la autorreflexión.
En definitiva, en tanto científicos somos miembros de una comunidad -o
comunidades- de diálogo, y como tales buena parte de nuestros quehaceres son
actos de habla sometidos a condiciones de validez intersubjetiva. Y, hacer del
consenso resultante del diálogo entre agentes lingüísticamente competentes la
base del quehacer de la ciencia, lejos de todo decisionismo, nos permite acordar
que no hay una concepción intemporal y universal de la ciencia o del método
científico que pueda servir para fines ejemplificadores. De no ser así,
podríamos caer (caeríamos/seríamos presa de) en un cierto dogmatismo. No es
lícito defender o rechazar áreas de conocimiento porque no se ajusten a algún
criterio prefabricado de cientificidad. Respecto a las formas en que las teorías
pueden ser juzgadas, si “no hay una categoría general de «ciencia», ni tampoco
un concepto de «verdad» que esté a la altura del proyecto de describir a la
ciencia como una búsqueda de la verdad, toda área de conocimiento ha de ser
juzgada por sus propios méritos, investigando sus fines y el grado en que es
capaz de cumplirlos.” (Chalmers, 1982, p 231).
Las teorías son aplicables al mundo, dentro y fuera de las situaciones
experimentales. Las teorías hacen algo más que establecer correlaciones entre
conjuntos de enunciados observacionales. Las teorías no describen entidades del
mundo en la forma en que nuestras ideas propias del sentido común entienden o
nuestro lenguaje común describe mesas o gatos y gatos encima de las mesas.
Nuestras teorías pueden ser juzgadas como el grado en que abordan con éxito
algún aspecto del mundo, pero no podemos juzgarlas desde el punto de vista como
el grado en que describen el mundo tal como es realmente, simplemente porque no
tenemos acceso al mundo independientemente de nuestras teorías de una forma que
nos permita valorar la exactitud de tales descripciones. No podemos salir de las
teorías, dejar de disponer de alguna teoría -completa o potencial-, para abordar
el mundo y para juzgar nuestras propias teorías.
En este sentido, nuestra tarea no es la «verdad». Es la nuestra la tarea de
abordar el mundo. En un sentido lato, el motivo de las teorías es intentar
abordar algún aspecto del mundo. Un mundo construido de teorías y de
representaciones que las mismas ponen a nuestra disposición. Se trata de
construir lenguajes que nos permitan ampliar los ámbitos abordables del mundo;
lenguajes teóricos y lenguajes observacionales. Como mejor se puede averiguar la
aplicabilidad de una teoría es a la luz de una teoría ulterior que la explique a
un nivel más profundo. “Por grande que sea el campo de nuestras teorías, y por
profundamente que exploren la estructura del mundo, siempre quedará la
posibilidad de desarrollarlas a un nivel más profundo, o en frentes nuevos o más
amplios.” (Chalmers, 1982, p 228).
La existencia de dicha posibilidad será mostrada a continuación para el caso de
las ciencias económicas. Pero nuestra mayor intención y propósito es mostrar en
la tercera parte de este trabajo que los distintos desarrollos del pensamiento
económico, sus escuelas, forman distintos lenguajes con los cuales sus miembros
analizan el mundo de investigación que les es propio. Cada lenguaje proporciona
un conjunto de conceptos con los que interpretar el mundo y un mundo que
investigar. Como justificaremos en el capítulo siguiente, esta situación debe
considerarse como positiva. Pero también no debe sorprender que una disciplina,
la economía, cuente con una pluralidad de lenguajes. Es, entre otras,
consecuencia de nuestro tratamiento de las teorías como estructuras.
Una última consideración antes de pasar a la tercera parte de este trabajo. En
coherencia con nuestro punto de vista, con nuestra argumentación precedente,
debemos de decir explícitamente que analizar la realidad del pensamiento
económico como una pluralidad de lenguajes es simplemente una de las
alternativas posibles. Una alternativa que se ha tratado de fundamentar en la
primera y segunda parte de este trabajo. En este sentido, en nuestra opinión, se
trata de una alternativa correcta.
Los partidarios de la verificación y los falsacionistas podrán interpretar esta
tercera parte como la aplicación (verificación o sometimiento a la falsación)
del contenido de las partes anteriores. No obstante, es simplemente una posible
interpretación que nosotros consideramos incorrecta.